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Gracias por María

Reflexiones sobre la figura de María en la Escritura.

Colaboración de Luis Fernando Pérez Bustamante, Civitas Dei

 

 María en la Biblia


Al meditar en el papel que se da a María en la Palabra de Dios es fácil caer en la cuenta de que ella siempre aparece en momentos muy puntuales pero claves. Aparece, como es lógico, antes de la encarnación, después de quedar embarazada y en el alumbramiento. Luego aparece (Luc 2,41-52) cuando Cristo cumple la mayoría de edad espiritual para los judíos -12 años- haciéndole observaciones que más parecen una reprimenda de una madre asustada que otra cosa. Cuando Jesús le responde, ella, a pesar de no entender bien, guardó todo en su corazón. Por cierto que Jesús se sujetó tanto a ella como a José cuando regresaron de Jerusalén. También aparece en el comienzo del ministerio de Cristo cuando le pide que realice el milagro de la conversión del agua en vino. Otra vez la responde Cristo de una manera que parece cortante pero ¡mirad qué curioso!... al final accede a lo que ella le había pedido y realiza el milagro (Juan 2,1-11) que, ¡¡curiosamente!!, es descrito por Juan como el "principio de señales" de Cristo. También aparece en la cruz, donde ya sabemos lo que pasó. Pensemos que Juan fue el único apóstol que permaneció fiel a Cristo estando a su lado en la cruz. Pedro le había negado poco antes. El resto andaban escondidos. En cierta forma Juan representa a todo discípulo amado que es fiel al Señor en medio de los momentos más difíciles. El que en ese momento Cristo le entregue María a Juan como madre y, no se nos olvide, entregue Juan a María como hijo es una de esas cosas que, siguiendo el propio ejemplo de la virgen, hay que guardar en el corazón para meditar sobre ellas. Desde luego, como bien sabemos, nada está en la Biblia por casualidad. Algo quiso mostrar el Señor con ese gesto. Y lo hizo justo en el momento en que estaba ofreciéndose como sacrificio propiciatorio por nuestros pecados, así que sea lo que sea aquello que quiso mostrar con esa entrega de su madre, desde luego ha de ser muy importante.


Y para completar sus apariciones en momentos claves, la tenemos en Pentecostés. Recordemos que ella ya había sido llena del Espíritu Santo para poder concebir a Cristo en su seno. Su unión con el Espíritu Santo fue de tal magnitud que concibió al Hijo de Dios y debemos preguntarnos, ¿acaso no es eso lo que debe de ocurrir en la vida de los cristianos de manera que nuestra comunión con el Espíritu Santo haga que Cristo crezca en nosotros? Creo sinceramente que María es todo lo que la Iglesia ha de ser, todo lo que los cristianos hemos de ser. Si la Iglesia es santa y pura (a pesar de los pecados de sus miembros), María es santa y pura por la gracia de Dios. Si los cristianos hemos de ser esclavos del Señor, María se confiesa como la esclava de Dios. Si los cristianos hemos de ser bienaventurados, ella es la siempre bienaventurada. Y si los que guardamos los mandamientos de Dios somos las madres y los
hermanos de Cristo (Mateo 12,50), ella es madre, hermana e hija de Dios. Pero aún más. Ella es, según Apocalipsis 12,17, la madre de “los que guardan los mandamientos de Dios y tienen el testimonio de Jesucristo”.

 

Por eso, cuando hace no mucho una hermana me preguntaba "¿qué se están perdiendo los protestantes respecto a María?" le respondí: Podrías preguntárselo a Elisabet (Lucas 1,41-43): Y aconteció que cuando oyó Elisabet la salutación de María, la criatura saltó en su vientre; y Elisabet fue llena del Espíritu Santo, y exclamó a gran voz, y dijo: Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre. ¿Por qué se me concede esto a mí, que la madre de mi Señor venga a mí? Porque tan pronto como llegó la voz de tu salutación a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre.

