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El
Sacrificio de la Misa: |
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Reflexiones bíblicas sobre el misterio de la Eucaristía. |
Apologetica.org
se honra de presentar aquí la traducción de este trabajo de Steve
Ray, un
evangélico converso a la Iglesia Católica a mediados de la década del 90. El
texto que sigue es una traducción fiel pero no servil, por
razones de lenguaje y cultura. También hemos omitido algunos pasajes que no
conllevan ningún interés para el lector de habla hispana, para no alargar
innecesariamente el texto. Es de gran utilidad espiritual para todos: la
Santa Misa es, para muchos católicos, un tesoro que desconocen.
* * *
Querido
amigo protestante:
Me
preguntas porqué los católicos re-sacrifican a Jesucristo continuamente en
la Misa. Te voy a contestar esta pregunta pero no en dos o tres líneas. Si
estás verdaderamente interesado en lo que la Iglesia Católica enseña, y creo
que lo estás, te trataré como a un amado hermano en Cristo e intentaré una
explicación más profunda. La cuestión será respondida a su debido momento,
una vez que te haya dado un pantallazo sobre asuntos más de fondo. Usaré desde
el primer momento las Escrituras y la historia. Me gustaría antes de nada
definir algunos términos y fuentes de autoridad en este campo antes que
comencemos.
Cuando
lleguemos al momento de la respuesta, si bien tal vez no estés de acuerdo
conmigo, sin embargo podrás ver que los católicos tienen una montaña de
evidencia bíblica para hablar de la Misa. La de los católicos es una posición
que ciertamente se puede mantener no sólo con evidencia bíblica, sino también
histórica, y se enmarca muy bien en la visión global de salvación, según lo
ha revelado Dios. Y si no llegamos a coincidir en todo, entonces quedará claro
que en los textos bíblicos no todo es claro y evidente, y gente que se acerca a
la Biblia honestamente puede tener desacuerdos. Nosotros leemos la Biblia - tu y
yo - a través del cristal de la tradición, yo de una tradición que lleva dos
mil años, tu a través de una que lleva quinientos.
Según
entiendo, tu pregunta se puede resumir así: ¿Cómo puede ser la Misa, es
decir, el ofrecimiento incruento de Cristo, un verdadero sacrificio, mientras
que a la vez los católicos niegan que sea un re-sacrificar a Jesucristo? Si en
verdad es un sacrificio, ¿no es eso negar y contradecir directamente las
Escrituras, que nos enseñan que Jesucristo se sacrificó de una vez y para
siempre? ¿No es suficiente aquel sacrificio de Cristo? ¿Porqué debemos acudir
a otros repetidos sacrificios? ¿Cómo podemos llamar al sacrificio de Cristo
“ofrenda”, y al mismo tiempo llamar “ofrenda” a la Misa? ¿No hacen
injuria a Cristo los católicos celebrando “sacrificios”?
Presupuestos necesarios antes de entrar en tema
Antes
que profundicemos sobre el sacrificio de la Misa, debemos preguntarnos con qué
autoridad, es decir, a partir de cuáles fuentes autoritativas sabemos nosotros
qué cosa es la Eucaristía, qué cosa representa, y como la debemos celebrar.
Como un buen protestante que era, yo consideré siempre la Cena del Señor o
Comunión como un rito que celebrábamos una vez al mes para recordar mentalmente
qué cosa el Señor hizo por nosotros. Así de simple. Sin embargo, la Iglesia
Católica hoy, y la Iglesia de los primero siglos, entendieron la Eucaristía
como mucho más que eso. Entonces, ¿es la Eucaristía algo más que un simple
recuerdo? ¿Cómo lo podemos saber? Y antes que nada, el Nuevo Testamento ¿enseña
todo lo que la Eucaristía es y significa? De hecho, tenemos en las Escrituras
pocos detalles de esa celebración[1]. Los detalles fueron dados a los creyentes por
Pablo y los Apóstoles en persona, mientras vivían y establecían sus
tradiciones en las Iglesias (2Tes 2,15; 3,6; 1Cor 11,2). Los escritos del Nuevo
Testamento no tenían la intención de ser manuales sobre “Cómo celebrar la
Cena del Señor”. Más bien, esa información había sido ya entregada a las
iglesias y confiadas a los “superintendentes” (obispos). Las cartas
consiguientes fueron instrumentos correctivos, para enderezar abusos en lo que
ya había sido enseñado con anterioridad.
El
sentido de estas líneas, antes de pasar a explicar qué cosa sea la Eucaristía,
es demostrarte que uno no puede ir a la Biblia presuponiendo que todos los
detalles y explicaciones sobre todas las cosas estarán allí claramente
expresadas, como si fuese un “divino manual” de cómo celebrar la Cena del
Señor, a modo de “guía para la celebración”. Las cosas no son así[2].
El hecho que los Reformadores, reunidos en Marburg (Alemania) en 1529 no
llegaron ni remotamente a un acuerdo sobre el tema de la Cena del Señor, creo
que es algo muy significativo. Cuando visité Marburg en 1983, buscando mis raíces
protestantes, vi con interés el mural que los representa, sentados, debatiendo
hasta los menores detalles, pero sin poder llegar a una conclusión unánime
sobre el significado de las Escrituras con respecto al tema. Si la evidencia bíblica
es tan clara, como algunos dicen, no entiendo porqué incluso aquellos grandes
“reformadores” de la Iglesia, y todos sus 28.000 grupos protestantes
herederos de ese pensar, tengan tantas diferencias al respecto, llegando algunos
a negar que la Eucaristía (y también el Bautismo) tenga ningún valor en el
plan actual de salvación (con “plan actual de salvación” traducimos aquí
lo que los anglófonos llaman “dispensation”, “dispensación”; en la
teología católica eso se llama “economía de la salvación”). ¿Te das
cuenta que hubo una sola doctrina sobre la Eucaristía por mil quinientos años,
desde el primer siglo de la historia de la Iglesia? Cuando los
“reformadores” abrieron las compuertas de las confusión, causada por la
libre interpretación y el juicio privado, la misma tomó forma de distintas
escuelas dogmáticas. No habían pasado aún cincuenta años desde las “95
tesis” de Lutero, se publicó un libro en alemán que llevaba por título: “Doscientas
definiciones de las palabras ‘Esto es mi Cuerpo’ ”
Desde
la perspectiva de Lutero, desanimado por las facciones que ya comenzaban a
formarse, escribió: “Hay casi tantas sectas y creencias como cabezas; este
no admite el Bautismo; aquel rechaza el Sacramento del altar; un tercero dice
que hay un mundo intermedio entre el presente y el día del juicio; no falta quién
enseña que Jesucristo no es Dios. No hay nadie, sin embargo, por más bufón
que sea, que no afirme que él está inspirado por el Espíritu Santo, y que no
considere como profecías sus sueños y desvaríos” (citado en Leslie
Rumble, Bible Quizzes to a Street Preacher [Rockford,
IL: TAN Books, 1976], 22).
Desde
la perspectiva de la Iglesia primitiva, la celebración de la Eucaristía fue
entregada en herencia a la Iglesia por los mismos Apóstoles, y no por medio de
“manuales”, y ni siquiera por cartas apostólicas, que vendrían luego. La
Iglesia era la depositaria de esta información y de esta práctica, la
depositaria de la enseñanza apostólica. Fue ella la que entregó a las futuras
generaciones la enseñanza y la práctica que había recibido. Es en este
sentido que la Iglesia habla de la “Sagrada Tradición” que en ella se
preserva. Por eso considero que los Padres Apostólicos y los demás Padres de
la Iglesia son muy importantes, pues ellos son testigos auténticos de la
Tradición Apostólica “depositada en la Iglesia, al modo como un hombre rico
deposita su dinero en un banco” (San Ireneo). Esta era, de hecho, la primera y
primordial fuente de instrucción durante los primeros siglos. El principio de
la Sola Scriptura simplemente no existía; es más, los Padres rebatían
a aquellos que proponían doctrinas supuestamente bíblicas que no contaban con
el apoyo de la enseñanza y Tradición Apostólica constantes. Era la Iglesia la
que trasmitía la verdad. Ella era “la columna y fundamento de la verdad”
(1Tim 3,15). Martín Lutero escribe: “Esto sí debemos concederles (a los
católicos) como verdadero, a saber, que el Papado tiene la Palabra de Dios y el
oficio de los Apóstoles, y que nosotros hemos recibido las Sagradas Escrituras,
el Bautismo, el Sacramento y el púlpito de ellos. ¿Qué sabríamos de estas
cosas si no fuera por ellos? (Sermons
on the Gospel of John, Chap. 14-16, 1537, en el volumen 24 de Luther’s
Works, St. Louis, Missouri: Concordia Publi. House,
1961, 304).
De
modo que no contestaré a tu pregunta recurriendo solamente a la Biblia, aunque
por cierto haré eso también; consultaré también a los Padres de la Iglesia,
porque respeto el modo cómo ellos interpretaron los textos y las enseñanzas.
Ireneo que Clemente, “vio a los santos Apóstoles y conversó con ellos,
sonándole aún en sus oídos sus predicaciones, y teniendo las autenticas
tradiciones ante sus propios ojos. Y él (Clemente) no era el único; vivían aún
muchos que habían sido instruidos por los Apóstoles... En el mismo orden y con
la misma sucesión la auténtica tradición recibida de parte de los Apóstoles
y entregada por la Iglesia, y la predicación de la verdad, han sido confiadas a
nosotros”. (Adversus
Haereses, 3.3.2s). Yo
respeto sus enseñanzas - debo admitirlo - más de lo que lo hacen los evangélicos
de hoy en día, que han tirado por la borda y contradicho quince siglos de
presencia y guía del Espíritu Santo en su Iglesia. Encuentro particularmente
curioso cuánto aprecian, muchos evangélicos, a sus profesores y maestros
actuales, y a la vez cuánta ignorancia tienen de aquellos primeros maestros,
maestros ciertamente extraordinarios.
¿Qué
es la Misa?
Con
este breve trasfondo, vayamos un poco más adelante. Preguntas qué significa la
palabra “Misa”. En sí misma la palabra es insignificante. Viene de la
conclusión latina de la celebración, cuando el sacerdote despide la asamblea
con las palabras: Ite, Missa est, que literalmente significa: “Id, es
ya el final”. El uso prolongado de este saludo final hizo que la palabra
“Misa” significase toda la celebración.
La Misa es una liturgia o servicio muy amplio y profundo, que contiene misterio y tipología. Incorpora la belleza y el poder de la Pasión de Cristo, recreándola frente a nuestros ojos. Es simbólica y es real, de lenguaje simple y a la vez tipológico. Es paradojal y a la vez simple. Contiene toda la dignidad, profundidad, simbolismo, hondura y realidad espiritual que se esperaría del acto de culto central de la Iglesia fundada por Jesucristo y los Apóstoles. Incorpora toda la tipología del Antiguo Testamento, que era su sombra. La Misa fue profetizada por Malaquías (Mal 1,11), como lo entendió la Iglesia primitiva (lo veremos más adelante). “Misa” es simplemente otro título del servicio divino, de la liturgia, del compartir el Cuerpo de Cristo en la Cena del Señor.
La
Misa como sacrificio: el Altar
¿Significa
la Misa un verdadero sacrificio? Si, de varios modos. Describo el más sencillo
en primer lugar. En el Antiguo Testamento, un sacrificio comenzaba con una
ofrenda, algo que era llevado solemnemente ante la presencia de Dios, y allí
ofrecido a Él. Este es el primer sentido de “oferta” o “sacrificio” en
la Misa. El pueblo de Dios se reúne alrededor de la mesa del Señor (es decir,
del altar, el lugar del sacrificio; Mal 1; 1 Cor 10,21). A los Israelitas Dios
les manda que traigan las primicias de la tierra para ser puestas en el altar y
ofrecer así su adoración. “ ‘Y
ahora, he aquí he traído las primicias del fruto de la tierra que me diste, Señor’.
