|
Ludwig von Pastor
CAPÍTULO VIII: |
1
Cuando a principios del año 1518, por comunicación del arzobispo de Maguncia, fueron conocidas en Roma las nuevas doctrinas propuestas por Lutero, procedió enseguida León X a tomar contra ellas las medidas correspondientes [1]. A 3 de Febrero mandó a Gabriel della Volta, nombrado Vicario General de los Eremitas agustinianos, que procurase, así por cartas como por negociadores sabios y justos, hacer desistir a Lutero de seguir difundiendo sus nuevas doctrinas; que si esto se obtenía pronto, era de esperar no sería muy difícil sofocar el fuego recientemente encendido; pero que, si se difería mucho tiempo, era de temer que luego ningún medio sería suficiente para extinguir el incendio [2].
Esta tentativa de contener y mover al arrepentimiento, por el camino de la disciplina regular, al profesor ávido de novedades [3], se estrelló contra su decidida resistencia. A 30 de Mayo procuró Lutero justificarse con el Papa por medio de un escrito particular, cuidadosamente trabajado: las «Resoluciones acerca de la fuerza de las indulgencias», el cual fue enviado a Roma por su superior religioso Staupitz; pero en la carta, en apariencia humilde, con que se dirigía a León X, rehusaba Lutero toda retractación [4].
Con razón hubo de temer ahora Lutero, que la Sede Apostólica procedería contra él con más energía que hasta entonces; y para prevenirse, pronunció, a mediados de Mayo, un sermón sobre el valor de la excomunión. En él tomó pie del abuso, por entonces justa y generalmente lamentado, que hacían de las censuras eclesiásticas, principalmente algunos funcionarios eclesiásticos subordinados; pero luego estableció, en cruda oposición con la doctrina católica, como nuevo principio religioso: que la comunidad esencial de la Iglesia no era visible sino invisible, de la cual no podían los fieles ser excluidos por la excomunión, sino sólo por el pecado [5]. «Todos se maravillan, escribía por entonces Lutero a un su amigo, diciendo que jamás habían oído cosa semejante; a la verdad, cualquiera daño que pueda amenazarnos para lo porvenir, esperamos todos que se ha encendido un fuego nuevo; pero de esta manera, la palabra de la verdad se convierte en un signo al cual se hará contradicción» [6].
Un mes más tarde se introdujo en Roma el proceso canónico contra Lutero. Aun cuando ya en Marzo de 1518, los vigilantes dominicos, compañeros de hábito de Tetzel, habían llamado de nuevo la atención de la Curia hacia los peligrosos manejos del heresiarca, se esperó todavía hasta mitad de Junio; esto es, hasta que llegó su escrito de 30 de Mayo, en donde rehusaba toda retractación. Entonces finalmente, entabló el Procurador Fiscal pontificio, Mario de Perusco, una acusación formal contra el profesor de Wittenberg, como sospechoso de esparcir errores contra la fe; y León X encomendó la inquisición preliminar del caso al Auditor general de los asuntos procesales de la Cámara Apostólica, Jerónimo Ghinucci, obispo de Ascoli [7]. El erudito Maestro del Sacro Palacio, Silvestre Mazzolini, a quien más comúnmente se llamaba Prierias, por el lugar de su nacimiento [8], debía redactar un dictamen teológico sobre las cuestiones pendientes. Prierias, que pertenecía a la Orden de Santo Domingo, era riguroso seguidor de Santo Tomás de Aquino, y el carácter antitomístico de las tesis de Lutero le movió a una vehemente contradicción. Luego que por primera vez se habían conocido las proposiciones del profesor de Wittenberg, Prierias, que por su cargo de Maestro del Sacro Palacio, era inspector superior de la bibliografía teológica, se había ocupado profundamente en las nuevas explicaciones; por lo cual, no le fue difícil componer en breve tiempo el dictamen apetecido, el cual se publicó en seguida, con una dedicatoria a León X [9]. El título de «Diálogo» que lleva este escrito, redactado en mal latín, se explica, por su forma; pues en él se van proponiendo por su orden las tesis de Lutero, y a cada una se hace seguir la contradicción de Prierias. Para la justa apreciación del trabajo de éste no se debe olvidar que, como él mismo declara en la dedicatoria al Papa y en la dirección a Lutero, no pretendía, en esta primera escaramuza con el profesor de Wittenberg, refutar por extenso las tesis del mismo; pues mientras Lutero no expresara sus fundamentos, sino se contentara con proponer simplemente sus proposiciones sin fundamentarlas de un modo científico, también él por su parte conténtabase con oponer a aquellas falsas afirmaciones las antítesis en que, conforme a su juicio, se contiene la verdad; pero que, para el caso en que Lutero supliera lo que se echaba de menos, o intentara refutarle, se resolvería a volver a la liza con una obra extensa. Y para no incurrir en la misma falta que reprende en su adversario, hace Prierias preceder a la prueba de cada una de sus proposiciones cuatro tesis principales (Fundamenta) en que se contienen sus propios presupuestos, y se refieren a la Iglesia y a la plenitud de potestad del Papa como cabeza de ella, a la infalibilidad de la Iglesia, del concilio universal y del Papa, en las resoluciones doctrinales en materia de fe y de costumbres, como asimismo al carácter herético de la rebelión contra las doctrinas de la Iglesia expresamente definidas o que constare ser tales. Luego se sostiene la autoridad doctrinal infalible de la Iglesia acerca de la doctrina de las indulgencias en toda su extensión, y sobre esta base se critican los ataques de Lutero contra ellas. Que Prierias, al paso que hizo muchas buenas observaciones contra algunas afirmaciones de Lutero [10], se dejó arrastrar, contagiado por el lenguaje decisivo de éste, a algunas exageraciones en su defensa, es indudable. Sin duda se debe lamentar que se permitiera Prierias ciertos ataques personales, que acá y allá se escapan al autor; pero los defensores de Lutero no tienen especial razón para quejarse de estos excesos de sus adversarios; y sería desconocer el carácter de Lutero y su interno disentimiento de muchas proposiciones dogmáticas de la Iglesia, que ya por entonces se había consumado, el querer suponer que una contestación a sus ataques más modesta y llena de miramientos, hubiera podido obtener con él mejor éxito que la contradicción decidida [11].
A principio de Julio de 1518 expidieron Jerónimo Ghinucci y Prierias la citación oficial a Lutero, por la que se le emplazaba para que, en el término de 60 días, compareciera en Roma personalmente para responder a las acusaciones de herejía y menosprecio de la autoridad pontificia; so pena, en otro caso, de incurrir en graves censuras eclesiásticas [12]. La citación y el escrito de Prierias fueron enviados a Augsburgo al cardenal Cayetano, y a principio de Agosto llegaron a manos del profesor de Wittenberg, quien se dispuso inmediatamente a componer una réplica. A fines de Agosto estaba ya impresa esta contestación al «Diálogo» de Prierias [13]. El escrito que Lutero, para sobrepujar todavía a su contrario, pretendió haber redactado en dos días, está lleno de menosprecio y desestima de su adversario, como italiano y como tomista. Cuanto éste dice, nada vale en su concepto, y con el mismo menosprecio rechaza también la autoridad de Santo Tomás. Según su declaración, no reconoce como infalibles sino los libros canónicos, al paso que declara sujetos a error tanto al Papa como a los concilios. A pesar de esto sostiene con firmeza, que la Iglesia romana ha conservado siempre la verdadera fe, y es necesario para todos los cristianos estar de acuerdo con sus dogmas [14]. Entretanto rechaza toda autoridad que pudiera prohibirle difundir sus propias opiniones acerca de las indulgencias, mientras no se le presente «una resolución de la Iglesia o de un Concilio». Pero aun dado caso que existiera semejante resolución, no habla en sentido de hallarse dispuesto a someter en ella su opinión privada, como quiera que ya niega al propio tiempo la infalibilidad del Concilio y del Papa; más bien confía que la Iglesia, representada en un Concilio, estaría de acuerdo con él [15].
Luego que Lutero hubo recibido la citación que le llamaba a Roma, escribió en seguida a Spalatín, amigo suyo y capellán de corte de su Príncipe elector, indicándole que tocaba a su soberano territorial defender «la honra de la Universidad de Wittenberg, a la cual, en su persona, atacaban maliciosa y astutamente sus asesinos». Contra la «abominable citación, con sus instrumentos viperinos y cosas monstruosas», debía el príncipe elector Federico de Sajonia, que se hallaba entonces en la dieta de Augsburgo, obtener del Papa, por medio del Emperador, que su causa fuera examinada en Alemania por comisarios imparciales. En el mismo sentido escribió también Lutero a su soberano temporal, harto solícito por la fama de su Universidad [16]. A la verdad, Maximiliano I no se inclinaba a entrar por este camino; pues por influjo de los cardenales Cayetano y Lang, y al propio tiempo, con la esperanza de ganarse al Papa para la elección de su nieto Carlos por Rey de Romanos, había el Emperador dirigido desde Augsburgo un escrito importante a León X, a 5 de Agosto de 1518. En dicho documento declaraba, que las novedades introducidas por Lutero pondrían en peligro la unidad de la fe, si no se las contrarrestaba seriamente; y que pronto se verían puestas, en lugar de las tradicionales verdades de salvación, las opiniones privadas; que él, el Emperador, estaba dispuesto a cuidar de que, todo aquello que el Papa quisiera hacer contra aquellas temerarias disputas y capciosas demostraciones, fuera exactamente cumplido en el Imperio, para gloria de Dios y salud de los fieles [17].
