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Ludwig von Pastor
CAPÍTULO III: |
El ejército que Francisco I había reunido en Lyon, era uno de los más hermosos que hasta entonces había sacado a campaña un monarca francés: 35,000 hombres, con 60 cañones y 100 pequeñas culebrinas. Entre los generales se distinguían Trivulzio, Trémouille, Roberto de la Marca, Lautrec, capitán de las temidas compañías negras, y Bayard; casi todos ellos bien experimentados en el teatro de la guerra de Italia [1]. Con Venecia había el rey de Francia renovado la alianza de su predecesor, a 27 de Junio de 1515, y asimismo Génova se había pasado entonces a su lado.
Hubiera convenido a los aliados unirse contra toda esta potencia del francés. Pero el virrey español Cardona, fue detenido por los venecianos en el Etsch, mientras los pontificios no pensaban en otra cosa que en proteger a Parma y Plasencia. Para amparo de estas ciudades, reclamó León X el auxilio de Francisco María, duque de Urbino, pero éste, olvidado de sus deberes feudales, favorecía a los franceses [2]. Los suizos, cuyo cuartel general se hallaba en Susa, habían guarnecido tan bien los pasos, que Francisco I tuvo por imposible penetrar por allí; y por consejo de Trivulzio, conocedor de la tierra, escogió el camino del Col d’Argentière, tenido por inaccesible, que conduce desde Enbrun al valle del Stura. Era una empresa extraordinariamente difícil: fue necesario hacer volar los peñascos y echar puentes sobre los abismos; pero el ardor bélico de los franceses superó todos los obstáculos, y el atrevido intento alcanzó un éxito completo. La sorpresa de los enemigos no tuvo límites. Próspero Colonna fue hecho prisionero con su cuerpo de caballería milanesa en Villafranca del Pó a 12 de Agosto de 1515 [3]; después de lo cual, los suizos, completamente desconcertados, se retiraron a Milán. Esta retirada rompió la cohesión de las diferentes partes del ejército y la disciplina de los soldados, y pronto nacieron también desavenencias entre los contingentes de los diversos cantones [4].
El inesperado éxito de los franceses, que en poco tiempo ocuparon completamente toda la parte occidental del ducado de Milán, no sólo hizo vacilar las esperanzas de los aliados, sino encendió también de nuevo entre ellos la desconfianza mutua; y, que los pontificios sólo a medias tomaron parte en la empresa, lo mostró el hecho de no haber pasado el Po.
León X que, después de largas vacilaciones, «más por miedo que por elección» [5], se había unido definitivamente a la Liga antifrancesa, se conmovió hondamente con las desgraciadas noticias que venían del teatro de la guerra del Norte de Italia; pues había abrigado tan firme confianza en los talentos militares de Colonna, como en la seguridad de los pasos de los Alpes, ocupados por los suizos [6]. Por mucho, pues, que se esforzó en ocultar con palabras animosas sus verdaderos sentimientos, de hecho, ante el fracaso de sus esperanzas, perdió por algún tiempo el ánimo tan completamente, que ya creía ver a los franceses en Roma, y hablaba de buscar un refugio en Gaeta o en Ischia [7].
La situación en que se hallaba el Vaticano era tanto más penosa, cuanto eran más inciertas y escasas las noticias que llegaban de la guerra. «Escribid, escribid, escribid», se dice en una carta que el cardenal Bibbiena dirigió a Gambara a 18 de Agosto [8]. La situación del cardenal Bibbiena, que tenía más de humanista que de diplomático, se hacía de cada día más difícil. Hallábase «como novato, en un eterno compromiso entre su adhesión a los Médici, su interés por la Iglesia y las crueles realidades de la política» [9]; y sus cartas dejan penetrar un rayo de luz en el fondo de los manejos de la política curial.
A 22 de Agosto, se conoció en Roma la pérdida de Alejandría, que no había sido guarnecida por los suizos, a pesar de haber León X llamado la atención sobre la importancia de la plaza. El mismo Papa inspiró entonces al cardenal legado Julio de Médici, las medidas que debían tomar: en Bolonia había de procurarse el completo restablecimiento de los Bentivoglio, para tener en jaque al duque de Ferrara, que se esforzaba por obtener la posesión de Módena y Reggio. Las tres ciudades debía ampararlas a toda costa el cardenal Julio. Inútilmente procuró Bibbiena insistir en sus reflexiones contra estas medidas, y no obtuvo del Papa otra respuesta sino: «Escribid lo que os mando» [10].
Pocos días después tenia Bibbiena necesidad de intervenir con su Soberano, no por otro sino por Julio de' Médici; pues cada día se manifestaba más claramente, que la elección de aquel hombre pusilánime e irresoluto, por cardenal legado del ejército, había sido la más infeliz. «El cardenal, decía León X, no escribe sino acerca de los peligros que amenazan y las dificultades; pero no sabe emplear los medios de defensa que tiene en sus manos» [11]. La defensa del ausente, que intentó Bibbiena sin fruto, no era ciertamente oportuna; pues el cardenal Julio, lo propio que Lorenzo, tuvo la culpa de que el ejército pontificio no avanzara sino muy lentamente y luego se detuviera. Las cartas que mediaron entre ambos son por extremo significativas. A 27 de Agosto escribía Julio, desde Bolonia, a Lorenzo, que si los suizos, a pesar de los seductores ofrecimientos de paz que les hacía Francisco I, continuaban con empeño la lucha contra los franceses, podría él hacer otro tanto; pero que si no sucedía así, tampoco él podía aventurarse, sino aguardar el desarrollo ulterior de los sucesos. Tres días después repetía Julio de' Médici, que si el cardenal Schinner insistía en que se enviase caballería ligera, podía dejarla partir, pero sin las banderas de la Iglesia [12].
El cardenal Julio podía obrar así, por cuanto su Soberano, a pesar de todas las enérgicas declaraciones, permitía que se entablaran negociaciones con los enemigos, valiéndose de personas intermedias [13], y por fin volvió León X más y más a las vacilaciones acostumbradas. A 27 de Agosto hizo avisar a Lorenzo de' Médici (el cual quería a toda costa concluir la paz con los franceses), que no perdiera tan fácilmente el ánimo [14]. Pero ya a principios de Septiembre, se resolvió con mucho secreto en el Vaticano, bajo la impresión de las noticias que se recibían del campamento de los suizos, enviar a Francisco I, al fiel Cintio da Tívoli, el cual debía disculpar la actitud que hasta entonces había observado el Papa, y preparar el camino para negociaciones de avenencia; precaución que parecía impuesta, para el caso nada inverosímil de que la fortuna de la guerra siguiera favoreciendo en adelante a los franceses [15]. Pocos días después volvióse a entregar León X a las esperanzas de un buen suceso, y manifestó la confianza de que el legado habría detenido a Cintio! [16]
León X andaba vacilando a una parte y a otra; hoy hablaba enérgicamente contra los franceses; acentuaba su confianza en la valentía de los suizos, y declaraba que prefería perder su mitra que los Estados de Parma y Plasencia; mañana se inclinaba de nuevo a una avenencia con Francisco I, y trataba de esto con el cardenal Sanseverino [17]. Cuán grandes fueran estas vacilaciones del Papa, lo muestra el hecho de haber, a 2 de Septiembre de 1515, autorizado al duque Carlos de Saboya y a Ludovico di Canossa para negociar con Francisco I; pero ya el 13 del mismo mes revocó este mandato [18].
En realidad permanecían en tanto enteramente inactivas las tropas pontificias y florentinas. Para procurarse a todo evento un poderoso auxiliar, resolvió León X ceder a las repetidas instancias de Enrique VIII, y conforme a sus deseos, elevar a Wolsey al cardenalato. Por más que varios miembros del Sacro Colegio opusieron a esto objeciones de peso, el Papa procedió, sin embargo, a su nombramiento, en el consistorio de 10 de Septiembre de 1515 [19].
Entretanto, los españoles habían detenido a Cintio, y éste y otros acaecimientos aumentaron la desconfianza entre españoles y pontificios; y para hacer completa la dispersión, vacilaron también entonces los suizos, y se inclinaban cada día más a procurar una avenencia con los franceses. De hecho se llegó a ajustar, a 8 de Septiembre, un tratado de paz entre Francisco I y los suizos; pero una gran parte del ejército helvético desechó este convenio, y se dirigió a Milán [20]. Aquí procuró el cardenal Schinner, con todos los esfuerzos posibles, excitar a la lucha a sus paisanos.
