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Ludwig von Pastor
Historia de los Papas
LEÓN X (1513-1521)

 

 CAPÍTULO VII A:
  Causa y ocasión de la división religiosa en Alemania.
 (pp. 266-324)
 

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Con haber a última hora cambiado prudentemente, y desistido de su resistencia contra la elección de Carlos V, preservó León X el prestigio de la Santa Sede de un sensible menoscabo; y asimismo evitó de esta manera un conflicto público con el nuevo Emperador, sin medir, a lo que parece, toda la inmensa trascendencia que tenía ésta su cautela, precisamente entonces, a vista de la revolución religiosa que se preparaba y arraigaba profundamente en Alemania [1]. De una ocasión pequeña, y en sí misma insignificante, se desarrolló en breve tiempo en todo el Imperio una tormenta contra Roma, que sacudió el Pontificado en sus más firmes cimientos.

El hombre que desencadenó aquella tempestad, es una figura cual no pueden señalarse muchas otras en la Historia. Desde hace cuatro siglos vacila la imagen de este carácter en las apreciaciones de los hombres, y al presente, el acuerdo de las opiniones parece estar más lejano que en ningún otro período del tiempo pasado. Pero en un punto es menester que convengan amigos y enemigos; es a saber: que por muy importante que pudiera ser la personalidad de Martín Lutero, él solo no hubiera podido producir la revolución que rasgó para muchos siglos la unidad de la iglesia de Occidente. Más poderosamente que ningún otro, contribuyó él sin duda a la catástrofe del antiguo estado de cosas; pero, en el fondo, no hizo más que arrojar la tea incendiaria en el combustible que se había venido acumulando durante siglos.

El último período de la Edad Media muestra al atento observador, en Alemania, a par de una poderosa intención de la vida y sentimientos religiosos [2], gravísimos daños eclesiásticos y morales. La luz y las sombras se hallan mezcladas por extraña manera en la extensa masa del pueblo; y los contrastes que son característicos de aquella época, se muestran con especial crudeza en el clero secular y regular [3]. Al lado de la abnegación y espíritu de sacrificio, de la ardiente caridad de Dios y del prójimo, se ofrecen, por otra parte, con mucha frecuencia, las más repugnantes manifestaciones de indomable egoísmo, codicia, sensualidad y disolución de costumbres. A muchos observadores parecían estos abusos tan graves, que temían había de venir contra ellos un juicio de Dios [4]. Eran una fuente de corrupción para la Iglesia alemana, ante todo, las desmedidas riquezas, las cuales, en su desordenado crecimiento, por una parte despertaban la envidia y el rencor de los legos; y por otra debían influir asimismo muy desfavorablemente en los ministros mismos del santuario. Lo peor de todo era sin duda, que estas riquezas excesivas movieron a la nobleza alta y baja a aprovecharse de la Iglesia como establecimiento donde colocar a sus hijos, de suerte que poco a poco fueron reduciendo a su dominio exclusivo todos los altos puestos eclesiásticos, especialmente los canonicatos de los cabildos catedrales. Este abuso, cuyos principios procedían desde el siglo VIII, se había llegado a extender casi en todas partes a principio del siglo XV; y la consecuencia natural de él era, que cada día entraban en mayor número, en el estado eclesiástico, nobles sin ninguna vocación, movidos sólo por el deseo de alcanzar una sinecura. Estos canónigos nobles, que con frecuencia ya en edad muy juvenil y antes de recibir ningunas órdenes, reunían en su mano varias prebendas de diferentes catedrales, introdujeron en los cabildos el espíritu de aseglaramiento, de sensualidad y de avaricia; y los casos en que, principalmente los canónigos más jóvenes, dieron grandes escándalos con su conducta inmoral, eran demasiadamente frecuentes. Ese estado de los cabildos catedrales hacía temer que, precisamente dichas corporaciones, opondrían en general poca resistencia a cualquiera religiosa novedad, y que más bien la aceptarían de buena gana, con tal que pudieran conservar sus prebendas.

El haberse la nobleza apoderado de los cabildos catedrales, tenía además otro efecto por extremo pernicioso para la Iglesia de Alemania, y es, que las sillas episcopales se proveían casi exclusivamente con personas nobles, que con frecuencia no veían en sus mitras sino una fuente de poder y riqueza. Con esto se duplicaban los peligros ya encerrados en el doble carácter de los obispos de Alemania, como prelados y señores feudales. Esto sucedió, todavía en mayor grado, cuando, principalmente desde mediados del siglo XV, las familias de príncipes compitieron en este proceder con la nobleza común, y procuraron, cada día con mayor éxito, la elevación de sus hijos menores a las sedes episcopales. Así que, aun cuando hubo también muy honrosas excepciones, se hizo cada día mayor en el episcopado el número de las personas totalmente aseglaradas, que en sus cortes sibaríticas prodigaban sus copiosas rentas; mezclábanse también los obispados en las controversias y luchas de sus familias, y dejaban totalmente a los obispos auxiliares el cumplimiento de las obligaciones del supremo cargo pastoral. Muchas fueron las quejas, que en vísperas de la revolución religiosa, elevaron algunos graves y sinceros hijos de la Iglesia, contra semejante aseglaramiento del episcopado; y entre todas se distinguen por su energía las contenidas en el notabilísimo escrito titulado: Onus ecclesiae [5]. «¿Dónde recae la elección en un obispo hábil, bueno y sabio? se dice allí; ¿dónde, en uno que no sea inexperto, carnal e ignorante de todas las cosas eclesiásticas? Los más llegan a sus prelaturas por malos caminos; por la ambición, y no por una elección legítima. Este desorden en la provisión de los cargos eclesiásticos pone en peligro a la Iglesia. ¿Qué obispo predica aún hoy en día, o cuál se preocupa por las almas que le han sido encomendadas? Pocas veces se halla un supremo pastor que, contento con una sola iglesia, no posea varias prebendas, o no llegue hasta procurar apropiarse varios obispados. A esto se añade que se preocupan más de la mesa que del altar; que, ignorantes de la Teología, se dedican a las ciencias seglares. Más son señores temporales, que siervos de Cristo; cubren sus cuerpos con oro, pero sus almas con basura. Se avergüenzan de celebrar las ceremonias eclesiásticas, y buscan su gloria en cosas frívolas. Contra las prescripciones eclesiásticas, rodéanse de personas inmorales, de juglares y gente desaprovechada. Algunas veces buscan astutos teólogos y juristas de ningún peso, que por codicia tuercen el Derecho a su voluntad como si fuese cera, callan la verdad y la encubren con lisonjas. No quiero decir nada de las malditas cacerías, a que se entregan los obispos por vergonzosa manera; y además están sólo dispuestos para guerrear, aquellos que habían sido llamados a procurar la paz y la concordia. Yo conozco algunos obispos, que tienen más gusto en vestirse las armas y empuñar la espada como caudillos militares, que en andar con el traje eclesiástico. Y así, las cosas han llegado a punto, que el estado episcopal se reduce ahora a la posesión terrena, a cuidados sórdidos, tumultuosas guerras y al señorío temporal. Ni siquiera la beneficencia ejercitan los obispos; no tienen cuidado de los pobres de Cristo, y en cambio se ceban a sí mismos, alimentan perros y otros animales, como si prefirieran pertenecer al número de aquellos, contra quienes Cristo Nuestro Señor dictará con toda razón la sentencia: Fui peregrino y pobre y no me recibisteis; por tanto, ¡apartaos de mí, malditos, al fuego eterno! Casi todos los obispos están contaminados con avaricia, arrebatan lo ajeno, disipan los bienes de la Iglesia; el dinero que deberían emplear en el servicio divino y en favor de los pobres, lo gastan en otros usos. Las rentas eclesiásticas no las emplean en fines piadosos, sino sólo en beneficio de sus parientes, en cómicos, aduladores, monteros, malas mujeres y personas semejantes. Aun los bienes inmuebles, los dan a sus parientes contra derecho, arrendándolos a los tales por un precio de burla, en perjuicio de sus iglesias, para ruina de la justicia y con grande opresión de los pobres. ¡Tales dilapidadores deben ser contados entre los herejes! No se celebran los sínodos provinciales y diocesanos que están prescritos, y como consecuencia, se descuidan muchos negocios eclesiásticos que necesitarían enmienda. Fuera de esto, los obispos no visitan sus parroquias en las épocas determinadas, y no obstante, les exigen graves tributos. Así es como está caída la disciplina de los clérigos y de los legos, y las iglesias sin ornato y ruinosas. Si alguna vez se celebra alguna visita, se preocupan más de lo temporal que de lo espiritual; abandonan de todo punto el cuidado de que las parroquias sean proveídas en personas a propósito.»

Por más que el autor de este escrito, en su fervor por la reforma, generalizara demasiadamente los defectos, está, sin embargo, demostrado por los testimonios de otros varones de sólido espíritu eclesiástico, y por hechos inequívocos, que en muchos lugares era en todo caso muy malo el proceder de los prelados alemanes, en el último período que precedió a la gran revolución religiosa.

