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Ludwig von Pastor
CAPÍTULO VI: |
Ningún período del reinado del Papa Médici ha sido tan discutido y diferentemente apreciado, como su actitud en la cuestión de universal interés, de la sucesión al trono del Imperio. La dificultad de determinar con exactitud la política de León X, con todas sus dilaciones y rodeos, vacilaciones y variaciones, e investigar los verdaderos motivos y fines de ella, tan cuidadosamente mantenidos en secreto, es especialmente grande en lo que a este período se refiere. A pesar de todo, los documentos que nos ofrecen materiales, aunque no sin lagunas, harto copiosos sin embargo, nos permiten conocer con regular claridad lo substancial de la conducta del Papa. Indudablemente parece errónea, en particular cuando se estudian las fuentes con cuidado, la opinión sostenida por mucho tiempo, de haberse León X dejado guiar en este asunto, por miras puramente nepotísticas [1]. Por el contrario, aun entonces tomaba el Papa con empeño, en primera línea, el defender el poder temporal y la independencia de la Santa Sede, y lo que se entendía a la sazón por la «libertad de Italia» [2]; y sólo en segundo término procuraba el encumbramiento de sus parientes, por el cual es asimismo indudable que fervorosamente se preocupaba. Estos diferentes anhelos influían al mismo tiempo; de suerte que León X, mediante la prosecución de cada uno de los fines, se esforzaba en trabajar también por el otro. Especialmente es muy difícil resolver con certidumbre, cuál de estos motivos ejerció mayor influencia en cada caso particular, y cuál de ellos quedó más relegado.
Si se considera en su conjunto el proceder del Papa en los años 1518 y 1519, colígese con suficiente claridad, que el verdadero y decisivo motivo de su conducta en la cuestión de la sucesión al trono, era el recelo de que la independencia temporal y moral de la Santa Sede podría sufrir grave daño, si un príncipe poderoso lograra ceñirse la corona imperial [3]. La diadema de Carlo Magno relumbraba todavía con cierto misterioso brillo, y aun cuando de hecho hacía mucho tiempo que no tenía ya su antigua importancia, podía, sin embargo, ofrecer a un príncipe poderoso un título jurídico no despreciable para tan múltiples como peligrosas pretensiones. Wolsey expresó el modo de pensar de su época, cuando escribió a su embajador en Roma: que, en comparación con la dignidad imperial, eran todas las otras casi nada [4].
Desde este punto de vista, ninguno de los dos reyes, que a porfía procuraban aquella dignidad, podían ser agradables al Papa. Tanto Carlos I de España, como Francisco I de Francia, debían, llegados al Imperio, obtener una supremacía que sería por extremo peligrosa para la Santa Sede y para toda Italia, y esto en tanto mayor razón, cuanto que uno de ellos tenía ya el pie firmemente asentado en el sud y el otro en el norte de la Península italiana. Si por de pronto no se manifestó más que la aversión del Papa contra la elección de Carlos, esto es muy fácil de declarar. Carlos, a quien León X había confirmado a 1.° de Abril de 1517, el título de «Rey Católico» [5], poseía, además de los reinos de Castilla y Aragón, los de Nápoles, Sicilia y Cerdeña, los señoríos de Borgoña y los Países Bajos, y tierras de incalculable extensión en el Nuevo Mundo. Pero Carlos no era sólo el más poderoso, sino parecía además tener mayores probabilidades de alcanzar el Imperio; al paso que, por mucho tiempo, no se conocieron suficientemente en Roma los conatos harto ambiciosos del monarca francés [6]. Finalmente, Carlos era para la Santa Sede mucho más peligroso, porque, con la posesión del reino de Nápoles, podía ejercer sobre Roma una presión incomparablemente más enérgica que el soberano de Milán. El principio que había profesado siempre la Santa Sede, desde la época de los Hohenstaufen, de la incompatibilidad de la corona de Nápoles con la dignidad imperial, pesaba gravemente en la balanza.
«¿Sabéis, preguntó un día León X al embajador de Venecia, cuántas millas hay desde aquí hasta las fronteras del territorio napolitano? Cuarenta. ¡No es posible consentir que Carlos llegue a ser Rey de Romanos!» [7] León X podía alegar en este punto, con entero derecho, la bula de Julio II de 3 de Julio de 1510, por la cual se había concedido a Fernando el Católico la investidura del reino de Nápoles [8].
Pero en el fondo, tampoco podía el Papa en manera alguna desear un acrecentamiento del poder del rey de Francia, no sólo porque era ya soberano de Milán, sino también porque la ambición y espíritu emprendedor de Francisco I habían sido ya muy molestos a la Santa Sede [9].
De tales consideraciones nació la idea de procurar que la Corona imperial fuese a parar a uno de los príncipes alemanes que no tuviera gran poder y se hallara lejos de los negocios de Italia. Relativamente muy pronto puso Roma los ojos, como candidato para la dignidad imperial, en el más antiguo y hábil de los príncipes electores, Federico de Sajonia [10]; influyendo en esta resolución, no sólo intereses meramente mundanos y políticos, sino también otros de carácter enteramente eclesiástico. El Príncipe elector de Sajonia era soberano temporal de aquel apasionado profesor de Wittenberg, cuyas nuevas doctrinas parecían a la Curia tan peligrosas; y a principios de Septiembre de 1518 se resolvió procurar el auxilio de Federico contra Lutero, concediendo a aquél la rosa de oro, que hacía tres años venia solicitando. El cardenal Cayetano recibió, a 7 de Octubre de 1518, el encargo de no entregarle aquella condecoración hasta que Federico hubiese prometido entregar a Lutero [11]. Relacionado con este asunto estaba el pensamiento de ofrecer al príncipe elector la Corona imperial, a condición de que reprimiera el movimiento luterano; y por ventura se explica por las dificultades que opuso el Príncipe elector de Sajonia, el que se pusieran luego los ojos juntamente con él, en el Príncipe elector Joaquín de Brandeburgo que era de ideas decididamente católicas [12].
Los conatos del Papa, de inclinar la elección en favor de uno de los príncipes electores, se manifestaron todavía mucho más claramente en el segundo de los dos períodos principales, en que acentúa y naturalmente divide la muerte de Maximiliano la contienda acerca de la Corona Imperial. En el fondo, León X no quería, desde un principio, ni la candidatura de Carlos ni la de Francisco; pero menos la del primero; acerca de lo cual apenas puede caber duda, por más que el Papa procurase ocultar sus verdaderos designios, y por muy frecuentemente que pareciera vacilar en ellos.
I
El plan de Maximiliano de asegurar a su nieto Carlos la sucesión al trono imperial en la dieta de Augsburgo, haciéndole elegir Rey de Romanos, fue conocido en el Vaticano a mediados de Abril de 1518, y por ventura aun antes [13]; y preocupaba muy vivamente al Papa [14]. A mediados de Agosto se tuvo en Roma la elección de Carlos por próximamente inminente, y hasta por ya realizada.