Esta declaración del Emperador, tan llena de promesas [18], movió verosímilmente a la Curia a emprender, aun antes de que hubiese transcurrido el término de sesenta días propuesto en la citación, otro procedimiento en que se manifestaba mayor energía; lo cual se señaló por el importante breve de 23 de Agosto de 1518, dirigido al sabio dominico cardenal Cayetano [19], que había sido enviado como legado a la dieta de Augsburgo, con motivo de la cuestión de los turcos. Como entretanto se hubieran conocido en Roma nuevos cargos contra Lutero, y éste hubiese publicado todavía otras herejías y errores en nuevas tesis y escritos, envióse a Cayetano el mandato (por cuanto Lutero había sido ya declarado hereje por Ghinucci, y el caso era notorio) [20], de citarle ante sí personalmente lo más pronto posible, y forzarle a comparecer, con auxilio del Emperador y de las autoridades así eclesiásticas como seculares. Si Lutero se presentara voluntariamente y se retractara con arrepentimiento, debía ser recibido en gracia; pero si no se presentaba libremente, antes era menester que fuese entregado, o si se negaba a retractarse, debía el cardenal prenderle y enviarle para ser allí presentado al Papa y a la Sede Apostólica. Y si, por el contrario, burlando Lutero el brazo secular, no viniera, al poder del Legado; esto es, si se substraía a las tentativas de las autoridades seculares para entregarlo, y consiguientemente no llegaba a comparecer ante el Legado, debía Cayetano, en primer lugar, tener poderes para declararle a él y a sus partidarios, con públicos edictos, como proscritos y condenados por herejes; y en segundo lugar, para exigir de todas las autoridades temporales y eclesiásticas, excepto del Emperador, en virtud de la potestad pontificia y so pena de excomunión latae sententiae y de otras penas, que prendieran a Lutero y le entregaran. Si alguna de dichas autoridades diera a Lutero o a cualquiera de sus partidarios de cualquiera manera, asilo, consejo, ayuda y favor, sus dominios, donde quiera que Lutero se hallase, debían ser puestos en interdicto. Estos mandatos, especialmente también los mandata requisitionis de Cayetano, debían ser ejecutados sin excusa e inmediatamente por las autoridades; y a los que obedecieran, se les prometían recompensas conforme a la apreciación del legado [21].
El enérgico proceder contra Lutero, que se descubre en este breve, se motiva con lo notorio e indisculpable de su conducta. Apreciando totalmente la gravedad de la situación, se habían resuelto en Roma a emplear todos los medios que a su disposición tenían para contrarrestar el peligroso movimiento; y como se poseía la seguridad del apoyo de Maximiliano, podíase fundadamente esperar, mientras el anciano Emperador viviese, que se llegaría pronto al término apetecido.
Simultáneamente con el breve a Cayetano de 23 de Agosto de 1518, se expidió también un escrito del Papa al Príncipe elector de Sajonia, en el cual se requiere a éste para que contribuya que Lutero, que esparcía las más perniciosas herejías, fuera puesto a disposición del Legado [22]. La entrega de este breve dio lugar a detenidas negociaciones personales entre el Cardenal legado y el Príncipe elector. Federico se negó resueltamente a enviar a Roma a Lutero, y en vez de esto solicitó que el asunto fuera examinado por jueces imparciales, en Alemania. Cayetano no podía acceder a ello; pero se declaró dispuesto, en caso de que Lutero compareciese ante él en Augsburgo, a tratarle con paternal benignidad. El Príncipe elector consideró este expediente intermedio como una importante concesión; pero, según se entendió más adelante, dando a la expresión «paternal benignidad» un sentido enteramente distinto que el cardenal [23].
Si realmente Cayetano, en el ulterior decurso de las negociaciones, prometió—como el Príncipe elector lo requería—enviar en gracia a Lutero y no forzarle a retractarse, obró en esto en contradicción con sus instrucciones. Pero procuró prevenirse, «para el caso que Lutero no se retractara, y él hubiera de dejarle retirarse por de pronto a los dominios del Príncipe elector, obteniendo de Federico la promesa, de no exponerse, favoreciendo a Lutero de una manera inconciliable con el juicio de la Iglesia, a las penas eclesiásticas con que se amenazaba en el breve de 23 de Agosto. Y así rogó al Príncipe elector que no quisiera, por causa de un miserable fraile, manchar con tal afrenta la gloria de sus progenitores; lo cual le prometió el príncipe repetidamente. Con ello creyó haberse asegurado la entrega de Lutero, para el caso en que fuese condenado definitivamente»; pero sus cuentas fallaron, porque Federico entendía de muy diferente manera la conservación de la gloria de su Casa. Desde el principio parece haber sido su resolución, no considerarse como obligado a proceder contra Lutero, sino en el caso de que éste fuera suficientemente refutado. El que Cayetano fuese tan allá en su complacencia con la astuta política del Príncipe elector, se explica del modo más sencillo, por la convicción de su teológica superioridad, en virtud de la cual pensaba poder hallar una conciliación científica a la que tuviera que acomodarse el adversario [24]. Como verdadero sabio de gabinete, y poco experimentado en las intrigas mundanas, no se hallaba el cardenal en condiciones para tratar con un tan astuto político como Federico.
León X, por miramiento a la excitación de los ánimos en Alemania, y teniendo en cuenta la importancia del Príncipe elector de Sajonia en el asunto de la elección de Rey de Romanos, admitió en conjunto lo convenido con Federico por su Legado; y dejó a cargo de éste solo el atrevimiento de haberse excedido de sus instrucciones. En un breve de 11 de Septiembre, se dio a Cayetano la peligrosa facultad de examinar y resolver en Augsburgo la causa de Lutero [25].
Este, animado por su soberano territorial y provisto de recomendaciones, se resolvió, pues, a emprender el viaje a Augsburgo, a donde llegó a 7 de Octubre. Tres veces compareció allí, prudentemente armado de un salvoconducto imperial, en los días 12, 13 y 14 de Octubre, delante del cardenal legado, el cual había estudiado muy detenidamente las cuestiones que se controvertían.
Cayetano recibió desde el principio a Lutero, como éste confiesa en sus propias cartas y relaciones [26], con benignidad y amigablemente, y le declaró, que no le había llamado como juez; bien que, en el decurso de la conferencia, no pudo siempre ser dueño de su irritación contra la tenacidad del heresiarca. El cardenal exigió a éste, en nombre del Papa, que tomara un partido mejor y se retractara de sus errores, prometiendo no volverlos a defender, y dejar en lo porvenir todas las opiniones contrarias a la autoridad de la Iglesia romana. En particular debía retractarse de la tesis 58 que niega, que los méritos de Cristo y de sus Santos constituyan el tesoro de la Iglesia; y la proposición de las «Resoluciones»: que la saludable recepción de los sacramentos está condicionada sólo por la fe del que los recibe. Lutero quiso comenzar una larga disputa científica con el cardenal; pero éste, conforme a sus instrucciones [27], no le dejó entrar en ella, e interrumpió su primera entrevista con una paternal exhortación a que renunciara a sus errores. A la segunda conferencia celebrada el día siguiente, fue Lutero acompañado de Staupitz, que entretanto había llegado; llevó también consigo un notario y varios testigos, hizo que el primero leyera la siguiente declaración: «Cuanto él podía acordarse, nunca había enseñado cosa alguna contra la Sagrada Escritura, la doctrina de la Iglesia, las decretales de los Papas y la sana razón. Pero como era hombre sujeto a error, se sometía al fallo de la Santa Iglesia y a todos los que supieran más que él; también quería dar aquí pública razón y respuesta, y finalmente, se sometía asimismo a las resoluciones de las Universidades de Basilea, Friburgo, Lovaina y París» [28]. El Legado no admitió esta última insinuación, por medio de la cual Lutero procuraba «sacar de nuevo la causa de manos del Papa, darle el carácter de una mera controversia de Escuela, y ganar entretanto tiempo»; pero concedió Cayetano la petición, apoyada por Staupitz, de que Lutero pudiese dar una declaración por escrito. En este escrito de defensa, presentado al tercer día, 14 de Octubre [29], comienza Lutero por criticar la extravagante bula Unigenitus de Clemente VI, que Cayetano le había alegado acerca la doctrina católica del tesoro de la Iglesia; y afirmó allí, que podía también interpretarse de suerte, que no tuviera nada contra él. En segundo lugar defiende Lutero su doctrina de la necesidad de la fe para la justificación, y para el recibimiento de la Comunión. Convencido de la infalible verdad de su parecer, pide que se le de otra mejor demostración sacada de la Sagrada Escritura, contra sus argumentos, que le parecían irrebatibles, negándose en otro caso a retractarse. Tampoco esta vez quiso Cayetano entrar en una discusión, y al despedirse, le indicó que no volviera, hasta que se hubiese resuelto a abrazar un partido mejor [30]; después de lo cual, procuró todavía el cardenal influir en Lutero por medio de Staupitz y decidirle a ceder. Por persuasión de Staupitz y Wenceslao Link, escribió Lutero la carta de 17 de Octubre de 1518 al cardenal [31], en la que, en forma exteriormente muy respetuosa, encomia la benignidad y amabilidad de Cayetano, y confiesa haber hablado contra el Papa demasiado violentamente y con poca reverencia; de lo cual pide perdón y promete la enmienda. También promete callar acerca de las indulgencias, con tal que se imponga el mismo silencio a sus adversarios; pero lo principal, que era la retractación, la rehúsa, declarando que su conciencia no se la permitía, y que no podía obrar contra el dictamen de ella; la autoridad de Santo Tomás y de los otros escolásticos, no le bastaba, y sus argumentos no le parecían convincentes; era menester que le vencieran con más poderosas razones. Ruega al cardenal que dé cuenta al Papa de este asunto, para que la Iglesia resuelva la duda, y se sepa lo que justamente debe creerse o retractarse. Si él ahora se retractara, estando las cosas tan dudosas e irresolutas, se le podría echar en cara, con justicia, que no sabía lo que afirmaba ni lo que debía retractar. Dicho se está que el cardenal no podía contentarse con semejantes declaraciones, pues esto hubiera sido confesar que, en todos los puntos en que Lutero había contradicho hasta entonces la doctrina y la autoridad de la Iglesia, se trataba solamente de cosas abiertas todavía a la libre discusión científica, puesto que «no estaban definidas por la Iglesia». En otra carta de 18 de Octubre [32], declara Lutero: que después de haber probado suficientemente su obediencia con el largo y penoso camino y su comparecencia ante el Legado, y habiendo también declarado, en la publicación de sus resoluciones, su sumisión al futuro juicio de la Santa Sede, su más larga permanencia en Augsburgo era inútil, y molesta para él y para los Carmelitas, en cuyo convento moraba; además, el cardenal le había mandado que no se volviese a presentar delante de él mientras no quisiera retractarse; acerca de lo cual se había declarado ya en la carta precedente. Por lo tanto pensaba marcharse ahora. Inmediatamente anunció su apelación del Legado y del Papa mal informado al Papa mejor informado, lo cual le había sido recomendado por personas de elevada jerarquía. Las censuras que no hubiera merecido, no tenía por qué temerlas; pues, con la gracia de Dios, se hallaba en tal disposición de animo, que temía las censuras mucho menos que los errores y falsas opiniones sabiendo que la censura no daña, sino aprovecha, a aquellos que tienen de su parte la sana fe y el sentido de la verdad.
