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Ludwig von Pastor
Historia de los Papas
LEÓN X (1513-1521)

 

 CAPÍTULO V:
  Esfuerzos del Papa en orden a la cruzada,
principalmente en los años 1517 y 1518.
 (pp. 203-236)
 

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Desde el principio de su pontificado, habíase ocupado León X seriamente en la cuestión oriental, la cual acababa de entrar de nuevo en un período sumamente peligroso, por la ascensión al trono del belicoso sultán Selím, en 1512. El Papa siguió, también en este punto, la antigua tradición de la Santa Sede. El historiador del Imperio turco tiene por indudable, que León X, después de su ascensión al trono pontificio, tomó a pechos de una manera verdaderamente seria la importantísima cuestión de proteger a la Cristiandad contra los infieles, y que pensó leal y concienzudamente en restablecer la paz europea, con el objeto de combatir con energía y de común acuerdo a los otomanos. Prueba de ello son los numerosos escritos que envió León X, en los primeros tiempos de su reinado, a casi todos los príncipes cristianos [1].

En el Concilio de Letrán se trató desde el principio repetidas veces la cuestión de la guerra contra los turcos [2]; y a las palabras siguieron también los hechos. A los dos puntos principalmente amenazados; es a saber: así a Rodas como a Hungría, se enviaron desde luego sumas de dinero, [3] y fuera de esto fomentó asimismo Roma de muchas maneras los esfuerzos del rey de Portugal en su lucha contra los infieles de África [4]. La pintura que la embajada de obediencia de los polacos hizo, a 13 de Junio de 1513, del aprieto en que se hallaban por causa de los turcos, conmovió tanto a León X, que le hizo prorrumpir en lágrimas [5]. A 15 de Julio se resolvió enviar a Hungría como legado al cardenal Bakócz, y se dijo que se le iban a dar copiosos subsidios pecuniarios [6]. Grandemente alegró a León X la noticia recibida a fines de Agosto, de una victoria de los húngaros contra los turcos, y el Papa asistió personalmente a la misa de acción de gracias que se celebró en Santa María del Popolo [7]. Desgraciadamente se difirió la marcha del cardenal húngaro hasta fines de otoño [8], y su conato de predicar la cruzada en su patria fracasó completamente. Los labriegos húngaros tomaron la cruz; pero en vez de dirigirse contra los infieles, se lanzaron contra los aborrecidos magnates; y transcurrió un año entero antes de que fuera abatida aquella sublevación [9]. A pesar de estos nefastos acaecimientos, el Papa, a principios del año 1515, se había dirigido a todas las Potencias cristianas excitándolas a la cruzada [10], y envió aquel mismo año al eminente Gobernador (Banus) de Croacia y obispo de Veszprim Pedro Beriszlo, no sólo los 20,000 ducados prometidos para defensa de las ciudades fronterizas atacadas, sino también un considerable socorro en cereales, municiones de guerra, artillería, pólvora y salitre [11]. En Ancona se armó una flota para la cual debía suministrar la artillería Venecia [12]; pero la Señoría, que a 17 de Octubre de 1513 había renovado su tratado con la Sublime Puerta,[13], no mostró ninguna voluntad de apoyar la cruzada emprendida por el Papa. Antes bien esparció el rumor de que el Papa Médici no tomaba tan a pechos el bien universal de la Cristiandad, cuanto sus intereses personales, la gloria y la grandeza de su Casa [14]. Esta desfavorable opinión, que también propalaban otros, y que, a la verdad, no era justificada en los primeros años de León X [15], no influyó sólo entonces de una manera muy perjudicial en los esfuerzos del Papa en favor de la paz, y asimismo en la empresa de la cruzada [16].

Como no había que esperar nada de Venecia, la cual amenazó varias veces con llamar a los turcos [17], León X, en presencia del peligro que por parte de Constantinopla amenazaba [18], volvió sus ojos a otra parte, creyendo que la alianza con el caballeresco Rey de los franceses podía utilizarse para el amparo de la Cristiandad. Conforme a las seguridades que, tanto Francisco I como el canciller Du Prat, habían dado en Bolonia, podía el Papa prometerse grandes cosas del poderío francés [19]. A par de Rodas hallábase de nuevo principalmente amenazada Hungría; por lo cual, León X requirió con apremiantes palabras al monarca francés, a 17 de Enero de 1516, a que por lo menos enviara a Hungría socorros pecuniarios. La respuesta del Rey fue amigable... ¡pero el dinero no se envió! [20] El rey Wladislao, a quien León X había mostrado hasta el fin un caluroso interés, murió en Marzo de 1516; su hijo Luis era todavía un niño, y para completarla desdicha, estallaron además discordias entre los magnates húngaros. Con creciente solicitud tenía el Papa puestos los ojos en Hungría, a donde envió a 2 de Abril de 1516 a su pariente Roberto Latino Orsini [21]. En apremiantes escritos excitó el Papa al rey de Polonia Segismundo, al soberano de Portugal, y luego sobre todo a Francisco I, a que acudieran en auxilio de aquel país, tan duramente oprimido [22]. Tampoco entonces envió el monarca francés socorro alguno pecuniario, mientras el Papa, a pesar de sus apuros financieros, destinó al Banus Beriszlo 15,000 ducados; y seguramente Hungría hubiera sido ya entonces presa de los turcos, si el sultán Selim no hubiese emprendido, en el verano de 1516, una expedición militar contra Siria y Egipto, que había de reclamar todas sus fuerzas durante dos años [23].

La buena ocasión de intentar un golpe enérgico contra Constantinopla durante la ausencia del Sultán, quedó también desaprovechada. Los príncipes europeos, y por desgracia, también durante algún tiempo el Papa, estaban demasiado ocupados con sus particulares intereses, para pensar en ello.

Los planes de cruzada, y la cuestión de la guerra contra los turcos, sirvieron muchas veces en las negociaciones diplomáticas de aquella época solamente para encubrir designios totalmente diversos [24]. Verdad es que se verificó esto principalmente en Francisco I, que tuvo siempre en su pensamiento cosas enteramente distintas, en especial la conquista de Nápoles. Pero aun el Papa León X apartó frecuentemente su atención de la empresa de la cruzada por el interés del Estado de la Iglesia y de sus nepotes, y principalmente, por la guerra contra Urbino; si bien es verdad que nunca perdió enteramente de vista aquella santa causa [25].

Apenas se había obtenido la sumisión de Francisco María, cuando volvió a ocupar en Roma el primer término la cuestión de la cruzada. En Octubre de 1516, se dirigió el Papa a todos los príncipes cristianos indicando la ocasión de la guerra en que el Sultán se hallaba envuelto en África y Asia. En Occidente nadie tenía conocimiento exacto de aquellos sucesos, excepto Venecia, que conservaba sus noticias con grande secreto. León X supo aprovechar con habilidad las noticias que recibió de Oriente, para reavivar de nuevo el celo de los príncipes cristianos en favor de la cruzada. «Si es verdad, representaba el Papa principalmente a Francisco I, que el Sultán ha vencido a sus eternos enemigos los egipcios, éste es verdaderamente el tiempo de despertar de nuestro sueño, para que, mientras dormimos, no nos veamos destruidos; pero si no es verdad, ¿qué causa hay para que no aprovechemos tan hermosa ocasión, cual la que Dios nos brinda para llevar a buen término su causa, atacando con fuerzas unidas a los turcos, ya apurados o complicados en las guerras de Persia y Egipto, y desplegando contra ellos el estandarte de la santa Cruz?» [26]

Francisco I contestó, a 15 de Noviembre de 1516, con las mayores seguridades de su inquebrantable entusiasmo por la santa empresa, y al propio tiempo requería a León X para que trabajara en orden a establecer la paz en Europa; luego que ésta se hubiese restablecido, él seguiría sin más dilación y con numerosas tropas al Papa, como adalid de aquella santa campaña [27].

A pesar de tan hermosas palabras, en realidad no era conforme con los deseos del Rey el que León X hubiese tomado a su cargo este negocio. Las verdaderas ideas de Francisco I se descubren en las secretas instrucciones que dio a su delegado para el congreso de Cambray, que se reunió a principio de 1517. En ellas se proponía no menos que una inteligencia sobre la común conquista y reparto del Imperio otomano, entre Francia, España y el Emperador—sin participación de los demás príncipes, y especialmente del Papa. Este tuvo, sin embargo, muy presto noticia del plan, por conducto de Maximiliano [28]; lo cual hizo que procurara con tanto mayor fervor la unión general de todos por medio de la paz; y para este fin debía servir también la misión del dominico Nicolao de Schönberg [29]. A Roma habían llegado de nuevo muy intranquilizadoras noticias de Oriente; apenas, pues, quedaba ya duda alguna, de que Egipto y la Tierra Santa habían sido víctimas de la ambición conquistadora de los otomanos [30]. Durante el mes de Enero de 1517, celebráronse en Roma constantes deliberaciones sobre el armamento de una flota y la recaudación de fondos para la cruzada; trazáronse los más diversos planes, y ya se pensaba también en enviar legados para la cruzada. Egidio Canisio de Viterbo pronunció entonces en San Agustín, en presencia de tres cardenales, un fogoso sermón sobre los peligros que amenazaban a la Cristiandad por parte del Sultán, para cuya defensa todo se había de esperar del Papa, teniendo en cuenta la edad juvenil de los reyes de Francia, Inglaterra y España [31].

