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Ludwig von Pastor
CAPÍTULO II: |
Los italianos se apegan con ardiente amor a su patria y a su familia; y este rasgo de carácter, en si hermoso y noble, pero para tantos papas fatal, fue propio de León X en grado tan extraordinario, que la historia de Florencia y la de los Médici se presentan, durante todo el tiempo de su reinado, estrechamente unidas con la de Roma [1].
De los numerosos parientes del nuevo Papa, se dirigieron a la Ciudad Eterna, luego después de la terminación del conclave, su primo Julio y su hermano Juliano [2]. Este último era el hijo menor de Lorenzo el Magnífico, nacido en 1479, y debía ascender a los honores mundanos. Asimismo Lorenzo, hijo de Pedro, hermano mayor de León X, estaba destinado a una carrera seglar. Por de pronto, se concedió a entrambos el patriciado romano, con espléndidas fiestas celebradas en el Capitolio, a 13 de Septiembre de 1513 [3]. Para la dirección de los negocios en Florencia, no parecía Juliano poseer las cualidades suficientes, pues era débil, aun de cuerpo; por lo cual, León X determinó que permaneciera en Roma, con el honroso título de General de la Iglesia. El difícil cometido de gobernar la República florentina, conforme a las Órdenes del Papa, se dio a Lorenzo, el cual, aunque no tenía más de 21 años, representaba la primogenitura de la familia; y así, el 10 de Agosto de 1513, se partió de Roma a Florencia [4].
La forma de gobierno se dispuso en Florencia, en lo substancial, como había estado en tiempo de Lorenzo el Magnífico. Dos Asambleas consultivas debían dirigirlo todo: una de ellas constaba de 70 miembros elegidos de por vida, y la otra de 100 miembros que se iban mudando cada seis meses. El Consejo de los Cien, en el cual podían presentarse todos los que ya habían sido gonfalonieros, era el único que tenia el derecho de aprobar contribuciones pecuniarias y tributos. En ambas corporaciones poseían una completa preponderancia los partidarios de los Médici; por lo cual, no fue necesario, al principio, conceder a Lorenzo una posición especial sobre los demás ciudadanos; pues las miradas de todos estaban, sin esto, dirigidas al palacio del nepote, en la Vía Larga. Julio de Médici le aconsejó que procurara ganarse amigos con la afabilidad y una hospitalidad prudentemente calculada [5]. La Independencia de Florencia era de pura forma; pues, de hecho, dominaba allí la Casa de Médici; para entender lo cual, es muy significativo, que ya en Septiembre de 1513 se convirtió la fiesta de los Santos Cosme y Damián protectores de los Médici, en un público día festivo [6]. El día de San Juan de 1514, solemnizó Lorenzo el regreso de su familia a la Ciudad del Arno, con fiestas en extremo brillantes, a las que asistieron de incógnito los cardenales Cibo, Este, Aragona, Cornaro, Bibbiena y Sauli. En Mayo del siguiente año, obtuvo también el nepote pontificio, siendo elegido Capitano de las milicias florentinas, una posición eminente en lo exterior [7]. Por lo demás, en último término, el gobierno de los florentinos dependía enteramente de Roma [8].
Arzobispo de Florencia fue nombrado, ya el 9 de Mayo de 1513, el primo del Papa, Julio de Médici, que hasta entonces había vivido a mayoría del tiempo en Lombardía, como poseedor del priorato de San Juan de Capua. La opinión pública consideraba a Julio de Médici, que había nacido el 26 de Mayo de 1478, después del asesinato de su padre Juliano en la conjuración de los Pazzi, como manchado con la nota de un nacimiento ilegítimo; de este impedimento se le concedió ahora dispensa [9]; mas cuando en otoño se trató de nombrarle cardenal, se probó por medio de testigos, que entre su padre y su madre Floreta, había existido en secreto un matrimonio válido, acerca de lo cual se extendió un particular instrumento [10]. Sobre esto, el 23 de Septiembre de 1513, se concedió a aquel joven de 35 años, el ardientemente deseado cardenalato [11]; y como iglesia titular, se le señaló á Santa María in Domnica, que había sido la de León X antes de su elección [12].
