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Directorio sobre |
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Doctrina católica sobre el sentido y recto proceder de la piedad popular. |
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Sagrada Congregación para
el Culto Divino |
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El documento contiene los siguientes puntos:
ÍNDICE
PARTE PRIMERA: LÍNEAS EMERGENTES DE LA HISTORIA, DEL MAGISTERIO, DE LA TEOLOGÍA (22-92) CAPÍTULO I. LITURGIA Y PIEDAD POPULAR A LA LUZ DE LA HISTORIA (22-59)
CAPÍTULO II. LITURGIA Y PIEDAD POPULAR EN EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA (60-75)
CAPÍTULO III. PRINCIPIOS TEOLÓGICOS PARA LA VALORACIÓN Y RENOVACIÓN DE LA PIEDAD POPULAR (76-92)
PARTE SEGUNDA: ORIENTACIONES PARA ARMONIZAR LA PIEDAD POPULAR Y LA LITURGIA (93-287) Premisa (93) CAPÍTULO IV. AÑO LITÚRGICO Y PIEDAD POPULAR (94-182)
CAPÍTULO V. LA VENERACIÓN A LA SANTA MADRE DEL SEÑOR (183-207)
CAPÍTULO VI. LA VENERACIÓN A LOS SANTOS Y BEATOS (208-247)
CAPÍTULO VII. LOS SUFRAGIOS POR LOS DIFUNTOS (248-260)
CAPÍTULO VIII. SANTUARIOS Y PEREGRINACIONES (261-287)
CONCLUSIÓN (288) |
SIGLAS Y ABREVIATURAS
AAS
Acta Apostolicae Sedis
CCE
Catechismus Catholicae Ecclesiae
CCL
Corpus Christianorum (Series Latina)
CIC
Codex Iuris Canonici
CSEL
Corpus Scriptorum Ecclesiasticorum Latinorum
DS
H. DENZINGER - A. SCHÖNMETZER, Enchiridion Symbolorum definitionum et
declarationum de rebus fidei et morum
EI
Enchiridion Indulgentiarum. Normae et concessiones (1999)
LG
CONCILIO VATICANO II, Constitución Lumen gentium
PG
Patrologia graeca (I.P. MIGNE)
PL
Patrologia latina (I.P. MIGNE)
SC
CONCILIO VATICANO II, Constitución Sacrosanctum Concilium
SCh
Sources chrétiennes
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Del "MENSAJE" de Su Santidad JUAN PABLO II
a la Asamblea Plenaria de la
Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos
(21 de septiembre del 2001)
2. La Sagrada Liturgia que la Constitución Sacrosanctum Concilium califica como
la cumbre de la vida eclesial, jamás puede reducirse a una simple realidad
estética, ni puede ser considerada como un instrumento con fines meramente
pedagógicos o ecuménicos. La celebración de los santos misterios es, sobre todo,
acción de alabanza a la soberana majestad de Dios, Uno y Trino, y expresión
querida por Dios mismo. Con ella el hombre, personal y comunitariamente, se
presenta ante Él para darle gracias, consciente de que su mismo ser no puede
alcanzar su plenitud sin alabarlo y cumplir su voluntad, en la constante
búsqueda del Reino que está ya presente, pero que vendrá definitivamente el día
de la Parusía del Señor Jesús. La Liturgia y la vida son realidades
inseparables. Una Liturgia que no tuviera un reflejo en la vida, se tornaría
vacía y, ciertamente, no sería agradable a Dios.
3. La celebración litúrgica es un acto de la virtud de la religión que,
coherentemente con su naturaleza, debe caracterizarse por un profundo sentido de
lo sagrado. En ella, el hombre y la comunidad han de ser conscientes de
encontrarse, en forma especial, ante Aquel que es tres veces santo y
trascendente. Por eso, la actitud apropiada no puede ser otra que una actitud
impregnada de reverencia y sentido de estupor, que brota del saberse en la
presencia de la majestad de Dios. ¿No era esto, acaso, lo que Dios quería
expresar cuando ordenó a Moisés que se quitase las sandalias delante de la zarza
ardiente? ¿No nacía, acaso, de esta conciencia, la actitud de Moisés y de Elías,
que no osaron mirar a Dios cara a cara?
El Pueblo de Dios necesita ver, en los sacerdotes y en los diáconos, un
comportamiento lleno de reverencia y de dignidad, que sea capaz de ayudarle a
penetrar las cosas invisibles, incluso sin tantas palabras y explicaciones. En
el Misal Romano, denominado de San Pío V, como en diversas Liturgias orientales,
se encuentran oraciones muy hermosas, con las cuales el sacerdote expresa el más
profundo sentimiento de humildad y de reverencia delante de los santos
misterios: ellas, revelan la sustancia misma de cualquier Liturgia.
La celebración litúrgica presidida por el sacerdote es una asamblea orante,
reunida en la fe y atenta a la Palabra de Dios. Ella tiene como finalidad
primera presentar a la Majestad divina el Sacrificio vivo, puro y santo,
ofrecido sobre el Calvario, una vez para siempre, por el Señor Jesús, que se
hace presenta cada vez que la Iglesia celebra la Santa Misa, para expresar el
culto debido a Dios, en espíritu y en verdad.
Conozco el esfuerzo realizado por la Congregación para promover, junto con los
Obispos, el fortalecimiento de la vida litúrgica en la Iglesia. Al expresarles
mi aprecio, deseo que tan preciosa obra contribuya a que las celebraciones sean,
cada vez, más dignas y fructuosas.
4. Vuestra Plenaria ha escogido como tema central la religiosidad, para preparar
un Directorio sobre esta materia. La religiosidad popular constituye una
expresión de la fe, que se vale de los elementos culturales de un determinado
ambiente, interpretando e interpelando la sensibilidad de los participantes, de
manera viva y eficaz.
La religiosidad popular, que se expresa de formas diversas y diferenciadas,
tiene como fuente, cuando es genuina, la fe y debe ser, por lo tanto, apreciada
y favorecida. En sus manifestaciones más auténticas, no se contrapone a la
centralidad de la Sagrada Liturgia, sino que, favoreciendo la fe del pueblo, que
la considera como propia y natural expresión religiosa, predispone a la
celebración de los Sagrados misterios.
5. La correcta relación entre estas dos expresiones de fe, debe tener presente
algunos puntos firmes y, entre ellos, ante todo, que la Liturgia es el centro de
la vida de la Iglesia y ninguna otra expresión religiosa puede sustituirla o ser
considerada a su nivel.
Es importante subrayar, además, que la religiosidad popular tiene su natural
culminación en la celebración litúrgica, hacia la cual, aunque no confluya
habitualmente, debe idealmente orientarse, y ello se debe enseñar con una
adecuada catequesis.
Las expresiones de la religiosidad popular aparecen, a veces, contaminadas por
elementos no coherentes con la doctrina católica. En esos casos, dichas
manifestaciones han de ser purificadas con prudencia y paciencia, por medio de
contactos con los responsables y una catequesis atenta y respetuosa, a no ser
que incongruencias radicales hagan necesarias medidas claras e inmediatas.
Evaluar esto, compete en primer lugar al Obispo diocesano, o a los Obispos de
los territorios en que se dan dichas formas de religiosidad. En este caso, es
oportuno que los Pastores confronten sus experiencias, para ofrecer
orientaciones pastorales comunes, evitando contradicciones dañinas para el
pueblo cristiano. Sin embargo, a menos que existan claros motivos contrarios,
los Obispos deben tener una actitud positiva y alentadora hacia la religiosidad
popular.
* * *
CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO Y LA DISCIPLINA DE LOS SACRAMENTOS
Prot. N. 1532/00/L
DECRETO
Al afirmar el primado de la liturgia, "la cumbre a la cual tiende la actividad
de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza" (Sacrosanctum
Concilium 10), el Concilio Ecuménico Vaticano II recuerda, todavía, que "la
participación en la Sagrada liturgia no abarca toda la vida espiritual" (ibidem
12). Como alimento de la vida espiritual de los fieles existen, de hecho,
también "los ejercicios piadosos del pueblo cristiano", especialmente aquellos
recomendados por la Sede Apostólica y practicados en las Iglesias particulares
por mandato o con la aprobación del Obispo. Al recordar la importancia de que
tales expresiones cultuales sean conformes a las leyes y a las normas de la
Iglesia, los Padres conciliares han trazado el ámbito de su comprensión
teológica y pastoral: "los ejercicios piadosos se organicen de modo que vayan de
acuerdo con la sagrada liturgia, en cierto modo deriven de ella y a ella
conduzcan al pueblo, ya que la liturgia, por su naturaleza, está muy por encima
de ellos" (ibidem 13).
A la luz de tan autorizada enseñanza y de otras intervenciones del Magisterio de
la Iglesia sobre las prácticas de piedad del pueblo cristiano, y recogiendo las
iniciativas pastorales que han surgido en estos años, la Plenaria de la
Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, que tuvo
lugar en los días 26-28 de septiembre del 2001, ha aprobado el presente
Directorio. En él se consideran, de forma orgánica, los nexos existentes entre
Liturgia y piedad popular, recordando los principios que guían tal relación y
dando orientaciones para conseguir efectos fructíferos en las Iglesias
particulares, según las peculiares tradiciones de cada una de ellas. Por lo
tanto y a título especial, es competencia del Obispo valorar la piedad popular,
cuyos frutos han sido y son de gran valor para que se conserve la fe en el
pueblo cristiano, cultivando una actitud pastoral positiva y estimulante, hacia
ella.
Recibida la aprobación del Sumo Pontífice JUAN PABLO II, para que este
Dicasterio publique el "Directorio sobre la piedad popular y la Liturgia.
Principios y orientaciones" (Comunicación de la Secretaría de Estado, del 14
diciembre del 2001, Prot. N. 497.514), la Congregación para el Culto Divino y la
Disciplina de los Sacramentos se alegra de hacerlo público, deseando que con
este instrumento, Pastores y fieles, puedan encontrar mejores condiciones para
crecer en Cristo, por él y con él, en el Espíritu Santo, para alabanza del Padre
que está en los cielos.
Sin que obstante nada en contra.
En la sede de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los
Sacramentos, el 17 de diciembre del 2001.
Jorge A. Card. Medina Estévez
Prefecto
Francesco Pio Tamburrino
Arzobispo Secretario
* * *
INTRODUCCIÓN
1. En el asegurar el crecimiento y la promoción de la Liturgia, "la cumbre a la
cual tiende la actividad de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde
mana toda su fuerza", esta Congregación advierte la necesidad de que no sean
olvidadas otras formas de piedad del pueblo cristiano y su fructuosa aportación
para vivir unidos a Cristo, en la Iglesia, según las enseñanzas del Concilio
Vaticano II.
Después de la renovación conciliar, la situación de la piedad popular cristiana
se presenta variada, según los países y las tradiciones locales. Se aprecian
diversos modos de presentarse, a veces en contraste, como: abandono manifiesto y
rápido de formas de piedad heredadas del pasado, dejando vacíos no siempre
colmados; aferrarse a modos imperfectos o equivocados de devoción, que alejan de
la genuina revelación bíblica y chocan con la economía sacramental; críticas
injustificadas a la piedad del pueblo sencillo, en nombre de una presunta
"pureza" de la fe; exigencia de salvaguardar la riqueza de la piedad popular,
expresión del sentir profundo y maduro de los creyentes en un determinado lugar
y tiempo; necesidad de purificar de los equívocos y de los peligros de
sincretismo; renovada vitalidad de la religiosidad popular como resistencia y
reacción a una cultura tecnológica-pragmática y al utilitarismo económico; caída
de interés por la piedad popular, provocada por ideologías secularizadas y por
las agresiones de "sectas" hostiles a ella.
La cuestión exige constantemente la atención de los Obispos, presbíteros y
diáconos, de los agentes de pastoral y de los estudiosos, los cuales deben tener
especial cuidado, ya sea de la promoción de la vida litúrgica entre los fieles,
ya sea de revalorizar la piedad popular.
2. La relación entre Liturgia y ejercicios de piedad ha sido abordada
expresamente por el Concilio Vaticano II en la Constitución sobre la sagrada
Liturgia. En diversas circunstancias, la Sede Apostólica y las Conferencias de
Obispos han afrontado más ampliamente el argumento de la piedad popular,
propuesto por la Carta Apostólica Vicesimus Quintus Annus, de Juan Pablo II,
entre las futuras tareas de renovación: "la piedad popular no puede ser ni
ignorada ni tratada con indiferencia o desprecio, porque es rica en valores, y
ya de por sí expresa la actitud religiosa ante Dios; pero tiene necesidad de ser
continuamente evangelizada, para que la fe que expresa, llegue a ser un acto
cada vez más maduro y auténtico. Tanto los ejercicios de piedad del pueblo
cristiano, como otras formas de devoción, son acogidos y recomendados, siempre
que no sustituyan y no se mezclen con las celebraciones litúrgicas. Una
auténtica pastoral litúrgica sabrá apoyarse en las riquezas de la piedad
popular, purificarla y orientarla hacia la Liturgia, como una ofrenda de los
pueblos".
3. En el intento, por lo tanto, de ayudar "a los Obispos, para que, además del
culto litúrgico, se incrementen y tengan en consideración las oraciones y las
prácticas de piedad del pueblo cristiano, que responden plenamente a las normas
de la Iglesia", y parece oportuno a este Dicasterio redactar el presente
Directorio, en el cual se busca considerar de forma orgánica los nexos que
existen entre Liturgia y piedad popular, recordando algunos principios y dando
indicaciones para las actuaciones prácticas.