Dos días después, en la noche del 20 al 21 de Octubre, Lutero, a quien Staupitz había desligado de la regla y la obediencia, huyó secretamente de Augsburgo, y a 31 de Octubre se hallaba de nuevo en Wittenberg. En el camino había tenido conocimiento del breve pontificio dirigido a Cayetano a 23 de Agosto, del cual Spalatin por secretos caminos se había sabido procurar un traslado [33].
El documento de la apelación anunciada en la última carta, lo dio Lutero ya a 16 de Octubre, ante notario y testigos, para insertar en el protocolo, y después de su partida se fijó públicamente en la catedral de Augsburgo y fue presentado al cardenal. En substancia era del tenor siguiente: «En la materia de las indulgencias, así como acerca de la forma y modo como pueden aplicarse a los difuntos, hay todavía algunas cosas inciertas y no definidas, por lo cual es lícito y laudable la discusión sobre ellas. Tal era lo que él había intentado, movido por el desmesurado clamoreo de los predicadores de la indulgencia, que bajo este pretexto habían ejercitado una escandalosa e inaudita codicia, para grande escarnio y afrenta de la Iglesia romana, del poder de las Llaves y de la Sede Apostólica. Sin embargo, había sometido sus proposiciones polémicas, no sólo al juicio de la Iglesia, sino aun a la inteligencia de quienquiera supiese y entendiese más, y en primer lugar al Santísimo Padre y Señor, el actual Papa León X. A pesar de esto, había sido hecho objeto de odio por algunos siervos de Mammón, y avaros que no buscaban otra cosa que la leche y lana de las ovejuelas de Cristo, y calumniado como si hubiese inventado algo para oprobio, menoscabo y deshonor de la potestad de la Iglesia y de las Llaves. A la citación para comparecer personalmente en Roma, no había obedecido por motivos graves, y no había podido tampoco hacer la retractación que exigía de él el sabio y amable Cayetano, porque no se le habían indicado los puntos en que se pretendía que había faltado. No habiendo, pues, establecido firmemente cosa alguna, sino sólo disputado y sometido todo al Santísimo Padre León X, en quien reconocía la voz de Cristo, y siguiendo en el propósito de no decir ni profesar ninguna cosa sino lo que pudiera demostrarse por la Sagrada Escritura, los Padres de la Iglesia y los cánones; apelaba del Papa no bien informado y de los jueces por él nombrados (Prierias y Ghinucci, a los cuales recusaba como parciales) al Santísimo Padre, que debía informarse mejor; y se acogía él mismo con sus actuales y futuros partidarios, al amparo y protección del mismo, reservándose el derecho de hacer en su apelación variaciones, añadiduras y enmiendas» [34].
Cayetano, muy penosamente impresionado, así por la fuga de Lutero como por el contenido de la apelación que había dejado al marcharse, se dirigió al Príncipe elector Federico de Sajonia, en un escrito de 25 de Octubre [35], en el cual refiere brevemente todo el curso de las negociaciones, y ruega al Príncipe elector envíe a Lutero a Roma o, por lo menos, lo destierre de sus Estados. Federico remitió en seguida esta carta a Lutero; y en un escrito de 8 de Diciembre de 1518 a Cayetano rehusó el Príncipe elector la petición del Legado, pretextando que no estaba aún persuadido de que Lutero hubiese sido convicto de herejía, en cuyo caso hubiera cumplido la obligación que como príncipe cristiano le incumbía; pero que, del modo como estaban las cosas, el procedimiento contra él reclamado por Cayetano, sólo serviría para dañar a su Universidad de Wittenberg [36]. Con esto la misión de Cayetano quedó frustrada en todos sus puntos.
Lutero no abrigaba duda ninguna de que no podía dejar de seguirse su condenación; a 28 de Noviembre había publicado una segunda apelación [37], en la cual apelaba del Papa, que no era más que un hombre sujeto a error, al futuro Concilio general. Ya antes de dar este paso había hecho imprimir en Noviembre una relación de las conferencias celebradas con Cayetano, y también en ellas se manifiesta de qué manera se había acentuado el antagonismo en su actitud respecto del Papa [38]. Al enviar este escrito a Wenceslao Linck, a 11 de Diciembre de 1518, observa:
«Te enviaré mi pequeñez, para que puedas ver si sospecho con razón, que el verdadero Anticristo, de quien habla S. Pablo, reina en la Corte romana; paréceme que puedo demostrar, que éste presente es todavía peor que el turco» [39]. «El sermón sobre la Penitencia» [40]perteneciente a esta misma época, por ventura al mes de Noviembre de 1518, muestra hasta qué punto, en su controversia sobre las indulgencias, había llegado ya a formar Lutero su nueva doctrina sobre la justificación.
En relación con las negociaciones de Augsburgo entre Cayetano y Lutero, envió León X, a 9 de Noviembre de 1518, al mencionado cardenal, una constitución sobre la doctrina de las indulgencias. Para que nadie pudiera excusarse con la ignorancia, declárase allí como doctrina de la Iglesia romana, que el Papa, en virtud del Poder de las Llaves, puede perdonar así la culpa como la pena de los pecados actuales; la culpa por medio del sacramento de la penitencia, y la pena temporal por las indulgencias; que por causa razonable, puede dispensar a los fieles cristianos, unidos por la caridad con Cristo, ya se hallen en esta vida o en el fuego del Purgatorio, satisfacción tomada del superabundante tesoro de los merecimientos de Cristo y de los Santos; y esto hace, cuanto a los vivos, concediéndoselas (conferre) per modum absolutionis, mas a los difuntos transfiriéndoselas (transferre) per modum suffragii; de manera que, todos los que obtuvieren estas indulgencias quedan realmente libres de tanta pena temporal (de la cual son reos ante la Divina Justicia), cuanta correspondiere a las indulgencias concedidas y ganadas. Así debían todos enseñarlo y predicarlo, so pena de excomunión, y los obispos debían publicar esta constitución en todas partes. En aquel importante documento se tuvo la consideración de no mencionar el nombre de Lutero, diciendo sólo en la Introducción, que algunos religiosos habían esparcido en sus predicaciones, en Alemania, errores acerca de las indulgencias que de tiempo inmemorial otorgaba la Santa Sede [41].
Cayetano recibió esta importante bula en Linz, en el Austria Superior; y la publicó allí a 13 de Diciembre, después de lo cual se esparció por Alemania en gran número de ejemplares impresos. Sin embargo, el éxito fue muy exiguo. En primer lugar, la apelación de Lutero se había anticipado a la publicación de esta bula, y había debilitado considerablemente su eficacia. Además, las indulgencias se habían hecho de todo punto impopulares casi en toda Alemania, no mirándose en ellas sino un medio para enriquecer a la Curia, codiciosa de dinero, y a los aborrecidos Dominicos, que se suponía habían arrancado la bula [42]. El proceder de Lutero contra las indulgencias seguía pareciendo a millares de personas totalmente justificado, e imaginaron que él había de ser el paladín de la tan necesaria reforma de los abusos eclesiásticos.
Al fracasado intento de Cayetano de zanjar pacíficamente la controversia luterana, siguió el envío del noble sajón y Camarero secreto del Papa, Carlos de Miltitz [43]. El verdadero objeto de la misión de este superficial, ligero y vanidoso cortesano [44], cuya significación se exageró antes en general con harto exceso, acomodándose a la importancia que él mismo se daba, era absolutamente subordinado [45], pues limitábase a que llevara al Príncipe elector de Sajonia la rosa de oro, por él tan deseada, la cual, por lo demás, debía provisionalmente dejar en Augsburgo en poder del legado Cayetano. Al principio debía limitarse a inquirir la disposición de ánimo del Príncipe elector respecto de Lutero (para lo cual se le tuvo por muy a propósito, por sus relaciones con la Corte de Sajonia), y procurar obtener de él la entrega del heresiarca. Pero en todos sus actos debía proceder como negociador enteramente subordinado, sin ningún derecho de obrar por sí, sujetándose a la opinión y beneplácito del Cardenal legado; sin cuya licencia tampoco podía entregar al Príncipe elector las prendas del favor del Papa [46]. Así que, de ningún modo era posible que, en esta su posición de todo punto subordinada, se le encargara o se contara de alguna manera con él para entablar una tentativa de mediación, con el fin de zanjar en cuanto se pudiera la cuestión de Lutero, o influir en éste en un sentido conciliador, o de cualquier otro modo que se haya tratado de describir su pretendida misión [47]. Si, con todo esto, Miltitz entró con Lutero en semejantes negociaciones, por las cuales su nombre ha quedado enlazado de un modo permanente con la historia de las turbaciones de aquel tiempo, hízolo sin ningún encargo ni autorización, por su propio motivo y por el interior impulso que le necesitaba a hacerse del importante.
A principio de Enero de 1519 se celebraron en Altenburg conferencias en las que Miltitz procuró mover al profesor de Wittenberg a un arreglo, que luego hubiera tenido que aceptarse también en Roma; y el éxito, generalmente demasiado exagerado, de aquellas negociaciones, no fue otro sino que Lutero se obligó a callar en lo futuro en la cuestión de las indulgencias, si también sus adversarios guardaran silencio, y consintió en que Miltitz suplicara al Papa que confiase la resolución de todo este negocio a un obispo alemán [48]. A 10 de Enero de 1519, volvía Lutero a hallarse en Wittenberg, y Miltitz se dirigió a Leipzig, donde con su peculiar conducta, y asimismo sin autorización, procedió arrogante y duramente contra Tetzel, en cuyo favor le había escrito de antemano a Altenburg el provincial de la Orden Hermann Rab, a 3 de Enero de 1519. Tetzel enfermó de pesar, y Lutero se sintió con bastante magnanimidad para consolarle, diciéndole que debía estar sin cuidado, «porque él por su parte no había entrado en el asunto, sino que la criatura tenía muy diferente padre» [49].