Cuál fuera la actitud de León X respecto de Carlos, se expresó entonces extensamente y con precaución, en un escrito del cardenal Julio de’ Médici al cardenal Bibbiena, que permanecía en Francia. Dos motivos se aducen allí, por los cuales estima el Papa, que aquella noticia requiere graves consideraciones, en primer lugar, se maravilla Su Santidad de que Maximiliano haya podido tan rápida y fácilmente inclinar a los príncipes electores a la elección de un Rey de Romanos, por cuanto hasta entonces nunca se había procedido a semejante elección sino después de la muerte del predecesor, o de la coronación imperial del mismo. En segundo lugar, admiraba al Papa, cómo Carlos no se había arredrado de admitir semejante elección, aun cuando en la investidura de Nápoles, otorgada por Julio II, se establecía expresamente que, tan luego como el poseedor del trono napolitano fuera elegido Rey de Romanos, caducaría aquella investidura, y Nápoles habría de volver a la Santa Sede. Mas el Papa era de parecer, que Carlos, aun después de la aceptación de la dignidad de Rey de Romanos, no querría de ningún modo renunciar a Nápoles; antes bien era de temer que, después que se acabara la elección en Alemania, se pretendería obtener de la Santa Sede la confirmación de Carlos en la posesión de Nápoles, y que el otorgamiento de esta solicitud reportaría poco provecho a Su Santidad. En vista de semejante estado de las cosas, se avisa a Bibbiena averigüe lo más rápidamente, y por todos los medios posibles, la verdadera actitud del monarca francés; para que el Papa pueda dirigir su conducta conforme a ello. En caso de que Francisco I no diera importancia al asunto, el Papa tendría que acomodarse, sacando las mayores ventajas que pudiese, por mas que sabía muy bien que éstas podrían ser muy pequeñas, en comparación de favor tan grande. Mas si, por el contrario, el Papa conociera con certidumbre que la elección de Carlos desagradaba al monarca francés, y que podía apoyarse en Francia para rehusar o diferir la investidura de Nápoles, procedería de otra manera, con mayor dignidad y seguridad para la Santa Sede. Al final de este notable escrito se hace notar de nuevo la obligación que al Papa incumbe de defender sus antiguos y sagrados derechos en interés de la Sede Romana. Desde hacia doscientos años, nunca había otorgado el Papa la investidura de Nápoles, sin la expresa prohibición de juntar con esta corona la dignidad de Rey de Romanos. Mas si ahora dispensaba en ello, obraba contra el ejemplo de tantos y tan dignos predecesores, y asimismo contra su honor y su convicción; y además se exponía a graves peligros. Por otra parte, el rehusar la investidura sería provocar a Maximiliano y a Carlos, a lo cual no podía arriesgarse sin contar con el favor y el brazo de Francia [15].
Este escrito es por extremo significativo, para comprender la actitud de León X, y difícilmente podrá colegirse de él una resolución enteramente cierta, abierta y decidida contra Carlos. Por el contrario; parece indudable que el Papa no se inclinaba en manera alguna del lado del de Habsburgo, y que de mejor gana hubiera trabajado para impedir su elección; pero quería en primer lugar asegurarse de Francia. Antes de haber adquirido un tan firme apoyo, no quería cortar el Papa la posibilidad de llegar con Carlos a un acuerdo, en el cual esperaba asimismo obtener ventajas para su familia [16]. También la aceptación, por parte de Carlos, de la tregua de cinco años, y sus ofrecimientos para la guerra contra los turcos, comunicados a los cardenales en un consistorio de 23 de Agosto de 1518 [17], debían retraer a León X de proceder enérgica y abiertamente contra el monarca español. Pero no puede admitirse que León X, haciendo de la necesidad virtud, conviniera ya entonces en la elección de Habsburgo [18]. El Papa no había tomado entonces todavía resolución definitiva. Su indecisión natural se acrecentaba por dificultad extraordinaria de la materia; pues, de la manera que estaban las cosas, se veía en la alternativa de romper, ya fuera con el Emperador y España, o ya con Francia. En Septiembre llegó a Roma la noticia de que el Emperador había ganado a cuatro príncipes electores para la elección de Carlos por Rey de Romanos; el Príncipe elector Federico de Sajonia estaba, sin embargo, contra aquel plan, y deseaba que la suprema dignidad recayera en un tudesco. Creíase que aquella enérgica resistencia nacía del deseo de Federico de ser él mismo el elegido [19], y por ventura se originó entonces de esta opinión el plan de la candidatura del de Sajonia [20]. Exteriormente seguía todavía León X guardando al principio gran reserva; y en vista del apremio de Francisco I, para que procediese enérgicamente contra la elección de Carlos, hizo el Papa observar expresamente la dificultad de semejante empresa y el peligro de encender una guerra considerable [21]. El proyecto propuesto por Francisco I, de una liga entre el Papa, Florencia, Francia, los suizos y Venecia, lo tuvo León X por muy conveniente; pero tal, que debía tratarse con gran precaución, para que no viniera a destruir la paz universal [22]. Es claro que por mucho que Lorenzo trabajara en favor de Francisco, el Papa tenía dificultades en entregarse totalmente a la protección del monarca francés, sin que de antemano se le dieran garantías para sus intereses [23]. Por esta razón se explica también la continuación de las negociaciones con Carlos, con quien se había entablado desde Julio un cambio de opiniones acerca de una alianza más estrecha [24]. Respecto de la dispensa del juramento feudal, que urgentemente se requería para los planes de Carlos y de Maximiliano acerca del trono de Nápoles, la política del Papa Médici consistía en no cortar toda esperanza, pero sin obligarse tampoco a nada [25].
Fue por extremo sensible para los conatos de Francisco I, la tirantez de relaciones con Roma que se produjo en Noviembre, y cuyo motivo no ha podido todavía esclarecerse del todo. Parece ser que el rey de Francia quiso explotar con demasiada falta de miramientos sus relaciones de parentesco con el Papa, exigiendo muchas cosas, pero sin querer dar ninguna. Es un hecho el haberse quejado por entonces acerbamente el cardenal Julio de Médici con Bibbiena, sobre el modo de obrar de Francia. El Papa, escribía el mismo cardenal a 11 de Noviembre, ve que, de su alianza con Francisco I, en vez de gloria y honra, no cosecha sino solicitudes y disgustos. Al paso que él concede gracias diariamente al Rey y a los suyos, se ve asaltado en cambio de continua con nuevas y mayores exigencias, las cuales se elevan de día en día, como si hasta ahora nada se hubiese otorgado; y si no se conceden en seguida, entréganse al olvido todas las concedidas anteriormente. Las transgresiones de las leyes eclesiásticas cometidas en Milán en la provisión de beneficios eran tan grandes, que equivalían a un formal menosprecio de la autoridad pontificia. Innumerables son los sinsabores y contiendas que han producido a León X su condescendencia y sus complacencias respecto de Francia. Ahora Francisco I ha dirigido al Papa una carta llena de amenazas, a causa de sus pretensiones referentes a la provisión de beneficios en el Milanesado, y el cardenal envía una copia de ella, para que conozca Bibbiena, cuanta razón de quejarse tienen en Roma.
A estas querellas se añadieron todavía otras, que se enumeran en un escrito del cardenal de Médici a Bibbiena, de 28 de Noviembre: diferencias sobre el tomar la sal de los Estados Pontificios, sospechosa amistad con el duque de Ferrara, y el favor concedido a los desterrados de Reggia, a pesar de los ataques de éstos al territorio pontificio. Después de todos éstos y otros precedentes, acentúa el cardenal de Médici, nadie tiene derecho a maravillarse, si el Papa sospecha que Francisco I quiere enemistarle con el Emperador y España, para dejarlo entonces el atolladero y tenerle a su merced [26].
Estas duras recriminaciones debieron ejercer en Francisco una impresión tanto más profunda, cuanto era mayor su miedo de que el Papa cedería por fin a los apremios de España y del Emperador, y removería los obstáculos que se oponían a la elección de Carlos.
Estos obstáculos eran de dos clases: por una parte, el juramento de la investidura de Nápoles, que prohibía la unión de esta corona con la dignidad de Rey de Romanos; y luego también la imposibilidad de proceder a la elección de un Rey de Romanos en vida de otro que todavía no hubiera recibido la corona imperial. El juramento feudal había de dispensarlo el Papa, y la corona imperial habíase de enviar a Trento, donde el cardenal de Médici o el de Maguncia procederían a la coronación, por delegación del Papa. Carlos expresaba instantemente este deseo a fines de Octubre; pero por de pronto no recibió sino una respuesta evasiva [27]. Sin embargo, poco después se mostró en Roma inclinación a ceder, tanto en la cuestión de la investidura como respecto de la coronación imperial. Por ventura ejerció influjo en este punto, la circunstancia de haber llegado, precisamente entonces, la noticia oficial de que Maximiliano ratificaba la tregua de cinco años, y había dado también esperanzas de prestar auxilio para la guerra contra los turcos [28]. En la primera mitad de Noviembre se redactó una bula, en la cual, para el caso de que Carlos fuera elegido Rey de Romanos, se le dispensaba de la obligación de renunciar al trono de Nápoles; pero, a ruegos de Lorenzo se detuvo no obstante la entrega de este documento [29]. Al propio tiempo León X daba esperanzas a Maximiliano de remover asimismo el segundo obstáculo, procediendo a la coronación imperial en los confines del Tirol e Italia, ya por su propia persona o por medio de un representante [30].
