|
Ludwig von Pastor
CAPÍTULO IV: |
Las relaciones exteriormente buenas, que había tenido León X al principio de su reinado con el antiguo amigo de su Casa, el duque Francisco María I de Urbino [1], se habían turbado cuando, con ocasión de la invasión francesa, se confió el mando superior de las tropas pontificias al joven Lorenzo, en lugar de Juliano de Médici, que se hallaba enfermo. El duque de Urbino pudo sentirse entonces, con razón, pospuesto y ofendido; pero su conducta en el tiempo siguiente hubo, por el contrario, de exasperar al Papa: pues, sin acordarse de sus deberes feudales, rehusó Francisco María, en aquellos críticos momentos, a pesar de todas las exhortaciones y amenazas [2], el auxilio que estaba obligado a prestar, por hallarse en secreta inteligencia con los franceses. Después de la victoria de Francisco I, se había esforzado el duque de Urbino de todas maneras, en azuzar al Rey contra el Papa [3]; por lo cual, luego que, a pesar de todo, se reconciliaron, se llenó el Duque de tan gran temor, que puso en seguridad a su hijo único en el fuerte San Leo [4], y tomó tropas a sueldo [5].
Durante la entrevista de Bolonia, quedó resuelta la suerte del Duque: inútilmente invocó Francisco I la gracia del Papa; pues éste declaró, con palabras amistosas pero decididas, que Francisco María había olvidado hasta tal extremo sus obligaciones como poseedor de un feudo, que no podía tratarse del perdón; si no se le castigaba a él, todos los pequeños barones del Estado eclesiástico se atreverían a cosas semejantes, o a otras todavía peores. Sobre esto no hizo el Rey ningún ulterior esfuerzo para salvar a su amigo [6], y quedó resuelta la destitución del duque de Urbino, cuyo Estado debería pasar a Lorenzo de Médici. Con todo, este plan no había salido del Papa, sino de la ambiciosa Alfonsina Orsini, que a toda costa quería ver en las sienes de su hijo una corona de príncipe [7]; y por desgracia no tuvo León X esta vez la energía para oponerse a los deseos de Alfonsina, que había tenido cuando aquella ambiciosa mujer pretendió que aprobase la usurpación de Piombino. En esta ocasión asintió a la empresa, aunque sin ocultar que se dejaba mover a ello de mala gana; pero una vez la hubo otorgado, permaneció inflexible [8] sin que ni las reflexiones de su hermano Juliano le hicieran impresión alguna. Repetidas veces recordó éste al Papa, de qué manera, así él como toda la familia de Médici, durante los años de su destierro, habían hallado siempre hospitalaria acogida en la corte de Urbino [9]; todo fue inútil; hallándose todavía el Papa en Florencia, se introdujo, a fines de Enero de 1516, el proceso contra el Duque [10], y a 1 de Marzo se le citó a Roma, amenazándole con las más graves penas. En el término de diez y ocho días debía comparecer para responder de sí respecto una multitud de graves cargos que se le hacían. Se acumuló contra Francisco María una larga serie de acusaciones: su negativa de dirigirse contra los franceses con Lorenzo de Médici, no obstante haber recibido ya el sueldo para aquella expedición; su inteligencia con los enemigos; su participación en el asesinato del cardenal Alidosi; y otras cosas ocurridas en el reinado de Julio II [11]. Al paso que esta última acusación referente a Alidosi, no era indudablemente sino un pretexto, por cuanto Francisco María había obtenido una sentencia absolutoria acerca de aquel acontecimiento, con participación del entonces cardenal Juan de Médici; no puede afirmarse lo mismo de las demás acusaciones que se formulaban. El haber rehusado sus obligaciones feudales, y su inteligencia con Francia, eran hechos verdaderos, y justificaban el procedimiento desde el punto de vista jurídico. A pesar de lo cual, principalmente cuando se tiene en cuenta la amistosa hospitalidad que había otorgado el Duque a los Médici, toda la conducta del Papa tiene algo de odioso y repulsivo, y produce la impresión de que no se pretendió tanto dejar libre su curso a la justicia, cuanto procurar un Estado para el sobrino [12].
Francisco María no pensó en acudir a la citación; antes bien esperaba apaciguar al Papa por la mediación de otras personas; y para este fin, envió a Roma a la noble duquesa Isabel Gonzaga, viuda de su predecesor; pero todos sus ruegos e imploraciones quedaron sin resultado; León X no se dejó ablandar [13]. Lo único que obtuvo la Duquesa fue, que se suspendiera la citación del Duque, expedida a 1 de Marzo, para el tiempo de su presencia en Roma; pero a 11 de Marzo se imprimió el documento y se vendió públicamente [14]. El Duque hubiera podido contar todavía entonces con la intercesión de Juliano de Médici, si su enfermedad mortal no hubiese imposibilitado a éste para una intervención enérgica; y así, las cosas siguieron en Roma su curso. El plazo concedido al duque de Urbino para que compareciese a responder por sí personalmente, transcurrió sin que acudiera a justificarse, y ya a 14 de Marzo estaba impresa una bula pontificia, declarando que Francisco María, por el repetido quebrantamiento de su fidelidad, quedaba privado de todas sus posesiones en el Estado de la Iglesia [15].
Pocos días después, a 17 de Marzo de 1516, ocurrió en Fiésole la muerte de Juliano de Médici, consumido del asma a los 37 años [16]. Su viuda Filiberta regresó en seguida al lado de su hermana Luisa, madre de Francisco I, llevando consigo sus preciosos adornos nupciales, y sin dejar ningún hijo de su breve matrimonio [17]. No sólo el Papa, sino también los florentinos, lamentaron sinceramente la muerte de Juliano; pues, como dice Vettori, era verdaderamente un varón bueno, exento de violencias y vicios, y sólo excesivamente liberal [18].
En Juliano de Médici había perdido Francisco María della Róvere su más poderoso intercesor para con el Papa, y su última esperanza quedaba puesta en Francisco I. El duque pudo creer que el monarca francés se interesaría entonces finalmente por él, por cuanto el acuerdo obtenido en Bolonia entre el Papa y el Rey, amenazaba de nuevo deshacerse. Eran tan grandes las concesiones que el victorioso Francisco I había exigido entonces del indefenso Papa, sin ningún miramiento, aunque con las más amigables formas, que difícilmente podían perseverar a la larga en buenas relaciones; pues, si por una parte era por si misma odiosa para León X, la dominación de los franceses en Milán, por otra, no le dolía menos la pérdida de Parma y Plasencia. El daño y la ofensa que se le habían inferido con quitarle aquellos dominios, hubiera debido evitarlos Francisco I, si hubiese querido obrar con verdadera prudencia política [19]. El Papa tuvo que tolerar estas cosas por algún tiempo, mientras no pudo remediarlas; al paso que, por el contrario, la estipulación, no menos desfavorable para la Santa Sede, relativa a la devolución de Módena y Reggio al duque de Ferrara, se había formulado en tales términos, que era fácil, para un diplomático tan ejercitado y poco escrupuloso en la elección de medios como León X, diferir indefinidamente el cumplimiento de ella, bajo todo género de pretextos [20].
Cuán poco se podía confiar en el Papa, lo experimentó con terror Francisco I, cuando Maximiliano I pasó los Alpes, en Marzo de 1516, para hacer la guerra a los franceses y venecianos [21]. En presencia de este peligro, pidió el monarca francés, apoyándose en las promesas que el Papa le había hecho en Bolonia, que aprestara 500 hombres para la defensa de Milán, o pagara el sueldo de 3,000 mercenarios suizos. León X, siempre apurado de dinero, no efectuó el pago, y las tropas enviadas se pusieron en movimiento tan lentamente, que Francisco I sospechó existía una secreta inteligencia entre el Emperador y el Papa. Esta sospecha se aumentó todavía notablemente, por el envío del cardenal Bibbiena, enemigo de los franceses, a Maximiliano, y por la manera como se dejó obrar a Marco Antonio Colonna, el cual, con una compañía de soldados reclutados en el Estado de la Iglesia, corrió en auxilio de los imperiales, según se suponía, para apoyarlos contra los venecianos [22].
Francisco I era, sin embargo, injusto con el Papa; y no cabe duda alguna, que la corte pontificia veía con mucho disgusto la presencia del Emperador en Italia con un considerable ejército [23]; pues conocía los amplios designios del Emperador, peligrosos para el Estado de la Iglesia, y León X sabía también que Maximiliano había amenazado, no hacía mucho tiempo, al legado pontificio Egidio Canisio, que por razón de la paz con Venecia estaba con él en misión extraordinaria, hablándole con ásperas palabras de una reforma de la Curia [24].