Por mucho tiempo se ha querido ver el cumplimiento de una concesión hecha por él en Altenburg a Miltitz, en la muy discutida carta de Lutero a León X, de 3 de Marzo de 1519 [50], en la cual protestó el profesor de Wittenberg, «que nunca estuvo en su ánimo atacar por manera alguna la autoridad de la Iglesia romana y del Papa; antes bien profesaba, que la autoridad de la Iglesia romana estaba sobre todas las demás, y que ninguna cosa debía anteponérsele en el cielo ni en la tierra, fuera de solo Jesucristo». Como Lutero, ya antes de esta época, había llegado hasta el punto de declarar que el Papa era el Anticristo, y como poco después de la fecha de esta carta volvió a escribir a Spalatín, a 13 de Marzo de 1519, en abierta contradicción con su contenido: que no sabía si el Papa era el mismo Anticristo o un apóstol suyo [51]; es imposible dejar de sentir desfavorable impresión por la intrínseca falta de veracidad de aquel escrito, al parecer tan sumiso. Como lo han demostrado las recientes investigaciones [52] aquella carta, cuya redacción original se conserva todavía, no se escribió a 3 de Marzo, sino antes, a 5 o 6 de Enero de 1519 durante la estancia de Lutero en Altenburg, y nunca se llegó a enviar; quedó en proyecto, porque Miltitz halló dicho escrito, cuando le fue presentado, completamente insuficiente, por cuanto en él, a pesar de la sumisión del lenguaje, no se decía palabra alguna de retractación; pero, a pesar de haberse escrito, según esto, dos meses antes, no aparece bajo más favorable luz la lealtad de lo expresado en este documento; pues aun así queda la contradicción del mismo con las manifestaciones íntimas de Lutero, que designaban al Papa como el Anticristo ya desde Diciembre de 1518. No fue la conducta de Eck lo que por primera vez empujó a Lutero a este extremo; aquélla fue solamente para él una ocasión de expresar, más abiertamente que hasta entonces, los sentimientos hostiles contra el Papa que abrigaba ya desde hacía mucho tiempo en el fondo de su corazón [53].
Los siguientes acaecimientos, en particular la disputa de Leipzig, en Junio y Julio de 1519, y la correspondencia que la acompañó, muestran que Lutero avanzaba de una manera cada vez menos ambigua en el camino de abierta apostasía de la Iglesia. Es sorprendente que, durante este tiempo, y hasta el otoño del mismo año, no se dieran en Roma nuevos pasos en este asunto, si se prescinde del breve de León X a Lutero, de 29 de Marzo de 1519, por el cual el Papa, sumamente complacido por ver que Lutero cedía con arrepentimiento, le invita con las más benignas palabras a disponer en seguida el viaje, para hacer en Roma la retractación que había rehusado al Legado [54]. Por el contrario, se permitió al poco seguro Miltitz que siguiera ostentando tranquilamente durante nueve meses el papel de mediador que se había arrogado, sin que sus otras tentativas en el asunto, la segunda conferencia con Lutero de 9 de Octubre en Liebenwerda [55] y las negociaciones, por mucho tiempo continuadas, con el Príncipe elector de Tréveris, para que aceptara la mediación como juez arbitral [56], fueran de trascendencia alguna para el curso ulterior de los sucesos.
Es indudable que la diplomacia de las tentativas de mediación de Miltitz, no podía servir sino para perjudicar a la causa católica; y es en sumo grado sorprendente el hecho de que se dejase obrar a semejante sujeto, y que, en general, hasta el otoño de 1519 no se continuaran los procedimientos contra Lutero. A la verdad, no es difícil hallar la explicación de esta conducta. Sin duda alguna fueron las consideraciones políticas (cosa que caracteriza suficientemente al Papa Médici), las que impidieron se adelantara en la dirección de este asunto de tanta trascendencia para la Iglesia [57]. La cuestión de la elección imperial era la que durante largo tiempo hacía parecer de menor importancia todas las demás; y frente al interés, por demás ardoroso, con que tomó León X aquella cuestión, el negocio de Lutero fue relegado a segundo término, como de importancia secundaria. Pareció prudente dejarlo reposar por algún tiempo, porque los motivos políticos exigían que se tuvieran los mayores miramientos con el influyente y prestigioso Príncipe elector de Sajonia, que durante algún tiempo fue el candidato del Papa para el Trono imperial. Sólo así se explica que se admitiera la disposición de Lutero retractarse, a que se refiere el breve de 29 de Marzo de 1519, fundado en las referencias de un hombre tan poco seguro y de tan inferior categoría como Miltitz; así se sufría que éste continuara en sus manejos, los cuales a nada obligaban a su poderdante; pues con todo esto se ganaba tiempo y se evitaba entretanto el tomar una actitud decidida. Se «contemporizaba» como tantas veces se había hecho en las cosas políticas, así también entonces en este importante asunto religioso. Durante aquel tiempo se omitieron innumerables cosas, y Roma permaneció en la inacción, mientras la tormenta de la agitación antipapal levantaba en Alemania de día en día más imponentes olas.
Sólo después que se hubo resuelto la cuestión de la elección, apretó ante todo el influyente cardenal Vicecanciller Julio de Médici, a que se terminara el asunto de Lutero. A principio de Octubre de 1519 había el cardenal regresado de nuevo a Roma, y sólo entonces se pensó allí en reanudar el proceso; después que entretanto había Eck dado cuenta de la disputa de Leipzig y expresado su deseo de que el Papa no siguiera prolongando las dilaciones en un asunto tan peligroso [58]. León X se anticipó, llamando a Eck, al designio de éste de dirigirse personalmente a Roma [59] para ilustrar a las personas que dirigían el gobierno, sobre la realidad del peligro, en lugar de los relatos de Miltitz que extraviaban su opinión pintándolo todo con colores halagueños. El profesor de Ingolstadt emprendió el viaje a Roma a 18 de Enero de 1520 [60], y tuvo parte muy principal en que se condujera la causa con energía; por más que su intervención en ella no haya sido tan decisiva como se ha creído generalmente, fundándose en sus grandilocuentes comunicaciones. Ya antes do su llegada a Roma se habían dado pasos tan importantes, que casi parece se quería recobrar ahora de una vez, con un procedimiento rápido y enérgico, el tiempo que se había perdido. En un consistorio público de 9 de Enero de 1520, se reanudó, por expreso mandato del Papa, el proceso contra Lutero, el cual se extendió entonces asimismo al Príncipe elector de Sajonia, como amparador del heresiarca. Un curial italiano opuso en la mencionada asamblea con toda la fuerza de su elocuencia, las más vehementes acusaciones contra el protector de Lutero, Federico de Sajonia, cuya pertinacia, crueldad y tiranía encendían un fuego muy difícil de apagar. Era de temer que el Príncipe elector, uniéndose a los mortales enemigos de los sacerdotes y de la Santa Sede, seduciría con sus errores a toda Alemania. Por lo cual proponía el orador que se procediese contra aquella hidra. Solicitaba que el Papa diera facultad al Auditor de Cámara para proceder con todos los recursos de coacción procesal contra Lutero y sus partidarios, para que dieran razón de sus opiniones en materia de fe, y en caso contrario fueran declarados herejes. ¡Se había acabado la religión, acentuaba el orador, si no se ponía remedio al daño desde sus principios, cortando los miembros dañados! [61]
Conforme a esto formó el Papa, a principios de Febrero, para preparar el juicio definitivo, una comisión compuesta principalmente de Franciscanos observantes, bajo la dirección de los sabios cardenales Accolti y Cayetano, a cuyo cargo continuó por mucho tiempo este asunto. Esta primera «Congregación», en la que se leyó un resumen de las doctrinas erróneas de Lutero, formado por los Dominicos de Lovaina, tuvo, sin embargo, una muy breve existencia; pues parece pretendió proceder de una manera excesivamente precipitada [62]. Ya a 11 de Febrero se constituyó una segunda comisión formada de teólogos, la cual celebró sus reuniones hasta mediados de Marzo y recomendó se expidiera una bula sólo contra los escritos de Lutero, perdonando a su persona y distinguiendo cuidadosamente la censura de cada una de sus doctrinas [63]. Este procedimiento benigno no obtuvo, sin embargo, la aprobación de León X; y como quiera que Eck hubiese llegado en la segunda mitad de Marzo, está bastante justificada la suposición de que su influencia se impuso en este punto [64]. Una nueva comisión dirigida por el mismo Papa tomó entonces la causa a su cargo.
Mientras en Roma se andaba todavía en deliberaciones, Lutero exteriorizaba de una manera cada día más indudable su completa apostasía de la Iglesia, que ya mucho antes en su interior había consumado; pero su actitud se trocó enteramente por efecto de su alianza con el Humanismo anticristiano y con los caballeros de espíritu revolucionario, cuyo representante es Ulrico de Hutten.
El que los humanistas enemigos de la Iglesia tomaran partido por Lutero, fue un acaecimiento de grande trascendencia. Aquellos hombres, criados en la lucha y las controversias, poseían el poder de la palabra y de la pluma, y como antes en favor de Reuchlin, así ahora pusieron todas sus fuerzas al servicio del profesor de Wittenberg; con lo cual la controversia, teológica en su origen, recibió un carácter enteramente distinto. A la cabeza de estos campeones enemigos de los papistas, se puso Ulrico de Hutten.