Y lo dejarás delante del Señor tu Dios, y adorarás delante de Señor, tu
Dios”
(Dt 26,10).
La
Iglesia siempre ha considerado esto, en la Misa, como profundamente
significativo. Cuando nos reunimos, cada uno desde su propio lugar, para adorar
a Dios, traemos nuestros dones para ofrecerle. En un cierto sentido, estos son
depositados sobre el altar como una ofrenda. ¿Qué ofrecemos a Dios? Muchas
cosas: a nosotros mismos (Rm 12,12), nuestras alabanzas (Heb 13,15) y nuestros
dones (1Cor 16,2), etc. El ofertorio, durante la celebración, es la manera de
ofrecer estas cosas a Dios de modo real y a la vez simbólico. Dicho sea de
paso, “símbolo” no es una mala palabra... Tengo un amigo que dice que el
Evangelio ya no encierra más simbolismos. Tiene razón, ahora se revela
mediante símbolos. Lo más extraño, es que este amigo mío celebra “la Cena
del Señor” y dice que es solamente ... ¡un símbolo! A mi modo de
ver, esto es una contradicción con sus principios. Los símbolos, de hecho, son
necesarios, y corresponden perfectamente con el modo humano que nuestra mente
tiene de entender. Usamos símbolo para todas las cosas. También para
protestantes, el Bautismo y la Comunión son “símbolos”, al igual que las
cruces en las iglesias, los altares de madera, las banderas cristianas, los
anillos de boda, inclinar nuestras cabezas o hacer gestos con las manos,
arrodillarnos, cerrar los ojos para rezar, tener “la Palabra de Dios en
alto” cuando predicamos desde el púlpito, imponer manos, etc.
Todas estas cosas son símbolos. (Para más sobre este tema, ver el
excelente libro de Thomas Howard Evangelical Is Not Enough, publicado por
Ignatius Press.)
Durante
el ofertorio, traemos dos cosas para depositar en el altar. Pero antes que nada,
¿es el “altar” un concepto del Nuevo Testamento, o es resabia perimida del
Antiguo? La Iglesia Católica tiene un altar (Heb 13,10; 1 Cor 10,21; etc).
Ignacio de Antioquia (35-107 d.C.) y los primeros creyentes cristianos
coinciden: “Asegúrense, por lo tanto, de que todos celebren una común
Eucaristía; porque hay uno sólo Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo, y una
sola copa de unión con su Sangre, y un solo altar del sacrificio, del mismo
modo como hay también un solo obispo, con su clero y mis compañeros
servidores, los diáconos. Esto asegurará que todo lo que hagáis estará de
acuerdo con la voluntad de Dios” (Carta a los de Filadelfia 4,
escrito alrededor del 106 d.C.). Nota las cuatro palabras claves que
constantemente aparecen: cuerpo, sangre, altar y sacrificio. El estudioso
protestante J. N. D. Delly comenta sobre esta última cita: “La referencia de
Ignacio a ‘un solo altar, del mismo modo como hay también un solo obispo’
nos revela que él también pensaba [en
la Eucaristía] con términos de sacrificio”.
También
hay un altar en el Cielo, de oro (Is 6,6; Ap 6,9; 8,3.5; 9,13; 11,1; 14,18;
16,7). Da la impresión que no podemos escapar de los altares..., comenzando con
las ofertas sacrificiales de los hijos de Adán, pasando por Abraham, y llegando
a la Cruz y la Mesa del Señor, el altar al que se refería el autor de la carta
a los Hebreos; e incluso al final mismo del texto inspirado vemos que Dios no
nos dispensó de los altares en esta nueva “era espiritual” en los cielos,
sino que vemos que tiene un altar “de oro” frente a su trono, y el Cordero
del sacrificio eternamente ante sus ojos. Impresionante. Los católicos tienen
altares que representa tanto la Cruz del Señor como su Última Cena (en
realidad una misma cosa); los protestantes tienen una mesa delante en sus
templos que no es para nada un altar. De todos modos, aún conservan los así
llamados “altar calls”, es decir, los llamados al altar, cuando invitan a la
gente a venir adelante y recibir a Cristo. Es muy irónico ver cómo usan todos
los símbolos de los católicos pero vacíos de su auténtico y original
contenido. Retomaremos este tema más adelante.
En
la Iglesia, después de la Liturgia de la Palabra y de la Oración de los
Fieles, tenemos lo que llamamos “Ofertorio”. Aquí entregamos nuestros dones
al Señor. También damos algo de nuestro dinero a Dios y a la Iglesia, para lo
que haga falta. Esto correspondería a las ofrendas y diezmos del Antiguo
Testamento. Se trata de una ofrenda en el sentido bíblico, es decir, algo
entregado libremente, ofrecido al Señor.
Estos
dones, reales y simbólicos, son traídos ante la presencia del trono de Dios;
ellos representan a los creyentes, nosotros, que ofrecemos sobre el altar no
solamente dones, sino también - y principalmente - a nosotros mismos, nuestras
familias, todo lo que somos y tenemos. Cuando veo una familia, en la celebración
dominical, llevando al altar los dones de pan y vino, me veo a mí mismo y a
todo lo que poseo siendo recibido por el sacerdote y depositado sobre el altar.
Me entrego a la Cruz, renuevo mi entrega a Dios, entrego mi vida como Él entregó
la suya, me entrego a la voluntad de Dios, soy nuevamente ofrecido a Dios como
sacrificio viviente y santo. Él toma lo poco que le puedo ofrecer, y lo
convierte en el mismo Cristo. Todo lo que soy es consumido por el Padre, no ya
en llamas de inmolación como sucedía en el Antiguo Testamento, sino en como
una ofrenda y una bendición de acción de gracias y de aceptación. Me da la
impresión que los católicos, frecuentemente, no se dan cuenta de la belleza de
la Misa, como probablemente tú cuando eras un joven católico; esto sucede
porque no leemos lo suficiente, no estudiamos, no rezamos, no practicamos
suficientemente estos misterios tremendos. Es una verdadera lástima cuando
estos riquísimos misterios están delante de nuestros ojos y nosotros no los
advertimos. Jesús regañaba a sus seguidores, como lo hace aún hoy, diciéndoles
”Tienen ojos y no ven...” (Mc 8,18).
Llevamos
al altar el vino y el pan, frutos de la tierra, dones de Dios, elaborados por
las manos del hombre. Tomamos algo que Él nos dio, lo convertimos en pan y en
vino, y le devolvemos parte de sus dones. Damos gracias a Dios por sus dones,
por la vida, por los frutos de la tierra. “¡Bendigo seas por siempre, Señor!”.
¿Presencia
Real o simbólica?
Ahora
bien, el pan y el vino están sobre el altar. ¿Qué sucede luego? Sabemos que
Jesús no dijo que el pan y el vino “representaban” su Cuerpo y su Sangre
(aunque si en arameo existen las palabras para “representar”, que bien
hubiese Él podido usar, si hubiese tenido esa intención), sino que dijo que el
pan y el vino son su Cuerpo y su Sangre. De hecho algunos estudioso
piensa que la palabra “cuerpo” en griego estaría traduciendo la palabra
“carne” en arameo (la lengua que usó Jesús), ya que no hay una palabra más
exacta para significar “cuerpo” en arameo que la palabra “carne”. De
modo que Jesús estaría diciendo “Esta es mi carne”. ¿Suena bastante católico,
verdad?
La
Presencia Real de Jesús en la Eucaristía no fue jamás negada en la Iglesia
primitiva, excepto por los gnósticos. ¿Porqué negarían los gnósticos la
Presencia Real? Porque ellos consideran a Jesús como sólo un hombre, y Cristo
sería un espíritu que vino sobre Jesús, es decir, serían Jesús y Cristo dos
entidades distintas. Cristo no tuvo, según esta doctrina, un cuerpo real, y por
lo tanto no puede existir tal cosa como Presencia Real del Cuerpo y Sangre de
Cristo en la Eucaristía. Los Padres de la Iglesia, curiosamente, argumentaban
en el sentido opuesto: dado que se da una Presencia Real en la Eucaristía,
luego Jesús tiene que haber tenido un cuerpo real cuando vivió en la
tierra. Un argumento más que interesante, ¿verdad? ¿No te resulta llamativo
que los Protestantes sigan ahora el razonar del gnosticismo, en vez de acordar
con las enseñanzas y prácticas de los primeros cristianos? No hubo otro modo
de pensar en la Iglesia de los primeros siglos hasta bien llegado el siglo IX; y
recién en el siglo XIV surgieron enseñanzas que negaban la Presencia Real del
Señor en la Eucaristía, interpretando las palabras del Señor de un modo simbólico,
en vez de literal. (¡Y pensar que son los Protestantes los que deben
interpretar todo más literalmente!)
Imagínate
por un momento a Jesús siendo interrumpido por Santiago o por Juan, mientras
dice “Esto es mi Cuerpo”... Juan se apresura a corregirlo: “No, no es tu
cuerpo, sólo simboliza tu cuerpo”. Y Jesús que lo mira con atención y le
dice: “¿Qué has dicho?”. Como veremos, fue eso lo que le hizo perder la fe
a Judas; fue precisamente en aquel momento de fe en la Eucaristía, que Satanás
entró en él.
Dejaremos
de un lado, por el momento, la cuestión de la Presencia Real, aunque en mi
libro escribiré sobre el tema con lujo de detalles, y se estudiando el Antiguo
como el Nuevo Testamento, la Iglesia primitiva, la Reforma y los tiempos
modernos. También incluí en mi libro Crossing
the Tiber una “Breve Historia de la Resistencia”; de esta resistencia -
como sabes - tú eres (y yo era) descendiente.
Volviendo
a la cuestión del Sacrificio: las palabras de Jesús en la institución de la
Cena del Señor están cargadas de sentido sacrificial. De hecho toma lo que era
un sacrificio (la Pascua) y lo transforma con nueva simbología y con nueva
realidad. Aquello que los judíos comían cada año - y ellos tenían que comer
el cordero del sacrificio, de lo contrario no tendría ningún efecto -
simbolizaba al Cordero que habría de venir. Pero ahora que el verdadero Cordero
se había ofrecido, debían también comer el Cordero, no de modo simbólico,
sino real. Corderos temporales - Cordero Eterno. Los primeros eran símbolos, el
segundo - Realidad. Los judíos previamente comían el símbolo, mientras que el
nuevo Pueblo de Dios come la Realidad. ”Esto es mi Cuerpo que será
entregado por vosotros”.¡Palabras por cierto extrañas! Cuando vemos
estos pasajes en el original griego, y a la luz de la cultura judía - cosa que
haremos enseguida - descubrimos que
hay un uso extenso de terminología sacrificial.
Leyendo la Biblia en su contexto vital
Pero
antes de entrar a ver la naturaleza sacrificial de la Eucaristía, recordemos
algunos pasajes importantes de la Escritura: “Estaba
cerca la Pascua, la fiesta de los judíos... Entonces Jesús dijo: -Haced
recostar a la gente. Había mucha hierba en aquel lugar. Se recostaron, pues,
como cinco mil hombres. Entonces Jesús tomó los panes, y habiendo dado
gracias, los repartió entre los que estaban recostados... Cuando fueron
saciados, dijo a sus discípulos: -Recoged los pedazos que han quedado...
Entonces, cuando los hombres vieron la señal que Jesús había hecho, decían:
--¡Verdaderamente, éste es el profeta que ha de venir al mundo!”
(Jn 6,4.10-14).