Ya entonces había llegado Francisco I a las inmediaciones de la capital de Lombardía, y había hecho establecer en Marignano el campamento de su ejército, fortificándolo con grande arte. Contra esta posición se dirigieron a 13 de Septiembre, después de medio día, 20,000 suizos, animados por el cardenal Schinner, y se trabó una lucha por extremo empeñada, no cesando el sangriento choque hasta que hubo sobrevenido la obscuridad de la noche. A pesar de la superioridad numérica de los franceses, habían logrado los suizos arrojar al enemigo de las posiciones exteriores y tomarle algunos cañones y banderas; pero no se había obtenido un éxito decisivo. Ambos ejércitos permanecieron en el campo de batalla y Francisco I pasó la noche sobre la cureña de un cañón. En las primeras horas del siguiente día, comenzó de nuevo la terrible lucha, que, a pesar de la constancia heroica de los suizos, terminó con la victoria de los franceses, muy superiores en número. La llegada de un escuadrón de caballería veneciana fue lo que decidió el éxito, haciendo creer a los suizos que venía todo el ejército de la República. El campo de batalla quedó cubierto de millares de muertos, la mayoría suizos, y el encanecido Trivulzio fue de parecer, que las dieciocho batallas en que había tomado parte, habían sido un juego de niños, en comparación de este combate de gigantes [21].
León X recibió a 16 de Septiembre, por un correo de Lorenzo, la alegre nueva de que los suizos habían derrotado a los franceses; en seguida hizo transmitir la noticia con todo secreto al embajador veneciano y al cardenal Cornaro; pero prohibiendo, so pena de excomunión, que la comunicaran a otros. Sólo cuando un segundo mensajero repitió el mismo anuncio, pareció ya innecesaria semejante precaución, y se dió permiso para publicar la nueva. Los franceses y venecianos que moraban en Roma, quedaron como muertos de espanto, al paso que los embajadores del Emperador y del rey de España, lo propio que la guardia suiza, y según un autor, también el cardenal Bibbiena, celebraron públicamente la victoria; mas León X, aunque se llenó de gran contento por la supuesta derrota de los franceses, supo con todo eso moderarse, y la Corte pontificia no tomó parte en las manifestaciones de regocijo [22].
Cuán prudentemente hubiera obrado León X se iba a demostrar muy pronto; pues ya al siguiente día se recibió la noticia que la segunda jornada había terminado con la victoria de Francisco I, lo cual declararon, a la verdad, los enemigos de los franceses que se hallaban en Roma, por cosa inventada, o por lo exagerada. El embajador veneciano Marino Giorgi recibió la alegre nueva, que le volvió la vida, en la madrugada del 18 de Septiembre; y poniéndose en seguida el traje de ceremonia, corrió apresuradamente al Vaticano. Allí le dijo el camarero secreto Serápica, que el Papa estaba todavía en la cama: «Así pues, dijo Marino Giorgi, conviene que despierten a Su Santidad».— «Eso no puede ser», replicó Serápica. «Insisto, no obstante, repuso el embajador, en hablar a Su Santidad». Sólo con esto se le admitió a la audiencia del Papa, que no había tenido tiempo para vestirse enteramente. «Santo Padre, dijo irónicamente Giorgi; conforme al ejemplo de Cristo, quiero pagar bien por mal. Ayer me dio Vuestra Santidad una noticia mala y al propio tiempo falsa, y hoy le traigo yo una buena y verdadera: los suizos han sido derrotados». «También nosotros hemos recibido esa noticia, repuso León X, pero la derrota no es tan grande.»—«En qué parte esté la verdad, puede verlo Vuestra Santidad por esta carta»; y diciendo esto le alargó el embajador el escrito de su Gobierno y el embajador veneciano que acompañaba al monarca francés. Esta última carta, a cuyo autor conocía el Papa personalmente, le convenció por fin de la completa verdad. Lleno de profundo temor exclamó el Papa: «¿Qué será de nosotros? ¿qué será de vosotros mismos?» Marino Giorgi procuró tranquilizarle, asegurándole que aquel acontecimiento no tendría consecuencias perniciosas para la Santa Sede; después de lo cual se despidió para ir a enterar también a los cardenales Bibbiena, Grimani y Cornaro. Aun cuando los venecianos se abstuvieron de todas las exteriores manifestaciones de alegría, la guardia suiza estaba tan irritada, que Marino Giorgi tuvo por conveniente no acercarse en dos días al Vaticano. En una nueva audiencia dijo el Papa: «Nos echaremos en brazos del Rey Cristianísimo y le pediremos misericordia.» Pero el embajador respondió: «Santo Padre; no será eso en daño Vuestro ni de la Santa Sede; el Rey es hijo de la Iglesia» [23].
La avenencia del Papa con el victorioso monarca francés, habla de realizarse más pronto y completamente de lo que hubieran querido los venecianos. Por un instante todavía parece haber pensado León X en tentar de nuevo la suerte de las armas, unido con el Emperador, España y los suizos [24]; pero, sin embargo, conoció muy pronto que semejantes conatos a nada podían conducir. Los suizos habían abandonado la Lombardía inmediatamente después de su derrota, dejando solamente guarniciones en los castillos de Milán y Cremona. Por semejante manera se podía esperar también que los españoles abandonarían la lucha; y toda la fuerza de las armas enemigas caería entonces sobre el Pontífice. No era, pues, un vano temor el que hacía prever al Papa males extremos, pues Francisco I hacía ya semblante de pasar el Po por Pavía, y apoderarse de Parma y Plasencia corno pertenecientes al ducado de Milán, y en caso de que el Papa siguiera resistiéndose, conquistar también a Módena y arrojar de Florencia a los Médici [25].
Ante semejante peligro, había de desvanecerse toda idea de ulterior resistencia; y además, gran parte de las personas que rodeaban al Papa le aconsejaban la avenencia, principalmente Alfonsina Orsini, la cual traía a la memoria el destierro de dieciocho años producido por la terquedad de Pedro. «Bibbiena, escribía aquella señora por extremo irritada, nos va a arruinar segunda vez con sus manejos» [26]. En el mismo sentido procuraban influir Roberto Acciaiuoli, embajador florentino en Roma, y Marino Giorgi, pintando todavía mayores peligros de los que realmente amenazaban. También los florentinos rogaban urgentemente que se ajustara un convenio con los franceses, antes que los suizos hubieran hecho la paz con ellos y los españoles hubiesen emprendido su retirada. Enteramente inclinado a la avenencia estaba asimismo Lorenzo de Médici, el cual, bajo su responsabilidad, había ya a 15 de Septiembre, hecho anunciar al nuncio Canossa, que se hallaba aliado de Francisco I, que el Papa se inclinaba a la paz [27].
Pero también Francisco I tenía por su parte tan pocos deseos de una guerra con el Papa, que ya a 18 de Septiembre anunciaba a Lorenzo de' Médici, había enviado un embajador a León X con proposiciones de avenencia [28]. Por una parte temía, no sin razón, el monarca francés, que una coalición del Emperador con Enrique VIII de Inglaterra y los suizos, pudiera arrancarle los frutos de la victoria; y luego tenía demasiado fresca, lo propio que los demás franceses, la memoria de los grandes peligros en que se había visto su predecesor, en su lucha con la Santa Sede. Así que, el duque de Saboya, encargado por el Papa de la mediación, encontró muy buena acogida en el Rey su tío [29]. León X debía, sin embargo, acomodarse en todo caso a un completo cambio de su política; y cuán enojoso le fuera ceder, lo manifiestan las vivas negociaciones que por entonces se agitaban en el Vaticano [30]. En la solución de las muchas dificultades que se oponían a la concordia, trabajó con tanto celo como habilidad Ludovico di Canossa, quien desde el campamento del Rey había marchado en posta directamente a Roma. Canossa, que llegó a la Ciudad Eterna a 25 de Septiembre, traía un tratado de 14 artículos, en el cual el embajador veneciano echó de menos, con espanto, la consideración a los intereses de su República [31]. Mediante una extensa exposición de todos los motivos contrarios, logró Canossa disipar las últimas dudas del Papa, que todavía hubiera esperado de buena gana el resultado de la asamblea de los suizos, congregada en Zurich. Canossa indicó el peligro de que Francisco I, incitado por generales y los de los venecianos a seguir adelante, atacara también a Florencia; y demostró que de la amistad de los suizos ninguna cosa había que esperar, como vino a demostrarlo también
el tiempo futuro [32]. El Papa, que cedió principalmente por consideración al peligro de los Estados de la Iglesia y de su dominación en Florencia [33], insistía, sin embargo, en ciertas condiciones a favor de su ciudad natal, y asimismo quería que se le ahorrara una directa entrega de las ciudades de Parma y Plasencia, bien que, por otra parte, estaba dispuesto a retirar de allí sus ministros. Finalmente, por atención al Emperador, no quería que se retirasen las tropas pontificias de Verona hasta que se ofreciera una coyuntura a propósito [34].