 

Fíjate en varias cosas:

 

1- Es la voz de María la que hace saltar al pequeño Juan el bautista en el vientre de su propia madre. Es justo al oír esa voz cuando Elisabet fue llena del Espíritu Santo... interesante, ¿no?
2- Elisabet bendice, no en un tono suave sino a voz en grito, tanto a la Madre como al Hijo de la madre. Tanto a María como al fruto de su vientre que es Jesús.
3- Elisabet considera que es un don el que María venga a ella. María es, por tanto, un regalo de Dios. Eso es dicho por una mujer llena del Espíritu Santo.

 

Por eso, cuando preguntas qué es lo que se están perdiendo los protestantes tengo que responderte que se están perdiendo uno de los regalos más maravillosos que Dios puede dar a nadie quitando el de la propia salvación y la adopción como hijos suyos. María es un regalo de Dios a Elisabet cuando Cristo está en el seno de la Virgen. María es un regalo de Cristo al discípulo amado cuando está sufriendo en la cruz. Rechazar ese regalo porque algunos hayan hecho, supuestamente, un uso abusivo de él, me parece poco inteligente. Pero es que muchos están cegados y no son capaces de captar que la maternidad de María es un don de Dios para los creyentes. Y como todo don que viene de Él, nunca puede ser para perjuicio de su gloria o menoscabo de su divinidad sino todo lo contrario.

 

Bienaventurada seas María, Madre de nuestro Salvador y Madre nuestra, por los siglos de los siglos,

Salve, por ti resplandece la dicha;

Salve, por ti se eclipsa la pena.

Salve, levantas a Adán, el caído;

Salve, rescatas el llanto de Eva.

Salve, oh cima encumbrada a la mente del hombre;

Salve, abismo insondable a los ojos del ángel.

Salve, tú eres de veras el trono del Rey;

Salve, tú llevas en ti al que todo sostiene.

Salve, lucero que el Sol nos anuncia;

Salve, regazo del Dios que se encarna.

Salve, por ti la creación se renueva;

Salve, por ti el Creador nace niño.

Salve, ¡Virgen y Esposa!

 (Tomado del Himno Akathistos)

   

María, Inmaculada Concepción

 

En el Nuevo Testamento vemos que María es Madre de Dios y también que es la Kejaritomene –el término bíblico en griego para llena de gracia o agraciada-. La Iglesia ha llegado a entender que ella fue kejaritomene desde el mismo instante de su concepción. Y para llegar a entender eso ha tenido que meditar mucho sobre las implicaciones que había de tener para un ser creado, como María, el llegar a ser el Arca Santa que habría de contener la Encarnación del Verbo de Dios, el cual es el Creador Eterno. La gracia de Dios debía acompañar a esa criatura humana, María, para que fuera tan santa que la presencia divina en su seno no la consumiera por completo. Porque, no lo olvidemos, hasta que Cristo no nos abrió definitivamente el camino al Padre, toda relación entre la naturaleza humana y la divina estaba limitada por el muro del pecado. Si la simple contemplación de Dios podía traer la muerte de los hombres o, en el mejor de los casos, causaba un resplandor de gloria (2ª Cor 3,7; Exodo 34,29) en aquel que se aventuraba a contemplar siquiera las "espaldas del Señor" (Ex 33,23), ¿qué no podría ocurrir con una mujer que llevara en su propio seno al Señor Todopoderoso a la vez que estuviera corrupta por el pecado? ¿Cómo no habría el Señor de resguardar en santidad a esa mujer para que su naturaleza humana no se viera arrasada por la santidad del Verbo divino? ¿Cómo no concederla la gracia de verse libre del pecado, y por tanto salvada de él y sus consecuencias, para que de esa forma se convirtiera en el ser humano de quien Jesucristo tomó la naturaleza humana? Si Cristo había de ser sin pecado, ¿cómo habría de tomar su naturaleza humana de una mujer en pecado?