Pero entonces volvió a estallar nuevamente la guerra acerca de Urbino. El Papa se vio en la más terrible incertidumbre, bien que ni aun en aquellas difíciles circunstancias perdió de vista la cuestión de la cruzada. Siguió negociando con los embajadores [32] y los príncipes [33], y en la última sesión del concilio de Letrán (16 de Marzo de 1517) llegóse a decretar, a pesar de la oposición de cierto número de obispos, la resolución de que debía predicarse solemnemente una general cruzada, y para este fin imponer a todo el clero un diezmo por tres años. Al propio tiempo se promulgó una bula, que obligaba severísimamente a todos los príncipes y señores de la Cristiandad, so pena de incurrir en las más graves censuras eclesiásticas, a la observancia de una tregua de cinco años [34]. Con esto se obtuvo un resultado positivo: la cruzada quedaba resuelta por una solemne resolución conciliar, y ya no debía discutirse si era menester realizarla, sino sólo el cómo y el cuándo [35]. Pero también en estos respectos procuró obtener la dirección el Papa. Nombróse una congregación de cardenales peritos en la materia, que debía hacer las propuestas convenientes para la dirección de la guerra y la adquisición de los medios necesarios [36]. Sin embargo, por efecto de los grandes apuros de la guerra de Urbino, nada se hizo en todo el verano [37]; y sólo luego que se hubo terminado aquella perniciosa lucha, y se hubo restablecido la paz entre los príncipes europeos, salvo en lo tocante a las diferencias del Emperador con Venecia, y a las de Enrique VIII con Francisco I respecto a la posesión de Tournay [38], pareció llegado el momento en que podía tratarse de realizar el plan de la cruzada. El Papa, que continuamente había tenido puestas las miradas en Oriente con gran solicitud [39], tomó entonces por su cuenta el negocio con resolución; y apenas se había ajustado el convenio con Francisco María, cuando el cardenal de Médici declaró al embajador de Venecia, que había llegado el momento de oponerse a los turcos; que el Papa estaba dispuesto a todo lo necesario, y que, conforme a esto, iría un propio Nuncio para requerir a la Señoría a tomar parte en la guerra contra los infieles. El embajador de aquel Gobierno, que vivía constantemente en buenas relaciones con la Sublime Puerta, quedó tan sobrecogido por esta declaración, que no acertó a contestar una sola palabra. «Sin especial mandato de Venecia, anunciaba, me limitaré en todo este negocio a declaraciones enteramente generales» [40].

Era un pensamiento del todo oportuno, el que movía a León X a dirigirse en primer lugar a una Potencia de tan gran poder marítimo como Venecia; pues, sin la participación de esta República, no se podía pensar en una eficaz empresa. El ganar Venecia fue el cometido que se dio a Altobello Averoldo, obispo de Pola, el cual en el mismo mes de Septiembre había sido acreditado como enviado perpetuo con autoridad de Legado de latere, y por sus egregias cualidades, y ser de nacimiento bresciano, parecía especialmente a propósito para aquella difícil embajada [41]. A 29 de Octubre de 1517, escribía el cardenal de Médici a Averoldo, que la cuestión de los turcos ocupaba por entonces al Papa más que, todas las cosas; que poco antes había llegado, para tratar de dicho negocio, un propio enviado del monarca francés, el cual había hecho muy favorables manifestaciones; y que si Venecia persistía todavía en esta ocasión en su actitud reservada, saldría de ella, por lo menos al fin, con los hechos. Por el momento el Papa solicitaba ante todo el consejo de la Señoría, tan experimentada cabalmente en aquellas cosas, acerca de cómo sería mejor comenzar la expedición para poderla llevar al cabo. Asimismo se excitó a otros Nuncios a pedir dictámenes de hombres conocedores de aquel género de guerra [42].

A 4 de Noviembre constituyó León X una congregación, formada por los cardenales Carvajal, Remolino, Fieschi, Grassis, Pucci, Médici, Farnese y Cornaro; y se invitó a las deliberaciones, además de los enviados de las Potencias europeas, a varones expertos en la guerra y conocedores de las cosas del Imperio otomano. Asimismo se consultó, por lo referente a la predicación de la cruzada, el parecer de tres cardenales pertenecientes a las Ordenes de los Dominicos, Franciscanos y Eremitas de San Agustín [43].

Las deliberaciones comenzaron luego el 6 de Noviembre, bajo la presidencia del Papa; y todas las Potencias estuvieron representadas, a excepción de Portugal y Venecia. El representante del rey Don Manuel, estaba excusado por enfermedad; pero, por qué faltara el embajador veneciano, no se sabe: dice el delegado del duque de Ferrara [44].

Aceleró las deliberaciones el haberse presentado ya a 12 de Noviembre una extensa Memoria [45], que puede considerarse como uno de los más notables documentos para la historia del movimiento europeo contra el Imperio otomano en el siglo XVI [46]. Seis cuestiones principales se trataban en ella: ¿Hase de emprender la guerra? ¿Ha de ser una guerra ofensiva o defensiva? ¿Cuáles son los obstáculos que a ella se oponen, y de qué manera pueden removerse? ¿Ha de ser esta guerra dirigida por todos los príncipes, o sólo por algunos, y por cuáles? ¿Con qué medios se ha de llevar adelante? Y, finalmente, ¿cómo se ha de poner por obra?

A la primera pregunta se contestaba con decisión, afirmativamente. Respecto de la segunda se defendía, con no menos resolución, la necesidad de una guerra ofensiva; la cual se recomendaba desde luego, así por demostrar mayor ánimo, como por ofrecer mayor facilidad para hallar los puntos flacos del enemigo. En la respuesta a la tercera cuestión, señálanse como impedimento principal, la discordia entre los príncipes de la Cristiandad; la cual, según juzgaba la Memoria, podía obviarse por medio de una paz general, o de una tregua por todo el tiempo que durase la guerra santa; y si todavía en este tiempo surgieran desavenencias, podrían ser resueltas por el Papa y el Colegio Cardenalicio, o diferirse su resolución hasta después de terminada la guerra. También sería por ventura prudente (mejor, junto con una santa confederación de todos los príncipes con el Papa), ajustar una especie de santa alianza, en fuerza de la cual se obligaran todos con juramento a castigar con las armas a cualesquiera transgresores. Esta alianza debería llevar el nombre de Fraternitas sanctae Cruciatae. En lo referente al mando superior, acentúa la Memoria, «que verdaderamente, el Emperador y el rey de Francia, en concepto de ser los primeros y más poderosos príncipes de la Cristiandad, deberían tomar la dirección y ponerse a la cabeza de todas las fuerzas unidas; pero que asimismo todos los demás debían estar obligados a contribuir con lo suyo en la medida de sus fuerzas». Con la mayor extensión trata la Memoria de las cuestiones quinta y sexta, que se refieren a los medios y a la forma de la ejecución. Además del auxilio divino, que debería solicitarse sin intermisión, se trata en esta parte de dos clases de recursos: dinero y tropas.

Los gastos de la guerra se fijan, en general, en 800,000 ducados: suma que supone la Memoria, con muy optimistas opiniones, no sería muy difícil de recaudar. «En primer lugar contribuirían los reyes y los príncipes con buena parte de sus rentas, lo cual, no sería sino muy equitativo, pues se defendía en primer término la causa de ellos; ya que el enemigo se preocupaba muy poco del pueblo común, y había jurado con preferencia contra ellos eterno rencor, deseando, sobre todo, sus cabezas.» Pero no se quería descender a una determinación por menor en esta parte; pues prefería se dejarlo a la prudencia y liberalidad de los soberanos. Luego debería apelarse por semejante manera al estado eclesiástico. «Podría imponerse, conforme a la cuantía de sus rentas, principalmente a los monasterios y abadías ricos, un diezmo, o aun dos tercios, y hasta tres cuartos de ellas; pues, reduciéndose generalmente a lo más preciso para atender a sus necesidades, se debería consagrar todo lo restante a la santa obra, que estaba principalmente a su cargo, como propios poseedores de la herencia de Cristo.»