A 27 de Septiembre, dirigió León X a Francisco I y a su canciller Du Prat muy corteses escritos, en los cuales acentuaba su propensión a la paz [35]. Con febril excitación se esperaba, principalmente en Florencia, la resolución del Papa [36]; y cuando se dijo que se había ajustado el convenio entre Roma y Francia, los enemigos del monarca francés concibieron la mayor irritación, al paso que sus aliados los venecianos temían asimismo que en aquel convenio no se hubiera tenido suficiente cuenta con sus intereses [37]. La noticia de una completa avenencia era todavía prematura; pues, no fue posible por de pronto llegar a una inteligencia acerca de varios puntos importantes [38]; por lo cual, Canossa se restituyó de nuevo, a 30 de Septiembre, al lado del Rey [39]. Lo que más pesado se hacía al Papa era la renuncia exigida por Francisco I, de Parma y Plasencia; pues precisamente hacía poco que, con la compra de Módena, había establecido la unión de aquellos territorios con el resto del Estado Pontificio. Pero el desarrollo de los sucesos en Lombardía era tan favorable a los franceses, que León X tuvo que avenirse, aun a costa de tan subido precio. A principios de Octubre, Maximiliano Sforza lo dió todo por perdido, y no sólo entregó los castillos de Milán y Cremona, sino renunció a todas sus pretensiones al Ducado, contentándose con que se le asegurase una renta anual. A 11 de Octubre celebró Francisco I su entrada triunfal en la capital de Lombardía [40].
León X que, con apariencia de excursión autumnal, había salido de Roma a 1 de Octubre de 1515, y dirigídose a Viterbo [41], recibió allí, a 13 del mismo mes, las condiciones de una paz preliminar, cuyas disposiciones eran las siguientes: Francisco I obtenía Parma y Plasencia, que de nuevo se incorporaban al ducado de Milán, y se obligaba, por el contrario, a tomar para el Ducado, sal de las salinas de Cervia, con lo que se proporcionaba un grande ingreso para la Cámara Apostólica. Además, el monarca francés asegura a Lorenzo y Juliano de Médici la conservación de su poder en Florencia, y promete no entablar alianza con ningún vasallo de la Iglesia sin conocimiento del Papa. Ambos contrayentes se daban mutuas seguridades acerca la conservación de sus posesiones [42]. A 14 de Octubre confió el Papa al erudito Giano Lascari, que gozaba de gran favor cerca de Francisco I, una misión para el vencedor de Marignano [43]; pero el instrumento de ratificación de la paz, debía llevarlo personalmente al Rey Lorenzo de Médici. A 18 de Octubre se dirigió éste a Milán, donde se le hizo un recibimiento por extremo honroso; y en adelante, Lorenzo puso más que nunca en el monarca francés todas sus esperanzas para lo porvenir [44].
Entretanto se esparció en Viterbo, en los círculos de los curiales, la noticia de que Francisco I había formado el designio de visitar a Roma, y por cierto, con todo su ejército [45]; y a muchos les parecía indudable que este proyecto tenía por objetivo a Nápoles.
El hecho es, que Francisco I había concebido la idea de celebrar una conferencia personal con León X, y aunque los venecianos amonestaban al Rey que estuviera sobre aviso, pues León X y Bibbiena no retrocederían ante ninguna clase de medios [46], perseveró el Rey en su plan; pues abrigaba la esperanza de ganar completamente al Papa, y obtener de él de palabra más amplias concesiones; y asimismo pensaba, mediante la entrevista con el Jefe supremo de la Iglesia, hacer impresión en sus enemigos [47], que cabalmente entonces volvían a reunirse [48].
León X creyó deber tomar en consideración el deseo del Rey, pero sin permitir que las cosas llegaran a término que él mismo se presentara en Roma; por lo cual se pensó en escoger a Florencia o Bolonia como lugar de la entrevista. En atención a la fístula que padecía el Papa, le hubiera sido más cómodo no llegar sino hasta Florencia; pero a esto se opuso el temor, de que los enemigos que tenían los Médici en la Ciudad del Arno, se pusieran en relaciones con el monarca francés. Principalmente Lorenzo y el cardenal Julio de Médici, hicieron valer este punto de vista con tanta habilidad, que León X se resolvió por Bolonia, ciudad por muchos títulos agradable para el rey de Francia [49]. Todas las reflexiones que en contra hicieron al Papa, principalmente España y el cardenal Adriano Castellesi, fervoroso partidario del Emperador, lo propio que otros miembros del Sacro colegio y de la Curia, fueron inútiles [50]; León X fue más avisado que los que le rodeaban, los cuales concedían sin duda excesiva importancia a la circunstancia exterior de que el Papa saliese al encuentro del monarca, pretendiendo que con esto perdía algo de su dignidad [51]. A 21 de Octubre todos los cardenales fueron invitados a ir a Viterbo [52], a donde llegó el 2 de Noviembre Bonnivet, como embajador de Francisco I [53]. Catorce cardenales se hallaron en Viterbo, y en un consistorio del 5 de Noviembre, dieron su asentimiento para el viaje del Papa a Bolonia, el cual debía hacerse por Sena y
Florencia [54]. Como León X no pensaba regresar a Roma hasta el domingo de Ramos del año siguiente, se difirió al propio tiempo la sesión próxima del Concilio de Letrán hasta quince días después de Pascua. Nombróse legado de Roma al cardenal florentino Soderini [55], y el maestro de ceremonias Paris de Grassis recibió el encargo de designar, de acuerdo con los cardenales Accolti y Pucci, la comitiva del Papa [56]. Envióse al Rey al cardenal Sanseverino [57].
En Bolsena, León X (que poco antes había trabajado para poner término a las discordias entre Perusa y Asís [58], abandonó el primitivo designio de dirigirse a Florencia por Sena, a causa de la efervescencia que reinaba en esta ciudad; y siguió el otro Camino que le llevaba por Orvieto y Castiglione a Cortona [59]. Aquí moró tres días, siendo huésped de Passerini, uno de sus cortesanos, y recibió la embajada de los florentinos enviada para darle la bienvenida. Tras una breve detención en Arezzo, se encaminó el Papa a Marignolle, posesión rural de Jacobo Gianfigliazzi, situada a milla y media de Florencia, en la que se detuvo desde el 27 al 30 de Noviembre [60].
Entretanto estaban ocupadas en Florencia millares de personas, con los preparativos para el recibimiento del augusto huésped. A semejanza de Roma, en el acto de la toma de posesión de Letrán, empleó ahora la Ciudad del Arno todos sus recursos para adornarse en esta coyuntura con un vestido de fiesta, que debía ser tan imponente como embelesador. Los más conocidos artistas de la época: Jacobo Sansovino, Antonio da Sangallo, Baccio Bandinelli, Andrés del Sarto, Pontorno, Ferino del Vaga, Granacci, anduvieron a porfía en la invención de festivos ornatos, en los que competían en hermoso consorcio la arquitectura, la escultura y la pintura. Erigiéronse 12 arcos triunfales, todos ricamente adornados con pinturas y esculturas, y entre ellos podían admirarse imitaciones de los más hermosos monumentos de la antigua Roma y estatuas colosales. Por todas partes se veían figuras alegóricas y lisonjeras inscripciones en elogio del primer Papa florentino. En la catedral habían levantado Jacobo Sansovino y Andrés del Sarto, una fachada adornada con estatuas y relieves que, aunque eran de madera, imitaban maravillosamente el mármol; y los paneles estaban adornados con pinturas al claro-obscuro, de Andrés del Sarto. El Papa, saludado en todas partes por coros músicos, entró el 30 de diciembre por la Puerta romana, en su ciudad natal, cuyos moradores habían derribado una parte de las murallas; y gozó del espectáculo que le habían preparado, con el entusiasmo peculiar de su familia, dotada de tan exquisito gusto, deteniéndose repetidas veces delante de las más notables obras de arte e inscripciones. El orden de la entrada, que convenía en lo substancial con el observado en el Possesso, había sido dispuesto con toda la solicitud imaginable, por el maestro de ceremonias Paris de Grassis [61].