La
palabra griega para “gracias” es “eucaristeo”, de donde proviene nuestro
uso de la palabra “Eucaristía”. Juan, intencionalmente, repite esta palabra
en el versículo 23, donde debe ser vista como una alusión a la intención
eucarística del pasaje. Esta conclusión se justifica aún más si consideramos
que el evangelio fue escrito al final del primer siglo, cuando la Cena del Señor
era llamada, técnicamente, Eucaristía, como queda claro de las cartas de San
Ignacio de Antioquia, discípulo de Juan (ver por ejemplo su carta a los Efesios
13, a los de Filadelfia 4, a los de Esmirna 7), y tantos otros. El estudioso
protestante Oscar Cullman escribe: “El largo discurso de Jesús en el
evangelio de Juan... ha sido considerado desde tiempos antiguos por la mayoría
de los exegetas un discurso sobre la Eucaristía... Aquí el autor hace que el
mismo Jesús establezca la separación entre el milagro de la multiplicación
material del pan material y el milagro del Sacramento” (Early Christian
Worship, traducido por A. Stewart Todd and James B. Torrance, Philadelphia,
Westminster Press, 1953, p. 93).
Este
es el único milagro obrado por Jesús en su ministerio terreno que ha sido
registrado por los cuatro evangelistas, demostrando así la importancia del
evento. Jesús establece el escenario para el discurso del “Pan de Vida”,
que “ha bajado del cielo”. Con la multiplicación de los panes Jesús
demuestra su poder para proveer de pan a todos, preparando una mesa en el
“desierto”, que es un modo velado de hablar del mundo. Pronto veremos que
Jesús explica que el pan que él ofrece, en la Eucaristía, es su carne, que
“es ciertamente comida” que será suministrada a través de su Iglesia a
todos los hombres, en todos los lugares, de todos los tiempos.
El
tono sacrificial usado por los evangelistas en los evangelios sinópticos
sugiere que los primitivos cristianos asociaban ya desde antiguo el milagro de
los panes con la Eucaristía, teniendo en cuenta que los evangelios fueron
escritos en la segunda mitad del primer siglo. El histórico protestante y
anti-católico Philip Schaff escribe: “Aquí el más profundo misterio del
cristianismo toma cuerpo una y otra vez, y la historia de la Cruz se reproduce
ante nuestros ojos. Aquí la alimentación milagrosa de los cinco mil se
perpetua espiritualmente... Aquí Cristo... da su propio cuerpo y sangre,
sacrificados por nosotros... como comida espiritual, como el verdadero pan que
baja del cielo” (History of the Church, Grand Rapids, MI, Eerdmans,
1980, 1:473).
En esta narrativa, Juan nos da una hermosa descripción de la Iglesia: “toda la gente” que hacían cinco mil personas (sin contar mujeres y niños) representan la Iglesia universal, reunida en “pequeños grupos” de cincuenta y de cien, que representan a las iglesias locales, todas alimentadas por Cristo, el gran Sumo Sacerdote, que distribuye “el pan” a todos, a través de las manos de sus sacerdotes, los Apóstoles. Más adelante, en el mismo capítulo, Jesús explica que el pan es su carne, que debe ser comida, así como debía comerse la carne del Cordero Pascual. Esta poniendo de este modo el fundamento para la futura enseñanza apostólica y para los sacramentos de la Iglesia.
Después
de la multiplicación de los panes, Jesús dice: “Yo soy el pan vivo que
descendió del cielo; si alguno come de este pan, vivirá para siempre. El pan
que yo daré por la vida del mundo es mi carne. Entonces los judíos contendían
entre sí, diciendo: -¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? Y Jesús les
dijo: --De cierto, de cierto os digo que si no coméis la carne del Hijo del
Hombre y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y
bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el día final. Porque
mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida... Desde entonces,
muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él. Entonces
Jesús dijo a los doce: -¿Queréis acaso iros vosotros también? Le respondió
Simón Pedro: -Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”
(Jn 6, 51-55, 66-68).
¿Cómo
aceptarían los primeros destinatarios del evangelio de Juan? No olvidemos que
este evangelio fue escrito entre el 90 y el 100 d.C. Según George Beasley-Murray,
tal vez el exegeta bautista más importante en estos tiempos, “no es
necesario interpretar el texto exclusivamente en el sentido del cuerpo y sangre
de la última cena del Señor; sin embargo, es evidente que ni el evangelista ni
sus lectores cristianos pudieron haber escrito o leído estos dichos de Jesús
sin una referencia conciente a la Eucaristía; por lo menos hay que decir que
ellos reconocieron el evento de la cena del Señor como el cumplimiento más
perfecto (de lo dicho en el discurso del Pan de Vida)”. Ver
George Beasley-Murray, John, vol. 36 del Word Biblical Commentary,
Waco, TX, Word Books, 1987, p. 95).
En
este discurso parecería como si Jesús se decide hablar de un modo
particularmente difícil, deseando asustar a sus discípulos innecesariamente...
Les habló palabras duras de entender, invitándolos, aparentemente, a ser caníbales;
como resultado, muchos se escandalizaron y se alejaron definitivamente de él.
La palabra griega que Juan usa para “comer”, no es la que se usa
habitualmente para describir una delicada cena: es la expresión griega que
significa “morder”, “comer ruidosamente”, y se podría traducir como
“masticar” su carne (ver
Raymond Brown, The Gospel according to John I-XII [New York, NY:
Doubleday, 1966], 283). “Este escándalo – dice Cullman –
pertenece ahora al Sacramento, del mismo modo que el escándalo contra el cuerpo
humano pertenece al divino Logos” (Oscar Cullman, Early Christian
Worship, 100). Y los Protestantes de tradición Anabaptista y Zwingliana sí
se escandalizan por la Eucaristía. Este es el único caso (en el evangelio), al
menos que haya sido registrado, de discípulos que se alejan de Jesús por una
cuestión doctrinal. Como Protestante, yo también me había escandalizado y
alejado del significado real de estas palabras. ¿Porqué Jesús no detuvo la
desbandada de los discípulos? El hubiese podido, con facilidad, decirles:
“Esperen, ¿no ven que estoy hablando de un modo simbólico? Retornad, pues
les estaba hablando de modo figurativo”. Como no lo hizo, muchos de sus discípulos
se alejaron de él. Pero los Doce permanecieron con él: se dieron cuenta que
sus palabras eran palabras de vida eterna.
Este
pasaje fue entendido, desde los primeros días de la Iglesia, como una explicación
que anticipa la Eucaristía. San
Basilio Magno (330-379 d.C.) escribió en su epístola Al patricio Coesaria,
sobre la Comunión: “Es bueno y saludable comulgar todos los días, y
participar así del santo cuerpo y sangre de Cristo. Porque él lo dice con gran
claridad: el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna” (The
Nicene and Post-Nicene Fathers, 2d. series, 8:179). Según Raymond Brown, “hay
dos grandes indicaciones que nos llevan a pensar que aquí (en Juan 6) se está
hablando de la Eucaristía. La primera indicación es la insistencia de Jesús
sobre la necesidad de comer y alimentarse de su cuerpo y su sangre: no podemos
tomar estas palabras como una simple metáfora que nos hablaría de “aceptar
su revelación”... De modo que si queremos atribuir a las palabras de Jesús
en Juan 6,53 un sentido positivo, debemos referirlas a la Eucaristía: ‘Tomad,
comed: esto es mi cuerpo; ... bebed ... esta es mi
sangre’. La segunda indicación que se refiere a la Eucaristía es la fórmula
que encontramos en Juan 6,51, donde Juan nos habla de ‘carne’, mientras los
evangelios sinópticos, contando la Última Cena del Señor, nos hablan de su
‘cuerpo’. Sin embargo, hay que saber que no hay una palabra hebrea o aramea
para ‘cuerpo’, como entendemos nosotros esta palabra; por este motivo,
muchos estudiosos mantienen que en la Última Cena lo que Jesús verdaderamente
dijo fue el equivalente arameo de ‘Esto es mi carne’.” (The
Gospel According to John I-XII, 284-285). Debemos
recordar una vez más que Juan escribió su evangelio entre el 90 y el 100 d.C.;
de este período se conservan documentos que demuestran que la Eucaristía era
claramente celebrada por la Iglesia Católica, en todo el Imperio Romano, como
la participación en el cuerpo y la sangre de Cristo literalmente. Si la
Eucaristía debía tomarse en sentido simbólico, y cualquier otra práctica se
hubiese visto como idolatría, Juan hubiese podido aclarar fácilmente la
doctrina, como de hecho le gustaba aclarar en su evangelio (ver Jn 1,42; 21,19).
Hubiese podido aclarar a sus lectores que se trataba de un modo simbólico de
hablar, y no significaba lo que los primeros cristianos pensaban que
significaba. Pero Juan escribió un evangelio sacramental, y sabía exactamente
lo que estaba escribiendo, y porqué.
El
marco del discurso: la Pascua y el traidor
Luego
leemos las palabras de Jesús a Judas en el mismo contexto de Juan 6: “Jesús
les respondió: ¿No os escogí yo a vosotros, los doce, y sin embargo uno de
vosotros es un diablo? Y Él se refería a Judas, hijo de Simón
Iscariote, porque éste, uno de los doce, le iba a entregar” (Jn 6,70-71).
El
contexto del pasaje es siempre importante para su interpretación. Mientras se
lee la Biblia, hay que preguntarse siempre cosas como ¿porqué pone el autor
este evento en este lugar, y no en aquel otro? O bien ¿qué conclusión espera
de nosotros el autor al poner estas palabras en este contexto? En nuestro
pasaje, nos parece contextualmente significativo que Juan mencione la traición
de Judas en este lugar de su narración. ¿Dónde encontramos nuevamente, en los
evangelios, el evento de la traición de Judas? En cada uno de los evangelios la
mención de Satanás que entra en Judas se menciona en el contexto de la Última
Cena. Cada evangelio comienza el relato con el aviso que era la Pascua, y
termina con la aserción de que Satanás entró en Judas – exactamente como en
Juan 6. Y esto se explica porque Juan enmarca su discurso eucarístico en el
capítulo 6 de tal modo que el lector vea el claro paralelo con los relatos sinópticos
de la Cena del Señor. El primer versículo de Juan 6 dice que Jesús dio su
discurso sobre la necesidad de “comer su carne” durante la Pascua. La mención
que luego hace de Judas parecería totalmente fuera de lugar aquí, excepto si
se entiende dentro del marco “eucarístico” de todo el capítulo. ¡Qué
maravillosa es la Biblia!
La
institución de la Eucaristía
Pasemos
ahora a ver la institución de la Eucaristía, según la trae el evangelio de
Marcos (escrito en la última parte del primer siglo). Marcos escribió: “Y
mientras comían, tomó pan, y habiéndolo bendecido lo partió, se lo dio a
ellos, y dijo: Tomad, esto es mi cuerpo. Y tomando una copa, después de dar
gracias, se la dio a ellos, y todos bebieron de ella. Y les dijo: Esto es mi
sangre del pacto, que es derramada por muchos.” (Mc 14,22-24). Parece que
Jesús, intencionalmente, usa terminología de Exodo 24,8: “He aquí la
sangre del pacto que el Señor hizo con vosotros, según todas estas palabras”.
Es aquí, como notarán, que Jesús cumplió lo prometido en Juan 6: “Esto
es mi cuerpo... esta es mi sangre”. ¿Qué palabras podrían ser más
claras que estas? En ese momento Jesús y los Apóstoles estaban comiendo la
cena de la Pascua, el cordero del sacrificio, que era la prefiguración del
cuerpo del Señor, y ahora, sentados en esa misma mesa, Jesús levanta un pedazo
de pan y dice: “Esto es mi cuerpo”.
Es
interesante notar que en el texto griego, el sustantivo “cuerpo” lleva un
artículo definido que, según la gramática griega, hace que la expresión
aparezca con particular fuerza, cosa que se pierde en la traducción al español.
Literalmente podríamos traducirlo como “este aquí es mi
cuerpo”; se está declarando que esto (el pan) es mi cuerpo. Jesús
dijo estas palabras en arameo, la lengua que hablaban él y sus Apóstoles.