El número de las tropas se fijó en unos 60,000 infantes, 12,000 jinetes de caballería ligera y 4,000 de pesada armadura. Para la infantería eran particularmente a propósito los suizos, los lansquenetes alemanes, los españoles y bohemios; para la caballería ligera los españoles, italianos, dálmatas y griegos; y la caballería de pesada armadura se podría encontrar más favorablemente en Francia e Italia. Corno se sobreentiende, debía tenerse asimismo solicitud de procurar la correspondiente artillería. Los barcos podrían procurarlos, además de Venecia y Génova, Nápoles, la Provenza, España, Portugal, y asimismo Inglaterra. Oportunamente se pone de relieve, la conveniencia de combinar desde el principio la guerra marítima con la terrestre; «pues el enemigo tiene ya preparada una flota de 300 trirremes». A la verdad, en ningún caso se podrán reunir otras tantas; pero los reyes de Francia y España pueden ciertamente aprontar 20 embarcaciones de aquella clase, otras tantas los genoveses, 40 los venecianos, y el mismo Papa se esforzaría, en unión de los cardenales, para armar otras diez. Aun cuando no trirremes, podría esperarse un considerable número de barcos grandes de Francia e Inglaterra. Sería muy de aconsejar que no se dividieran ni dispersaran las fuerzas militares, sino se procurase obrar sobre un punto con fuerzas reunidas. Constantinopla debía ser el blanco contra el cual se dirigieran con todo su poder. Podrían tomar el camino por Alemania y Hungría, o también por Dalmacia e Iliria; pero lo más breve y fácil sería, por ventura, que las tropas se reunieran en Ancona y Brindis, y las flotas en Sicilia, desde donde sería fácil trasladarse con rapidez a Grecia y Egipto. Se sugiere también una alianza con el Schah Ismail; grandes esperanzas coloca esta Memoria en la irrupción de los húngaros y polacos en las provincias limítrofes, al paso que el ejército principal debería dirigirse contra Constantinopla. Finalmente, se trata asimismo la prematura cuestión del reparto de las tierras conquistadas, bien que sólo con precaución y ligeramente; pues se dice allí: «Por ventura sería prudente nombrar ya desde ahora para este objeto, jueces arbitrales, que después de la terminación de la guerra hubieran de fijar la parte de cada uno, conforme a la proporción de lo que hubiere aportado y hecho; éstos podrían ser, ya el Papa con los cardenales, o, si llega a formarse la Santa Hermandad arriba mencionada, los apoderados de ella. El hacer de antemano un reparto, antes de hallarse en posesión del objeto que se ha de repartir, sería en todo caso inoportuno. Más ventajoso será, considerar primeramente como bienes comunes los que en común se hubieren conquistado, y hacer luego la repartición de ellos» [47].

Esta Memoria, que no contenía aún ninguna definitiva determinación, sino sólo proyectos [48], hízola comunicar el Papa, por medio de sus Nuncios, al Emperador, a  los reyes de Francia, España, Inglaterra y Portugal, y finalmente, a la República de Venecia, pidiéndoles que propusieran sus enmiendas o reparos; y al propio tiempo se dirigieron a los principales reyes y príncipes, particulares breves, en los cuales, en atención al peligro que amenazaba de parte de los turcos, se insistía en la necesidad de tomar una actitud resuelta lo más pronto posible. Al Nuncio en Venecia se encomendó además, a causa de hallarse en la Ciudad de las lagunas un embajador turco, que mantuviera todo este negocio en el mayor secreto que pudiese [49].

El asunto de la cruzada, escribía el cardenal de Médici, a 17 de Noviembre de 1517, al Nuncio en Suiza Antonio Pucci, se trata con ardor diariamente, y cuanto más nos ocupamos en él, tanto se ve más claramente la necesidad de venir a las obras. Dos cosas se saben ya de cierto en la actualidad: el regreso a Constantinopla del Sultán victorioso, y los poderosos preparativos que hace por tierra y por mar. El Papa está dispuesto a hacer todo lo que le permitan sus fuerzas, y cuenta asimismo con el auxilio de los aguerridos suizos [50].

Al dirigirse así León X, en esta ocasión, a todos los príncipes de Europa, expresaba todavía una vez más, en la víspera de una nueva época, la idea medieval de la solidaridad de todos los Estados cristianos en la guerra contra los infieles; el envío de la Memoria citada, forzaba ahora a las Potencias principales a tomar una actitud definida respecto de la cuestión de Oriente; por lo cual el Papa esperaba sus respuestas con la mayor impaciencia.

Principalmente colocaba León X grandes esperanzas en el poderoso monarca francés; a quien entonces se concedió por segunda vez la cobranza de un diezmo para la cruzada [51]. El Papa tenía tanto mayor razón de confiar en ganarle para la empresa de la guerra santa, cuanto se disponía a entrar en un proyecto, que Francisco I había promovido ya en el Otoño de 1516. Tratábase del casamiento de Lorenzo de Médici con Magdalena de la Tour d‘Auvergne, hija de Juan, Conde de Boulogne, la cual estaba emparentada, por su madre Catalina de Borbón, con la Casa reinante. Desde Octubre de 1517, Tomás de Foix, señor de Lescun, el obispo de Saint-Malo, el Nuncio pontificio Staffileo, y el embajador florentino en Francia, Francisco Vettori, trataron acerca de esto, así como sobre la empresa de la cruzada [52]. En lo tocante al enlace de familia se llegó finalmente a una inteligencia [53], por virtud de la cual, el nepote pontificio emprendió su viaje a Francia a 22 de Marzo de 1518 [54]; pero las negociaciones sobre el asunto de los turcos, tomaron un aspecto muy dificultoso.

Por de pronto, Francisco I no se apresuró a dar su respuesta; de suerte que a fines de 1517 aún no se había contestado al Papa acerca del plan remitido a mediados de Noviembre. Todavía a 30 de Diciembre volvió el cardenal de Médici a representar al Nuncio francés que, en atención al creciente peligro que amenazaba de parte de los turcos, y comprendía indudablemente a Italia, era de urgente necesidad una presta resolución. Innumerables veces había escrito el Papa a Francisco I y a los demás príncipes, y ofrecido todo su poder espiritual y temporal, y aun su personal participación en la cruzada; pero, con todo eso, nada se había resuelto aún; y mientras se perdía este tiempo en escribir y negociar; el turco se armaba con todas sus fuerzas. Si el enemigo atacara en la primavera a Italia, o alguna de las islas italianas, no veía el Papa posibilidad de oponerle eficaz resistencia. El Nuncio debía a exhortar por todas maneras al Rey y a todos los personajes influyentes, rogándoles y conjurándoles a pasar finalmente a las obras [55]. Poco después de esta comunicación debió llegar a Roma la respuesta de Francisco I, fechada a 23 de Diciembre de 1517. Sus dificultades se referían principalmente a la cuestión económica. El Rey aprobaba el plan en general, pero deseaba tener de antemano en su poder los fondos de la cruzada, y obtener desde luego un diezmo por tres años. Si se le otorgaba esto, se pondría al lado del Papa con 12,000 jinetes y 50,000 infantes y suizos. Para prevenir desórdenes, parecíale conveniente que el Emperador se dirigiera por su parte con los alemanes, húngaros y polacos, por la vía de tierra; Carlos I de España podría quedarse en la flota con los reyes de Inglaterra y Portugal, y las tres expediciones podrían hacerse de común acuerdo [56].

De una opinión totalmente distinta era el Emperador, y el extenso memorial que envió a fines de 1517, manifiesta con bastante claridad, aunque con formas veladas, los celos de Maximiliano por la participación en la empresa del monarca francés. En vez de una sola expedición militar, proponía el Emperador, en su fantástica inventiva, toda una serie de expediciones, que debían distribuirse en tres años. En el primero deberían permanecer en sus Estados los reyes de Francia e Inglaterra, para mantener en ellos la tranquilidad y asegurar la cobranza del impuesto contra los turcos. Entretanto atacaría el Emperador con tropas mercenarias, alemanas y españolas, unido con el rey de Portugal, las posesiones del Sultán en el Norte de Africa. Esta expedición debería completarse el año segundo con la conquista de Alejandría y del Cairo, mientras Francisco I se dirigiría al propio tiempo desde Italia a Macedonia, y se apoderaría de las plazas de la costa, para asegurar el desembarco de los cruzados que acudirían desde Egipto. En el tercer año debía coronarse finalmente la fantástica empresa, con la conquista de Constantinopla y del Asia Menor. Podría obtenerse la cooperación del Schah de Persia, cediéndole la Armenia y Caramania. El reparto de las conquistas, que trae a la memoria la conocida narración de la piel del oso, habría de hacerse naturalmente por un tribunal arbitral cuya presidencia tendría el Papa. También respecto a la manera de procurarse dinero para la guerra, tenía el Emperador sus particulares ideas. En todas las parroquias de la Cristiandad, cada 50 hombres deberían aprontar un soldado, y para recaudar dinero se recomendaba, además de los diezmos e indulgencias, un impuesto a cada hogar o familia [57].

El más sobrio fue el dictamen del rey Carlos I de España. Era su parecer, que al principio se limitaran a proteger los puntos de Italia más amenazados, como la Marca de Ancona, Nápoles y Sicilia, para lo cual prometía facilitar desde luego 14.000 hombres [58].