La magnífica cabalgata hizo a los contemporáneos el efecto de una antigua entrada triunfal romana [62]; en ella se veían 18 cardenales, las autoridades florentinas y Lorenzo de Médici. La comitiva se dirigió en primer lugar a la catedral, donde el cardenal Juliano de Médici celebró la misa. León X dejó entonces los pesados ornamentos pontificios y la corona, y quedó en roquete y con el manto de púrpura con que se le ve en el retrato de Rafael. En la catedral hizo el Papa más larga oración que de costumbre, dio la bendición y concedió indulgencias, y luego se dirigió al monasterio de Santa María Novella, donde en otro tiempo habían morado también sus predecesores Martín V y Eugenio IV.
A 1 de Diciembre deliberó León X, primero con el maestro de ceremonias Paris de Grassis, y luego con los cardenales reunidos en consistorio, acerca de la solemnidad con que debía ser recibido el vencedor de Marignano [63], y se dispuso asimismo para el Rey un rico presente. Paris de Grassis había propuesto una paz; pero el Papa destinó, sin embargo, a este efecto, una cruz hecha de oro puro, que en otro tiempo había pertenecido al cardenal Ascanio Sforza, y ahora se tomó del tesoro de Julio II, ¡el implacable enemigo de los franceses! Con las piedras preciosas que se añadieron, subía el valor de dicha cruz a 15,000 ducados [64].
El primer domingo de adviento (2 de Diciembre) se celebró la misa en San Lorenzo, y después de ella se vio al Papa arrodillarse con lágrimas, junto al sarcófago de pórfido de su padre. No menos se conmovió León X en la visita que hizo, en el palacio de su familia, a su hermano Juliano de Médici, que se hallaba gravemente enfermo [65].
Ya a 3 de Diciembre abandonó León X su ciudad natal [66], y el 7 llegó a la vista de Bolonia, para entrar al día siguiente. El recibimiento fue el reverso de la medalla de lo que había sido en Florencia: ningún adorno, ninguna aclamación saludó al Papa, el cual, para los partidarios de los Bentivoglio había mostrado poco interés en favor de aquella familia, y para los enemigos de ella, demasiado [67]. Hasta una parte del clero dio muestras de su disgusto, y en algunas calles se llegó a oír la aclamación «Sega», grito de guerra de los Bentivoglio, que tenían en su escudo de armas una sierra (sega) [68]. Los culpables fueron castigados, y prestaron a la causa de los Bentivoglio el peor servicio que podían; pues, por efecto de esto, no se pudo tratar ya en adelante, de la completa restitución de los mismos [69]. No sólo el maestro de ceremonias, sino también los cardenales, estaban indignados por la actitud hostil de los bolonienses, y se trataba de mover al Papa a dar muestra de su disgusto; pero León X conservó, por el contrario, el sereno rostro del perfecto diplomático, que, en tales casos, hace, con prudente cálculo, como que nada observa.
Casi al propio tiempo que el Papa, habían llegado a Bolonia, como enviados del monarca francés, Odet de Foix y Luis de Trémouille. Francisco I, que había sido saludado en Parma por Lorenzo de Médici, acompañado de cuatro prelados, y en las fronteras del Estado de la Iglesia por los cardenales Médici y Fieschi, aceleró su viaje, de suerte que ya a 10 de Diciembre llegó al puente del Reno, a 3 millas de distancia de Bolonia. Aquí recibió la visita del cardenal Sanseverino y del maestro de ceremonias Paris de Grassis, con los cuales se acordaron todos los pormenores, así de la entrada como de la entrevista. No sólo creó dificultades la pedantería del maestro de ceremonias, a la que correspondió el Rey con ingenio y agudeza, sino se manifestaba también ya entonces una diversidad de pareceres de más hondo carácter; pues el Papa no quería prolongar la entrevista tanto tiempo como el Rey pretendía [70].
Conforme a los acuerdos tomados, tuvo lugar la entrada del Rey el 11 de Diciembre, entre los repiques de todas las campanas [71]. Francisco I cabalgaba en un brioso corcel, en medio de los legados, y luego de los cardenales Sanseverino y Este; los otros 19 cardenales le saludaron en la puerta de San Felice. El cardenal Riario, como más antiguo, pronunció una breve alocución latina, durante la cual, él y todos los demás descubrieron su cabeza. El vencedor de Marignano respondió, asimismo con la cabeza descubierta, en idioma francés. Ni Francisco I, ni los de su comitiva, traían armas algunas, y el aspecto enérgico y vigoroso del Rey, y todavía a más su hermoso rostro, hicieron muy buena impresión en los italianos, por extremo sensibles para todas las cosas exteriores; mientras, por el contrario, la comitiva del Rey y todo el aparato, fue un desencanto para los numerosos espectadores que habían concurrido [72]. Cuando se acercaba la cabalgata al Palazzo pubblico, donde Francisco I debía vivir con el Papa, no pudo contenerse León X, que no se acercara a una ventana para gozar de aquel extraordinario espectáculo.
Después que el Rey hubo comido con los cardenales Bibbiena, Médici, Sauli y Cibo, se dirigió a ver al Papa, que le aguardaba en la gran sala del piso superior del Palazzo pubblico, rodeado de los cardenales reunidos en consistorio. En aquella sala, adornada con preciosos tapices [73], se habían agolpado tantos curiosos que, al presentarse los franceses, se temió el hundimiento del piso, Había tales apreturas, que el Rey, conducido por el maestro de ceremonias, no pudo llegar sin trabajo hasta el trono de León X. Francisco I descubrió su cabeza, hizo las tres genuflexiones de costumbre, y besó el pie y la mano del Papa, el cual llevaba una tiara cubierta de centelleante pedrería, y un manto todo tejido de oro; León hizo levantar al Rey, y le abrazó, indicándole que se cubriera [74].
Al breve discurso francés de Francisco I, contestó León X de una manera tan amigable como elocuente; y luego se adelantó el canciller Du Prat, para pronunciar el discurso de obediencia [75]. Comenzó con un ampuloso encomio de la familia Médici, tan altamente benemérita de las artes, las ciencias y el Estado, y del más glorioso de sus miembros, el Papa, a quien Dios había confiado la navecilla de Pedro, para que, por en medio de los escollos, la condujera al seguro puerto. Los reyes de Francia, siguió diciendo el canciller, habían sobrepujado en todo tiempo a todos los demás príncipes cristianos, en la veneración de la Santa Sede; y siguiendo sus huellas, Francisco I, contra el parecer de todos los consejeros que pensaban de otra suerte, y atravesando por montes y valles, por bosques y ríos, y por la falange de los suizos, había corrido al Papa, para ofrecer, como hijo primogénito, sus homenajes a su Padre, el Vicario de Cristo, y poner a los pies del mismo todo su poderío. Al pronunciar las palabras de la prestación de obediencia, quiso el Rey descubrirse la cabeza, lo cual no lo consintió, sin embargo, el Papa León X contestó de una manera por extremo hábil y elegante; y siguió la presentación de las personas más distinguidas de la regia comitiva. El Papa condujo después al Rey por la mano fuera de la sala, y se alejó por un instante para quitarse los pesados ornamentos. Luego volvió a Francisco I, que estaba junto a una ventana con algunos cardenales, y tuvo con él una conversación de dos horas. Antes había recordado al Papa el maestro de ceremonias, que no hiciera ademán de llevarse la mano al birrete — como en otro tiempo Alejandro VI con Carlos VIII,—delante de los ojos de la muchedumbre apiñada debajo de las ventanas; porque semejante muestra de respeto, no convenía al Vicario de Cristo, aun tratándose de los más augustos soberanos temporales.
