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El "Amén" de Soloviev Un argumento ortodoxo ruso a favor del papado.

Durante los últimos seis o siete siglos, sucesivos pontífices llevan invitando repetidamente a las Iglesias orientales separadas para que vuelvan a la comunión con Roma. Las pocas respuestas del Este han sido negativas, a mi entender con una sola excepción. Un miembro de una Iglesia ortodoxa oriental respondió positivamente por escrito... Se trata de un laico ortodoxo ruso que se llama Vladimir Soloviev (1853-1900). Soloviev fue un filósofo, un teólogo, un poeta, un místico, un pensador político y un crítico literario. En la Gloria del Señor: Una estética teológica, Hans Urs von Balthasar se refirió a él como el segundo, sólo después de Santo Tomás de Aquino, "mayor artista del orden y organización en la historia del pensamiento". Soloviev era un amigo íntimo de Fyodor Dostoyevsky, y el modelo para uno de los personajes más admirables de Dostoyevsky, Alyosha Karamazov (en Los Hermanos Karamazov).

Recientemente, el libro Rusia y la Iglesia Universal de Soloviev, publicado en 1895, ha aparecido en una versión reducida. La obra más breve es La Iglesia Rusa y el Papado (San Diego: Catholic Answers, 2001), un trabajo que contiene el desarrollo de dos temas de Soloviev: uno es un análisis del daño infligido en la Iglesia rusa (y, por tanto, en todas las Iglesias ortodoxas orientales) por la separación de la jurisdicción romana; y la otra, una apología del papado, que en mi opinión no ha sido superada por ningún otro argumento.

 

Cuando está cortada la cabeza...

El efecto más grave del cisma de la Iglesia rusa (Soloviev no elude este término) es el cesaropapismo, es decir, el control de la Iglesia por parte de los poderes laicos. Antes del cisma, cada vez que los emperadores intentaban dirigir la Iglesia Oriental, los Padres Orientales acudían a Roma. El Papa siempre defendía su causa y vencía los designios imperiales. Pero llegó un momento en que las Iglesias orientales se separaron de la comunión católica, entregando su libertad a los poderes laicos.

La Iglesia rusa heredó el cesaropapismo de Bizancio, "donde este principio anticristiano se fue estableciendo cada vez más sólidamente a partir del siglo IX" (La Iglesia Rusa y el Papado; mientras no se indique lo contrario, todas las citas siguientes se refieren a este volumen). Habiendo cortado sus vínculos con Roma, la Iglesia rusa se convirtió puramente en una Iglesia nacional, y es imposible que una iglesia así exista independientemente del control estatal.

Así pues, dice Soloviev que sólo está justificado que un Estado ejerza su supremacía sobre una autoridad espiritual cuando ésta sólo representa a una Iglesia nacional concreta. La verdadera libertad eclesiástica -la libertad del cuerpo eclesiástico para gobernar sus propios asuntos- sólo es posible cuando la jerarquía de la Iglesia nacional está vinculada con "el reino internacional de Cristo", es decir, relacionada con la Iglesia católica romana. A diferencia de las Iglesias nacionales, la católica siempre ha mantenido su libertad eclesial.

Aparte de la comunión con Roma, las Iglesias nacionales concretas no pueden tener verdadera unidad. Como saben los que están familiarizados con la ortodoxia, la Iglesia Ortodoxa Oriental no existe como tal entidad. Soloviev explica que, en el Este, no hay más que Iglesias nacionales separadas y aisladas. La unidad que reclaman las orientales separadas es "una unidad basada en una indiferencia amplia pero profunda, que no implique un vínculo orgánico y que no requiera asociaciones efectivas entre Iglesias concretas." Por tanto, insiste Soloviev, desde la Iglesia Oriental, la Iglesia universal no es más que un concepto, una abstracción.