Por un instante Lorenzo llegó a tener por perdida la causa de Francia; y sólo pensó en sacar para sí el mayor provecho posible de una ocasión semejante, que no se ofrecía sino una vez cada cien años [31]. Pero por parte de León X no se había llegado, ni aun entonces, a una definitiva resolución; lo cual demuestra con sobrada claridad su proceder, cuando a 7 de Noviembre de 1518 [32] se presentó en Roma Erasmo Vitellius (Ciolek) obispo de Plock, para pretender, por encargo de Maximiliano, el envío de la corona imperial a Alemania [33]. Hasta el 26 de Noviembre no pudo Vitoliusi obtener audiencia [34]; en la cual tuvo la habilidad de hacer depender la cooperación de Maximiliano a la guerra contra los turcos, de que se cumplieran los deseos de su poderdante. España procuraba por el mismo tiempo, ganar al Papa haciéndote grandes ofrecimientos para la cruzada y el encumbramiento de los Médici; pero León X respondió evasivamente: que procuraría satisfacer los deseos de Maximiliano sin perjuicio de su honra; y acentuó: «Se trata de nuestra persona y de nuestro honor». Y como Erasmo, alegando la entrevista celebrada en Bolonia, procuraba que el Papa, ya que no en Trento, coronase a Maximiliano en Verona o en Mantua, pretextó León X la oposición de los cardenales contra semejante viaje. Para examinar la cuestión del envío de la corona imperial, se instituyó a 1 de Diciembre, una comisión de cardenales cuya mayoría no parecía ser favorable a Maximiliano [35].
Este giro dado a las cosas tenía relación con el cambio que entretanto se había a realizado en la actitud de Francia. Francisco I, después de las enérgicas representaciones que le había hecho Bibbiena, había reconocido clara y completamente, cuán grande peligro amenazaba á sus aspiraciones, si el Papa, enojado contra él, condescendía con los deseos de Carlos y Maximiliano. Así, pues, se resolvió a amainar velas; y la primera señal de ello se halla en una relación de Bibbiena al cardenal de Médici de 20 de Noviembre. Todavía se manifiesta más claramente el cambio de intenciones del Rey, en los escritos de Bibbiena al cardenal de Médici y a Lorenzo de 26 y 27 de Noviembre. Francisco I no sólo se muestra inclinado a acceder a los deseos de Lorenzo respecto de redondear sus dominios, sino declarase también dispuesto (naturalmente, no con sinceridad) a renunciar a su propia candidatura y, conforme a los deseos del Papa, promover la elección del Príncipe elector de Sajonia para Rey de Romanos; pero era menester que en Roma no hicieran absolutamente nada en favor de Carlos o de Maximiliano [36]. Aún cuando en la Curia se había adoptado ya antes un tono más blando respecto de Francisco I, no abandonó a éste el temor de que el Papa pudiera ponerse al lado de su rival, y así conjuró a Bibbiena que, a toda costa, estorbara el envío de la corona imperial, y ofreció su apoyo para impedir una eventual expedición de Maximiliano a Italia. En audiencia solemne, hizo luego las más brillantes ofertas para una cruzada, en la cual había él de tomar parte personalmente. Al propio tiempo manifestó su propensión a arreglar pacíficamente los puntos controvertidos con Roma, favorecer los intereses de los Médici, así como la guerra contra los turcos, y ajustar una alianza con el Papa [37].
Bibbiena conducía con el mayor celo las negociaciones para una alianza con Francisco I, durante las cuales, supo la diplomacia de los Médici alcanzar con maestría, y sin contraer firmes obligaciones respecto del monarca francés, que se forjara él la ilusoria confianza de que el Papa estaba resuelto a ponerse de su parte en el negocio de la elección, en reciprocidad de las concesiones de Francisco recibidas. De una manera exactamente igual se trataba con Carlos; y también en él se supo alimentar la imaginación de que León X había de cumplirle sus deseos, evitando del propio modo contraer obligaciones concretas respecto al asunto de la elección. Cuando Francisco I exigía algo de esto, se le representaban los peligros que habría de traer en su séquito un rompimiento con España. Respecto del Austriaco, León X se retraía siempre en los momentos decisivos, alegando que tan nuevas y graves resoluciones exigían la más detenida consideración [38]. Seguíase, pues, no sólo reteniendo la bula de dispensa del juramento de Carlos acerca de Nápoles, sino también alargando indefinidamente la resolución sobre el envío de la corona imperial. La congregación de cardenales pidió, respecto de este asunto, el dictamen del Maestro de Ceremonias, y éste declaró absolutamente inconveniente el celebrar una coronación fuera de Roma [39]. A 15 de Diciembre tuvo lugar, en presencia del Papa una deliberación de la Congregación, que duró seis horas; y al día siguiente comunicó León X al obispo de Plock, que sentía mucho no haber podido imponer su opinión en aquel asunto, por cuanto los cardenales habían hecho valer, así lo insólito del caso, como las bulas en contrario; la dispensa de éstas no podía darse sin asentimiento del Sacro Colegio; de buena gana celebraría el Papa una entrevista con Maximiliano en Mantua o en Verona, pero tenía dificultades, porque temía que se crearan peligros al Emperador en semejante viaje [40]. A 21 de Diciembre se expidió un breve dirigido a Maximiliano, comunicándole que se habían cumplido sus deseos representados por Erasmo Vitellio, referentes a las indulgencias de la cruzada para sus Estados hereditarios, para la protección de Croacia y Hungría, y a extensión del nombramiento del cardenal Cayetano como Legado también para este último reino; respecto al envío de la corona imperial, decíase cautamente, que también en este punto estaban el Papa y los cardenales dispuestos a complacerle, pero tenían la necesidad de meditar más este negocio, a causa de su gravedad extraordinaria [41].
Lo que el Papa pretendía, difiriendo de nuevo la resolución del punto principal, era evidentemente ganar tiempo hasta haberse puesto de acuerdo con Francia; lo cual no se obtuvo tan rápidamente como se deseaba en Roma [42]. Para ganar a Francisco I húbose de resolver el Papa a otorgarle la libre disposición sobre el segundo diezmo recaudado contra los turcos. La bula respectiva lleva la data de 1 de Diciembre de 1518 [43]; pero no se concluyó hasta fines del mismo mes, después que Bibbiena hubo remitido las amplias seguridades de Francisco I relativas al asunto de la cruzada [44]. Francisco I se obligó, a 31 de Diciembres a restituir, en el término de cuatro años, 100,000 ducados de los fondos de la cruzada [45]; y al propio tiempo obtuvo Lorenzo del Rey, «por servicios prestados», otros 100,000 ducados de la suma concedida por el Papa. Esto era hacer un vergonzoso abuso del dinero recaudado para la guerra contra los turcos [46]. A este precio suscribió Francisco I, a 20 de Enero de 1519, el tratado de alianza con León X, por el cual el monarca francés por una parte, y por otra el Papa y Lorenzo, como representante de Florencia y, de la familia de' Médici, se obligaron a defenderse mutuamente en sus posesiones y a comunicarse todos sus secretos de Estado. El Rey prometió además especial reconocimiento de la jurisdicción eclesiástica en el Milanesado, y protección de todos los Estados de la Iglesia y de la familia de Médici; esto último remitiéndose a un contrato particular. A su vez se obligaron el Papa y Lorenzo a favorecer con todas sus fuerzas los intereses de Francia; pero no se mencionó en el documento el asunto de la elección [47].
Hasta las más recientes investigaciones no se ha sabido, que León X, casi al mismo tiempo, ajustaba también con los rivales del monarca francés un tratado de alianza. Lo propio que a Francisco I, ganó a Carlos sin contraer ningún firme compromiso; pero alimentando artificiosamente la ilusión de que tendría de su parte al Papa en el negocio de la elección del Imperio [48]. A 17 de Enero de 1519, se estableció el texto de este tratado que, como se observa expresamente, había de mantenerse secreto; y a 6 de Febrero fue suscrito por Carlos [49].