Al día siguiente continuaron el Papa y el Rey sus conferencias; pero no se tuvo conocimiento sino de las exteriores demostraciones. Primero visitó León X al Rey, que le salió al paso en la escalera de Bramante; por la tarde tuvo lugar una larga reunión de ambos, la cual llegó a conocimiento de pocos. Esto mismo se repitió el 13 de
Diciembre [76]. La mañana de este día celebró el Papa en San Petronio, la mayor iglesia de Bolonia, la misa solemne, con toda la pompa que imaginarse puede [77]; las amplias naves del magnífico templo estaban ocupadas hasta el último ángulo, y por fin se hizo necesario cerrar las puertas, para prevenir una desgracia [78]. Francisco I se excedió en atenciones para con el Jefe supremo de la Iglesia, llegando hasta querer llevar la cola del Papa; y habiéndolo éste impedido, repuso el Rey, que servía gozosamente al Vicario de Cristo aun en estas cosas humildes. El monarca francés ofreció también al Papa el agua para lavarse las manos; pero rehusó recibir la sagrada Comunión. Cuarenta personas de su comitiva recibieron el Cuerpo del Señor de manos del Pontífice; y en esta solemnidad ocurrió un incidente notable. Un noble francés exclamó súbitamente en voz alta y en idioma francés, que deseaba confesarse con el Papa, y que, ya que no podía hacerlo en secreto, quería acusarse públicamente de haber peleado contra Julio II con grande acerbidad, y despreciado la excomunión. Como el Rey oyó esto, no tuvo ninguna dificultad en declararse culpable de semejantes pecados, y otros muchos nobles franceses hicieron entonces la propia confesión y pidieron la absolución, que el Papa les concedió desde luego levantando las manos. Francisco dijo después a León X: «Vuestra Santidad no se maraville de que todos éstos aborrecieran a Julio II; pues era nuestro mayor enemigo. En todas nuestras guerras no hemos tenido otro más terrible adversario, pues Julio II era en realidad un excelente general, e incomparablemente mejor para esto que para Papa» [79]. Lo propio que en esta ocasión, se manifestaron impetuosamente en otras, los sentimientos católicos de la comitiva del monarca francés; «casi se han comido a besos los pies del Papa», escribía el embajador imperial [80].
El Papa comunicó enseguida la solemne prestación de obediencia del Rey, a la madre del mismo, y luego también a numerosos príncipes amigos [81]. El 14 de Diciembre conoció el mundo el segundo resultado de la entrevista; pues, en dicho día se celebró un consistorio, en el cual fue nombrado cardenal Adriano Gouffier de Boissy, obispo de Coutances y hermano del almirante Bonnivet. Se dijo que el Rey había procurado inútilmente obtener la misma dignidad para los hermanos de los duques de Borbón y de Vendôme; pero a pesar de esto, Francisco I pareció estar muy contento y con el más alegre humor pasó la velada con el Papa, que le había convidado a comer junto con los duques de Lorena, Vendôme y Borbón. Los acompañantes del Rey comieron en una mesa aparte con los cardenales Médici, Bibbiena y Cibo [82].
Las amigables relaciones del Papa con el Rey fueron selladas todavía, en la mañana del 15 de Diciembre, por el envío de la riquísima cruz de oro adornada con piedras preciosas, de que ya hicimos mención; y el Rey adoró en seguida la partícula de lignum crucis que en ella se contenía. Luego se apresuró a subir a dar gracias al Papa y despedirse de él; y esta última entrevista duró una media hora. Ambos soberanos se extremaron en las mutuas manifestaciones de amistad, y cuando Francisco I se separó del Papa, ya le aguardaban todos los cardenales para acompañarle hasta la Porta San Felice, de la misma manera que lo habían hecho en su entrada. Muchos de la comitiva del Rey permanecieron todavía a en Bolonia, para solicitar del Papa la absolución u otras gracias, que León X les concedió liberalmente [83]. A fines de Diciembre estaba Francisco I de vuelta en Milán, y a principios del nuevo año regresó a Francia, dejando por representante suyo, en la capital de Lombardía, al duque Carlos de Borbón.
León X no se detuvo en Bolonia ni un día más de lo que se había fijado de antemano; a 18 de Diciembre abandonó la poco hospitalaria ciudad, y el 22 del propio mes entró en Florencia, donde su hermano yacía aún gravemente enfermo. León X hizo a su ciudad natal copiosos y muy honrosos presentes, y permaneció allí mucho tiempo [84]; pues, sólo el 28 de Febrero de 1516, llegó de nuevo el Papa, con grande alegría de los romanos y curiales [85], a su capital, donde, por razón de la cuaresma, se celebró su entrada únicamente con fiestas eclesiásticas. La rosa de oro, bendecida la dominica Laetare, se destinó para el monarca francés [86].
Acerca de las negociaciones que mediaron en la entrevista de León X con Francisco I, y los resultados de las mismas, se guardó riguroso silencio; y Paulo Giovio, que trabajaba entonces, favorecido por el Papa, en su historia de la época, confiesa, en una carta escrita en Bolonia el 15 de Diciembre de 1515, que no había podido enterarse de nada [87]. Tampoco en el tiempo posterior se corrió casi nada el velo del secreto; el cual se pudo guardar con tanto mayor facilidad, en cuanto que nada se había tramitado por escrito acerca de los asuntos políticos [88]. Era costumbre de León X ocultar todo lo posible los secretos de Estado, aun a las personas que más inmediatamente le rodeaban; y no estaba ciertamente en los intereses de Francisco I, dar a conocer sus éxitos antes de tiempo; pero cuanto menos se podía averiguar, tanto más alargaba la gente en las conjeturas, muchas de ellas del más extraordinario género [89]. Es, por consiguiente, muy difícil, y en parte imposible, averiguar lo que se trató y lo que se resolvió en Bolonia, y acerca de la mayor parte de los puntos sólo pueden determinarse las consecuencias que tuvo aquella entrevista [90].
Respecto de las relaciones políticas, el vencedor de Marignano, con el convencimiento de su preponderancia, acometió desde luego al Papa en Bolonia con las pretensiones más atrevidas. Ante todo se esforzó por persuadir a León X a que se aliara formalmente con él contra España; pero el Papa, sin rehusar abiertamente esta proposición, pidió tiempo para reflexionar sobre un paso de tan graves consecuencias, haciendo observar, que su alianza con Fernando el Católico le obligaba todavía durante diez y seis meses [91]. Es cosa cierta que también trató el Papa de la necesidad de la unión de los príncipes cristianos contra los turcos; sobre lo cual hizo Francisco I las más espléndidas promesas; como también afirmó, en presencia de los diplomáticos que se hallaban en Bolonia, su inclinación a la paz [92]. En atención a la guerra contra los turcos, obtuvo la facultad de imponer un diezmo, por un año, al clero francés [93]. También otorgó el Papa la intercesión del monarca francés en favor de Jorge Supersaxo, el enemigo del cardenal Schinner. Supersaxo, que en otoño de 1514 había sido encerrado en el Castillo de Sant-Angelo, fue liberado de su prisión [94].
El tratado preliminar de paz, ajustado entre León X y Francisco I en Viterbo, el 3 de Octubre de 1515, fue confirmado en Bolonia; y conforme a él dirigió León X a los suizos, a 28 de Diciembre de 1515, la exhortación de que se guardaran de atacar los dominios de Francia; esto es, a Milán; poco después se enviaron también al nuncio suizo Filonardi, instrucciones para que se acomodara con Francia en los asuntos políticos [95]. A Schinner se le abandonó completamente, bien que éste no se preocupó en absoluto de las exhortaciones del Papa para que no siguiera trabajando contra Francia [96].
A pesar de su «alianza» con Francisco I, no pensaba, por lo demás, León X, en manera alguna, arrojarse por completo en los brazos de Francia; lo cual muestra de un modo claro la misión, acordada a 13 de Diciembre de 1515, de Egidio Canisio al emperador Maximiliano. Egidio debía mover a Maximiliano a hacer paces con Venecia, y declararle que el Papa permanecería fiel a su antigua Liga con él [97]. Una resuelta unión con Francisco I, ya le parecía imposible a León X, por cuanto la paz de Viterbo sellaba la cesión de Parma y Plasencia. No menos dura que este sacrificio, debía parecerle al Papa la promesa de restituir al duque Alfonso de Ferrara, no solamente Reggio [98] sino también Módena, cuando el Duque hubiese reembolsado a la Santa Sede el precio de la compra de Módena y los gastos hechos en ambas ciudades [99]. Si en este punto Francisco I logró en parte su intento, fracasó por el contrario completamente su intercesión en favor del duque de Urbino, que había quebrantado de la manera más grave sus deberes feudales respecto de la Santa Sede [100]. El monarca francés abandonó a este amigo con tanto mayor facilidad, cuanto el Papa le mostró por fin, en otra cuestión mucho más importante, una condescendencia no prevista; es a saber; dándole esperanzas de palabra, para el caso de la muerte, que ocurrió muy pronto, de Fernando el Católico, de otorgarle la investidura de Nápoles [101], al paso que el Rey prometió conceder ciertos favores a los Médici, y se obligó a no entrometerse en los negocios de Toscana [102]. Cuando luego, a 23 de Enero de 1516, murió Fernando el Católico [103], la situación política sufrió tal mudanza, por la expedición militar de Maximiliano al Norte de Italia, que Francisco I no pudo pensar por de pronto en una empresa contra Nápoles [104]; bien que no abandonó, a la verdad, sus designios sobre aquel hermoso país.
