Algunos
mitos protestantes Sobre
la supuesta "ignorancia bíblica" de los tiempos medievales.
La obra Sección I del Griego del Nuevo Testamento,
que facilita en sus cursos de lenguas bíblicas la entidad protestante
s.e.u.t. (Seminario Evangélico Unido de Teología, ligado a la Iglesia
Evangélica Española y a la Iglesia Española Reformada Episcopal), no se
centra en la lengua griega, como sería de esperar, sino que incursiona
en el terreno de la exégesis y de la historia al exponer algunos de los
principios "exegéticos" de la pseudo-reforma protestante, así como al
enseñar sin rubor los mitos de la historiografía "reformada". Vamos a
ver cómo esta obra maestra de manipulación ideológica carece de base
científica y bíblica.
Mito primero
Se trata de la supuesta ignorancia de los pueblos de Europa en materia
bíblica antes de la pseudo-reforma protestante, tal y como se afirma en
la lección 34 de la Sección I (pág. 5.8), donde se dice a propósito de
la Edad Media, la "Edad de las tinieblas", que dicha ignorancia se
debía a estar escrita la Biblia "sólo en idiomas antiguos, como el
latín y el griego. La Biblia estaba sólo disponible, mayormente, en
latín, y el hombre corriente de entonces no estaba más versado en latín
que el operario de una fábrica de Ford en la actualidad"; y "un poco
antes de la Reforma, algunos comenzaron a traducir la Biblia a lenguas
europeas (...) a pesar de la terrible oposición y persecución". Parece imposible mayor número de falsedades en tan pocas líneas.
Vamos por partes:
1) La Edad Media comienza en el siglo V d.C., a contar desde el año de
la caída de Roma. En dicha época la mitad occidental del antiguo
imperio romano, dominada por los bárbaros, hablaba latín y disponía de
una excelente versión de la Biblia: la Vulgata de San Jerónimo; la
mitad oriental del imperio, que sobrevivió hasta que los turcos
conquistaron Constantinopla en el siglo XV, hablaba griego y podía leer
en esa lengua tanto en Nuevo Testamento como el Viejo (este último en
varias versiones, como la de los LXX); de suerte que en la Edad Media
el pueblo tenía un conocimiento amplísimo de las Escrituras.
2) La Biblia se traducía a las lenguas vernáculas muchos siglos antes de la pseudo-reforma de Lutero, Calvino y compañía, pues:
a) Los santos católicos Cirilio y Metodio tradujeron la Biblia
al búlgaro antiguo en el siglo IX, ¡en plena Edad Media, la "Edad de
las tinieblas"! (cf.
Lengua y Literatura Latinas I, autores varios, UNED, Madrid, 1986, pág. 32, e
Iniciación a la fonética, fonología y morfología latinas, José Molina Yébenes, Publicacions Universitat de Barcelona: Barcelona 1993, pág. 4); así, los búlgaros podían leer la
Biblia en su lengua.
b) El obispo Ulfilas (arriano, no católico), evangelizador de
los godos de Dacia y Tracia, tradujo la Biblia al gótico pocos años
antes de que San Jerónimo acabara la Vulgata, de suerte que cuando
llegaron las "tinieblas" medievales ¡los godos podían leer la Biblia en
su lengua materna! (cf. José Molina Yévenes, op. cit., pág. 5; Esteban
Torre,
Teoría de la traducción literaria, Ed. Síntesis, 1994, pág. 24, y UNED, op. cit., pág. 32).
c) El monje católico Beda el Venerable tradujo al anglosajón o
inglés antiguo el Evangelio de San Juan poco antes de su muerte,
acaecida en el año 735, o sea: ¡en plena Edad Media, "la Edad de las
tinieblas"! (cf. Esteban Torre, op. cit., pág. 24).
d) El gran historiador Giuseppe Riciotti, autor de obras
meritísimas como Vida de Jesucristo (Ed. Luis Miracle, Barcelona 1978)
e Historia de Israel (Ed. Luis Miracle, Barcelona 1949), nos informa en
su introducción a la Sagrada Biblia de que, en Italia, "la Biblia en
lengua vulgar era popularísima en los siglos XV y XVI", y de que "desde
el siglo XIII se poseen" traducciones italianas de la Biblia, aunque
"se trata de traducciones parciales", es decir, aunque se trata de
traducciones de los libros sagrados más memorables y accesibles, pues a
nadie, excepción hecha de unos cuantos eruditos, le interesaba, p. ej.,
el elenco interminable y fastidiosísimo de las genealogías del libro de
los Números (tomado de
sì sì no no, n. 70, abril 1998, pág. 7).