La situación del Papa, con motivo de la expedición militar de Maximiliano era tanto más difícil, cuanto debía contar con uno y otro de los partidos beligerantes, y había contraído obligaciones con ambos; y para no romper completamente sus relaciones con ninguno de ellos, procuró, como tantas otras veces, evitar una actitud resuelta, hasta que se hubiese decidido la suerte de las armas. El temor y la mala costumbre de andar siempre contemporizando, fueron las causas que determinaron la ambigua manera de proceder de León X [25]; el cual resistió a todos los ofrecimientos de los enemigos de Francia, pero no quiso tampoco hacer abiertamente causa común con Francisco I. Ni se atrevió a hacer volver a Colonna, ni a enviar al Rey el auxilio solicitado; y habiendo tomado luego las operaciones militares un giro por extremo desfavorable para el Emperador, se mandó a Bibbiena, que, con pretexto de enfermedad, se detuviese en Rubiera y esperase allí el ulterior desenvolvimiento de los sucesos. Habiendo éste sido muy favorable para los franceses, mandó el Papa a Lorenzo, enviase para un mes, la suma antes pedida para pagar el sueldo de 3,000 suizos. Francisco I recibió el dinero; pero, a pesar de todas las disculpas y seguridades de la amistad del Papa, que por encargo de éste le llevó Canossa [26], quedó profundamente enojado [27]. Desde Mayo inició una política antipapal, volvió a mostrar designios sobre Nápoles, e hizo semblante de intervenir en favor del duque de Urbino. Por efecto de ello, también León X fue tomando una actitud cada día más hostil a los franceses [28].
Francisco I debía sentir esto muy pronto en diferentes puntos. Principalmente en Suiza, los Nuncios pontificios pudieron fomentar entonces a su arbitrio los conatos angloimperiales [29]; y aunque el Papa rehuyó el pasarse claramente a los adversarios de Francia, amenazaba, sin embargo, con hacerlo. Esto fue suficiente para resolver a Francisco I a abandonar a su suerte al duque de Urbino.
Francisco María había pensado al principio en la resistencia; pero en cuanto supo que Lorenzo de Médici se dirigía por tres partes contra su territorio, con un ejército compuesto de tropas pontificias y florentinas [30], huyó a Pesaro y desde allí a Mantua, junto a su suegro Francisco Gonzaga, donde de antemano había puesto en seguridad a su familia. Urbino y Pesaro se entregaron en seguida, y Sinigaglia hizo sólo pequeña resistencia. Pronto se rindieron también las fortalezas de Pesaro y Maiuolo, y sólo se mantuvo por algún tiempo el fuerte San Leo. En pocos días quedó sometido casi todo el Ducado [31]; y ya a 4 y 5 de Junio de 1516, tuvo noticia de ello León X [32]. Aun cuando en Roma se celebraron fiestas en señal de regocijo [33], no faltaron, sin embargo, algunos que, con razón, echaron en cara al Papa su grande ingratitud para con la destronada dinastía. Para disculparse, adujo León X, además de las ofensas que le había inferido el Duque, las penas jurídicas en que incurría un vasallo desleal y un militar, que rehusaba las tropas cuyas pagas había recibido. Pero ante todo hizo valer el Papa, la imposibilidad de tolerar en sus estados un feudatario tan desleal, que viniendo ocasión para ello se pondría seguramente de parte de sus enemigos [34]. De hecho, juzga Francisco Vettori, en ninguna manera partidario del Papa, que León X no podía dejar sin castigo la conducta del Duque [35]; pero no puede negarse, sin embargo, la dureza [36] que mostró León X en esta coyuntura, poco en armonía con su elevada posición como Jefe supremo de la Iglesia. Los más de los contemporáneos del Papa juzgaron su conducta como injusta y vituperable [37], y como negocio enteramente privado de la Casa de' Médici [38], por cuanto las tierras conquistadas se entregaron en seguida a un nepote.
León X había sanado apenas de una enfermedad bastante peligrosa [39], cuando se enteró de este acto. A 18 de Agosto 1516, recibió Lorenzo de' Médici la investidura del ducado de Urbino, que por entonces no producía, incluyendo a Pesaro y Sinigaglia, sino 25,000 ducados [40], y al propio tiempo se le nombró perpetuo Señor de Pesaro. Todos los cardenales suscribieron el acta, a excepción de Domenico Grimani, obispo de Urbino, el cual, lleno de enojo, se ausentó de Roma [41].
La conquista de Urbino empeoró notablemente las ya tirantes relaciones entre León X y Francisco I. De tan mala gana como el Emperador [42], había el monarca francés [43] permitido la destitución de Francisco María. El estorbar todo acrecentamiento del poder del Pontífice, y debilitarlo, por el contrario, todo lo posible, había a sido el más ardiente conato de Francisco I; y ahora había de presenciar que León X procediera con la conciencia, de su fuerza, y creara a Francia dificultades con la política exterior [44]. Es un hecho que León X procuró disuadir al Rey Católico de ajustar una alianza con Francisco I, al paso que el Nuncio pontificio, Ennio Filonardi, trabajaba en Suiza en sentido antifrancés [45].
Tanto Próspero y Mucio Colonna, como Jerónimo Morone, de quien era de temer una empresa contra Milán, podían mantenerse en el territorio pontificio; y Francisco I llegó a creer que el Papa estaba iniciado en las negociaciones que por aquel tiempo mediaban entre el Emperador, Inglaterra y los suizos, y se proponían como objetivo un ataque contra Milán. Por esto procuró de nuevo ganar la amistad del Papa Médici, al cual envió en Agosto auxilios contra los corsarios de Túnez, que por entonces molestaban las costas del Estado de la Iglesia, y a fines de Abril había faltado poco para que hicieran prisionero al Papa en una expedición de caza, no lejos de las bocas del Tíber [46]. También por otras maneras procuró inclinar en su favor el ánimo del Papa; el cual, ya de suyo enemigo del dominio de los franceses en Italia, seguía sintiendo como una grave injuria el que Francisco I le hubiera obligado a la cesión de Parma y Plasencia. Todos los obsequios del monarca francés no podían indemnizarle de esto; y así, las mutuas relaciones continuaban siendo tirantes. León X no accedió a los deseos de Francisco I de que retirara a su nuncio Filonardi, y el embajador francés en Roma no hacía ningún secreto de su disgusto. «¡Yo no sé, decía el mismo en Septiembre, qué es lo que el Papa quiere todavía! Dispone de Florencia y Sena [47]; acaba asimismo de apoderarse de Urbino. En Ferrara no debería, sin embargo, pensar; pues tengo encargo de mi soberano de exigir que León X restituya al Duque Módena y Reggio; para hablar de Nápoles, no es ahora tiempo a propósito» [48].
La cuestión napolitana ocupaba cabalmente entonces a los delegados de Francisco I y Carlos I de España, que se habían reunido en Noyon, donde a 13 de Agosto de 1516 se ajustó el convenio siguiente: Francisco y Carlos concertaron una perpetua paz y alianza, para defender sus Estados contra quienquiera que fuese; el rey de Francia trasmitía sus pretensiones sobre Nápoles a su hija Luisa, de un año de edad (!), con la cual prometía desposarse Carlos, tan pronto como cumpliera los 12 años. Hasta la celebración del matrimonio pagaría Carlos anualmente a Francisco I, 100,000 coronas, y desde aquella fecha hasta el nacimiento de un hijo, la mitad. Otra estipulación referente al reino de Navarra estaba concebida en tan obscuros términos, que podía ocasionar fácilmente el rompimiento del tratado. Francisco I quería tener expedita semejante salida, para zafarse en tiempo oportuno de las obligaciones que acababa de contraer; pues celebraba aquel tratado, principalmente para evitar que Carlos entrara en la coalición promovida por Inglaterra contra Francia [49]. Pero tampoco para Carlos era cosa definitiva lo que sus consejeros de los Países Bajos habían concedido en Noyon, donde sólo se habían preocupado por alcanzar a toda costa una paz con Francia. Para la ratificación se había fijado un plazo de seis semanas, el cual amplió Carlos todavía otro mes, para negociar entretanto con Inglaterra. Enrique VIII, que consideró el convenio de Noyon como una sensible derrota, no dejó piedra por mover para atraerse a Carlos [50]; lo cual logró fácilmente, por cuanto el tratado de Noyon no era en manera alguna favorable para el soberano español. A 29 de Octubre, se ajustó en Londres, a donde se había dirigido personalmente el cardenal Schinner, un nuevo tratado de tendencia decididamente antifrancesa: los contrayentes fueron por de pronto Enrique VIII y el emperador Maximiliano, y señalaron como fin de su alianza la protección de sus Estados, el fomento de la paz general y el hacer posible la guerra común contra los turcos. Aliáronse perpetuamente y garantizáronse sus posesiones presentes y futuras. Así Carlos de España, como también el Papa, que por medio de su Nuncio se había declarado neutral [51], fueron invitados a entrar en la alianza. Respecto del Papa se dice en aquel documento: «En la persuasión de que este tratado, encaminado a proteger la paz universal, y a favorecer la guerra contra los turcos, obtendrá la aprobación del Santo Padre, se le comprende en él, como Cabeza del orbe cristiano, y se le hace partícipe de todas las ventajas, en caso que aprobare todos los artículos y por su parte los pusiere en ejecución, contribuyendo pro rata, y procediere también con censuras de excomunión e interdicto contra los que lo impugnaren, sin absolverlos, excepto con expreso consentimiento de todos los contrayentes; respecto de lo cual deberá declarar su consentimiento y ratificarlo dentro del término de seis meses» [52].