En la misma primera creación [13] de cardenales, recibieron además el rojo capelo otros tres varones íntimamente relacionados con el nuevo Papa: Inocencio Cibo, Lorenzo Pucci, y Bernardo Bibbiena [14].
Inocencio Cibo era hijo mayor de Franceschetto Cibo y de Magdalena de Médici, hermana de León X, nacido en 1491; y fuera de este parentesco, no podía exhibir otro particular merecimiento o cualidad eximia. En su nombramiento, se dice que el Papa, aludiendo a su propia elevación por el abuelo de Inocencio, dijo: «lo que de un Inocencio recibí, lo restituyo a otro Inocencio»; mas a la verdad, no quedaba justificada con esto la recepción de un joven de sólo 22 años en el Senado de la Iglesia. Cibo hizo de sus ricos beneficios un uso harto mundano, y se entregó a una vida licenciosa [15]; por lo cual su elevación no merece sino vituperio.
Lorenzo Pucci, cuyos hermosos rasgos refleja su magnifico retrato de mano del maestro Sebastián del Piombo (actualmente en el Museo palatino de Viena), no sólo procedía de una familia en alto grado benemérita de los Médici, sino había también dado, ya en tiempo de Julio II, prueba de su habilidad y buenas dotes. Además, Pucci, que había sido durante algún tiempo profesor de Derecho en Pisa, poseía conocimientos fundamentales de Derecho Canónico y Teología; pero, por desgracia, obscurecía estas eminentes cualidades con una vergonzosa codicia de dinero, la cual procuró saciar principalmente explotando sin conciencia las indulgencias [16]. Sólo hay que reconocer que Pucci no ahorraba nada cuando se trataba del fomento de las artes. Así hizo el cardenal pintar su capilla en Trinità de' Monti por Perino del Vaga [17].
También estuvo en íntimas relaciones con Rafael, y procuró por medio de su sobrino Antonio, la ejecución del cuadro de Santa Cecilia [18]. Asimismo Miguel Ángel trabajó para el cardenal de los Cuatro Coronados, como se llamaba a Pucci por su iglesia titular; y cuando llama al maestro «fiel como un hermano» [19], estas relaciones atestiguan en todo caso la grandeza de ánimo del cardenal.
También el último de los que fueron adornados con la púrpura a 23 de Septiembre, era indudablemente un hombre de grandes dotes intelectuales; pero de tan mundano espíritu, que su elevación merece asimismo vituperio. Bernardo Dovici, llamado generalmente Bibbiena, por el lugar de su nacimiento, pequeña aldea en el Casentino superior, estuvo desde su temprana edad en íntimas relaciones con los Médici. En Florencia había dirigido los estudios del joven Juan, y luego venido a ser su secretario privado; habíale acompañado al destierro, defendido sus intereses cerca de Julio II, y merecido muy bien como conclavista suyo durante las negociaciones para la elección [20]. Como recompensa, obtuvo primero el empleo de Tesorero General y luego la púrpura. Pero no tenía absolutamente condiciones para tal dignidad, pues era un genuino vividor, que a par de los placeres literarios y artísticos, no despreciaba otros más groseros deleites. Por sus leales servicios, su bien cortada pluma, su ardiente interés por la literatura y el arte, su perpetuo buen humor y rebosante gozo de la vida, era extraordinariamente apreciado por León X, y supo hacerse indispensable como ordenador de las festividades [21]. En los negocios políticos fue el principal y más influyente consejero del Papa, en los primeros tiempos de León X, y adoptó entonces una tendencia enérgicamente hostil a los franceses y contraria Juliano; y en parte nacieron de este contraste, las grandes vacilaciones de la política pontificia.