Tampoco en este segundo tratado se habla de la elección. Ambas partes se obligan a prestarse mutuo auxilio y a ampararse en la posesión de sus dominios, lo cual se debía entender, de una parte, no sólo de los dominios de la Iglesia, sino también de Lorenzo y Florencia; y por la otra comprendía asimismo todas las posesiones de Carlos en Italia y fuera de ella, por consiguiente también a Nápoles. Para el caso de una guerra difícil, aseguraba además el Papa a Carlos el diezmo eclesiástico de España.
Sólo a la luz de estos dos tratados, se puede comprender enteramente la política vacilante y reservada de León X, y su empeño por evitar toda decisiva resolución ante la competencia de ambos rivales para ganarse el favor del Papa. Por un doble juego sin igual, se los engañó a los dos, inclinándolos a ajustar tratados secretos para protección del Papa y de los Médici. El negocio de la elección, en el cual así Francisco como Carlos esperaban alcanzar, por medio de aquellos tratados, el apoyo de León X contra su rival, no se menciona en dichos documentos ni siquiera con una palabra; bien que, a la verdad, tampoco las especiales ventajas que, tanto Carlos como Francisco habían hecho esperar para los Estados de la Iglesia y los Médici, no estaban con firmeza acordadas [50].
Para disculpar esta política de León X, se ha alegado, que en la situación en que se hallaban en Italia los pequeños Estados del Centro, apenas podían salvar su independencia de otra suerte, sino inclinándose con habilidad ora hacia la una, ora hacia la otra de las dos grandes potencias que amenazaban apoderarse de todo [51]. Esto es verdad; pero con todo, no puede menos de lamentarse hondamente una tal doblez en las negociaciones por parte de un Papa.
En este momento, cuando la cuestión de la coronación imperial de Maximiliano mantenía suspensa toda la diplomacia europea, y los armamentos de Francia y España, hacían temer que estallara una gran guerra, «el último caballero» fue arrebatado por la muerte, cuando no tenía aún 60 años de edad. Más que hasta entonces, se marcó en aquel momento la rivalidad de las dos Casas de Habsburgo y de Francia, que por un largo período había de imprimir su sello en la historia de Europa.
II
La inesperada, y que a muchos pareció increíble noticia, de la muerte de Maximiliano, ocurrida a 12 de Enero de 1519, la cual venía a crear una situación completamente nueva, llegó a Roma once días después [52], y puso fin de un golpe a la irresolución en que León X había permanecido hasta entonces. El peligro de que Carlos, el menos aceptable de los candidatos, pudiera obtener la dignidad de Rey de Romanos, y con ella el derecho a la Corona Imperial, parecía mayor que nunca. Entonces tomó el Papa su resolución con una celeridad enteramente desacostumbrada, y aún no habían transcurrido veinticuatro horas después de llegar la inesperada nueva, cuando ya se enviaban instrucciones al cardenal Cayetano, legado en Alemania, por las cuales León X procedía abierta y resueltamente contra Carlos, al paso que procuraba también evitar la elección de Francisco I, proponiendo la candidatura de un príncipe elector alemán. El Papa, según parece en la instrucción de 23 de Enero enviada a Cayetano, deseaba en primera línea, por el interés público y privado de la Sede Apostólica, la elección de uno de los príncipes electores, lo mismo daba que fuera el de Sajonia que el de Brandeburgo; pero, con todo, parecía más fácil obtener la elección del primero; también el rey de Polonia sería un candidato grato a la Curia, mas en ninguna manera el monarca español. Como causa principal se da expresamente, que el poder de Carlos, ya por si mismo muy grande, se aumentaría hasta lo intolerable si se le agregaba la extraordinaria autoridad de la Corona Imperial [53]. Esta instrucción de 23 de Enero de 1519, fue obra exclusivamente de León X; pues el cardenal de Médici, con quien hasta entonces había tratado los asuntos de la elección, habíase tenido que dirigir a Florencia en la noche del 22 de Enero, a causa de una grave enfermedad de Lorenzo, y no volvió de allí hasta 26 de Marzo [54].
Mas el motivo que se hace valer contra Carlos en la instrucción enviada a Cayetano, tiene asimismo fuerza para rechazar la candidatura del monarca francés; pues, aun cuando los dominios de éste no podían sostener la comparación con los del Rey Católico, a su vez los Estados de Francisco I tenían la ventaja de estar más unidos y ser más ricos en fuentes de recursos [55]. Que de hecho tampoco la elección del rey de Francia parecía por si misma deseable para el Papa, no puede ofrecer lugar a duda; pues en la revista de los candidatos al trono se le pasa en silencio, en señal de que no debía tomársele en consideración absolutamente [56]. Asimismo en las instrucciones dirigidas el 27 de Enero al cardenal Bibbiena, para que trabajara en la corte de Francia por la elección de un príncipe elector, no se dice ni una sílaba acerca de que, en determinadas circunstancias, pudiera ser grata la candidatura de Francisco I [57]. Sin embargo, solos dos días después, en la tarde del 29 de Enero, se expresó el Papa abiertamente, hablando con el embajador francés, en favor de la elección de Francisco I, y le hizo aconsejar que empleara todos los medios para ganar para sí los votos de los príncipes electores, y restarlos al de Habsburgo. Sin ninguna reserva dijo León X en el ulterior discurso de aquella entrevista, que Francisco I debía aspirar a la dignidad imperial como a la suprema; y que, aun cuando él estaba bien persuadido de que podía ser peligroso que la corona imperial ciñera las sienes de algún poderoso príncipe, de mejor gana se fiaría del soberano de la obediente, religiosa y razonable Nación francesa, que del Rey Çatólico [58].
¿De dónde había nacido esta súbita mudanza? Erasmo Vitelio, que permanecía todavía en Roma, había comunicado al Papa en forma auténtica, en prueba de la completa seguridad de la elección de Carlos, todo el contenido del compromiso que los cinco príncipes electores habían firmado en Augsburgo. Pues aun cuando hacía ya mucho tiempo que se había comunicado al Papa el éxito obtenido en el Reichstag (por cierto en una forma casi demasiado favorable para Carlos) [59], parece que en el Vaticano no se le dio la importancia correspondiente, porque se sospecho tratarse de expresiones de sentido general o, por ventura, de meras promesas orales. Ahora finalmente, se convencieron de lo contrario: de la trascendencia del asunto, y de que solamente una acción rápida podía estorbar aún la elección de Carlos.
En este sentido dirigió León X, a 29 de Enero, al representante de Francia, un urgente requerimiento para que su soberano procurase obtener la Corona Imperial, y se opusiera por todos los medios al de Habsburgo. Al día siguiente hizo el Papa que Pedro Ardinghello enviase a su legado en Francia un escrito muy importante, en el cual se trataba en el mismo sentido del negocio de la elección. También aquí se parte del compromiso de los príncipes electores comunicado por Erasmo Vitelio, según el cual, juzgaba el Papa la elección de Carlos casi como cierta, si no se trabajaba desde luego contra ella resueltamente; y también aquí se excitó expresamente a Francisco I a pretender la corona, y se le aseguró toda clase de apoyo. Pero si por ventura (se decía en el escrito) los príncipes electores prefirieran la elección de otro tercer candidato, por respeto del poder del Rey, debía Francisco I apoyar este deseo fervorosamente; pues lo principal era, que Carlos no fuese Emperador, por lo demás, se necesitaba ceder con gran precaución, no fuera que Francisco, obrando con demasiado ardimiento para lograr su elección, pusiera el éxito en manos de Carlos. El Papa deseaba en primera línea la elección de Francisco; pero si ésta no podía lograrse, cualquier otro le parecía preferible a Carlos [60]. En un sentido enteramente igual están concebidas las instrucciones que a 5 y 12 de Febrero se enviaron a Bibbiena; el Papa, que acababa de recibir la ratificación del Tratado de 20 de Enero, certifica también allí con las más enérgicas expresiones, su afán por la elección de Francisco; pero acentúa al propio tiempo que, en el caso de que las aspiraciones del monarca francés no tuvieran probabilidad de éxito, era necesario trabajar para la elección de otro tercero, y evitar a todo trance que fuera elegido Carlos [61].