La provisión de numerosas sedes episcopales en hijos de príncipes y nobles, olvidados de sus deberes y en nada mejores que el común de sus coetáneos del estado seglar, y la negligencia de las obligaciones pastorales que de esto resultaba, tuvieron por natural consecuencia el extendido abandono moral y religioso, así del clero secular y regular, como de los legos; sin lo cual, sería incomprensible, a pesar de todas las circunstancias que favorecieron la catástrofe, la repentina apostasía en masa con que tan gran parte del pueblo alemán se separó de la fe de sus mayores.

Mientras varios papas del siglo XIII habían combatido todavía el monopolio que se arrogaban los príncipes y la nobleza en las iglesias de Alemania, este pernicioso abuso, no sólo fue tolerado en el siglo XV por parte del supremo gobierno de la Iglesia, sino con harta frecuencia se llegó hasta fomentarlo. El aseglaramiento y la confusión de ideas había llegado hasta tal punto en la Curia, que no parecía haber ya allí inteligencia para comprender, cuán pernicioso influjo debía ejercer el episcopado mundano en el estado general de las cosas religiosas; y aun un espíritu tan perspicaz como Eneas Silvio Piccolomini, todavía en 1457, en su defensa de la Sede Romana contra las acusaciones de Martín Mayr [6], ensalzaba como un merecimiento de la Curia el elevar de buena gana a las sedes episcopales a los hijos de los príncipes, como poco antes se había hecho en Tréveris y Ratisbona, porque un obispo de familia de príncipes debía aventajarse mucho, en pro del prestigio y de la defensa de los intereses de la Iglesia, a otro procedente de bajo estado; y colocándose en el punto de vista propio del distinguido humanista, reprende que hombres de bajo estado, por haber acaso aprendido alguna ciencia, aspiren a los obispados, y que los cabildos catedrales de Alemania, exceptuados Colonia y Strasburgo, por dominar en ellos la nobleza inferior, unida con elementos de plebeyo nacimiento, se muestran todavía poco inclinados, en general, a elegir hijos de príncipes, para no tener obispos a los que se vean necesitados a obedecer. Que no la alteza del estado, sino ante todo las cualidades morales, fueran necesarias para hacer un buen obispo; parece haberse escapado enteramente a la penetración del ingenioso sienés.

Al fin del segundo decenio del siglo XVI, cuando comenzó el trastorno eclesiástico, no sólo una larga serie de arzobispados y obispados alemanes estaban ocupados por hijos de príncipes [7], sino que varios de estos principescos obispos, como Alberto de Brandeburgo, podían, con beneplácito del Papa, reunir en su persona dos o más obispados.

En contraposición con el alto clero, que se servía de sus rentas para entregarse a una vida sibarítica, el humilde clero parroquial no poseía ningún emolumento cierto, sino veíase reducido a los derechos de estola y a los diezmos, muchas veces inseguros, y en su pobreza, y, a la verdad, a veces también por codicia, recurría a diversas maneras de lucro enteramente incompatibles con el estado eclesiástico, y a propósito para exponerlo al menosprecio del pueblo [8]. Entre las causas que producían entonces esta triste situación de una gran parte del clero, hay que considerar como una de las principales, el número excesivamente grande del clero inferior. Aun cuando, por una parte, se ha de mirar como un hermoso rasgo de la piedad medioeval, el gran número de fundaciones de misas y beneficios, no dejaba esto de tener su lado obscuro, por cuanto había una gran multitud de prebendas pequeñas que, ni podían ofrecer suficiente sustentación a sus poseedores ni darles ocupación bastante. Así en las iglesias parroquiales de las grandes y pequeñas ciudades, como en las catedrales, había, consecuencia de esto, un excesivo número de clérigos de orden inferior; y no puede ponerse en duda que, entre esta multitud de ministros del altar, no todos tenían de antemano vocación al estado eclesiástico, ni todos encontraban trabajo suficiente [9]. Muchos padres eran tan faltos de conciencia, que destinaban al estado religioso o eclesiástico, a aquellos de sus hijos que no servían para otra profesión, sólo con el fin de tenerlos colocados. La triste situación exterior, junto con la falta de una ocupación que, por lo menos hasta cierto punto, llenara su vida, hacía lo demás para extraviar, también en el concepto moral, a los muchos clérigos que no tenían vocación verdadera, y con frecuencia habían recibido una formación teológica muy deficiente [10]. Aun allí donde había obispos buenos y dignos, que procuraban cumplir con sus deberes, era difícil, y muchas veces imposible, mantener el orden necesario; y si a esto se agregan las circunstancias del episcopado que dejamos descritas, se comprende que todos los abusos podían extenderse sin obstáculo.

Por extremo numerosas son, en el siglo XV, las acusaciones de inmoralidad y concubinato contra los clérigos; bien que en esta materia, no debe olvidarse que algunas expresiones de los predicadores y moralistas son evidentemente exageradas [11]; que naturalmente, siempre se habla más de los daños y abusos que de las cosas normales y ordenadas [12]; y que también hubo obispos de sentimientos graves y religiosos, y numerosos sínodos que emprendieron una lucha, no siempre infructuosa, así contra la inmoralidad como contra los otros males. Hubo también en Alemania regiones enteras, como las provincias del Rhin, Schleswig-Holstein y el Allgäu, donde, según buenos testimonios, el clero llevaba, en su gran mayoría, una vida moralmente irreprensible [13]. A pesar de todo, los malos abundaban harto; y principalmente en Franconia, Sajonia, Westfalia, Baviera, las tierras de Austria, en especial en el Tirol, la diócesis de Constanza y en el Alto Rhin, lo propio que en casi todas las grandes ciudades, el clero se hallaba en estado lamentable [14]. En muchas partes había un proletariado eclesiástico, que constituía un verdadero peligro para la Iglesia, dispuesto siempre a adherirse a cualquiera movimiento que prometiera dar campo a sus inferiores apetitos [15].

En los eclesiásticos que gozaban de mejor posición, se juntaba con la inmoralidad, el lujo; «los clérigos, dice un contemporáneo, se encuentran con más frecuencia en los convites, en las hospederías, en el juego y en el teatro, que en los sitios consagrados a Dios». Con razón se atribuía principalmente al abuso del derecho de patronato, ejercido por personas eclesiásticas y seglares, el que algunos hombres rudos, malos e ignorantes fueran preferidos a los sacerdotes dignos. Fuera de esto, ponderan los contemporáneos la soberbia y la avaricia, como vicios principales, con los que el clero se había hecho particularmente odioso. La avaricia contaminaba algunas veces aun a los mejores; y se hallan quejas de que, aun los clérigos instruidos, no se consagraban a los deberes sacerdotales, y procuraban sólo sacar de las iglesias provechos pecuniarios [16]. La codicia del clero de todos los grados, se mostraba en el conato de elevar todo lo posible las múltiples rentas e impuestos eclesiásticos en la caza de prebendas y acumulación de beneficios, en el nepotismo y la simonía. Además era efecto de la avaricia, el abuso de los vicariatos, por cuanto muchos poseedores de ricas prebendas no se consideraban obligados a la residencia, y mientras ellos nadaban en la abundancia y se entregaban a una vida mundana en las cortes de los príncipes y de la nobleza, dejaban encomendados sus cargos a vicarios mezquinamente retribuidos.

También los papas del siglo XV tuvieron grave culpa en este mal estado de cosas, por otorgar los cargos eclesiásticos a personas indignas o inhábiles, y conceder con excesiva liberalidad la dispensa de la obligación de residir, y asimismo la de acumular beneficios. ¡Cuán perniciosamente debía influir el que los papas repartieran a los poco escrupulosos pretendientes de beneficios, que a millares pasaban los Alpes, prebendas, cartas expectativas y reservas sin número, es harto evidente! El odio contra estos que llamaban «cortesanos», era general [17]; y todo ello contribuía á extender círculos cada vez mayores, un profundo disgusto del estado de las cosas eclesiásticas, que se dirigía aun contra los mismos papas.

