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Ludwig von Pastor
Historia de los Papas
LEÓN X (1513-1521)

 INTRODUCCIÓN
 (pp. 37-44)

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Julio II, el más belicoso de los papas de la época del Renacimiento, había procurado a la Santa Sede, por medio del restablecimiento o nueva fundación del Estado de la Iglesia, un firme cimiento material; y al propio tiempo había elevado a un punto hasta entonces inasequible, por medio de su magnánima protección a las artes, la posición directiva de sus predecesores en el terreno de la cultura. Con la convocación del Concilio de Letrán, disponíase el Mecenas de Bramante, Rafael y Miguel Ángel, a  acometer asimismo el más extenso y difícil cometido de aquellos días: es a saber, la reforma eclesiástica; cuando la muerte puso fin a su actividad.

Por sucesor del papa Róvere, fue elegido un vástago de la Casa de los Médici, en quien se reflejaban como en pocos otros, así los lados buenos como los malos de la cultura del Renacimiento. Como legítimo hijo de su pueblo y de su época, juntó en León X, con extraña mezcla, gloriosas y lamentables cualidades. Siendo hasta la médula de los huesos Médici, tipo del florentino de entonces, fue un político por extremo hábil, poco escrupuloso, e incansablemente activo, y al propio tiempo un aficionado extremadamente liberal y venerador de las ciencias, de las artes y de la música; pero con todo eso, le faltaron con sobrada frecuencia el ánimo, la grandeza y la profundidad de su predecesor.

 León X continuó el Concilio de Letrán, en el que se dictaron multitud de saludables determinaciones para la reforma; pero no era el hijo de Lorenzo el Magnífico el hombre a propósito para ponerlas por obra; y sin embargo, ¡ninguna otra cosa hubiera sido entonces más apremiante!

Desde hacía un siglo y más, resonaban en todos los países de Europa los más enérgicos clamores, pidiendo la reforma de la Iglesia en su cabeza y en sus miembros; y aunque algunos de estos conatos no nacían de puras intenciones, y otros tomaron caminos falsos e ilegales; es no obstante innegable, que numerosos varones excelentes se esforzaron, por los más honestos motivos y de una manera legítima, en procurar la supresión de los abusos introducidos en la vida eclesiástica y en la administración de la Iglesia. Lo que éstos consiguieron, resultó, a la verdad, muy inferior a las esperanzas y a las necesidades de la época; por lo cual, incesantemente levantaban la voz piadosos eclesiásticos inspirados por Dios, religiosos, y legos de las más diversas regiones, solicitando el remedio de los numerosos males. De nuevo se ponía mano, por muchas maneras, a la difícil empresa; pero, sin embargo, no se obtenían resultados eficaces. Aun algunos conatos de reforma, muy gravemente pensados, quedaron reducidos a muy reducida esfera de acción, sofocados por la presión de la universal decadencia de la eclesiástica disciplina, no siendo la causa menor el influjo contrario que ejercía el ejemplo de la Corte romana.

En los comienzos del nuevo siglo, a la parte de acá y de allá de los Alpes, en tratados, cartas, poemas, sátiras y profecías, resonó cada vez más enérgicamente la acusación contra el espíritu mundano del clero, y principalmente, contra la corrupción de la Curia romana. A algunos, la antigua Iglesia les parecía ya tan caduca como el Sacro Imperio Romano-Germánico; y no pocos vaticinaban la ruina de estos dos firmes cimientos del orden social de la Edad Media.[1] Cada vez se manifestaban más amenazadoras las señales del tiempo; y cuando subió al trono el Papa Médici, no podía ocultarse al observador atento, que se estaba formando contra la Iglesia una grave tormenta.

Era, pues, una dura prueba, la que permitió Dios viniera sobre la Cristiandad, con la ascensión a la silla de San Pedro, en un momento tan lleno de peligros, de un hombre cuyas fuerzas no eran proporcionadas a las gravísimas incumbencias de su elevado cargo, y que, en gran parte, ni siquiera las conocía. León X miraba descuidado hacia lo porvenir, con un optimismo sin ejemplo; y se engañó completamente, tomando como cosa de juego la gravedad de la situación. No pensó en una reforma en grande escala, cual hubiera sido necesaria; y después que vio el éxito deslumbrador alcanzado, en la conclusión del concordato con Francia, se entregó más que nunca al sentimiento de una plena seguridad respecto de las ideas dominantes en los países del otro lado de los Alpes.