Incomparablemente más importantes, y acompañadas de mayores y más duraderas consecuencias, fueron las negociaciones de Bolonia relativas a las cosas eclesiásticas del reino de Francia. Francisco I obtuvo, en primer lugar, la ya mencionada promesa, de que el Papa permitiría una extensa tributación del clero francés; y con arreglo a esto, concedió el Papa, aunque sólo después de algunas dilaciones, la cobranza de un diezmo de cruzada el año 1516, y de nuevo el 1517. Ambos produjeron al vencedor de Marignano, no menos de 400.000 libras [105]. Pero con todo eso, fue de mucha más trascendencia el haberse establecido en Bolonia las principales líneas del famoso Concordato. Al tratar de la acción de León X en los negocios eclesiásticos, hablaremos extensamente de esta importantísima novedad, y daremos nuestro juicio sobre ella. Con el Concordato iba enlazada la supresión de la Pragmática Sanción, por tanto tiempo y con tanta vehemencia combatida por la Santa Sede; así que, aunque no sin grandes y pesados sacrificios, se obtuvo una victoria importante en el concepto eclesiástico, al mismo tiempo que se conjuró una peligrosa tormenta en el terreno político [106].
Notas
[1] Guicciardini XII, 4. Dierauer II, 444 s. Gisi, Anteil 270 y Spont en Rev. d. quest. hist. 1899, II, 66. Noticias de Francia exageraron notablemente el número de los que componían el ejército de Francisco I, v. Tizio7 *Hist. Senen. Cod. G, II, 37, f 340. Bibl. Chigi de Roma.
[2] Cf. Balan, Boschetti I, 91 s. y abajo el capítulo IV.
[3] Cf. la relación de un desconocido dirigida a Lorenzo de' Medici, publicada por Desjardins, H, 706. Cf. Vettori, 308.
[4] Dierauer II, 446 s.
[5] Vettori 306.
[6] Cf. la * Carta de 30 de Julio de 1515 allí nunzii in Spagna. Nunziat. di Germania I, 61. Archivo secreto pontificio.
[7] V. la carta de Fernando a J. de Vich, en Bergenroth, Henry VIII. II, n. 221, y Sanuto XX, 550, 571. Cf. Guicciardini XII, 4.
[8] Archiv für Schweizer Gesch. XVI, 86.
[9] Histor. Zeitschr. XCIII, 164.
[10] Richard 120-122.
[11] Richard 124.
[12] V. el texto de estas cartas muy significativas en Desjardins II, 725 s., 729 s.
[13] Cf. Richard 123.124.
[14] Verdi 13. Nitti 61.
[15] Guicciardini XII, 4. Cf. Richard 131. Sobre Cintio cf. Regest. Leonis n. 2337 s., 3273, 3911.
[16] Richard 131.
[17] Sanuto XX, 574; XXI, 37, 52, 54 s.
[18] Manoscr. Torrig. XXVI, 184. En 8 de Septiembre de 1515, Bald, da Pescia advierte desde Roma a Lorenzo de' Medici, que el papa se ha enojado contra él (Lorenzo), pero que ahora está de nuevo apaciguado: * si che exhorto quanto so et posso V. Ex. al portarsi bene et esergli obediente che tutto il bene suo ha dependere da quella. Archivo público de Florencia, Av. il princ. CIX.
[19] Paris de Grassis en Raynald 1515 n. 18, con el suplemento que se halla en Creighton IV, 276-277 (cf. 206-207). Cf. Delicati-Armellini 241; * Diario de un francés en el Cod. Barb. lat. 3552, f. 24. Biblioteca Vaticana. V. también Sanuto XXI, 68, 74; Spicil. Vat. I, 210; Regest. Leonis X, o. 17764; Roscoe-Bossi V, 182; Brosch VI, 73; Martin 236.
[20] V. Dierauer II, 447.449.
[21] Cf. Dierauer II, 451-455, donde hay una buena colección de noticias numerosas, y en parte contradictorias, sobre la gigantesca batalla, en la cual colección con todo no se ha incluido Prato 343. V. también Rosmini, Trivulzio I, 494 s.; Gisi 185 s.; Mignet, Rivalité I,86 s.; R. Inganni, Origine e vicende della capella espiat. a Zivido, Milano 1887, y Dändliker, Gesch. der Schweiz II, 323 s., donde también hay un mapa del campo de batalla, como asimismo Spont en Rev, de quest. hist. 1899, II, 69 s. Poesías sobre la batalla hállanse en Liliencron III, 170 y n.° 292-294. Cf. Mem. de la Soc. d‘hist. de la Suisse rom. 2. Serie IV, y Flamini, Studi di storia lett. (1895), 227 ss.
[22] V. las relaciones de M. Giorgi en Sanuto XXI, 115, como también la relación del mismo en Alberi II, 3, 43 y Sanuto XXIV, 85 ss. Cf. Jovius, Vita I. 3. Es digno de notarse, que el diario contemporáneo de un francés existente en la Bibl. Barb., v. Mél. d‘ arch. XXII, 280 s., como asimismo el * Diario del holandés Cornelio de Fine (Biblioteca nacional de Paris), nada digan de las fogatas del card. Bibbiena.
[23] Sanuto, XXI, 123, 135, y Albèri, 11,3,43-45. La carta particular de Camilo Orsini, fechada en Plasencia a 17 de Septiembre de 1515 (Sanuto, XXI, 136), debió desvanecer en Roma las últimas dudas acerca de la entera victoria de los franceses.
[24] Richard, 137, considera ce dernier effort de politique belliqueuse como une manoeuvre de diplomatie et le pape n‘avait d‘autre objectif que de masquer sa retraite.
[25] Guicciardini, XII, 5. Cuán poca resistencia podía oponer Módena a un sitio, por causa de la flaqueza de sus muros, se saca de la * carta de Aníbal Rangone a Lorenzo de' Médici, fechada en Módena a 3 de Septiembre de 1515. Archivo público de Florencia. Av. il princ., CVIII.
[26] Carta de 22 de Septiembre de 1515 a Lorenzo de' Médici, existente en el Arch. stor. Ital., 5. Serie VIII, 189. Cf. también Nitti, 67. También Jacobo Salviati estaba enteramente por la paz con Francisco I; v. la * Carta de Fil. Strozzi a Lorenzo de' Médici, fechada en Florencia a 26 de Septiembre de 1515. Archivo público de Florencia, Av. il princ., CVIII.
[27] Madelin, 20.
[28] Carta de Francisco I a Lorenzo de Médici, fechada el 18 de Septiembre de 1515, citada por Madelin, 33.
[29] Guicciardini, XII, 5. Vettori, 313. Cf. Creighton, IV, 213.
[30] Cf. Richard, 140 ss.
[31] Sanuto, XXI, 153; cf. 146.
[32] Guiccardini XII, 5.
[33] Cf. jovius, Vita 1.3. León X, como lo notifica el representante de la duquesa de Bari, in 1 de Octubre de 1515, per non patire scorno de Fiorenza, no quiso que sus florentinos con lo favore di Franza li tagliassero el naso essendo papa. Spicil. Vatic., I, 624.
[34] Guiccardini XII, 5, Vettori, 314.
[35] Bembi spiet. XI, 1, cf. X, 61, Fabronius, 279.
[36] * Stiamo qui in grandissima suspensione di animo se el papa ratificerà li capitoli porta Tricarico e pure starà duro in volere altri ricompensi di Parma e Piacenza escribía Fil. Strozzi in 26 de Septiembre de 1515 a Lorenzo de' Médici. Archivo público de Florencia, Av. il princ., CVIII.
[37] Sanuto, XXI, 206. Madelín 34 s.