Después de éstas y otras manifestaciones [62], no se puede ya abrigar duda alguna acerca de haber León X dado pasos enérgicos en favor del monarca francés, Pero que realmente deseara en su interior el triunfo del mismo, debe tenerse aún en la actualidad por dudoso. Es, por el contrario, sumamente probable, que empleaba la candidatura de Francisco I, en primer lugar, sólo contra Carlos, sin desear por eso con sinceridad la elección del monarca francés, y aun sin creer seriamente en la posibilidad de obtenerla. Si el Papa se fue reconciliando gradualmente con la idea de un emperador francés, no tuvo esto por fundamento la benevolencia personal hacia Francisco I, sino antes bien la consideración de que, dadas las crecientes probabilidades de Carlos, ningún otro podría derrotar a éste, que era el más temido candidato.
En lo substancial perseveró León X en este punto de vista hasta muy poco antes de la elección de Carlos, prescindiendo en todo caso de algunas vacilaciones que, dado el carácter del Papa Médici, no pueden sorprendernos. El deseo del Papa seguía, a lo que parece, no siendo otro sino: que en ninguna manera fuese elegido el Austriaco [63]. Fue de todo punto inútil, que el Legado en España, Egidio Canisio, asediara al Papa con ruegos en favor de Carlos [64]; una y otra vez se echa de ver que, en el fondo, hubiera sido al Papa Médici más grato otro tercer candidato, ya fuese el Príncipe elector de Sajonia o el de Brandeburgo. No es posible desconocer que, al principio, no se pensó probablemente en la candidatura del monarca francés sino como medio para evitar la del Austriaco; pero con el tiempo la fueron favoreciendo en Roma más y más seriamente, porque parecía no hallarse otro medio para evitar la elección de Carlos [65].
Además del poder, ya demasiado grande, de que disponía el Rey Católico, pesaban contra él en la balanza todavía muchos otros motivos: la presión que podría ejercitar sobre Roma desde Nápoles, los sentimientos hostiles al Papa que habían tenido tantos Emperadores romano-germánicos, y las alianzas de éstos con el partido gibelino de los Estados de la Iglesia. Al hacer valer León X estos argumentos, en carta a Bibbiena, menciona también, aunque en último lugar, la alianza y relaciones de familia con los franceses [66]. Que la inclinación a sus nepotes no fue el motivo principal de la conducta del Papa, respecto de los dos poderosos rivales, se muestra también en este documento. Lo que León X tenía sobre todo ante los ojos, era la conservación de su poder temporal, que servía al propio tiempo de garantía a su espiritual independencia. En interés de ella, al propio tiempo que en el de «la libertad de Italia», no podía consentir que se formara, en la Península italiana, otro poder excesivamente grande; y si bien es verdad que estos conatos andaban enlazados con la solicitud por su propia Casa, y con el cuidado de la República florentina, estrechamente unida con los Estados de la Iglesia, no pueden confundirse con ellos. En su situación extraordinariamente difícil entre las dos grandes potencias de Austria y España, por una parte, y Francia por la otra, procuró León X mantener el equilibrio entre ambas, todo el tiempo que le fue posible; pero cuando se vio en la necesidad de elegir entre uno y otro daño, creyó ver menor inconveniente en la elección del soberano francés de Milán que en la del monarca español de Nápoles 67.
La resolución del Papa en favor de la candidatura francesa, se manifestó en numerosos actos de significación indudable. A principios de Marzo, Roberto Latino Orsini, arzobispo de Reggio y decidido partidario de los franceses, fue enviado a los príncipes electores, copiosamente provisto de breves, y allí se esforzó por todos los medios en trabajar contra Carlos, con sumo contento de Francisco I 68. A 12 de Marzo, autorizó León X al monarca francés, por un especial breve, para prometer a los príncipes electores de Tréveris y Colonia la dignidad cardenalicia, si con su auxilio resultaba elegido Francisco I; y dos días después, se concedió al cardenal arzobispo de Maguncia, Alberto de Brandeburgo, la perpetua Legación de Alemania, bajo la misma condición. A la mano está, de cuán grande importancia fuera principalmente esta última concesión [67]. A 21 de Marzo habló el Papa al embajador veneciano en tan resuelta forma, que le dejó enteramente sorprendido. «Su Santidad, refiere Minio, que hasta ahora había procurado disimular con ambos rivales, se ha pasado completamente al lado de Francia, porque piensa que tiene más que temer de Carlos que de Francisco» [68].
Cuando se representa uno el carácter de León X, que sólo de muy mala gana se aventuraba a tomar una resolución definitiva, y casi nunca, o a lo sumo en caso de extrema necesidad, procedía abiertamente; una tan decidida manera de tomar partido en favor de Francia parece verdaderamente extraordinaria. Ni es suficiente explicación de la actividad de León X para la elección de Francisco I, el afán de quitar de en medio otro adversario todavía más peligroso; sólo después de una atenta consideración, se halla el motivo que forzó al Papa a intervenir cada día más enérgica y paladinamente en pro de la candidatura francesa. Este motivo fue el gran temor, que se representaba al ánimo de León X de quedar aislado. Como un amenazador espectro perseguía al prudente Papa Médici el pensamiento de que Francisco y Carlos pudieran entenderse entre sí.
Por ningún precio podía, por consiguiente, darse a Francia pretexto ni ocasión alguna, para que dejase al Papa solo en frente de Carlos [69]. Para el caso de la elección del Austriaco, debía por lo menos tener la Santa Sede un amigo poderoso en el rey de Francia, y había de evitarse a todo trance que los dos rivales llegaran a una inteligencia. Este temor de quedar aislado, empujó al Papa cada vez más lejos en el camino una vez comenzado de favorecer a Francia. Así contestaba, a 20 de Abril, con una negación resuelta, al requerimiento de los suizos para que se confiriese la dignidad imperial a un alemán. No era su designio menoscabar los derechos de la Nación alemana; mas su resistencia contra Carlos nacía de que éste, como poseedor del reino de Nápoles, no podía, conforme a los antiguos compromisos jurados, aspirar al trono imperial; por consiguiente, el Papa persistiría en favorecer contra él a Francisco I, del cual ningún peligro había que temer para la Santa Sede [70].
Poco tiempo después, el Papa, de nuevo a solas (pues el cardenal de Médici había marchado a Florencia apresuradamente al 3 de Mayo, para asistir al moribundo Lorenzo), dio un paso con el cual quebrantó abiertamente el Derecho constituido y se aventuró de una manera todavía más peligrosa que el 23 de Enero [71].
Un breve de 4 de Mayo autorizó al cardenal legado Cayetano, para que, en el caso de que tres príncipes electores realizaran una elección concorde y unánime, declarase, en nombre del Papa, como válido semejante acto [72].
A pesar de todo su ardimiento por la elección de Francisco, seguía León X persistiendo en su plan favorito de obtener fuese elegido un tercer candidato: el Príncipe elector de Sajonia. La secreta idea de que por este modo se resolvería de la manera más ventajosa aquella gran lucha diplomática, reaparece una y otra vez. La Curia insistía con tal fervor en este proyecto, que llegó hasta resolverse a contemporizar de algún modo en el asunto de los luteranos [73].
Los enviados pontificios, al declarar entretanto en Alemania, que el rey de Nápoles no era elegible, apoyándose en la constitución de Clemente IV, sufrieron una repulsa por extremo sensible, de parte de los príncipes electores eclesiásticos, profundamente ofendidos en su amor propio; éstos protestaron directamente contra el inaudito proceder del Papa, que quería prescribirles lo que debían hacer en el asunto de la elección [74].
Entretanto las noticias del Norte eran cada vez más favorables para Carlos; en los Países Bajos y la Alemania superior, se declaró un movimiento popular en favor de la «vía expedita» (Breite Bahn) para el Habsburgo; además, los suizos declararon no hallarse dispuestos a tolerar que la dignidad imperial se traspasara de la laudable nación alemana a otra nación extranjera, y mucho menos a la francesa que por tanto tiempo había ansiado obtenerla [75].