Aun de amonestaciones tan graves como las que hizo Aleander respecto de Alemania, en 1516, no hizo caso el Papa;[2] y no pasó de algunas tentativas exteriores y hechas a medias, para poner en práctica las saludables disposiciones del Concilio de Letrán. De esta suerte, la Curia romana, que desde mucho tiempo antes había caído en descrédito por muchos conceptos, y se había hecho objeto de sátiras acerbas, continuó en su estado de extremo aseglaramiento. Mientras eran cada día más extensos los círculos donde se escarnecía su codicia de dinero, había que lamentar al propio tiempo los indignos e inmorales manejos de muchas personas altas y bajas de la Corte romana, los cuales el Jefe supremo de la Iglesia no podía o no quería reprimir. Los negocios políticos, y ante todo la solicitud por la conservación del Estado de la Iglesia, que se hallaba íntimamente enlazada con la independencia de la Santa Sede, reclamaron en proporción creciente la atención de León X; y los asuntos eclesiásticos fueron, por efecto de esto, relegados a segundo término, de una manera inconveniente, y aun subordinados con frecuencia a los políticos.  A la aproximación de las grandes catástrofes, parece preceder las más de las veces un sombrío presentimiento de lo porvenir; y así, también entonces se multiplicaban los tristes vaticinios y graves amonestaciones. Poco antes de la terminación del Concilio de Letrán, el noble Gianfrancesco Pico de la Mirándola, entregó al Papa y a la Asamblea eclesiástica un discurso que ha alcanzado celebridad, acerca de la reforma de las costumbres.[3] Ninguna cosa hace sentir más dolorosamente, cuánto había que hacer entonces en esta materia de reformación, que aquella descripción desoladora, trazada por la mano de un seglar intrépido y de grande erudición científica. Pico de la Mirándola disculpa su intromisión en este asunto, diciendo haberse hablado mucho hasta entonces sobre la promulgación de leyes; pero muy poco sobre su observancia; a pesar de lo cual, ninguna otra cosa era más urgente. En prueba de ello describe, en contrapuestas antítesis retóricas, y con los más negros colores, la grandeza de la corrupción que se había introducido en la Iglesia. Acentúa, de la manera más apremiante, la obligación que tiene el Papa de poner fin a los escandalosos abusos en los negocios eclesiásticos; y por modo de aviso, añade al final: «Si León X deja por más tiempo impunes los delitos, y se niega a curar las llagas, es de temer que el mismo Dios, no ya con el trueno, sino con el fuego y la espada, cortará y esparcirá los miembros dañados.»

¡Antes de que terminara el año, había de cumplirse este vaticinio de Casandra!

Temido y presentido por muchos, estalló el acaecimiento de más graves consecuencias de la Historia moderna: la gran escisión religiosa de la Cristiandad occidental. Era un castigo de Dios para todos, y no en último lugar, para el jefe supremo de la Iglesia, entregado a los planes políticos y a los placeres mundanos; de quien escribe un canónigo fielmente adicto a la Santa Sede, el sienés Segismundo Tizio: «Muchos eran de parecer, que andaban mal las cosas de la Iglesia, porque la Cabeza de ella se entregaba a las cantinelas, músicas, cacerías e insensateces de hombres dementes, cuando hubiera sido necesario entrar en sí y compadecerse de las calamidades de sus ovejas y llorar por ellas. Así pues, la sal ha perdido su fuerza, y no resta ya otra cosa, sino que sea arrojada a fuera y pisoteada por los hombres».[4]

No se ocultó en manera alguna a León X, el peligro del movimiento antipapal que había estallado en Alemania; pero profundamente enredado en negocios políticos, y sumergido, en su conducta particular, en el tumulto de la vida mundana y de los placeres estéticos, el Papa Médici, que había ido perdiendo de vista cada día más su propio cometido, no era absolutamente el hombre apropiado para oponerse con energía al huracán que se desencadenaba. Ni conoció toda la gravedad de la situación, ni las más hondas causas de la apostasía de los que se alejaban de Roma; y no echó de ver que, sólo una eficaz reforma de la cabeza y los miembros, podía oponer un poderoso dique a aquel movimiento largo tiempo preparado. De esta suerte, faltóle a la Iglesia católica el adecuado guía, al acercarse una de las más graves crisis que había sufrido en su historia de quince siglos. En lugar del Papa Médici, hubiera necesitado la Iglesia un Gregorio VII.

