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Los
nombres de Dios |
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El sentido del nombre de Dios. |
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Del Vocabulario de Teología Bíblica de
León-Dufour. |
Dios se da un nombre
En todos los pueblos importaba mucho el nombre de la divinidad; y mientras los babilonios llegaban hasta a dar cincuenta nombres a Marduk, su dios supremo, para consagrar su victoria en el momento de la creación, los cananeos mantenían oculto el nombre de sus divinidades bajo el término genérico de Baal. «señor, dueño» (de tal o tal lugar).
Entre los israelitas, Dios mismo se digna nombrarse. Anteriormente el Dios de Moisés era conocido únicamente como el Dios de los mayores, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. El ángel que luchó con Jacob, interrogado, se niega a decir su nombre (Gén 32,30); al padre de Sansón sólo se le comunica un epíteto de este nombre: «maravilloso» (Jue 13, 18). Así también en los tiempos patriarcales se designó al Dios de Israel con objetivos como šadday (el de la montaña) o con expresiones como «terror de Isaac» o «fuerte de Jacob». Pero un día, en el Horeb, reveló Dios mismo su nombre a Moisés. La fórmula empleada se comprende a veces como una negativa análoga a la que dio el ángel a Jacob para no revelársele: «Yo soy el que soy», «Yo soy lo que soy» (Éx 3,13‑16; 6,3). Pero el texto sagrado quiso dar a esta fórmula un sentido positivo. En efecto, según el contexto, este nombre debe acreditar cerca del pueblo la misión de Moisés; «Yo‑soy me envía a vosotros», dirá Moisés, y el pueblo irá a adorar a «Él‑es» (o «el hace ser») en la montaña santa. De todos modos, este nombre significa que Dios está presente en medio de su pueblo: él es Yahveh.
Invocar el nombre de Dios
Si Dios reveló su nombre, fue para que se le adorase bajo este verdadero nombre, el único auténtico (cf. Éx 3,15). Será por tanto la divisa de reunión de las tribus durante la conquista y después de ella (Jue 7,20). Es el nombre del único Dios verdadero, dirán más tarde los profetas: «Antes de mí ningún Dios fue formado, ni lo habrá después de mí. Yo, yo soy Yahveh» (Is 43,10s).
Es, pues, el único nombre que estará autorizado en los labios de Israel (Éx 23,13), el único invocado en Jerusalén cuando David haya hecho de la ciudad la capital religiosa, pues «Yahveh es celoso de su nombre» (Éx 34,14). «Invocar el nombre de Yahveh» es propiamente dar culto a Dios, orarle: se grita su nombre (ls 12,4), se le llama (Sal 28,1; cf. Is 41,25), se hace llamamiento a él (Sal 99,6). Pero si Dios confió así su nombre propio a Israel, éste, en cambio, no debe «pronunciar en vano el nombre de Yahveh» (Éx 20,7; Dt 5,11): en efecto, no está a su disposición, de modo que abuse de él y acabe por tentar a Dios: esto no sería ya servir a Dios, sino servirse de él para sus propios fines.
El nombre es Dios mismo
Dios se identifica de tal manera con su nombre que hablando de él se designa a sí mismo. Este nombre es amado (Sal 5,12), alabado (Sal 7,18), santificado (Is 29,23). Nombre temeroso (Dt 28,58), eterno (Sal 135,13). «Por su gran nombre» (Jos 7,9), a causa de su nombre (Ez 20,9) obra en favor de Israel; esto quiere decir: por su gloria, para ser reconocido como grande y santo.
Para marcar mejor la trascendencia del Dios inaccesible y misterioso, basta el nombre para designar a Dios. Así como para evitar una localización indigna de Dios, el templo es el lugar donde Dios «ha hecho habitar su nombre» (Dt 12,5), allí se va a su presencia (Éx 34,23), a este templo que «lleva su nombre» (Jer 7, 10.14). Es el nombre que, de lejos, va a pasar a las naciones por la criba de la destrucción (Os 30,27s). Finalmente, en un texto tardío (Lev 24,11‑16), «el nombres designa a Yahveh sin más precisiones, como lo hará más tarde el lenguaje rabínico. En efecto, por un respeto cada vez más acentuado, el judaísmo tenderá a no osar ya pronunciar el nombre revelado en el Horeb. En la lectura será reemplazado por Dios (Elohím) o más frecuentemente Adonai, «mi Señor». Así, los judíos que traduzcan los libros sagrados del hebreo al griego no transcribirán nunca el nombre de Yahveh, sino lo expresarán por kyrios, señor. Al paso que el nombre de Yahveh, bajo la forma de Yau u otras, pasa a un uso mágico o profano, el nombre de Señor recibirá su consagración en el NT.