Naturaleza y estructura
4. El Directorio está constituido por dos partes. La primera, denominada Líneas
emergentes, establece los elementos para realizar una armónica composición entre
culto litúrgico y piedad popular. Primero de todo, se trata la experiencia
madurada a lo largo de la historia y la determinación sistemática de la
problemática de nuestro tiempo (cap. I); se proponen orgánicamente, por lo
tanto, las enseñanzas del Magisterio, como premisa indispensable de comunión
eclesial y de acción fructífera (cap. II); finalmente se presentan los
principios teológicos a cuya luz se deben afrontar y resolver los problemas
relativos a la relación entre Liturgia y piedad popular (cap. III). Sólo en el
sabio y cuidadoso respeto de estos presupuestos está la posibilidad de
desarrollar una verdadera y fecunda armonía. Por el contrario, el olvido de
ellos desemboca en una recíproca ignorancia estéril, en una dañina confusión o
en una polémica contraposición.
La segunda parte, llamada Orientaciones, presenta un conjunto de propuestas
operativas, sin todavía pretender abarcar todos los usos y las prácticas de
piedad existentes en los distintos lugares. Al mencionar las diferentes
expresiones de piedad popular, no se quiere pedir su adopción en aquellos
lugares donde estas no existan. La exposición se desarrolla con referencias a
las celebraciones del Año litúrgico (cap. IV); a la peculiar veneración que la
Iglesia tributa a la Madre del Señor (cap. V); a la devoción hacia los Ángeles,
los Santos y los Beatos (cap. VI); a los sufragios por los hermanos y hermanas
difuntos (cap. VII); al desarrollo de las peregrinaciones y a las
manifestaciones de piedad en los santuarios (cap. VIII).
En su totalidad, el Directorio tiene la finalidad de orientar e incluso si, en
algunos casos, previene posibles abusos y desviaciones, tiene un sentido
constructivo y un tono positivo. En este contexto, las Orientaciones ofrecen,
sobre cada una de las devociones, breves noticias históricas, recuerdan los
diversos ejercicios de piedad en los cuales se expresa, proponen las razones
teológicas que les sirven de fundamento, dan sugerencias prácticas sobre el
tiempo, el lugar, el lenguaje y sobre otros elementos, para una válida
armonización entre las acciones litúrgicas y los ejercicios de piedad.
Los destinatarios
5. Las propuestas operativas, que se refieren solamente a la Iglesia Latina, y
principalmente al Rito Romano, se dirigen sobre todo a los Obispos, a los cuales
corresponde la tarea de presidir en las diócesis la comunidad del culto, de
incrementar la vida litúrgica y de coordinar con ella las otras formas cultuales;
también son destinatarios sus colaboradores directos, o sea, sus Vicarios,
presbíteros y diáconos, de forma especial los Rectores de santuarios. Además, se
dirigen a los Superiores mayores de los institutos de vida consagrada,
masculinos y femeninos, porque no pocas de las manifestaciones de la piedad
popular han surgido y se han desarrollado en este ámbito, y porque de la
colaboración de los religiosos, religiosas y miembros de los institutos
seculares, se puede esperar mucho para la justa armonización legítimamente
deseada.
La terminología
6. En el curso de los siglos, las Iglesias de occidente han estado marcadas por
el florecer y enraizarse del pueblo cristiano, junto y al lado de las
celebraciones litúrgicas, de múltiples y variadas modalidades de expresar, con
simplicidad y fervor, la fe en Dios, el amor por Cristo Redentor, la invocación
del Espíritu Santo, la devoción a la Virgen María, la veneración de los Santos,
el deseo de conversión y la caridad fraterna. Ya que el tratamiento de esta
compleja materia, denominada comúnmente "religiosidad popular" o "piedad
popular", no conoce una terminología unívoca, se impone alguna precisión. Sin la
pretensión de querer dirimir todas las cuestiones, se describe el significado
usual de los términos empleados en este documento.
Ejercicio de piedad
7. En el Directorio, el término "ejercicio de piedad", designa aquellas
expresiones públicas o privadas de la piedad cristiana que, aun no formando
parte de la Liturgia, están en armonía con ella, respetando su espíritu, las
normas, los ritmos; por otra parte, de la Liturgia extraen, de algún modo, la
inspiración y a ella deben conducir al pueblo cristiano. Algunos ejercicios de
piedad se realizan por mandato de la misma Sede Apostólica, otros por mandato de
los Obispos; muchos forman parte de las tradiciones cultuales de las Iglesias
particulares y de las familias religiosas. Los ejercicios de piedad tienen
siempre una referencia a la revelación divina pública y un trasfondo eclesial:
se refieren siempre, de hecho, a la realidad de gracia que Dios ha revelado en
Cristo Jesús y, conforme a las "normas y leyes de la Iglesia" se desarrollan
"según las costumbres o los libros legítimamente aprobados".
Devociones
8. En nuestro ámbito, el término viene usado para designar las diversas
prácticas exteriores (por ejemplo: textos de oración y de canto; observancias de
tiempos y visitas a lugares particulares, insignias, medallas, hábitos y
costumbres), que, animados de una actitud interior de fe, manifiestan un aspecto
particular de la relación del fiel con las Divinas Personas, o con la Virgen
María en sus privilegios de gracia y en los títulos que lo expresan, o con los
Santos, considerados en su configuración con Cristo o en su misión desarrollada
en la vida de la Iglesia.
Piedad popular
9. El término "piedad popular", designa aquí las diversas manifestaciones
cultuales, de carácter privado o comunitario, que en el ámbito de la fe
cristiana se expresan principalmente, no con los modos de la sagrada Liturgia,
sino con las formas peculiares derivadas del genio de un pueblo o de una etnia y
de su cultura.
La piedad popular, considerada justamente como un "verdadero tesoro del pueblo
de Dios", "manifiesta una sed de Dios que sólo los sencillos y los pobres pueden
conocer; vuelve capaces de generosidad y de sacrificio hasta el heroísmo, cuando
se trata de manifestar la fe; comporta un sentimiento vivo de los atributos
profundos de Dios: la paternidad, la providencia, la presencia amorosa y
constante; genera actitudes interiores, raramente observadas en otros lugares,
en el mismo grado: paciencia, sentido de la cruz en la vida cotidiana,
desprendimiento, apretura a los demás, devoción".
Religiosidad popular
10. La realidad indicada con la palabra "religiosidad popular", se refiere a una
experiencia universal: en el corazón de toda persona, como en la cultura de todo
pueblo y en sus manifestaciones colectivas, está siempre presente una dimensión
religiosa. Todo pueblo, de hecho, tiende a expresar su visión total de la
trascendencia y su concepción de la naturaleza, de la sociedad y de la historia,
a través de mediaciones cultuales, en una síntesis característica, de gran
significado humano y espiritual.
La religiosidad popular no tiene relación, necesariamente, con la revelación
cristiana. Pero en muchas regiones, expresándose en una sociedad impregnada de
diversas formas de elementos cristianos, da lugar a una especie de "catolicismo
popular", en el cual coexisten, más o menos armónicamente, elementos
provenientes del sentido religioso de la vida, de la cultura propia de un
pueblo, de la revelación cristiana.
Algunos principios
Para introducir en una visión de conjunto, se presenta aquí brevemente cuanto se
expone ampliamente y se explica en el presente Directorio.
El primado de la Liturgia
11. La historia enseña que, en ciertas épocas, la vida de fe ha sido sostenida
por formas y prácticas de piedad, con frecuencia sentidas por los fieles como
más incisivas y atrayentes que las celebraciones litúrgicas. En verdad, "toda
celebración litúrgica, por ser obra de Cristo sacerdote y de su Cuerpo, que es
la Iglesia, es acción sagrada por excelencia, cuya eficacia, con el mismo título
y en el mismo grado, no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia". Debe ser
superado, por lo tanto, el equívoco de que la Liturgia no sea "popular": la
renovación conciliar ha querido promover la participación del pueblo en las
celebraciones litúrgicas, favoreciendo modos y lugares (cantos, participación
activa, ministerios laicos...) que, en otros tiempos han suscitado oraciones
alternativas o sustitutivas de la acción litúrgica.
La excelencia de la Liturgia respecto a toda otra posible y legítima forma de
oración cristiana, debe encontrar acogida en la conciencia de los fieles: si las
acciones sacramentales son necesarias para vivir en Cristo, las formas de la
piedad popular pertenecen, en cambio, al ámbito de lo facultativo. Prueba
venerable es el precepto de participar a la Misa dominical, mientras que ninguna
obligación ha afectado jamás a los píos ejercicios, por muy recomendados y
difundidos, los cuales pueden, no obstante, ser asumidos con carácter
obligatorio por una comunidad o un fiel particular.
Esto pide la formación de los sacerdotes y los fieles, a fin que se dé la
preeminencia a la oración litúrgica y al año litúrgico, sobre toda otra práctica
de devoción. En todo caso, esta obligada preeminencia no puede comprenderse en
términos de exclusión, contraposición o marginación.
Valoraciones y renovación
12. La libertad frente a los ejercicios de piedad, no debe significar, por lo
tanto, escasa consideración ni desprecio de los mismos. La vía a seguir es la de
valorar correcta y sabiamente las no escasas riquezas de la piedad popular, las
potencialidades que encierra, la fuerza de vida cristiana que puede suscitar.
Siendo el Evangelio la medida y el criterio para valorar toda forma de expresión
– antigua y nueva – de la piedad cristiana, a la valoración de los ejercicios de
piedad y de las prácticas de devoción debe unirse una tarea de purificación,
algunas veces necesaria, para conservar la justa referencia al misterio
cristiano. Es válido para la piedad popular cuanto se afirma para la Liturgia
cristiana, o sea, que "no puede en absoluto acoger ritos de magia, de
superstición, de espiritismo, de venganza o que tengan connotaciones sexuales".
En tal sentido se comprende que la renovación querida por el Concilio Vaticano
II para la liturgia debe, de algún modo, inspirar también la correcta valoración
y la renovación de los ejercicios de piedad y las prácticas de devoción. En la
piedad popular debe percibirse: la inspiración bíblica, siendo inaceptable una
oración cristiana sin referencia, directa o indirecta, a las páginas bíblicas;
la inspiración litúrgica, desde el momento que dispone y se hace eco de los
misterios celebrados en las acciones litúrgicas; una inspiración ecuménica, esto
es, la consideración de sensibilidades y tradiciones cristianas diversas, sin
por esto caer en inhibiciones inoportunas; la inspiración antropológica, que se
expresa, ya sea en conservar símbolos y expresiones significativas para un
pueblo determinado, evitando, sin embargo, el arcaísmo carente de sentido, ya
sea en el esfuerzo por dialogar con la sensibilidad actual. Para que resulte
fructuosa, tal renovación debe estar llena de sentido pedagógico y realizada con
gradualidad, teniendo en cuenta los diversos lugares y circunstancias.
Distinciones y armonía con la Liturgia
13. La diferencia objetiva entre los ejercicios de piedad y las prácticas de
devoción respecto de la Liturgia debe hacerse visible en las expresiones
cultuales. Esto significa que no pueden mezclarse las fórmulas propias de los
ejercicios de piedad con las acciones litúrgicas; los actos de piedad y de
devoción encuentran su lugar propio fuera de la celebración de la Eucaristía y
de los otros sacramentos.
De una parte, se debe evitar la superposición, ya que el lenguaje, el ritmo, el
desarrollo y los acentos teológicos de la piedad popular se diferencian de los
correspondientes de las acciones litúrgicas. Igualmente se debe superar, donde
se da el caso, la concurrencia o la contraposición con las acciones litúrgicas:
se debe salvaguardar la precedencia propia del domingo, de las solemnidades, de
los tiempos y días litúrgicos.
Por otra parte, hay que evitar añadir modos propios de la "celebración
litúrgica" a los ejercicios de piedad, que deben conservar su estilo, su
simplicidad y su lenguaje característico.
El lenguaje de la piedad popular
14. El lenguaje verbal y gestual de la piedad popular, aunque conserve la
simplicidad y la espontaneidad de expresión, debe siempre ser cuidado, de modo
que permita manifestar, en todo caso, junto a la verdad de la fe, la grandeza de
los misterios cristianos.
Los gestos
15. Una gran variedad y riqueza de expresiones corpóreas, gestuales y
simbólicas, caracteriza la piedad popular. Su puede pensar, por ejemplo, en el
uso de besar o tocar con la mano las imágenes, los lugares, las reliquias y los
objetos sacros; las iniciativas de peregrinaciones y procesiones; el recorrer
etapas de camino o hacer recorridos "especiales" con los pies descalzos o de
rodillas; el presentar ofrendas, cirios o exvotos; vestir hábitos particulares;
arrodillarse o postrarse; llevar medallas e insignias... Similares expresiones,
que se trasmiten desde siglos, de padres a hijos, son modos directos y simples
de manifestar externamente el sentimiento del corazón y el deseo de vivir
cristianamente. Sin este componente interior existe el riesgo de que los gestos
simbólicos degeneren en costumbres vacías y, en el peor de los casos, en la
superstición.
Los textos y las fórmulas
16. Aunque redactados con un lenguaje, por así decirlo, menos riguroso que las
oraciones de la Liturgia, los textos de oración y las fórmulas de devoción deben
encontrar su inspiración en las páginas de la Sagrada Escritura, en la Liturgia,
en los Padres y en el Magisterio, concordando con la fe de la Iglesia. Los
textos estables y públicos de oraciones y de actos de piedad deben llevar la
aprobación del Ordinario del lugar.