 

El dogma de la Inmaculada Concepción es un canto a la gracia de Dios en María. Pues es esa GRACIA, y no la propia naturaleza humana de la Virgen, quien la limpia de pecado, por los méritos de quien habría ser su Hijo, desde el mismo instante de su concepción.
La Iglesia da testimonio ya en el siglo II, a través de San Justino y San Ireneo, de que había recibido la enseñanza de que María era la Segunda Eva y era la madre de la nueva humanidad en Cristo Jesús. De esa enseñanza la Iglesia, con el paso de los siglos y tras no poca discusión, llegó al convencimiento de que María, por el significadísimo lugar que había de tener en el plan de salvación dispuesto por Dios, fue llena de gracia desde el primer instante de su creación. Dicha pureza, fruto de la gracia de Dios en ella, debió mantenerse intacta para la que su seno se convirtiera, cual nueva Arca de la Alianza, en receptáculo santo de la encarnación del Verbo de Dios. La unión tan íntima entre cualquier madre y el hijo que lleva en su seno es algo que sólo quien ha experimentado la maternidad puede contar. Pero en el caso de María y su hijo Jesús, esa unión no era una unión cualquiera. Era la unión entre una mujer, ser creado, y el Dios Eterno Creador de los cielos y la tierra. Y por ello, el Altísimo derramó de su gracia desde un primer momento sobre aquella bendita mujer, para que cuando llegara el momento de encarnarse en su seno, ella pudiera ofrecerle la santidad fruto de la gracia de Dios como receptáculo para su divinidad. Como la primera Eva, madre de todos los hombres, fue concebida sin pecado, así la Segunda Eva, madre de la nueva humanidad en Cristo, fue Igualmente concebida sin pecado. Así lo ha declarado la Iglesia de Cristo y así ha de ser aceptado por todos.

 

Amar, honrar, venerar y dar culto a María es la mejor forma de dar gracias a Dios por las maravillas que hizo en ella. Si Elisabet, llena del Espíritu Santo, exclamó que la visita de la Madre del Señor era un don para ella, ¿qué no exclamaremos nosotros?

 

San Juan el Bautista, como en su día hizo el rey David, danzó ante el Arca de la Alianza. Pero esta vez, el Arca contenía en su seno la Real Presencia Divina. Por voluntad del Padre, María nos dio a luz a la Luz del Mundo. Si hubiera habido tinieblas en ella, no podría haber dado a luz a la Luz. Cristo no podía tener comunión con las tinieblas en el seno de su madre. Por se se proveyó para Él un seno materno santo.

 

Para algunos esas verdades son motivo de escándalo. Para nosotros los católicos son motivo de alegría y regocijo.

 

Bendita tú fuiste, eres y serás, Madre, entre todas las mujeres y bendito fue, es y será, Aquél quien es fruto de tu santo seno.