Pero también este convenio, que debía ser ratificado en el término de dos meses, quedó en el papel. El emperador Maximiliano se adhirió al convenio de Noyon por el tratado de Bruselas de 3 de Diciembre de 1516, y prometió la cesión de Verona, que se efectuó en Enero del año siguiente [53]. Los suizos, a los cuales los contrayentes del tratado de Londres invitaran expresamente a entrar en él, habían ajustado por su parte una perpetua paz con Francia a 29 de Noviembre de 1516 [54].
La unión de Francisco I con el Emperador se hizo todavía más íntima, según las apariencias exteriores, en la primavera del siguiente año. A 11 de Marzo se concluyó, en una conferencia de Cambray, un tratado de alianza entre el emperador Maximiliano, el rey Francisco I y Carlos de España, para la común seguridad de sus respectivos intereses; y en Mayo y Julio no sólo se ratificó este convenio, sino también otros artículos adicionales secretos. Estos últimos tenían por objeto no menos que el reparto de la Italia Superior y Central en dos reinos, que debían constituirse como feudos del Imperio. Con los dominios de Venecia al Oeste de Vicenza, con Lucca, Módena, Reggio, Milán, Mantua, Montferrato, Piamonte, Asti y Génova había de formarse un reino de Lombardía para Francisco I; y con las posesiones orientales de Venecia, Padua, Treviso, con Florencia, Pisa, Liorna y Sena, un reino de Italia para Carlos o su hermano Fernando [55]. No puede caber lugar a duda que Francisco I no se proponía otra cosa, con el monstruoso convenio de Cambray, sino engañar al Emperador, y obtener una dócil sumisión a sus designios, así de parte de Venecia como del Papa [56].
Cuánto importara la actitud del Pontífice, por ventura nadie lo sabía mejor que el monarca francés. A 17 de Mayo de 1516, se habían redactado en Roma las bulas que, conforme a las estipulaciones de Bolonia, permitían a Francisco I la recaudación de un diezmo de cruzada en su Reino, comprendiendo la Bretaña [57]. Pero hasta después que en Agosto se concluyeron las negociaciones sobre el Concordato, no se entregaron aquellos documentos, luego que se hubieron redactado de nuevo conformándolos con los deseos del Rey. Francisco I dio las gracias con un escrito en que añadió un par de líneas de su propio puño, y en esta carta daba noticia del convenio de Noyon [58]. El Papa no dejó traslucir la solicitud en que le ponía la unión del monarca francés con el joven Habsburgo; concedió a Francisco I varias muestras de favor [59], y volvió á tratar con él de una alianza, declarándose asimismo dispuesto a retirar a su Nuncio de Suiza [60]. A 6 de Septiembre dio las gracias al Rey por su escrito, certificándole de su benevolencia, y remitiéndole para todo lo demás a las declaraciones de su nuncio Canossa [61]. A los Nuncios de Suiza se ordenó que se portaran de manera, que Francia no pudiera darse por ofendida [62]. Pronto obtuvo Francisco I un privilegio para Milán, conforme al cual, ningún beneficio consistorial podía ser otorgado a alguno que no fuese del agrado de la Corona [63]. El incremento del peligro de los turcos, obligó a León X, en Octubre, a pedir urgentemente auxilio; a lo que contestó el Rey asegurando su celo por la cruzada, aunque a la verdad, sólo con expresiones demasiadamente vagas [64].
Si esto bastaba para disgustar al Papa, todavía debía enojarle más la sospecha, constantemente manifestada por Francisco I, de que León X no tenia en el fondo, para con él, leales intentos [65]; A esto se agregaba el apremio de Francia para la restitución de Módena y Reggio al duque de Ferrara. También influyó desfavorablemente en las mutuas relaciones, el rumor de que León X quería nombrar a Lorenzo duque de Romaña. «El Papa, decía entonces el embajador francés, se hace Señor de toda Italia, y nosotros nos veremos en la precisión de retirarnos al otro lado de los Alpes» [66]. La tirantez se aumentó todavía más por la acusación lanzada por Francisco I, de que Schinner había ido a Londres con asentimiento de León X para concluir el tratado de Octubre. Contra esto hizo Francisco I que su embajador previniera urgentemente al Papa respecto de Carlos y Maximiliano; pues éstos querían, de común acuerdo, despojar a la Santa Sede de todo su poder temporal. Este aviso dio por resultado, que León X desautorizara formalmente al cardenal Schinner [67]. Al propio tiempo se dirigió a los suizos, a 19 de Noviembre, una exhortación a la paz [68], la cual tuvo influencia en que se adoptara la "dirección perpetua» del 24 de Noviembre. A 25 de Noviembre el camarero pontificio Latino Benassao, recibió una misión extraordinaria para Francia, porque el Papa no podía averiguarse con el representante de Francisco I que moraba en Roma. Expresáronse las más diversas conjeturas acerca del objeto de esta misión; pero se trataba de una más estrecha inteligencia con Francia, formándose también el proyecto de un enlace de familia, mediante el casamiento de Lorenzo [69]. No obstante; por más que entonces se permitió al monarca francés la libre disposición, que ya hacía tiempo pretendía, sobre los fondos recaudados en su país para la cruzada [70], se estaba todavía muy lejos de un acuerdo. A fines de Diciembre se lamentaba León X con el embajador veneciano, de que los franceses sospechaban de él que procuraba la posesión de Ferrara, y que por esta razón se tardaba tanto en llegar a un convenio. El embajador observó en aquella ocasión, cuán solícito andaba el Papa por el próximo congreso de Cambray [71]; a lo cual se agregaban las noticias cada vez más alarmantes, acerca de los turcos [72]. De esta manera acabó el año de 1516, con graves cuidados para el Papa, y el nuevo le trajo la desagradable noticia de estar amenazado el ducado de Urbino que apenas acababa de adquirirse.
Francisco María no había permanecido inactivo en su destierro de Mantua, antes bien había buscado auxilio por todas partes [73]. No le fue difícil ganarse la amistad de Federico Gonzaga, Señor de Bozzolo, el cual estaba celoso de Lorenzo; y todavía era de más importancia, que podía contar con el Gobernador francés de Milán, Odet de Foix, Señor de Lautrec, el cual aborrecía al Papa por italiano y por sacerdote. Fue muy favorable para la empresa, el hallarse por entonces en Italia no pocos soldados alemanes y españoles, a quienes la paz había dejado sin manera de vivir, y andaban anhelando por nuevas ocasiones en que emplearse. 5,000 de ellos se declararon dispuestos a seguir al destronado Duque a su antiguo Señorío, cuyos moradores ansiaban su vuelta, por cuanto Lorenzo los oprimía con intolerables tributos. A 16 de Enero de 1517, salió Francisco María del distrito de Mantua, dirigiéndose contra Urbino, con un ejército pequeño, pero ganoso de pelear. Semejante expedición era una temeridad; pues Francisco no tenía dinero, ni artillería, ni municiones de guerra; pero muy pronto iba a mostrarse que esta vez le favorecía la fortuna [74].
La noticia de la jornada de Francisco María, produjo en Roma el efecto de relámpago en cielo sereno; precisamente entonces se hallaba el Papa con los cardenales en medio de las deliberaciones encaminadas a la defensa contra los turcos; pero nadie pensaba a la sazón en Roma, en la posibilidad de que Urbino se viera amenazado, y todos quedaron extraordinariamente sorprendidos. El Duque, refiere Francisco Vettori, se hallaba en la Romaña antes de que, se hubiese tenido noticia alguna de sus intentos. El Papa en ninguna cosa pensaba menos que en la guerra; para la cual, por efecto de su liberalidad y mala administración de la hacienda, faltaba lo principal: el dinero. Los capitanes de las tropas mercenarias pontificias, estaban descontentos porque no recibían suficientes sueldos, y fuera de esto se hallaban agobiados de deudas, porque todo el mundo quería imitar la prodigalidad del Papa. Húbose de empezar la guerra con dinero prestado; comienzo siempre inconveniente para un príncipe [75].
Desde el primer momento no le cupo duda al Papa, que andaban en el juego de la nueva guerra, la mano de Francia y del Gobierno veneciano. «Ninguno de ellos, decía a 26 de Enero de 1517 al embajador de Venecia, tiene razón alguna para apoyar contra Nos a Francisco María.» Mas dos días después, pudo el embajador darle la tranquilizadora seguridad, de que su Gobierno no auxiliaba al enemigo del Papa [76]. También los franceses aseveraron su inocencia, pero el Papa les dió tan poco crédito, que no tuvo dificultad en expresar su sospecha contra Francisco I, en las cartas con que solicitó el auxilio del Emperador y de España, y aun en un escrito dirigido a Francisco I manifestó sospechas contra Francia [77].
La situación del Papa era desesperada; pues, en parte, a consecuencia de su inconstante política, había venido a quedar en un aislamiento por extremo peligroso. No sólo estaba enojado con él Francisco I, sino también Maximiliano I; el cual, irritado todavía en la primavera de 1516, por el proceder de la Curia, a su parecer excesivamente propensa a los franceses, dirigió al Papa, a 20 de Febrero de 1517, un muy acerbo escrito [78]. A las exteriores se añadían otras dificultades interiores: la Romaña estaba en gran manera descontenta con la mala administración del gobernador pontificio; en Florencia había grande excitación, y faltaban los sueldos para las tropas. A todo eso se añadía la solicitud causada por el congreso de Cambray, para estorbar el cual había sido enviado, a principios de Enero, Nicolao Schönberg. La reunión de los tres soberanos, decía el Papa al embajador de Venecia, no tiene otro fin sino la división de Italia, para daño Nuestro y vuestro [79].