El canto y la música
17. También el canto, expresión natural del alma de un pueblo, ocupa una función
de relieve en la piedad popular. El cuidado en conservar la herencia de los
cantos recibidos de la tradición debe conjugarse con el sentido bíblico y
eclesial, abierto a la necesidad de revisiones o de nuevas composiciones.
El canto se asocia instintivamente, en algunos pueblos, con el tocar las palmas,
el movimiento rítmico del cuerpo o pasos de danza. Tales formas de expresar el
sentimiento interior, forman parte de la tradición popular, especialmente con
ocasión de las fiestas de los santos Patronos; es claro que deben ser
manifestaciones de verdadera oración común y no un simple espectáculo. El hecho
de que sean habituales en determinados lugares, no significa que se deba animar
a su extensión a otros lugares, en los cuales no serían connaturales.
Las imágenes
18. Una expresión de gran importancia en el ámbito de la piedad popular es el
uso de las imágenes sagradas que, según los cánones de la cultura y la
multiplicidad de las artes, ayudan a los fieles a colocarse delante de los
misterios de la fe cristiana. La veneración por las imágenes sagradas pertenece,
de hecho, a la naturaleza de la piedad católica: es un signo el gran patrimonio
artístico, que se puede encontrar en iglesias y santuarios, a cuya formación ha
contribuido frecuentemente la devoción popular.
Es válido el principio relativo al empleo litúrgico de las imágenes de Cristo,
de la Virgen y de los Santos, tradicionalmente afirmado y defendido por la
Iglesia, consciente de que "los honores tributados a las imágenes se dirige a
las personas representadas". El necesario rigor, pedido para las imágenes de las
iglesias - respecto de la verdad de la fe, de su jerarquía, belleza y calidad –
debe poder encontrarse, también en las imágenes y objetos destinados a la
devoción privada y personal.
Puesto que la iconografía de los edificios sagrados no se deja a la iniciativa
privada, los responsables de las iglesias y oratorios deben tutelar la dignidad,
belleza y calidad de las imágenes expuestas a la pública veneración, para
impedir que los cuadros o las imágenes inspirados por la devoción privada sean
impuestos, de hecho, a la veneración común.
Los Obispos, como también los rectores de santuarios, vigilen para que las
imágenes sagradas reproducidas muchas veces para uso de los fieles, para ser
expuestas en sus casas, llevadas al cuello o guardadas junto a uno, no caigan
nunca en la banalidad ni induzcan a error.
Los lugares
19. Junto a la iglesia, la piedad popular tiene un espacio expresivo de
importancia en el santuario – algunas veces no es una iglesia -, frecuentemente
caracterizado por peculiares formas y prácticas de devoción, entre las cuales
destaca la peregrinación. Al lado de tales lugares, manifiestamente reservados a
la oración comunitaria y privada, existen otros, no menos importantes, como la
casa, los ambientes de vida y de trabajo; en algunas ocasiones, también las
calles y las plazas se convierten en espacios de manifestación de la fe.
Los tiempos
20. El ritmo marcado por el alternarse del día y de la noche, de los meses, del
cambio de las estaciones, está acompañado de variadas expresiones de la piedad
popular. Esta se encuentra ligada, igualmente, a días particulares, marcados por
acontecimientos alegres o tristes de la vida personal, familiar, comunitaria.
Después, es sobre todo la "fiesta", con sus días de preparación, la que hace
sobresalir las manifestaciones religiosas que han contribuido a forjar la
tradición peculiar de una determinada comunidad.
Responsabilidad y competencia
21. Las manifestaciones de la piedad popular están bajo la responsabilidad del
Ordinario del lugar: a él compete su reglamentación, animarlas en su función de
ayuda a los fieles para la vida cristiana, purificarlas donde es necesario y
evangelizarlas; vigilar que no sustituyan ni se mezclen con las celebraciones
litúrgicas; aprobar los textos de oraciones y de formulas relacionadas con actos
públicos de piedad y prácticas de devoción. Las disposiciones dadas por un
Ordinario para el propio territorio de jurisdicción, conciernen, de por sí, a la
Iglesia particular confiada a él.
Por lo tanto, cada fiel - clérigos y laicos - así como grupos particulares
evitarán proponer públicamente textos de oraciones, fórmulas e iniciativas
subjetivamente válidas, sin el consentimiento del Ordinario.
Según las normas de la ya citada Constitución Pastor Bonus, n. 70, es tarea de
esta Congregación ayudar a los Obispos en materia de oración y prácticas de
piedad del pueblo cristiano, así como dar disposiciones al respecto, en los
casos que van más allá de los confines de una Iglesia particular y cuando se
impone un proveimiento subsidiario.
PARTE PRIMERA
LÍNEAS EMERGENTES DE LA HISTORIA, DEL MAGISTERIO, DE LA TEOLOGÍA
Capítulo I
LITURGIA Y PIEDAD POPULAR A LA LUZ DE LA HISTORIA
Liturgia y piedad popular en el curso de los siglos
22. Las relaciones entre Liturgia y piedad popular son antiguas. Es necesario,
por lo tanto, proceder en primer lugar a un reconocimiento, aunque sea rápido,
del modo en que estas han sido vistas, en el curso de los siglos. Se verán, en
no pocos casos, inspiraciones y sugerencias para resolver las cuestiones que se
plantean en nuestro tiempo.
La Antigüedad cristiana
23. En la época apostólica y postapostólica se encuentra una profunda fusión
entre las expresiones cultuales que hoy llamamos, respectivamente, Liturgia y
piedad popular. Para las más antiguas comunidades cristianas, la única realidad
que contaba era Cristo (cf. Col 2, 16), sus palabras de vida (cf. Jn 6, 63), su
mandamiento de amor mutuo (cf. Jn 13, 34), las acciones rituales que él ha
mandado realizar en memoria suya (cf. 1 Cor 11, 24-26). Todo el resto – días y
meses, estaciones y años, fiestas y novilunios, alimentos y bebidas ... (cf. Gal
4, 10; Col 2, 16-19) – es secundario.
En la primitiva generación cristiana se pueden ya individuar los signos de una
piedad personal, proveniente en primer lugar de la tradición judaica, como el
seguir las recomendaciones y el ejemplo de Jesús y de San Pablo sobre la oración
incesante (cf. Lc 18, 1; Rm 12, 12; 1 Tes 5, 17), recibiendo o iniciando cada
cosa con una acción de gracias (cf. 1 Cor 10, 31; 1 Tes 2, 13; Col 3, 17). El
israelita piadoso comenzaba la jornada alabando y dando gracias a Dios, y
proseguía, con este espíritu, en todas las acciones del día; de tal manera, cada
momento alegre o triste, daba lugar a una expresión de alabanza, de súplica, de
arrepentimiento. Los Evangelios y los otros escritos del Nuevo Testamento
contienen invocaciones dirigidas a Jesús, repetidas por los fieles casi como
jaculatorias, fuera del contexto litúrgico y como signo de devoción cristológica.
Hace pensar que fuese común entre los fieles la repetición de expresiones
bíblicas como: "Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí" (Lc 18, 38); "Señor, si
quieres puedes sanarme" (Mt 8, 1); "Jesús, acuérdate de mí cuando entres en tu
reino" (Lc 23, 42); "Señor mío y Dios mío" (Jn 20, 28); "Señor Jesús, acoge mi
espíritu" (Hch 7, 59). Sobre el modelo de esta piedad se desarrollarán
innumerables oraciones dirigidas a Cristo, de los fieles de todos los tiempos.
Desde el siglo II, se observa que formas y expresiones de la piedad popular,
sean de origen judaico, sean de matriz greco-romana, o de otras culturas,
confluyen espontáneamente en la Liturgia. Se ha subrayado, por ejemplo, que en
el documento conocido como Traditio apostólica no son infrecuentes los elementos
de raíz popular.
Así también, en el culto de los mártires, de notable relevancia en las Iglesias
locales, se pueden encontrar restos de usos populares relativos al recuerdo de
los difuntos. Trazas de piedad popular se notan también en algunas primitivas
expresiones de veneración a la Bienaventurada Virgen, entre las que se recuerda
la oración Sub tuum praesidium y la iconografía mariana de las catacumbas de
Priscila, en Roma.
La Iglesia, por lo tanto, aunque rigurosa en cuanto se refiere a las condiciones
interiores y a los requisitos ambientales para una digna celebración de los
divinos misterios (cf. 1 Cor 11, 17-32), no duda en incorporar ella misma, en
los ritos litúrgicos, formas y expresiones de la piedad individual, doméstica y
comunitaria.
En esta época, Liturgia y piedad popular no se contraponen ni conceptualmente ni
pastoralmente: concurren armónicamente a la celebración del único misterio de
Cristo, unitariamente considerado, y al sostenimiento de la vida sobrenatural y
ética de los discípulos del Señor.
24. A partir del siglo IV, también por la nueva situación político-social en que
comienza a encontrarse la Iglesia, la cuestión de la relación entre expresiones
litúrgicas y expresiones de piedad popular se plantea en términos no sólo de
espontánea convergencia sino también de consciente adaptación y enculturación.
Las diversas Iglesias locales, guiadas por claras intenciones evangelizadoras y
pastorales, no desdeñan asumir en la Liturgia, debidamente purificadas, formas
cultuales solemnes y festivas, provenientes del mundo pagano, capaces de
conmover los ánimos y de impresionar la imaginación, hacia las cuales el pueblo
se sentía atraído. Tales formas, puestas al servicio del misterio del culto, no
aparecían como contrarias ni a la verdad del Evangelio ni a la pureza del
genuino culto cristiano. E incluso se revelaba que sólo en el culto dado a
Cristo, verdadero Dios y verdadero Salvador, resultaban verdaderas muchas
expresiones cultuales que, derivadas del profundo sentido religioso del hombre,
eran tributadas a falsos dioses y falsos salvadores.
25. En los siglos IV-V se hace más notable el sentido de lo sagrado, referido al
tiempo y a los lugares. Para el primero, las Iglesias locales, además de señalar
los datos neotestamentarios relativos al "día del Señor", a las festividades
pascuales, a los tiempos de ayuno (cf. Mc 2, 18-22), establecen días
particulares para celebrar algunos misterios salvíficos de Cristo, como la
Epifanía, la Navidad, la Ascensión; para honrar la memoria de los mártires en su
dies natalis; para recordar el transito de sus Pastores, en el aniversario del
dies depositionis; para celebrar algunos sacramentos o asumir compromisos de
vida solemnes. Mediante la consagración de un lugar, en el que se convoca a la
comunidad para celebrar los divinos misterios y la alabanza al Señor, algunas
veces sustraídos al culto pagano o simplemente profano, viene dedicado
exclusivamente al culto divino y se convierte, por la misma disposición de los
espacios arquitectónicos, en un reflejo del misterio de Cristo y una imagen de
la Iglesia celebrante.
26. En esta época, madura el proceso de formación y la diferenciación
consiguiente de las diversas familias litúrgicas. Las Iglesias metropolitanas
más importantes, por motivos de lengua, tradición teológica, sensibilidad
espiritual y contexto social, celebran el único culto del Señor según las
propias modalidades culturales y populares. Esto conduce progresivamente a la
creación de sistemas litúrgicos dotados de un estilo celebrativo particular y un
conjunto propio de textos y ritos. No carece de interés el poner de manifiesto
que en la formación de los ritos litúrgicos, también en los periodos reconocidos
como de su máximo esplendor, los elementos populares no son algo extraño.
Por otra parte, los Obispos y los Sínodos regionales intervienen en la
organización del culto estableciendo normas, velando sobre la corrección
doctrinal de los textos y sobre su belleza formal, valorando la estructura de
los ritos. Estas intervenciones dan lugar a la instauración de un régimen
litúrgico con formas fijas, en el cual se reduce la creatividad original, que
sin embargo no era arbitrariedad. En esto, algunos expertos encuentran una de
las causas de la futura proliferación de textos para la piedad privada y
popular.
27. Se suele señalar el pontificado de San Gregorio Magno (590-604), pastor y
liturgista insigne, como punto de referencia ejemplar de una relación fecunda
entre Liturgia y piedad popular. Este Pontífice desarrolla una intensa actividad
litúrgica, para ofrecer al pueblo romano, mediante la organización de
procesiones, estaciones y rogativas, unas estructuras que respondan a la
sensibilidad popular, y que al mismo tiempo estén claramente en el ámbito de la
celebración de los misterios divinos; da sabias directrices para que la
conversión de los nuevos pueblos al Evangelio no se realice con perjuicio de sus
tradiciones culturales, de manera que la misma Liturgia se vea enriquecida con
nuevas y legítimas expresiones culturales; armoniza las nobles expresiones del
genio artístico con las expresiones más humildes de la sensibilidad popular;
asegura el sentido unitario del culto cristiano, al cimentarlo sólidamente en la
celebración de la Pascua, aunque los diversos eventos del único misterio
salvífico – como la Navidad, la Epifanía, la Ascensión...-se celebren de manera
particular y se desarrollen las memorias de los Santos.
La Edad Media
28. En el Oriente cristiano, especialmente en el área bizantina, la edad media
se presenta como el periodo de lucha contra la herejía iconoclasta, dividida en
dos fases (725-787 y 815-843), periodo clave para el desarrollo de la Liturgia,
de comentarios clásicos sobre la Liturgia Eucarística y de la iconografía propia
de los edificios de culto.