[38] Canossa escribía, en 28 de Septiembre de 1515, al gran maestro Arturo Gouffier de Boissy respecto del papa: * Non é hora interamente resoluta dico circa la particularitade de capitoli, ben si risolve S. Sta di voler abrazar el Sor Re per bon figliolo et correre una medesima fortuna con S. Mta. Particol., 153, n. 97. Archivo secreto pontificio.
[39] Sanuto, XXI, 201. En 30 de Septiembre de 1515 escribía León X desde Roma a Ant. Du Prat: * Intelleximus a ven. fratre episcopo Tricaricensi nuntio nostro quanto cum studio huius s. apost. sedis res atque nostras apud cariss. in Christo filium nostrum Franciscum Francorum regem christianiss., iuveris quantamque in nos eandemque sedem observantiam et reverentiam ostenderis. Le alaba por esto, y le encomienda a Canossa, que vuelve a Francisco I. El original se halla en el Archivo nacional de París, L, 357. La impresión de este breve en Bembi, epist. XI, 2, no corresponde al original.
[40] Prato, 347. Grumello, 207. Guicciardini, XII, 5. Sanuto, XXI, 233, 236 ss. Cf. Arch. stor. Lomb., XVII,
416 s.
[41] Paris de Grassis en Raynald, 1515, n. 24. * Diario que se halla en el Cod. Barb. lat. 3552, f. 24. Biblioteca Vaticana.
[42] Dumont, IV, 1, 214-215. Cf. Richard, 142; Roscoe-Henke, II, 258 nota. La minuta original de la * Bula Inter caetera sollicitudinis, fechada en Viterbo a 13 de Octubre de 1515, por la cual León X ratifica la paz, se halla en el Archivo público de Florencia.
[43] El breve a Lascari, fechado en Viterbo a 14 de Octubre de 1515, se halla según el original en Delisle, Cabinet des Ms., I, 151, n. 1.
[44] Verdi, 19. Cf. Reumont-Baschet, 246.
[45] Paris de Grassis en Raynald, 1515, n. 24.
[46] Cf. Lamansky, 45-46.
[47] Jovius, Hist., XV (ed. 1550, 1, 252).
[48] El 19 de Octubre de 1515, Enrique VIII y Fernando de España hacían una confederación (Dumont, IV, 1, 214 s.); al mismo tiempo Pace, como embajador del rey inglés, estaba ocupado con mucha actividad en conseguir un ejército de soldados suizos.
[49] Guicciardini, XII, 6. Sanuto, XXI, 273. Nitti, 72. Madelin, 48. Verdi, 17-18. Desjardins, II, 740, 744. La madre de Lorenzo; Alfonsina, intervino enérgicamente por la elección de Florencia. Archiv. stor. ItaI., 5. Serie VIII, 189.
[50] Cf. Brewer, II, 1216, 1282-1284; Desjardins,II, 740; Bergenroth, II, n. 240; Gebhardt, Adrian von Corneto, 36; Madelin, 49.
[51] Cf. Giorgi en Sanuto, XXIV, 86; Paris de Grassis en Gregorovius, VIII, 191, not. 3, y Carpesanus en Martène-Durand, V, 1306. También Tizio (* Hist. Senen. en el Cod. G., II, 39, f. 30 de la Bibl. Chigi de Roma) dice que León X había ido a Bolonia cum ecclesiae ac sedis apost. dedecore.
[52] V. el breve en Fabronius, 93. Cf. Raynald, 1515, n. 25, y Bembi epist. XI, 9.
[53] Bonnivet había salido de Milán el 18 de Octubre. Desjardins, II, 742. Sobre su llegada a Viterbo da cuenta Paris de Grassis, Diarium. Archivo secreto pontificio. v. apéndice n.° 14.
[54] Cf. Paris de Grassis, Diarium (Archivo secreto pontificio) en el apéndice n.° 15.
[55] Soderini llegó a Roma el 9 de Noviembre, v. el * Diario existente en el Cod. Barb. lat., 3552, f. 24. Biblioteca Vaticana. Cornelio de Fine, en su diario, tributa grandes alabanzas a la destreza en el gobierno y a las demás buenas cualidades de Soderini. Biblioteca nacional de París.
[56] * Paris de Grassis, loc. cit. En este mismo pasaje se trata también del viaje del papa, y antes se hace una digresión sobre la antigua costumbre de llevar consigo delante el Santísimo Sacramento (v. Pagi, Brev. IV, 224). Cf. además Sanuto, XXI, 375 ss. Sobre el recibimiento que se le hizo en Arezzo, v. * Ricordi di storia Aretina, I, 162 s., en la Biblioteca de la Fraternità di S. Maria de Arezzo
[57] Sanuto, XXI, 274.
[58] V. los * Breves a Perusa, fechados el uno Montefalisci a 17 de Octubre de 1515 y el otro Corneti, a 22 de Octubre, existentes en la Bibl. municipal de Perusa.
[59] Desde Cortona, León X, en 18 de Noviembre de 1515, hizo escribir al rey de Francia por medio de Bembo lo siguiente: * Ex dil. fil. Baltassare Stuerdo praeposito Clavasii familiari et cubiculario nostro litteras Mtis tuae Christmae tum consortis ac Aloisiae matris in Gallia regentis simul recepimus quae ipsae litterae et quae cum litteris Baltassar nobis exposuit gratissima et iucundissima fuere atque hoc unum potissimum quia ex pace inter nos initia non solum mater et coniux praedictae verum et, ut idem Baltasar testatur, universa Gallia tantam laetitiam ostenderunt ut nihil supra dici possit. El original se halla en el Archivo nacional de París, L, 357.
[60] Cf. Moreni, Notizie st. del Contorni di Firenze, IV, 132, y Roscoe Bossi, V, 135.
[61] V. De ingressu S. P. Leonis X Florentiam descriptio Paridis de Grassis, ed. D. Moreni, Florentiae, 1793; Landucci, 352 s.; Vasari, V, 24 s., 341; VI, 141, 255. Sobre el viaje y entrada cf. también * Ordine dell‘entrata che fece P. Lione nella città di Firenze en C. Strozz., 239 (ahora 234) f. 1 (Archivo público de Florencia); Tizio, * Hist. Senen. en el Cod. G., II, 38, de la Bibl. Chigi; G. Ughi, Cronica di Firenze en el. Arch. stor. Ital., App. VII, 131; Cornelius de Fine,
* Diario (como testigo ocular), existente en la Bibl. nacional de París; Sanuto, XXI, 313, 344, 373 s., 391; Moreni, S. Lorenzo, I, 178; Reumont, Andrea del Sarto, 66 s.; Frantz, Fra Bartolomeo, 170, 177; D‘Ancona, Origini, II, 84 s.; Clausse, I, 321 ss.; Müntz, Hist., II, 219 s.; Madelin, 50. Vasari más tarde perpetuó por medio de un cuadro en el Palazzo Vecchio la entrada de León X en su ciudad natal.
[62] Esta comparación la hace Joanninensis (Penthatheucus, 102b), quien declara que nunca aún se ha visto cosa más hermosa y espléndida.
[63] Paris de Grassis, * Diarium, loc. cit., en el extracto que se halla en Delicati-Armellini, 26.
[64] * Papa re cum cardinalibus discussa statuit ei donare non pacem, quia nullam in promptu tunc haberet, sed unam crucem ex auro purissimo, quam habuerat ex thesauro Iulii quaeque fuerat olim cardinalis Ascanii et huic cruci fecit inseri etiam aliquos lapides preciosos, qui omnes in totum cum cruce valebant in circa 15 m duc. et sic misit illa hora ad urbem pro cruce et postea eam donavit regi ex Bononia discessuro ut infra dicetur. Paris de Grassis, loc. cjt. Bibl. Rossiana de Viena. V. también Bembi, epist. XI, 11.
[65] Sanuto XXI, 375; Fabronius 94-95. De Roma fueron enviados dos médicos judíos a Florencia para asistir A Julián, cuya convalecencia por el otoño (cf. la * carta de Fil. Strozzi a Lorenzo, fechada en Florencia a 26 de Sept. de 1515, y la * Relación de Juan Bautista Boncorti a Lorenzo, fechada en Florencia a 7 de Oct. de 1515. Archivo público de Florencia, Av. il princ. CVIII y CIX) había sido aparente; v. Tizio, * Hist. Senen. en el Cod. G. II, 37, f. 341 de la Bibl. Chigi de Roma. La poesía de Marcelo Adriani Virgilio sobre la visita que hizo León X al sepulcro de Lorenzo, se halla publicada en Roscoe-Bossi V, 141.