Si ya la diversidad de pareceres y los celos de las Potencias europeas que en estos dictámenes se manifestaban, lo propio que sus mal velados designios particulares, debían disgustar hondamente al Papa; todavía hubo de contristarle más la actitud de la primera Potencia marítima de Occidente, que se negaba totalmente a tomar parte en la cruzada. A pesar del absoluto retraimiento en que se habían mantenido desde el principio, así el embajador veneciano como la Señoría [59], parece haber esperado todavía por algún tiempo León X, que se obraría un cambio en el modo de sentir de Venecia; por lo cual, tuvo todo género de miramientos con aquella República, que se hallaba todavía en paz con los turcos; con la esperanza de que, en el instante propicio, no se negaría a concurrir en auxilio de la Cristiandad [60].

Entretanto llegaban de continuo a Roma las más alarmantes noticias de Oriente. A fines de Febrero se recibió también una jactanciosa carta del Sultán llena de amenazas a León X [61]. Inmediatamente después se pensó en hacer, como respuesta, una gran demostración bélica en el asunto de la cruzada [62].

A 3 de Marzo de 1518, ordenóse que se celebraran solemnes procesiones de rogativas para obtener el auxilio divino, y al propio tiempo se ;acordó el envío de cuatro cardenales, como Legados de latere, a los principales Estados de la Cristiandad, para promover la guerra contra los turcos [63]. Los nombrados pertenecían al número de los miembros del Sacro Colegio más eminentes y de más eximias cualidades. Farnese debía dirigirse a la Corte Imperial, Egidio Canisio a España, Bibbiena a Francia y Campeggio a Inglaterra. Las costas, para estas legaciones, sufragólas el Papa de su propia caja, a pesar de sus apuros pecuniarios; mientras que hasta entonces, en semejantes casos, se había facilitado a los Nuncios el atender por sí mismos a los gastos, concediéndoles facultades productivas. León X se apartó en esta ocasión de la costumbre admitida, para dar una prueba clara de su desinterés [64].

Las resoluciones mencionadas fueron resultado de las deliberaciones que había tenido el Papa, así con los diplomáticos como con la especial Congregación de cardenales, cuyos miembros se habían aumentado entretanto hasta el número de 13 [65]. Mas en aquellas deliberaciones se había madurado asimismo otro pensamiento, al cual se dio expresión en una solemne bula. En este documento, que lleva la fecha de 6 de Marzo de 1518 y en el que se pintaban con palabras conmovedoras las recientes victorias del Sultán y el creciente peligro de los turcos; con el fin de tener disponibles todas las fuerzas, para emplearlas en la cruzada, se

mandó observar en toda la Cristiandad, so pena de las más graves censuras eclesiásticas, una tregua de cinco años; y refiriéndose expresamente al ejemplo de uno de los más grandes pontífices de la Edad Media, Inocencio III, cuyas huellas declara el Papa querer seguir, se reserva a la Santa Sede la resolución de todas las diferencias que entretanto pudieran suscitarse [66].

Mientras con particulares breves se anunciaban estos preparativos a todos los príncipes cristianos [67], comenzóse en seguida en Roma la predicación de la cruzada. A 12 de Marzo principiaron en la Ciudad eterna las grandes procesiones de rogativas [68] ; cerráronse todas las tiendas, se adornaron las calles con paños y tapices, y en todas partes se dispusieron altares. El primer día se dirigió la procesión desde San Agustín a Santa María in Aracoeli, y en ella se vio a todas las Hermandades de Roma (también las alemanas) con sus pintorescos trajes de varios colores, todo el clero regular y secular con numerosas reliquias, y la Corte del Papa. El segundo día una procesión semejante se dirigió desde San Lorenzo a Santa María del Popolo, y en esta solemnidad se llevaron procesionalmente las más preciosas reliquias, que la Ciudad Eterna consideraba como propias suyas: las cabezas de San Andrés y de San Matías, la cátedra de San Pedro, la santa Lanza, el sudario de la Verónica y el gran fragmento del lignum crucis de S. Croce in Gerusalemme. En la procesión del tercer día (domingo 14 de Marzo), que se dirigió desde San Pedro a Santa María sopra Minerva, tomaron parte numerosos delegados de todas las autoridades eclesiásticas y seculares, todos los obispos y cardenales que se hallaban en Roma, y finalmente el mismo Papa, el cual anduvo todo aquel camino con los pies descalzos y dando repetidas muestras de su religiosa emoción. En la iglesia de Santa María sopra Minerva se celebró una misa solemne, y luego subió al pulpito Sadoleto, para excitar a la guerra contra los turcos con un discurso lleno de retórica ciceroniana. En atención a la presencia de los diplomáticos, no escaseó el orador los elogios dedicados a los príncipes, cuya buena voluntad ponderó mucho más de lo que a la verdad de los hechos correspondía.

«¿Quién podría abrigar todavía ahora la menor duda sobre la victoria, exclamó Sadoleto, cuando es nuestro adalid un tan grande emperador como Maximiliano, un general tan experimentado en las cosas de la guerra?» Por semejante manera celebró luego asimismo las eminentes cualidades y los nobles propósitos de los demás príncipes: de los reyes de Francia, España, Inglaterra, Portugal y Polonia; y aun se hizo mención, con grande encomio, de los reyes, todavía menores de edad, Luis de Hungría y Jacobo de Escocia, del hasta entonces apenas nombrado rey Cristián de Dinamarca, y finalmente, de los «valientes, invencibles» suizos, de los venecianos y de todos los demás príncipes y naciones que en otro tiempo se habían distinguido en la guerra contra los infieles. ¿Cómo podrían los turcos, ante una tal reunión de fuerzas, conservar todavía las más mínimas esperanzas de salvación? ¿En qué podrían confiar ahora, cuando se había restablecido la paz entre las Potencias cristianas? «¡Sí; terminó Sadoleto; ciegos, ciegos hemos sido hasta ahora! ¡no hemos visto suficientemente lo que procedía! Pero ahora la obscuridad se ha disipado, y las tinieblas han desaparecido; el brillo del verdadero honor resplandece ante nuestros ojos, y la verdad está descubierta delante de nosotros» [69]. Al final, el cardenal Farnese leyó la bula pontificia acerca de la tregua de cinco años.

Poco después se envió asimismo a todos los países de la Cristiandad el mandato pontificio de que se impetrara con semejantes procesiones de rogativas la protección del Cielo, en favor de la Cristiandad gravemente amenazada [70].

La manera solemne como inauguró León X todo este asunto de la cruzada, y su expresa alusión al Papa cuyo reinado señala el apogeo de la potestad de la Santa Sede en la Edad Media, demuestran cuán altos vuelos habían tomado sus ideas. Como en aquella época de actividad entusiasta, la preeminente posición ecuménica del Pontificado había hallado en las cruzadas, por ventura su expresión más significativa; así debía también ahora «una empresa común del Occidente, a cuya cabeza estaba el Papa como espiritual adalid», no sólo proporcionar a la Europa auxilio y amparo contra el más temible de sus enemigos, sino también comunicar a la Santa Sede nuevo esplendor y creciente influencia [71].

Los esfuerzos de León X en favor de la cruzada, habían alcanzado una expresión artística en las Estancias, por medio del fresco de la batalla de Ostia; y el recuerdo de aquellos esfuerzos inspiraba a Rafael en la última obra de su imaginación creadora: la Transfiguración [72]. Tampoco los poetas y literatos dejaron escapar, como era natural, el fecundo tema de la guerra contra los turcos [73]; pues con poemas y discursos acerca de este asunto, esperaban ganarse el favor del Papa. Está fuera de duda, la sinceridad con que León X condujo entonces todo este negocio [74]; conforme a su voluntad debían hacerse extraordinarios esfuerzos para congregar las Potencias cristianas en torno del estandarte de la Cruz, y conducirlo al Oriente en una gran expedición militar. Desgraciadamente, todo esto se estrelló contra los privados intereses de las Potencias europeas.

El más doloroso de los desengaños fue el que recibió León X de Venecia, por más que había tratado a la Señoría con los más delicados miramientos. Así, por ejemplo, para evitar dificultades a la República, que se hallaba todavía en paz con el Sultán, se omitió la mención expresa de ella, y asimismo el envío de un legado especial para Venecia [75].

Y como Sadoleto se hubiese dejado arrastrar por su fervor, en el discurso mencionado, y consignara los grandes méritos contraídos por Venecia en la protección de la Cristiandad contra los turcos, el embajador de aquella República reclamó enseguida en el Vaticano, solicitando que se suprimieran en la impresión del discurso aquellas frases [76].