En el campo litúrgico se enriquece considerablemente el patrimonio himnográfico
y los ritos adquieren su forma definitiva. La Liturgia refleja la visión
simbólica del universo y la concepción jerárquica y sagrada del mundo. En ella
convergen las instancias de la sociedad cristiana, los ideales y las estructuras
del monacato, las aspiraciones populares, las intuiciones de los místicos y las
reglas de los ascetas.
Una vez superada la crisis iconoclasta con el decreto De sacris imaginibus del
Concilio ecuménico de Nicea II (787), victoria consolidada en el "Triunfo de la
Ortodoxia" (843), la iconografía se desarrolla, se organiza de manera definitiva
y recibe una legitimación doctrinal. El mismo icono, hierático, con gran valor
simbólico, es por sí mismo parte de la celebración litúrgica: refleja el
misterio celebrado, constituye una forma de presencia permanente de dicho
misterio, y lo propone al pueblo fiel.
29. En Occidente, el encuentro del cristianismo con los nuevos pueblos,
especialmente celtas, visigodos, anglosajones, francogermanos, realizado ya en
el siglo V, da lugar en la alta Edad Media a un proceso de formación de nuevas
culturas y de nuevas instituciones políticas y civiles.
En el amplio marco de tiempo que va desde el siglo VII hasta la mitad del siglo
XV se determina y acentúa progresivamente la diferencia entre Liturgia y piedad
popular, hasta el punto de crearse un dualismo celebrativo: paralelamente a la
liturgia, celebrada en lengua latina, se desarrolla una piedad popular
comunitaria, que se expresa en lengua vernácula.
30. Entre las causas que en este periodo han determinado dicho dualismo, se
pueden indicar:
- la idea de que la Liturgia es competencia de los clérigos, mientras que los
laicos son espectadores;
- la clara diferenciación de las funciones en la sociedad cristiana - clérigos,
monjes, laicos - da lugar a formas y estilos diferentes de oración;
- la consideración distinta y particularizada, en el ámbito litúrgico e
iconográfico, de los diversos aspectos del único misterio de Cristo; por una
parte es una expresión de atento cariño a la vida y la obra del Señor, pero por
otra parte no facilita la percepción explícita de la centralidad de la Pascua, y
favorece la multiplicación de momentos y formas celebrativas de carácter
popular;
- el conocimiento insuficiente de las Escrituras no sólo por los laicos, sino
también por parte de muchos clérigos y religiosos, hace difícil acceder a la
clave indispensable para comprender la estructura y el lenguaje simbólico de la
Liturgia;
- la difusión, por el contrario, de la literatura apócrifa, llena de narraciones
de milagros y de episodios anecdóticos, que ejerce un influjo notable sobre la
iconografía, y al despertar la imaginación de los fieles, capta su atención;
- la escasez de predicación de tipo homilético, la práctica desaparición de la
mistagogia, y la formación catequética insuficiente, por lo cual la celebración
litúrgica se mantiene cerrada a la comprensión y a la participación activa de
los fieles, los cuales buscan formas y momentos cultuales alternativos;
- la tendencia al alegorismo, que, al incidir excesivamente en la interpretación
de los textos y de los ritos, desvía a los fieles de la comprensión de la
verdadera naturaleza de la Liturgia;
- la recuperación de formas y estructuras expresivas populares, casi como
reacción inconsciente ante una Liturgia que se ha hecho, por muchas motivos,
incomprensible y distante para el pueblo.
31. En la Edad Media surgieron y se desarrollaron muchos movimientos
espirituales y asociaciones con diversa configuración jurídica y eclesial, cuya
vida y actividades tuvieron un influjo notable en el modo de plantear las
relaciones entre Liturgia y piedad popular.
Así, por ejemplo, las nuevas órdenes religiosas de vida evangélico-apostólica,
dedicadas a la predicación, adoptaron formas de celebración más sencillas, en
comparación con las monásticas, y más cercanas al pueblo y a sus formas de
expresión. Y, por otra parte, favorecieron la aparición de ejercicios de piedad,
mediante los cuales expresaban su carisma y lo transmitían a los fieles.
Las hermandades religiosas, nacidas con fines cultuales y caritativos, y las
corporaciones laicas, constituidas con una finalidad profesional, dan origen a
una cierta actividad litúrgica de carácter popular: erigen capillas para sus
reuniones de culto, eligen un Patrono y celebran su fiesta, no raramente
componen, para uso propio, pequeños oficios y otros formularios de oración en
los que se manifiesta el influjo de la Liturgia y al mismo tiempo la presencia
de elementos que provienen de la piedad popular.
A su vez las escuelas de espiritualidad, convertidas en punto de referencia
importante para la vida eclesial, inspiran planteamientos existenciales y modos
de interpretar la vida en Cristo y en el Espíritu Santo, que influyen no poco
sobre algunas opciones celebrativas (por ejemplo, los episodios de la Pasión de
Cristo) y son el fundamento de muchos ejercicios de piedad.
Y además, la sociedad civil, que se configura de manera ideal como una societas
christiana, conforma algunas de sus estructuras según los usos eclesiales, y a
veces amolda los ritmos de la vida a los ritmos litúrgicos; por lo cual, por
ejemplo, el toque de las campanas por la tarde es al mismo tiempo, un aviso a
los ciudadanos para que regresen de las labores del campo a la ciudad y una
invitación para que saluden a la Virgen.
32. Así pues, a lo largo de toda la Edad Media, progresivamente nacen y se
desarrollan muchas expresiones de piedad popular, de las cuales no pocas han
llegado a nuestros días:
- se organizan representaciones sagradas que tienen por objeto los misterios
celebrados durante el año litúrgico, sobre todo los acontecimientos salvíficos
de la Navidad de Cristo y de su Pasión, Muerte y Resurrección;
- nace la poesía en lengua vernácula que, al emplearse ampliamente en el campo
de la piedad popular, favorece la participación de los fieles
- aparecen formas devocionales alternativas o paralelas a algunas expresiones
litúrgicas; así, por ejemplo, la infrecuencia de la comunión eucarística se
compensa con formas diversas de adoración al Santísimo Sacramento; en la baja
Edad Media la recitación del Rosario tiende a sustituir la del Salterio; los
ejercicios de piedad realizados el Viernes Santo en honor de la Pasión del Señor
sustituyen, para muchos fieles, la acción litúrgica propia de ese día;
- se incrementan las formas populares del culto a la Virgen Santísima y a los
Santos: peregrinaciones a los santos lugares de Palestina y a las tumbas de los
Apóstoles y de los mártires, veneración de las reliquias, súplicas litánicas,
sufragios por los difuntos;
- se desarrollan considerablemente los ritos de bendición en los cuales, junto
con elementos de fe cristiana auténtica, aparecen otros que son reflejo de una
mentalidad naturalista y de creencias y prácticas populares precristianas;
- se constituyen núcleos de "tiempos sagrados" con un fondo popular que se
sitúan al margen del año litúrgico: días de fiesta sacro-profanos, triduos,
septenarios, octavarios, novenas, meses dedicados a particulares devociones
populares.
33. En la Edad Media, la relación entre Liturgia y piedad popular es constante y
compleja. En dicha época se puede notar un doble movimiento: la Liturgia inspira
y fecunda expresiones de la piedad popular; a la inversa, formas de la piedad
popular se reciben e integran en la Liturgia. Esto sucede, sobre todo, en los
ritos de consagración de personas, de colación de ministerios, de dedicación de
lugares, de institución de fiestas y en el variado campo de las bendiciones.
Sin embargo se mantiene el fenómeno de un cierto dualismo entre Liturgia y
piedad popular. Hacia el final de la Edad Media, ambas pasan por un periodo de
crisis: en la Liturgia por la ruptura de la unidad cultual, elementos
secundarios adquieren una importancia excesiva en detrimento de los elementos
centrales; en la piedad popular, por la falta de una catequesis profunda, las
desviaciones y exageraciones amenazan la correcta expresión del culto cristiano.
La Época Moderna
34. En sus inicios, la época moderna no aparece muy favorable para alcanzar una
solución equilibrada en las relaciones entre Liturgia y piedad popular. Durante
la segunda mitad del siglo XV la devotio moderna, que contó con insignes
maestros de vida espiritual y que alcanzó una notable difusión entre clérigos y
laicos cultos, favorece la aparición de ejercicios de piedad con un fondo
meditativo y afectivo, cuyo punto de referencia principal es la humanidad de
Cristo – los misterios de su infancia, de la vida oculta, de la Pasión y muerte
-. Pero la primacía concedida a la contemplación y la valoración de la
subjetividad, unidas a un cierto pragmatismo ascético, que exalta el esfuerzo
humano, hacen que la Liturgia no aparezca, a los ojos de los hombres y mujeres
de gran ascendiente espiritual, como fuente primaria de la vida cristiana.
35. Se considera expresión característica de la devotio moderna, la célebre obra
De imitatione Christi que ha tenido un influjo extraordinario y beneficioso en
muchos discípulos del Señor, deseosos de alcanzar la perfección cristiana. El De
imitatione Christi orienta a los fieles hacia un tipo de piedad más bien
individual, en el cual se acentúa la separación del mundo y la invitación a
escuchar la voz del Maestro interior; los aspectos comunitarios y eclesiales de
la oración y los elementos de la espiritualidad litúrgica parecen, en cambio,
más limitados.
En los ambientes en los que se cultiva la devotio moderna, se suelen encontrar
con facilidad ejercicios de piedad bellamente compuestos, expresiones cultuales
de personas sinceramente devotas, pero no siempre se puede encontrar una
valoración plena de la celebración litúrgica.
36. Entre el final del siglo XV y el inicio del siglo XVI, por los
descubrimientos geográficos – en África, en América, y posteriormente en el
Extremo Oriente -, se plantea de una manera nueva la cuestión de las relaciones
entre Liturgia y piedad popular.
La labor de evangelización y de catequesis en países lejanos del centro cultural
y cultual del rito romano se realiza mediante el anuncio de la Palabra y la
celebración de los sacramentos (cfr. Mt 28,19), pero también mediante ejercicios
de piedad propagados por los misioneros.
Así pues, los ejercicios de piedad se convierten en un medio para transmitir el
mensaje evangélico, y, posteriormente, para conservar la fe cristiana. Debido a
las normas que tutelaban la Liturgia romana, parece que fue escaso el influjo
recíproco entre la Liturgia y la cultura autóctona (aunque se dio, en cierta
medida, en las Reducciones del Paraguay). El encuentro con dicha cultura se
producirá con facilidad, en cambio, en el ámbito de la piedad popular.
37. En los comienzos del siglo XVI, entre los hombres más preocupados por una
auténtica reforma de la Iglesia, hay que recordar a los monjes camaldulenses
Pablo Justiniani y Pedro Querini, autores de un Libellus ad Leonem X, que
contenía indicaciones importantes para revitalizar la Liturgia y para abrir sus
tesoros a todo el pueblo de Dios: formación, sobre todo bíblica, del clero y de
los religiosos; el uso de la lengua vernácula en la celebración de los misterios
sagrados; la reordenación de los libros litúrgicos; la eliminación de los
elementos espurios, tomados de una piedad popular incorrecta; la catequesis,
encaminada también a comunicar a los fieles el valor de la Liturgia.
38. Poco después de la clausura del Concilio Lateranense V (16 de Marzo de
1517), que emanó algunas disposiciones para educar a los jóvenes en la Liturgia,
comenzó la crisis por el nacimiento del protestantismo, cuyos iniciadores
pusieron no pocas objeciones a los puntos esenciales de la doctrina católica
sobre los sacramentos y sobre el culto de la Iglesia, incluida la piedad
popular.
El Concilio de Trento (1545-1563), convocado para hacer frente a la situación
producida en el pueblo de Dios con la propagación del movimiento protestante,
tuvo que ocuparse, en sus tres fases, de cuestiones referentes a la Liturgia y a
la piedad popular, tanto bajo el aspecto doctrinal como cultual. Sin embargo,
dado el contexto histórico y la índole dogmática de los temas que debía tratar,
afrontó las cuestiones de tipo litúrgico-sacramental desde un punto de vista
preferentemente doctrinal: lo hizo con un planteamiento de denuncia de los
errores y de condena de los abusos, de defensa de la fe y de la tradición
litúrgica de la Iglesia; mostrando interés también por los problemas referidos a
la formación litúrgica del pueblo, proponiendo mediante el decreto De
reformatione generali un programa pastoral y encomendando su aplicación a la
Sede Apostólica y a los Obispos.
39. Conforme a las disposiciones conciliares muchas provincias eclesiásticas
celebraron sínodos, en los cuales es clara la preocupación por conducir a los
fieles a una participación eficaz en las celebraciones de los misterios
sagrados. A su vez los Romanos Pontífices emprendieron una amplia reforma
litúrgica: en un tiempo relativamente breve, del 1568 al 1614, se revisaron el
Calendario y los libros del Rito romano y en el 1588 se creó la Sagrada
Congregación de Ritos para la custodia y la recta ordenación de las
celebraciones litúrgicas de la Iglesia romana. Como elemento de formación
litúrgico pastoral hay que notar la función del Catechismus ad parochos.
40. De la reforma realizada después del Concilio de Trento se siguieron
múltiples beneficios para la Liturgia: se recondujeron a la "antigua norma de
los Santos Padres", aunque con las limitaciones de los conocimientos científicos
de la época, no pocos ritos; se eliminaron elementos y añadidos extraños a la
Liturgia, demasiado ligados a la sensibilidad popular; se controló el contenido
doctrinal de los textos, de manera que reflejaran la pureza de la fe; se
consiguió una notable unidad ritual en el ámbito de la Liturgia romana, que
adquirió nuevamente dignidad y belleza.