El influjo político que ejercía Bibbiena, se manifestó por las importantes mudanzas que se realizaron en tiempo de León X en la secretaría pontificia [22]. Inocencio VIII, en su nueva ordenación de esta oficina, había puesto al frente de ella un Segretario doméstico, llamado también secreto o íntimo, que casi desempeñaba el papel de un Secretario de Estado. Señalósele habitación en el Vaticano, y a todas horas tenía libre entrada al Papa, y era el único que se enteraba de todos los secretos de su Señor; a él se dirigían las relaciones de los nuncios, las cuales contestaba conforme a las instrucciones oralmente recibidas del Papa. Es fácil comprender que esta situación extraordinaria excitó muy pronto la envidia de los demás secretarios; y dio también lugar a abusos. Para poner fin a las quejas que sobre esto se habían suscitado, nombró León X especiales secretarios para los breves secretos [23]. Todavía perdió luego más de su anterior elevación la posición del Segretario íntimo que en tiempo de León X obtuvo Pedro Ardinghello, por haberse interpuesto entre él y el Papa, como director de los negocios, un cardenal [24]. Al principio fue éste Bibbiena, y más adelante Julio de Médici, Que éste fuera ya entonces el brazo derecho del Papa, es falso; por el contrario, el cardenal Médici tuvo que pasar, por mucho tiempo, porque el Papa tratara con entera independencia una gran parte de los negocios de mayor interés con el cardenal Bibbiena [25]. Esta situación de las cosas se había ido desenvolviendo de una manera enteramente natural, Bibbiena había sido secretario particular del cardenal Juan de Médici, y en los primeros años de León X, aun después de haber sido nombrado cardenal, siguió siendo en muchos negocios el secretario íntimo de Su Santidad. Al paso que, por la dignidad de su púrpura, tenía sobre Ardhingello, que era más bien secretario particular de los Médici, una ventaja que apenas puede bastantemente ponderare; por la gracia del Papa desempeñó en muchos negocios y durante mucho tiempo (ciertamente hasta el otoño de 1515), un papel mucho más importante que el cardenal de Médici. Hasta los años de 1516 a 1517 no ascendió este último al carácter de primer consejero del Papa [26]; lo cual había sido antes Bibbiena en tal grado, que muchos secretos de Estado le fueron confiados a él solo, con exclusión del cardenal Julio [27]. «Bibbiena lo puede todo con León X», anunciaba un veneciano inmediatamente después de la elección [28]. También por los años de 1514-1515 le designan los diplomáticos precisamente como el alter ego del Papa [29].
Bibbiena era en la gran diplomacia no más que un novato, de suerte que muchas veces tuvo apuros para averiguarse con ella, y no dificultaron poco su posición las aspiraciones de los partidarios y amigos de los Médici. En tropas habían acudido éstos a Roma, donde a poco representaron un importante papel, y en las muestras de favor que concedía León X a su familia, veían sólo los principios de otras cosas mucho mayores. Alimentaban las más exageradas esperanzas, y creían seguramente, que así Juliano como Lorenzo, serían pronto elevados al rango de príncipes y dotados de reinos independientes al norte y sur de los Estados de la Iglesia; y estaba a la mano que, en tales mudanzas, los partidarios de la afortunada Casa recibirían copiosamente honrosos y productivos empleos. Es de importancia hacer notar, que estos planes excesivos de ensalzamiento de la Casa de Médici, no fueron iniciados por León X, ni siquiera por Juliano o Lorenzo, sino por los partidarios de la familia. Jacobo Nardi refiere expresamente, que los cortesanos de los Médici eran los que, ya en los primeros meses que siguieron a la elección, hablaban en el palacio de los Orsini, en Monte Giordano, de que Juliano sería rey de Nápoles, y Lorenzo, duque de Milán [30]. La prosecución de semejantes planes habría de producir las más perniciosas complicaciones; pero todo dependía de la actitud que tomara respecto de ellos León X.