Además hubo de ejercer en el clero un influjo por extremo dañoso, la circunstancia de que los antiguos establecimientos de educación para los eclesiásticos, esto es, los seminarios episcopales, habían perdido casi totalmente su importancia. Por mucho que las Universidades hicieran por el cultivo de la ciencia teológica, no podían suplir suficientemente a los seminarios, como establecimientos de educación eclesiástica, por cuanto sólo concurrían a ellas la menor parte de los clérigos. Así, al lado de un alto clero bien instruido, había en las esferas del clero inferior muchos ignorantes, faltos de formación, los cuales, como lamenta Tritemio [18], no se preocupaban por el estudio de la Sagrada Escritura, y muchas veces ni siquiera sabían suficientemente la lengua latina. Verdad es que estos reproches, lo mismo que las demás acusaciones contra el clero de entonces, no deben generalizarse demasiado; pues cabalmente la acción de varones como Wimpheling, Geiler von Kaisersberg y otros, que con frecuencia se expresan con tanta energía contra los abusos, muestra claramente que al lado de los indignos, demasiadamente numerosos, se hallaban todavía muchos buenos elementos en la Iglesia de Alemania. Hasta un acusador tan acerbo de las miserias del clero de entonces como Juan Nider, previene expresamente contra la exagerada generalización de estas acusaciones [19], porque en todos los estados viven los buenos mezclados con los malos, por más que los malos siempre salten a los ojos antes que los buenos. Así como había excelentes obispos al lado de muchos indignos, hubo también por todas partes, en Alemania, tanto en el clero parroquial como en las Ordenes religiosas, muchos sacerdotes dignos y concienzudos, de lo cual da asimismo testimonio ocasionalmente Wimpheling, tan a menudo extremadamente acerbo en sus juicios [20]. Al estallar la revolución religiosa se mostró que al lado de la numerosísima muchedumbre de indignos sacerdotes y religiosos, que por falta de inteligencia y formación teológica, y principalmente por abandono moral, se apresuraron a abrazar las innovaciones de Lutero, todavía se había conservado, así en el clero secular como en las Religiones, un gran número de sacerdotes sabios, de pura moralidad y elevado carácter, los cuales permanecieron fieles a la Iglesia, aun donde esta fidelidad debía acarrearles grandes peligros y sacrificios personales.

El formar un juicio general sobre el estado de los monasterios de Alemania en aquella época, es cosa muy difícil, principalmente porque en esta parte todavía se han hecho pocas investigaciones particulares. El número de los monasterios era excesivamente grande. Aun aquellos que reconocen el valor y los beneficios de las católicas Ordenes religiosas, se ven necesitados a lamentar cierto exceso en el número de las fundaciones monásticas. El estado de éstas era muy diverso en los diferentes países y monasterios; y tampoco en este punto conviene generalizar demasiado los abusos, aunque indudablemente existían en gran número. Las Ordenes religiosas podían todavía, en aquella época, ostentar muchos sacerdotes dignos y de severas costumbres, lo cual era tanto más importante, cuanto que una gran parte de la cura de almas se hallaba en manos de las Ordenes mendicantes. Muchos monasterios dispensaban todavía grandes beneficios, en primer lugar para remedio de las miserias sociales del pueblo; y aun cuando no faltaron graves abusos, mostrábase, sin embargo, casi en todas partes, una enérgica reacción contra la difusión del daño. Los conatos para la reforma de los monasterios comenzaron en seguida después de la terminación del cisma de Occidente, al principio con las mayores dificultades; y en especial hay que distinguir cuatro, principales corrientes que procuraron con éxito la reforma de los monasterios alemanes: entre los Benedictinos, la Congregación de Bursfeld, los Canónigos regulares de la Congregación de Windesheim, los Agustinianos y los Franciscanos observantes. Conviene hacer notar que, desde Martín V, casi todos los papas dieron fervoroso apoyo al mejoramiento de las Ordenes, así generalmente, como en particular por lo que se refiere a Alemania [21]; y ante todo, conviene traer aquí a la memoria la acción eficaz que desplegó el cardenal Nicolao de Cusa, como Legado en Alemania y en los Países Bajos en el año 1451, asimismo respecto de la reforma de los monasterios [22]. También Pío II hizo relativamente mucho para la reforma de los monasterios alemanes, principalmente favoreciendo a la Congregación de Bursfeld y a los Franciscanos observantes [23].

El éxito de la reforma de los monasterios fue, a la verdad, muy diverso, y como en todas las esferas en aquella época, se mostraron también aquí los más rudos contrastes. Las circunstancias eran extraordinariamente distintas en cada una de las regiones y en cada una de las Órdenes; siendo cierto que en muchas partes estaba sumamente decaída la disciplina monástica, y principalmente en la Alta Alemania los conatos de reforma hallaron con frecuencia una resistencia vehemente en las Órdenes mendicantes. En la Baja Alemania y en la época crítica de la revolución luterana, la provincia agustiniana de Sajonia estaba tan relajada que, desde 1521 se disolvió totalmente, abrazando, a excepción de un corto número de religiosos, las novedades protestantes [24].

En general, los monasterios y abadías ricos eran los que se habían alejado más de su primitivo destino, y oponían a cualquiera reforma la más desesperada resistencia. Las riquezas habían producido aquí los mismos efectos perniciosos que en el episcopado y en los cabildos catedrales, induciendo a la nobleza (que se había acostumbrado a considerar la Iglesia como un establecimiento donde colocar a sus hijos), a embargar para sí sola los monasterios ricos a fin de mantener a sus segundones, negando la entrada en ellos sin ningún miramiento, a los hijos de los burgueses y labradores, que ya se hallaban excluidos de las sedes episcopales y de los demás altos puestos eclesiásticos. La nobleza alemana cargó sobre si, bajo este concepto, una responsabilidad por extremo grave; las ricas abadías servían como «hospicios de la nobleza», donde se colocaba con preferencia los deformes e inútiles para el mundo, hasta los cojos y ciegos, sin ninguna consideración a la vocación monástica. Estas personas llevaban consigo a los monasterios todos sus sentimientos mundanos, y ni aun en la vida monástica se desposeían de ellos; con lo cual las casas religiosas vinieron a una decadencia cada vez más profunda. Muchos de sus moradores andaban a su albedrío vagando fuera de los monasterios, sin que ni siquiera se los requiriese para que se restituyeran a ellos. Los monasterios y lugares sagrados se convirtieron enteramente en sitios de público comercio, como lo lamentan los contemporáneos [25]. Así aconteció que, precisamente los monasterios nobles, vinieron a ser los más desenfrenados, los que con más frecuencia se opusieron a las reformas eclesiásticas [26]; y a la verdad, los monasterios de monjas en grado no menor que los de varones. Algunos de estos monasterios de monjas tenían la más deplorable fama; por lo cual, no es de maravillar que aquellas indisciplinadas religiosas abrazaran en masa las nuevas doctrinas, quebrantando sacrílegamente sus votos y echando por la borda todas las cosas que hasta entonces habían considerado como sagradas.

Si con esto, una considerable parte del clero y de los religiosos estaba ya preparada para recibir con gozo una nueva doctrina que favoreciera sus malas inclinaciones en la medida que lo hizo el nuevo «Evangelio» de Lutero; por otra parte, la creciente aversión extendida entre las personas del estado seglar, contra el degenerado clero de todos los grados, constituyó un factor no despreciable en aquel gran movimiento de apostasía. Mientras las grandes masas del pueblo sencillo conservaban la antigua fidelidad a la religión católica, entre las personas instruidas se aumentaban las manifestaciones de una grave oposición contra el clero indisciplinado, y gradualmente fue penetrando este espíritu de oposición asimismo en las clases inferiores. Cada día se hacía mayor el disgusto contra aquellos obispos que, enteramente como si fueran príncipes seculares, entendían más en la dirección de las guerras que en cumplir las obligaciones de su cargo eclesiástico; que con frecuencia ni siquiera residían en las diócesis cuyas rentas devoraban. La manera escandalosa como el alto clero ostentaba muchas veces sus riquezas y superflua abundancia, debía producir el efecto de una provocación. En las ciudades episcopales del Rhin, la tirantez de relaciones entre el clero y la burguesía, llegó repetidas veces a originar graves conflictos, y también en otras partes ocurrieron choques lamentables entre los obispos y sus súbditos [27]. Muy pernicioso influjo ejercía asimismo en muchos lugares, la codiciosa industria de algunas comunidades monásticas, que con esto perjudicaban también al pueblo bajo el concepto material. La envidia estimuló muchas veces a los legos, a generalizar los vicios de algunos, y hostilizar indistintamente a todo el clero [28]. En particular se enderezaba el odio y el desprecio contra los monjes relajados, a quienes se echaba en cara, que no habían ido a los monasterios para otra cosa, sino para banquetear y glotonear allí, a costa de sus pobres conciudadanos. Un espíritu de acerba enemiga contra el clero y contra la Iglesia misma, se manifiesta en los diversos escritos revolucionarios del siglo XV [29]. Así ya en tiempo del concilio de Basilea, en la «Reformación del Emperador Segismundo», después en la «Reformación de Federico III», verosímilmente compuesta en el último cuarto de aquel siglo; y finalmente, de la manera más radical, en el escrito, no conocido hasta recientemente, de un revolucionario del Alto Rhin del primer decenio del siglo XVI [30]. En este libro se contienen las más sombrías y desmesuradamente exageradas descripciones del estado de las cosas eclesiásticas, políticas y sociales: se aspira a una revolución radical en todos los órdenes, y en muchos pasajes se defiende ya la secularización de todos los bienes de la Iglesia.

Al disgusto contra el clero, se añadía en muchas esferas una profunda aversión, y frecuentemente una oposición acerba contra el Papa y la Curia romana. Esta oposición no sólo cundió entre los príncipes, y a veces también entre los simples ciudadanos; sino fue por ventura aún más violenta, entre el alto y el bajo clero. En éste se hallaba indudablemente el más grave peligro para el Pontificado; «pues, sólo un clero descontento se hallaba en estado de arrastrar consigo a la apostasía, en un momento infausto, al pueblo que vivía satisfecho de su fe» [31].