Lorenzo de Médici, que salió de Roma a 18 de Enero de 1517 [80], debía tomar el mando superior de las tropas pontificias; y como era muy poco experimentado en las cosas de la guerra, le había dado el Papa por consejeros, a Renzo Orsini, Julio Vitelli y Guido Rangone [81]. De todas partes llegaban clamores pidiendo auxilio: en Forlì, Faenza y Ravenna, faltaban víveres para las tropas [82]; y ya a 4 de Febrero de 1517, se dijo en Roma, que Francisco María había vuelto a entrar en Urbino; bien que esta noticia se demostró ser prematura. Pero a 8 de Febrero no podía ya abrigarse dudas acerca de haberse perdido la capital del Ducado [83]. Alfonso de Ferrara había permitido a Francisco María, a pesar de la prohibición pontificia, el paso libre por sus Estados [84]; el Papa, que acababa de publicar el interdicto contra Francisco Maria, era presa de la mayor irritación; un embajador que da cuenta de esto, añade: «Hay falta de dinero; León X está descontento con Renzo Orsini y éste con el Papa; los romanos se alegran del mal curso que toman las cosas» [85].
El ejemplo de Urbino lo siguió, excepto el fuerte San Leo, todo el Ducado; y sólo las ciudades que no pertenecían a éste: Pesaro, Sinigaglia, Gradara y Mondaino, quedaban en poder de Lorenzo. Éste fue herido a 26 de Marzo de 1517, en el sitio de Mondolfo; por lo cual abandonó el teatro de la guerra y permaneció alejado de él, aun después de su curación y por más que el Papa le mandaba expresamente que volviera [86]. El cardenal Bibbiena, que en Abril había sido enviado al ejército, se esforzaba inútilmente para restablecer el orden entre los mercenarios que contendían mutuamente [87]. El Papa estaba fuera de sí: temblaba de irritación, y parecíale una terrible afrenta para la Iglesia el que «un duquecillo» pudiera atreverse a tanto. Sus cuidados se aumentaban todavía más por el creciente peligro de los turcos y el congreso de Cambray; pues sabía muy bien que se trataba en él de la división de Italia, y que Maximiliano quería a Florencia [88]. A todo esto se agregó, a fines de Abril, un acaecimiento capaz de poner pavor en otro hombre menos tímido: el descubrimiento de una conspiración dirigida por el cardenal Petrucci contra la vida del Papa [89].
Alfonso Petrucci pertenecía al número de aquellos príncipes de la Iglesia totalmente mundanos, cuyas ideas y manejos todos iban encaminados a obtener dinero y a gozar de la vida. Así él como los demás cardenales jóvenes, luego que hubieron llevado al cabo la elección de León X, propusieron tan desmesuradas exigencias, que pareció imposible satisfacerlas [90]; y asimismo en el tiempo siguiente, a pesar de toda su liberalidad, no se halló León X en estado de contentar los insaciables deseos de sus electores [91]. Dio nueva ocasión de repetidos disgustos a los cardenales, muchos de los cuales se consideraban partícipes natos de la autoridad pontificia, el haberse prescindido de la capitulación electoral [92], el rigor usado por León X contra el cardenal Sanseverino [93], y la desgraciada guerra acerca de Urbino.
Alfonso Petrucci tenía además otra causa particular para estar irritado contra el Papa; pues, con auxilio de León X, había sido desterrado de Sena, en Marzo de 1516, su hermano Borghese Petrucci, y substituido por el alcalde del castillo de Sant-Ángelo Rafael Petrucci [94]. El cardenal Petrucci había procurado inútilmente, a última hora, estorbar con mano armada la revolución de Sena que perjudicaba gravísimamente a sus intereses privados, y desde entonces andaba meditando la venganza contra el «desagradecido» Pontífice. Consumido de salvaje rencor, parece haber pensado en arrojarse sobre León X, en una cacería o en otra ocasión cualquiera, y asesinarle con su propia mano; «y fue más, dice Guicciardini, el peligro y la dificultad, lo que retrajo a Petrucci de semejante empresa, que el escándalo que toda la Cristiandad hubiera sufrido, si un cardenal hubiese manchado sus manos con la sangre del Papa» [95]. En medio de las turbaciones de la guerra contra Urbino, discurrió Petrucci otro plan para alcanzar su criminal propósito. Habíase tramado en Sena una conjuración, que debía estallar en cuanto se consiguiera quitar la vida al Papa por medio del veneno [96], y para este fin, compró el cardenal a Bautista da Vercelli como auxiliar para su atentado. Este Bautista, médico que gozaba de gran fama, debía ir de Florencia a Roma para curar la fístula del Papa, a quien envenenaría en aquella operación; pero este proyecto fracasó no obstante; pues, por mucho que se recomendó al Papa la habilidad de Bautista, tuvo dificultad en fiarse de un forastero [97].
Petrucci no renunció por esto a su propósito; mas la inesperada dilación arrastró a aquella juvenil cabeza acalorada a las más inconsideradas manifestaciones. Se le oyó afirmar, que quería ser el libertador del menospreciado y esclavizado Colegio Cardenalicio; y, en lugar de León X, promover la elección para la dignidad suprema de uno de los cardenales antiguos, que se mostraría agradecido a sus electores [98]. Por esta manera vino a caer en sospecha; de suerte que, para procurar su seguridad, se alejó de Roma y se dirigió a las haciendas de los Colonna en el Lacio, sin despedirse antes del Papa. En unión con su hermano, que moraba en Nápoles, conspiró tan descubiertamente, que León X le hubo de avisar por un propio escrito, en Marzo de 1517, que renunciara a ulteriores planes para promover una revolución en Sena; pues, de lo contrario, procedería como si hubiera conspirado contra el mismo Romano Pontífice [99]. A pesar de esta tan clara manifestación, no desistió Petrucci de sus maquinaciones: por encargo suyo tuvo Lactancio Petrucci muy ambiguas negociaciones con Francisco María della Róvere [100]; y si ya esto despertó sospechas, todavía las excitó más la frecuente correspondencia del cardenal con su secretario y mayordomo Marco Antonio Nino, que se había quedado en Roma. En ella se trataba todavía de llamar a Bautista da Vercelli para que cuidase la llaga abierta del Papa. Petrucci vivía entonces en Genazzano, en el país de los Aqueos, y allá le escribió Nino, en cifra, que Bautista da Vercelli seguía entonces como antes dispuesto a servirle; que el mismo esperaba llegar a Su Santidad por medio de dos personas de la confianza del Papa, Serápica y Julio de’ Bianchi; pero que, con el objeto de no despertar sospechas, tenía dificultad en visitar al cardenal en Genazzano. Por lo demás, haría todo aquello que el cardenal quería [101].
Esta carta fue interceptada y condujo al descubrimiento de todo el complot.
Con prontitud y resolución, se procedió entonces contra los culpables. Por de pronto fue encarcelado, a 21 de Abril de 1517, y puesto a cuestión de tormento, el confidente de Petrucci Marco Antonio Nino [102]. Al principio no se tuvo noticia ninguna del plan de asesinato; y aun diplomáticos muy bien enterados, supieron sólo, que por las declaraciones de Nino quedaba gravemente comprometido el cardenal Petrucci; algunos sospechaban que se trataba de una empresa contra Sena, y otros, de una inteligencia con Francisco María della Róvere [103] con quien se hallaba Borghese Petrucci [104]. Al propio tiempo seguíanse secretamente los pasos en Florencia a Bautista da Vercelli [105]; prometióse al cardenal Petrucci que se le restituiría en la posesión de Sena [106]; pero para ello debía acudir personalmente a Roma. El cardenal difería hacer esto último; pues, aunque no tenía ningún barrunto de que se hubiesen descubierto sus tratos con Nino, temía, sin embargo, por causa de su conspiración con Francisco María della Róvere. Pero como León X le hubiera concedido un seguro salvoconducto en cuanto se refería a esta sospecha, y al propio tiempo prometido al embajador español oralmente, que se le guardaría la palabra, vino Petrucci a Roma a 18 de Mayo. Apenas hubo entrado, al siguiente día, en la antecámara del Papa, acompañado de su mejor amigo el cardenal Sauli, fueron ambos presos y conducidos al castillo de Sant-Ángelo [107].
En un consistorio que se congregó inmediatamente, comunicó el Papa a los cardenales lo que había pasado, y la introducción del proceso contra Petrucci y Sauli; y al propio tiempo se determinó, que los autos del proceso se someterían para su aprobación a una comisión especial, compuesta de los cardenales Remolino, Accolti y Farnese. La sentencia definitiva deberían pronunciarla los cardenales [108]. En aquel mismo día se participó a los príncipes más poderosos, por medio de especiales breves, que los cardenales Petrucci y Sauli habían sido presos por ocultas maquinaciones contra la vida del Papa, y que se había incoado un proceso judicial para castigar aquel crimen [109].