Nada es por ventura más significativo, para conocer la cobarde timidez de los mercaderes del Adriático, que este pavor ante la grandeza de su propio pasado. La política previsora y fríamente calculadora de Venecia, seguía dirigiéndose siempre exclusivamente a proteger sus próximos intereses materiales; y en este miope egoísmo, se estrellaban todas las reflexiones, por elocuentes que fueran. Al ordenar las procesiones de rogativas, había tenido el Papa la delicadeza de transmitir el encargo para ello al Patriarca de Venecia, de suerte que los venecianos pudieran alegar, que aquellas medidas no habían procedido de la República, sino del Papa como supremo jefe del culto; pero las procesiones no debían celebrarse sin permiso del Gobierno de Venecia. La Señoría rehusó este permiso, y el Papa se doblegó también a esto silenciosamente [77]. Acerca lo que se hubiera de pensar, de las seguridades que continuamente reiteraba la República, de que tomaría parte en la expedición contra los turcos, cuando ésta se pusiera efectivamente por obra; no pudo el Papa, a la larga, forjarse ilusiones; y tampoco ignoró que la Señoría había renovado secretamante su paz con el Sultán. Lo que no llegó a la noticia del Papa fue, que Venecia traicionaba desvergonzadamente la causa de los cristianos, instruyendo en secreto con toda exactitud, al mortal enemigo de la cultura de Occidente, sobre todos los preparativos que se hacían para la cruzada [78].

La propia resolución sobre la cuestión de la guerra santa dependía, pues, del éxito que alcanzaran los cardenales legados en España, Francia, Inglaterra y Alemania. León X hubiera visto de buena gana, que se hubiesen puesto en camino lo más pronto posible, como lo hizo en efecto Farnese [79]; pero como Bibbiena había entretanto enfermado, y su misión debía ser simultánea con la de los otros legados, fue necesaria una dilación [80]. A 12 de Abril se presentaron Bibbiena, Campeggio y Egidio Canisio, en un consistorio, donde el Papa les dio su apostólica bendición; y todos los miembros del Sacro Colegio acompañaron luego a los legados hasta Santa María del Popolo. Desde allí se marchó Bibbiena a Francia el 13, Campeggio se partió el 15 a Inglaterra, y Canisio el 16 para España [81]. El cardenal Farncse anunció, que no podía continuar su camino, por causa de enfermedad [82]; por lo cual, su legación fue confiada a 26 de Abril, al sabio cardenal Cayetano. Este salió de Roma el 5 de Mayo de 1518 [83]. Además de los cardenales legados, ya a 17 de Marzo de 1518 se había confiado al dominico Nicolao de Schönberg una misión para Hungría y Polonia, con el fin de procurar también la unión de estos reinos a la empresa de la cruzada. Con este objeto debía esforzarse principalmente Schönberg, por terminar la contienda entre Polonia y la Orden Teutónica [84]. Más adelante se pensó asimismo en que este legado influyera en el Gran Príncipe de Rusia y en el Príncipe de los tártaros [85]. El cometido de Schönberg no era menos difícil que el de los cardenales legados, pues cada una de las Potencias que debían tomar parte en la cruzada, perseguía diferentes fines particulares.

Las noticias relativamente más favorables, fueron las que se recibían de España [86], donde el cardenal Egidio Canisio predicaba la cruzada con inmenso concurso [87], y ya a 23 de Agosto de 1518, se pudo comunicar a los cardenales reunidos en consistorio un escrito de D. Carlos I de España, en el cual manifestaba aceptar la tregua de cinco años [88].

Por el contrario, eran totalmente desagradables las noticias que enviaba el cardenal Campeggio, destinado a la legación de Inglaterra; por lo demás, ya desde el principio había sido muy sin guiar el proceder de Enrique Villen la cuestión de la cruzada [89]. El Rey había diferido mucho tiempo su respuesta, y cuando la dio finalmente, no se propuso otra cosa sino oponer todas las objeciones posibles. Enrique VIII hizo avisar urgentemente al Papa, que mirase, no fuera que con su empresa atrajera sobre si un gran peligro; pues aquellos en quienes León X ponía las mayores esperanzas para la paz, no tenían otro designio sino dirigir la guerra contra el mismo Papa. Más falta hacía ahora, que León X se opusiera a los ambiciosos planes de Francia. Por lo que a la cruzada tocaba, Inglaterra quería tomar parte en ella en tiempo oportuno, uniéndose con el rey de España, con el cual de antemano se pondría de acuerdo [90].

No era difícil prever cuál sería el recibimiento del Legado pontificio Campeggio después de tales precedentes; pero, en realidad, también en este punto superó Enrique VIII los más pesimistas augurios. Su ministro, el cardenal Wolsey, rehusó de la manera más resuelta, así la aceptación de la bula acerca de la tregua, como la admisión del legado; pues era contra la costumbre tradicional, el que un cardenal extranjero ejerciera en Inglaterra derechos de legado. Sólo, pues, podía ser admitido Campeggio, con la condición que se suspendieran todos los privilegios que como legado le correspondían, y compartiera con el cardenal Wolsey sus poderes para las negociaciones que habían de entablarse. A consecuencia de esto, Campeggio, que había llegado a Boulogne a principio de Junio, hubo de detenerse allí, sin poder poner los pies en territorio inglés [91].

Estos sucesos eran efecto de los celos de Wolsey, el cual habla sido recibido en el Sacro Colegio dos años antes que Campeggio, y además, como Lord Canciller que era, no podía sufrir junto a sí a un cardenal legado [92]. El omnipotente ministro de Enrique VIII, no sólo aspiraba a la dignidad vitalicia de legado en Inglaterra, sino quería también arrancar toda la obra de la paz de las manos del Papa, para atribuir a su nación el glorioso papel de pacificadora. Mientras Campeggio se veía detenido y condenado a la inacción en Boulogne, negociaba Wolsey con Francia, así acerca de la posesión de Tournay, como también sobre las condiciones de una paz general, que luego se someterían al Papa [93].

Entretanto el cardenal Bibbiena permanecía en Francia [94], y también su misión se presentaba extraordinariamente difícil, en particular después que se entabló la cuestión de la sucesión al Imperio. Muchos creían entonces que Francisco I, por medio del matrimonio de Lorenzo de Médici con Magdalena de La Tour [95], que se había celebrado en Amboise con grandes fiestas, el 28 de Abril de 1518, había logrado convertir al Pontífice en un instrumento dócil de la política francesa; pero en realidad, por más que León X se mostrara pródigamente liberal con su nepote y la esposa de éste, no se dejó apartar en manera alguna por aquellas razones de parentesco, de sus peculiares fines y de su política dirigida a la realización de la cruzada [96]. Verdad es que Lorenzo era de distinto parecer; pues, luego de su matrimonio, se había hecho francés enteramente, y permanecía aún por algún tiempo en Francia con Bibbiena. Lorenzo, pues, hizo suyas todas las pretensiones de los franceses, sin preocuparse por el interés del Papa. Pero éste no pensaba en manera alguna conceder a Francia todo aquello que solicitaba, con tanto menor razón, cuanto que Francisco I no hacía ningún caso de los deseos del Papa, v. gr., respecto eximirse de la promesa de restituir a Módena y Reggio. A 28 de Mayo se procedió a conferir el capelo cardenalicio a Juan de Lorena, como lo había solicitado Francisco I; pero León X no otorgó, por de pronto, las demás exigencias del Rey, en especial las referentes al diezmo [97].

Entretanto trabajaba el cardenal Wolsey incansablemente para lograr que, en vez de Roma, fuera Londres el centro de las negociaciones para la paz; pronto se habló de una avenencia anglo-francesa en virtud de la cual debía restituirse a Tournay, y el Delfín contraería matrimonio con la hija de Enrique, María. Pero no sólo un tratado de alianza entre Enrique VIII y Francisco I, sino también un general y perpetuo tratado de paz, había de ajustarse en Londres, en vez de celebrarse en Roma. Wolsey supo, con admirable maestría, juntar con la convención anglo-francesa, una general alianza de paz garantizada por Inglaterra y Francia. En Julio se había llegado a acordar que se presentarían las condiciones substanciales al Papa; pero éste conoció muy bien que con ello se destruía su plan de una tregua de cinco años, y se removía hábilmente su influjo en la dirección de la cruzada [98]. Tampoco era dudoso para León X, que una paz general tropezaría en su camino con insuperables obstáculos, y que sólo podía conseguirse una tregua. Expresamente hizo notar esto el Papa repetidas veces, y cuánto sería más viable un convenio ajustado para determinado plazo [99].

Todas estas reflexiones contrarias del Papa, a quien los acaecimientos siguientes habían de venir a dar la razón [100], hallaron oídos sordos en Francia e Inglaterra. Sólo por consideración a la campaña contra los turcos, cedió León X [101], lamentando hondamente que la alianza perpetua imaginada por Wolsey excluyera el arbitraje internacional de la Santa Sede, al propio tiempo que, por indeterminación y extensión demasiadas, hacía dudoso el resultado inmediato para la guerra santa [102].