Son muy varias las corrientes y los estadios que deben distinguirse en la oposición alemana contra Roma. El gran cisma de Occidente, comenzado en 1378, no sólo había, con su larga duración, producido una confusión universal, sino conmovido también profundamente, por natural consecuencia, la autoridad del Papa en general [32]. El hecho de la existencia de dos papas, debía por sí mismo producir este efecto; mas a ello se agregó la mayor dependencia de los príncipes en que se hallaron los papas por este motivo; pues, para mantener o aumentar la obediencia de los que les seguían, se vieron necesitados a otorgar amplias e importantes concesiones al poder secular, o hubieron de llevar con paciencia la arbitraria intromisión de éste en los negocios eclesiásticos, y la ampliación de los derechos del soberano territorial a costa de la autoridad de la Iglesia. Por este camino, el cisma preparó de una manera durable y perniciosa la gran apostasía del siglo XVI. Otra consecuencia de la confusión de las cosas, originada por el largo espectáculo de la existencia de dos papas, fue el obscurecerse la doctrina eclesiástica de la divina institución del Primado, y del carácter monárquico de la constitución de la Iglesia [33]. En diferentes formas se forjaron teorías que afirmaban la superioridad del concilio sobre el Papa, las cuales defendían aun algunos teólogos animados, por los demás, de sentimientos favorables a la Iglesia; pero que pensaban con esto trabajar en interés del restablecimiento de la unidad eclesiástica. Un muy comprensivo sistema de este género es el que expuso el respetadísimo teólogo alemán Enrique de Langenstein, en un escrito compuesto en 1381, sobre un concilio para la paz [34]; y ya antes que él, otro teólogo alemán, Conrado de Gelnhausen, habla desarrollado la nueva teoría en su «Carta de unión», escrita en 1380. En Francia, las doctrinas propuestas por Langenstein ejercieron principalmente grande influencia en el célebre Juan Gerson. Mas si en estos varones el serio y leal interés por la terminación del cisma fue el móvil que les condujo a la formación de la teoría conciliar, en otros las nuevas doctrinas tomaron más radicales formas y el carácter de una peligrosa oposición contra el Primado mismo. Propusiéronse teorías que negaban totalmente la institución divina del Primado y la unidad de la Iglesia; y de que estas corrientes antipapales se hallaban en la Iglesia alemana, da testimonio una numerosa bibliografía, entre la cual conviene llamar la atención sobre la apasionadamente violenta Confutatio primatus papae, compuesta en 1443 por el minorita sajón Matías Döring, apoyándose en el Defensor pacis de Marsilio de Padua [35]. Desde mediados del siglo XV, después del éxito, fatal para los partidarios de la teoría conciliar, del concilio de Basilea, y del Concordato de Viena de 1448, habíase, es verdad, comenzado a acentuar una mudanza, en muchos respectos favorable; y la llamada tendencia conciliar, también en Alemania comenzó a decaer exteriormente; pero en lo interior, la dirección antipapal no se daba en manera alguna por vencida; antes bien se arraigó con tanto mayor eficacia en lo profundo, cuanto se mostraba menos que antes en la superficie [36].

En tiempo de Calixto III se hizo sentir en Alemania una tendencia hostil al Papado, dirigida por el arzobispo de Maguncia Dietrich de Erbach. El primado de la Iglesia alemana procuró, en unión con los arzobispos de Colonia y Tréveris, la convocación de un gran concilio nacional alemán, con el objeto de obtener el reconocimiento de los decretos de Basilea, y remedio para las llamadas «Querellas de la nación alemana». En realidad, esta oposición, bajo el velo del fervor reformista de que alardeaba, no pretendía sino sus particulares ventajas [37]. Más violenta y peligrosa se mostró la oposición antipapal en Alemania en tiempo de Pío II, bastando recordar, en este concepto, el proceder del arzobispo de Maguncia Diether de Isenburg, tipo del dignatario eclesiástico aseglarado; y las turbaciones ocurridas en el Tirol en tiempo del duque Segismundo [38].Los escritos polémicos con que el jurista Gregorio Heimburg [39] intervino en aquella controversia en favor del duque Segismundo, revisten una violencia de forma, que casi nunca se había empleado hasta entonces. Por el contrario, fue de muy poca trascendencia el temerario plan de concilio de Andrés Zamometic en tiempo de Sixto IV [40], así como, en tiempo de Julio II, los conatos cismáticos de Maximiliano I, totalmente fracasados [41]. El aseglaramiento de la Curia, que alcanzó su más alto grado en tiempo de Alejandro VI, hubo de ejercer asimismo desfavorable influencia en la adhesión de los alemanes a Roma, excitando profundo disgusto en aquellos que fueron testigos oculares de los desórdenes [42]. Pero, con todo eso, el pensamiento de separarse totalmente de Roma, no halló lugar en la masa del pueblo alemán, y asimismo en todas las quejas que se levantaron, se acentuaba expresamente la obligación de la obediencia al Papa.

Las «Querellas de la nación alemana», repetidas contra la Curia de Roma [43] no tocaban ningún punto referente a la fe ni a la constitución de la Iglesia, sino a males y abusos que debían remediarse sin que Alemania se apartara del centro de la unidad eclesiástica. Referíanse más bien a los procedimientos jurídico- canónicos y a la practica de la administración romana, principalmente al otorgamiento de prebendas y a la imposición de tributos hecha por los funcionarios pontificios; y en muchos puntos dichas «Querellas» estaban tan justificadas que, aun algunos varones sinceramente adictos a la Santa Sede y de sentimientos severamente religiosos, las defendieron con energía. El que la Curia se permitiera, precisamente en Alemania, numerosos e injustificables excesos, se explica ante todo porque no se le oponía allí como en Francia e Inglaterra un poder político dotado de unidad y fuerza. La división del Imperio en innumerables territorios grandes y pequeños, parecía prestarse a semejantes abusos, y «la Curia, que tenía tantos medios a su disposición, siempre contaba con una parte de los príncipes alemanes a su favor cuando otros se rebelaban contra ella» [44].

Enconóse e irritóse más el disgusto contra Roma, por haberse mezclado en él el elemento nacional, habiéndose extendido en muchas esferas un acerbo rencor contra los italianos, a quienes se acusaba de tener en poco al pueblo alemán y no pensar sino en explotarlo. Este pensamiento se manifiesta ocasionalmente, aun en varones fielmente adictos a la Iglesia, como el arzobispo de Maguncia Bertoldo de Henneberg; al paso que otros espíritus radicales, como el aludido revolucionario alto-riniano de principios del siglo XVI, se muestran llenos de un inmenso desprecio y odio salvaje contra todos los romanos [45].

Al lado de la oposición que, sin tendencias cismáticas, se dirigía contra abusos reales o imaginados en la administración eclesiástica, se presentaron también en Alemania, en el decurso del siglo XV, adhiriéndose en gran parte a las doctrinas de Fluss, heresiarcas como Juan de Wesel, el cual fue sometido en 1479 al tribunal de la Inquisición de Wesel, y obligado a retractarse de sus errores [46]. También los Hermanos Bohemios, que negaban toda distinción entre sacerdotes y legos, y designaban al Papa como el Anticristo, trabajaron por extender sus doctrinas en Alemania, haciendo imprimir varias de sus ocho diferentes confesiones de fe, en lengua alemana, en Nuremberg y Leipzig [47].

Mucho contribuyeron a empeorar la mala situación de las cosas eclesiásticas en Alemania, los males políticos, jurídicos y sociales. La historia de Alemania nos muestra, desde el siglo XIII, una progresiva decadencia del Imperio, a costa del cual se iba robusteciendo cada día más la soberanía de los príncipes territoriales [48]. Principalmente fue pernicioso para la autoridad imperial y para la situación política exterior del Imperio, el largo periodo del reinado de Federico III, después del cual, ni siquiera un soberano de tan relevantes dotes como Carlos V pudo, a pesar de algunos éxitos pasajeros, volver a reducir al orden las cosas excesivamente desbaratadas. Desde el tiempo de Federico III, las casas de príncipes alemanes que en la época siguiente influyeron de una manera más o menos decisiva en la historia del pueblo alemán, obtuvieron su firme posición a costa de la potestad imperial, al paso que ya no se quería reconocer al Emperador sino ciertos derechos de alta soberanía. Fue muy perniciosa para este desenvolvimiento político, lo propio que en muchos otros conceptos, la introducción en Alemania del Derecho Romano [49] que, ya desde el siglo XIII, venía reemplazando en grado creciente los principios del Derecho nacional alemán. Los príncipes, que por medio de él procuraban robustecer su autoridad y soberanía territorial, eran sus más celosos protectores. Desde mediados del siglo XV, en casi todos los territorios alemanes, así en los de los príncipes eclesiásticos como seculares, se introdujo un cambio en la forma de gobierno, más hondo todavía que anteriormente; los principales empleos de la corte y de la administración, se proveyeron en jurisconsultos romanistas [50], y este nuevo linaje de funcionarios introdujo, en la práctica del gobierno y de la administración, los principios del Derecho Romano. En lugar de la anterior autonomía correspondiente al natural desarrollo del Derecho alemán, se fue imponiendo más y más un régimen burocrático que se mezclaba en todos los asuntos, todo lo sujetaba a su tutela, explotaba al pueblo con todas sus fuerzas y menoscababa sus antiguos derechos. «Conforme a la abominable teoría de los jurisconsultos romanistas, decía Wimpheling [51], el príncipe ha de serlo todo en el país, y el pueblo nada. El pueblo no ha de hacer otra cosa sino obedecer, pagar los impuestos y prestar servicios; y sobre esto, no obedecer solamente al príncipe, sino también a sus empleados, los cuales comienzan a portarse como verdaderos señores del país, y saben disponer los negocios de suerte, que los mismos príncipes gobiernen lo menos posible.» En especial la carga de los impuestos fue agravada por los jurisconsultos romanistas; mas donde produjo mayores perjuicios la aplicación del Derecho Romano, y la acción de los juristas como consejeros de los príncipes y señores territoriales, fue en empeorar la condición de los labradores, los cuales, bajo la dominación del nuevo sistema, fueron despojados de sus derechos, y de todas suertes oprimidos y desollados. Los efectos de la introducción del Derecho Romano se extendieron a todos los órdenes de la vida popular, y dieron en todas partes por consecuencia un violento sacudimiento del presente estado de las cosas [52].