[66] El 2 de Diciembre de 1515 se publicó la invitación al duque Carlos de Saboya para asistir a la junta del papa con el rey en Bolonia. * Breve fechado en Florencia a 2 de Diciembre 1515. Archivo público de Florencia. Mazzo 19, n. 20.
[67] Paris de Grassis, Diarium (Bibl. Rossiana de Viena): * Die lunae 3 Dec. papa recessit ex Florentia versus Bononiam, ad quam die veneris applicant, sed non ingressus est, quia in domo cruciferorum suburbana pernoctavit et die sabbati octava post prandium intravit, sed satis ruditer et inordinatissime; nam cum ego per biduum ant triduum ante illuc appulissem ordinassemque omnia pro receptione digna pontificis, nullus tamen ordo nec paratus necc ostentatio laetitiae aut signa saltem apparentia facta fuerunt propter quae ostenderunt cives se recepturos esse libenter pontificem, quinimo omnia signa in contrarium apparuerunt et forte creditum est, quod propter Bentivolos haec omnia contigerint, nam cum una pars Bononiensium vellent habere Bentivolos et papa tunc non introduceret ut obtulerit propterea erant male contenti; altera pars ex adverso intelligens quod papa volebat eos omnino intromittere erant pessime contenti et sic neutra pars erat contenta de hoc pontificis adventu. Lo que sigue está publicado en Madelin 51-52. Sobre Bolonia y León X en el año 1513, v. Regest. Leonis X, n. 3313, 3855. Cf. Sanuto XXI, 371, 391. Alejo Gabbioneta da también una descripción de la entrada del papa (circa le XXI hore), en dos * Cartas, ambas fechadas en Bolonia a 8 de Diciembre de 1515. En la segunda, habla el mismo con indignación de esta entrada brutta et infame: et questo è proceduto per la fredezza di questi Bolognesi. Li archi et altri ornamenti erano brutissimi et il più bello spectaculo è stato quello delle donne, quale credo siano le più brute del mondo. Archivo Gonzaga de Mantua.
[68] Tizio, * Hist. Senen. en el Cod. G. II, 38 de la Bibl. Chigi de Roma. Fabronius, 95. V. también la * Carta de Gabbioneta de 10 de Diciembre de 1515, citada en la not. 2.
[69] * Lo applauso ch‘ha fatto questo populo per la restitutione di Bentivolii in casa con gridar Sega, Sega ha molto nociuto a questi poveri signori Bentivolii perchè pare che la sia diferita. * Carta de Gabbioneta, fechada en Bolonia a 10 de Diciembre de 1515. En 15 de Dic. participa el mismo: * Quello cridar Sega, Sega è stata la ruina di Bentivolii. Archivo Gonzaga de Mantua.
[70] V. Paris de Grassi., Diarium, loc. cit. Madelin 52-58, 66, donde, sin embargo, en vez de 5, hay que leer 8 de Diciembre
[71] Para lo que sigue, además de Paris de Grassis, editado por Raynald 1515, n. 29 s. y Fabronius 280 s., cf. especialmente las relaciones publicadas por Sanuto XXI, 378 s., 380 s., 392 s. La relación del embajador imperial se halla en Le Glay II, 85. Tizio, * Hist. Senen., en el Cnd. G II. 28 de la Biblioteca Chigi de Roma. * Relación de Stazio Gadio, fechada en Bolonia a 11 de Diciembre de 1515, en el Archivo Gonzaga de Mantua. Barillon I, 166 s.; Madelin 59-65.
[72] * Relación de Gabbioneta, fechada en Bolonia el 12 de Diciembre de 1515. Archivo Gonzaga de Mantua. Cf, Le Glay II, 90
[73] * Era aparata tuta la sala grande del palatio di tapezarie, dove era tuta la passion di N. Sre Dio, bellissima cosa. * Relación de Grossino, fechada en Bolonia el 11 de Diciembre de 1515. Archivo Gonzaga de Mantua.
[74] * Lo qual lo abracciò et tenne alquanto il volto suo presso quel del Re accarezandolo molto teneramente et fattolo coprire parlò seco un pocho. * Relación de Stazio Gadio, fechada en Bolonia el 11 de Diciembre de 1515. Archivo Gonzaga de Mantua
[75] Editado por Roscoe-Bossi VI, 296-302 (Roscoe-Henke II, 466-470).
[76] V. la relación del embajador Imperial en Le Glay II, 87 y Sanuto XXI, 377, 380, 388.
[77] * Con tutta la pompa che sia stato possibile a usar, dice Grossino en su descripción, fechada en Bolonia a 13 de Diciembre de 1515. A pesar de todas las precauciones de Paris de Grassis, llegó a haber altercados entre italianos y franceses, según dice Grossino. Sobre la fiesta v. también la * Relación de Gabbioneta de 14 de Diciembre de 1515 en el Archivo Gonzaga de Mantua
[78] Papa dixit dum exvehretur quod non credebat in uno loco tantum populum esse hoc tempore sicut nunc Bononiae et in veritate sic fuit, nam si non fecissemus claudi portas ecclesiae s. Petronii, ut non plures populani intrarent, timendum erat de suffocatione multorum et etiam sic vix sustinere potuerunt pressuram. Paris de Grassis, Diarium. Bibl. Rossiana de Viena.
[79] Paris de Grassis en Raynald 1515 n. 32-33. Cf. Madelin, 72.
[80] V. Le Glay II, 89. Alejandro Gabbioneta escribía a Mantua el 12 de Diciembre de 1515: * Non potria dir alla Ex. V. la furia de Francesi di voler basar el piede al papa. Archivo Gonzaga de Mantua.
[81] V. Bembi epist. XI, 12, 47; Sadoleti ep. 40; Brewer II, 1, n. 1282; * Breve a Francisco Gonzaga, fechado en Bolonia el 14 de Diciembre de 1515, existente en el Archivo Gonzaga de Mantua.
[82] Paris de Grassis, Diarium, v. Raynald 1515, n. 35 (cf. Notic. des Ms. du Roi II, 585). Le Glay II 87-88. Sanuto XXI 395-396. Cardella IV, 12. Ciaconius III, 344 s. A. Gabbioneta, en un P. S. de su carta de 15 de Diciembre de 1515, participa lo siguiente: * Heri sera la Mta del Rè andò di sopra a cenar con la Sta di N. S. et con quella usò di grande humilità stando con lei in grandissima allegria. Archivo Gonzaga de Mantua.
[83] Paris de Grassis loc. cit. Cf. Fabronius 284 y Delicati-Armellini 27. V. también Sanuto XXI, 395.
[84] Landucci 360 362. Frantz, Fra Bartolomeo 182. Cf. también Richa VI, 112, 241; Moreni, S. Lorenzo I, 186, 190; Sadoleti epist. 65; Sanuto XXI, 441, 509; Paris de Grassis, ed. Delicati-Armellini 28 (die sabb. 25 Dec.; aquí hay que corregir 25 por 22).
[85] Sanuto XXII, 18. Cornelius de Fine, * Diario existente en la Biblioteca nacional de Paris.
[86] Paris de Grassis, * Diarium XII, 23 en el Archivo secreto pontificio y Bibl. Rossiana. EL extracto publicado por Delicati-Armellini, 29, es defectuoso.
[87] La carta de Giovio está en Sanuto XXI, 393.
[88] Tra il Papa e il Re non è intervenuto scrittura alcuna. Sanuto XXI, 396. Cf. M. Giorgi en Albèri II, 3, 45 y Guicciardini XII, 9. Tampoco más tarde se hizo ninguna ratificación de los negocios que entre si secretamente arreglaron. V. Balan V, 511.
[89] Cf. * Tizio, Hist Senen. en el Cod. G II, 38 de la Biblioteca Chigi de Roma, y el * Diario de Cornelius de Fine, quien escribe: Rex vero a s. pontifice in hac conventione magnis honestatur honoribus et ut ferebatur pontif. summus promiserat regi Gallo ut rebus suis faveret et pro posse eum ad culmen romani imperii senescente iam Maxo Caesare eveheret et ne interim imperiali titulo careret rumor fuit quod eum in imperatorem Constantinopoli creasset cum hoc tamen pacto quod dictum imperium sua virtute et industria aggrederetur cuius rei postea Romae vidi pluribus in locis efficacissimum argumentum cum viderem in quibusdam Gallorum stolidorum domorum frontispiciis d