Algunos estudiosos piensan que las palabras de Jesús aquí fueron “Esto es mi
carne”, ya que no hay una palabra aramea para designar “cuerpo”, sino
“carne”. Lo cual se entendería muy bien con aquello de Juan 6, cuando Jesús
dice: “vosotros debéis comer mi carne y beber mi sangre”.
Ahora
vemos lo que nos dice Lucas en su evangelio: “Cuando llegó la hora, se
sentó a la mesa, y con Él los apóstoles, y les dijo: Intensamente he deseado
comer esta Pascua con vosotros antes de padecer; porque os digo que nunca más
volveré a comerla hasta que se cumpla en el reino de Dios. Y habiendo tomado
una copa, después de haber dado gracias, dijo: Tomad esto y repartidlo entre
vosotros; porque os digo que de ahora en adelante no beberé del fruto de la
vid, hasta que venga el reino de Dios. Y habiendo tomado pan, después de haber
dado gracias, lo partió, y les dio, diciendo: Esto es mi cuerpo que por
vosotros es dado; haced esto en memoria de mí. De la misma manera tomó la copa
después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre,
que es derramada por vosotros.”
(Lc 22,14ss).
Pablo
y Lucas agregan los elementos de “memoria”, “recuerdo” (griego “anamnesis”),
que no incluye Marcos o los demás evangelios. Hay indicaciones de desarrollo
litúrgico aún en el Nuevo Testamento mismo (ver The
Study of Liturgy, ed. por
Cheslyn Jones, Geoffrey Wainwright, Edward Yarnold, and Paul Bradshaw [New York,
NY: Oxford Univ. Press;
1978, 1992], 204). La palabra “memoria” es un término sacrificial, y se usa
en la versión griega de los Setenta (se llama la versión de “los Setenta”
a la versión griega del Antiguo Testamento, que era ampliamente usada en los
tiempos de Jesús). “En Lev. 24,7 la palabra anamnesis traduce el hebreo
“azkarah”, que era una sacrificio memorial ... Este sacrificio particular (azkarah)
era entendido como un recuerdo perpetuo de la alianza” (Dictionary
of New Testament Theology, ed. por Colin
Brown [Grand Rapids, MI: Zondervan Publ., 1979], 3:239). Anamnesis se usa
en Números 10,10, donde nuevamente hace mención al sacrificio, por lo cual la
expresión de Jesús en la Última Cena sin duda tenía para sus oyentes un carácter
sacrificial. No podemos pensar que pasó inadvertido a Jesús, en aquel momento
crucial de la Última Cena, el hecho que la palabra anamnesis (o su
equivalente en arameo) tenía esa significación sacrificial... Más bien
debemos pensar que lo que Jesús está haciendo es, precisamente, dar un
contexto sacrificial a esa Eucaristía que instituye durante la celebración judía
de la Pascua; Pablo, en 1 Corintios, parece que captó muy bien este aspecto.
Lo
reconocieron…
Finalmente
con respecto a Lucas, me gustaría comentar uno de los momentos más
interesantes del Nuevo Testamento. Parece evidente que se está haciendo
referencia en este pasaje a la Eucaristía, ya sea por el uso de la misma
terminología, por el escenario de la historia, y por la fecha en que fue
escrito el evangelio. Leemos en Lucas: “Y
he aquí que aquel mismo día dos de ellos iban a una aldea llamada Emaús, que
estaba como a once kilómetros de Jerusalén. Y conversaban entre sí acerca de
todas estas cosas que habían acontecido. Y sucedió que mientras conversaban y
discutían, Jesús mismo se acercó y caminaba con ellos. Pero sus ojos estaban
velados para que no le reconocieran. Y Él les dijo: ¿Qué discusiones son
estas que tenéis entre vosotros mientras vais andando? ... Entonces Jesús les
dijo: ¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas
han dicho! ¿No era necesario que el Cristo padeciera todas estas cosas y
entrara en su gloria? Y comenzando por Moisés y continuando con todos los
profetas, les explicó lo referente a Él en todas las Escrituras. Se acercaron
a la aldea adonde iban, y Él hizo como que iba más lejos. Y ellos le instaron,
diciendo: Quédate con nosotros, porque está atardeciendo, y el día ya ha
declinado. Y entró a quedarse con ellos. Y sucedió que al sentarse a la mesa
con ellos, tomó pan, y lo bendijo; y partiéndolo, les dio. Entonces les fueron
abiertos los ojos y le reconocieron; pero Él desapareció de la presencia de
ellos. Y se dijeron el uno al otro: ¿No ardía nuestro corazón dentro de
nosotros mientras nos hablaba en el camino, cuando nos abría las Escrituras? Y
levantándose en esa misma hora, regresaron a Jerusalén, y hallaron reunidos a
los once y a los que estaban con ellos ... Y ellos contaban sus experiencias en
el camino, y cómo le habían reconocido en el partir del pan.”
(Lc 24,13-17.25-33.35).
¡Qué
modo en verdad extraño que tienen estos viajeros de contar cómo y cuándo
reconocieron que era Jesús! ¡Y qué modo extraño de concluir con la narración
evangélica! Después de su resurrección, Jesús les estaba explicando las
Escrituras, mientras caminaban juntos. “Y
comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les explicó lo
referente a Él en todas las Escrituras”.
Este tiene que haber sido uno de los sermones explicativos más hermosos de
todos los tiempos, ¡predicado por el mismo Jesús! Sin embargo, aún siendo el
mismo Jesús el que les explica las Escrituras, ellos no entendieron quién era
Él. Pero, cuando Jesús tomó el pan, lo partió, lo bendijo y se los
dio “les fueron abiertos los ojos y le reconocieron”. Este es un paso
muy interesante: los discípulos no presentan el “descubrir a Jesús” como
consecuencia de una “predicación bíblica”, sino que más bien declaran que
“le habían reconocido en el partir del pan” (Lc 24,35). Es de notar
que Lucas emplea aquí las mismas palabras que Jesús usó unos capítulos
antes, cuando instituyó la Eucaristía (tomó, bendijo, partió y dio).
Las únicas veces que el Nuevo Testamento emplea estas palabras de esta manera
son cuando el evangelista habla de la Eucaristía y... aquí en Lc 24. ¿Estaba
Lucas tratando de decir algo, al cerrar su evangelio con este relato histórico?
Raymond
Brown escribe: “La insistencia que demuestra Lucas de explicar que los discípulos
reconocieron a Jesús en el partir el pan, ha sido tomada comúnmente como una
enseñanza eucarística, de modo de poder convencer a la comunidad de que también
ellos podían encontrar a Jesús resucitado en el partir el pan eucarístico”
(The Gospel according to John I-XII, 1100).
La Eucaristía en la enseñanza de Pablo
De
cualquier modo que sea, vayamos ahora a las palabras de Pablo en 1 Corintios,
sin perder de vista Malaquías 1,11. Pablo escribe: “Porque
yo recibí del Señor lo mismo que os he transmitido: que el Señor Jesús, la
noche en que fue entregado, tomó pan, y después de dar gracias, lo partió y
dijo: Esto es mi cuerpo que es para vosotros; haced esto en memoria de mí. De
la misma manera tomó también la copa después de haber cenado, diciendo: Esta
copa es el nuevo pacto en mi sangre; haced esto cuantas veces la bebáis en
memoria de mí. Porque todas las veces que comáis este pan y bebáis esta copa,
la muerte del Señor proclamáis hasta que Él venga. De manera que el que coma
el pan o beba la copa del Señor indignamente, será culpable del cuerpo y de la
sangre del Señor”
(1Co 11,23-27).
Pablo
confirma aquí las palabras de Jesús y la tradición oral de la Iglesia, ya que
estas cosas no se habían escrito aún en los evangelios. De hecho, si damos un
vistazo a la cronología, 1 Corintios es probablemente la primera evidencia
escrita de las palabras de Jesús en la Última Cena. Digamos un par de cosas
sobre este pasaje, antes de seguir adelante.
Las
palabras “recibir” y “transmitir” son palabras técnicas usadas para la
trasmisión de la tradición apostólica (ver también 1 Cor 15,3). Los
corintios no aprendieron sobre la Cena del Señor leyendo el Nuevo Testamento.
Lo aprendieron por la tradición entregada o transmitida por Pablo mediante enseñanza
oral y ejemplos (2 Cor 11,2; 2 Tes 2,15; 3,6), tradición que Pablo, a su vez,
recibió directamente del Señor, o tal vez directamente de los Doce Apóstoles
(Gal 1,18, etc). Las cartas del Nuevo Testamento no tuvieron nunca la intención
de reemplazar la tradición enseñada por los Apóstoles, Palabra Viva de Dios
entregada personalmente (1 Tes 2,13). Las cartas de Pablo no se enviaban
ni eran vistas como “manuales de iglesia” con instrucciones completas sobre
la Cena del Señor, ya que los de Corinto ya habían sido instruidos
convenientemente por el mismo Pablo, en persona. Sus cartas tenían como
finalidad corregir abusos y prácticas defectuosas que se habían introducido en
la práctica religiosa de los fieles de Corinto. La fe había sido entregada
oralmente, por la instrucción hecha por parte de los apóstoles a los santos
(Judas 3), es decir, a la Iglesia. Las cartas fueron enviadas mucho más tarde
para alentar y exhortar las iglesias en lo que ellas ya sabían por tradición
(1 Cor 4,17; 2 Pe 3,1-2).
Con
respecto a la palabra “memoria”, debo hacer algunos comentarios. Según
Thomas Howard, en su libro Evangelical Is Not Enough (San Francisco, Ignatius
Press, 1984), la palabra “memoria” no expresa el contenido último de la
palabra griega “anamnesis”, que es usada en el momento de la institución de
la Eucaristía. “La palabra sugiere una memoria que, a la vez, significa un
‘hacer presente’ (106). El Theological Dictionary of the New
Testament usa la palabra re-presentación y “el hacer presente por
parte de la comunidad, al Señor que instituyó la Cena” (1:348). “Este
re-llamar o re-presentar significa que algo ‘pasado’ se hace ‘presente’,
algo que, aquí y ahora, nos afecta vital y profundamente. En otras palabras, la
Eucaristía es el hacer presente al verdadero Cordero Pascual, que es Cristo…
De este modo, desde los primeros días, la Iglesia entendió la Eucaristía como
el ‘re-presentar’ del sacrificio de Cristo, con su poder salvador actual.
Todas las antiguas liturgias dejan claro que en el culto eucarístico la Iglesia
experimenta el poder del Salvador presente” (Olive Wyon, The Altar Fire,
Londres, SCM Presss, 1956, 35-36). El autor protestante Max Thurian escribió: “Este
memorial no es un simple acto de recogimiento subjetivo, es una acción litúrgica…
que hace presente al Señor… que llama ante el Padre celestial, como un
memorial, el único sacrificio del Hijo, y esto lo hace presente al Hijo en su
memorial” (The Eucharistic Memorial, II, The New Testament, Ecumenical
Studies in Worship, según se cita en el Dictionary of the New Testament,
editado por Colin Brown, Gran Rapids, MI, Zondervan Publ. 1979, 3:244).
Jesús
dice que el Cáliz es la Sangre de la Nueva Alianza, haciendo clara referencia a
las palabras de Moisés. Este modo de hablar y usar los términos, está sacado
ciertamente del lenguaje sacrificial del Antiguo Testamento, y Ex 24,8 en
particular: “Entonces
Moisés tomó la sangre y la roció sobre el pueblo, y dijo: He aquí la sangre
de la alianza que el Señor ha hecho con vosotros, según todas estas palabras.”
Jesús
nos está hablando de verdadera sangre, no de un vino simbólico que representa
sangre. Haciendo referencia a las palabras de la alianza de sangre de Moisés,
Jesús dice: “Esta es mi sangre de la alianza”, mientras entrega el cáliz
a sus discípulos, ordenándoles que beban su sangre, de la cual Él les había
hablado y explicado extensamente en su discurso de Juan 6.