Hutten, hombre de temperamento revolucionario hasta la médula de los huesos, a pesar de su mortal enemistad contra Roma, había por mucho tiempo mirado a Lutero con compasivo menosprecio, no viendo en sus disputas sino miserables rencillas de frailes. Sólo la disputa de Leipzig, en la cual Lutero se vio conducido a claras manifestaciones de sus ideas heréticas acerca del Concilio y del Pontificado, abrió los ojos también a Hutten, el cual conoció cuán grande utilidad podía prestarle el fraile, de quien hasta entonces había hecho tan poco caso. Desde este punto, la causa de Lutero fue la suya; con todo el apasionamiento de su salvaje índole, intervino entonces por Lutero, y procuró disponer en su favor la masa de la nación. El antiguo rencor de Hutten contra Roma, tomó ahora formas verdaderamente terribles; su diálogo «Vadiscus o la Trinidad Romana», contiene, según sus propias declaraciones, lo más recio que hasta entonces se había escrito contra Roma. Para designar a los romanistas, echó mano de «la repugnante imagen de gusanos gigantescos chupadores de sangre». Si Alemania no tenía fuerzas para libertarse a sí misma, sería menester que los turcos ejecutaran el juicio de Dios contra Roma; pues, allí esta «el inmenso granero del orbe de la tierra, al cual se acarrean las cosas tomadas y robadas en todos los países; en cuyo medio se asienta aquel insaciable gusano del trigo, que devora enormes montones de frutos, rodeado de sus numerosos comensales que devoran con él, los cuales primero nos han chupado la sangre, luego nos han roído las carnes, y llegados ahora a los tuétanos, nos quebrantan los más internos huesos y consumen cuanto queda todavía. Y en esta situación ¿Alemania no echará mano de las armas; no arremeterá con el fuego y la espada?» [65]
Bajo la influencia de Hutten, se apropió Lutero las ideas del nacionalismo radical; en lugar de las disquisiciones teológicas, comenzó a redactar entonces escritos incendiarios dirigidos al pueblo, en los que reclamaba una revolución, no sólo de las cosas eclesiásticas sino también de las políticas; y el movimiento adquirió entonces un carácter totalmente distinto. Todos los combustibles que desde hacía años se habían amontonado, levantaron entonces claras llamas; lemas hábilmente escogidos como: «patria, libertad y Evangelio», arrebataron consigo las extensas masas del pueblo.
Mientras Hutten desplegaba una actividad verdaderamente sobrehumana, Lutero, por su parte, no se quedaba rezagado. La fuerza y plenitud de su elocuencia popular, mostróse entonces poderosamente; su modelo fue cada día más Hutten, cuyas palabras se apropia con frecuencia; y en adelante, ya no se puede advertir en él vestigio alguno de vacilación. Después que, a 11 de Junio, el caballero Silvestre de Schaumburg se ofreció a procurarle centenares de nobles para su amparo, envió Lutero su carta a Spalatín, con aquellas palabras: «Mi suerte está echada; desprecio el furor de los romanos, lo mismo que sus favores; eternamente no quiero volverme a reconciliar con ellos, ni tener con ellos nada común; condenen en buen hora y quemen lo mío; también yo, en retribución, condenaré y quemaré públicamente el Derecho pontificio, esto es, aquella hidra de Lerna de la herejía; pues de otra suerte se me privaría del agua y del fuego. Entonces tendrá fin el conservar la humildad, que hasta ahora inútilmente he mostrado; con la cual no quiero que sigan hinchándose en adelante los enemigos del Evangelio.» «Silvestre de Schaumburg y Francisco de Sickingen me han librado del temor a los hombres.» «Francisco de Sickingen, dice en una carta a un compañero de su Orden, me promete, por medio de Hutten, su protección contra todos mis enemigos. Lo mismo hace Silvestre de Schaumburg con los nobles de Franconia. He recibido de él una hermosa carta. En adelante nada temo; antes publico ya contra el Papa un libro en lengua alemana, acerca del mejoramiento del estado cristiano: en él ataco al Papa con la mayor violencia, designándole como el Anticristo» [66].
Este libro, esparcido por toda Alemania en millares de ejemplares a principios de Agosto, llevaba por título: «A la nobleza cristiana de la nación alemana, acerca del mejoramiento del estado cristiano» [67]. Por muy hábil manera, confunde este escrito programa el deseo de reforma social, enteramente laudable, con pretensiones eclesiásticas que tenían por blanco la destrucción de todo el tradicional estado de Derecho. En estas pretensiones eclesiásticas estriba la médula del escrito, el cual pinta con enérgicos trazos, una revolución en grande escala, como enteramente indispensable [68].
De tres muros, enseña allí Lutero, ha rodeado Roma a la Iglesia: la distinción entre el clero y los legos, el derecho de la Iglesia de exponer la Sagrada Escritura, y el derecho del Papa para convocar los concilios; y estos tres muros de paja y de papel, es menester que caigan. Todos los cristianos son de estado sacerdotal, todos ellos tienen el derecho de exponer la Sagrada Escritura; mas el concilio ha de ser convocado por la potestad temporal, para librar a Alemania «de los ladrones romanos, del escandaloso y diabólico gobierno de Roma». Roma, de tal manera chupa la sangre de los alemanes, que hemos de admirarnos de tener todavía que comer. «¡Oh nobles príncipes y señores! ¿Cuánto tiempo tendréis todavía vuestras tierras y pueblos abiertos libremente a semejantes lobos carniceros? En vez de pelear contra los turcos, deberíais empezar por allí, dirigiéndoos contra los enemigos más próximos.»
Junto a esta excitación a un violento, ataque contra los papistas, había también, sin embargo, otras proposiciones prácticas y positivas. Los obispos alemanes debían ser libres, en vez de ser no más que «figuras e ídolos ungidos del Papa»; y estar solamente sometidos al arzobispo de Maguncia, como Primado de Germania. Los Gravámina debían desarraigarse, suprimirse los días festivos, peregrinaciones, ayunos, y censuras eclesiásticas; disminuirse las Ordenes mendicantes, regular de nuevo el cuidado de los pobres, y derogar el celibato de los sacerdotes; por el contrario, debían continuar en pie las catedrales, como establecimientos donde colocar a los hijos menores de los nobles. Con esta última condición procuraba ganar a la aristocracia, así como procuraba atraerse al Emperador proponiéndole que se apoderase del Estado de la Iglesia y desconociera la soberanía feudal del Papa sobre Nápoles.
El éxito de este escrito, compuesto con genial fuerza de lenguaje, fue extraordinariamente poderoso y extenso; la primera edición de 4.000 ejemplares se agotó en breve tiempo, y en seguida tuvieron que hacerse nuevas ediciones y reimpresiones, para satisfacer a las urgentes demandas.
Por las reformas económicas que promovía Lutero, por sus enérgicos ataques contra el capitalismo, el lujo y la inmoralidad, hizo que innumerables personas se inclinaran también a las novedades eclesiásticas que contenía aquel escrito, el cual fue en el fondo un toque al arma contra toda la manera de ser del Pontificado [69]. Los sentimientos hostiles a Roma, difundidos en extensos círculos de Alemania, tomaron un inaudito impulso.
Hace pareja con el escrito a la nobleza alemana, con el cual consumó Lutero su definitivo rompimiento con la Iglesia, la respuesta al Epitoma responsionis de Prierias, impreso ya en Junio de 1520 [70]. Lutero hizo imprimir de nuevo, con un prólogo, epílogo y notas marginales este escrito, que se había publicado en Perusa en 1519. El prólogo y el epílogo contienen la más vehemente recusación del Pontificado como tal. Si en Roma, con conocimiento del Papa y los cardenales, dícese en aquel prólogo, se enseña de la manera que Prierias se expresa acerca de la autoridad del Papa, Lutero declara públicamente, que el Anticristo se asienta allí, en el templo de Dios, y que la Curia romana es a sinagoga de Satanás. Los griegos y los bohemios y todos los que se han apartado de aquella Babilonia, son encomiados como dichosos; y si el Papa y los cardenales no doman esa boca de Satanás (esto es, a Prierias) y le obligan a retractarse, también él repudiará a la Iglesia romana con el Papa y los cardenales, como a la abominación de la desolación en el lugar santo. En el prólogo excita Lutero formalmente a la guerra de religión y a la persecución sangrienta de la Iglesia católica: «Si la locura de los romanistas continúa así, me parece que no queda ningún otro remedio sino que el Emperador, los reyes y los príncipes intervengan con el poder de las armas, se preparen a atacar a esa peste del orbe de la tierra, y resuelvan la causa, no ya con palabras, sino con hierro... Si castigamos a los ladrones con la horca, a los asesinos con la espada y a los herejes con el fuego, ¿por qué no atacamos más bién con todas las armas a esos maestros de perdición, esos cardenales, esos papas y a toda la manada de la romana Sodoma, que corrompe sin tregua la Iglesia de Dios, y lavamos nuestras manos en su sangre?» [71]
Aun cuando estos escritos no pudieron tomarse ya en cuenta en Roma para dictar por fin la resolución, sirvieron, sin embargo, para probar plenamente, que su autor no había sido injustamente herido con la condenación de la Iglesia, la cual no tuvo otro defecto sino haber venido demasiado tarde [72].
En cuanto permiten formar un juicio las muy incompletas noticias que poseemos sobre el curso y conclusión del proceso romano contra Lutero, en el último estadio de este negocio el influjo de los teólogos de Lovaina hubo de tener casi el mismo valor que el de Eck, al paso que el espíritu que propiamente lo guiaba, seguía siendo el del cardenal Julio de Médici [73]. Sobre el proyecto de la bula Exurge, formulado por Accolti, que condenaba, sin fijar por menor la censura de cada una de las proposiciones, los 41 artículos reunidos por Eck teniendo muy en cuenta el dictamen de los de Lovaina, se deliberó en la nueva comisión hasta los últimos días de Abril. De la definitiva redacción del decisivo documento [74], dio cuenta Eck al Papa, a 2 de Mayo en el palacio de caza de Magliana, situado en las próximas cercanías de Roma [75]; y sólo después de esto se presentó la causa al Colegio de los cardenales. Necesitáronse cuatro sesiones, las de 21, 23, 25 de Mayo y 1 de junio, para llevar al cabo este negocio [76], el cual, en el segundo y tercero de dichos consistorios, constituyó el único asunto de la orden del día. Cuán fundamentalmente se tratara esta causa, se colige de la desacostumbrada duración de aquellas reuniones, algunas de las cuales se prolongaron seis, y otras siete y hasta ocho horas [77].