Alégrate, llena de gracia, el Señor es contigo. Alégrate, ha dicho; a ti, en efecto, te corresponde la verdadera alegría, a ti que has merecido escuchar que eres la llena de gracia, puesto que contigo está el íntegro tesoro de la alegría, del gozo perfecto y de la gracia. El Rey está con la esclava; el más bello de los hijos de los hombres está con la más hermosa de las mujeres; el que santifica todas las cosas está con la doncella inmaculada. Contigo está el Creador del Universo; contigo está a fin de poder nacer de ti; contigo está en la concepción para ser por ti dado a luz; contigo está como Dios, para poder nacer de ti como Dios y hombre... Alégrate, pues, por siempre; alégrate, oh llena de gracia. Alégrate porque has recibido de la naturaleza un seno más amplio que los mismos cielos, desde el momento en que en tu seno has albergado a aquel que los cielos no pueden abarcar.  Alégrate, oh fuente de luz, que iluminas a todo hombre. Alégrate, oh aurora del sol que no conoce ocaso. Alégrate, depósito de la vida. Alégrate, jardín del Padre. Alégrate, prado del que emana toda la fragancia del Espíritu. Alégrate, raíz de todos los bienes, perla que supera todo valor. Alégrate, oh vid cargada de bellos racimos. Alégrate, oh nube de aquella lluvia que proporciona bebida a todas las almas de los santo. Alégrate, pozo del agua siempre viva. Alégrate, oh arbusto ardiente de fuego espiritual y que, sin embargo, no se consume. Alégrate, oh puerta sellada que se abre sólo para el Rey. Alégrate, oh monte del que, sin obra de manos, se desprende la piedra angular. Allá arriba está él con aquella naturaleza divina que se halla por encima de los querubines y que tiene su morada en el seno del Padre; aquí abajo permanece él, gracias a la naturaleza humana que yace en el pesebre y que es estrechada entre los brazos maternales. Éstos son un trono verdaderamente real, un trono glorioso, santo, único, digno de sostener en este mundo al Santo de los santos.

(Crísipo de Jerusalén, custodio de la Basílica del Santo Sepulcro, siglo V)

 

María, siempre virgen

 

Hay varios indicios en la Escritura que indican que María no tuvo más hijos. La interpretación tradicional de Lc 1,34 “¿Cómo sucederá esto, pues no conozco varón?” infiere de la respuesta de María que ella había concebido el propósito de permanecer siempre virgen. Dado que ella sabía cómo se conciben los niños y sabiendo que estaba desposada con José, ¿porqué habría de preguntar la manera en que quedaría embarazada a menos que tuviera intención de no mantener relaciones sexuales?

“Para comprender mejor el contexto en que madura la decisión de María, es preciso tener presente que, en el tiempo que precede inmediatamente el inicio de la era cristiana, en algunos ambientes judíos se comienza a manifestar una orientación positiva hacia la virginidad. Por ejemplo, los esenios, de los que se han encontrado numerosos e importantes testimonios históricos en Qumrán, vivía en el celibato o limitaban el uso del matrimonio, a causa de la vida común y para buscar una mayor intimidad con Dios. Además, en Egipto existía una comunidad de mujeres, que, siguiendo la espiritualidad esenia, vivían en continencia. Esas mujeres, las Terapeutas, pertenecientes a una secta descrita por Filón de Alejandría (cf. De vita contemplativa, 21-90), se dedicaban a la contemplación y buscaban la sabiduría. Tal vez María no conoció esos grupos religiosos judíos que seguían el ideal del celibato y de la virginidad. Pero el hecho de que Juan Bautista viviera probablemente una vida de celibato, y que la comunidad de sus discípulos la tuviera en gran estima, podría dar a entender que también el propósito de virginidad de María entraba en ese nuevo contexto cultural y religioso.” (Catequesis del Papa durante la audiencia del 24 de julio de 1996)

Otra evidencia está en lo ocurrido cuando Jesús se “perdió” en Jerusalén cuando contaba con doce años (Lc 2,41-52). María y José volvieron a la ciudad santa para buscarlo sin que parezca que tuvieran que preocuparse de tener que buscar a nadie que se ocupara de sus otros supuestos hijos. Por eso, cuando en la Biblia vemos que se nos habla de los “hermanos” de Jesús de manera que parece que al menos tuvo siete (Mt 13,55-56), parece lógico inferir que esos hermanos no eran hermanos carnales ya que no es sensato el creer que María y José no habían tenido más hijos cuando Jesús contaba con 12 años y después tuvieron esos siete. Por eso cuando nos encontramos con el término “hermanos de Jesús” debemos entender que eran parientes muy próximos pero no necesariamente hijos de María. No es imposible que fueran hijos de un anterior matrimonio de José y en cualquier caso no hay ningún versículo de la Biblia que afirme que dichos hermanos de Cristo fueran hijos naturales de María.