El sucesor de León X, el noble Adriano VI, último Pontífice de origen alemán, comprendió lo único que era necesario; y el reinado, por desgracia demasiadamente breve, de este egregio varón, abundó en medidas encaminadas a una radical y decidida reforma en casi todos los dominios de la vida eclesiástica. Pero el sobrio y austero profesor de los Países Bajos, no entendió la índole, totalmente diversa, de los italianos, ni éstos le comprendieron a él; y nunca fue más que un extranjero en el suelo romano. Así, al paso que despertó, en las personas que estaban mas cerca de él, una fuerte antipatía nacional; se acarreó al propio tiempo innumerables enemigos, a consecuencia de sus decididas reformas. Por lo cual, su muerte fue saludada por los romanos, casi como un acontecimiento dichoso.

Mas si, como es fácil de comprender, no logró Adriano VI, a pesar de las mejores intenciones, claro conocimiento y leales esfuerzos, remediar, en un reinado de año y medio, aquellos graves males que se habían ido amontonando durante tantos siglos; cábele, sin embargo, la inmarcesible gloria de haber sido el primero que, con ánimo heroico, puso el dedo en la llaga, y marcó el camino para lo porvenir.

Siguióle de nuevo otro Papa Médici; y pocas veces fueron más completamente defraudadas esperanzas tan grandes, como las que se habían concebido acerca de Clemente VII. A pesar de muchas cualidades buenas (pues era moderado, abstinente, piadoso y amigo de la literatura y de las artes), su pontificado fue uno de los más infelices que refiere la Historia. La principal causa de ello hase de señalar, por ventura, en la increíble irresolución y espíritu desalentado de Clemente VII, el cual perdió luego el ánimo y soltó el timón. Donde un espíritu regio y lleno de osada resolución y poderosa energía, como Julio II, hubiera podido pensar, con esperanzas de éxito, en tomar la dirección de los Estados italianos, en la guerra por su independencia contra el dominador extranjero, y sacar al Pontificado del cerco con que le tenia ceñido la prepotencia de los españoles; hubo de fracasar un calculador irresoluto, pusilánime y de angustiado corazón, como Clemente VII. «Con maravillosa fortuna, escribe Guicciardini, se había encumbrado este varón al trono pontificio. Pero luego que hubo alcanzado la cumbre, el disfavor de la suerte fue mucho mayor para él que habían sido sus favores. Porque ¿qué fortuna puede contrapesar a la afrenta de su cautiverio, el miserable saqueo de Roma y la desgracia de haber acarreado la ruina de su patria?»[5]

¡El historiador florentino no menciona en esta enumeración la mayor de las desdichas! Mientras Clemente VII peleaba por la libertad de Italia y de la Santa Sede, con tan adversa fortuna, que el resultado fue sellar su dependencia del poderío español; la apostasía de Roma tornaba en el Norte una extensión espantosa. ¡Al morir Clemente, casi una tercera parte de Europa había quebrantado el antiguo y sagrado lazo de la católica fe, que hasta entonces, a pesar de todas las luchas políticas, nacionales y sociales, había mantenido unida la familia de los pueblos cristianos!

La unidad religiosa de la Iglesia occidental estaba rota; el grande y beneficioso influjo de Roma en la cultura, quedaba aniquilado para una importante porción de Europa; e imposibilitado el movimiento de común defensa contra el enemigo hereditario de la católica fe y de la civilización cristiana.

Ni el primero ni el segundo de los papas Médici se hallaron, frente a la grande apostasía de Roma, en estado de satisfacer a su principal cometido, que consistía, ante toda cosa, en emplear todas las fuerzas en la reforma eclesiástica, posponiendo cuales quiera respetos mundanos o dinásticos. Ambos fueron con harta frecuencia infieles a sus obligaciones pastorales, embargados por empresas políticas, o cuestiones de dominación y poderío; ninguno de los dos conoció las profundas raíces del daño, y por esta causa erraron muchas veces en la elección de los medios para remediarlo.

¡Inútilmente resonó el clamor de auxilio y salvamento de la corrupción! Por lo cual se frustraron una en pos de otra todas las esperanzas de mejoramiento. La tristeza y el dolor se apoderó de los mejores, a quienes se imponía el pensamiento, de cómo la Divina Providencia había permitido que la iglesia se viera envuelta en tales laberintos; y en los conmovedores lamentos sobre las calamidades de la época y la desolación producida por la intrusión en la Iglesia del espíritu mundano, se mezclaba un iracundo enojo contra los supremos Pastores, que tan mal satisfacían a su vocación llena de responsabilidades. ¡A muchos les parecía que estaba ya todo perdido!

¡Mas entonces precisamente se acercaba el auxilio! Como en tiempo de Gregorio VII, salió también esta vez la salvación de las entrañas mismas de la Iglesia. Desfigurada por los más graves abusos, combatida y aprisionada por enemigos llenos de odio, dio una nueva prueba de que no había muerto en ella el elemento divino de su vida.