Al acrecentamiento de la autoridad de los señores, conforme al concepto romano del antiguo Princeps, pertenecía finalmente el procurar extender su dominio a las cosas eclesiásticas. Ya mucho antes que estallara la revolución religiosa, habían algunos juristas llegado a establecer, que el príncipe podía y debía reclamar la soberanía eclesiástica, la jurisdicción espiritual; y, conforme al modelo de los antiguos emperadores romanos, «dar también en los asuntos religiosos la forma y medida, colocar y destituir a los obispos, y aplicar los bienes de la Iglesia a su propio provecho y a las utilidades de su país» [53]. Así como Carlos el Atrevido de Borgoña había sido instruido por sus jurisconsultos de tal suerte, que él mismo quería ser Papa en sus Estados; así también algunos señores territoriales alemanes del siglo XV eran de opinión que, dentro de sus territorios, podían reclamar para si la autoridad papal. Con el conato, que estaba en primera línea, de apoderarse de los bienes de la Iglesia, se juntaba asimismo la aspiración a traspasar a los príncipes la jurisdicción eclesiástica de los obispos. Varios acaecimientos, principalmente en la segunda mitad del siglo XV, muestran de qué manera los señores territoriales pusieron mano en la ordenación de negocios puramente eclesiásticos, como si fueran las autoridades eclesiásticas superiores [54]. Algunas veces, la disolución que se había introducido en los monasterios ofreció la ocasión deseada para la intervención del poder secular, y los mismos reformadores de las órdenes monásticas como Juan Busch [55], habían reclamado, para restablecer el orden, el auxilio de los señores territoriales. Con algunos príncipes nobles y dignos y animados de religiosos sentimientos, semejante extensión de sus derechos eclesiásticos podía por ventura no parecer muy inconveniente; pero para los más de los príncipes alemanes, el móvil de semejante intromisión en los negocios eclesiásticos, no era el celo de mantener la pureza de la Iglesia, sino el concepto exagerado del poder civil que los más de ellos defendían desde mediados del siglo XV. Muchos señores territoriales alemanes se arrogaban cada día mayores atribuciones en lo relativo a la Iglesia, como por ejemplo, la de imponer tributos sobre los bienes eclesiásticos; limitar la capacidad de las iglesias para adquirir, con leyes de amortización; reducir la jurisdicción eclesiástica, ejercer una manera de placet regio, influir desmedidamente en la provisión de los obispados y demás cargos eclesiásticos, y el derecho de visitación y de inspección general sobre las iglesias de sus respectivos territorios» [56]. Las circunstancias generales de la época, el menoscabo de la autoridad de los papas desde el gran cisma de Occidente, así como la debilidad del poder central en el Imperio, coincidiendo con el crecimiento del poder de los señores territoriales que vino a acabar con la autoridad imperial, habían favorecido también este pernicioso cambio de relaciones entre el Estado y la Iglesia, con desventaja para esta última. Para lo porvenir, aquella nueva forma de intervención del Estado en las cosas de la Iglesia encerraba en sí los más graves peligros para la unidad eclesiástica, como se mostró en el decurso del siglo XVI. Si por una parte, la autoridad creciente de los príncipes les daba fácil posibilidad de saquear a la Iglesia sin riesgo en un caso dado, no sólo en parte sino totalmente, y de promover la catástrofe desde arriba, separándose de Roma; por otra parte, en el pueblo bajo, duramente oprimido en su situación por muchos conceptos, con el nuevo desenvolvimiento de las relaciones políticas, jurídicas y sociales, había predisposición para adherirse a cualquiera movimiento revolucionario que se levantase, ya se dirigiera éste contra la autoridad política, ya contra la eclesiástica.

Entre los elementos que producían un peligro para la Iglesia, hay que llamar, finalmente, la atención hacia el moderno Humanismo alemán, enteramente distinto del antiguo en su índole y eficacia. Al paso que los representantes de la antigua escuela, a pesar de todo su entusiasmo por la Antigüedad, se conservaron dentro de la concepción cristiana del Universo, y pusieron al servicio de la Fe la Antigüedad clásica, en la cual reconocían sólo uno de los principales medios de formación; en la moderna escuela de los humanistas el estudio de los clásicos se convirtió en fin substantivo, y produjo en ellos no pocas veces una disposición indiferente y aun hostil contra el Cristianismo. El propio fundador y celebrado modelo de esta nueva Escuela, fue Desiderio Erasmo de Rotterdam. Dotado de grande erudición, pero de carácter débil, este hombre, matizado con todos los colores, ejerció un enorme influjo en su época, con sus numerosos escritos y con la variedad y habilidad de su flexible ingenio [57]. A pesar de sus merecimientos en favor de la parte formal de los estudios clásicos, Erasmo, si bien nunca se quiso apartar exteriormente de la Iglesia católica; combatiendo, no sólo a la Escolástica degenerada, sino generalmente a la Escolástica, así como con sus venenosas burlas; contribuyó mucho a socavar el respeto de la Autoridad eclesiástica y hasta de la misma Fe, extendiendo su influencia, no sólo a la juventud estudiosa que le admiraba con entusiasmo, sino a más extensos círculos de las personas de superior cultura; y de esta manera, preparó eficazmente el camino en aquellas esferas, al ímpetu brutal y apasionado de Lutero.

El influjo que Erasmo ejerció en la nueva escuela de los humanistas, debía necesariamente tomar un carácter pernicioso; pues, llenando a sus discípulos de un entusiasmo exclusivo por la Antigüedad clásica, y menosprecio de la ciencia eclesiástica de la Edad Media, que no conocían; desacreditó generalmente el estudio de la Filosofía, y acostumbró a la juventud, siempre propensa a ello, a considerar como el primer requisito de la cultura superior, en vez de las serias investigaciones especulativas y científicas, la Retórica, la ingeniosa parlería a y toda clase de artificios del estilo. Ya Jacobo Locher, conocido con el nombre de Philomusos benemérito como traductor, editor y declarador de los autores griegos, y autor de libros didácticos sobre Filología clásica; tanto por el desenfreno de su vida, como por sus modos de pensar, se emancipó enteramente del Cristianismo y se hizo discípulo de la antigua Gentilidad, recomendando los poetas antiguos, aun los más escandalosos, como los únicos y supremos medios de educación para la juventud. En el segundo decenio del siglo XVI se aumentan las quejas por la disminución de los estudios filosóficos, por la parcial y exclusiva ocupación con las obras de los antiguos clásicos, así como por la presumida altanería y conducta inmoral de los nuevos humanistas. Así se lamenta Juan Cochlaeus, en el año de 1512 [58]: «La Filosofía está relegada al olvido; unos se entregan durante toda su vida a las bellas letras, otros emprenden prematuramente el estudio del Derecho, otros, finalmente, se arrojan a la Medicina en busca de lucro; y todos ellos para su daño. Pues los estudios humanísticos, por muy aptos que sean para servir de adorno a la sabiduría, son no obstante en extremo perjudiciales para aquel que no ha adquirido ninguna formación científica fundamental. De ahí nace esa frivolidad de ciertas gentes a quienes los ignorantes dan, sin razón, el título de poetas; de aquí su chocarrería, su vida escandalosa y llena de vicios. Estos son los infelices esclavos de Baco y de Venus; no devotos sacerdotes de Febo y Minerva». Los nuevos humanistas creían poder mirar con desprecio a los «antiguos bárbaros» que se habían ocupado en cuestiones científicas y dialécticas; sólo porque, aun sin haber penetrado muy adentro en el espíritu de los antiguos, habían conseguido un fácil manejo del lenguaje y de la forma, y eran capaces de forjar, con exterior imitación, versos vacíos de sentido. Particularmente son de mal gusto, y al propio tiempo escandalosos por el abuso de las cosas santas para un mero juego de ingenio, aquellos partos de los humanistas que tratan argumentos cristianos, como las «Heroidas cristianas», publicadas en 1514 por Eobano Hessus, a imitación de Ovidio. Mayor naturalidad mostraban los humanistas solamente en sus

  imitaciones, con frecuencia desvergonzadas sobre todo encarecimiento, de los antiguos poetas eróticos; pues en esto, su manera de vivir estaba en armonía con sus versos. Lo propio que en la dirección gentílica del Renacimiento italiano, se desencadenó sin freno la concupiscencia sensual [59]; así también algunos de los representantes del nuevo Humanismo alemán como Locher, Hermann van dem Busche y Ulrico de Hutten, se entregaron a los más extremados desórdenes; fuera de lo cual, todavía reivindicaban la superioridad sobre los italianos en concepto de valientes bebedores.