Campeggio que, finalmente, después de compartir con Wolsey sus facultades de legado [103], había podido entrar en Londres a 29 de Julio [104], fue entonces testigo del triunfo de su rival. A principios de Octubre se celebró en Londres «con ocasión del peligro de los turcos», la definitiva conclusión del tratado entre Francisco I y Enrique VIII [105].

León X había sucumbido en su proyecto de una general unión de paz garantizada por la Santa Sede; y Wolsey había vencido con su plan contrario, infiriendo con ello un rudo golpe a la posición internacional del Pontificado [106]. Cuán dolorosamente impresionara a León X la conducta de Wolsey, se colige de un escrito del cardenal de' Médici, dirigido a Campeggio a 6 de Octubre de 1518. «Con extremo disgusto, se dice en él, ha sabido Su Santidad, haber Wolsey manifestado, que rehusaba la tregua de cinco años porque no quería poner la última resolución en manos del Papa. Ningún cristiano hubiera podido expresarse de esta suerte, cuanto menos un cardenal, y con menor motivo Wolsey, que tantos honores y ventajas tenía recibidos del Santo Padre. De este hecho podía inferirse lo que la Santa Sede y el Papa podían esperar del Lord Canciller de Inglaterra» [107].

Al Papa no le quedó, por fin, otra cosa que hacer, sino ratificar el Tratado de Londres, lo cual hizo finalmente a 31 de Diciembre de 1518, añadiendo, sin embargo, la expresa caución, de que se guardaran completamente todas las estipulaciones, derechos y libertades de la Santa Sede [108].

Por el mismo tiempo que Wolsey obtenía sobre León X su gran victoria diplomática, llegaba a Roma la noticia de la terminación del Reichstag alemán [109], en el cual el cardenal Cayetano había tenido que defender la causa de la cruzada, como Legado pontificio.

Cayetano llevó al Emperador Maximiliano, además de un lisonjero breve del Papa, las especiales insignias bendecidas por Su Santidad (el sombrero y la espada) que la Santa Sede solía conceder a los príncipes eminentes, en extraordinarias circunstancias. Por esto fue mucho más sensible para Cayetano, que el ambicioso cardenal Lang, consejero de Maximiliano, le prohibiera pasar las fronteras del Imperio, hasta que León X hubiera dado la facultad de publicar su nombramiento de con-legado, que estaba ya concedido desde 17 de Mayo [110]. A consecuencia de esto, no llegó el cardenal Cayetano a Augsburgo hasta 7 de Julio, donde fue recibido solemnemente por el Emperador y los demás príncipes [111].

En el acto de la entrega de las bendecidas insignias, hizo responder el Emperador que, a pesar de sus años, «protegido por aquel yelmo del Santo Espíritu y con aquella espada de la fe», tomaría parte con ánimo firme e intrépido en la expedición militar contra los infieles. Cuatro días después, en una oración latina de altos vuelos [112], demostró el cardenal Cayetano ante los Estados reunidos, la imprescindible necesidad de la guerra contra los turcos, razonando las proposiciones hechas para este objeto por el Papa. De una manera por extremo oportuna, llamó especialmente la atención sobre que Alemania se hallaba amenazada en primera línea por el enemigo de la Cristiandad. Su propuesta tenía por objeto obtener que el clero tributara por tres años el diezmo, y los legos ricos la vigésima parte de sus rentas; y de los demás, por cada cincuenta hogares se aprestara un hombre para la guerra santa. Respecto a la buena inversión de los fondos, dio las más amplias garantías; pues se sabía muy bien en Roma, que la gran mayoría de los Estados alemanes sentíanse entonces menos inclinados que nunca a hacer sacrificios pecuniarios, y que muchos llegaban hasta defender la opinión de que los diezmos y los fondos de cruzada se destinaban solamente para enriquecer a los Médici. Por esto, ya en las instrucciones dadas al cardenal Farnese, se le había recomendado la más extremada precaución al tratar de estas cosas, evitando todo aquello que pudiera confirmar en los alemanes la sospecha de que los fondos recaudados contra los turcos se destinaran a diferente empleo [113]. Que Cayetano debió recibir las mismas instrucciones, se colige claramente de sus propuestas. De la manera más determinada declaró, que se dejaba enteramente a solos los alemanes, la forma cómo debían imponerse y recaudarse los tributos para la guerra, sin que nadie pudiera reclamar para sí cosa alguna por la cobranza o custodia de ellos; los fondos deberían emplearse puramente para la cruzada, y en caso que ésta no se realizara en el tiempo determinado, serían de nuevo restituidos. Cualquiera cosa que se anduviera esparciendo en contra, el Papa no quería en realidad parte alguna de los fondos otorgados, y la disposición de la caja de la guerra estaría exclusivamente en poder de los Estados alemanes.

La respuesta del Emperador, que se comunicó en seguida, da a conocer que aquel monarca, en todo tiempo necesitado de dinero, no estaba satisfecho con la renuncia del Papa sobre toda disposición de los fondos de cruzada; pues esto le quitaba la posibilidad de obtener alguna parte de aquellas cantidades [114]. Por efecto de esto, hizo Maximiliano proponer a los Estados lo siguiente: si a ellos les parecía que la cobranza de fondos propuesta por el Legado, no podía obtenerse de sus súbditos y del clero, se recomendaba acordar que cada uno de los que se acercaran a la sagrada Comunión durante los tres años siguientes, tributara aquello que pudiera, conforme a su conciencia y buena voluntad [115].

Ansiosamente abrazaron los Estados esta declaración, y todas las representaciones hechas en contra por el Legado, fervorosamente apoyado en esto por el embajador de Polonia [116], resultaron inútiles. El fin de aquellas largas deliberaciones, fue rehusar los Estados, a 27 de Agosto, las proposiciones de Cayetano; y entre las causas alegadas para fundar su actitud, se contaban las «Querellas de la Nación tudesca contra la Sede Romana». Después de una viva pintura del empobrecimiento de Alemania por la guerra y otros acaecimientos contrarios, se alegan los sentimientos del pueblo alemán, incondicionalmente adversos a cualquiera envío de dinero. El pueblo calcula cuán grandes sumas de dinero se han sacado de Alemania por medio de la cruzada, indulgencias y otros motivos, sin que por esto haya llegado a emprenderse con efecto la guerra contra los turcos; por esta razón, reina una gran desconfianza. Por otra parte, la nación quedaría intolerablemente gravada, añadiéndose que además se elevaban y extendían las annatas, los derechos de confirmación e innumerables expectativas y reservas. El concordato era infringido, se violaba el derecho de patronato y se conferían a extranjeros los beneficios altos y bajos. Todas estas cosas habían excitado en los súbditos, no sólo desconfianza, sino también un disgusto tan grande, que parecía no poderse pensar en imponerles nuevas cargas [117].

En estos reproches se nota la resonancia de una violenta dirección anticurial, que, no sólo los modernos humanistas, sino también mucha parte del pueblo alemán [118] había abrazado con gran vehemencia. Eran comunes las quejas contra la falta de observancia del concordato, la elevación de las annatas, la rigidez de las reglas de la Cancillería romana, y el favor que hallaban en Roma los manejos de los cazadores de beneficios. Cuanto más se creían oprimidos, cabalmente en materia de dinero, tanto era más general la resistencia contra toda prestación pecuniaria. En esta parte, el clero estaba completamente de acuerdo con los legos [119], y tales sentimientos se exacerbaron todavía más, por medio de maliciosas hojas, cuyos autores se encubrían con el velo del anónimo. Una de ellas llegaba a declarar abiertamente, que el verdadero turco estaba en Italia; que aquel cancerbero infernal no podía amansarse sino con ríos de oro. «De sus propios dominios, se decía en aquel venenoso libelo [120], lleno de las más violentas invectivas contra Roma, recibe el Papa mayores ingresos que ningún otro príncipe cristiano; y con todo eso, compramos nosotros palios y enviamos a Roma asnos cargados de oro, remitimos donativos, trocamos oro por plomo, y recibimos a cada paso sangrías, quiero decir, indulgencias (impío juego de palabras, con los vocablos alemanes Aderlässe y Ablässe). ¡Ay de la monstruosa y nunca satisfecha avaricia! ¡El fraude de los florentinos inventa mil artificios, y diariamente escogita otros más condenables! ¡Acordaos, pues, de la libertad alemana! se decía al final; ¡no os hagáis tributarios, ni paguéis diezmo alguno!» [121]

Todavía más violentamente se expresa un memorial, compuesto verosímilmente por Juan de Viatten, y entregado a los Estados en nombre del clero de Lieja. Cuál fuera la impresión que hizo, se colige del juicio del diputado de Francfort en el Reichstag; el cual dice, que en aquella querella se refieren, «en buen latín y con una osadía cual nunca antes se había visto, muchas y diversas violencias, fraudes y picardías cometidas en Roma en aquella época, por la torpeza del Papa y de sus familiares y cortesanos» [122].