A 20 de Mayo expidió León X, por medio del cardenal Riario y del de Maguncia, y valiéndose asimismo de Valentín de Totleben, que en algún tiempo había sido también agente del elector de Sajonia, un último requerimiento concebido en tono amenazador a Federico de Sajonia, para que obligara a Lutero a retractarse [78]; ultimatum que Federico de Sajonia rehusó definitivamente a fines de Julio, en lo substancial, con las palabras de Lutero: el Príncipe elector solicitaba, para el examen de las doctrinas, que hasta entonces no habían sido refutadas, la institución de un tribunal arbitral, compuesto de varones sabios y sin sospecha, en un lugar seguro y con un salvoconducto suficiente [79].
En el consistorio de 21 de Mayo se leyeron, en primer lugar, el proyecto de la bula, y (para demostrar la notoriedad de la actitud herética de Lutero) las actas de la disputa de Leipzig; y luego se propusieron las cuestiones: si condenando expresamente todos los artículos de Lutero, era menester exhortar de nuevo a éste a retractarse, señalándole tres términos de veinte días cada uno; y si, en caso de rehusar la retractación, debía condenársele como hereje, castigándole al mismo tiempo con la prohibición y destrucción de sus escritos. A esto se agregó la cuestión, si los artículos de Lutero debían condenarse, como Eck defendía, sin distinción, ni especial determinación de sus censuras, ó si, conforme al parecer de Cayetano, debía determinarse por menor cuáles de ellos se habían de calificar como simplemente heréticos, o como escandalosos y ofensivos para los piadosos oídos. El consistorio resolvió, que el cardenal Accolti, que gozaba de gran prestigio en Roma por su sabiduría, y principalmente por sus extensos conocimientos jurídicos [80], debía consultar acerca de esta más sutil distinción teológica a especiales doctores. Las opiniones de éstos se comunicaron en el próximo consistorio de 23 de Mayo, al cual asistió Cayetano, a pesar del mal estado de su salud; y, conforme a ellas, se votó acerca de cada uno de los artículos. La extraordinaria duración de este consistorio manifiesta cuán profunda y fundamentalmente se llevó al cabo esta deliberación. «Son las cinco de la tarde, escribe el embajador de Ferrara, y el consistorio continúa reunido; se delibera acerca de la causa de Lutero» [81]. Hasta las seis no concluyó la deliberación, y se supo que se había tomado la resolución definitiva de condenar como erróneas las proposiciones de Lutero, y que en otro consistorio se debía deliberar sobre la bula correspondiente [82]. El protocolo acerca de esta nueva sesión, celebrada a 25 de Mayo, sólo muestra la única conclusión de que las proposiciones de Lutero se expresaran en la bula textualmente; pero se abandona la determinación de las diferentes censuras de cada una de dichas proposiciones, probablemente porque ese fastidioso trabajo hubiera obligado a diferir demasiadamente la conclusión del proceso [83].
Cabalmente entonces parecía doblemente necesario un procedimiento rápido, pues había llegado la noticia de que Lutero, además del Príncipe elector de Sajonia, poseía secretamente en Alemania todavía otros muy poderosos partidarios. El cardenal Accolti, con quien el embajador de Ferrara trató de este asunto a 26 de Mayo, se mostró sumamente cuidadoso en este respecto, observando acerca del arzobispo de Maguncia: «Le teníamos por uno de los nuestros, y ahora venimos a conocer lo contrario; sin embargo, es de esperar que, tan luego como la bula llegue a Alemania, los más abandonarán a Lutero». También el cardenal del Monte tenía noticias del favor concedido a Lutero por los príncipes alemanes, y aun llegaba a mostrar dudas sobre la seguridad «del Mayor». En un sentido enteramente pesimista habló con el mencionado diplomático el cardenal Scaramuccia Trivulzio, el cual dudaba mucho si con la bula se obtendría alguna cosa. También el Papa andaba cuidadoso, y, por una carta de Erasmo, sospechaba que el obispo de Lieja favorecía a Lutero [84].
En tales circunstancias es fácil concebir, que se prescindiera de acompañar a cada una de las proposiciones la censura correspondiente, condenándolas más bien en su conjunto, sin más que generales referencias a los puntos particulares. Aun la frase con que se designaba la apelación de Lutero al concilio, como «lo más grave de su conducta» se dejó, a pesar de los reparos del cardenal Carvajal [85].
En el consistorio de 1 de Junio, volvióse a leer todavía la bula contra Lutero y se acordó su publicación; a 15 del mismo mes se acabó de redactar según las normas de la Cancillería, a lo que siguió luego muy pronto la publicación del documento; el cual, por las palabras con que comienza, se designa con el nombre de Bula Exurge Domine [86].
En la solemne introducción, compuesta en su mayor parte de pasajes de la Sagrada Escritura, se invoca en primer lugar la protección del Divino Fundador de la Iglesia, y de los Príncipes de los Apóstoles. «Levántate, Señor, y juzga tu causa» (Ps. LXXIII, 22). «Las zorras procuran destruir tu viña» (Cant. II, 15). «Un jabalí salido de la selva, y una fiera salvaje la devastan» (Ps. LXXIX, 14). Como había predicho San Pedro, han aparecido maestros mentirosos, que introducen errores de perdición. Finalmente, se invoca a toda la santa Iglesia, cuya verdadera exposición de la Sagrada Escritura es pospuesta por gentes cuyos sentidos ha cegado el padre de la mentira, para falsear la Biblia contradiciendo al Espíritu Santo, conforme a la antigua usanza de los herejes.
En lo que sigue, se lamenta el Papa de que, en la ilustre nación alemana, que así él como sus predecesores abrazaron siempre con especial amor, se hayan difundido semejantes doctrinas; pues sabido es que precisamente los alemanes habían sido en todo tiempo los más enérgicos impugnadores de las herejías, los que derramaron su sangre en la guerra contra los husitas, y aun ahora en sus Universidades de Colonia y Lovaina habían condenado y refutado victoriosamente muchos de los nuevos errores.
Luego se enumeran 41 errores, los cuales se refieren al libre albedrío y al pecado original, a los Sacramentos en general, a la fe, la gracia, el pecado, la penitencia, la confesión, las buenas obras, indulgencias, purgatorio y Comunión bajo ambas especies, al primado, la excomunión, la autoridad de los concilios universales, la pena de muerte contra los herejes y los errores de Hus.
Conforme a la obligación pastoral confiada por Dios al Papa, debía éste tener solicitud de que tales errores no siguieran extendiéndose como una enfermedad cancerosa; por lo cual, los condena en virtud de su suprema autoridad, parte como heréticos, parte como escandalosos, parte como falsos, parte como ofensivos de los piadosos oídos, parte como aptos para seducir los ánimos sencillos, y contrarios a la verdad católica; y prohíbe su predicación a todas las personas de estado eclesiástico y seglar, bajo las más graves penas.
Los escritos donde se contienen los mencionados errores deben, luego después de la publicación de la bula, ser quemados pública y solemnemente en todas partes. En este lugar se alude por primera vez en el documento a Lutero, dirigiéndose luego a su persona, de la manera siguiente. Ante todo se refiere el curso de las cosas hasta aquel punto, y se acentúa que el Papa no ha omitido cosa alguna para apartar a Lutero de su extraviado camino, con caridad y gravedad. Se traen a la memoria su citación, las conferencias con Cayetano, la contumaz desobediencia con que Lutero, durante más de un año, permaneció en las censuras, así como en su apelación (ya severamente prohibida por Pío II y Julio II), a un Concilio futuro, cuya autoridad, por lo demás, había él mismo declarado por nula. De todas estas cosas se saca por consecuencia, que el Papa podía proceder desde luego contra él, como contra persona sospechosa en la fe, y aun como contra un hereje, sin ulterior apercibimiento; a pesar de lo cual, quería el Sumo Pontífice no pronunciar todavía la excomunión, sino, por consejo de los cardenales, sustituir a la justicia la gracia, teniendo presente la misericordia de Dios, «que no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva», olvidando todas las injurias inferidas a la Santa Sede; y proceder respecto de él con toda benignidad para poder recibir de nuevo al hijo pródigo en el seno de la Iglesia. Por esto se exhorta y se conjura a Lutero, por la misericordia de Dios y la sangre de Cristo, a que no siga perturbando la paz, la unidad y la verdad de la Iglesia, por los que el mismo Salvador había orado tan instantemente al Padre; sino que renuncie a sus errores ya condenados, y se retracte de ellos. Para esto se señala un término de treinta días después que la bula se hubiere fijado en la iglesia de San Pedro y en la Cancillería en Roma, así como en las catedrales de Brandenburgo, Meissen y Merseburgo. Si durante este plazo no tuviera efecto la retractación, en virtud del presente documento, Lutero y sus partidarios, «como sarmientos secos que no permanecen en Cristo» (Joh. XV, 6), debían ser declarados y condenados como herejes notorios y pertinaces, y sometidos a todas las penas contra los tales impuestas por el Derecho canónico.
La bula vuelve a hablar luego de los escritos de Lutero [87], y manda que todos sus libros presentes y futuros, aun cuando no contuvieren los errores arriba especificados, sean entregados al fuego.
Después de transcurrido el término de sesenta días, los fieles debían evitar a Lutero como hereje; y se requiere a todas las autoridades eclesiásticas y seculares para que luego le prendan y le envíen a Roma, o expulsen de sus distritos a él y a sus partidarios. Todos los sitios donde entrare, durante el tiempo de su permanencia, y todavía tres días después, quedarán sujetos a interdicto. Finalmente, se requiere a todo el clero secular y regular, para que declaren a Lutero y a los de su facción como herejes, en caso de que no se hayan sometido transcurrido el término.