En Roma despertó la mayor expectación este acontecimiento, que más que otro ninguno iluminaba con siniestro resplandor la corrupción que había penetrado en las altas esferas eclesiásticas. Corrieron por la Ciudad los más extraordinarios rumores, diciéndose que también se había puesto presos a otros cardenales [110], y creció la excitación cuando se observó que el Vaticano se vigilaba severamente y se concentraban tropas en Roma [111].
De los embajadores, a los cuales se enteró asimismo de lo ocurrido, reclamó públicamente contra la prisión de Petrucci el representante de España, Pedro Urrea; pues habiendo empeñado su palabra de honor, debía considerarse como una promesa de su mismo Soberano. León X replicó, que ni el más amplio salvoconducto podía amparar a un envenenador que había puesto asechanzas a la vida de su Soberano, salvo en caso de que se mencionara expresamente tan horrendo delito [112]. Y como el salvoconducto dado a Petrucci, sólo le aseguraba por lo referente a las negociaciones con Francisco María della Róvere, el embajador español cedió muy pronto de su resistencia [113]. También entre los cardenales reinaba grande agitación a causa del proceder del Papa, que había mandado encerrar a Petrucci y Sauli en la cárcel más profunda del castillo de Sant-Ángelo, que se llamaba «marrochii» [114]. León X procuraba ocultar su consternación y persistía en prohibir que los presos pudieran ser visitados por quienquiera que fuese; pero permitió, sin embargo, por efecto de una expresa solicitud del Colegio Cardenalicio, que a cada preso se le asignase un sirviente [115].
La dirección de la investigación judicial contra los encarcelados se confió al procurador fiscal Mario de Perusco, natural de Roma, y al auditor del Gobernador de la Ciudad [116]. Al principio se ciñó la inquisición a poner en claro, si realmente se había intentado el asesinato del Papa [117]. Envióse orden a Florencia para prender a Bautista da Vercelli y enviarlo a Roma; y asimismo fueron reducidas a prisión otras personas sospechosas, como un criado de Petrucci por nombre Pocointesta. Todos ellos fueron sometidos a severa cuestión, aunque se duda si también contra los cardenales se empleó el tormento [118].
Para el 29 de Mayo se anunció un nuevo consistorio, en el cual debía publicarse la sentencia de los cardenales Remolino, Accolti y Farnese, a quienes se había confiado la inspección del proceso, sobre que los cardenales acusados pudieran ser retenidos en la prisión, hasta tanto que se hubiesen descargado de las acusaciones contra ellos dirigidas. Cuando los cardenales se hubieron reunido en el Vaticano, refiere el Maestro de ceremonias Paris de Grassis, mandó León X llamar a sí al cardenal Accolti. «Éste permaneció más de una hora en el aposento del Papa, y como ninguno de nosotros podía entender, qué significara esta larga conferencia, miré yo por el ojo de la llave, y vi una guardia militar en la sala del Papa. En seguida sospeché que iba a ocurrir alguna desgracia; pero guardé silencio. Cuando vi que los cardenales Riario y Farnese entraban con sereno semblante en el aposento del Papa, imaginé que los había hecho llamar para deliberar con ellos acerca del nombramiento de nuevos cardenales, de lo cual había hablado días antes. Mas apenas hubo entrado el cardenal Riario, el Papa, que solía andar siempre despacio y con paso mesurado, entre dos camareros, salió del aposento solo y apresuradamente, y con gran turbación, cerrando tras sí la puerta, de suerte que el cardenal quedó encerrado con la guardia. Admirado por esto y por la prisa del Papa, le pregunté, qué significaba aquello, y si pensaba ir al consistorio sin estola; a lo cual mandó el Papa que le dieran una estola: estaba pálido y extraordinariamente agitado, y me mandó con tono áspero cerrara el consistorio. Yo obedecí, y no dudé ya por más tiempo que el cardenal Riario había sido preso [119].
Como causa de la prisión de Riario se dijo, que Petrucci y Sauli habían declarado estaba comprometido con ellos en la conjuración. Paris de Grassis, lo propio que otros muchos, no quiso creerlo, y sospechó que León X se había dejado llevar de deseos de venganza personal, por el recuerdo de la conjuración de los Pazzi [120]. Esta sospecha del maestro de ceremonias, excesivamente prendado de Riario, no se ha confirmado, sin embargo, posteriormente.
A 4 de Junio se trasladó a Riario, que hasta entonces había sido mantenido en muy honrosa detención en el Vaticano, al castillo de Sant-Ángelo. Cuando se intimó esta orden al desgraciado, desmayóse de terror, y fue menester llevarle en litera a la cárcel. Para motivar esta medida, dio por razón León X, en un consistorio de 5 de Junio, que Riario no había querido confesar cosa alguna; pero en un obscuro calabozo del castillo de Sant-Ángelo, hizo pronto una extensa declaración [121].
Ya a 8 de Junio se celebró un nuevo consistorio, en el cual manifestó el Papa a los cardenales, por extremo consternados, que de las confesiones de los cardenales presos había resultado claramente estar comprometidos en la conjuración todavía otros dos de los que allí presentes se hallaban. León X se quejó amargamente de que, precisamente aquellos de quienes menos podía haber sospechado, y en cuyas manos había confiado su vida, se hubiesen hecho culpables de semejante crimen. Pero por más que contristaba al Papa la ingratitud de los mismos a quienes había colmado de honores y beneficios, declaró, sin embargo, querer, a ejemplo de Aquel cuyo lugar tenía en la tierra, perdonar a los culpables, si ellos confesaran su delito y pidieran misericordia. Y como a pesar de esto ninguno se indicase, resolvió el consistorio que cada cardenal se acercase al Papa para hacerle de palabra su confesión. Cuando llegó la vez al cardenal Soderini, esforzóse éste por apartar de sí toda culpa; pero su dureza irritó a León X en tales términos, que dijo al cardenal en su cara, que él era uno de los dos culpables, y que si no lo confesaba no podría haber lugar a blandura y se dejaría su libre curso a la justicia. Entonces se arrojó Soderini, y luego también Adriano Castellesi, a los pies del Papa, confesando su culpa e implorando gracia, la cual les fue concedida. El consistorio impuso a cada uno de los dos culpables una multa de 12,500 ducados, y resolvió que se guardara secreto acerca de lo acaecido; a pesar de lo cual, la noticia de ello corrió por la Ciudad como un reguero de pólvora, bien que a la verdad, en muy desfiguradas formas [122]. Después de haberse terminado aquella larga y penosa reunión, recibió el Papa a los delegados del Emperador y de los reyes de Francia, Inglaterra, España y Portugal, así como al embajador veneciano, a quienes comunicó, que los cardenales complicados en la causa de Petrucci, Sauli y Riario, habían sido perdonados. A la pregunta del delegado inglés: si el Papa los había perdonado a todos, respondió éste: «A los demás cardenales acusados les hemos hecho gracia; pero con los encarcelados en el castillo, se procederá conforme a las leyes penales» [123].
A 16 de Junio, el criado de Petrucci, Pocointesta, fue ahorcado en la cárcel de Tor di Nona, y su ejecución tuvo por causa el intento de tramar una conjuración en Sena [124]. Los lamentables descubrimientos que entretanto se habían hecho, en el decurso del procedimiento judicial contra los demás encarcelados, se procuró al principio mantenerlos lo más secretos posible; por lo cual, aun diplomáticos generalmente muy bien enterados de las cosas, no pudieron averiguar nada cierto. Como se saca de una comunicación cifrada del representante de Ferrara, de 10 de Junio, sospechábase que los culpables eran, además de Adriano Castellesi, o bien Farnese, o Grassis [125]. Hasta 18 de Junio no supo el mencionado diplomático, ser indudable que se trataba sólo de Soderini y Adriano Castellesi [126]. Como ya hemos dicho, uno y otro hubieron de comprar su libertad al precio de 12,500 ducados, y habiéndoles sido esta multa elevada al duplo, creyeron haber de temer por su seguridad en Roma. En la noche del 20 de Junio, Soderini se dirigió a Palestrina al amparo de los Colonna; y al poco tiempo, Castellesi, que era por carácter muy tímido, huyó disfrazado a Tívoli, para dirigirse, según se dijo, desde allí a Nápoles [127].