Mientras casi todo el Norte y gran parte del Centro de Europa rompían los lazos de la reverencia y autoridad, que por tantos siglos había ligado aquellos países con la Santa Sede, y abrazaban nuevas doctrinas religiosas; en el Sud de Europa surgían hombres llenos del Espíritu de Dios, los cuales, manteniéndose firmemente adheridos al tesoro de la antigua fe y a la obediencia de la legítima autoridad eclesiástica, trabajaron con celo ardiente e incansable energía en la propia santificación, y al mismo tiempo en una general y radical reforma y renovación de toda la vida eclesiástica. El programa de esta católica reforma lo había compendiado sencilla y claramente Egidio Canisio de Viterbo, en la apertura del Concilio de Letrán, con estas palabras de exhortación y amonestación: «Los hombres son los que han de ser trocados por la religión, no la religión por los hombres».[6]

A la manera que en el siglo XI los Cluniacenses, en el XII los Cistercienses, y en el XIII los Franciscanos y Dominicos, reavivándolo y encendiéndolo todo, desplegaron, como verdaderos reformadores, una maravillosa actividad y eficacia; así también ahora recogían sus fuerzas los más nobles espíritus para trabajar en la perfección y renovación de la Iglesia. Ya en los últimos tiempos de León X se había formado en Roma el «Oratorio del Divino amor»; en  tiempo de Clemente VII creció esta asociación, y el saqueo de Roma por las tropas imperiales en 1527, fue causa de que sus miembros se esparcieran por una gran parte de Italia. La tremenda catástrofe que descargó sobre la capital del mundo cristiano, puso fin a la Roma del Renacimiento, y a muchos de los contemporáneos pareció con razón un castigo del cielo; mas para muchos fue ocasión asimismo para la conversión y la enmienda. Fueron de grande importancia las nuevas Órdenes religiosas nacidas bajo el segundo Papa Médici; las cuales, acomodándose a las necesidades de la época, perseguían fines principalmente prácticos: los Teatinos, los Capuchinos, los Barnabitas, la Congregación de Somasca, y finalmente, como el más eficaz instrumento de la reforma y restauración católica, la Compañía de Jesús.

¡Santos, apóstoles, héroes, habían de levantarse, para inaugurar con su conducta una nueva era, regenerar la Iglesia y resolver el problema vital del siglo: la reforma eclesiástica!

Como tantas otras cosas de positiva grandeza, así también la reforma católica del siglo XVI, nació de pequeños e insignificantes principios. Creció calladamente, se fue introduciendo lentamente en la Curia, y por fin se apoderó también de los varones revestidos de la dignidad pontificia; y luego que hubo alcanzado esto, penetró victoriosamente en círculos cada vez más extensos, reconquistando una parte de lo perdido, y purificando y ennobleciendo a los que hablan permanecido fieles.

 

Notas

[1] Cf. Rohr, Die Prophetie im letzten Jahrhundert vor der Reformation, en el Histor. Jahrb. XIX, 447 s. [547 s.].

[2] Aleander hace memoria de ellos en su carta de 27 de Febrero de 1521, la cual se halla en Balan, Mon. ref. n. 31, p. 74.

[3] Ad Leonem X. P. M. et Concil. Lateran. I. Fr. Pici Mirandulae domini de reformandis moribus oratio, presentada al Papa por la primavera de 1517 (v. las cartas de Pico a Pirkheimer en Freytag, Vir. doct. epist. ad Pirkheyme­rum‚ Leipzig, 1831, 8; cf. Hefele-Hergenröther, VIII, 723, u. 1); se halla muchas veces manuscrita (v. gr. Cod. X, VI, 22, n. 58 de la Biblioteca Casanatense de Roma); en 1520 se imprimió en Hagenau y más tarde todavía otras muchas veces se halla también en Roscoe-Bossi, VIII, 105 s.

[4] Male igitur cum ecclesia esse actum multi arbitrabantur, cum ecclesiae caput cantilenis, musicis, venationibus et delusionibus vacet hominum demen­tium, cum sapere virum oporteret et suarum ovium calamitatibus miserescere et illacrymari. Sal igitur infirmatum est nec restat aliquid ulterius nisi ut foras mittatur et ab hominibus conculcetur. Tizio, Hist, Senen. en el Cod. G. II, 37, f. 325 de la Bibl. Chigi de Roma.

[5] Guicciardini, XX, 2.

[6] Hardouin, IX, 1576.