Para la mescolanza racionalista de ideas cristianas y paganas, tuvo particular importancia Conrado Mutianus Rufus, por su influjo en el círculo de los humanistas de Erfurt por él dirigido [60]. Este canónigo de Gotha se había hecho en Italia ardiente partidario del neoplatonismo reinante entre los humanistas de aquel país y, por lo menos durante algún tiempo, rompió del todo con el Cristianismo positivo, concibiendo aquel sistema como la pura Humanidad, independiente en el fondo de toda revelación y formando contraste con el Mosaísmo; al paso que, para la Iglesia y sus instituciones y doctrinas, no hallaba, en el trato con sus amigos y en sus cartas, sino frases de escarnio y menosprecio. Bajo tal influencia se formó en Alemania un linaje frívolo de literatos, que sentían particular complacencia en hostilizar a la Iglesia y al estado eclesiástico, y sobre todo colmaban de mofas y escarnios a las Ordenes monásticas. No es de maravillar que semejante conducta acabara por despertar, en algunos graves varones de sentimientos austeramente cristianos, la aversión y horror contra los estudios humanísticos, y que al volverse, principalmente los religiosos y teólogos escolásticos, contra los «poetas», como representantes de una ciencia anticristiana, traspasaran en ello con frecuencia los límites de la moderación, incurriendo en una parcialidad muy explicable en aquellas circunstancias. Mutiano era del número de los más apasionados despreciadores de la Escolástica; proponía la lucha del Humanismo contra ella, como un «combate de la luz contra las tinieblas», y sus esfuerzos no se proponían menos que el aniquilamiento de las antiguas Escuelas y de todas sus instituciones.

Un tipo característico de los nuevos humanistas alemanes fue Ulrico de Hutten, hombre de brillantes cualidades, pero moralmente corrompido [61]. Iniciado, desde muy temprano, en el círculo de los humanistas de Erfurt, en un modo de pensar totalmente gentílico; siendo al propio tiempo representante de un noble proletariado que nada tenía que perder en una catástrofe de todo lo existente, y lleno de un desmedido amor propio que le hacía considerar su persona como vehículo de una nueva dirección de los tiempos, y sus acciones y manejos como de influjo trascendente en la Historia del mundo; se hizo, por medio de su habilidad y de sus dotes de escritor, uno de los más peligrosos propagandistas de las ideas revolucionarias contra toda autoridad. Respecto de la Iglesia y de todas sus doctrinas e instituciones, sólo se mostraba lleno de mofa y menosprecio. Habiendo regresado, en el año 1513, de su primera permanencia en Italia, convertido en acérrimo enemigo de los papas, declaró Hutten al Pontificado una guerra abierta.

Lo que proporcionó la ocasión para un público rompimiento entre los nuevos humanistas y los representantes de la antigua ciencia escolástica, fue la contienda de Reuchlin con los teólogos de Colonia. Juan Reuchlin, hombre por sus ideas adicto a la Iglesia, y personalmente muy recomendable y en alto grado benemérito, en Alemania, de los estudios helénicos, y principalmente de los hebraicos [62]; por efecto de sus estudios sobre la Cábala de los judíos, y de su propensión a las disquisiciones místicas, había llegado a profesar una teosofía fanática que expuso en sus obras «De la Palabra milagrosa» y «Sobre el arte Cabbalística». El mismo Reuchlin estaba muy lejos de querer, con aquellas ideas, perjudicar la Iglesia; antes bien creía haber encendido una nueva luz para alcanzar mejor inteligencia del Cristianismo por medio de los libros judíos; pero sus opiniones eran muy a propósito para producir confusión en las cabezas y abrir campo a las inclinaciones, que ya existían en la juventud, hacia una disolución espiritual, a costa del Cristianismo. Por esta razón, varios teólogos manifestaron su desaprobación y el notable erudito Jacobo Hochstraten, dominico y profesor de Teología en Colonia, compuso una refutación en 1519.

Ya antes de la publicación de estos trabajos literarios, había precedido una larga controversia sobre la legitimidad de los libros de los judíos. El judío converso Juan Pfefferkorn de Colonia, en su celo por la conversión de sus antiguos correligionarios, había llegado a concebir la idea de que, la causa principal del endurecimiento de los tales, quedaría suprimida si se los obligara a entregar los libros talmúdicos que en su poder tenían. Pfefferkorn expresó repetidas veces esta necesidad, en varios escritos publicados durante los años de 1507 a 1509; y finalmente, obtuvo con sus esfuerzos un mandato imperial de 19 de Agosto de 1509, en virtud del cual los judíos debían presentarle todos sus libros dirigidos contra la fe cristiana y en contradicción con su propia Ley; y a él se le confirió el derecho de quitarles y destruir tales libros, en cualquiera sitio, en presencia del párroco y de dos personas de consejo. En un mandato posterior de 10 de Noviembre de 1509, confirió el Emperador la dirección de todo este negocio al arzobispo Uriel de Maguncia, al cual se encargó pidiese dictámenes a las universidades de Maguncia, Colonia, Erfurt y Heidelberg, así como al inquisidor de la fe Jacobo Hochstraten, al judío converso Víctor Carben y a Reuchlin. El juicio de Reuchlin, en contraposición con los demás dictámenes, que contenían un más severo fallo, resolvió, que sólo los escritos de los judíos claramente ofensivos debían ser destruidos, después de una sentencia legítimamente dictada, mientras por el contrario, convenía conservar todos los otros libros. Pero todo este negocio no dio, sin embargo, resultado alguno positivo, porque el Emperador no tomó ninguna resolución.

La cuestión sobre los libros de los judíos dió pie para una controversia de suma trascendencia para la vida espiritual y religiosa de la nación. Al principio no fue más que una cuestión puramente personal entre Reuchlin y Pfefferkorn, que había sido personalmente injuriado por aquél en su dictamen sobre los libros de los judíos. Pfefferkorn se vengó por medio del «Espejo manual» (Handspiegel) escrito en tono apasionado, en 1511, en el cual afirmaba, sin fundamento alguno, que Reuchlin había sido sobornado por los judíos. Reuchlin contestó en una forma todavía más violenta en su «Espejo de los Ojos» (Augenspiegel), publicado en 1511 en la feria de otoño de Francfort. Este escrito despertó en Alemania la mayor expectación, y Pedro Meyer, párroco de la ciudad de Francfort, lo envió a Hochstraten, como inquisidor de la provincia eclesiástica de Maguncia, por haber creído descubrir en él doctrinas erróneas y contrarias la Iglesia. Hochstraten y la Facultad de Teología de Colonia confiaron esta inquisición a los dos teólogos Arnoldo de Tungres y Conrado Köllin. Al principio Reuchlin se esforzó por alcanzar una avenencia pacífica, y el tono moderado de las primeras declaraciones mutuas hacía esperar que se llegaría a ella; pero pronto volvió a estallar la contienda, por haber Reuchlin, en otro escrito alemán publicado en 1512, sostenido todas sus anteriores afirmaciones, atacando encubiertamente a los de Colonia con observaciones punzantes. Arnoldo de Tungres contestó con un libro escrito en latín, en estilo generalmente tranquilo, mientras al propio tiempo Pfefferkorn atacó apasionadamente al adversario con su Brand-Spiegel (Espejo incendiario). Exasperado por esto, y por la prohibición de su Augenspiegel dictada por el emperador Maximiliano a 7 de Octubre de 1512, publicó entonces Reuchlin (1513) una «Defensa contra los calumniadores colonienses», que es uno de los más furibundos libelos de aquella época. A 9 de Julio de 1513 ordenó el Emperador la represión de este libelo; y después que también las Facultades Teológicas de Lovaina, Colonia, Maguncia, Erfurt y París, hubieron pronunciado una sentencia de reprobación contra el Augenspiegel, Hochstraten comenzó el proceso como inquisidor, y citó a Reuchlin en Septiembre de 1513, ante su tribunal de Maguncia. Reuchlin apeló entonces al Papa, y por medio de una carta por extremo lisonjera, se ganó al médico del Pontífice, que era el influyente judío Bonet de Lattes [63]. León X encargó el negocio al obispo Jorge de Espira, y este príncipe, que no tenía más que 27 años, estaba poco versado en asuntos litigiosos, encargó la solución al canónigo Truchsess, el cual era discípulo de Reuchlin. Contra la resolución de Truchsess, absolviendo el Augenspiegel y condenando a Hochstraten, apeló éste al Papa, quien nombró entonces juez al cardenal Grimani. Este llamó a Roma a ambas partes a 8 de Junio de 1514; Hochstraten debía comparecer personalmente, al paso que Reuchlin, por razón de su edad, podía hacerse representar por un procurador. Hochstraten se había dirigido ya a Roma antes de esta citación; pero la sentencia se difería de año en año, pues Reuchlin tenía en la Curia influyentes valedores, y el Papa se abstenía de todo procedimiento.