Sin embargo se produjeron también, indirectamente, algunas consecuencias
negativas: la Liturgia adquirió, al menos en apariencia, una rigidez que
derivaba más de la ordenación de las rúbricas que de su misma naturaleza; y en
su sujeto agente parecía algo casi exclusivamente jerárquico; esto reforzó el
dualismo que ya existía entre Liturgia y piedad popular.
41. La Reforma católica, en su esfuerzo positivo de renovación doctrinal, moral
e institucional de la Iglesia y en su intento de contrarrestar el desarrollo del
protestantismo, favoreció en cierto modo la afirmación de la compleja cultura
barroca. Esta, a su vez, tuvo un influjo considerable en las expresiones
literarias, artísticas y musicales de la piedad católica.
En la época postridentina la relación entre Liturgia y piedad popular adquiere
nuevas connotaciones: la Liturgia entra en un periodo de uniformidad sustancial
y de un carácter estático persistente; frente a ella, la piedad popular
experimenta un desarrollo extraordinario.
Dentro de unos límites, determinados por la necesidad de evitar la aparición de
formas exageradas o fantasiosas, la Reforma católica favoreció la creación y
difusión de los ejercicios de piedad, que resultaron un medio importante para la
defensa de la fe católica y para alimentar la piedad de los fieles. Se puede
citar, por ejemplo, el desarrollo de las cofradías dedicadas a los misterios de
la Pasión del Señor, a la Virgen María y a los Santos, que tenían como triple
finalidad la penitencia, la formación de los laicos y las obras de caridad. Esta
piedad popular propició la creación de bellísimas imágenes, llenas de
sentimiento, cuya contemplación continúa nutriendo la fe y la experiencia
religiosa de los fieles.
Las "misiones populares", surgidas en esta época, contribuyen también a la
difusión de los ejercicios de piedad. En ellas, Liturgia y piedad popular
coexisten, aunque con cierto desequilibrio: las misiones, de hecho, tienen por
objeto conducir a los fieles al sacramento de la penitencia y a recibir la
comunión eucarística, pero recurren a los ejercicios de piedad como medio para
inducir a la conversión y como momento cultual en el que se asegura la
participación popular.
Los ejercicios de piedad se reunían y ordenaban en manuales de oración que, si
tenían la aprobación eclesiástica, constituían auténticos subsidios cultuales:
para los diversos momentos del día, del mes, del año y para innumerables
circunstancias de la vida.
En la época de la Reforma católica, la relación entre Liturgia y piedad popular
no se establece sólo en términos contrapuestos de carácter estático y
desarrollo, sino que se dan situaciones anómalas: los ejercicios piadosos se
realizan a veces durante la misma celebración litúrgica, sobreponiéndose a la
misma, y en la actividad pastoral, tienen un puesto preferente con relación a la
Liturgia. Se acentúa así el alejamiento de la Sagrada Escritura y no se advierte
suficientemente la centralidad del misterio pascual de Cristo, fundamento, cauce
y culminación de todo el culto cristiano, que tiene su expresión principal en el
domingo.
42. Durante la Ilustración se acentúa la separación entre la "religión de los
doctos", potencialmente cercana a la Liturgia, y la "religión de los sencillos",
cercana por naturaleza a la piedad popular. De hecho, doctos y pueblo se reunen
en las mismas prácticas religiosas. Sin embargo los "doctos" apoyan una práctica
religiosa iluminada por la inteligencia y el saber, y desprecian la piedad
popular que, a sus ojos, se alimenta de la superstición y del fanatismo.
Les conduce a la Liturgia el sentido aristocrático que caracteriza muchas
expresiones de la vida cultural, el carácter enciclopédico que ha tomado el
saber, el espíritu crítico y de investigación, que lleva a la publicación de
antiguas fuentes litúrgicas, el carácter ascético de algunos movimientos que,
influidos también por el jansenismo, piden un retorno a la pureza de la Liturgia
de la antigüedad. Aunque se resiente del clima cultural, el interés renovado por
la Liturgia está animado por un interés pastoral por el clero y los laicos, como
sucede en Francia a partir del siglo XVII.
La Iglesia dirige su atención a la piedad popular en muchos sectores de su
actividad pastoral. De hecho, se intensifica la acción apostólica que procura,
en una cierta medida, la mutua integración de Liturgia y piedad popular. Así,
por ejemplo, la predicación se desarrolla especialmente en determinados tiempos
litúrgicos, como la Cuaresma y el domingo, en los que tiene lugar la catequesis
de adultos, y procura conseguir la conversión del espíritu y de las costumbres
de los fieles, acercarles al sacramento de la reconciliación, hacerles volver a
la Misa dominical, enseñarles el valor del sacramento de la Unción de enfermos y
del Viático.
La piedad popular, como en el pasado había sido eficaz para contener los efectos
negativos del movimiento protestante, resulta ahora útil para contrarrestar la
propaganda corrosiva del racionalismo y, dentro de la Iglesia, las consecuencias
nocivas del Jansenismo. Por este esfuerzo y por el ulterior desarrollo de las
misiones populares, se enriquece la piedad popular: se subrayan de modo nuevo
algunos aspectos del Misterio cristiano, como por ejemplo, el Corazón de Cristo,
y nuevos "días" polarizan la atención de los fieles, como por ejemplo, los nueve
"primeros viernes" de mes.
En el siglo XVIII también se debe recordar la actividad de Luis Antonio Muratori,
que supo conjugar los estudios eruditos con las nuevas necesidades pastorales y
en su célebre obra Della regolata devozione dei cristiani propuso una
religiosidad que tomara de la Liturgia y de la Escritura su sustancia y se
mantuviese lejana de la superstición y de la magia. También fue iluminadora la
obra del papa Benedicto XIV (Prospero Lambertini) a quien se debe la importante
iniciativa de permitir el uso de la Biblia en lenguas vernáculas.
43. La Reforma católica había reforzado las estructuras y la unidad del rito de
la Iglesia Romana. De este modo, durante la gran expansión misionera del siglo
XVIII, se difundió la propia Liturgia y la propia estructura organizativa en los
pueblos en los que se anuncia el mensaje evangélico.
En el siglo XVIII, en los territorios de misión, la relación entre Liturgia y
piedad popular se plantea en términos similares, pero más acentuados que en los
siglos XVI y XVII:
- la Liturgia mantiene intacta su fisonomía romana, porque, en parte por temor
de consecuencias negativas para la fe, no se plantea casi el problema de la
enculturación – hay que mencionar los meritorios esfuerzos de Mateo Ricci con la
cuestión de los Ritos chinos, y de Roberto De’ Nobili con los Ritos hindúes-, y
por esto, al menos en parte, se consideró esta Liturgia extraña a la cultura
autóctona;
- la piedad popular por una parte corre el riesgo de caer en el sincretismo
religioso, especialmente donde la evangelización no ha entrado en profundidad;
por otra parte, se hace cada vez más autónoma y madura: no se limita a proponer
los ejercicios de piedad traídos por los evangelizadores, sino que crea otros,
con la impronta de la cultura local
La Época contemporánea
44. En el siglo XIX, una vez superada la crisis de la revolución francesa, que
en su propósito de hacer desaparecer la fe católica se opuso claramente al culto
cristiano, se advierte un significativo renacimiento litúrgico.
Dicho renacimiento fue precedido y preparado por una afirmación vigorosa de la
eclesiología que presentaba a la Iglesia no sólo como una sociedad jerárquica,
sino también como pueblo de Dios y comunidad cultual. Junto con este despertar
eclesiológico hay que resaltar, como precursores del renacimiento litúrgico, el
florecimiento de los estudios bíblicos y patrísticos, la tensión eclesial y
ecuménica de hombres como Antonio Rosmini (+1855) y John Henry Newman (+1890).
En el proceso de renacimiento del culto litúrgico se debe mencionar
especialmente la obra del abad Prosper Guéranger (+1875), restaurador del
monacato en Francia y fundador de la abadía de Solesmes: su visión de la
Liturgia está penetrada de amor a la Iglesia y a la tradición; sin embargo su
respeto a la Liturgia romana, considerada como factor indispensable de unidad,
le lleva a oponerse a expresiones litúrgicas autóctonas. El renacimiento
litúrgico promovido por él, tiene el mérito de no ser un movimiento académico,
sino que trata de hacer de la Liturgia la expresión cultual, sentida y
participada, de todo el pueblo de Dios.
45. Durante el siglo XIX no se produce sólo el despertar de la Liturgia, sino
también, y de manera autónoma, un incremento de la piedad popular. Así, el
florecer del canto litúrgico coincide con la creación de nuevos cantos
populares; la difusión de subsidios litúrgicos, como los misales bilingües para
uso de los fieles, viene acompañada de la proliferación de devocionarios.
La misma cultura del romanticismo, que valora de nuevo el sentimiento y los
aspectos religiosos del hombre, favorece la búsqueda, la comprensión y la estima
de lo popular, también en el campo del culto.
En este mismo siglo se asiste a un fenómeno gran alcance: expresiones de culto
locales, nacidas por iniciativa popular, y referidas a sucesos prodigiosos –
milagros, apariciones...- obtienen posteriormente un reconocimiento oficial, el
favor y la protección de las autoridades eclesiásticas y son asumidas por la
misma Liturgia. En este sentido es característico el caso de diversos
santuarios, meta de peregrinaciones, centros de Liturgia penitencial y
eucarística y lugares de piedad mariana.
Sin embargo, en el siglo XIX la relación entre la Liturgia, que se encuentra en
un periodo de renacimiento, y la piedad popular, en fase de expansión, está
afectada por un factor negativo: se acentúa el fenómeno, que ya se daba en la
Reforma católica, de superposición de ejercicios de piedad con las acciones
litúrgicas.
46. Al comienzo del siglo XX el Papa san Pío X (1903-1914) se propuso acercar a
los fieles a la Liturgia, hacerla "popular". Pensaba que los fieles adquieren el
"verdadero espíritu cristiano" bebiendo de "la fuente primera e indispensable,
que es la participación activa en los sacrosantos misterios y en la oración
pública y solemne de la Iglesia". Con esto San Pío X contribuyó autorizadamente
a afirmar la superioridad objetiva de la Liturgia sobre toda otra forma de
piedad; rechazó la confusión entre la piedad popular y la Liturgia e,
indirectamente, favoreció la clara distinción entre los dos campos, y abrió el
camino que conduciría a una justa comprensión de su relación mutua.
De este modo surgió y se desarrolló, gracias a las aportaciones de hombres
eminentes por su ciencia, piedad y pasión eclesial, el movimiento litúrgico, que
tuvo un papel notable en la vida de la Iglesia del siglo XX, y en él los Sumos
Pontífices han reconocido el aliento del Espíritu. El objetivo último de los que
animaron el movimiento litúrgico era de índole pastoral: favorecer en los fieles
la comprensión, y consiguientemente el amor por la celebración de los sagrados
misterios, renovar en ellos la conciencia de pertenecer a un pueblo sacerdotal (cfr.
1 Pe 2,5).
Se entiende que algunos de los exponentes más estrictos del movimiento litúrgico
vieran con desconfianza las manifestaciones de la piedad popular y encontraran
en ellas una causa de la decadencia de la Liturgia. Estaban ante sus ojos los
abusos provocados por sobreponer ejercicios de piedad a la Liturgia, o incluso
la sustitución de la misma con expresiones cultuales populares. Por otra parte,
con el objetivo de renovar la pureza del culto divino, miraban, como a un modelo
ideal, la Liturgia de los primeros siglos de la Iglesia, y, consiguientemente,
rechazaban, a veces de manera radical, las expresiones de la piedad popular, de
origen medieval o nacidas en la época postridentina.
Pero este rechazo no tenía en cuenta de manera suficiente el hecho de que las
expresiones de piedad popular, con frecuencia aprobadas y recomendadas por la
Iglesia, habían sostenido la vida espiritual de muchos fieles, habían producido
frutos innegables de santidad, y habían contribuido en gran medida, a
salvaguardar la fe y a difundir el mensaje cristiano. Por esto, Pío XII, en el
documento programático con el que asumía la guía del movimiento litúrgico, la
encíclica Mediator Dei del 21 de Noviembre de 1947, frente al citado rechazo
defendía los ejercicios de piedad, con los cuales, en cierta medida, se había
identificado la piedad católica de los últimos siglos.
Sería misión del Concilio ecuménico Vaticano II, mediante la Constitución
Sacrosanctum Concilium, definir en sus justos términos la relación entre la
Liturgia y la piedad popular, proclamando el primado indiscutible de la santa
Liturgia y la subordinación a la misma de los ejercicios de piedad, aunque
recordando la validez de estos últimos.
Liturgia y piedad popular: problemática actual
47. Del cuadro histórico que hemos trazado aparece claramente que la cuestión de
la relación entre Liturgia y piedad popular no se plantea sólo hoy: a lo largo
de los siglos, aunque con otros nombres y de manera diversa, se ha presentado
más veces y se le han dado diversas soluciones. Es necesario ahora, desde lo que
enseña la historia, sacar algunas indicaciones para responder a los
interrogantes pastorales que se presentan hoy con fuerza y urgencia.