La suerte de los cardenales encarcelados inquietaba entretanto en sumo grado a sus partidarios; pues el procedimiento judicial se dilataba de semana en semana, y diariamente se emitían los mas diversos pareceres acerca del destino que aguardaba a los infelices [128]. Parece que el Papa, como era natural a su índole, pensó por un momento en substituir la gracia a la justicia [129]. Pero Lorenzo de Médici y sus partidarios, urgían para que se castigara severamente, no sólo a los cardenales, sino a todos los demás culpables. Para este fin se presentó Lorenzo personalmente en Roma a 18 de Junio, cuando nadie le esperaba [130], y luego se citó a los 13 cardenales que se hallaban presentes en la Curia, para un consistorio a 22 de Junio. Todos se presentaron, a excepción de Leonardo Grosso della Róvere, que estaba emparentado con Riario [131]. En un largo discurso les manifestó León X el resultado del proceso introducido contra los cardenales Petrucci, Sauli y Riario. La acusación señalaba en ellos cuatro delitos de alta traición. El Papa dio por demostrado que Petrucci y Sauli, en vida del legítimo Cabeza de la Iglesia, habían tratado de la elección de nuevo Papa, y obligádose con juramento a colocar la tiara en las sienes de Riario, a cuyo designio había accedido éste. Para quitar de en medio a León X, habían sobornado Petrucci y Sauli a Bautista da Vercelli, el cual debía curar la fístula del Papa y envenenarle en esta operación; en lo que también habían iniciado a Riario. Finalmente, así Petrucci como Sauli, habían estado en inteligencia con Francisco María della Róvere, e incurrido consiguientemente en las penas expresadas en las bulas que se dictaron contra aquel rebelde, Después de esto se leyó el proceso formado contra los acusados, con las confesiones de los cardenales presos. Entonces había de resolverse si el crimen de alta traición estaba probado, en cuyo caso debían ser privados de todos sus beneficios y dignidades, y condenados a muerte. Para resolver esto se procedió a la votación, y todos, excepto el cardenal Grimani, reconocieron que indudablemente, Petrucci, Sauli y Riario, se habían hecho reos de cuatro delitos de alta traición; pero apelaron, sin embargo, a la gracia del Papa en favor de sus colegas. El abogado fiscal Justino de Carosis, y luego el procurador fiscal Mario de Perusco, presentaron entonces sus informes, después de lo cual, Pedro Bembo leyó la sentencia. Por ella los tres acusados eran condenados al perdimiento de la dignidad cardenalicia y de todos sus beneficios y bienes, a la degradación y relajación al brazo secular. Al fin del consistorio habló el Papa de la huída del cardenal Adriano Castellesi, de la que dijo haber tenido noticia, pero no haberla querido estorbar [132]. Así lo refieren, con brevedad y reserva genuinamente diplomáticas, los bien meditados asientos de las actas consistoriales del Vicecanciller [133]; pero de otros testimonios más independientes se saca, que aquel consistorio fue tan largo como tormentoso. Según el embajador veneciano, duró diez horas, y según Paris de Grassis, hasta trece. No sólo la lectura del proceso, que ocupaba varios centenares de hojas, requería tan largo tiempo; sino además se vino repetidas veces a fuertes altercados, en términos que, los que se hallaban fuera, oyeron cómo el Papa disputaba con algunos cardenales y éstos entre sí. León X tuvo un choque especialmente violento con Grimani [134].
La publicación de la sentencia dejó enteramente aturdidas a las personas de la Curia; muchos hallaban demasiado dura la relajación y entrega al brazo secular, que, en el caso de que se trataba, equivalía a la pena de muerte; es verdad que, conforme a las leyes entonces vigentes, incurrían en ésta, aun aquellos que dejaban de denunciar una conjuración contra la vida del Soberano de un Estado [135]. A 25 de Junio se reunieron en presencia del Papa todos los embajadores que se hallaban en Roma, para oír la lectura del proceso. «Oímos, refiere el embajador veneciano, lo siguiente: por las cartas halladas en poder del secretario de Petrucci, se descubrieron las gestiones de éste con Bautista da Vercelli para el envenenamiento del Papa. El mismo Petrucci ha confesado que, por desesperación, por haberse quitado Sena a su familia, había querido atentar contra la vida del Papa, y que había comunicado este plan a los cardenales Sauli y Riario. Acerca de esto no se puede dudar, añade el embajador veneciano; pero en la manera de llevar el proceso, no se debía haber obligado a los acusados a confesar, leyéndoles las declaraciones de los otros. Cuando se hizo esto con Riario, que nada había querido confesar, declaró: puesto que Petrucci y Sauli así lo dicen, menester es que sea verdad. Soderini ha confesado que se había prometido la tiara a Riario». Desgraciadamente, el diplomático no dice nada más acerca de la lectura del proceso, que había llenado ocho horas y media. Al fin de la reunión hizo el Papa traer el birrete rojo de Petrucci y ponerlo en la mesa que estaba delante de él, y dijo: «Esto es lo que se ha jugado; estaba resuelto a los medios más extremos» [136].
Es indudable que León X creyó, que realmente se había tramado una conjuración y se había amenazado a su vida; y por mucho tiempo no se atrevió absolutamente a salir de su palacio, vigilado por una fuerte guardia; y cuando finalmente, contra la general expectación, se presentó en las vísperas de la vigilia de la fiesta de San Pedro y San Pablo en la basílica vaticana, iba rodeado de hombres de armas; y asimismo todas las calles de los alrededores de la iglesia, estaban guarnecidas con tropas [137]. A 27 de Junio fueron ahorcados, y luego descuartizados, Bautista da Vercelli y Marco Antonio Nino. Conforme a las duras leyes penales de aquella época, a ambos se los atormentó terriblemente durante todo el trayecto hasta la plaza donde debían ser ejecutados, delante del castillo de Sant-Ángelo [138]; y esta crueldad infundió general temor. Con grande expectación aguardaba toda Roma la última sentencia contra los cardenales encarcelados. Que la suerte de Petrucci estaba resuelta, se pretendía colegirlo del hecho de haberse ya repartido sus beneficios. Por el contrario, parecía haber esperanzas de que los otros cardenales fueran perdonados [139]. Como, desgraciadamente, no nos queda de las actas del proceso [140], más que el breve extracto del embajador veneciano, es difícil, y casi imposible, determinar ahora con certidumbre el grado de culpabilidad, y los móviles de cada uno en particular. Por el contrario, es indudable que habían andado de hecho en traicioneras negociaciones con Francisco María della Róvere, y se había formado el plan de envenenar a León X [141].
El más culpado, y cabeza de toda la conjuración, era sin duda alguna Petrucci, cuyas criminales maquinaciones con Bautista da Vercelli se habían puesto en evidencia. La sentencia de muerte contra él se ejecutó, pues, inmediatamente; pero discrepan, no obstante, las noticias, acerca de la forma de su ejecución: si fue estrangulado o decapitado [142]. También se contradicen las noticias acerca de si aquel infeliz, que sólo tenía 27 años, y había vivido hasta entonces entregado solamente a los livianos deleites [143], se reconcilió con Dios antes de su muerte [144].
En lo que toca a los cardenales Sauli, Riario, Soderini y Adriano Castellesi, era innegable que habían dado más o menos oídos a los criminales y amenazadores discursos de Petrucci; pero hasta qué punto, en particular, hubieran entrado ellos mismos en su proyecto, no puede determinarse con absoluta certidumbre, en vista de los materiales que poseemos. El historiador Paulo Giovio, muy bien enterado las más de las veces, nota lo siguiente: «Aun cuando los mencionados no confiaron al inconstante y liviano Petrucci la ejecución del plan criminal contra León X, le espolearon, sin embargo, a ello, por medio de pullas y burlas; y en su interior deseaban aquellos hombres consumidos de odio y ambición, que el loco Petrucci quitara de en medio al Papa con el veneno o la violencia», También por otras fuentes parece innegable que, por lo menos Sauli y Riario, tuvieron conocimiento por menor del plan homicida: su crimen consistía, pues, en no haber dado noticia de las vengativas amenazas y maquinaciones de Petrucci, que les eran conocidas y tenían obligación de delatar.
Por lo que particularmente a Adriano Castellesi se refiere, Giovio limita su acusación, a que deseaba la muerte de León X, no inspirado, como los otros, por odios y malos sentimientos, sino sólo por ambición de obtener la tiara. La ambición y el odio a los florentinos, omnipotentes en la Curia, fueron también los propios motivos que empujaron a Riario. Soderini no podía olvidar el destierro de Florencia de su hermano Pedro, por más que cabalmente León X había invitado al desterrado ir a Roma, y le había vuelto a poner en posesión de sus bienes [145], Después de Petrucci era Sauli el más gravemente inculpado, por cartas en extremo comprometedoras [146]. Qué fuera precisamente, lo que le determinó a meterse en tan criminales manejos, no está bastantemente aclarado. Pocos cardenales habían obtenido tantas ventajas y recibido tantos beneficios de León X, como él; y la negra ingratitud con que Sauli había correspondido, causaba al Papa particular dolor. «Todavía en estos últimos tres meses, decía León X al embajador veneciano, hemos otorgado a Sauli beneficios por valor de 6,000 ducados» [147]. En la corte pontificia se pensaba, en general, que precisamente las distinciones y el trato confiado de León X con Sauli, había hecho subir hasta un grado intolerable la arrogancia y orgullo de éste, y que se había querido vengar, porque el Papa había concedido el obispado de Marsella, no a él sino a Julio de Médici [148].
Así en favor de Sauli como de Riario, se acudió al Papa con calurosas intercesiones. Por el primero, intercedieron Génova, el cardenal Cibo, y ante todo, el monarca francés [149].
También por Riario se interesaron muchos, entre ellos el embajador de Venecia; y sus parientes llegaron hasta escribir por esta causa a Enrique VIII de Inglaterra [150]. Hízose valer en defensa de Riario, que toda su culpabilidad había consistido en no descubrir al Papa los comprometedores discursos de Petrucci, que le eran conocidos. Pero es con todo innegable, que alimentó esperanzas de obtener la tiara, y que sus confiadas relaciones con Francisco María della Róvere le condujeron a aliarse con el mortal enemigo del Papa [151].