Finalmente,
una palabra con respecto a profanar el Cuerpo del Señor: ser culpable “del
cuerpo y la sangre” de alguien tenía en aquel tiempo el significado de
“ser culpable de homicidio”. ¿Cómo podía ser alguien culpable de
homicidio si el cuerpo (pan) es sólo un símbolo? La presencia real del Cuerpo
de Cristo es necesaria para que se pueda cometer una ofensa contra el mismo. ¿Cómo
puede alguien ser culpable “del cuerpo y sangre de Cristo” por comer un
trozo de pan o beber un sorbo de vino? “Nadie es culpable de homicidio si
comete violencia contra la imagen o la estatua de una persona sin tocar a esa
persona físicamente. Las palabras de Pablo no tienen sentido sin el dogma de la
Presencia Real” (Leslie
Rumble and Charles M. Carty, Eucharist Quizzes to a Street Preacher [Rockford,
IL.: TAN Books, 1976], 7-8).
Me
gustaría comentar un último pasaje de Pablo antes de considerar con más
detalle el centro de la cuestión, es decir, el Sacrificio Eucarístico, y el
hecho de que hay un solo sacrificio ocurrido en el tiempo, y que el sacrificio
diario de la Misa es una re-presentación de aquél único y singular
sacrificio, y no una re-crucifixión de Jesús. Tenme un poco de paciencia...
Pablo
continúa: “Os
hablo como a sabios; juzgad vosotros lo que digo. La copa de bendición que
bendecimos, ¿no es la participación en la sangre de Cristo? El pan que
partimos, ¿no es la participación en el cuerpo de Cristo? Puesto que el pan es
uno, nosotros, que somos muchos, somos un cuerpo; pues todos participamos de
aquel mismo pan. Considerad al pueblo de Israel: los que comen los sacrificios,
¿no participan del altar?... digo que lo que los gentiles sacrifican, lo
sacrifican a los demonios y no a Dios; no quiero que seáis partícipes con los
demonios.
No podéis beber la copa del Señor y la copa de los demonios; no podéis
participar de la mesa del Señor y de la mesa de los demonios.”
(1 Cor 10,15-18.20-21).
¿Qué
significa, en este pasaje, la palabra “participación” (griego koinonía)?
¿Se trata de lenguaje simbólico? No, significa una participación real. San
Agustín, queriendo describir lo que sucede en la Eucaristía, pone en boca de
Jesús las siguientes palabras: “Tu no me vas a convertir en ti, como
sucede con la comida corporal, sino más bien tu te convertirás en mí”
(Confesiones, 7,10,16). Aún el Theological
Dictionary of the New Testament de
Gerhard Kittel enseña que
“koinonia denota participación, comunión, con el sentido de cercanía
profunda. Expresa una relación que es mutua. Significa participación,
comunicación, comunión”.
San
Juan Crisóstomo dice: “Porque, ¿qué cosa es el pan? El Cuerpo de Cristo.
¿Y en qué cosa se convierten los que participan de él? En el Cuerpo de
Cristo: no muchos cuerpos, sino en un solo cuerpo” (Homilía sobre 1
Corintios). No sólo participamos con un gesto simbólico, sino que, como lo
dice claramente Pablo, participamos en verdad del cuerpo y sangre de Cristo. ¿Cómo
podría ser eso así, si la participación es meramente simbólica? Los evangélicos
fundamentalistas se atribuyen la cualidad de ser los que toman la Biblia en su
sentido más literal: la Biblia dice lo que quiere decir, y quiere decir lo que
dice. Sin embargo, como buen fundamentalista que era, no dudaba en dejar de lado
el sentido literal de estos pasajes, como así también la interpretación de la
Iglesia primitiva, para poder quedarme con la Biblia según la tradición
fundamentalista en la que había sido instruido y la que había aceptado.
La
Eucaristía representa, también, la unidad del Cuerpo de Cristo, que los
Protestantes han quebrado. No hay ejemplo más fuerte de la unidad del Cuerpo de
Cristo que el ejemplo del pan y del vino. El pan está hecho de muchos granos
separados, que son recogidos y triturados para obtener la harina, de la cual se
amasa y hornea un solo pan. La uvas, originalmente separadas, son cosechadas y
trituradas para obtener el fruto de la vid, el vino. Así como los muchos granos
forman un solo pan, también nosotros, cuando comemos ese único pan, el Cuerpo
de Cristo, nos transformamos en un solo cuerpo. Nos convertimos en su cuerpo de
un modo muy real, al participar y comer su Carne y beber su Sangre. Recuerda que
Pablo enseña que comemos de un solo pan, lo cual indica el cuerpo real
de Cristo, ya que si nos atenemos al símbolo exterior, comemos panes separados,
distintos. Los católicos comen de un solo pan, Cristo resucitado, el Pan
de Vida.
La
Eucaristía es la cumbre y la fuente de la unidad, como lo enseña claramente el
Catecismo de la Iglesia Católica: “La Eucaristía es nuestro pan de cada día.
El poder que encierra este manjar divino lo convierte en vínculo de unidad. Su
efecto es la unidad, de tal modo que, transformados en su Cuerpo y hechos sus
miembros, podamos convertirnos en aquello que recibimos” (2837, citando a
San Agustín, Sermón 57,7)
Pero
nos podemos preguntar: ¿Pablo piensa en término sacrificiales? Demos un
vistazo a las palabras que usa, y a los ejemplos que da. Recordemos que 1
Corintios no es un “manual” o “catecismo” de las doctrinas cristianas.
Esa doctrina había sido ya trasmitida a los de Corinto mediante tradición oral
(1 Cor 11,2), por Pablo personalmente. La carta tenía por intención ser una
misiva de carácter correctivo,
para hacerles recordar y profundizar el conocimiento y la práctica eucarística
que ya poseían y practicaban. “El
sentido sacramental del pan y el vino no solamente se presuponen en esta carta,
sino que son la base de toda la presente argumentación... La bebida y la comida
espiritual aparecen ahora, con mayor claridad, como el Cuerpo y la Sangre de
Cristo; y aunque la base última de esta definición será dada sólo más tarde
(1 Cor 11, 23-26), Pablo la supone ya aquí como algo comúnmente compartido con
sus lectores, que tiene la fuerza suficiente como para fundamentar la
argumentación que sigue... Lo que los escritos del Nuevo Testamento presuponen
... es aún más importante de lo que de hecho dicen” (The Study of Liturgy,
191).
Notemos
algo interesante: Pablo compara tres diversos sacrificios. Para sus lectores, el
sentido era claro. Cada sacrificio se ofrece sobre un altar (mesa del
sacrificio): en primer lugar el sacrificio de los judíos (v. 18), luego el de
los paganos (v. 19-21, ofrecido a los ídolos), y finalmente el de los
cristianos, la Eucaristía. Mediante estas comparaciones, Pablo confirma el carácter
sacrificial de la Eucaristía cristiana. La “mesa
del Señor”
es un término técnico común en el Antiguo Testamento que se refiere al altar
del sacrificio (Lev 24,6.7; Ez 41,22; 44,15; Mal 1,7.12), de modo que los
lectores de la carta habrían captado inmediatamente la correlación que Pablo
estaba sugiriendo. En este sentido estoy sorprendido de que en mis primeros días
como católico no había notado este importante detalle: la “mesa
del Señor”
en la Iglesia, a la cual se refiere Pablo, y que enraíza con la terminología y
la práctica del Antiguo Testamento, es ahora el altar del nuevo sacrificio, del
cual habla Malaquías (1,11). Observemos que la “mesa
del Señor”
se menciona dos veces en el primer capítulo de Malaquías, antes y después de
la promesa de Dios de un sacrificio nuevo y universal ofrecido por los gentiles.
La “mesa
del Señor”,
o sea el altar del sacrificio, será el lugar de esta ofrenda, que corresponde
con la Eucaristía, ofrecida en la “mesa
del Señor”
de 1 Corintios 10,21.
Permíteme que te haga esta pregunta: ¿sabías estas cosas cuando dejaste la Iglesia
Católica? ¿Acaso el paralelismo no es impactante e inequívoco? Malaquías
enmarca dos veces el “sacrificio sin mancha” de los gentiles con los términos
sacrificiales de “mesa
del Señor”.
San Pablo entonces utiliza
esta misma terminología para explicar el nuevo sacrificio ofrecido sobre “la
mesa del Señor” en la Iglesia. El sacrificio de la Eucaristía sobre la
“mesa del Señor” es comparado con los otros sacrificios ya sobradamente
conocidos que se ofrecen sobre mesas de altares tanto paganos como judíos.
Pablo, el más brillante discípulo del más lúcido rabí judío, Gamaliel, no
está usando esta terminología del Antiguo Testamento a la ligera: es un
alumno aventajado... Él sabe que sus lectores interpretan esta terminología
sacrificial poniéndola en relación con la Eucaristía. ¿Se puede poner en
duda que Pablo, el brillante maestro de la Torah, comprendió la Eucaristía en
términos sacrificiales, interpretando la “mesa del Señor” como un
cumplimiento de Malaquías 1:11?. “El paralelismo que Pablo dibuja entre
la participación de judíos y paganos en sus sacrificios mediante la comida de
la carne de las víctimas y el ágape cristiano en Cristo por medio de la
Eucaristía nos demuestra que él considera la comida de la Eucaristía como una
comida sacrificial y ello implica que la Eucaristía misma es un sacrificio” (Jerome
Biblical Commentary, ed. by Raymond E. Brown, Joseph A. Fitzmyer, and Roland E.
Murphy [Englewood Cliffs, NJ: PrenticeHall, 1968],
269).
A veces me he emocionado tanto con el Señor y la Iglesia que me he atascado al escribir. El Señor ha sido tan maravilloso.
Respondiendo a tu pregunta
Ahora podemos encarar al fin vuestra pregunta específica: ¿cómo puede ser la Misa un sacrificio real y no implicar un nuevo sacrificio de Cristo? En resumidas cuentas, y creo que he hecho esta aclaración en mi artículo de Ankerberg, hay sólo un único sacrificio, un sacrificio eterno, y nosotros estamos participando en él diariamente en las dimensiones del tiempo y del espacio, en el plano temporal. Los protestantes tienden a enredarse en el tiempo (lo sé, yo he pasado por ello) mientras que los católicos tienden a ver las cosas en términos de tiempo y de eternidad. Lo mismo sucede cuando discutimos acerca de la intercesión de los santos. Nos encontramos con protestantes que argumentan: ¿Dónde dice la Biblia que debamos rezar a los santos difuntos? El católico se sorprende y responde: ¿dónde dice la Biblia que los santos están muertos? Es simplemente cuestión de perspectiva. Los protestantes tienden a poner un tejado de estaño sobre sus cabezas, no son capaces de ver más allá de la dimensión del tiempo –y de la esfera temporal-, hacia la eternidad. Para ellos los santos han muerto y el sacrificio de Cristo está terminado y consumado. Para un católico, los santos están vivos, [3] pero en otra dimensión (cielo), y el sacrificio de Cristo fue realizado hace dos mil años, pero es aún un acontecimiento real y un evento eterno a los ojos de un Dios y de una Iglesia no contenidos en el tiempo solamente, y sin la restringida visión que los Protestantes han aceptado debido a la tradición que heredaron.