León X no tenía barrunto de peligro alguno, por más que no faltó quien le advirtiera. Ya a 21 de Abril de 1514, se había dirigido el sabio Adriano de Utrech, más adelante Papa Adriano VI, al cardenal Carvajal, excitándole para que trabajara con todas sus fuerzas, con el Papa, para remediar lo más aceleradamente posible aquella «cancerosa enfermedad». Poco después se habían dirigido también al mencionado cardenal los de Colonia. Ellos, y ante todo el inquisidor, habían procedido fieles a su deber contra el herético Augenspiegel y, apoyados en los dictámenes de diferentes Universidades, lo habían condenado y mandado quemar. Entonces el autor, valiéndose de una mentirosa narración, había obtenido otro juez en Espira, «el cual, más inclinado al error que la verdad católica, e ignorante de la Sagrada Teología y de los misterios de la Fe, se había atrevido a absolver este libro para daño de la Iglesia Católica, gozo de los judíos, perjuicio de las Universidades y sabios, y para grave y corruptor escándalo del pueblo sencillo». Ahora había Hochstraten apelado a la Santa Sede; él, Carvajal, debía pues auxiliarle, y apoyar con esto la santa fe; «pues, si la frivolidad de los poetas, esto es, de los humanistas, no se reprime en este negocio que menoscaba la pureza de la fe, cada día tendrán menos reparos en combatir contra la verdad teológica» [64].

Pero a la defensa de Reuchlin salieron, acá y allá de los Alpes, influyentes protectores, que lograron diferir la resolución; y aun el mismo emperador Maximiliano intervino en su favor. También Erasmo se dirigió al Papa con calurosas frases en pro de su amigo [65]; pero el archiduque Carlos, que fue más adelante Carlos V, tomó parte a favor de los adversarios de Reuchlin, acudiendo al Papa en 1515 y haciéndole observar: «Que el daño crecía cuanto más tiempo se difería la resolución. Así, dice, disputan en Roma, donde el proceso está pendiente, sobre la cuestión de forma, y descuidan el fondo; encargan la investigación a algunos cardenales, en lugar de proponerla al Concilio pleno (que estaba entonces reunido en Letrán), como lo reclamaba la importancia del negocio. Exhortaba, pues, a que se zanjara pronto la contienda y se impidiese al lobo cruel enrojecer sus fauces con la inocente sangre de las ovejas, y se quitara de en medio el escándalo de los débiles.» También Francisco I de Francia, advirtió al Papa, que diera en este asunto una pronta y acertada decisión, ajustándose a las condenaciones que habían emanado de las Universidades alemanas, «y de nuestra Universidad de París». La Universidad de Lovaina, en un escrito dirigido al Papa, consideraba como sagrada obligación de ella, trabajar en la conservación del orden y la disciplina dentro de la Iglesia Católica. En la condenación del libro de Reuchlin había estado de acuerdo con las demás Facultades, nombradamente con la de París; «todos unánimemente habían pronunciado su juicio, andando en la Casa de Dios» [66].

Pero no se siguió resolución alguna. Cuando la comisión romana, que en su mayoría estaba favorablemente impresionada acerca del Augenspiegel, se disponía a pronunciar una sentencia definitiva, apareció en Julio de 1516 un mandato pontificio difiriendo hasta nueva orden la resolución. Hochstraten no cejó, sin embargo, en sus esfuerzos; todavía permaneció en Roma un año entero; y hasta Julio de 1517 no regresó a Colonia, después de haberse detenido en la Capital del orbe cristiano más de tres años y sin haber alcanzado el fin que se había propuesto conseguir [67].

Mientras en Roma se seguía esta conducta dilatoria, al otro lado de los Alpes había tomado aquel negocio un giro amenazador, por cuanto los nuevos humanistas, formando por primera vez entre sí una firme alianza, utilizaron la controversia reuchliniana para hacer guerra contra la autoridad de la Iglesia y su ciencia, y especialmente contra la Orden de los Dominicos, como principal representante de la Escolástica en las Universidades. Bajo la dirección de Mutiano, que contra su leal convencimiento, y sólo por rencor a los teólogos, tomó partido a favor de Reuchlin, congregáronse en torno de éste los nuevos humanistas, irritándole todavía más contra sus adversarios, y abrumando a los teólogos de la antigua escuela con sus burlas y escarnios. En los años de 1515 a 1517 se publicaron las «Cartas de varones desconocidos», compuestas en su primera parte por Crotus Rubianus, y en la segunda totalmente por Hutten [68], las cuales llegaron hasta el mayor extremo que imaginarse puede en la bajeza de las injurias contra sus adversarios; pero el verdadero objeto de este libelo infamatorio era hostilizar a la Autoridad eclesiástica. Un gran número de las cartas de la segunda parte estaban fechadas en Roma; de esta suerte extendía Hutten la línea de ataque, e ¡niciaba la directa lucha contra la Santa Sede [69]. De la misma suerte que ahora en favor de Reuchlin, salieron poco después los mismos grupos de humanistas en favor de Lutero, y fueron los primeros aliados de éste. La explosión del movimiento luterano, y la actitud que tomaron los humanistas en favor del mismo, hizo que, finalmente, también la causa de Reuchlin se viera en Roma bajo un aspecto desfavorable. Entonces el proceso tomó un curso adverso para él; pero con todo eso, la resolución pontificia recayó demasiado tarde; pues, durante aquel largo intervalo, el nombre de Reuchlin había podido servir como grito de guerra a todos los adversarios de la Santa Sede. En su final resolución de 23 de Junio de 1520, declaró León X inválida la sentencia absolutoria de Espira de 1514, prohibió el Augenspiegel como libro malo, escandaloso é ilícitamente favorecedor de los judíos, y condenó a Reuchlin en todas las costas del proceso. Al propio tiempo, fue, Hochstraten repuesto de nuevo en sus oficios de prior e inquisidor; los cuales poco antes le había quitado el Capítulo de su Orden de Francfort, por temor a las amenazas de Sickingen [70].

La controversia reuchliniana, demasiado tarde zanjada por Roma, no fue más que un preludio de otra lucha mucho más trascendental, que debía acarrear la definitiva escisión de los ánimos.

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Notas

[1] Nitti, 224-227.

[2] Además de la relación circunstanciada de Janssen (I), v. también ahora para esto las notabilísimas y fundadas exposiciones de R. Wackernagel en la Baseler Zeitschr. für Geschichte und Altertumskunde, II, 171 ss.; cf. también Bezold, Gesch, der Reformation, 90 ss.; Stieve en la Allg. Ztg., 1892, Beil. 46; A. O. Meyer, 37 s., 53 s; Müller, Kirchengesch., II, 1, 159, 163 s. En una disertación sobre esta última obra (en Harnacks Theol. Lit. Ztg. 1898, 442) advierte Deutsch: «Aquí tenemos un diseño de las circunstancias de ese período, que, si apreciamos justamente la realidad de las cosas, sirve para la tácita corrección, tanto de las teorías e ideas de los ingenuos primeros protestantes, que veían una noche sólo interrumpida por puntos luminosos aislados, como de la glorificación de esta época, que con apasionada tendencia glorifican los católicos modernos.» A esto sólo una cosa hay que advertir, y es que la edición 18 del tomo de Janssen, único útil para la consideración científica, se tiene cuenta muy minuciosa de las partes desventajosas. Algunos críticos protestantes también han reconocido esto; así Hashagen (en la Westdeutsch. Zeitschr., XXIII, 102), de cuyas demás observaciones tendré cuenta en una nueva edición de Janssen.

[3] Esta parte que sigue, estriba en los desarrollos, que el año 1897 intercalé en la edición 18 de Janssen (1, 681-743); aquí mismo hay más instrumentos justificativos y ejemplos particulares. Entre los trabajos relativos al asunto de que tratamos, que se han publicado desde entonces, hay que hacer resaltar los «Studien zur Vorgeschichte der Reformation aus schlesischen Quellen» de A. O. Meyer (Histor. Litbl., XIV, München, 1903; para la crítica de este trabajo solidísimo, v. las advertencias de Schäfer en la Röm. Quartalschr., XVIII, 105 ss.