e) La obra Historia de la Literatura I (Antigua y Medieval)
(autores varios, UNED, Madrid, 1991, pág. 103) nos informa de lo
siguiente tocante a las versiones castellanas de la Biblia: "hallamos
en el siglo XIII otro grupo de obras formado por las traducciones de la
Biblia que se realizaron en este periodo. Ya en la primera mitad del
siglo nos encontramos con el primer texto conservado que se incluye en
este grupo: la Fazienda de Ultramar. Pese a que algunos han querido
retrasar su redacción hasta mediados del siglo XII, no parece, por su
lengua, que fuere escrita en fecha tan temprana. No es una simple
versión de la Biblia. Contiene, junto a la propia traducción
(realizada, al parecer, no directamente de la Vulgata sino de una
traducción latina del siglo XII efectuada sobre los textos hebreos),
otra serie de materiales: descripciones geográficas, relatos tomados de
la antigüedad clásica... Parece que pretende ser una especie de guía
para los peregrinos que viajaban a Tierra Santa.
Mediante estas traducciones de la Biblia se consiguió que personas que
sabían leer en su propia lengua pudiesen recibir más directamente las
enseñanzas religiosas. Las versiones eran también aprovechadas para
lectura en voz alta realizada en grupos reducidos. La Iglesia española
de la época no era muy partidaria de las Biblias romances, y de hecho
en el Concilio de Tarragona de 1233 llegó a prohibir su lectura. Pese a
ello la traducción de las Escrituras no fue abandonada, se desarrolló
ampliamente a lo largo del siglo XIII y las Biblias romanceadas fueron
leídas incluso por los reyes de la época".
Está claro: mucho antes de Calvino y Lutero, el pueblo castellano leía
la Biblia en su lengua. La enorme extensión de las traducciones
castellanas muestran que el derecho prohibitivo del Concilio
Tarraconense o no se aplicó o enseguida cayó en desuso. Dicha decisión
conciliar tenía su explicación: antes de autorizar la lectura de una
versión había que mirar si acaso estaba bien hecha, sin falseamientos
del texto sagrado. La escasa calidad literaria de las versiones junto
con el aditamento de otros materiales no era de lo más a propósito para
alejar toda sospecha; pero no se persiguió a nadie por traducir la
Biblia al castellano, lo cual es muy significativo.
f) "La Edad Media presenció el florecimiento en Francia de un
gran número de traducciones de la Sagrada Escritura a todas las lenguas
y dialectos de Oc y de Oil [para todas las antiguas versiones francesas
nos remitimos a: P. C. Chauvin, La Bible depuis ses origines jusqu'à
nos jours]. Se poseen algunas que se remontan al siglo XII e incluso a
finales del XI. En el siglo XIII, la Universidad de París presentó una
traducción de ambos Testamentos que hizo ley durante mucho tiempo. Con
todo, aparecieron otras versiones francesas, particularmente en el
siglo XIV. Una de ellas, la de Guyart
Desmoulins, de finales del siglo XIII pero actualizada tocante al
estilo, se imprimió desde 1478 en cuanto al Nuevo Testamento, y en su
totalidad en 1487" (Daniel Raffard de Brienne,
Traductor, Traditor. Les nouvelles traductions de l'Écriture Sainte, en la revista Lecture et Tradition, julio-agosto de 1986).
Lutero se jactaba de haber sido el primero en traducir la Biblia al
alemán, pero ya el heresiarca Calvino le recordó que dicho honor no le
pertenecía; en efecto, sabemos que el fraile editó en 1522 el Nuevo
Testamento, y en 1532 lo restante, y que "se ha dicho de esta versión,
con gran falta de verdad histórica, que era la primera versión alemana
en lengua vernácula, cuando para entonces sólo en Alemania había
catorce versiones en lengua erudita y cinco en lengua corriente. Además
había muchas versiones parciales, como del Nuevo Testamento, de los
Salmos... (cf. Janssen:
Geschichte des deutschen Volkes seit dem Ausgang des Mittelalters,
8 vv., Friburgo, 1883-1893, tomo I, pág. 51)" (Francisco J. Montalbán,
S.I., Los Orígenes de la Reforma Protestante, Razón y Fe, Madrid 1942,
pág. 129).