Decir que Cristo murió una sola vez y ya no muere más (Heb 7:27; 9:12; 10:10), y decir a la vez que es ofrecido en cada misa como sacrificio, parece contradictorio o paradójico a un Protestante que tiende a considerar todas las cuestiones horizontalmente en vez de verticalmente, pero esto no resulta problemático si cambias tu forma de pensar, si ensanchas tu visión para pensar bíblicamente. Déjame preguntarte: ¿cómo puede ser Jesús un Rey que está sentado a la derecha del Altísimo (Heb 1:3) y ser a la vez un Cordero sacrificial, un sacrificio sobre el altar (Rev 5:6)? ¿Cómo puede Él estar en ambos lugares en dos condiciones tan radicalmente diferentes? ¿Cómo puede Él estar sentado en el cielo a la derecha del Padre y al mismo tiempo estar en un lugar diferente, en nuestros corazones (Col 1:27)? Él ahora tiene capacidades asombrosas, prerrogativas nunca ejercidas mientras estuvo en la tierra, cuando renunció por un tiempo al uso de algunas prerrogativas de su divinidad (Fil 2:5-11).
Encaramos ahora una de esas paradojas que lo son sólo aparentemente. ¿Vuelven los católicos a sacrificar a Cristo en el altar en cada Misa? NO.
¿Vuelven los católicos a hacer presente y a participar en el único sacrificio de Cristo en la Misa? SI.
Remitámonos de nuevo a Malaquías 1:11, que profetiza sobre el futuro sacrificio inmaculado sobre la Mesa del Señor: “Pues desde el sol levante hasta el poniente, grande será mi Nombre entre las naciones, y en todo lugar se ofrecerá a mi Nombre un sacrificio de incienso y una oblación pura. Pues grande será mi Nombre entre las naciones, dice Yahveh Sebaot”. Destaquemos los plurales y los singulares aquí. En todo lugar ( = plural, en todos los lugares) y una oblación pura (singular). Una ofrenda ofrecida en todo lugar. Habiendo ya discutido este versículo, no quiero extenderme en este punto, pero esto se corresponde maravillosamente con la Misa, como ya lo enseñaban los primeros cristianos en una época tan temprana como el siglo I, cuando los apóstoles estaban todavía vivos, y desde entonces la interpretación está tan claramente diseminada durante los dos primeros siglos, que puede admitirse que fue una clara enseñanza apostólica, que provenía de los mismos apóstoles. Recordemos que ellos pensaron muchas cosas que no han sido conservadas en los escasos documentos que hemos recopilado en el canon. De este modo tenemos un único sacrificio ofrecido en múltiples lugares en el futuro entre las naciones por todo el mundo - una excelente descripción de la Misa.
Debemos ahora subrayar la vigencia del sacrificio de Cristo. No es solamente un único y definitivo sacrificio, aunque por cierto está referido al tiempo y al espacio, sino que es también perpetuo en su realidad y efectos, referido a la eternidad. Es un sacrificio incesante y sus efectos continúan. Cristo siempre se ofrece a sí mismo al Padre. Él siempre se ofrece, aunque sólo murió una vez (Heb 7:5). Esta es la singular oblación pura de Malaquías. Él siempre ofrece esta inmolación, de la que el hecho físico ya pasó pero cuyo valor permanece. Él constantemente intercede por nosotros como Sumo Sacerdote. Cristo es, a la vez, sacerdote y ofrenda sacrificial. La pasión y la muerte de Cristo son cosas pasadas, pero Él, que padeció su pasión y su muerte, permanece para siempre revestido de los méritos de su pasión y su muerte. Tú muy bien podrías estar de acuerdo con esto, porque también comprendes la consumación de la obra de Cristo, ofrecida una sola vez, eficaz para siempre.
En
la escena apocalíptica, Cristo permanece de pie, ante
el Padre, sobre el altar dorado,
ante el trono, con un corte en el cuello: “Entonces vi, de pie, en medio del trono y de los cuatro
Vivientes y de los Ancianos, un Cordero, como degollado” (Rev 5:6). Esto ha
sido bellisimamente representado en una pintura de Jan Van Eyck titulada “La
Adoración del Cordero”, que se conserva en Gante (Bélgica). He tenido el
privilegio de permanecer ante esta pintura entusiasmado durante casi una hora
analizándola y valorándola. Es probablemente mi pintura favorita de todas las
de la Historia del arte (con el Descendimiento de la Cruz, de Rembrandt, en
segundo término, que vi en Munich). El Cordero permanece majestuosamente sobre
el altar con su garganta acuchillada abierta a la manera de los sacrificios del
Antiguo Testamento. El Espíritu Santo sobrevuela por encima de él derramando
su luz sobre todo. La sangre fluye del Cordero a un cáliz. Personas de los
cuatro puntos cardinales del globo (del lugar por donde sale el sol y por donde
se pone, para Malaquías) vienen hasta el
Cordero a compartir una misma copa y una misma carne y a adorar en el eterno
sacrificio re-presentado en todo tiempo.
Cristo no cesa de ofrecer su sacrificio. Está eternamente intercediendo por su pueblo. Cuando la era de la redención haya concluido y la Segunda Venida haya sido llevada a término, sólo entonces el sacrificio de Cristo habrá sido completado. Un sacrificio es completado cuando aquellos por quienes es ofrecido gustan sus frutos y reciben todos los beneficios de su eficacia. Cristo entonces no tendrá ya que ofrecerse más a sí mismo en lo sucesivo como una “víctima” propiciatoria y expiatoria sobre el altar. Cristo se ofrece como víctima a sí mismo precisamente para toda la humanidad en la tierra, para los hombres que viven todavía en el tiempo, en trance de ser justificados y redimidos. Esta ofrenda permanente del sacrificio de la Cruz terminará cuando llegue el final de los tiempos. La ofrenda que Cristo presenta al Padre es para este mundo y se dirige a la consumación del último día.
Ha habido muchas especulaciones de los teólogos, católicos y protestantes mano a mano, sobre la naturaleza de la Cena del Señor. Los teólogos católicos han discutido y especulado sobre la naturaleza y efectos de la Eucaristía en un intento de sondear las profundidades de este misterio de los misterios, tan sencillo y tan profundo al mismo tiempo. Tan temporal y tan eterno simultáneamente. La teología se aproxima siempre más a una completa comprensión de su plenitud, pero esa plenitud será reservada para el último día, en el que lo que es visto débilmente en un espejo será visto y comprendido plenamente. El pan y el vino consagrados significan no sólo el cuerpo y la sangre de Cristo sino también su sacrificio. La consagración de las dos especies es una inmolación simbólica, pero el simbolismo es sacramental y así contiene lo que significa. La Misa es un sacrificio, porque significa y al mismo tiempo contiene la completa realidad del sacrificio de la Cruz.
En
lo que sigue, y por algunos párrafos, quiero
sacar partido del excelente libro de Marie-Joseph Nicolas ¿Qué es la
Eucaristía?,
ya que es profundo y sencillo de comprender. Tengo unos setenta
libros en mi estantería que tratan exclusivamente de la Misa y la Eucaristía,
pero no tengo tiempo para citarlos todos, lo
que estoy seguro que tendrás en cuenta.
La Misa: ¿un nuevo sacrificio?
¿Qué significan las
palabras “la completa realidad del sacrificio de la Cruz”? Si queremos
comprenderlas hay dos opiniones extremas que debemos eliminar. Una va demasiado
lejos, la otra se queda corta. La primera podría argumentar así: el tiempo y el espacio han sido abolidos en
el misterio de la Eucaristía; lo que yo hago presente en la Misa es la pasión,
la muerte y además la resurrección de Cristo. Esta explicación es
absolutamente imposible. El tiempo no es como el espacio. Lo que ha pasado no
existe de modo muy prolongado en la forma dominada por el tiempo que abarcan los
hechos históricos de la pasión y de la muerte.
La coexistencia entre el ayer y el hoy no es posible. Por el contrario,
el cuerpo glorificado de Cristo está ausente DE y, sin embargo, coexiste CON
nosotros. Nosotros existimos al mismo tiempo, el mismo momento en la duración.
Hacerlo presente no es devolverle el ser que ya no tiene, es poner su ser donde
pueda entrar en contacto con nosotros. De ningún modo, entonces, está Cristo
presente en el altar como sangrante y muerto, sino de acuerdo con su estado
presente como triunfador sobre la muerte.
Otros
dicen que lo que es más importante en el sacrificio de la Cruz es el sacrificio
interior, el estado completamente
espiritual e inmanente de oblación en el que se sumió su alma. La oblación
interior de Jesús no ha dejado de existir, continúa en el cielo y ello es
expresado de un modo particularmente sorprendente y visible por el don de sí
mismo en la Eucaristía. Pero esta explicación de los hechos no ve con
suficiente claridad que el sacrificio de la Eucaristía es el sacrificio de la
Cruz. Podría parecer que hay, de acuerdo con este punto de vista, dos
“momentos” del único sacrificio, el “momento” eucarístico en tanto
que mero signo y conmemoración del "momento" histórico y al mismo tiempo como
una nueva exteriorización y encarnación de la disposición interior de Jesús.
Debemos
ir todavía más lejos y defender esta idea de permanencia en la primera
explicación que está ausente en la segunda. Sólo tenemos que recordar la idea
de la permanencia del sacrificio de la Cruz en sí mismo. No es sólo el estado
del alma de Cristo en oblación lo que permanece, es también lo que él ofrece,
su naturaleza humana inmolada pero victoriosa sobre el sufrimiento y la muerte,
revestida con los méritos que posee como fruto permanente de su
sacrificio. Lo que ha pasado sirve a lo que permanece: el sufrimiento de Cristo y su muerte, que son hechos
que han pasado, está al servicio de ese estado de víctima que es continuamente
agradable a Dios.
Cristo es eternamente aquel que muere por nosotros y se ofrece a sí mismo como tal. El
sacerdote, cuando consagra el pan y el vino, lo hace presente para nosotros
en este mismo estado, o, más acertadamente, Cristo mismo, a través de la mediación
del sacerdote, se hace a sí mismo presente como tal,
como la víctima, triunfadora de la muerte, que está como ascendiendo de
la muerte por nuestra causa.
Esto es lo que el Concilio de Trento significa mediante
las palabras: es el mismo sacrificio porque es el mismo sacerdote, la misma
víctima, ofrecida de otro modo. En la Misa, el mismo sacrificio es
ofrecido de un modo simbólico y sacramental. La Misa es el sacramento del
sacrificio de la Cruz, en todo aquello que el sacrificio de la Cruz tiene de
perdurable. Esta es
la razón por la que el Concilio nos hace la aclaración de que la Misa posee
todas las cualidades del sacrificio de la Cruz y aplica sus frutos a nosotros.
Como hemos dicho, la fuerza del sacrificio de la Cruz está en el poder con que, a los ojos de Dios,
está revestido Cristo. Cristo está contenido en la Eucaristía como ejerciendo
este poder y aplicándolo aquí y ahora a aquellos que comparten la Eucaristía.
No hay, por tanto, exageración en afirmar que la Eucaristía es el sacrificio
de la Cruz hecho presente una vez más. La idea de renovación que esta
expresión implica es, sin embargo, no del todo exacta. En este punto estamos
abordando una presencia, actual y activa, de la víctima que está siempre
sacrificándose y esto es lo que Cristo es hasta el final de los tiempos. Cuando
decimos al creyente: “Debes asistir a Misa como si estuvieras presenciando el
sacrificio de la Cruz”, estaríamos exagerando si quisiéramos decir con ello
que el creyente debe sentir compasión
de Cristo como si estuviera
sufriendo aquí y ahora. No exageramos si decimos
que ellos deben participar de la ofrenda que Cristo hace de sí mismo en nuestro
nombre, una ofrenda que, en el pasado, fue dolorosa y sangrienta y, porque fue
así, retiene toda su virtud en el
presente.
La Misa, por consiguiente,
no es un nuevo sacrificio,
es decir, no añade nada nuevo al de la Cruz en el plano sacrificial. No pone
delante de Dios ningún nuevo acto de propiciación y de
expiación, y por lo tanto no le proporciona ninguna nueva razón para conceder
gracia a
la humanidad. Es la misma víctima la que está presente en ese estado siempre activo,
conferido a ella por su inmolación seguida de la resurrección. Este estado
eucarístico no añade nuevo valor en el orden del sacrificio. La Misa es un
sacrificio solamente por su relación con el sacrificio de la Cruz.