Los contemporáneos han supuesto, casi sin excepción, que el Papa se dejó guiar en su acción política únicamente por respetos a su familia; pero recientemente se ha defendido con buen éxito la opinión contraria. Puede ser que la verdad esté en el medio. Más o menos fuertemente influida por miras de familia, lo estuvo indudablemente la política de León X; pero, por cuanto puede formarse juicio, conforme a las fuentes históricas de que disponemos hasta ahora, le movieron en primer término, no tan eficazmente los intereses privados, cuanto otros más altos y generales puntos de vista: de una parte la política tradicional de los papas de no permitir que Milán y Nápoles vinieran a poder de un mismo príncipe; y luego la seguridad y engrandecimiento del Estado de la Iglesia. También fueron indudablemente de muy grande influjo los motivos nacionales, cual se compendiaban bajo la fórmula de «la libertad de Italia». Naturalmente se asociaron también de ordinario a éstos los intereses de familia [31]. Cuáles entre todos esos diversos motivos hayan sido los más fuertes en el espíritu del Papa, no puede determinarse con seguridad por lo que se saca de los documentos hasta ahora conocidos. Acerca de estos fenómenos de la vida íntima del alma, parece imponerse la más extremada reserva, hasta tanto que se presenten los más claros e indubitables testimonios.
Para una política puramente nepotística, cual la que había seguido principalmente Alejandro VI, se necesitaban ante todo las condiciones requeridas en los mismos nepotes, las cuales faltaban principalmente en Juliano y, aunque no en tanto grado, también en Lorenzo de Médici. Ambos príncipes, muy nombrados durante algún tiempo, continúan viviendo en la memoria del mundo con la figura ideal que les comunicó el genio de Miguel Ángel en las estatuas de los sepulcros de los Médici [32] ; pero en la realidad, no fueron personas de grandes cualidades. El hermano de León X, Juliano, que tenía a esta sazón 34 años de edad, era por naturaleza bondadoso, benigno y débil, algo triste y supersticioso, y con todo eso, de buen ingenio y exquisita formación. Como todos los Médici, se mostró amigo de los literatos y artistas, estuvo en estrechas relaciones con Castiglione y Bembo [33]; Rafael pintó su retrato [34], y también tuvo relaciones con Fra Giocondo y Leonardo de Vinci. Pero en Juliano se veían asimismo los lados sombríos de su familia: una pródiga liberalidad, desmedida afición al lujo, pasión grande por los placeres [35] y disolución moral. Los excesos habían agotado su cuerpo, de suyo débil, y habían menoscabado notablemente en su ánimo la ambición y la energía. Un hombre a quien frecuentemente, aun el conceder audiencia, le parecía un esfuerzo demasiado grande, y que anhelaba ante todo por una vida tranquila, agradable y no turbada, no era propósito para grandes aspiraciones políticas [36].
De muy diferente índole era el joven Lorenzo. De hermosa figura [37], atrevido jinete infatigable cazador, buen amo de casa y, sin embargo, liberal y hábil diplomático, pareció a muchos de los contemporáneos poseer todas las cualidades necesarias para poder representar, como nepote del Papa, un gran papel político; pero para obtener una corona, se requería incomparablemente más: firmeza, energía de voluntad, resolución, intrepidez, y, sobre todo, pericia militar; de todo lo cual parece haber tenido poco Lorenzo. Sus fines eran más mesurados, en cuanto se puede colegir con certeza: una mujer rica, un Estado pequeño, seguro y productivo; al principio no iban sus aspiraciones más allá. Otros deseos más altos no nacieron de su temperamento, sino fueron encendidos en él por las continuas excitaciones de su madre Alfonsina Orsini. Esta ambiciosa mujer, dotada de grandes cualidades, ardía en deseos de ver en la cabeza de su hijo una brillante corona, y meditaba los más sublimes planes, en los cuales, generalmente, no entraba Lorenzo sino con resistencia [38].
