http://apologetica.org

Los nombres de Dios
en el Antiguo Testamento

El sentido del nombre de Dios.

Del Vocabulario de Teología Bíblica de León-Dufour.
Barcelona (1980) pp. 590-591, vocablo “Nombre”, extracto.

 

Dios se da un nombre

         En todos los pueblos importaba mu­cho el nombre de la divinidad; y mientras los babilonios llegaban has­ta a dar cincuenta nombres a Marduk, su dios supremo, para consagrar su victoria en el momento de la crea­ción, los cananeos mantenían oculto el nombre de sus divinidades bajo el término genérico de Baal. «señor, dueño» (de tal o tal lugar).

         Entre los israelitas, Dios mismo se digna nombrarse. Anteriormente el Dios de Moisés era conocido únicamente como el Dios de los mayores, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. El ángel que luchó con Jacob, interrogado, se niega a decir su nombre (Gén 32,30); al padre de Sansón sólo se le comunica un epíteto de este nombre: «maravilloso» (Jue 13, 18). Así también en los tiempos patriarcales se designó al Dios de Israel con objetivos como šadday (el de la montaña) o con expresiones como «terror de Isaac» o «fuerte de Jacob». Pero un día, en el Horeb, reveló Dios mismo su nombre a Moisés. La fórmula empleada se comprende a veces como una negativa análoga a la que dio el ángel a Jacob para no re­velársele: «Yo soy el que soy», «Yo soy lo que soy» (Éx 3,13‑16; 6,3). Pero el texto sagrado quiso dar a esta fórmula un sentido positivo. En efec­to, según el contexto, este nombre debe acreditar cerca del pueblo la mi­sión de Moisés; «Yo‑soy me envía a vosotros», dirá Moisés, y el pueblo irá a adorar a «Él‑es» (o «el hace ser») en la montaña santa. De todos modos, este nombre significa que Dios está presente en medio de su pueblo: él es Yahveh.

Invocar el nombre de Dios

         Si Dios reveló su nombre, fue para que se le adorase bajo este verdadero nombre, el único auténtico (cf. Éx 3,15). Será por tanto la divisa de re­unión de las tribus durante la con­quista y después de ella (Jue 7,20). Es el nombre del único Dios verda­dero, dirán más tarde los profetas: «Antes de mí ningún Dios fue for­mado, ni lo habrá después de mí. Yo, yo soy Yahveh» (Is 43,10s).

Es, pues, el único nombre que es­tará autorizado en los labios de Is­rael (Éx 23,13), el único invocado en Jerusalén cuando David haya hecho de la ciudad la capital religiosa, pues «Yahveh es celoso de su nombre» (Éx 34,14). «Invocar el nombre de Yahveh» es propiamente dar culto a Dios, orarle: se grita su nombre (ls 12,4), se le llama (Sal 28,1; cf. Is 41,25), se hace llamamiento a él (Sal 99,6). Pero si Dios confió así su nombre propio a Israel, éste, en cambio, no debe «pronunciar en vano el nombre de Yahveh» (Éx 20,7; Dt 5,11): en efecto, no está a su dispo­sición, de modo que abuse de él y acabe por tentar a Dios: esto no sería ya servir a Dios, sino servirse de él para sus propios fines.

El nombre es Dios mismo

         Dios se identifica de tal manera con su nombre que hablando de él se de­signa a sí mismo. Este nombre es amado (Sal 5,12), alabado (Sal 7,18), santificado (Is 29,23). Nombre teme­roso (Dt 28,58), eterno (Sal 135,13). «Por su gran nombre» (Jos 7,9), a causa de su nombre (Ez 20,9) obra en favor de Israel; esto quiere decir: por su gloria, para ser recono­cido como grande y santo.

         Para marcar mejor la trascenden­cia del Dios inaccesible y misterioso, basta el nombre para designar a Dios. Así como para evitar una loca­lización indigna de Dios, el templo es el lugar donde Dios «ha hecho ha­bitar su nombre» (Dt 12,5), allí se va a su presencia (Éx 34,23), a este tem­plo que «lleva su nombre» (Jer 7, 10.14). Es el nombre que, de lejos, va a pasar a las naciones por la criba de la destrucción (Os 30,27s). Finalmente, en un texto tardío (Lev 24,11‑16), «el nombres designa a Yahveh sin más precisiones, como lo hará más tarde el lenguaje rabínico. En efecto, por un respeto cada vez más acentuado, el judaísmo tenderá a no osar ya pronunciar el nombre re­velado en el Horeb. En la lectura será reemplazado por Dios (Elohím) o más frecuentemente Adonai, «mi Se­ñor». Así, los judíos que traduzcan los libros sagrados del hebreo al griego no transcribirán nunca el nom­bre de Yahveh, sino lo expresarán por kyrios, señor. Al paso que el nombre de Yahveh, bajo la forma de Yau u otras, pasa a un uso má­gico o profano, el nombre de Señor recibirá su consagración en el NT.