Soloviev utiliza varios términos peyorativos para describir a los oponentes ortodoxos orientales y a los críticos de Roma. Son "anticatólicos", "polemistas anticatólicos", "cismáticos ortodoxos", "semi-ortodoxos", "ortodoxos anticatólicos", "pseudo-ortodoxos". Para todos los que niegan la necesidad del Papado como centro permanente de la unidad de la Iglesia universal, propone un reto: dejar que esos oponentes nos muestren la unidad de la Iglesia universal aparte del papado. Que nombren una sola acción que haya sido realizada afectando al cristianismo en su totalidad, sin tener en cuenta el Papado.

 

En su argumento, Soloviev recurre a una leyenda popular rusa para ilustrar la diferencia en el concepto entre la Iglesia católica y las diversas Iglesias ortodoxas orientales. Un día, San Nicolás y Casiano fueron enviados desde el Paraíso para visitar la Tierra. Se encontraron a un campesino con un carro muy cargado, atascado en el lodo. San Nicolás propuso ayudar al campesino, pero San Casiano objetó que no quería ensuciarse el abrigo. San Nicolás se metió en el lodo y, gracias a sus esfuerzos, los caballos pudieron sacar el carro de ahí. Al regresar al Paraíso, la ropa de San Nicolás estaba hecha jirones y cubierta de barro. Cuando San Pedro pidió explicaciones, San Nicolás le explicó lo que había hecho. San Pedro preguntó a San Casiano si había estado con San Nicolás para ayudar al campesino. La excusa de San Casiano fue: "Sí, pero no me meto en cosas que no son de mi incumbencia, y además me angustiaba especialmente que se ensuciara mi abrigo tan bonito y limpio". San Pedro elogió a San Nicolás por desafiar el barro para ayudar a su prójimo. Y prometió a San Nicolás que, después de sí mismo, San Nicolás sería el santo más querido por los campesinos rusos. Tendría dos fiestas cada año. Por su parte, San Casiano debería contentarse con su abrigo limpio. Únicamente tendría una fiesta, que se celebraría sólo en años bisiestos.

Soloviev dice que la Iglesia católica nunca ha tenido miedo de meter su abrigo en el lodo de la historia. Atendiendo a la gente en su comunión, el Papado, al igual que San Nicolás, ha mostrado más interés por su rebaño que por las apariencias. En cambio, la Iglesia oriental ha dado prioridad al aislamiento por delante de la implicación, una elección que la sitúa firmemente en el lado de San Casiano. Ésta "es la principal diferencia y la causa fundamental del cisma entre las dos Iglesias".

En la mente de Soloviev, el contraste entre Oriente y Occidente se puede resumir de una forma muy simple: Mientras la Iglesia Oriental reza, la Iglesia occidental reza y trabaja. Los monjes ortodoxos del Monte Athos son ejemplos perfectos de ello. Pasan sus vidas en oración y contemplación de la luz no creada. Si bien estas actividades son vitales para la vida cristiana, no constituyen su totalidad. Sin embargo, lejos de ser un obstáculo, este contraste entre Este y Oeste podría incluso servir como base para la reunificación, un tipo de complementariedad necesaria. Soloviev suplicó a sus compatriotas rusos que reconocieran que los católicos tienen "exactamente la misma base religiosa que tenemos nosotros. Todo lo que es sagrado y santo para nosotros también es sagrado y santo para ellos".

Efectivamente, la reconciliación de las Iglesias orientales con Roma no implicaría crear nada nuevo. El advenedizo ruso no pidió que cambiasen su naturaleza o que repudiaran su propia herencia. Por el contrario, llamó a la Iglesia rusa (y a las orientales separadas) a restaurar el carácter universal de su fe por la reunificación con la únicamente verdadera Iglesia universal: Roma.