Indicaciones de la historia: causas del desequilibrio
48. La historia muestra, ante todo, que la relación entre Liturgia y piedad
popular se deteriora cuando en los fieles se debilita la conciencia de algunos
valores esenciales de la misma Liturgia. Entre las causas de este debilitamiento
se pueden señalar:
- escasa conciencia o disminución del sentido de la Pascua y del lugar central
que ocupa en la historia de la salvación, de la cual la Liturgia cristiana es
actualización; donde esto sucede los fieles orientan su piedad, casi de manera
inevitable, sin tener cuenta de la "jerarquía de las verdades", hacia otros
episodios salvíficos de la vida de Cristo y hacia la Virgen Santísima, los
Ángeles y los Santos;
- pérdida del sentido del sacerdocio universal en virtud del cual los fieles
están habilitados para "ofrecer sacrificios agradables a Dios, por medio de
Jesucristo" (1 Pe 2,5; cfr. Rom 12,1) y a participar plenamente, según su
condición, en el culto de la Iglesia; este debilitamiento, acompañado con
frecuencia por el fenómeno de una Liturgia llevada por clérigos, incluso en las
partes que no son propias de los ministros sagrados, da lugar a que a veces los
fieles se orienten hacia la práctica de los ejercicios de piedad, en los cuales
se consideran participantes activos;
- el desconocimiento del lenguaje propio de la Liturgia - el lenguaje, los
signos, los símbolos, los gestos rituales...-, por los cuales los fieles pierden
en gran medida el sentido de la celebración. Esto puede producir en ellos el
sentirse extraños a la celebración litúrgica; de este modo tienden fácilmente a
preferir los ejercicios de piedad, cuyo lenguaje es más conforme a su formación
cultural, o las devociones particulares, que responden más a las exigencias y
situaciones concretas de la vida cotidiana.
49. Cada uno de estos factores, que no raramente se dan a la vez en un mismo
ambiente, produce un desequilibrio en la relación entre Liturgia y piedad
popular, en detrimento de la primera y para empobrecimiento de la segunda. Por
lo tanto se deberán corregir mediante una inteligente y perseverante acción
catequética y pastoral.
Por el contrario, los movimientos de renovación litúrgica y el crecimiento del
sentido litúrgico en los fieles dan lugar a una consideración equilibrada de la
piedad popular en relación con la Liturgia. Esto se debe estimar como un hecho
positivo, conforme a la orientación más profunda de la piedad cristiana.
A la luz de la Constitución sobre Liturgia
50. En nuestro tiempo la relación entre Liturgia y piedad popular se considera
sobre todo a la luz de las directrices contenidas en la Constitución
Sacrosanctum Concilium, las cuales buscan una relación armónica entre ambas
expresiones de piedad, aunque la segunda está objetivamente subordinada y
orientada a la primera.
Esto quiere decir, en primer lugar, que no se debe plantear la relación entre
Liturgia y piedad popular en términos de oposición, pero tampoco de equiparación
o de sustitución. De hecho, la conciencia de la importancia primordial de la
Liturgia y la búsqueda de sus expresiones más auténticas no debe llevar a
descuidar la realidad de la piedad popular y mucho menos a despreciarla o a
considerarla superflua o incluso nociva para la vida cultual de la Iglesia.
La falta de consideración o de estima por la piedad popular, pone en evidencia
una valoración inadecuada de algunos hechos eclesiales y parece provenir más
bien de prejuicios ideológicos que de la doctrina de la fe. Dicho planteamiento
provoca una actitud que:
- no tiene en cuenta que la piedad popular es también una realidad eclesial
promovida y sostenida por el Espíritu, sobre la cual el Magisterio ejerce su
función de autentificar y garantizar;
- no considera suficientemente los frutos de gracia y de santidad que ha
producido la piedad popular y que continúa produciendo en la Iglesia;
- no raras veces es expresión de una búsqueda ilusoria de una "Liturgia pura",
la cual, además de la subjetividad de los criterios con los que se establece la
"puritas", es - como enseña la experiencia secular - más una aspiración ideal
que una realidad histórica;
- se confunde un elemento noble del espíritu humano, esto es, el sentimiento,
que penetra legítimamente muchas expresiones de la piedad litúrgica y de la
piedad popular, con su degeneración, esto es, el sentimentalismo.
51. Sin embargo, en la relación entre Liturgia y piedad popular a veces se
presenta el fenómeno opuesto, es decir, tal valoración de la piedad popular que
en la práctica va en detrimento de la Liturgia de la Iglesia.
No se puede silenciar que donde suceda tal cosa, sea por una situación de hecho,
sea por una opción doctrinal deliberada, se produce una grave desviación
pastoral: la Liturgia no sería ya "la cumbre a la cual tiende la actividad de la
Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza", sino una
expresión cultual considerada como algo ajeno a la comprensión y a la
sensibilidad del pueblo y que, de hecho, resulta descuidada y relegada a un
segundo lugar, o reservada para grupos particulares.
52. La intención encomiable de acercar al hombre contemporáneo, sobre todo al
que no ha recibido suficiente formación catequética, al culto cristiano y la
dificultad que se constata en determinadas culturas, para asimilar algunos
elementos y estructuras de la Liturgia, no debe dar lugar a una desvalorización
teórica o práctica de la expresión primaria y fundamental del culto litúrgico.
De este modo, en lugar de afrontar con visión de futuro y perseverancia las
dificultades reales, se piensa que se pueden resolver de una manera simplista.
53. Donde los ejercicios de piedad se practican en perjuicio de las acciones
litúrgicas, se suelen escuchar afirmaciones como:
- la piedad popular es un ámbito adecuado para celebrar de manera libre y
espontánea la "Vida" en sus múltiples expresiones; la Liturgia, en cambio,
centrada en el "Misterio de Cristo" es anamnética por su propia naturaleza,
inhibe la espontaneidad y resulta repetitiva y formalista;
- la Liturgia no consigue que los fieles se vean implicados en la totalidad de
su ser, en su corporeidad y en su espíritu; la piedad popular, en cambio, al
hablar directamente al hombre, lo implica en su cuerpo, corazón y espíritu;
- la piedad popular es un espacio real y auténtico para la vida de oración: a
través de los ejercicios de piedad el fiel entra en verdadero diálogo con el
Señor, con palabras que comprende plenamente y que siente como propias; la
Liturgia, por el contrario, al poner en sus labios palabras que no son suyas, y
que resultan con frecuencia extrañas a su cultura, más que un medio resulta un
impedimento para la vida de oración;
- la ritualidad con la que se expresa la piedad popular es percibida y acogida
por el fiel, porque hay una correspondencia entre su mundo cultural y el
lenguaje ritual; la ritualidad propia de la Liturgia, en cambio, no se
comprende, porque sus modos de expresión provienen de un mundo cultural que el
fiel siente como algo distinto y lejano.
54. En estas afirmaciones se acentúa de modo exagerado y dialéctico la
diferencia que - no se puede negar - existe en algunas áreas culturales entre
las expresiones de la Liturgia y las de la piedad popular.
Es cierto, sin embargo, que donde se sostienen estas opiniones, el concepto
auténtico de Liturgia cristiana está gravemente comprometido, si no vaciado del
todo de sus elementos esenciales.
Contra tales opiniones hay que recordar la palabra grave y meditada del último
Concilio ecuménico: "toda celebración litúrgica, por ser obra de Cristo
sacerdote y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencia,
cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado, no la iguala ninguna
otra acción de la Iglesia"
55. La exaltación unilateral de la piedad popular, sin tener en cuenta la
Liturgia, no es coherente con el hecho de que los elementos constitutivos de
esta última se remontan a la voluntad de mismo Jesús de instituirlos, y no
subraya, como se debe, su insustituible valor soteriológico y doxológico.
Después de la Ascensión del Señor a la gloria del Padre y el don del Espíritu,
la perfecta glorificación de Dios y la salvación del hombre se realizan
principalmente a través de la celebración litúrgica, la cual exige la adhesión
de la fe e introduce al creyente en el evento salvífico fundamental: la Pasión,
Muerte y Resurrección de Cristo (cfr. Rom 6,2-6; 1 Cor 11,23-26).
La Iglesia, en la autocomprensión de su misterio y de su acción cultual y
salvífica, no duda en afirmar que "mediante la Liturgia se ejerce la obra de
nuestra Redención, sobre todo en el divino sacrificio de la Eucaristía"; esto no
excluye la importancia de otras formas de piedad.
56. La falta de estima, teórica o práctica, por la Liturgia conduce
inevitablemente a oscurecer la visión cristiana del misterio de Dios, que se
inclina misericordiosamente sobre el hombre caído para acercarlo a sí, mediante
la encarnación del Hijo y el don del Espíritu Sano; a no percibir el significado
de la historia de la salvación y la relación que existe entre la Antigua y la
Nueva Alianza; a subestimar la Palabra de Dios, única Palabra que salva, de la
cual se nutre y a la que se refiere continuamente la Liturgia; a debilitar en el
espíritu de los fieles la conciencia del valor de la obra de Cristo, Hijo de
Dios e Hijo de la Virgen María, el solo Salvador y único Mediador (1 Tim 2,5;
Hech 4,12); a perder el sensus Ecclesiae.
57. El acento exclusivo en la piedad popular, que por otra parte - como ya se ha
dicho - se debe mover en el ámbito de la fe cristiana, puede favorecer un
alejamiento progresivo de los fieles respecto a la revelación cristiana y la
reasunción indebida o equivocada de elementos de la religiosidad cósmica o
natural; puede introducir en el culto cristiano elementos ambiguos, procedentes
de creencias pre-cristianas, o simplemente expresiones de la cultura y
psicología de un pueblo o etnia; puede crear la ilusión de alcanzar la
trascendencia mediante experiencias religiosas viciadas; puede comprometer el
auténtico sentido cristiano de la salvación como don gratuito de Dios,
proponiendo una salvación que sea conquista del hombre y fruto de su esfuerzo
personal (no se debe olvidar el peligro, con frecuencia real, de la desviación
pelagiana); puede, finalmente, hacer que la función de los mediadores
secundarios, como la Virgen María, los Ángeles y los Santos, e incluso los
protagonistas de la historia nacional, suplanten en la mentalidad de los fieles
el papel del único Mediador, el Señor Jesucristo.
58. Liturgia y piedad popular son dos expresiones legítimas del culto cristiano,
aunque no son homologables. No se deben oponer, ni equiparar, pero sí armonizar,
como se indica en la Constitución litúrgica: "Es preciso que estos mismos
ejercicios (de piedad popular) se organicen teniendo en cuenta los tiempos
litúrgicos, de modo que vayan de acuerdo con la sagrada Liturgia, en cierto modo
deriven de ella y a ella conduzcan al pueblo, ya que la liturgia, por su
naturaleza, está muy por encima de ellos".
Así pues, Liturgia y piedad popular son dos expresiones cultuales que se deben
poner en relación mutua y fecunda: en cualquier caso, la Liturgia deberá
constituir el punto de referencia para "encauzar con lucidez y prudencia los
anhelos de oración y de vida carismática" que aparecen en la piedad popular; por
su parte la piedad popular, con sus valores simbólicos y expresivos, podrá
aportar a la Liturgia algunas referencias para una verdadera enculturación, y
estímulos para un dinamismo creador eficaz.
La importancia de la formación
59. A la luz de todo lo que se ha recordado, el camino para que desaparezcan los
motivos de desequilibrio o de tensión entre Liturgia y piedad popular es la
formación, tanto del clero como de los laicos. Junto a la necesaria formación
litúrgica, tarea a largo plazo, que siempre se debe redescubrir y profundizar,
es necesario como complemento para conseguir una rica y armónica espiritualidad,
cultivar la formación en lo referente a la piedad popular.
Realmente, dado que "la vida espiritual no se agota con la sola participación en
la Liturgia", limitarse exclusivamente a la educación litúrgica no llena todo el
campo del acompañamiento y crecimiento espiritual. Por lo demás, la acción
litúrgica, en especial la participación en la Eucaristía, no puede penetrar en
una vida carente de oración personal y de valores comunicados por las formas
tradicionales de piedad del pueblo cristiano. La vuelta propia de nuestros días
a prácticas "religiosas" de procedencia oriental, con diversas reelaboraciones,
es una muestra de un deseo de espiritualidad del existir, sufrir y compartir.
Las generaciones posconciliares - según los diversos países - no tienen
experiencia de las formas de devoción que tenían las generaciones anteriores:
por esto la catequesis y las actividades educativas no pueden descuidar, al
proponer una espiritualidad viva, la referencia al patrimonio que representa la
piedad popular, especialmente los ejercicios de piedad recomendados por el
Magisterio.
Capítulo II
LITURGIA Y PIEDAD POPULAR EN EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA
60. Ya se ha señalado la atención que presta a la piedad popular el Magisterio
del Concilio Vaticano II, de los Romanos Pontífices y de los Obispos. Parece
oportuno proponer ahora una síntesis orgánica de las enseñanzas del Magisterio
en esta materia, para facilitar la asimilación de una orientación doctrinal
común respecto a la piedad popular y para favorecer una acción pastoral
adecuada.
Los valores de la piedad popular
61. Según el Magisterio, la piedad popular es una realidad viva en la Iglesia y
de la Iglesia: su fuente se encuentra en la presencia continua y activa del
Espíritu de Dios en el organismo eclesial; su punto de referencia es el misterio
de Cristo Salvador; su objetivo es la gloria de Dios y la salvación de los
hombres; su ocasión histórica es el "feliz encuentro entre la obra de
evangelización y la cultura". Por eso el Magisterio ha expresado muchas veces su
estima por la piedad popular y sus manifestaciones; ha llamado la atención a los
que la ignoran, la descuidan o la desprecian, para que tengan una actitud más
positiva ante ella y consideren sus valores; no ha dudado, finalmente, en
presentarla como "un verdadero tesoro del pueblo de Dios".
La estima del Magisterio por la piedad popular viene motivada, sobre todo, por
los valores que encarna.