Motivos particulares determinaron, a pesar de esto, la resolución de hacer gracia y restituir a Riario, bien que imponiéndole para ello las más onerosas condiciones [152]; pues se le exigió que reconociera expresamente, haber sido depuesto con justicia y deber su restitución puramente a la gracia de Su Santidad; había de prometer ser en adelante un fiel servidor del Papa, y abstenerse de toda hostilidad contra él o su familia; así como no tratar en lo futuro, con príncipes o cardenales, de otra cosa que de sus intereses privados. Como pena debía pagar, en tres plazos, la enorme suma de 150,000 ducados. El primer plazo de 50,000 ducados debía comprometerse a adelantarlo Agustín Chigi, y para el pago (puntual de los otros dos plazos, en la Navidad y la Pascua del año siguiente, habían de dar la más cumplida fianza otros banqueros y empleados curiales sus amigos. Asimismo se exigió otra caución de 150,000 ducados, para asegurar el exacto cumplimiento de todas las obligaciones de sumisión y fidelidad, principalmente la de que Riario nunca se apartaría del lugar que se le señalara para su residencia, sin permiso escrito del Papa. Fuera de esto, los doce cardenales que habían tomado parte en la destitución de Riario, y asimismo el cardenal Leonardo Grosso della Róvere, debían obligarse expresamente a mantener a Riario en el cumplimiento de sus promesas, y a considerarle, en caso contrario, como perpetuamente depuesto. Finalmente, esta misma seguridad debía añadirse por parte de los embajadores del Emperador, de los reyes de Francia, España, Inglaterra y Portugal, y de la República de Venecia, y los Príncipes respectivos debían ratificar dicha seguridad en el término de cuatro meses, obligándose además, a no interponer en adelante con el Papa nuevas intercesiones en favor de Riario.
En 17 de Julio prometió Riario, en la sala grande del castillo de Sant-Ángelo, en presencia del Procurador fiscal Mario de Perusco, querer cumplir con la mayor exactitud todas aquellas condiciones. A 23 de Julio se obligaron también los más próximos parientes de Riario a pagar una multa convencional de 75,000 ducados, en caso que Riario se alejara del Vaticano sin expreso permiso del Papa [153]. El mismo día prometió Agustín Chigi el pago de los 50,000 ducados [154]; después de lo cual, dispuso el Papa, en el consistorio de 24 de Julio, que Riario debía ser repuesto de nuevo en todas sus dignidades, a excepción del título de San Lorenzo in Dámaso, y sin gozar de voz activa ni pasiva [155].
La noticia de la próxima liberación de Riario, que era generalmente amado, y tenía gran prestigio en toda Roma, se esparció por la Ciudad con la mayor rapidez, y cuando el maestro de ceremonias Paris de Grassis se dirigió al castillo de Sant-Ángelo para anunciar al preso la recuperación de su libertad, las calles estaban llenas de jubilosa muchedumbre. Riario fue conducido al Vaticano por el pasadizo cubierto, en el cual le salió al encuentro el cardenal Julio de Médici. Una vez allí, prestó, sobre los Evangelios, en la habitación del cardenal Trivulzio, el juramento que se le exigía; y luego Paris de Grassis le condujo al Papa, en derredor del cual estaban todos los cardenales. Riario besó el pie de León X, después de lo cual el Papa le tendió amigablemente la mano y le abrazó. Al comenzar su discurso, principió Riario por excusarse de que, no hallándose preparado, no podía pronunciar una oración; y luego, con las más enérgicas expresiones, confesó su culpa, por la cual, no sólo había merecido la deposición, sino también la muerte. Elogió la misericordia del Papa, que no le dejaba ningún otro castigo que temer en adelante, por lo cual podía hacer tranquilamente su confesión: «Pequé, y pequé más de lo que se expresa en mi confesión judicial». «Venerable señor, le replicó el Papa, lo que hemos hecho en vuestra causa, hicímoslo conforme a nuestro deber y para conservar la honra de la Sede Apostólica. Así que, ahora os perdonamos por amor de Cristo y os restituimos en vuestra anterior posición; todo lo acaecido debe por una y otra parte entregarse al olvido» [156].
No es difícil comprender la causa que movió al Papa a la restitución de Riario. Este había estado largo tiempo revestido de la dignidad de Camarero de la Iglesia Romana y Decano del Sacro Colegio, del cual era miembro hacia casi cuarenta años. Por sus riquezas y liberalidad, pertenecía al número de los personajes más prestigiosos, influyentes y queridos de Roma; y el negar el perdón a un hombre de tales cualidades, hubiera acarreado al Papa una enorme mole de odios, así en los altos círculos como en los bajos. Con ello se hubiera expuesto también a la sospecha de que se dejaba guiar por deseos de privada venganza; pues Riario había sido en otro tiempo testigo de la conjuración de los Pazzi, en la cual el padre de León X fue herido, y su tío Juliano muerto. Aunque de todo punto inocente, había sido entonces el cardenal Riario puesto en prisión por los Médici, y no se le había restituido la libertad sino en vista del enérgico proceder de Sixto IV [157]. Todas estas cosas estaban todavía a la sazón tan frescas en la memoria de todos, que si se hubiera procedido con rigor contra Riario, aun entre los partidarios de León X se hubiera despertado la sospecha, que tomaba ahora venganza de los acontecimientos de entonces [158]. Ni el júbilo con que saludaron la absolución de Riario los romanos y otros numerosos partidarios del dadivoso cardenal [159], ni los favores que el Papa le dispensó en el tiempo siguiente [160], ni siquiera su completa restitución ordenada más adelante, devolviéndole el derecho de voz activa y pasiva [161]; fueron suficientes para que dejara Riario de entender, que su papel en la Curia había terminado. A fines del año de 1520, solicitó el permiso de poderse retirar a Nápoles [162], el cual le fue concedido; pero las encantadoras bellezas naturales de su nueva mansión, no pudieron consolar a Riario de la posición que había perdido en la Capital del mundo; y aquel hombre, que tanto gozó en otro tiempo de la vida, y había habitado con regia magnificencia en el más hermoso palacio de Roma, tornóse melancólico y murió luego a 7 de Julio de 1521, a la edad de 61 años [163]. Sus restos fueron conducidos a Roma, y colocados en una sepultura por extremo sencilla en los Santos Apóstoles [164]. No necesitó ningún particular mausoleo; pues su magnífico palacio, la llamada Cancelaría, que tuvo que dejar a la Cámara apostólica, mantendrá viva, hasta los tiempos más apartados, la memoria de aquel varón infortunado.
Pocos días después de la restitución de Riario, verificóse también, con inesperada rapidez, la de Sauli, el cual hubo de pagar como multa 25 000 ducados [165]. Cuando el Papa se dirigió al consistorio a 31 de Julio, dio a Paris de Grassis orden de ir a sacar a Sauli del castillo de Sant-Ángelo, y en señal de la verdad de ser ésta resolución pontificia, debía mostrar al alcalde de la fortaleza el anillo de diamantes del Papa. «Cuando esto oí, refiere Paris de Grassis, me quedé por extremo asombrado; pues todavía pocos días antes, me había dicho el Papa que quería castigar a Sauli como enemigo suyo.» Sauli no pudo, sin embargo, presentarse como Riario con la cappa, sino como un simple sacerdote, y tuvo que obligarse también, en primer lugar, a permanecer en palacio y confesar su delito en consistorio. Conforme a esto, declaró que había a conspirado contra el Papa con Francisco María della Róvere, y que hasta había llegado a querer envenenarle, secundando el plan de Petrucci; humildemente pidió perdón y absolución de sus crímenes, y prometió ser en el futuro el más leal servidor de Su Santidad. León X respondió brevemente y con excitación: «Que deseaba que sus pensamientos estuvieran de acuerdo con sus palabras; pero temía que había de recaer de nuevo en los antiguos pecados.» Habiendo Sauli pedido otra vez gracia y prometido fidelidad, se le repuso de nuevo en su dignidad de cardenal, aunque sin voz activa ni pasiva; y se le restituyeron sus beneficios en cuanto no habían ya sido otorgados a otros [166]. Profundamente humillado, llevó Sauli una vida tan falta de alegría como Riario, vivió totalmente retirado, y murió luego a 29 de Marzo del año siguiente. León X le hizo enterrar con todos los honores, en Santa Sabina [167].
El cardenal Soderini, por quien se interesaba Francisco I, habíase dirigido entretanto, con permiso del Papa, desde Palestrina a Fondi [168], donde tenía una posesión rural; obligándosele a prometer que no saldría del reino de Nápoles. Pero el Papa no se fiaba enteramente de él, y con razón; de manera que, hasta después de la muerte de León X, no pudo Soderini regresar a Roma [169].