 

Controversia y escándalo

Lógicamente, la posición de Soloviev no fue bien recibida por sus compatriotas ortodoxos. Los más agresivos le atacaron duramente, pero él les despachó, a ellos y a sus argumentos. Según decía, los ortodoxos acérrimos tenían muy poco interés en todo lo que compartían el Este y el Oeste. En lugar de fijarse en sus puntos en común, se habían aferrado a sus diferencias. Para ellos, la religión rusa parecía distinguirse más bien por sus meras negaciones de la doctrina católica: la Inmaculada Concepción, el filioque, el Papado (incluso llegó a describir la ortodoxia como una "simple protesta nacional contra el poder universal del Papa").

Así pues, ¿los ortodoxos protestan contra la jurisdicción universal del Papa? ¿Y en nombre de qué protestan?, preguntó. ¿Qué alternativa ofrecen? ¿Un concilio ecuménico? Desde su ruptura con Roma, las Iglesias orientales no han sido capaces de convocar un concilio ecuménico, y probablemente nunca lo harán. Por su parte, los polemistas intentan "confrontar los concilios actuales de la Iglesia católica con un concilio que nunca podrá tener lugar y mantener su causa con armas que han perdido y bajo una bandera que les ha sido robada".

Los polemistas a los que se oponía Soloviev no tenían ningún problema en ver a cada obispo o sacerdote como un vicario de Jesucristo, y en cambio negaban esa misma calidad al sucesor de Pedro. Con ello, ponían límites a lo que podía hacer Jesús para establecer su Reino en la Tierra. Estaban dispuestos a aceptar que Cristo tiene autoridad para actuar a través de sus ministros en cualquier parte de su Reino visible pero, según ellos, imaginar que Jesús dio las llaves del Reino entero a Pedro es ir demasiado lejos.

 

Reconciliación y retorno

Según dijo Soloviev, el Papado es la única autoridad eclesiástica internacional e independiente por la cual puede ser realizada la misión universal de la Iglesia. Él estaba convencido de que todo aquél que anhela el Reino de Dios en la Tierra, como él mismo anhelaba, también debe desear la Iglesia universal y el papado, que son el único medio por el que el hombre puede ser guiado hacia ese reino. La Iglesia católica es única en muchos aspectos fundamentales. Se trata de la única Iglesia que aboga por una unidad social universal por encima de los intereses individuales y nacionales. Y se trata de la única Iglesia que ha defendido con éxito la libertad del poder espiritual del control del Estado. "En una palabra", dice Soloviev, "es la única Iglesia contra la cual no han prevalecido las puertas de Hades".

 

Está documentado que Soloviev aceptó los últimos ritos de un sacerdote ortodoxo ruso. Sin embargo, cuatro años antes de morir, comulgó de un sacerdote católico oriental después de hacer una profesión de fe de la que nunca se retractó: Como miembro de la Iglesia oriental u ortodoxa grecorrusa verdadera y venerable, que no habla ni a través de un sínodo anticanónico ni a través de los empleados del poder laico, sino a través de las palabras de los grandes Padres y Doctores, reconozco como juez supremo en materia de religión al que ha sido reconocido como tal por San Ireneo, San Dionisio el Grande, San Atanasio el Grande, San Juan Crisóstomo, San Cirilo, San Flavián, el santo Teodoreto, San Máximo el confesor, San Teodoro Studita, San Ignacio, y un largo etcétera, es decir, al apóstol Pedro, quien vive en sus sucesores y quien no escuchó las palabras del Señor en vano: "Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia" (Mt. 16:18); "fortalece tu hermandad" (Lucas 22:32); "alimenta a mi ganado, alimenta a mis ovejas" (Juan 21:15, 16, 17)...

Hacia el final de su profesión, este papista ortodoxo recordó las voces de Occidente que llamaron a la reconciliación. Sus ruegos, dijo, "sólo requieren un sencillo amén de los eslavos orientales". "Yo vengo a dar este amén," dijo, "en nombre de 100 millones de cristianos rusos, en la plena y firme confianza de que no me repudiarán". Sólo cabe desear que el amén de Soloviev se propague por todo Oriente.

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