Sin embargo, cada Misa es un verdadero sacrificio. Cada consagración es un acto sacrificial, aunque en el orden sacramental, es decir, en tanto significa y contiene el acto del sacrificio eterno e invisible del que es el signo sensible. Hay, como sabemos, tantas presencias de Cristo como hostias consagradas. Pero hay solamente un único Cristo presente en todas ellas. Esto es lo que San Pablo afirma, aun cuando todos nosotros hemos separado los panes individuales en cada parroquia, estamos todos recibiendo un único pan. De modo similar, hay muchas ofrendas sacrificiales, tantas como Misas se dicen, pero hay un solo sacrificio de Cristo, que está expresado en todos esos sacrificios. Hay muchos sacrificios que están referidos a un solo sacrificio absoluto y que adquieren cada uno su carácter sacrificial sólo en virtud de esta relación.
Nos ayudaría comprender esto si siempre tuviéramos en mente que hay
un Autor
principal de la multitud de consagraciones eucarísticas, un solo sacerdote
verdadero e invisible, representado por la multitud de sacerdotes en las Misas:
es Cristo en la gloria, el sacerdote eterno.
Y no deberíamos creer que la Nueva Alianza
abolió el sacerdocio. En el Antiguo Testamento hubo tres niveles
de sacerdocio: el Sumo Sacerdote (Aarón y sus sucesores), los Levitas como
sacerdotes ministeriales, y luego todo el pueblo de Dios como sacerdocio
universal (Ex 19:6: ““Seréis para Mí un reino de sacerdotes y una nación
santa.” Estas son las palabras que has de decir a los hijos de Israel”).
Vemos tres niveles de sacerdocio: Sumo Sacerdote (sólo uno),
sacerdocio ministerial (el de todos los Levitas) y el sacerdocio
universal (todo el pueblo de Dios). ¡Es lo mismo hoy! Tenemos tres niveles: un Sumo Sacerdote (Jesucristo), sacerdotes ministeriales (los apóstoles
y sus sucesores, los obispos y sacerdotes), y el pueblo de Dios (una nación de
sacerdotes). Hay una
maravillosa continuidad.
¿Qué aporta de nuevo la celebración de la Misa?
Volvamos a la Misa. ¿Qué hay de nuevo entonces en la Misa, diferente de la única Crucifixión? ¿Qué añade el sacrificio eucarístico al sacrificio de la Cruz perpetuado en la persona de Cristo glorificado? Para usar una terminología más técnica, ¿qué añade el “sacramento” a la “realidad” que hace presente?
Lo primero y principal, añade el hecho de hacernos presente esta realidad, de insertar el sacrificio trascendente de Cristo en nuestro tiempo humano del que él sale por su resurrección. La eternidad asoma en nuestro tiempo, o bien nosotros somos elevados, transportados al cielo para compartir la liturgia revelada en el libro del Apocalipsis. Cualquiera de las dos perspectivas es la misma; somos introducidos en un suceso eterno, una liturgia celestial, un servicio de adoración cósmica. No debemos olvidar que la salvación de cada hombre se logra durante el tiempo de su vida terrena mediante el “contacto”, a través del encuentro con su Salvador. Este encuentro personal, esta respuesta de cada uno de nosotros a Dios, que toma nuestra carne y nos da su vida, es puesto en primer plano y de modo esencial por medio de la fe, una fe que es también una aceptación. El objeto de esta fe que salva y justifica es Cristo en el acto verdadero por el que nos salva. “La vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gal 2:20). Tengo que apropiar y hacer mío ese sacrificio redentor hecho por Cristo en mi nombre. Esta es la condición que yo debo satisfacer si estoy verdaderamente dispuesto a recibir en mí mismo la salvación, el perdón de Dios, su amor y su gracia. La idea que subyace bajo la institución de los sacramentos es llevar a cabo este acto salvífico de Cristo de modo sensible, concreta y exteriormente presente. Me adhiero a esta presencia por la fe que toma posesión de su objeto y someto a mí mismo al acto todopoderoso por el que soy salvado. Cada sacramento es un acto invisible de Cristo en el alma y se fundamenta en el sacrificio de Cristo, del mismo modo que cada recepción provechosa de un sacramento está fundada en mi fe en el sacrificio de Cristo que murió por mí. En la Eucaristía, es el sacrificio mismo el que se hace actual y presente para mí. Toda su eficacia está puesta a mi disposición. Yo creo y yo recibo. La eficacia del sacrificio de Cristo es ofrecida a, y puesta a disposición de, cada hombre existente en esta esfera del tiempo en que cada sacrificio de Cristo es injertado.
Sólo la Eucaristía da a Cristo esta existencia en nuestro tiempo humano. Su muerte y su resurrección lo apartan de ella. Sin el sacerdote, que le sirve como su instrumento y, en cierto sentido, como la prolongación de su humanidad (una continua encarnación, como, en cierto modo, es también el Cuerpo de Cristo, la Iglesia), Cristo podría ciertamente ofrecer su sacrificio, pero no desde esta tierra y en el tiempo terrestre. De modo similar, el Verbo no hubiera podido hacerse hombre y uno de nosotros sin la porción de carne que tomó de la Virgen María.
Estamos ahora en disposición de mostrar más al detalle qué hay de nuevo en el sacrificio de la Misa en comparación con el de la Cruz.
Mirémoslos individualmente.
Cada consagración implica una nueva y real intervención de Cristo, puesto que él es el sacerdote principal e invisible de la Misa. Es Él quien se ofrece a sí mismo y no -hablando con propiedad- el sacerdote que ofrece la hostia.
Esta intervención no es una nueva ofrenda en relación con la ofrenda que él perpetuamente hace de sí mismo y que es el verdadero estado de su ser glorioso. Se trata de una aplicación de Su eterna ofrenda, su inserción en un punto dado en el espacio y en el tiempo.
El sacrificio de la Misa, por lo tanto, no adquiere con su ofrenda sacramental ningún mérito nuevo, ninguna eficacia nueva, ningún nuevo valor de sacrificio, sino una nueva aplicación de su eficacia. La Misa aplica la eficacia del sacrificio de la Cruz a un momento dado del tiempo y al hombre que vive en el tiempo.
El sacrificio de la Cruz, por tomar esta forma sacramental, ha añadido esto: se ofrece a través de la Iglesia, es decir, por medio de los hombres. Cristo Sacerdote actúa aquí por medio de un instrumento al que el poder de su sacerdocio pasa y da vida a las palabras y a los gestos humanos visibles. Y debido precisamente al uso de este instrumento el sacrificio limita no su valor intrínseco sino su alcance efectivo. Tiene a la vista los objetivos de la Iglesia aquí presente, de los sacerdotes y de los fieles de la feligresía, y sale al encuentro de su fe. A primera vista esto parecería limitar el horizonte del sacrificio de Cristo, pero de hecho lo perfecciona, no en el sentido de que lo haga más perfecto en sí mismo, sino en cuanto amplía su radio de acción en lo humano. Es decir: la Misa hace posible que el sacrificio de Cristo sea ahora ofrecido también por los hombres a Dios en y por medio de su Cabeza y Sacerdote soberano, Cristo el Señor.
De modo similar, la víctima del sacrificio de la Misa asume todas nuestras ofrendas personales. Es uno de los principios esenciales de la Alianza de Redención (y podemos llamarlo el principio de la Co-redención) que los hombres, lejos de ser dispensados por el sacrificio de Cristo de ofrecerse ellos mismos en sacrificio, se hacen más capaces por ello de hacerlo así. Las víctimas imperfectas que nosotros somos alcanzan valor por su unión con la víctima perfecta. Ofreciéndose a sí mismo por mediación de los hombres, Cristo ofrece a los propios hombres con él. Esto está admirablemente expresado mediante la liturgia del ofertorio. El pan y el vino tomados de la Creación son el símbolo de aquello que los hombres han recibido de Dios, de todos sus bienes, de su verdadero ser. La transubstanciación del pan y del vino en el ser verdadero de Jesucristo expresa perfectamente el hecho de que Jesucristo asume por completo lo que tenemos y lo que somos. Tras la Consagración, ya no ofrecemos a Dios nuestras ofrendas, sino a Cristo en nosotros. Sólo Dios que se hace hombre podía traer a la existencia la víctima perfecta, pero al encarnarse incorpora a sí todo lo humano, y hace que toda la Iglesia sea su cuerpo y como una extensión de sí mismo.
Finalmente, el sacrificio de Cristo, haciéndose eucarístico, realiza más plenamente la idea del sacrificio, como hemos explicado. Cuando muere en la Cruz, Cristo reúne ciertamente a toda la comunidad de los hombres en Él mismo. Él ofició de sacerdote y ofreció su sacrificio. Esta víctima fue visible, objetiva, externa. Tampoco faltó un único simbolismo de sin igual eficacia, en tanto en cuanto la “clase de muerte” que él escogió, levantándolo como hizo con los brazos extendidos, significa genuinamente la total entrega de una víctima obediente y sumisa, su ofrenda a Dios y su don a los hombres. Sin embargo, la misma realidad de esta inmolación cruenta no permitía que tuviese un carácter ritual. En la Cruz, Cristo fue la víctima visible, pero no fue visiblemente el sacerdote, puesto que sufrió pasivamente y los autores de su inmolación, lejos de realizar una ceremonia sagrada en nombre de todos nosotros, perpetraron un crimen odioso y sacrílego. El sacrificio de Cristo se convirtió en un hecho ceremonial sólo en su forma eucarística, permitiendo que la inmolación de Cristo este siempre
El sacrificio de Cristo no cesa de ser real, "comienza de nuevo" en las formas sagradas y litúrgicas, que son simbólicas. Fue Cristo mismo quien, antes del momento efectivo de su muerte, creó esta característica de su sacrificio, vinculándola a nuestra condición terrestre. Él ofreció su sacrificio ritualmente en la Última Cena antes de ofrecerlo de modo efectivo en la Cruz.
No
debemos nunca olvidar que estamos hablando de un rito que contiene una realidad
que es doble: por una parte la realidad
de Cristo ofreciéndose a sí mismo, una víctima inmolada y glorificada;
por otra parte la realidad de los hombres ofreciendo sus vidas reales y su
ser real, su existencia cotidiana. Nuestra participación en el sacrificio
sacramental sería una hipocresía si consistiera sólo en formas y signos vacíos,
si no supusiera la ofrenda auténtica de nuestras propias vidas en unión con
Cristo, en las condiciones reales en que vivimos. La vida sacramental
no es nunca autosuficiente, presupone nuestra vida real, tanto la de Cristo como
la de los Cristianos. Presupone la vida real y el don de la vida hasta el día
de nuestra muerte. Presupone y exige una gran fe.
Esto nos ayudará a comprender cómo la Misa es el sacrificio de toda la humanidad y cómo, por otra parte, es el sacrificio de la Iglesia en exclusiva, es decir, de la humanidad ya efectivamente redimida. Sólo los que creen pueden participar en ella, por ello sólo mediante la fe y la aceptación de la misma participamos en ella. Sólo mediante la ofrenda a Dios en Cristo de nuestros bienes terrenales tenemos parte en la víctima perfecta que es Cristo. Es sólo la Iglesia, por tanto, en sus miembros vivos, la que está unida a Cristo en el sacrificio eucarístico.
Pero
este sacrificio intercede por todo el mundo. Ofrece la salvación al mundo
entero. Esto significa que todo el mundo tal
como es, todo lo que existe en la naturaleza humana, está en
consecuencia abierto a recibir la gracia de Cristo, y está autorizado para
apropiarse y aprovechar para sí de su muerte y resurrección.