El cardenal Adriano Castellesi, halló un asilo en Venecia, a donde llegó a 13 de Julio. Lo precipitado de su fuga ofreció a Wolsey favorable coyuntura para perderle. Hubiera sido posible una inteligencia con León X, cerca del cual se interponían súplicas de las más diferentes partes en favor de Adriano; pero esta inteligencia no era posible con Wolsey, que por todos caminos procuraba obtener las prebendas del desgraciado [170]. León X se resistió largo tiempo, a pesar de los apremios de Inglaterra; pero como Adriano, no obstante las más cumplidas garantías, se negara a volver a Roma [171], su suerte quedó decidida: a 5 de Julio de 1518, fue depuesto de todas sus dignidades, por la participación que había tenido en las maquinaciones de Petrucci y de Francisco María della Róvere, y por su negativa de regresar a Roma [172]. En esta rigorosa sentencia influyó, en primer término, de una manera decisiva, la consideración a Inglaterra; pero también se sabe que León X temía aún entonces la alianza de Adriano con Soderini, y otras conspiraciones [173]. A la verdad, Adriano no pensaba a la sazón en semejante cosa, y vivía tranquilamente ocupado en eruditos estudios, en el palacio Cà Bernardo, de su amigo Jácome da Pesaro, situado junto al Canal Grande, hasta que la muerte de León X le obligó a dirigirse al conclave. En este viaje a Roma, desapareció el infeliz sin dejar rastro, y parece debió morir a manos de un sirviente [174].
A la vista de los acontecimientos que habían seguido a la conjuración del cardenal Petrucci, reinaba en Roma una desacostumbrada excitación; de suerte que no es de maravillar se relacionara también con el atentado a otros cardenales, además de los mencionados, como por ejemplo, a Luis d‘Aragona y Cornaro; pero, sin embargo, injustamente, según se demostró [175].
Ya muy pronto, a 23 de Mayo de 1517, corrió la noticia de que León X pensaba nombrar no menos que 12 nuevos cardenales [176]; a 5 de Junio el Papa anunció oficialmente en el consistorio, su designio de proceder a una gran promoción [177]. En realidad, se imponía una gran renovación del Sacro Colegio; pues los últimos acaecimientos habían demostrado suficientemente, a qué extremo debía conducir el completo aseglaramiento del Supremo Senado de la Iglesia, comenzado desde
Sixto IV [178]. Había llegado el momento en que se hacía de necesidad imprescindible una reforma radical; pero la manera como procedió en esto León X, mostró con la mayor elocuencia, que ni aun entonces había reconocido toda la gravedad de la situación; pues en lugar de otorgar solamente la púrpura, con rigorosa selección, a varones de todo punto irreprensibles; no pocos fueron nombrados sin otra causa que haber aprontado las elevadas sumas de dinero que exigían las costas de la guerra de Urbino, de día en día más intolerable [179].
Cuando llegó a Alemania la noticia de tan repugnantes acaecimientos, la oposición se apoderó en seguida, como es fácil comprender, de todo este asunto. Pronto se representaron como injustos los castigos impuestos a los culpables, y se pretendió que todo el proceso, no había sido más que una especulación pecuniaria [180]. Pero no sólo entre los alemanes se levantaron voces de vituperio [181]; en Sena, Venecia, Milán, y aun en la misma Roma, no faltaron más duras acusaciones [182]. El canónigo Segismundo Tizio, que por lo demás, estaba por diferentes motivos agriamente irritado contra los Médici, escribía entonces:
«¿De qué aprovechan las leyes canónicas establecidas por santos Pontífices, las cuales prohíben a los sacerdotes teñir sus manos en sangre; cuando los papas y los cardenales se han convertido en anticristos y tiranos?» [183]
Sin cuidarse de todas estas circunstancias, aprovechó León X la ocasión del proceso, para someterse todo el Colegio cardenalicio por medio de un gran nombramiento de cardenales y procurarse al propio tiempo dinero para la guerra de Urbino. Tomando en consideración de la manera más cumplida lo deseos de los príncipes seculares, se quebrantó la resistencia que en el asunto de Urbino oponían. Mas aun cuando el colegio cardenalicio estaba no poco intimidado por los últimos acontecimientos, no dejó de costar mucho trabajo obtener su asentimiento para la creación en masa que se proyectaba, la cual no había tenido semejante [184], y excitaba en muchos grande escándalo [185].
El 26 de Junio se llegó, en un consistorio, a las más vivas discusiones. Los congregados no querían dar su aquiescencia para el nombramiento de 27 cardenales, sino con la condición de que sólo 15 o 16 de ellos serían publicados por de pronto. Pero cuando se trató de la elección de los candidatos, se manifestó tal diversidad de pareceres, que fue necesario diferir la resolución del asunto para el próximo consistorio [186].
Mas ante la resuelta voluntad del Papa, los cardenales renunciaron a su resistencia más pronto de lo que se hubiera podido esperar, y ya a 1 de Julio pudo procederse a aquel nombramiento. En vez de 27 fueron 31 los que entonces recibieron la púrpura, y el Sacro Colegio dio su voto por miedo, no con libre voluntad [187].
El número extraordinariamente grande de los nombrados, cuya publicación se verificó en un consistorio público de 3 de Julio [188], hizo necesaria la creación de nuevos títulos cardenalicios [189]. Ya a 10 de Julio pudo comunicar el Papa, que todos los cardenales antiguos habían consentido en que se suprimiera aquel artículo de la capitulación de su elección, que fijaba en 24 el número total de los miembros del Sacro Colegio [190].
Los nuevos cardenales eran personas de las más diversas cualidades, con cuya elección había tratado el papa de conseguir varios fines al mismo tiempo [191]. En algunos, como Luis de Borbón, hermano del condestable, el infante portugués Alfonso, el español Guillermo Raimundo de Vich, y el veneciano Francisco Pisani, habían sido las recomendaciones políticas el motivo de la elección. En otros habían influído, junto con sus antiguas relaciones con los Médici, las grandes sumas de dinero que pagaron al Papa [192], y así pudo suceder que obtuvieran la púrpura hombres como Ponzetti, Armellini y Passerini.
Fernarndo Ponzetti había nacido en Nápoles; pero su familia procedía de Florencia. Su figura es familiar a los inteligentes en materia de arte, por el fresco del altar de la capilla de Santa Brígida en Santa Maria della Pace, en el cual Baltasar Peruzzi le representó de rodillas delante de la Virgen. Ponzetti había hecho su fortuna como médico de Inocencio VIII, y había obtenido desde entonces empleos curiales cada vez más elevados. León X le había nombrado, a 23 de Octubre de 1513, su Tesorero; y finalmente, a los 80 años de edad, obtenía la púrpura. Ponzetti era, no sólo un médico eminente, sino también bastante versado en la literatura clásica, en la Filosofía y Teología; tenía muy fácil palabra [193], y se empleó en escribir sobre varios asuntos. Mas todas estas buenas cualidades suyas, quedaban obscurecidas por su sórdida avaricia [194]. Por su nombramiento parece haber pagado 30,000 ducados.
Todavía era mucho peor la fama de Francisco Armellini, el cual nació en Perusa, hijo de un pobre comerciante, y se hizo indispensable al Papa por su penetración y talento para hallar nuevas fuentes de ingresos; pero por lo demás, era generalmente aborrecido [195]. No era mucho mejor Silvio Passerini de Cortona. Este hombre, dotado de muchos conocimientos [196], pero extravagante, Datario desde 1514 [197], sirvió a los Médici con la mayor lealtad, en los más diversos negocios; por lo cual, no le fue difícil obtener una tras otra muestra de favor. El catálogo de las gracias otorgadas a Silvio Passerini, cuya noticia se halla, acerca de pocos años, en los Regesta de León X, es verdaderamente estupendo: entre todos los cazadores de prebendas de la Curia de León X, pertenece sin duda a Passerini el primer lugar [198].
En el nombramiento de Juan Salviati, Nicolao Ridolfi y Luis de Rossi [199], la razón decisiva fue el parentesco con el Papa; y asimismo debieron la púrpura a relaciones personales, el joven Hércules Rangone, dotado de grandes aptitudes musicales [200], Bonifacio Ferreri y Rafael Petrucci. Este último, poseedor por entonces del gobierno de Sena, llevaba una vida de todo punto mundana y era especialmente aborrecido por su codicia. Por el contrario, los dos anteriores pasaban por varones excelentes.
Fue cosa extraordinariamente rara en la historia del Sacro Colegio, la simultánea elevación al cardenalato de dos miembros de una misma familia; Scaramuccia Trivulzio, que había tenido gran parte en el buen éxito del Concilio Lateranense, y su instruidísimo sobrino Agustín. Todavía excitó mayor admiración el nombramiento de siete miembros de las más distinguidas familias romanas, sin distinción de partidos; con el cual rompió León X con la prudente política de sus predecesores, que habían procurado mantener apartadas de la Corte las fracciones que dividían la Ciudad; pero los romanos se regocijaron, y celebraron jubilosas fiestas por el encumbramiento de sus conciudadanos [201]. Franciotto Orsini y Pompeyo Colonna, carecían enteramente de cualidades que los hiciesen a propósito para tan alta dignidad, pues tenían más de condottieri que de príncipes de la Iglesia; y asimismo Francisco Conti llevaba una vida poco eclesiástica. Por el contrario, de los otros cuatro casi no puede decirse más que bien. Alejandro Cesarini se distinguía por su exquisita formación, Andrés della Valle por su gran prudencia, Pablo Emilio Cesi y Domenico