Estas noticias llegaron a Roma en la segunda mitad de Abril [76], y poco después ocurrió la muerte del sobrino del Papa, Lorenzo. Ya desde Enero se hallaba éste gravemente enfermo de morbo gálico; a 13 de Abril le nació una hija, Catalina de Médici, cuyo parto costó la vida a su madre; a 4 de Mayo murió también el padre [77].
La triste nueva [78] conmovió profundamente al Papa, el cual sufrió, sin embargo, aquel golpe con cristiana resignación. «El Señor nos lo ha dado, el Señor nos lo ha quitado», dijo a su amigo de confianza Pedro Ardinghello; como Médici, le dolía profundamente aquella pérdida, pero no como Papa; antes bien quería desde entonces no pensar en otra cosa que en el enaltecimiento y provecho de la Sede Apostólica. Así lo refiere el embajador de Mantua [79]. Según otro narrador, parece haber dicho León, al recibir la dolorosa nueva: «Desde ahora en adelante no pertenecemos ya a la Casa de Médici, sino a la Casa de Dios».
De esta propia acusación y propósito, tan diversamente juzgados [80], de renunciar totalmente en adelante al nepotismo, en ninguna manera se sigue que el Papa tuviera conciencia de haberse dejado guiar hasta aquel tiempo puramente por los intereses de su familia. Sólo hay que ver en ello la confesión de que hasta entonces se había preocupado más de lo que convenía por el encumbramiento de sus parientes; y eso es lo que se debía enmendar. Conforme a esto se incorporaron entonces a los Estados de la Iglesia así el ducado de Urbino como Pesaro y Sinigaglia; la dirección del gobierno de Florencia se confirió al cardenal de' Médici; el cual permaneció desde el otoño en la ciudad de Arno corno Legado de toda Toscana [81], y luego dejó, como representantes suyos, al obispo de Pistoia, Goro Gheri, y al cardenal Passerini [82].
La muerte de Lorenzo había quitado ciertamente de en medio un obstáculo para el cambio de la política pontificia; pero no fue, con todo, decisiva para resolver al Papa a aproximarse a Carlos. El principal motivo para esto fue sin duda alguna, haber León X alcanzado la persuasión de que la candidatura de Francisco I carecía totalmente de probabilidades. A 29 de Mayo comunicó el Papa al embajador veneciano, que el estado de los ánimos en el pueblo era tal, en Alemania, que los príncipes electores no podían elegir al monarca francés aun cuando quisieran [83].
A pesar de esto, León X no podía acabar de reconciliarse con la elección del Austriaco, y seguía haciendo declarar por sus representantes, que el rey de Nápoles no podía ser Emperador al propio tiempo. A principio de Junio hizo una última desesperada tentativa para apartar el daño inminente, por medio de la candidatura del Príncipe elector de Sajonia, terminando así una lucha diplomática en la cual ninguna cosa se había dejado de intentar. A 7 de Junio se remitieron apresuradamente a los representantes del Papa y a la embajada francesa, instrucciones para que rogaran con urgencia al Príncipe elector de Sajonia, que diera su voto al monarca francés o, si la elección de éste no fuera posible, admitiera él mismo la corona imperial. Si Federico juntara con su voto, sólo otros dos, el Papa confirmaría semejante elección y la apoyaría con toda su autoridad [84].
Por el mismo tiempo en que León X promovía la ejecución de semejante plan, en Alemania, el enojo del pueblo contra los partidarios de los franceses había ascendido hasta tal grado, que pronto ni siquiera tuvieron seguras sus vidas [85]. Por el arzobispo de Tréveris, que era la cabeza del partido francés, supo el Papa que cuatro de los príncipes electores estaban resueltos a elegir a Carlos; y según su propia confesión, esta noticia le persuadió de la inutilidad de seguir persistiendo por más tiempo en la candidatura de Francisco [86]. Al fin no tuvo más remedio que reconciliarse con lo que era inevitable; y Carlos, por su parte, no emitió cosa alguna para inclinar en su favor a León X. Por otra parte, Francisco I parece, precisamente en aquel tiempo, haber cometido la imprudencia de entablar una pretensión, que debía ofender hondamente a Roma. Según la relación del embajador de Ferrara, de 5 de Junio, llegó entonces una carta del monarca francés, en la cual prevenía al Papa que no pretendiera la incorporación de Urbino con el Estado de la Iglesia, porque aquel señorío pertenecía a la tierna Catalina de Médici, a la cual el Rey consideraba como a su propia hija [87]. Es cierto que esta exigencia hubo de preparar el cambio de actitud del Papa; pero la definitiva resolución no se tomó hasta mediados de Junio. Entonces llegaron de Alemania importantes noticias: Caracciolo narraba de qué manera, aun hallándose enfermo, se había hecho conducir en una litera al arzobispo de Maguncia, para pedirle, en nombre del Papa, que tomara en consideración los intereses de la Sede Apostólica y eligiera a Francisco I. La contestación del arzobispo había sido, que no votaría por el monarca francés en ningún caso [88]. Al propio tiempo debió también León X venir en conocimiento del escrito del Príncipe elector Federico, fechado a 8 de Junio, en el cual, aunque con formas de mucha cortesía, rehusaba clara y enérgicamente los ruegos de ambos representantes pontificios [89].
Estas noticias fueron las que resolvieron una súbita mudanza en la actitud política del Papa. Ya a 17 de Junio se convino un tratado con el embajador español Caroz, por el cual León X permitía, por aquella vez, que se unieran la Corona del Imperio y Nápoles, reservándose, sin embargo, un veto pontificio contra la extensión de los españoles en Lombardía y Toscana [90]. Inmediatamente se dieron nuevas instrucciones a los representantes del Papa en Alemania, en armonía con este nuevo convenio; y por efecto de ellas se apresuraron a comunicar a 24 de Junio a los príncipes electores, la declaración pontificia de que la consideración a Nápoles no debía retraerlos en caso que quisieran elegir a Carlos [91]. A última hora (pues los príncipes electores estaban ya congregados en Francfort), había cedido León X, a vista de la verosimilitud, convertida casi en certidumbre, de que se llevaría a cabo la elección del de Austria, aun contra la resistencia del Papa: tan grave detrimento del prestigio de la Santa Sede, debía evitarse a toda costa. Que León X no obró de esta manera sino necesitado a ello, es cosa cierta; y él mismo confesó haber escrito al legado Cayetano, que era inútil dar de cabeza contra la pared [92].
También Francisco I vio al fin claramente la inutilidad de sus esfuerzos. A 26 de Junio retiró su candidatura y encargó a su embajador Bonnivet que trabajara en favor del Príncipe elector de Brandeburgo. Un segundo escrito del mismo día contiene la instrucción de que, si el obispo de Tréveris se inclinara al Príncipe elector de Sajonia, le favoreciese él también. El nuncio Orsini, por efecto de las instrucciones pontificias de 7 de Junio, había hecho, a 21 del mismo mes, que Carlos de Miltitz rogara de nuevo urgentemente a Federico de Sajonia, diera su voto a Francisco I, o aceptara él mismo su propia elección [93]. Pero Federico rehusó decididamente, y se declaró en favor de Carlos. A 28 de Junio de 1519, el nieto de Maximiliano fue elegido Rey de Romanos por unanimidad; y aun cuando antes de haber sido coronado por el Papa, no podía usar legítimamente sino este título, se le llamó ya desde entonces casi generalmente, el Emperador.
En Roma se había seguido con grande interés la definitiva resolución de aquella larga lucha diplomática; de ello es testigo Baltasar Castiglione [94] que había llegado a Roma el 26 de Mayo, para dar al Papa el pésame por la muerte de Lorenzo de' Médici [95]. Al principio de Junio creyeron muchos en la Curia, que ni Carlos ni Francisco serían elegidos; los franceses no estaban entonces tan ciertos de su victoria como antes [96], por más que hubiera todavía entre ellos algunos que se las prometían muy felices. En general se temía una violenta guerra; pero el Papa era de distinto parecer [97]; entregóse, por consiguiente, a sus acostumbradas recreaciones, mientras en la Ciudad subía la excitación a su más alto grado, manifestándose en numerosas apuestas [98]. A 1 de Julio se dijo en toda Roma, que Carlos había sido elegido, y los imperiales se entregaron al júbilo [99].