Así, es indudable que no nació de Lorenzo, sino de su madre, la idea de obtener el principado de Piombino, echando de él a los Appiani; plan que destruyó, sin embargo, la decidida resistencia de León X [39]. A Florencia no se dirigió Lorenzo sin repugnancia, en Agosto de 1513, pues hubiera preferido establecer su permanente residencia en la brillante Roma, que tantos placeres le ofrecía [40].
León X conocía muy bien a sus nepotes, en los cuales se manifestaba ya la decadencia de la familia Médici. Después de haber otorgado la Capitanía de las tropas pontificias a juliano, y la de las florentinas a Lorenzo, dijo el Papa a Juan da Poppi: «He nombrado dos capitanes que no tienen experiencia ninguna; si se les ofrece alguna grave incumbencia, no sé hasta qué punto estarán a su altura» [41] .
Así Juliano como Lorenzo, pudieron algunas veces someterse a los encumbrados y soñadores planes de los ambiciosos florentinos [42]; pero, para realizarlos, les faltaban las necesarias cualidades morales y bélicas. Tampoco se puede sacar con certidumbre, de las fuentes que conocemos, que la política de León X se inspirara en primer término en la realización de semejantes proyectos; mas con todo, el rumor de que se pensaba proporcionar a Juliano la corona de Nápoles, fue extendiéndose cada ves más, de suerte que llegó también a la corte de Fernando el Católico, el cual creyó en seguida que la ambición de los Médici, aliados con Francia, amenazaban su posición en Italia [43].
León X se apresuró a manifestarle, que aquel rumor era totalmente infundado. Nunca, afirmaba el Papa, había existido semejante plan, y no se debía imaginar de él, que quisiera enemistarse al mismo tiempo con Francia, España y el Emperador. Tampoco bastaban palabras para conquistar un Reino; por el contrario, todos sus conatos se dirigían al restablecimiento de la paz general y especialmente de Italia [44]. Fernando no dio crédito a las seguridades del Papa; pues, lo mismo él que el Emperador, estaban llenos de profunda desconfianza contra León X desde la reconciliación eclesiástica con Francia. Esta desconfianza era hasta cierto punto justificada; porque, de hecho, la política de León X, desde Diciembre de 1513 hasta Julio de 1514, parecía inclinarse en favor de Francia [45].
Esta mudanza tenía a conección con un cambio que se preparaba en el estado de cosas de Europa. Luis XII, después de haberse reconciliado con Roma en los asuntos religiosos, había hecho desesperados esfuerzos para atraer también a sí a España; y a este fin, mientras por efecto del invierno y otras circunstancias, estuvo paralizada la guerra, hizo proponer al rey Don Fernando, en Diciembre de 1513, los más seductores ofrecimientos. A trueque de obtener una alianza, ofrecía, para uno de los dos nietos de Fernando, la mano de su hija Renata, la cual recibiría como dotes Milán y Génova, y la renuncia de los franceses al reino de Nápoles [46]; pero no se llegó a ajustar un tratado conforme a estas proposiciones, sino sólo se concluyó, el 13 de Marzo de 1514, una tregua entre España y Francia; que debía durar un año [47].
El Papa se quedó petrificado de espanto a la noticia de este rumbo que tomaban las cosas. Sus más afanosos conatos debían dirigirse a estorbar que Francia o España alcanzaran la supremacía en Italia; y, por el mencionado proyecto de enlace, se levantaba ahora ante los ojos de León X, el terrible espectro de la supremacía española [48]. Como italiano y como Papa, sentíase gravemente amenazado.