 

Otra evidencia la encontramos en el hecho de que a Jesús se le llama “hijo de María” (Mc 6,3) y no “uno de los hijos de María”. Sabemos que aunque todos los creyentes somos hijos de Dios, sólo Jesús es verdaderamente “el Hijo de Dios”. De Jesús no decimos que es “uno de los hijos de Dios” pues sabemos que su relación filiar con el Padre es única e irrepetible. Por tanto, si la Palabra de Dios dice que Él fue “el hijo de María” y no “uno de los hijos de María” habremos de entender que su condición de hijo de la Virgen era única y no igual a la de sus supuestos hermanos.

 

Aún más clara es la evidencia de lo ocurrido en la cruz. Jesús pide a Juan que cuide de su madre y desde entonces ella empezó a vivir con el apóstol. Si María, siendo ya viuda, hubiera tenido más hijos naturales lo lógico es que hubiera vivido en casa de alguno de ellos. Cristo sabía que Santiago, uno de los que se dice que era su hermano, llegaría a ser obispo de la Iglesia en Jerusalén, así que lo normal es que hubiera dejado que fuera el propio Santiago el que se ocupara de María ya que, en teoría, era madre de los dos. Además Santiago habría tenido la obligación de hacer tal cosa en caso de ser María su verdadera madre ya que la Ley de Moisés así lo pedía. Pero no, es a Juan a quien Cristo encarga de la custodia de su madre.

 

En definitiva, María se consagró a Dios como virgen, como virgen dio a luz al Hijo de Dios y como virgen siguió sirviendo a Dios.

Proclamemos pues, tal y como se dice en el Himno Akathistos, ¡¡Salve, Virgen y Esposa!!

Deseaba la Virgen

comprender el misterio

y al heraldo divino pregunta:

"¿Podrá dar a luz criatura

una Virgen? Responde, te ruego".

Reverente Gabriel contestaba,

y así le cantaba: 

Salve, tú guía al eterno consejo;

Salve, tú prenda de arcano misterio.

Salve, milagro primero de Cristo;

Salve, compendio de todos sus dogmas.

Salve, celeste escalera que Dios ha bajado;

Salve, oh puente que llevas los hombres al cielo.

Salve, de angélicos coros solemne portento;

Salve, de turba infernal lastimero flagelo.

 Salve, inefable, la Luz alumbraste;

Salve, a ninguno dijiste el secreto.

Salve, del docto rebasas la ciencia;

Salve, del fiel iluminas la mente.

Salve, ¡Virgen y Esposa!

(Del Himno Akathistos)

 

Asunción de María

 

EL Papa Pío XII, después de haber consultado oficialmente a todos los obispos del orbe sobre si la asunción corporal de María podía ser declarada dogma de fe y tras haber recibido la respuesta afirmativa de casi todos ellos proclamó dicho dogma el 1 de noviembre de 1950 a través de la constitución Munificentissimus Dei:

“.. la Inmaculada Madre de Dios y siempre Virgen María, después de terminar el curso de su vida terrenal, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo”

 María no fue la primera persona en ser asunta al cielo en cuerpo y alma. La Biblia señala al menos dos casos en que ocurrió lo mismo a otras personas. Son los casos de Enoc y Elías

 

Génesis 5,21-24

Vivió Enoc sesenta y cinco años, y engendró a Matusalén. Y caminó Enoc con Dios, después que engendró a Matusalén, trescientos años, y engendró hijos e hijas. Y fueron todos los días de Enoc trescientos sesenta y cinco años. Caminó, pues, Enoc con Dios, y desapareció, porque le llevó Dios.

Hebreos 11,5

Por la fe Enoc fue traspuesto para no ver muerte, y no fue hallado, porque lo traspuso Dios; y antes que fuese traspuesto, tuvo testimonio de haber agradado a Dios.