La piedad popular tiene un sentido casi innato de lo sagrado y de lo
trascendente. Manifiesta una auténtica sed de Dios y "un sentido perspicaz de
los atributos profundos de Dios: su paternidad, providencia, presencia amorosa y
constante", su misericordia.
Los documentos del Magisterio ponen de relieve las actitudes interiores y
algunas virtudes que la piedad popular valora particularmente, sugiere y
alimenta: la paciencia, "la resignación cristiana ante las situaciones
irremediables"; el abandono confiando en Dios; la capacidad de sufrir y de
percibir el "sentido de la cruz en la vida cotidiana"; el deseo sincero de
agradar al Señor, de reparar por las ofensas cometidas contra Él y de hacer
penitencia; el desapego respecto a las cosas materiales; la solidaridad y la
apertura a los otros, el "sentido de amistad, de caridad y de unión familiar".
62. La piedad popular dirige de buen grado su atención al misterio del Hijo de
Dios que, por amor a los hombres, se ha hecho niño, hermano nuestro, naciendo
pobre de una Mujer humilde y pobre, y muestra, al mismo tiempo, una viva
sensibilidad al misterio de la Pasión y Muerte de Cristo.
En la piedad popular tienen un puesto importante la consideración de los
misterios del más allá, el deseo de comunión con los que habitan en el cielo,
con la Virgen María, los Ángeles, y los Santos, y también valora la oración en
sufragio por las almas de los difuntos.
63. La unión armónica del mensaje cristiano con la cultura de un pueblo, lo que
con frecuencia se encuentra en las manifestaciones de la piedad popular, es un
motivo más de la estima del Magisterio por la misma.
En las manifestaciones más auténticas de la piedad popular, de hecho, el mensaje
cristiano, por una parte asimila los modos de expresión de la cultura del
pueblo, y por otra infunde los contenidos evangélicos en la concepción de dicho
pueblo sobre la vida y la muerte, la libertad, la misión y el destino del
hombre.
Así pues, la transmisión de padres a hijos, de una generación a otra, de las
expresiones culturales, conlleva la transmisión de los principios cristianos. En
algunos casos la unión es tan profunda que elementos propios de la fe cristiana
se ha convertido en componentes de la identidad cultural de un pueblo. Como
ejemplo puede tomarse la piedad hacia la Madre del Señor.
64. El Magisterio subraya además la importancia de la piedad popular para la
vida de fe del pueblo de Dios, para la conservación de la misma fe y para
emprender nuevas iniciativas de evangelización.
Se advierte que no es posible dejar de tener en cuenta "las devociones que en
ciertas regiones practica el pueblo fiel con un fervor y una rectitud de
intención conmovedores"; que la sana religiosidad popular, "por sus raíces
esencialmente católicas, puede ser un remedio contra las sectas y una garantía
de fidelidad al mensaje de la salvación"; que la piedad popular ha sido un
instrumento providencial para la conservación de la fe, allí donde los
cristianos se veían privados de atención pastoral; que donde la evangelización
ha sido insuficiente, "gran parte de la población expresa su fe sobre todo
mediante la piedad popular"; que la piedad popular, finalmente, constituye un
valioso e imprescindible "punto de partida para conseguir que la fe del pueblo
madure y se haga más profunda".
Algunos peligros que pueden desviar la piedad popular
65. El Magisterio, que subraya los valores innegables de la piedad popular, no
deja de indicar algunos peligros que pueden amenazarla: presencia insuficiente
de elementos esenciales de la fe cristiana, como el significado salvífico de la
Resurrección de Cristo, el sentido de pertenencia a la Iglesia, la persona y la
acción del Espíritu divino; la desproporción entre la estima por el culto a los
Santos y la conciencia de la centralidad absoluta de Jesucristo y de su
misterio; el escaso contacto directo con la Sagrada Escritura; el
distanciamiento respecto a la vida sacramental de la Iglesia; la tendencia a
separar el momento cultual de los compromisos de la vida cristiana; la
concepción utilitarista de algunas formas de piedad; la utilización de "signos,
gestos y fórmulas, que a veces adquieren excesiva importancia hasta el punto de
buscar lo espectacular"; el riesgo, en casos extremos, de "favorecer la entrada
de las sectas y de conducir a la superstición, la magia, el fatalismo o la
angustia".
66. Para poner remedio a estas eventuales limitaciones y defectos de la piedad
popular, el Magisterio de nuestro tiempo repite con insistencia que se debe
"evangelizar" la piedad popular, ponerla en contacto con la palabra del
Evangelio para que sea fecunda. Esto "la liberará progresivamente de sus
defectos; purificándola la consolidará, haciendo que lo ambiguo se aclare en lo
que se refiere a los contenidos de fe, esperanza y caridad".
En esta labor de "evangelización" de la piedad popular, el sentido pastoral
invita a actuar con una paciencia grande y con prudente tolerancia, inspirándose
en la metodología que ha seguido la Iglesia a lo largo de la historia, para
hacer frente a los problemas de enculturación de la fe cristiana y de la
Liturgia, o de las cuestiones sobre las devociones populares.
El sujeto de la piedad popular
67. El Magisterio de la Iglesia, al recordar que "la participación en la sagrada
Liturgia no abarca toda la vida espiritual" y que el cristiano "debe entrar
también en su cuarto para orar al Padre en secreto; más aún, debe orar sin
tregua, según enseña el Apóstol", indica que el sujeto de las diversas formas de
oración es todo cristiano – clérigo, religioso, laico – tanto cuando reza
privadamente, movido por el Espíritu Santo, como cuando reza comunitariamente en
grupos de diverso origen o naturaleza.
68. De una manera más particular, el Santo Padre Juan Pablo II ha señalado a la
familia como sujeto de la piedad popular. La Exhortación apostólica Familiaris
consortio, después de haber exaltado la familia como santuario doméstico de la
Iglesia, subraya que "Para preparar y prolongar en casa el culto celebrado en la
iglesia, la familia cristiana recurre a la oración privada, que presenta gran
variedad de formas. Esta variedad, mientras testimonia la riqueza extraordinaria
con la que el Espíritu anima la plegaria cristiana, se adapta a las diversas
exigencias y situaciones de vida de quien recurre al Señor". Después observa que
"Además de las oraciones de la mañana y de la noche, hay que recomendar
explícitamente...: la lectura y meditación de la Palabra de Dios, la preparación
a los sacramentos, la devoción y consagración al Corazón de Jesús, las varias
formas de culto a la Virgen Santísima, la bendición de la mesa, las expresiones
de la religiosidad popular".
69. También son sujeto igualmente importante de la piedad popular las cofradías
y otras asociaciones piadosas de fieles. Entre sus fines institucionales, además
del ejercicio de la caridad y del compromiso social, está el fomento del culto
cristiano: de la Trinidad, de Cristo y sus misterios, de la Virgen María, de los
Ángeles, los Santos, los Beatos, así como el sufragio por las almas de los
fieles difuntos.
Con frecuencia las cofradías, además del calendario litúrgico, disponen de una
especie de calendario propio, en el cual están indicadas las fiestas
particulares, los oficios, las novenas, los septenarios, los triduos que se
deben celebrar, los días penitenciales que se deben guardar y los días en los
que se realizan las procesiones o las peregrinaciones, o en los que se deben
hacer determinadas obras de misericordia. A veces tienen devocionarios propios y
signos distintivos particulares, como escapularios, medallas, hábitos,
cinturones e incluso lugares para el culto propio y cementerios.
La Iglesia reconoce a las cofradías y les confiere personalidad jurídica,
aprueba sus estatutos y aprecia sus fines y sus actividades de culto. Sin
embargo les pide que, evitando toda forma de contraposición y aislamiento, estén
integradas de manera adecuada en la vida parroquial y diocesana.
Los ejercicios de piedad
70. Los ejercicios de piedad son expresión característica de la piedad popular,
los cuales, por otra parte, son muy diferentes entre sí tanto por su origen
histórico como por su contenido, lenguaje, estilo, usos y destinatarios. El
Concilio Vaticano II ha tenido en cuenta los ejercicios de piedad, ha recordado
que están vivamente recomendados, indicando, además, las condiciones que
garantizan su legitimidad y su validez.
71. A la luz de la naturaleza y las características propias del culto cristiano,
es evidente, ante todo, que los ejercicios de piedad deben ser conformes con la
sana doctrina y con las leyes y normas de la Iglesia; además deben estar en
armonía con la sagrada Liturgia; tener en cuenta, en la medida de la posible,
los tiempos del año litúrgico y favorecer "una participación consciente y activa
en la oración común de la Iglesia".
72. Los ejercicios de piedad pertenecen a la esfera del culto cristiano. Por
esto la Iglesia siempre ha sentido la necesidad de prestarles atención, para que
a través de los mismos Dios sea glorificado dignamente y el hombre obtenga
provecho espiritual e impulso para llevar una vida cristiana coherente.
La acción de los Pastores respecto a los ejercicios de piedad se ha realizado de
muchas maneras: recomendaciones, estímulo, orientación y a veces corrección. En
la amplia gama de ejercicios de piedad, hay que distinguir: ejercicios de piedad
que se realizan por disposición de la Sede Apostólica o que han sido
recomendados por la misma a lo largo de los siglos; ejercicios de piedad de las
Iglesias particulares que "se celebran por mandato de los Obispos, a tenor de
las costumbres o de los libros legítimamente aprobados";otros ejercicios de
piedad que se practican por derecho particular o tradición en las familias
religiosas o en las hermandades, o en otras asociaciones piadosas de fieles, con
frecuencia, estos han recibido la aprobación explícita de la Iglesia; los
ejercicios de piedad que se realizan en el ámbito de la vida familiar o
personal.
A algunos ejercicios de piedad, introducidos por la costumbre de la comunidad de
los fieles, y aprobados por el Magisterio, se han concedido indulgencias.
Liturgia y ejercicios de piedad
73. La enseñanza de la Iglesia sobre la relación entre la Liturgia y los
ejercicios de piedad se puede sintetizar en lo siguiente: la Liturgia, por
naturaleza, es superior, con mucho, a los ejercicios de piedad, por lo cual en
la praxis pastoral hay que dar a la Liturgia "el lugar preeminente que le
corresponde respecto a los ejercicios de piedad"; Liturgia y ejercicios de
piedad deben coexistir respetando la jerarquía de valores y a la naturaleza
específica de ambas expresiones cultuales.
74. Una consideración atenta de estos principios debe llevar a un verdadero
empeño para armonizar, en la medida de lo posible, los ejercicios de piedad con
los ritmos y las exigencias de la Liturgia; esto es "sin fusionar o confundir
las dos formas de piedad"; para evitar, consiguientemente, la confusión y la
mezcla híbrida de Liturgia y ejercicios de piedad; a no contraponer la Liturgia
a los ejercicios de piedad o, contra el sentir de la Iglesia, eliminarlos,
produciendo un vacío que con frecuencia no se ve colmado, en perjuicio del
pueblo fiel.
Criterios generales para la renovación de los ejercicios de piedad
75. La Sede Apostólica no ha dejado de indicar los criterios teológicos,
pastorales, históricos y literarios, conforme a los cuales se deben reformar
-cuando sea preciso- los ejercicios de piedad; ha señalado cómo se debe acentuar
en ellos el espíritu bíblico y la inspiración litúrgica, y también debe
encontrar su expresión el aspecto ecuménico; cómo se deba mostrar el núcleo
esencial, descubierto a través del estudio histórico y hacer que reflejen
aspectos de la espiritualidad de nuestros días; cómo deben tener en cuenta las
conclusiones ya adquiridas por una sana antropología; cómo deben respetar la
cultura y el estilo de expresión del pueblo al que se dirigen, sin perder los
elementos tradicionales arraigados en las costumbres populares.
Capítulo III
PRINCIPIOS TEOLÓGICOS PARA LA VALORACIÓN Y RENOVACIÓN DE LA PIEDAD POPULAR
La vida cultual: comunión con el Padre, por Cristo, en el Espíritu
76. En la historia de la revelación, la salvación del hombre se presenta
continuamente como un don de Dios, que brota de su misericordia, de una manera
absolutamente libre y totalmente gratuita. Todo el conjunto de los
acontecimientos y palabras mediante los cuales se manifiesta y se actualiza el
plan de salvación, se configura como un diálogo continuo entre Dios y el hombre,
diálogo en el que Dios tiene la iniciativa y que exige por parte del hombre una
actitud de escucha en la fe, y una respuesta de "obediencia a la fe" (Rom 1,5;
16,26).
En el diálogo salvífico tiene una importancia singular la Alianza establecida en
el Sinaí entre Dios y el pueblo elegido (cfr. Ex 19-24), que convierte a este
último en "propiedad del Señor", en un "reino de sacerdotes y una nación santa"
(Ex 19,6). E Israel, aunque no fue siempre fiel a la Alianza, encontró en ella
inspiración y fuerza para acomodar su comportamiento al comportamiento del mismo
Dios (cfr. Lev 11,44-45; 19,2) y a lo que se contenía en su Palabra.
De manera particular el culto de Israel y su oración tienen como objeto
especialmente la memoria de las mirabilia Dei, esto es, de las intervenciones
salvíficas de Dios en la historia; esto mantiene viva la veneración de los
acontecimientos en los que se han actualizado las promesas de Dios y que
constituyen, consiguientemente, la referencia obligada tanto para la reflexión
de fe como para la vida de oración.