Así, pues, hay que distinguir en esta bula tres partes: en la primera se condenan incondicionalmente los errores de Lutero contra la fe; en la segunda, asimismo incondicionalmente, son condenados sus escritos, los cuales deben ser quemados luego después de la publicación de este documento. Por el contrario, al autor de aquellos errores y escritos, del cual se trata en la tercera parte, se le concede todavía un plazo para reflexionar, y sólo después de transcurrido éste, debía incurrir en la excomunión [88].
La bula «Exurge» dirige, por consiguiente, a Lutero y a sus partidarios, la monitio evangelica, que debe preceder a la excomunión, dejándoles, por una parte, tiempo para arrepentirse, y sirviendo por otra parte al juez para determinar el momento de la pertinacia, que es esencial para que realmente exista la herejía [89].
2
La publicación y ejecución de la bula «Exurge», confióla el Papa, por breves de 17 y 18 de Julio de 1520, al bibliotecario pontificio Jerónimo Aleander y al profesor de Ingolstadt Juan Eck, que poco después fue nombrado protonotario. Ambos eran sabios fielmente adictos a la Santa Sede y de eminentes y raras dotes y energías; sin embargo, el italiano tenía más de humanista que de teólogo, y tampoco su conducta moral había estado durante mucho tiempo libre de mácula, bien que entonces no había recibido aún el sacerdocio[90].
Jerónimo Aleandro [91] o, según la forma luego generalizada, Aleander, había nacido en Motta en el Friul el año 1480, y ya durante sus estudios en Venecia se había granjeado fama de eminente humanista. También hizo estudios de Teología y Derecho canónico, pero principalmente se señaló por su talento para las lenguas. Su fama creció todavía más cuando fue invitado a enseñar en la Universidad de París, donde trabajó, con una interrupción de medio año, desde 1508 hasta 1513, siendo propiamente el fundador de la enseñanza del Griego, y al mismo tiempo el más distinguido profesor de Hebreo y de Latín, en tiempo de Luis XII. Aleander trocó en 1514 esta brillante y fructuosa actividad como profesor de la Universidad y escritor humanista, con un empleo de confianza al lado del príncipe obispo de Lieja, Eberardo de la Marca; en 1515 fue nombrado su canciller, y en 1516 le envió su señor a Roma, encargado de negocios. El talento universal del diplomático, que tenía asimismo dotes musicales, le proporcionó allí el favor del Papa y del cardenal Médici, a cuyo servicio entró como secretario a fines de 1517. Pero también entonces siguió trabajando con celo en favor de su príncipe obispo, el cual aspiraba al cardenalato; y aun su nombramiento de Prefecto de la biblioteca Vaticana, verificado en Julio de 1519, no introdujo en esto mudanza. Con el Papa y el cardenal Médici, trataba Aleander con mucha confianza, y cuánta fuera la estima que de él hacían lo muestra el haberle enviado al Emperador.
También era hombre de egregio talento el segundo nuncio, Juan Eck, el cual, habiendo salido, lo mismo que Lutero, de una familia de labradores, mostró una disposición extraordinariamente universal. Interesábase por las más difíciles cuestiones de la Escolástica, y no menos por la Teología mística, por los problemas especulativos, como por los conocimientos positivos de su época; y asimismo dedicó un vivo entusiasmo a los estudios humanísticos. Como teólogo era muy superior a Aleander, y luego que, casi por casualidad, se vio envuelto en la controversia con Lutero, puso todo su saber y toda su energía al servicio de la Iglesia. Con un celo verdaderamente de fuego, y frecuentemente con excesiva dureza, peleó contra el innovador y sus partidarios donde quiera que pudo; pues estaba firmemente persuadido de los peligros que sus errores entrañaban. Eck mereció completamente el título honorífico de «Aquiles de los católicos» que le dio el cardenal Pole, y actualmente todos reconocen que fue el más importante, activo y temible adversario de Lutero [92].
León X determinó el círculo de acción de Eck de suerte, que le acreditó cerca de los obispos de Brandenburgo, Meissen y Merseburgo y de los otros obispos y prelados, así como cerca del duque Federico de Sajonia, de los demás príncipes electores, de Juan de Sajonia y de los otros príncipes, barones y ciudades de la Alta y Baja Alemania [93].
Aun cuando, por lo que toca al mismo Lutero, no podía hacer diferencia la persona a quien se hubiese encomendado la publicación de la bula, como quiera que desde el año 1519 estaba firmemente resuelto a romper para siempre con la Sede Pontificia y la Iglesia Católica; sin embargo, por lo que mira a los partidarios de Lutero, se ha de considerar como un error por extremo desdichado, haberse dado este encargo precisamente a Eck [94], el cual se había manifestado como el más decidido adversario del profesor de Wittenberg, y atraídose en tan alto grado el rencor de los amigos de Lutero. Por esta razón fue también muy desfavorable para la causa católica, el haberse conocido en Alemania la parte que tuvo Eck en la composición de la bula «Exurge». Por efecto de esto, el juicio del Papa pareció un golpe, no dirigido por la vara del justo juez, sino por la espada de un apasionado enemigo [95].
En Agosto de 1520 llegó Eck con la Bula a Alemania, donde el importante documento había sido conocido prematuramente, por traición de los empleados romanos; de suerte que, ya antes de su publicación en Roma, pudo imprimirse allí y escarnecerse en sátiras [96]. Eck comenzó su acción [97]en Sajonia, dirigiéndose desde luego atrevidamente al centro mismo de los enemigos. A 21 de Septiembre hizo fijar la bula en Meissen, a 25 en Merseburgo y a 29 en Brandenburgo. Tanto a Eck como a Aleander, se les había dado la facultad de nombrar especialmente, en el documento de la publicación, a algunos de los particulares partidarios de Lutero [98]; y conforme a esto, puso Eck los seis nombres de Carlstadt, Juan Wildenauer (Silvius) de Eger, Juan Dolzegk de Feldkirch, Wilibaldo Pirkheimer, Lázaro Spengler y Bernardo Adelmann de Adelmannsfelden [99]. El anuncio de haberse ejecutado la publicación, que envió Eck a Roma en los primeros días de Octubre, tuvo por efecto «que los mencionados, dentro el plazo de 60 días, hubieran de enviar al Papa su justificación, o la absolución reservada a los Comisarios especiales, a no ser que estos últimos se encargaran de hacer por sí mismos esta comunicación; en otro caso incurrían en las penas de la bula» [100].
De los seis partidarios de Lutero amenazados de esta suerte con la excomunión, fue Adelmann el primero que, después de haberse desahogado al principio con palabrones, y procurado retardar la insinuación de la bula, recurrió a Eck pidiendo la absolución, que le fue concedida a 9 de Noviembre de 1520, y se le entregó el 15 del mismo mes; pero su sumisión no era sincera; antes continuó siendo secretamente partidario de Lutero, por más que logró con su conducta hacer buena impresión en Eck [101]. También Pirkheimer y Spengler, ambos de Nuremberg, se dirigieron a Eck pidiendo la absolución.
Ya en Leipzig, a donde llegó Eck a 29 de Septiembre, comenzó a sentir las grandes dificultades que le aguardaban. Los estudiantes de Wittenberg le amenazaron personalmente, y tropezó asimismo en la Universidad con inesperadas dificultades, de suerte que no se ejecutó allí la bula hasta Febrero de 1521 [102]. Pero entonces comenzó de veras la resistencia. A 7 de Marzo de 1521 pudo comunicar Lutero a su amigo Link la agradable noticia, de que la bula había sido en Leipzig cubierta de lodo y hecha pedazos. Lo propio sucedió en Torgau y Döbeln. En este último sitio, se le añadió además la satírica suscripción: «El nido está aquí; pero los pájaros han volado» [103].
Desde Leipzig envió Eck la bula, a 3 de Octubre de 1520, al Rector de la Universidad de Wittenberg, Pedro Burkhard; pero la Universidad se negó a recibirla [104]. También se opuso la Universidad de Erfurt, donde se promovió un motín estudiantil, y donde hasta la Facultad de Teología conspiraba contra Eck; los estudiantes rasgaron la bula y la arrojaron al Gera [105]. La Universidad de Viena, a donde Eck envió la bula a 14 de Octubre, resistióse asimismo, alegando que no quería admitir aquel documento antes de recibir la significación de la voluntad del Emperador, a quien se escribió por esta causa a 10 de Diciembre [106]. Aun cuando la Facultad de Teología se sometió, perseveró el Rector y el resto de la Universidad en su resistencia, y sólo el mandato imperial (Marzo de 1521) [107], logró que se aceptara la bula; aun el propio obispo mostró la mayor tibieza [108]. Hasta en la misma Ingolstadt, a donde Eck había enviado la bula a la Universidad a 17 de Octubre, no se hizo la publicación de la misma hasta 29 de Octubre, después de alguna resistencia [109].