Contra estos sentimientos hostiles a la Curia, de tal manera atizados, debían estrellarse todos los esfuerzos contrarios del cardenal Cayetano. Por más que en aquella ocasión no hubiera motivo alguno para poner en duda el desinterés y la sinceridad de las seguridades que daba el Papa, de que no quería tener que ver nada con los fondos para la guerra [123], los Estados persistieron, sin embargo, en que la Curia no deseaba otra cosa sino apoderarse del dinero. A la relación del Legado acerca de esto, contestó León X lamentándose amargamente de la manera como se interpretaban sus designios, y de las calumnias esparcidas contra la Sede Pontificia, las cuales deseaba rebatir por medio de los hechos; pues los calumniadores habrían de ver, cómo él no procuraba recibir cosa alguna de los fondos de cruzada, sino quería que se entregaran para su custodia a manos extrañas [124]. Es dudoso si el representante del Papa tuvo por conveniente, en vista de la actitud hostil a Roma de la dieta, presentar estas quejas del Papa [125]; pero lo cierto es, que no hubieran producido impresión alguna. Aun las terribles noticias recibidas acerca del peligro que amenazaba a Hungría, las cuales estimularon al Papa a invocar el auxilio de Maximiliano, Carlos V, Francisco I y Enrique VIII [126], sirvieron a la verdad para causar miedo; pero no aumentaron el espíritu de sacrificio; y como luego hubieran llegado mejores noticias, el afecto de temor se convirtió en el extremo contrario, y se hacía burla sobre el miedo de los turcos [127].

A 14 de Septiembre contestaron al Emperador los Estados, que acerca de la concesión de fondos para la guerra contra los turcos, tenían necesidad de consultar antes con sus subordinados; y al propio tiempo exigían se tratase con Cayetano de la observancia del concordato y sobre las annatas. Maximiliano convino en esto último [128]. Respecto de la guerra contra los turcos perseveraron los Estados en que, todo el que se acercara a la sagrada Comunión, durante los tres primeros años siguientes, tuviera que satisfacer la décima parte de un escudo; pero aun respecto de esta concesión, declararon que antes debían oír el parecer de sus súbditos; al propio tiempo repitieron todavía de nuevo sus querellas contra la Sede Romana, y pidieron auxilio contra sus exacciones. Cayetano declaró, que los auxilios pecuniarios que se prometían eran demasiado exiguos e inciertos, y que no podría dar una respuesta definitiva hasta que se le entregase la resolución por escrito. Se hizo así a 20 de Septiembre; después de lo cual, todos los príncipes y los Estados abandonaron la Dieta, de suerte que no quedó nadie a quien pudiera dar su respuesta el Legado [129].

Como réplica a las querellas que se levantaban contra la Sede Apostólica, se redactó entonces en Roma un particular memorial. En la introducción de este notable documento, se reconoce, en primer lugar, con prudente diplomacia, «la prontitud de voluntad» de los alemanes respecto de la cruzada, y se excita ante todo a que los príncipes se certifiquen, antes de la próxima dieta, del asentimiento de los Estados de sus señoríos, cuya necesidad habían alegado. Con la mira puesta en estas negociaciones, procura el Memorial disipar las dificultades que se oponían. Si se objetaba que Alemania estaba devastada por el hambre, la peste y la guerra, estos males en ninguna manera debían apartarlos de la guerra santa, sino al contrario, espolearlos para ella; pues se habían de considerar como divinos avisos. A la acusación, que los fondos de cruzada se habían empleado antes frecuentemente para diferentes objetos, se contesta: que el actual Pontífice no está obligado a responder de los actos de sus predecesores; que, por lo demás, siendo todavía cardenal, se había enterado de que los fondos recaudados en Alemania para la cruzada, y no empleados en ella, nunca habían llegado a Roma. Pero en todo caso, la nueva propuesta relativa a la administración de tales fondos, daba por esta vez toda seguridad de que se evitaría el abuso. Por lo tocante a las annatas, no había motivo alguno para levantar una querella contra el Papa, pues no se habían pagado sino una vez en la vida de cada prelado, mientras que, según Derecho, todos los poseedores de iglesias y beneficios estaban obligados a satisfacer anualmente al Papa la décima parte. Tampoco había razón para quejarse de los oficios nuevamente establecidos, pues tales medidas a nadie perjudicaban sino al mismo Papa, el cual cedía una parte de sus ingresos a los Colegios de los oficiales instituidos de nuevo. Al reproche referente a las expectativas y reservas, se contesta, que todas estas cosas han sido usadas en Roma ya desde tiempo inmemorial, y que el actual Pontífice ninguna cosa nueva ha introducido en esta materia. Con la misma sencillísima solución, se resuelven las quejas relativas a las reglas de Cancillería y a la concesión de beneficios a extranjeros. Por lo que toca a la derogación del patronato de los legos, el Papa actual se ha mostrado en este punto mucho más parco que sus predecesores. En lo referente a la violación del concordato, se invitaba a señalar en qué puntos había dejado de observarse; salvo por motivos justos y honestos, y cediendo a ruegos del Emperador, nunca se había infringido en cosa alguna. «Otras desacostumbradas querellas, quería el Papa contestarlas de buena gana; pero le era imposible permitir que se estableciese en esto un prejuicio contra la libertad de la Santa Sede, por sólo dar gusto a la muchedumbre imprudente y fácil en dejarse seducir. Al final se insistía de nuevo en la importancia de la guerra contra los infieles, y se amonestaba a los Legados a que pusieran en práctica todos sus recursos para inclinar a los Príncipes y a los Estados al pensamiento de la cruzada; es menester que refuten las injustas quejas, y aseguren que el Papa está preparado, no sólo a sacrificar por aquella santa causa las annatas y todos los demás fondos, sino aun su propia vida [130]. Al cardenal Cayetano se le escribió a 3 de Octubre, que no abandonara la corte del Emperador mientras no se hubiese desvanecido toda esperanza de conseguir algún resultado [131].

Podemos dejar que otros discutan si, lo mismo Roma que el Emperador [132], hicieron sólo semblante de no estar descontentos con el resultado de la Dieta, o si «realmente estaban enteramente contentos en lo principal» [133]. La verdad es que todavía se alimentaban entonces ciertas esperanzas, principalmente por cuanto el emperador Maximiliano ratificó en seguida la tregua de cinco años y dio asimismo otras seguridades respecto de la guerra contra los turcos [134]. Todas estas cosas tenían conexión con los conatos del Emperador de procurar a su nieto Carlos la sucesión en el Imperio.

Cada día se ponía más en primer término esta importante cuestión, y para ganar el favor del Papa en aquel negocio, así Maximiliano y Carlos, como también su rival Francisco, hicieron valer siempre, entre otros muchos motivos, su propensión y particular aptitud para dirigir la guerra contra los infieles. Por parte de Francisco I, es cierto que todos aquellos ofrecimientos no eran sinceros [135], por más que protestara con toda solemnidad, que, si llegase a ser Emperador, en el término de tres años había de apoderarse de Constantinopla o perder la vida en la demanda [136]. Más sinceras parecen haber sido las intenciones de Carlos [137]. En un escrito, por demás sumiso, de 20 de Noviembre, aseguraba al Papa, querer consagrar todas sus fuerzas a aquella grande empresa [138]; pero era muy cuestionable si el joven soberano se hallaría en situación de cumplir sus generosas ofertas. La oposición, hondamente arraigada, dcl clero español contra el pago del diezmo para la guerra de los turcos [139], y las muchas otras dificultades que por todas partes se oponían a Carlos, debían deprimir profundamente las esperanzas aun de personas tan grandemente optimistas como era el legado español Egidio Canisio [140]. A todo esto se agregaba ahora el asunto de la elección que imponía a Carlos los mayores sacrificios que imaginarse puedan, precisamente en materia pecuniaria. También la diplomacia romana se vio en breve de tal manera absorbida por la cuestión de la elección, que el asunto de la cruzada se relegó casi completamente a segundo término [141].


    Notas

[1] Además del juicio de Zinkeisen (II, 579), cf. también el de Buddee (31-32). Ulmann (II, 556) dice claramente, que León X, desde 1514, fue el mantenedor de la idea de la cruzada. Sobre las cartas del papa, cf. Hefele-Hergenröther VIII, 677 y Guglia en las Mitteil. des österr. Instituts XXI, 685. En la * carta, por la que el colegio de los cardenales anuncia a los príncipes cristianos la elección de León X, se indica señaladamente el interés del nuevo papa por la guerra contra los turcos; v. * Acta consist. Alexandro VI, Pio III, lulio II, Leone X, f. 50. Archivo consistorial del Vaticano.

[2] Cf. Hefele-Hergenröther VIII, 563 s., 569, 587 y Guglia, loc. cit., 682 s.

[3] Sanuto XVI, 72, 129, 133, 354, 364, 415, 532, 533. Raynald 1513, n. 18.