g) El gran historiador Ricardo García-Villoslada nos informa
también de las versiones germánicas de la Biblia antes de Lutero:
"Muchos opinan que la obra principal de Martín Lutero en su vida fue la
traducción de la Sagrada Escritura al idioma de su pueblo. No cabe duda
que la versión vernácula de la Biblia y la divulgación de la misma,
ofreciéndola como única norma de fe, jugó un papel importantísimo en la
fundación y establecimiento de la Iglesia luterana. Exagerando sus
méritos, por otra parte innegables, solía repetir que en la Iglesia,
antes de él, nadie conocía ni leía la Biblia (Tischr. 3795 III 690;
ibid., 6044 V 457 y otros muchos lugares). Hoy el lector se ríe de tan
injustas aseveraciones, dictadas por la pasión. Recuérdese lo que
dijimos de la lectura de la Biblia cuando Fr. Martín era novicio en
Erfurt. Francisco Falk ha contado no menos de 156 ediciones desde la
invención de la imprenta hasta 1520 (F. Falk, Die Bibel am Ausgange des
Mittelalters [Maguncia 1905] 24). Sebastián Brant comienza su conocido
poema Nave de los locos (1494) con estos versos: `Todos los países
están hoy llenos de Sagrada Escritura -y de cuanto atañe a la salud de
las almas-, de la Biblia', etc.
Traducciones alemanas de toda la
Sagrada Escritura existían no pocas antes de Lutero, por lo menos
catorce en alto alemán y cuatro en bajo alemán, sin contar las
versiones parciales, salterios, evangeliarios, etc. En el siglo XIV se
hizo en Baviera una traducción total, que el impresor alsaciano Juan
Mentelin hizo estampar en Estrasburgo en 1466, y que con algunas
modificaciones fue reimpresa trece veces antes de que apareciese la de
Lutero, llegando a ser como una Vulgata alemana, según Grisar. (Puede
consultarse la gran edición de W. Kurrelmeyer, Die erste deutsche Bibel
[Tubinga 1903-15], 10 tomos con el texto primigenio y las correcciones
de las 13 ediciones posteriores. Véase también W. Kurrelmeyer, The
Genealogy of the Prelutheran Bibles, en The Journal of Germanic
Philology, 3,2 [1900] 238-47; W. Walter, Die Deutsche Bibel:
übersetzung des Mittelalters, Braunschweig 1889-92)"
(García-Villoslada,
Martín Lutero, BAC, Madrid 1976, t. II, pág. 399).
h) También se puede mencionar la traducción de la Biblia, en la
Edad Media, a otras lenguas indoeuropeas, como el armenio (cf. UNED,
op. cit., pág. 30 y Molina Yébenes, op. cit., pág. 4), hecha en el
siglo V, ¡el siglo en que comienza la "Edad de las tinieblas"!
Con lo dicho hasta ahora es suficiente para demoler uno de los mitos de
la historiografía protestante: la tremenda ignorancia en punto a la
Biblia en que la malvada Iglesia Católica mantenía a los pueblos
cristianos medievales.
Mito segundo
En la Edad Media "la mayoría de las personas no sabían leer ni
escribir. Así que estaban `a oscuras' por lo que respecta a toda clase
de conocimiento, ya que no podía ser comunicado" (Lección 34 de
la Sección I, pág. 5.8).
¡Esto es genial! ¿Dónde debió estudiar historia el autor? ¿En un cursillo televisivo de la
BBC?
Veamos lo
que nos dice sobre este asunto esa ciencia llamada Historia: "En la
Edad Media, como en todas las épocas, el niño va a la escuela. Por lo
general, es la escuela de su parroquia o del monasterio más cercano. En
efecto, todas las iglesias tienen una escuela: a ello obliga el
Concilio de Letrán de 1179, y en Inglaterra, país más conservador que
el nuestro, todavía puede verse la iglesia junto a la escuela y el
cementerio. Muchas veces son fundaciones señoriales las que garantizan
la instrucción de los niños; Rosny, una pequeña aldea a orillas del
Sena, tenía desde comienzos del siglo XVIII una escuela que había
fundado hacia el año 1200 su señor Gui V Mauvoisin. Otras veces se
trata de escuelas exclusivamente privadas; los habitantes de un poblado
se asocian para mantener a un maestro que toma a su cargo la enseñanza
de los niños. (...)También los capítulos de las catedrales estaban
sometidos a la obligación de enseñar dictada por el Concilio de Letrán
(Nota 1: En cada diócesis, dice Luchaire, aparte de las escuelas
rurales o parroquiales que ya existían... los capítulos y los
principales monasterios tenían sus escuelas, su personal de profesores
y alumnos.