También muchos obispos titubeaban por minuciosas consideraciones y por timidez. El arzobispo de Meissen ejecutó la bula en Enero de 1521, el de Merseburgo a 23 del mismo mes; y en las partes de los Estados del príncipe elector de Sajonia, donde dicho obispo ejercía la jurisdicción eclesiástica, no la publicó hasta Abril de 1521 [110]. De los obispos de la Alemania del Sud, el de Eichstätt, Gabriel von Eyb, hizo publicar la bula por su vicario general luego a los diez días de habérsele entregado, a 24 de Octubre de 1520 [111]. Más dificultades opuso el obispo de Augsburgo Cristóbal de Stadion [112], al cual había dirigido Eck el requerimiento para la publicación de la bula a mediados de Octubre. Su cabildo catedral estaba dividido en dos partidos, uno pequeño en favor del obispo, y otro partido contrario bajo la influencia de los hermanos Adelmann, que había atraído también a su lado al deán Felipe Rechberg, joven incapaz y sin independencia de criterio. Ambos partidos se oponían, por razones de oportunidad, a que el mismo obispo ordenara la publicación, mientras el partido de Adelmann oponía además dificultades de principios, y herido directamente en la persona de Bernardo Adelmann, procuraba alcanzar por lo menos una dilación, proponiendo que el obispo llamara a Eck para tratar personalmente con él las dificultades [113]. Por lo que toca al obispo, no tenía dificultades doctrinales; «lo que determinaba su actitud, no era en manera alguna su inclinación a favor de Lutero, ni por otra parte el celo por mantener la pureza de la fe; es verdad que la bula le fue desagradable, pero por motivos puramente exteriores, es a saber, por el peligro que amenazaba al clero, y a los bienes y privilegios de que se hallaba en posesión, por parte de la población de aquella ciudad imperial muy propensa al motín. La actitud que tomó en aquella difícil situación estuvo enteramente guiada por razones de política utilitaria [114]. Luego, pues, que hubo recibido la respuesta de Eck rehusando su invitación, y por ende, un nuevo requerimiento para que procediera en seguida a la publicación; como vio que el diferir la publicación de la bula podía tener para él y su obispado consecuencias más perniciosas de las que era posible que resultaran de su obediencia al mandato del Papa, ordenó, sin diferirlo más, que se dispusiera la publicación [115]. El mandato para ésta, lleva la fecha de 8 de Noviembre [116]; a 12 del mismo mes mandó que se imprimiera dicho mandato y la bula, y repitió esta orden el 14 [117], después de haber recibido entretanto de Eck, a quien había rogado tomase a su cargo la publicación de la bula y extensión del mandato, un harto franco escrito, de 10 de Noviembre, donde Eck rehusaba lo solicitado, indicándole «que el obispo, como buen pastor, no debía valerse de otro cuando amenazaba peligro de lobos» [118]. La dificultad que halló la impresión en Augsburgo, produjo nuevas dilaciones. A 30 de Diciembre de 1520 se publicó la bula en la ciudad, pero en su obispado no se hizo esta publicación hasta principios del año 1521 [119]. El conde palatino Felipe, obispo de Frisinga, publicó la bula de mala gana, y después de muy diversas objeciones, a 10 de Enero de 1521 [120]. El conde palatino Juan, administrador de Ratisbona, la hizo leer desde los púlpitos a 4 de Enero de 1521 [121]. El obispo de Bamberga no la quiso publicar, porque no se le había remitido por la vía ordinaria [122]. En Passau no se hizo por de pronto absolutamente nada [123]; pues su obispo Ernesto, hermano menor del duque de Baviera, era del número de aquellos infelices que habían entrado sin vocación en el estado eclesiástico, sólo para obtener un principado; y se refiere que este prelado se complacía en la conversación acerca de las opiniones luteranas, y acaso por esta causa omitió Eck el enviarle la bula [124].
Pero así como la conducta del obispo de Passau no puede maravillar, así parece tanto más sorprendente la tibia actitud del cardenal Lang de Salzburgo. Todavía a principios de Marzo de 1521 no había dado este prelado ningún paso contra Lutero; y también parece hubiera preferido de mejor gana, aguardar en expectante inacción el ulterior desarrollo de los sucesos, sin fomentarlos ni impedirlos con una intervención decidida [125]. De la misma manera pensaban también entonces los duques de Baviera, a lo cual contribuían asimismo los celos acerca del señorío territorial. A 11 de Marzo dirigieron a los obispos de sus Estados, escritos de queja sobre la manera cómo los curas procedían después de la publicación de la condenatoria bula pontificia. Por su propia experiencia y por relaciones fidedignas, habían hallado que la dureza con que se rehusaba la absolución a los poseedores de escritos luteranos que se negaban a entregarlos, servía más bien para exacerbar los ánimos y destruir las obras cristianas que para producir un influjo beneficioso para la salud de las almas; pues los legos se oponían resueltamente, «clamaban y murmuraban». Como entonces se iba a tratar con Lutero en la dieta de Worms, debían los obispos ordenar que, hasta ver el resultado de aquellas negociaciones, sus curas cesaran en los procedimientos contra los escritos de Lutero, sin aprobarlos ni condenarlos, sino dejándolos estar en paz. A esto contestó muy oportunamente el obispo de Eichstätt, que no estaba en su poder derogar los mandatos pontificios [126].
Este proceder de los duques de Baviera, los cuales eran verdaderamente católicos, muestra cuán poco conocían todavía entonces toda la trascendencia de aquel asunto.
Lutero [127], que sabía estar perfectamente protegido por su Príncipe elector [128], había al principio, a ejemplo de Erasmo, hecho semblante de no creer que la bula fuese genuina; antes bien declaró que eran maquinaciones de Eck, y le calumnió con esta simulación en el escrito «De las nuevas bulas y mentiras de Eck». Pero cuando ya no pudo sostener más la apariencia de duda acerca de la legitimidad, se desató con tanto mayor violencia contra el Papa. «Todavía nunca, desde el principio del mundo, escribió a Spalatín a 4 de Noviembre de 1520 [129], ha hablado Satanás contra Dios tan desvergonzadamente como en esta bula. Es imposible que ninguno se salve de los que se adhieren a ella o no la combaten» [130]. A 17 de Noviembre volvió a apelar del Papa, como de «juez injusto, hereje y apóstata enteramente extraviado y condenado en todas las Escrituras», a un universal concilio cristiano, y requirió al Emperador, a los príncipes electores y a todos los demás príncipes y autoridades, para que defendieran su apelación y se opusieran a la anticristiana conducta y violento crimen del Papa; a quienquiera que siguiese al Papa, él, Martín Lutero, le hacia responsable ante el juicio divino [131]. Lutero desahogó toda su ira en el libelo desmedidamente apasionado, escrito en latín y alemán, que publicó a principio de Noviembre: «Contra la bula del Anticristo». Partiendo de su acostumbrado supuesto, que sólo su doctrina era la verdadera, declara que la bula, que se oponía a esta verdad, pretendía forzar a que se negara a Dios y adorara al demonio. Si el Papa con sus cardenales no enmendaba esto, tenía él su sede por asiento del Anticristo, la condenaba y la entregaba a Satanás con esta bula y con todas sus decretales, «¿Qué maravilla sería ahora, si los príncipes, la nobleza y los legos dieran en la cabeza al Papa, a los obispos, a los curas y frailes y los arrojaran de la tierra? La bula merece que todos los verdaderos cristianos la pisotearan y la devolvieran con azufre y fuego al Anticristo romano y al doctor Eck, su apóstol» [132]. Para demostrar enteramente su pertinacia [133], publicó un segundo escrito en el cual defendía las proposiciones condenadas y, en parte, todavía las exageraba [134].
A 10 de Diciembre de 1520, en una gran manifestación pública, rodeado de estudiantes, quemó Lutero la bula pontificia delante de la puerta de Elster en Wittenberg, junto con los libros del Derecho canónico y algunos escritos de sus contrarios, mientras decía: «Porque tú has contristado al santo del Señor, así te contriste y consuma a ti el fuego eterno». Con este hecho dio pública y cruda expresión a su rompimiento con la Iglesia; y al día siguiente declaró en clase a sus oyentes: «que el haber quemado la bula no era sino una pequeñez; que era necesario que el mismo Papa, esto es, la Sede Pontificia, fuera quemada; quien no se oponía con todo su corazón al Papado, no podía obtener la salvación eterna» [135]. En el tratado publicado para justificar este paso, «Por qué los libros del Papa y de sus discípulos han sido quemados por el doctor Martín Lutero», declara que: «desde antiguos tiempos se ha acostumbrado abrasar los libros impíos (Act. Ap. XIX, 19), y como doctor de la Sagrada Escritura estaba él obligado a reprimir los libros malos; si otros dejaban de hacerlo por ignorancia o por temor humano, no por eso quedaba él libre de esta obligación; en Colonia y en Lovaina habían sido quemados sus escritos, lo cual había despertado en los ignorantes una sospecha que le era perjudicial; por consiguiente había él quemado los libros de sus enemigos para confirmación de la verdad, y esperaba no haberlo hecho sin inspiración del Espíritu Santo» [136].
El plazo de sesenta días después de haber sido publicada la bula en Meissen, Merseburgo y Brandenburgo, había expirado a 27 de Noviembre [137], y a 3 de Enero de 1521 se pronunció la excomunión por la bula Decet Romanum Pontifìcem [138].
La bula de 3 de Enero de 1521 excluyó definitivamente de la Iglesia a Lutero y a sus partidarios, y al propio tiempo quitó a muchos el pretexto de que Lutero no había sido todavía condenado incondicionalmente por la Santa Sede. Con este documento se expidió además, a 3 de Enero, un breve especial al cardenal Alberto de Maguncia, que había sido nombrado inquisidor general para toda Alemania, lo propio que a los nuncios Caracciolo, Aleander y Eck, en el cual se los excitaba a proceder enérgicamente contra todos los luteranos contumaces, aun cuando estuvieran adornados con la dignidad de príncipes electores; y asimismo se les dieron facultades para reconciliar a los arrepentidos; sólo la absolución de Lutero, Hutten, Pirkheimer y Spengler, reservó el Papa para sí mismo [139].
Al paso que los dos últimos mencionados «no sin sensible humillación personal», solicitaron la absolución [140], no pensaba Hutten ni remotamente en dar semejante paso. Su agitación contra Roma no conoció ya ningún límite, desde que un breve pontificio de 20 de Julio de 1520 había requerido al arzobispo de Maguncia a que pusiera término a sus peligrosos manejos, y en caso necesario, procediera contra él con todo rigor [141]. Hutten editó la bula pontificia con mordaces anotaciones. En el prólogo excita a todos los alemanes a vengarse de aquel documento, por el cual procuraba el Papa sofocar la verdad naciente. Puso el colmo a todo con una misiva a León X en la cual se dice: «Es necesario poner término y coto a tu avilantez y echar un freno a semejantes pueriles y antojadizas bulas» [142].
En hojas volantes, destinadas para el pueblo, y escritas por lo mismo en alemán, se atreve Hutten, confiando en el poder de las armas de su amigo Sickingen [143], a excitar públicamente a una guerra de religión con coplas como ésta: «Destruyamos la superstición—restituyamos aquí la verdad—y, como a buenas no es posible,—es menester que cueste sangre.»
Lo que pudiera hacerse contra semejantes agitaciones, dependía principalmente de la actitud del joven Emperador, en el cual debía ante todo influir Aleander.