[4] Onus ecclesiae c. 40; cf. Denifle, Luther und Luthertum, I, Mains, 1904,4. Los motivos que aduce Werner (Die Flugschrift Onus ecclesiae, Giessen, 1901) en favor de la opinión seguida hasta ahora, de que el autor del notable escrito Onus ecclesiae fue el obispo de Chiemsee Bertoldo Pirstinger, no parecen a Clemen decisivos, y con razón (Histor. Zeitschr. LXXXVIII, 362). Del escrito compuesto en 1519, e impreso por primera vez en 1524 con interpolaciones antiluteranas, se deduce más bien que el autor era un religioso. Heidhues (Annalen d. histor. Vereins f. d. Niederrhein, LXXIX, 193) cree que era un cartujo de Colonia, y por cierto Juan Justo de Landsbérg.

[5] Onus ecclesiae c. 20; cf. Janssen-Pastor, I18, 701 s.; Werner, 23 s.

[6] De ritu, situ, moribus et conditione Germaniae descriptio, en Aenaae Sylvii Piccolominei Opera, Basileae, 1571, 1045. Cf. sobre este escrito nuestras indicaciones, del vol. II, p. 415.

[7] Cf. el resumen que he dado en Janssen, I18 703 s.

[8] Las misas como las Missae bifaciatae y trifaciatae o la caricatura del santo sacrificio, la Missa sicca, sin consagración, ni comunión, debieron en parte su extensión a la necesidad de sustento. Sobre estas y otras deformidades en el terreno de las cosas sagradas, cf. la obra fundamental de A. Franz, Die Messe im deutschen Mittelalter, Freiburg, 1902, 77 s., en la cual de un modo notable se ha preparado un material tan copioso como interesante. El docto autor, al ponderar los numerosos abusos, se ha guardado de hacer injustamente una pintura demasiado negra; insiste con razón, en que todos estos abusos no contrapesan el vivo sentimiento religioso y el piadoso fervor, con que el pueblo se prosternaba ante los altares, y significan poco respecto de la plenitud de la corriente de gracia, que del sacrificio del nuevo Testamento se desbordaba en millones y millones de corazones creyentes.

[9] A las obras que cité en Janssen, I18, 704 s., hay que añadir ahora especialmente las siguientes: Bertram, Gesch, des Bistums Hildesheim, I, Hildesheim, 1899, 487 s.; Priebatsch en la Zeitschr. für Kirchengesch., XXI, 54 ss.; A. O. Meyer, 24, 30 s., 33, 36 s.; Hashagen en la Westdeutschen Zeitschr., XXIII, 111 s., y Schäfer, Die kirchlichen, sittlichen und sozialen Züstande des 15. Jahrhunderts, nach Dionys. Carthus. I: Das Leben der Geistlichen (Diss.), Tübingen, 1904.

[10] Cf. en general la parte en que se trata «Vom Geistlichwerden» (del hacerse eclesiástico) en la sátira «Narrenschiff» de Sebastián Brant, la cual parte se halla en Janssen-Pastor, I18, 706 ss.

[11] También el autor del Onus ecclesiae cae en este defecto, al escribir (21, 9): In Alemania me hercle pauci sunt curati qui non foetore concubinatus marcescunt. Werner, 27.

[12]  Wackernagel advierte respecto a esto, loc. cit., 269, con mucha verdad: «Lo que leemos en las crónicas, no es lo ordinario, sino lo extraordinario raro. Los documentos oficiales las más de las veces hablan sólo de sucesos aislados; y la literatura, sobre todo la sátira, sólo puede ser testimonio histórico de un modo condicionado.»

[13] V. los testimonios en Janssen-Pastor, I18, 709.

[14] Janssen-Pastor I18, 710 s. Sobre Westfalia v. Hashagen en la Westdeutschen Zeitschr., XXIII, 114 ss.

[15] Sobre esta corriente de decadencia en una parte del clero secular y regular, cf. también Denifle, Luther und Luthertum, I, Einl.

[16] Onus ecclesiae, c. 23. Cf. Werner, 29 s.

[17] Wimpheling ha pintado al Romipeta en su Stylpho (de nuevo reimpreso por Holstein, Lat. Literaturdenkmäler, VI); cf. Knepper, Wimpheling, 35 s.; cf. 197 s. Sobre los cortesanos alemanes en Roma, v. Kalkoff, Aleander, 131 s. A. O. Meyer (60 s.) indica con razón el gran papel que desempeñó en los «gravámenes de la nación alemana» la colación de beneficios por motivos puramente rentísticos.

[18] De vitae sacerdotalis institutione. Cf. Silbernagl, Trithemius, 24 ss.

[19] Cf. Janssen-Pastor, I18, 721.

[20] Al fin de su escrito De arte impressoria, publicado por Janssen-Pastor, I19 438 s.

[21] Para Martín V, cf. nuestras indicaciones voL I, p. 365 s.; para Eugenio IV, vol. I, p. 493 s.

[22] Cf. la relación circunstanciada, arriba vol. II, p. 117 ss. V. también Blok, II, 560 s.

[23] Vid, arriba vol. III, p. 267 s.; para Pauto II, vol. IV, p. 102 s.; para Sixto IV, vol. IV, p. 385; para Julio II, vol. VI, p. 348 s.

[24] Cf. Denifle, Luther und Luthertum, I, 351 ss. V. también Blok, II, 564 s.

[25] Onus ecclesiae, e. 22. Werner, 27 s.

[26] Cf. los numerosos ejemplos en Janssen-Pastor, I18, 725-732. También las amplias exenciones de la jurisdicción episcopal tenían el efecto perjudicial, de impedir aun a los obispos celosos la intervención eficaz en la restauración de la disciplina claustral.

[27] Cf. Janssen-Pastor, I18, 734 s.

[28] Cf. Onus ecclesiae, c. 28. Werner, 37.

[29] Cf. las comunicaciones en Janssen-Pastor, 118, 736 ss.

[30] Publicado por H. Haupt, Ein oberrheinischer Revolutionär aus dem Zeitalter Kaiser Maximilians, I. 8.° cuaderno suplementario de la Westdeutschen Zeitschrift für Geschichte und Kunst, Trier, 1893.

[31] Esto lo pondera muy justamente Jansen, Maximilian I. 15.

[32] Cf. arriba vol. I, p. 271 ss.

[33] Ibid., 312, ss.

[34] Ibid., 314 s.

[35] Cf. P. Albert, Die Confutatio primatus papae, ihre Quellen und ihr Verfasser (Histor. Jahrbuch, II, 1890, 439-490); el mismo, Matthias Döring, ein deutscher Minorit des 15. Jahrhunderts, Stuttgart, 1892. Cf. arriba vol. I, p. 199 s.; vol. II, p. 43.

[36] Cf. la declaración de Enea Silvio en su carta al papa Nicolás V, de 25 de Noviembre de 1448; vid. arriba vol. II, p. 59 ss. y Janssen-Pastor, I, 740.

[37] Vid. arriba vol. II, p. 409 ss.

[38] Cf. vol. III, p. 195-235.

[39] Ibid., p. 205 ss.

[40] Cf. Schlecht, Andrea Zamometic I, Paderborn, 1893, y arriba vol. IV, p. 327 ss.

[41] Cf. arriba vol. VI, p. 269.

[42] Ibid., p. 85.

[43] Cf. Janssen-Pastor, I18, 741 ss.; II18, 170 s.

[44] Jansen, Maximilian I. 25; cf. 11.

[45] Janssen-Pastor, I18, 743.

[46] Cf. Ciernen en la Zeitschr. für deutsche Gesch., N. F., II(1897), 143 ss., también Paulus en el Katholik, 1898, I, 44 ss. y en la Zeitschr. f. kath. Theol., XXIV, 645 ss.

[47] Cf. Janssen-Pastor, I18, 747.

[48] Ibid., 504 ss.

[49] Ibid.,548ss.

[50] Ibid., 570 s.

[51] De arte impressoria 27a; cf. Janssen-Pastor, It18, 570 s.

[52] Cf. Janssen-Pastor, I18, 571 s., 576 s.

[53] Janssen-Pastor, It18, 577 s.

[54] Ibid., 728 ss.

[55] Ibid., 726 ss.

[56] V. v. Beiow en la Histor. Zeitschr., LXXV, 53. Cf. Finke, Kirchenpolit. Verhalt. 5 s.; Bezold, 88 ss.; Priebatsch en la Zeitschr. für Kirchengesch., XIX, 397 ss.; XX, 159 ss., 329 ss. (XXI, 43 ss. sobre la inmixtión incipiente de las autoridades civiles en los asuntos eclesiásticos). Eichmann, Der recursus ab abusu, Berlín, 1903, 76 ss., y Srbik, Staat und Kirche in Oesterreich, Innsbruck, 1904.

[57] Cf. Janssen-Pastor, II18 7-25. Además de las obras allí indicadas, cf. ahora también Kalkoff en el Archiv für Reformationsgesch., 1. Jahrg. (1903/4), 1 ss.