Podemos
resumir diciendo que el sacrificio de la Misa añade nuestra parte al
sacrificio de la Cruz, que no adquiere, por ello, más valor o eficacia, sino un
carácter más humano. Al explicar esto es habitual insistir en el hecho
de que cada Misa es una nueva aplicación de la eficacia del sacrificio de la
Cruz. Pero no debemos olvidar que la “eficacia” del sacrificio de la Cruz
radica sobre todo en su ascendencia sobre el Corazón de Dios Padre, su valor
como culto perfecto. La aplicación a los hombres del "poder" del
sacrificio de Cristo – y es
entonces cuando su eficacia alcanza “su consumación”- implica siempre el
ofrecimiento de su valor por medio de los hombres.
Y eso es lo que de hecho sucede. Cada Misa contiene en sí misma, en
toda su plenitud, la adoración de Cristo, su acción de gracias, su deseo de
reparación, pero pasando a través de la Iglesia, a través de nosotros, y
haciendo así nuestra su ofrenda y su adoración.
Así, acabamos donde comenzamos: El Sacrificio de la Misa es el sacrificio de Cristo representado de modo sacramental, proporcionándonos su Cuerpo y Sangre en cumplimiento de su promesa. Creo que ahora quedará más clara su naturaleza, según lo enseña el Catecismo. Si no, léase lo anterior y hágase el intento de comprenderlo de nuevo. A modo de recordatorio, el Catecismo declara: “El sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son un único sacrificio: “La víctima es una y la misma: la que se ofrece ahora por medio del ministerio de los sacerdotes, es la que se ofrece a sí misma en la cruz; sólo el modo de ofrecerse es diferente”. “En este divino sacrificio que es celebrado en la Misa, el mismo Cristo que se ofrece una única vez de manera cruenta en el altar de la Cruz es contenido y es ofrecido de modo incruento”.
Así
pues, ¿por qué los Protestantes alegan siempre que el mundo católico tiene
otro sacrificio, o dicen que volvemos a sacrificar a Cristo una y otra vez sin cesar? Uno
dijo: “Con todos los fragmentos del cuerpo de Cristo que los católicos y tú coméis,
me pregunto si quedará algo de Cristo en el cielo.”
¡Qué estupidez! Quiero pensar que es
simplemente una equivocación
y no un intento de confundir a la gente o de engañarla. No quisiera
considerarte uno de ellos. Tiendo a imaginarte honesto y sincero en estas
materias y espero estar en lo cierto.
También creo que la historia está del lado católico, especialmente si consideramos las citas que usé en este artículo. Déjame citarte una última vez a San Justino, que fue decapitado por su fe en 165 d. C. “Según las palabras de Dios por boca de Malaquías, uno de los doce profetas, como dije antes, acerca de los sacrificios en este tiempo presentados por vosotros [los Judíos]: ´ No me complazco en ti, dice el Señor, y no aceptaré los sacrificios de tus manos; desde la puesta de sol hasta el ocaso Mi Nombre será glorificado entre los gentiles, y en todos los lugares se ofrecerá incienso a Mi Nombre, y una oblación pura: porque Mi Nombre es grande entre los gentiles dice el Señor, pero tú lo profanas.´ Él entonces dijo a esos Gentiles, esto es, a nosotros, que en todas partes se ofrecerían sacrificios a Él, esto es, el pan de la Eucaristía así como el cáliz de la Eucaristía, confirmando ambos que nosotros glorificamos Su Nombre y tú lo profanas.”
Ignacio, el discípulo de Pablo y Pedro, escribe en el siglo I, “Pero mira a esos hombres que tienen esas equivocadas nociones acerca de la gracia de Jesucristo que ha descendido hasta nosotros, y observa cómo lo que ellos son se opone al espíritu de Dios... Ellos incluso se abstienen de la Eucaristía y de la oración pública [litúrgica], porque no admiten que la Eucaristía es el mismísimo cuerpo de nuestro Salvador Jesucristo, cuya [carne] sufrió por nuestros pecados, y al que el Padre en su bondad revivió. En consecuencia, en vista de que ellos rechazan los dones de Dios, están condenados en sus mismas rebeldías. Deberían haber aprendido mejor la caridad, si aspiraban a conocer alguna vez la resurrección... Rechaza el sectarismo, porque es el comienzo de todo mal" [4].
Si tengo que elegir entre ponerme de parte de estos nuestros nobles predecesores en la fe, que son la primera generación después de los apóstoles, o bien ponerme de parte de los actuales protestantes, caprichosamente aferrados a "la sola Biblia", que tiran por la borda quince siglos de Iglesia, entenderás que la cosa está fuera de discusión: me quedo con los primeros; ¡es buena compañía!
Sé que la presente respuesta fue mucho más larga de lo que tú probablemente supusiste, o deseaste, pero quise ser un poco más detallado, con la esperanza de darte un buen pantallazo. Espero ayudarte a clarificar las cosas y facilitarte que comprendas las enseñanzas Católicas, históricas y bíblicas, acerca de la Eucaristía. Por esa razón dediqué mucho tiempo a los pasajes de la Biblia, las citas de los primeros Padres de la Iglesia y la explicación sobre cómo se entiende desde una perspectiva católica lo que la Misa actualiza. Aún suponiendo que no estés de acuerdo, espero que al menos trates con un poco más de respeto intelectual a tus hermanos Católicos, ya que esta enseñanza es muy defendible desde el punto de vista bíblico, y es ciertamente viable. No es ni antibíblica ni incomprensible, aunque qué duda cabe de que es un profundo misterio.
No seré capaz de mantener una gran correspondencia durante los próximos meses, puesto que tengo varias conferencias que preparar, un curso sobre la Biblia que comienzo a impartir en Noviembre (para el cual pensamos que participaran cientos de Católicos (y Protestantes), y además me veo presionado por el editor para terminar el segundo libro. Además mis chicos están pensando que estoy casado con este dichoso ordenador. Quiero tomarme un descanso.
Dios te bendiga, Pablo, y
espero que podamos
seguir siendo amigos mientras compartimos estos asuntos tan importantes para los
dos. Si gustaras de sugerencias en relación con buen material de lectura sobre esto para profundizar en tu búsqueda, me
encantaría sugerirte algunos títulos, y no el que menos mi libro, que aporta
multitud de nuevos datos. He encargado también para ti un libro que te mandaré
por correo cuando esté aquí.
Que recibas las mejores bendiciones de Dios sobre ti, tu familia y tu congregación, ya que te esfuerzas en servirle en santidad y amor.
En Cristo,
Steve Ray
* * *
Dos
Anexos: 1) Un pasaje del Catecismo
Católico de John Hardon´s y 2) el párrafo original de mi carta a John
Ankerberg que motivó esta conversación.
Un breve fragmento del Catecismo Católico de John A. Hardon´s (NY: Image Books, 1981)
EL SACRIFICIO DE LA MISA
Ya
en la Última Cena, Cristo dejó claro a los apóstoles que lo que Él estaba
haciendo en ese momento y lo que completaría sobre el Calvario era un
sacrificio, que deseaba que ellos continuaran en su memoria. En el Judaísmo, el pan y el
vino fueron componentes que integraban el sacrificio de modo habitual. Las
palabras que Jesús utilizó al instituirlo, cuando habló de la Nueva Alianza,
de su cuerpo que debería ser entregado, de su sangre que debería ser
derramada, de hacerlo en memoria de Él- todas ellas tienen profundas
implicaciones sacrificiales.
En
los tiempos apostólicos la Iglesia no dudó de que, mientras el sacrificio de
la cruz fue ciertamente adecuado para la redención del mundo, Cristo se propuso
perpetuar este sacrificio de un modo ritual hasta el final de los tiempos. Este
fue uno de los principales temas de la carta a los Hebreos, que dio por hecho
que Cristo se había ofrecido una sola vez a sí mismo a Dios Padre sobre el
altar de la cruz, pero también llegó a afirmar que su redención fue un hecho
que se extiende en el tiempo. El sacerdocio de Cristo “permanece para siempre”,
“puesto que Él sigue intercediendo por todos los que se llegan a Dios a través
de Él” (Heb. 7:24-25).
Se
trata de una renovación del Calvario. La estrecha asociación de lo que hizo Cristo en la Última
Cena con lo que hizo el Viernes Santo ha sido la norma de la Iglesia para
relacionar íntimamente ambos fenómenos. Por este motivo, el sacrificio del
altar no
es meramente una conmemoración vacía del Calvario, sino un verdadero y propio
acto de sacrificio, por medio del cual Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, mediante
una inmolación
incruenta, se ofrece a sí mismo como víctima aceptable al Padre eterno, como
hizo en la Cruz. Sólo la manera de ofrecerse es diferente.”
“El
sacerdote es el mismo, esto es, Jesucristo, cuya persona divina el ministro
humano representa en el altar. Por razón de su ordenación, el ministro es constituido
sumo sacerdote y posee el poder de realizar las acciones "in persona
Christi", en lugar de la auténtica
persona de Cristo.”
“La
víctima es también la misma, es decir, el Salvador en su naturaleza humana con
su verdadero cuerpo y sangre.
Worth
recalcó que lo que convierte a la Misa en un sacrificio es que Cristo es un ser
humano vivo con una voluntad humana, capaz, no obstante, de ofrecer (por tanto
sacerdote) y de ser ofrecido (por tanto víctima),
no menos verdaderamente hoy que cuando ocurrió en la cruz.
La re-presentación significa que en la cruz, Jesús ofreció a sí mismo y todos sus sufrimientos a Dios inmolándose hasta su muerte física, pero una inmolación que Él ofreció libremente a su Padre celestial. En el altar, por razón del estado glorioso de su naturaleza humana, “la muerte ya no tiene más poder sobre Él” (Rm. 6:9).
En consecuencia, el derramamiento de su sangre es imposible. Sin embargo, de acuerdo con el plan de la divina providencia, el sacrificio continuo de Cristo es manifestado en la Misa mediante signos externos que son símbolos de su muerte. ¿Cómo puede ser eso? “Por la transubstanciación del pan en el cuerpo de Cristo y del vino en su sangre, su cuerpo y su sangre están ambos realmente presentes. Pero eso no es todo. Su separación en la consagración representa la actual separación de su cuerpo y de su sangre. Entonces la re-presentación conmemorativa de su muerte, que efectivamente tuvo lugar, sobre el Calvario, es mostrada simbólicamente por medio de símbolos separados que representan el estado de víctima.”
“El Catolicismo, por consiguiente, afirma que debido a que Cristo está realmente presente en su humanidad en el cielo y en el altar es ahora capaz, y lo fue el Viernes Santo, de entregarse como ofrenda libremente al Padre. No puede morir ya desde el momento en que está ahora en un cuerpo glorificado, pero la esencia de su oblación sigue siendo la misma: el continuo sometimiento de su voluntad a la voluntad del Padre.
La Misa es un memorial de la pasión de Cristo y de su muerte durante toda la liturgia Eucarística, como aparece ya en un ritual del siglo II.
Los Apóstoles en sus memorias, que son llamadas Evangelios, han dado por hecho que Jesús ordenó hacerlo; que Él tomó pan y, después de dar gracias, dijo: “Haced esto en memoria mía; este es mi cuerpo.” De igual modo, tomó también el cáliz, dando gracias, y dijo: “Esta es mi sangre.” Y lo dio a ellos una sola vez.
“¿Se conmemora sólo la muerte de Cristo? La Iglesia enseña que es “un memorial de su muerte y Resurrección,” si bien obviamente de diferentes formas. Cuando nosotros decimos que la Misa conmemora la muerte de Cristo, queremos decir que de modo misterioso Cristo realmente se ofrece a sí mismo como sacerdote eterno y que su oblación no es sólo un recuerdo psicológico sino una realidad mística. Cuando decimos que la Misa es un memorial de su resurrección, esto significa también que no es simplemente un recuerdo mental. Después de todo, el Cristo que está ahora en el cielo y el sacerdote principal en el altar es