La noticia cierta de la elección de Carlos llegó el 5 de Julio a Roma, donde la solemnizaron los imperiales, los españoles y los Colonna, con ruidosas manifestaciones de alegría; la apelación «Imperio y España» resonaba en las calles de la Ciudad Eterna [100]. Es tan difícil describir el júbilo de los españoles, como el abatimiento de los franceses, los cuales estaban como muertos — escribe Baltasar Castiglione [101]. En las tumultuosas demostraciones de alborozo tomaron asimismo parte los cardenales y prelados españoles, y todos aquellos que tenían beneficios en Nápoles o en España; dos tardes seguidas cruzaron las calles de 500 a 600 españoles, todos bien armados, llevando banderas y acompañados de músicas, y deteniéndose ante las casas de los prelados españoles, donde les daban vino y repartían dinero. Los alemanes que se hallaban en Roma, sintieron pesadamente que aquellos grupos gritaran sólo «España»; pues ellos hubieran preferido la aclamación «Austria» o «Borgoña» [102]. Desde luego los españoles tomaron en Roma un aire amenazador, como si fueran los señores de la Ciudad Eterna [103]; y por efecto de esto, se originó una penosa escena entre el Papa y Caroz, embajador de Carlos V [104].
León X no podía ocultar la profunda impresión que le había producido la nueva de la elección del Austriaco. «Embajador, decía al representante de Venecia, Minio; si el rey de Francia hubiera obrado conforme a nuestro consejo, hubiera sido elegido otro tercero. ¡Quiera Dios que la elección de Carlos sea para bien de la Cristiandad!» [105] Por estas manifestaciones se conoce claramente, hasta qué punto la candidatura del de Sajonia había respondido a los más íntimos y secretos deseos del Papa Médici [106].
Pocos días después, encontró Minio al Papa por demás pensativo y cuidadoso. «¿Qué es lo que he de hacer,—exclamó,—si el de Habsburgo viniera ahora a Italia? ¡Toda Alemania le prestaría su apoyo!» Todavía estaba más excitado León X a 18 de Julio, y se quejaba de nuevo de los delegados franceses, los cuales le atribuían toda la culpa de la elección de Carlos. «Yo he hecho, como sabéis, dijo a Minio, todo cuanto ellos podían desear, ¡y ahora se conducen de este modo!» [107]
Al día siguiente comunicó el Papa a los cardenales reunidos en consistorio, el escrito de Carlos, en que participaba breve y comedidamente su elección, lo propio que sus buenos sentimientos y sumisión para con la Santa Sede. No dejó el Papa en esta ocasión de poner de relieve, con elogio, que tan poderoso monarca no se había atribuido antes de tiempo el título de Rey de Romanos [108].
Sólo entonces se celebraron, conforme al ceremonial [109], las solemnidades de costumbre [110]. A 16 de Agosto se expidió luego un obsequioso breve de felicitación dirigido a Carlos, cuyas ampulosas y lisonjeras frases, sólo para los no iniciados podían velar el secreto de que León X esperaba con grandes temores la conducta del nuevo Emperador [111].
[1] Esta opinión la ha defendido Baumgarten (Politik Leos X. 555 s., 566, y Karl V. I, 122, 128, 130), quien, por lo demás, refuta felizmente la idea sostenida por de Leva, Rösler y Maurenbrecher, de que León X en realidad de verdad favoreció desde el principio la elección definitiva del de Habsburgo, y sólo en apariencia apoyó a Francisco I. La exposición que hace Baumgarten de los motivos de León X, es refutada sólidamente por Nitti (cf. especialmente 225 s. not.), que el mismo impugnado tuvo que confesar, que había exagerado demasiadamente el influjo de las consideraciones de familia en la política de León X (Deutsche Lit.- Ztg. 1893,14). Ya antes había ponderado con razón Voltelini (584), que Baumgarten juzga a León X con demasiada acritud; más aún se puede decir esto de Brosch (I, 56s.). Pero no se puede negar que también Nitti en muchos puntos fue demasiado lejos o se equivocó. Para modificar sus opiniones, v. especialmente Ulmann, Studien II, 101 ss.; cf. también Bernays enia Histor. Zeitschr. 74, 516 s. En cambio, eran injustificadas en gran parte las censuras de Leva (Atti d. Ist. Veneto, 4. Serie, IV, 748 s.) contra las cuales se defendió Nitti suficientemente en el Arch. de Soc. Rom. XVI, 182. Aquí confiesa Nitti su error, respecto de Castiglione, que Cian en el Giorn. d. lett. Ital. 1892, 421 habla advertido el primero.
[2] Nitti 161.
[3] En este sentido se expresó León X después de la elección del emperador delante del embajador de Enrique VIII, v. la relación del mismo de 26 de Agosto de 1519 en el Arch. stor. Ital., App. I, 322.
[4] Carta de 25 de Marzo de 1519, publicada por Brewer, Henry VIII, I, 312.
[5] Bull. V, 691-692.
[6] V. Reichstagsakten I, 125.
[7] Brown II, n. 1175.
[8] Cf. nuestros datos vol. VI, p. 244 not. 5.
[9] Voltelini 583. Baumgarten, Politik Leos X. 554 s.
[10] Voltelini 583.
[11] Manoscr. Torrig. XXIV, 23. Cf. Sanuto XXVI, 18, y Kalkoff, Prozess, 280. La resolución del Consistorio de 3 de Septiembre, en el que el Papa había propuesto enviar la rosa al elector de Sajonia, nonnullis de causis, se halla en Kalkoff, Forschungen 56.
[12] Aquí sigo a Voltelini 584.
[13] V. la carta de Bibbiena de 18 de Abril de 1618 en Lett.d. princ. I, 52
[14] V. Voltelini, 581 y Bernays en la Hist. Zeitschr. 74, 516.
[15] Manoscr. Torrig. XXIII, 410-411.
[16] Manoscr. Torrig. XXIII, 418, 420; XXIV, 8; Voltelini 587 s.
[17] Kalkoff, Forschungen, 126.
[18] Así lo cree—sin duda equivocadamente—Nitti 117. Cf. contra él también Bernays en la Histor. Zeitschr. 74, 516.
[19] Sanuto XXVI, 51.
[20] Kalkoff, Prozess, 403.
[21] Carta del cardenal Julio de‘ Médici a Bibbiena, de 14 de Octubre. Ma noscr. Torrig. XXIV, 24.
[22] Carta del cardenal Julio de‘ Médici a Bibbiena, de 30 de Octubre. Ma noscr. Torrig. XXIV, 25-26.
[23] Cf. Verdi 104 s.
[24] V. Lanz, Einleitung 215, y Ulmann, Studien 103.104.
[25] Manoscr. Torrig. XXIV, 20. Verdi 102.
[26] Manoscr. Torrig. XXIV, 2932, 210 213. Cf. Baumgarten, Politik Leos X. 538 s. Voltelini 589 s.
[27] Sanuto XXVI, 212, 222. Voltelini 591.
[28] Acta consist. 5 y 10 de Noviembre, en Kalkoff, Forschungen 129-130.
[29] Cf. la carta de Bibbiena de 27 de Noviembre de 1518 en Lettere d. prince I, 35; Le Glay II, 436; Reichstagsakten I, 485; Nitti 130 s.
[30] Cf. Archiv. f. österr. Gesch. I, 113; Ulmann, Maximilian I, 706 y Studien 102. V. también Nitti 147.
[31] Nitti 131.
[32] Como Minio dice que no llegó a Roma hasta 12 de Noviembre, esto induce a Volaterra a admitir esta fecha. Paris de Grassis en Delicati-Armellini 68, cita el 7 de Noviembre.
[33] Para lo que sigue cf. las relaciones circunstanciadas y bien fundadas de Voltelini 84 s., 592 s. Sobre E. Vitellius v. también la monografía no advertida por Voltelini, de Lukas, Erazm Ciolek biskup Plocki, dyplomata polski 16. wieku, Warszawa 1878.
[34] Acta consist. en Kalkoff, Forschungen 130, y Paris de Grassis en Deli cati-Armellini, 68.