[4] Especialmente por la repetida concesión de la Cruzada v. Corp. dipl. Port. I, 311, 347 ss., 367, 412, 434.

[5] Sanuto XVI, 384.

[6] Raynald, 1513, n. 63 ss. Theiner II, 594 ss., 608 ss. Regest. Leonis X, n. 3633, 3634, 3687-3704. Fraknói, Bakócz 137 ss.

[7] *Die penultima Augusti, quae fuit mercurii, papa audita victoria per regem Ungariae habita contra infideles Scytas sive Turcas, nam ex eis occisi sunt IIm equites exceptis peditibus, illico heri in sero fecit sigua laetitiae in castro s. Angeli cum bombardis ut moris est, deinde ipso die hodierno ivit ad ecclesiam de populo ubi missam plenam genuflexus et stolatus audivit quam dixit abbas eius cubicularius cum tribus collectis quarum prima fuit de virgine Maria..., secunda de festo sanctorum currentium et tertia de victoria habita ut in die s. Laurentii praedicta proxima. Paris de Grassis, Diarium. Archivo secreto pontificio XII, 23.

[8] *24 Octob. 1513 Cardlis Strigonien. legati in Ungariam profectio et crucis susceptio. Paris de Grassis, *Diarium; Sanuto XVII 266, 318; cf. Regest. Leonis X n. 4347, 4545. La partida efectiva de Bakócz no se efectuó hasta el 9 de Noviembre de 1513. * Acta consist. loc. cit. Archivo consistorial.

[9] Cf. Szalay, Geschichte Ungarns III, 2, 152 s. Sobre los consejos que hubo en Roma acerca de los turcos por otoño de 1514, y. Corp. dipl. Port. I, 298 ss.

[10] V. Corp. dipl. Port. I, 305 ss.

[11] Cf. Bembi epist. X, 23. Katona 842 Ss. Opera hist. Verancsics II, 243. Zinkeisen II, 581. Szalav III, 1, 178. Cf. también Corp. dipl. Port. I, 338 ss.

[12] Bembi epist. X, 25, 45.

[13] Cipolla 838.

[14] Paruta, Hist. Venet. II, 157-164. Zinkeisen II, 582.

[15] Sobre la buena voluntad del papa escribe un confidente del mismo, Bald. da Pescia, a Lorenzo de Médici en 16 de Agosto de 1514: *N. S. sta benissimo Dio gratia et no fa altro che ragionare della impresa contra Turcho e dice ci vuole andare in persona. Archivo público de Florencia. Cf. además Sanuto XVIII, 451; XIX, 210.

[16] En 28 de Enero de 1516, Enrique VIII advertía al emperador que los planes de cruzada no eran más que vanos fantasmas. Brewer II, 1, n. 1446.

[17] Cf. arriba p. 84 y Sanuto XVIII, 423 s., 426. Szalay III, 2, 173 s.

[18] Cf. Gelcich-Thallóczy, Diplomat. reipubl. Ragusinae, Budapast 1887, 677 s.

[19]  Cf. Zinkeisen en Raumers Histor. Taschenbuch 1856, 561 s., y arriba p. 147-148.

[20] Charrière, I, 6 s. donde se pone el breve de 17 de Enero de 1516. También se exhortó a otros Estados, v. gr. a Portugal, a prestar auxilio a Hungría, v. Corp. dipl. Port. 1, 361 s.

[21] Los * documentos sobre este envío, que faltan en Theiner, pueden verse en el apéndice n.° 17, y están tomados del Archivo secreto pontificio.

[22] Bembi espist. XII, 3, 24. Raynald 1516, n. 67, 68. Corp. dipl. Port. I, 373 ss. Hefele-Hergenröther VIII, 678.

[23] Hammer II, 462 ss. Hertzberg 669 s.

[24] Buddee, Schönberg, 12. Voltelini, Bestrebungen Maxiinilians 61.

[25] Cf. Zinkeisen loc. cit. Hefele-Hergenröther VIII, 678 s. Voltelini 61. En 25 de Junio de 1516, otorgaba León X a los genoveses una Cruziata pro classe paranda contra piratas infideles. Reg. 1196, f. 34. En los *Introitus et Exitus 555, f. 186b se halla asentado lo siguiente para el 30 de Agosto de 1516: Solvit 5000 flor. Paulo Victorio capitaneo triremium S. D. N. et duc. 200 D. Antonio Ma. Palavicino, oratori regis Francie et duc. 3000 Thome pro stipendio triremium Januen. Archivo secreto Pontificio.

[26] Charrière I, 13-15. Acerca del discurso sobre los turcos, que Stefano Possidarski, enviado a Roma por el conde de Corbaira, tuvo ante el papa, el 9 de Noviembre de 1516, cf. Prezadovjc en el Bull. di archeol. dalmata XXII (1899), 10.

[27] Charrière 1, 16-18.

[28] Charrière I, 23. Zinkeisen II, 591-592.

[29] Sobre este envío, cf. Buddee, 14 s.

[30] Cf. Paris de Grassis (27 de Diciembre de 1516) en el apéndice n. 19. Del gran espanto que produjo esta noticia, da cuenta Gabbioneta en su Carta, fechada a 1 de Enero de 1517. Archivo Gonzaga de Mantua. Pertenece a este lugar, la carta de 1 de Diciembre de 1516, enviada desde el Cairo, que se halla en una hoja volante sumamente rara: Tutte le cose passate in Levante tra el Sophy et gran Turcho e come el Turcho ha preso Aleppo e Damascho con Hyerusaleme et tucto quel contado. S. 1. et a.°

[31] Paris de Grassis(1 de Enero de 1517) en el apéndice n.°20. Sanuto XXIII, 438, 441 s., 486 s.

[32] Cf. Sanuto XXIII, 515; XXIV, 180. V. también la *Carta de los florentinos a su embajador en Francia, de 30 de Enero de 1517. Archivo público de Florencia. Carte Strozz. 327, f. 61.

[33] V. Corp. dipl. Port. I, 406 s., 476 s. Cf. la carta de León X a Florencia, de 5 de Enero de 1517, publicada por Müller, Documenti 270 s., y la * Carta del Colegio de los cardenales al dux L. Loredano, fechada en Roma a 8 de Enero de 1517, que se halla en el Archivo público de Venecia, Collegio Sez. III (Seeret.) Lett. de‘ cardinali n. 5. En 16 de Enero de 1517, el Colegio de los cardenales, por causa del asunto de los turcos, dirigió una * carta A Francisco I. Se halla una copia de ella en el Cod. 1888, f. 1b ss. de la Bibl. Angélica de Roma. León X escribió en 30 de Marzo de 1517 al sultán de Egipto. * Breve existente en el Arm. XLIV, t. 5, f. 180. Archivo secreto pontificio.

[34] Cf. Raynald, 1517, n. 9 ss.; Corp. dipl. Port. I, 409 ss.; Hefele-Hergenröther VIII, 730 s.; Guglia en las Mitteil. d. österr. Inst. XXI, 689 s.; Kalkoff, Forsch. 112 s.

[35] Así lo nota con verdad Ulmann II, 558.

[36] Sanuto XXIV, 195. Cf. Brewer II, 2, n. 3165 y *Acta consist. (20 de Abril) en el apéndice n.° 25. Archivo consistorial.

[37]  Hasta se creyó, no sin causa, que los diezmos se emplearlan en la guerra contra Urbino. Sanuto XXIV, 561. Sobre una tentativa, que por aquel tiempo (Mayo de 1517) hizo el gran maestre de Rodas, Fabricio de Carretto, para inducir a la cruzada a Francisco I, v Rev. d. doc. hist. 1876 JulIlet-Août.

[38] Lanz, Einleitung 210.

[39] Cf. Sanuto XXIV, 229, 418, 437 ss., 448, 559; Corp, dipl. Port. I, 429, 430.

[40] Sanuto XXIV, 678. Cf. Manoscr. Torrig. XX, 400.

[41] V. el breve al dux, de 11 de Septiembre de 1517, compuesto por Bembo, que se halla en Sanuto XXIV, 712-714. Cf. Manoscr. Torrig. XX, 398; XXVI 362; Pieper 49-50. La * Bula con las facultades para A. Averoldo, Dat. Romae 1517 XIV Cal. Oct., está en Regest. Secr. 1197, f. 212. Archivo secreto pontificio.

[42] Manoscr. Torrig. XX, 404 ss., cf. 406; XXI, 189.

[43] V. Acta consist. en Kalkoff, Forsch. 113; Manoscr. Torrig. XXI, 189; Sanuto XXV, 76, 85, 90; Voltelini, Bestrebungen 60, 75; Balan VI, 17. La *Informazione di impresa contra a Turcho data per Jano Lascari 1518, se conserva en el Cod. Magliab. XXV, 9, 655 de la Biblioteca nacional de Florencia. Cf. Legrand I, CLXI: Vast, Vita 11.