2ª Reyes 2,9-11

Cuando habían pasado, Elías dijo a Eliseo: Pide lo que quieras que haga por ti, antes que yo sea quitado de ti. Y dijo Eliseo: Te ruego que una doble porción de tu espíritu sea sobre mí. El le dijo: Cosa difícil has pedido. Si me vieres cuando fuere quitado de ti, te será hecho así; mas si no, no. Y aconteció que yendo ellos y hablando, he aquí un carro de fuego con caballos de fuego apartó a los dos; y Elías subió al cielo en un torbellino.

Aunque el dogma no especifica si María murió o no antes de ser asunta al cielo y por tanto se puede mantener ambas posturas, la Tradición está más a favor de que sí murió. De hecho, la Iglesia Ortodoxa celebra la Dormición de María en la que la virgen muere antes de ser resucitada y asunta al cielo. Pues bien, tampoco hay ausencia de evidencia bíblica a favor de esa posibilidad.

 

Mateo 27,51-53

Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; y la tierra tembló, y las rocas se partieron, y se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que habían dormido, se levantaron, y saliendo de los sepulcros, después de la resurrección de él, vinieron a la santa ciudad, y aparecieron a muchos.

Según la interpretación más probable de ese pasaje y que ya propusieron los padres más antiguos de la Iglesia, el “levantarse de los santos” fue una definitiva resurrección y glorificación. Por tanto, si algunos santos del Antiguo Testamento consiguieron la salvación completa, alma y cuerpo, inmediatamente después de realizada la obra de redención de Cristo, entonces es posible y probable que también le fuera concedida a la Madre de Dios.

 

Otras de las razones a favor del dogma son la interpretación de algunos pasajes tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. Por ejemplo, el Salmo 131,8 dice “Levántate, oh Yavé, al lugar de tu reposo. Tú y el arca de tu poder”. Y en Apocalipsis 11,19 leemos “Y el templo de Dios fue abierto en el cielo, y el arca de su pacto se veía en el templo. Y hubo relámpagos, voces, truenos, un terremoto y grande granizo.” La teología católica acepta que el arca de la Alianza, construida de materia incorruptible, es tipo del cuerpo incorruptible de María.

 

Igualmente es de reseñar que dada la doctrina católica sobre la perpetua virginidad de la Virgen así como su impecabilidad desde el mismo momento de su concepción, era de esperar que su cuerpo no viera la corrupción propia después de la muerte tal y como, por otra parte, aconteció con el propio Señor Jesucristo.

No es admisible que tú, el receptáculo de Dios, quedaras reducido al polvo, tal como los cadáveres que se descomponen. Ya que aquel que, estando en su seno, se anonadó, era Dios desde un principio y era la vida desde antes de los siglos, fue conveniente que la madre de la vida cohabitara con la vida, que su muerte viniera a ser como un sueño y que su tránsito fuera como un despertar. Así como un hijo desea y procura estar con su propia madre y una madre anhela habitar con su hijo, así fue del todo congruente que tú, que tienes un corazón lleno de amor al que es tu hijo y tu Dios, retornaras hacia Él y que Dios, que manifiesta hacia ti un afecto filial, te hiciera estar en su compañía y participar de su propia vida.

(San Germán de Constantinopla, Homilías sobre la Dormición, s VII-VIII)

 

María, Reina

 

Recibida en el cielo y puesta por encima de los coros angélicos y de todos los santos, María reina con su Divino Hijo. Los Padres de la Iglesia y la Liturgia la han aclamado como Señora, Soberana, Reina del cielo y del mundo.

 

Dios te salve, Reina y Madre de Misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra. Dios te salve. A ti llamamos, los desterrados hijos de Eva; a ti suspiramos, gimiendo y llorando en este valle de lágrimas. Ea, pues, Señora, abogada nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos, y después de este destierro muéstranos a Jesús, fruto de tu bendito vientre. Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María.

¡Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios!

 

Luis Fernando Pérez

 

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