[35] De Sanuto XXVI, 250 debió inferir Voltelini (596), que la congregación quedó constituida el 2 de Diciembre. Con todo, está en contra de esto, el testimonio auténtico desconocido para él, de las *Acta consist., en las que se lee: Romae die mercurii 1 Decemb. 1518 S. D. N. deputavit novem rev. dominos; cardinales pro negotiis arduis et secretis tractandis vid, etc. (siguen los nombres). Archivo consistorial del Vaticano. Ahora se hallan impresas en Kalkoff loc. cit. 130; cf. 33.
[36] Lettere d. princ. I, 31 s., 34 s.
[37] Lettere d. princ I, 37 s. Cf. Baumgarten, Politik Leos X. 542 s.; VoItelI. ni 597 s.
[38] Nitti 133 ss.
[39] Aun cuando el papa y el que ha de ser coronado, dice Paris de Grassis, se hallasen en una misma ciudad, no puede efectuarse allí mismo la ceremonia de la coronación, sino que, en este caso, se ha de confiar a un legado la coronación en Roma. Paris de Grassis publicado por Hoffmann 425 s.
[40] V. la relación de Erasmo Vitellio en Voltelini 618 s. y Sanuto XXVI, 284. El dato de 10 de Diciembre que se halla en Voltelini, 600, es un error de imprenta.
[41] El breve de 21 de Diciembre de 1518 según el original del Archivo público de Viena, ha sido publicado por Voltelini 615-616; ibid. 601 s. hay más pormenores sobre la bula de la cruzada de 21 de Diciembre, que con todo no fue publicada por causa de la muerte de Maximiliano. Cf. ahora también Kalkoff, Forschungen 130.
[42] Voltelini 605.
[43] * Regest. 1203, f. 177-178 (Dat. 1518 Cal. Ðecemb. A° 6°). Guicciardini XIII, 4. Michaud VI, 297 s. V. también Bourloton, La croisade prêchée dans le diocèse de Maillezais de mars 1517 a juillet 1518, en la Rev. d. Bas Poitou 1895, n.4.
[44] En 20 de Diciembre se dio cuenta de esto en el consistorio; v. * Acta consist. Archivo consistorial.
[45] Manoscr. Torrig. XXIV, 222.
[46] En 31 de Diciembre de 1518, satisfizo Lorenzo 25000 livres tournois, v. Molini, I, 71-72.
[47] Capponi, Storia di Firenze II, 543 s. (1112. 357 s.) ha sido el primero en publicar el tratado.
[48] Ulmann, Studien, II, 102.
[49] La minuta de este tratado aprobada por el Papa la ha publicado el primero Capponi en el Arch. stor. Ital. I, 379 s., y en la Storia di Firenze II, 540 s., (III2 354 s.) la ha impreso de nuevo. Baumgarten (Politik Leos X. 549) tiene este documento por un proyecto de la cancillería del papa, con el cual se quería acallar a la corte de España. Pero en el Archivo público de Florencia se halla el original enteramente concorde con la minuta publicada por Capponi, con la firma de la propia mano de Carlos V. Nitti 143 not.
[50] Nitti, 145.
[51] Voltelini 606.
[52] Lo más tarde el 23 de Enero, quizá el día anterior; v. Manoser. Torrig.
XXV, 18. Paris de Grassis en Hoffmann 423, y Sanuto XXVI, 395, 419. Hefele. Hergenröther (VIII, 799), indica falsamente el 24, Nitti (145) el 21. El 24 de Enero, comunicaba León X la muerte en el consistorio; v. Kalkoff, Forschungen .131.
[53] Manoscr. Torrig. XXV, 369-371; al mismo tiempo recibió Cayetano una carta de crédito para los Fugger, de 1000 ducados de oro, y breves credenciales para los electores eclesiásticos (v. Kalkoff, Forschungen 131). En la carta de 23 de Enero, se conformaba todavía el Papa con que se presentase como candidato el archiduque Fernando, pero en 16 y 20 de Febrero es éste enérgicamente rechazado. Manoscr. Torrig. XXV, 383; cf. 385.
[54] Esta circunstancia la ha hecho notar Kalkoff primero que nadie, Prozess. 404 s.
[55] Cf. los célebres Ritratti delle cose di Francia y Ritratti delle cose dell' Alemagna, de Machiavelli, tan ingeniosos como exactos, impresos en la edición de las obras de Machiavelli, hecha en Milán, tomo I, Milano, 1850. Et se oltre a la auctorita et grandeza ordinaria che si trova ne la corona de Francia, vi si adiungessi questa altra extraordinaria de lo Imperio, N. S. conosci‘ molto bene che il Cristianissimo andrebbe in cielo, escribía Médici a Bibbiena en 3 de Diciembre de 1518. Manoscr. Torrig. XXIV, 215.
[56] Más tarde procuró León X disculpar y explicar esta omisión, diciendo que nada sabía de la pretensión de Francisco I. Manoscr. Torrig. XXV, 381
[57] Nitti 161, n. 1.
[58] Reichstagsaken, I, 158-160, cf. 204, 205.
[59] Manoscr. Torrig. XXIV, 20 y Sanuto XXVI, 166.
[60] Cf. Manoscr. Torrig. XXV, 372-374.
[61] Ibid. XXV, 374-376.
[62] Cf. Verdi, Lorenzo, 111 ss.
[63] En las cartas a Bibbiena, Campeggio, Cayetano y Caracciolo siempre se repite este programa; v. Manoscr. Torrig. XXV, 383 ss. La carta a Campeggio de 19 de Febrero la interpretó Enrique VIII como animándole a presentarse aún como pretendiente a la corona imperial. A mediados de Mayo se presentó para este fin, en Alemania, el diplomático inglés Ricardo Pace. Sobró la candidatura inglesa, todavía no dilucidada suficientemente, cf. Pauli en las Forsch, zur deutschen Gesch. 1,421 s.; Höfler, Wahl Karls V. 42 s.; Rösler, Kaiserwahl Karls V., 176 s.; Smolle, Karl V. in seinen Beziehungen zu Heinrich VIII, Znaim 1872,5; Busch, Vermittlungspolitik 40 s.; 50 s.; Nitti 194 ss.; Reichs. tagsakten I,505, 663, 683 s.; Martin 239 ss.; Brosch VI, 115 s. Este último pondera la imposibilidad, de llegar a un juicio definitivamente estable sobre las verdaderas intenciones de Enrique y Wolsey en este punto.
[64] Consérvase tal * carta, en la que Egidio intercede con el papa acerca del deseo de Carlos; está fechada Barcinone die 19 febr. 1518 (st. fl.) y concluye con estas palabras: *Imperator orbi, imperatori V. Stas imperabit poteritque hoc uno facto et hostes ecclesie delere et ecclesiam felicissimam instituere Cod. Vat. 6284, f. 52 SS. Biblioteca Vaticana.
[65] La opinión de Nitti, de que León X quiso siempre la elección de Francisco I solamente como medio para otro fin (153 ss.), no parece conciliable con las numerosas e inequívocas (v. Ranke, Deutsche Gesch. I1, 383, n. 2) manifestaciones del papa. También Ulmann es de este parecer; como León X, «desde que tuvo conocimiento de las promesas de los electores alemanes en favor de Francisco, debía de tener por inevitable la elección de éste, en caso de que no prevaleciese Carlos, es claro que intervino seriamente por el primero» (Studien II, 107).
[66] V. la carta Bibbiena de 16 (18) de Febrero di 1519 en Manoscr. Torrig. XXV, 381 s.
67 Así se expresa Nitti 159 s.; cf. además también a Ulmann, Studien II, 97, 107, Ulmann hace notar, que Francisco «poseyendo con efecto sus anteriores derechos imperiales en Italia, no se hacía allí más fuerte con la corona imperial; al contrario: la adquisición de esta diadema ponía en las manos de la curia, precisamente a sus propios ojos, armas importantes contra las pretensiones francesas a Nápoles».
68 Cf. Reichstagsakten I, 334, 374, 655, 685.
[67] V. Mignet, Rivalité I, 171 ss. Ranke, Deutsche Gesch. I2, 363, y Reichstagsakten I, 419-421.