77. Conforme a su designio eterno, "Dios, que había hablado ya en los tiempos
antiguos muchas veces y de diversas maneras a los padres por medio de los
profetas, en esta etapa final de la historia nos ha hablado por medio del Hijo,
a quien ha constituido heredero de todas las cosas y por medio del cual ha
creado también el mundo" (Heb 1,1-2). El misterio de Cristo, sobre todo su
Pascua de Muerte y de Resurrección, es la plena y definitiva revelación y
realización de las promesas salvíficas. Como Jesús, "el Hijo Unigénito de Dios"
(Jn 3,18) es aquel en quien el Padre nos ha dado todo, sin reservarse nada (cfr.
Rom 8,32; Jn 3,16), es evidente que la referencia esencial para la fe y la vida
de oración del pueblo de Dios está en la persona y en la obra de Cristo: en Él
tenemos al Maestro de la verdad (cfr. Mt 22,16), al Testigo fiel (cfr. Ap 1,5),
al Sumo Sacerdote (cfr. Heb 4,14), al Pastor de nuestras almas (cfr. 1 Pe 2,25),
al Mediador único y perfecto (cfr. 1 Tim 2,5; Heb 8,6; 9,15; 12,24): por medio
de Él el hombre va al Padre (cfr. Jn 14,6), asciende a Dios la alabanza y la
súplica dela Iglesia y desciende sobre la humanidad todo don divino.
Sepultados con Cristo y resucitados con Él en el bautismo (cfr. Col 2,12; Rom
6,4), apartados del dominio de la carne e introducidos en el del Espíritu (cfr.
Rom 8,9), estamos llamados a la perfección según la medida de la madurez en
Cristo (cfr. Ef 4,13); en Cristo tenemos el modelo de una existencia que en todo
momento refleja la actitud de escucha de la Palabra del Padre y de aceptación de
su querer, como un "sí" incesante a su voluntad: "mi alimento es hacer la
voluntad del que me ha enviado" (Jn 4,34).
Así pues, Cristo es el modelo perfecto de la piedad filial y de la conversación
incesante con el Padre, es decir, el modelo de una búsqueda permanente del
contacto vital, íntimo y confiado con Dios, que ilumina, sostiene y guía al
hombre durante toda su vida.
78. En su vida de comunión con el Padre, los fieles son guiados por el Espíritu
Santo (cfr. Rom 8,14), que les ha sido dado para transformarles progresivamente
en Cristo; para que infunda en ellos el "espíritu de los hijos adoptivos", para
que adquieran la actitud filial de Cristo (cfr. Rom 8,15-17) y sus mismos
sentimientos (cfr. Fil 2,5); para que haga presente en ellos la enseñanza de
Cristo (cfr. Jn 14,26; 16,13-25), de modo que interpreten a su luz los
acontecimientos de la vida y los avatares de la historia; para que los conduzca
al conocimiento de las profundidades de Dios (cfr. 1 Cor 2,10) y les disponga a
convertir su vida en un "culto espiritual" (cfr. Rom 12,1); para que les
sostenga en las contrariedades y en las pruebas a las que deben hacer frente en
el camino fatigoso de transformación en Cristo; para que suscite, alimente y
dirija su oración: "El Espíritu de Dios viene en ayuda de nuestra debilidad,
porque nosotros ni siquiera sabemos pedir lo que nos conviene, pero el mismo
Espíritu intercede insistentemente por nosotros con gemidos inefables; y el que
escruta los corazones sabe cuáles son los deseos del Espíritu, porque intercede
por los creyentes conforme a los designios de Dios" (Rom 8,26-27).
El culto cristiano tiene su origen y su fuerza en el Espíritu, y se desarrolla y
perfecciona en Él. Así, se puede afirmar que sin la presencia del Espíritu de
Cristo no hay auténtico culto litúrgico y tampoco puede expresarse la auténtica
piedad popular.
79. A la luz de los principios expuestos se muestra que es necesario que la
piedad popular se configure como un momento del diálogo entre Dios y el hombre,
por Cristo, en el Espíritu Santo. No hay duda de que ésta, a pesar de las
carencias que se notan aquí y allá – como por ejemplo la confusión entre Dios
Padre y Jesús -, tiene en sí una impronta trinitaria.
La piedad popular es muy sensible al misterio de la paternidad de Dios: se
conmueve ante su bondad, se admira de su poder y sabiduría; se alegra por la
belleza de la creación y alaba al Creador por ella; sabe que Dios Padre es justo
y misericordioso, y que se ocupa de los pobres y de los humildes; proclama que
Él manda hacer el bien y premia a los que viven honradamente siguiendo el buen
camino, en cambio aborrece el mal y aleja de sí a los que se obstinan en el
camino del odio y de la violencia, de la injusticia y de la mentira.
La piedad popular se detiene con gusto en la figura de Cristo, Hijo de Dios y
Salvador del hombre: se conmueve ante la narración de su nacimiento e intuye el
amor inmenso que se esconde en ese Niño, Dios verdadero y verdadero hermano
nuestro, pobre y perseguido desde su infancia; goza con la representación de
numeras escenas de la vida pública del Señor Jesús, el Buen Pastor que se acerca
a los publicanos y a los pecadores, el Taumaturgo que cura a los enfermos y
socorre a los necesitados, el Maestro que habla con verdad; y sobre todo le
gusta contemplar los misterios de la Pasión de Cristo, porque advierte en ellos
su amor ilimitado y la medida de su solidaridad con el sufrimiento humano: Jesús
traicionado y abandonado, flagelado y coronado de espinas, crucificado entre
malhechores, bajado de la cruz y sepultado en la tierra, llorado por amigos y
discípulos.
La piedad popular no ignora que en el misterio de Dios está la persona del
Espíritu Santo. Cree que "por obra del Espíritu Santo" el Hijo de Dios "se ha
encarnado en el seno de la Virgen María y se ha hecho hombre" y que en los
comienzos de la Iglesia se dio el Espíritu a los Apóstoles (cfr. Hech 2,1-13);
sabe que la fuerza del Espíritu de Dios, cuyo sello está impreso en los
cristianos de manera particular mediante la confirmación, está viva en todo
sacramento de la Iglesia; sabe que "En el nombre del Padre, y del Hijo, y del
Espíritu Santo" comienza la celebración de la Misa, se confiere el Bautismo y se
da el perdón de los pecados; sabe que en el nombre de las tres Divinas Personas
se realiza toda forma de oración de la comunidad cristiana y se invoca la
bendición divina sobre el hombre y sobre todas las criaturas.
80. Así pues, es preciso que en la piedad popular se fortalezca la conciencia de
la referencia a la Santísima Trinidad que, como se ha dicho, ya lleva en sí
misma, aunque todavía como una semilla. Para este fin se dan las siguientes
indicaciones:
- Es necesario ilustrar a los fieles sobre el carácter particular de la oración
cristiana, que tiene como destinatario al Padre, por la mediación de Jesucristo,
en la fuerza del Espíritu Santo.
- Por lo tanto, es necesario que las expresiones de la piedad popular muestren
claramente la persona y la acción del Espíritu Santo. La falta de un "nombre"
para el Espíritu de Dios y la costumbre de no representarlo con imágenes
antropomórficas han dado lugar, al menos en parte, a cierta ausencia del
Espíritu Santo en los textos y en otras formas de expresión de la piedad
popular, aunque sin olvidar la función de la música y de los gestos del cuerpo
para manifestar la relación con el Espíritu. Esta ausencia se puede solucionar
mediante la evangelización de la piedad popular, de la que ha tratado tantas
veces el Magisterio de la Iglesia.
- Es necesario, por otra parte, que las expresiones de la piedad popular pongan
de manifiesto el valor primario y fundamental de la Resurrección de Cristo. La
atención amorosa dedicada a la humanidad sufriente del Salvador, tan viva en la
piedad popular, se debe unir siempre a la perspectiva de su glorificación. Sólo
con esta condición se presentará de manera íntegra el designio salvífico de Dios
en Cristo y se captará en su unidad inseparable el Misterio pascual de Cristo;
sólo así se trazará el rostro genuino del cristianismo, que es victoria de la
vida sobre la muerte, celebración del que "no es un Dios de muertos, sino de
vivos" (Mt 22,32), de Cristo, el Viviente, que estaba muerto y ahora vive para
siempre (cfr. Ap 1,28), y del Espíritu "que es Señor y dador de vida".
- Finalmente es necesario que la devoción a la Pasión de Cristo lleve a los
fieles a una participación plena y consciente en la Eucaristía, en la que se da
como alimento el cuerpo de Cristo, ofrecido en sacrificio por nosotros (cfr. 1
Cor 11,24); y se da como bebida la sangre de Jesús, derramada en la cruz para la
nueva y eterna Alianza, y para la remisión de todos los pecados. Esta
participación tiene su momento más alto y significativo en la celebración del
Triduo pascual, culminación del Año litúrgico, y en la celebración dominical de
los sagrados Misterios.
La Iglesia, comunidad cultual
81. La Iglesia, "pueblo reunido en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu
Santo" es una comunidad de culto. Por voluntad de su Señor y Fundador, realiza
numerosas acciones rituales que tiene como objetivo la gloria de Dios y la
santificación del hombre, y que son todas, de distinto modo y en diverso grado,
celebraciones del Misterio pascual de Cristo, orientadas a realizar la voluntad
de Dios de reunir a los hijos dispersos en la unidad de un solo pueblo.
En las diversas acciones rituales, la Iglesia anuncia el Evangelio de la
salvación y proclama la Muerte y Resurrección de Cristo, realizando a través de
los signos su obra de salvación. En la Eucaristía celebra el memorial de la
santa Pasión, de la gloriosa Resurrección y de la admirable Ascensión, y en los
otros sacramentos obtiene otros dones del Espíritu que brotan de la Cruz del
Salvador. La Iglesia glorifica al Padre con salmos e himnos por las maravillas
que ha realizado en la Muerte y en la Exaltación de Cristo su Hijo, y le suplica
que el misterio salvífico de la Pascua llegue a todos los hombres; en los
sacramentales, instituidos para socorrer a los fieles en diversas situaciones y
necesidades, suplica al Señor para que toda su actividad esté sostenida e
iluminada por el Espíritu de la Pascua.
82. Sin embargo, en la celebración de la Liturgia no se agota la misión de la
Iglesia por lo que se refiere al culto divino. Los discípulos de Cristo, según
el ejemplo y la enseñanza del Maestro, rezan también en lo escondido de su
morada (cfr. Mt 6,6); se reúnen a rezar según formas establecidas por hombres y
mujeres de gran experiencia religiosa, que han percibido los anhelos de los
fieles y han orientado su piedad hacia aspectos particulares del misterio de
Cristo; rezan de unas formas determinadas, que han surgido de una manera
prácticamente anónima desde el fondo de la conciencia colectiva cristiana, en
las cuales las exigencias de la cultura popular se armonizan con los datos
esenciales del mensaje evangélico.
83. Las formas auténticas de la piedad popular son también fruto del Espíritu
Santo y se deben considerar como expresiones de la piedad de la Iglesia: porque
son realizadas por los fieles que viven en comunión con la Iglesia, adheridos a
su fe y respetando la disciplina eclesiástica del culto; porque no pocas de
dichas expresiones han sido explícitamente aprobadas y recomendadas por la misma
Iglesia.
84. En cuanto expresión de la piedad eclesial, la piedad popular está sometida a
las leyes generales del culto cristiano y a la autoridad pastoral de la Iglesia,
que ejerce sobre ella la acción de discernir y declarar auténtico, y la renueva
al ponerla en contacto con la Palabra revelada, la tradición y la misma
Liturgia, un contacto que resulta fecundo.
Es necesario, por otra parte, que las expresiones de la piedad popular estén
siempre iluminadas por el "principio eclesiológico" del culto cristiano. Esto
permitirá a la piedad popular:
- tener una visión correcta de las relaciones entre la Iglesia particular y la
Iglesia universal; la piedad popular suele centrarse en los valores locales, con
el riesgo de cerrarse a los valores universales y a las perspectivas
eclesiológicas;
- situar la veneración de la Virgen Santísima, de los Ángeles, de los Santos y
Beatos, y el sufragio por los difuntos, en el amplio campo de la Comunión de los
Santos y dentro de las relaciones existentes entre la Iglesia celeste y la
Iglesia que todavía peregrina en la tierra;
- comprender de modo fecundo la relación entre ministerio y carisma; el primero,
necesario en las expresiones del culto litúrgico; el segundo, frecuente en las
manifestaciones de la piedad popular.
Sacerdocio común y piedad popular
85. Mediante los sacramentos de la iniciación cristiana el fiel entra a formar
parte de la Iglesia, pueblo profético, sacerdotal y real, al que corresponde dar
culto a Dios en espíritu y en verdad (cfr. Jn 4,23). Este pueblo ejerce dicho
sacerdocio por Cristo en el Espíritu Santo, no sólo en ámbito litúrgico,
especialmente en la celebración de la Eucaristía, sino también en otras
expresiones de la vida cristiana, entre las que se cuentan las manifestaciones
de la piedad popular. El Espíritu Santo le confiere la capacidad de ofrecer
sacrificios de alabanza a Dios, de elevar oraciones y súplicas y, ante todo, de
convertir la propia vida en un "sacrificio vivo, santo y agradable a Dios" (Rom
12,1; cfr. Heb 12,28).
86. Desde este fundamento sacerdotal, la piedad popular ayuda a los fieles a
perseverar en la oración y en la alabanza a Dios Padre, a dar testimonio de
Cristo (cfr. Hech 2,42-47) y, manteniendo la vigilante espera de su venida
gloriosa, da razón, en el Espíritu Santo, de la esperanza de la