La societé française au temps de Philippe Auguste, pág. 68).
El niño entraba en ellas [en las escuelas] a los siete u ocho años de
edad, y la enseñanza que preparaba para los estudios universitarios se
extendía a lo largo de una década, lo mismo que hoy, de acuerdo con los
datos que proporciona el abad Gilles el Muisit. Varones y niñas estaban
separados; para las niñas había establecimientos particulares, tal vez
menos numerosos, pero donde los estudios alcanzaban a veces niveles muy
altos. La abadía de Argenteuil, donde se educó Eloísa, proporcionaba el
aprendizaje de la Sagrada Escritura, letras, medicina y hasta cirugía,
aparte del griego y el hebreo, que introdujo Abelardo. En general, las
escuelas daban a sus alumnos nociones de gramática, aritmética,
geometría, música y teología, que les permitían acceder a las ciencias
que se estudiaban en la Universidad; algunas incluían alguna enseñanza
técnica. La Histoire Littéraire menciona como ejemplo la escuela de
Vassor en la diócesis de Metz, donde al mismo tiempo que aprendían la
Sagrada Escritura y las letras, los alumnos trabajaban el oro, la plata
y el cobre (Nota 2: L. VII, c. 29; registrado por
J. Guiraud, Histoire partiale, histoire vraie, pág. 348).
(...) En esta época los niños de las diferentes clases sociales se
educaban juntos, como lo atestigua
la conocida anécdota que presenta a Carlomagno irritado contra los
hijos de los barones, que eran perezosos, contrariamente a los hijos de
los siervos y los pobres. La única distinción que se hacía era la de la
retribución, dado que la enseñanza era gratuita para los pobres y de
pago para los ricos.
Veremos que esa gratuidad podía prolongarse
mientras duraran los estudios y también extenderse al acceso al título,
puesto que el ya mencionado Concilio de Letrán prohíbe a las personas
cuya función era dirigir y controlar las escuelas `que exijan a los
candidatos al profesorado una remuneración para que se les otorgue el
título'. Por otra parte, en la Edad Media había poca diferencia en la
educación que recibían los niños de diferente condición; los hijos de
los vasallos más humildes se educaban en la mansión señorial junto a
los del señor, los hijos de los burgueses ricos estaban sometidos al
mismo aprendizaje que el del más humilde artesano si querían atender a
su vez el comercio paterno. Ésta es sin duda la razón por la cual hay
tantos grandes de origen humilde:
Suger, que gobernó Francia durante la cruzada de Luis VII, era hijo de siervos;
Maurice de Sully, el obispo de París que hizo construir la iglesia de Nôtre-Dame, nació de un mendigo; San
Pedro Damián fue porquero en su infancia, y Gerbert d'Audrillac, una de las luces más fulgurantes de la ciencia medieval, fue también pastor; el papa
Urbano VI era hijo de un zapatero de Troyes, y Gregorio VII,
el gran Papa de la Edad Media, de un pobre cabrero. A la inversa,
muchos grandes señores son letrados cuya educación no debió diferir en
mucho de la de los clérigos:
Roberto el Piadoso componía himnos y secuencias latinas; Guillermo
IX,
príncipe de Aquitania, fue el primero de los trovadores; Ricardo
Corazón de León nos dejó poemas, lo mismo que los señores de Ussel, de
Baux y muchos otros; para no hablar de casos más excepcionales como el
del rey de España
Alfonso X" (Régine Pernoud, A la luz de la Edad Media, Ed. Juan Granica, Barcelona 1988, págs. 115-118).
Todo lo anterior, pura historia, nos presenta un cuadro de la Edad
Media muy distinto del dibujado por la mitología protestante: la
instrucción era vastísima, todo el mundo tenía acceso al conocimiento
de las Escrituras, y la cultura era gratuita para los pobres (lo
contrario de lo que ocurre en nuestro mundo protestantizado). ¿Dónde
están, pues, las "tinieblas" medievales? Tan sólo en la mente de los
mitógrafos protestantes.
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