Como italiano estaba penetrado el Papa, como los más de sus paisanos, de la idea, que ninguna Potencia, ya fuera extranjera o indígena, debía alcanzar tan gran poder en la península Italiana, que rompiera el equilibrio de las fuerzas, y lo que se designaba por la «libertad de Italia». Como Papa, persistía León X en la política de Roma, tradicional desde Inocencio III, de protejer la independencia temporal y espiritual de la Santa Sede, procurando que ningún príncipe alcanzara juntamente las coronas de Nápoles y de Milán [49].
Al propio tiempo, apenas es posible dudar que haya influido en la política de León X, el designio de aprovechar, en beneficio de los suyos, la rivalidad entre España y Francia; pero se hace injuria al Papa Médici al suponer que obró solamente movido por nepotismo. El motivo decisivo de la tan frecuentemente variable política de León X, se ha de buscar, según toda apariencia, en su solicitud por la independencia del Estado de la Iglesia y de la Santa Sede, y en la conservación de la llamada «libertad de Italia». Los escritos confidenciales que se enviaron a los nuncios pontificios, muestran que el principal fundamento de la resistencia opuesta por León X al plan del enlace franco-español, era el muy razonable temor de que la ya poderosa España, una vez en posesión de Nápoles, Milán y Génova, y de una parte del distrito veneciano, esclavizara a los demás príncipes italianos, el Estado de la Iglesia y a la misma Sede Apostólica [50].
Con pleno conocimiento de este peligro, venció León X su irresolución natural, y recogió sus fuerzas para proceder rápida y decididamente [51]. La diplomacia pontificia se movía con febril actividad. A Suiza y Francia se enviaron las más apremiantes instrucciones para que se trabajara en contra del por extremo peligroso proyecto de matrimonio. Al Nuncio en Suiza, Goro Ghersio, se escribió a 4 de Marzo de 1514, que la noche anterior había llegado Roma la resolución de Luis XII de antes perder el trono y la vida, que renunciar a Milán. Esta resolución nacía de las negociaciones de matrimonio del monarca francés con España y el Emperador; el Papa consideraba aquel proyecto de enlace como el mayor peligro; y como su origen procedía principalmente del temor que Luis XII tenía a los suizos, deseaba León X que éstos le propusieran condiciones algo menos duras, para hacer posible una paz con Francia; la cual sería mejor, en cualesquiera circunstancias, que la realización de aquella alianza de familia, que amenazaría toda Europa [52]. Al embajador florentino Roberto Acciaiuoli, se le dio el encargo de influir inmediatamente en el monarca francés: debía representar a Luis XII, que aquel proyecto de enlace era un acto de desesperación, que tendría por efecto la ruina de Francia, sino desde luego, pero seguramente más tarde [53].
El miedo de la preponderancia española movió á León X a inclinarse resueltamente hacia Francia. Ya a 18 de Abril de 1514, anuncia el embajador florentino en Roma que el Papa, que antes apenas quería dar oídos al representante de Luis XII, trata ahora con él con mucha frecuencia. También se refleja la influencia de esto en las relaciones con los suizos [54], y en el tiempo siguiente aumentó todavía más la animosidad del Papa, que se creía traicionado por Fernando el Católico. Como es fácil comprender, también influía esto de rechazo en las relaciones con Maximiliano.
Lo experimentó principalmente el representante del Emperador cardenal Lang; el cual debía intervenir para la reconciliación de Maximiliano con Venecia. Las negociaciones sobre este punto se prolongaban durante meses enteros; y los representantes del Emperador se lamentaban amargamente por estas dilaciones y vacilaciones, provocadas por la irresolución del Papa, artificiosamente fomentada por Francia. Cuanto más tiempo pasaba, tanto más reconocían sin embargo la buena voluntad de León X. A 4 de Marzo de 1514 se formó, por fin, un compromiso que no llegó, sin embargo, a ejecución, por efecto de la resistencia de los venecianos [55]. También bajo otro aspecto quedó la misión de Lang sin satisfactorio resultado. El avariento y ambicioso Lang, no contento con las muchas prebendas que precisamente entonces había conseguido [56], se esforzaba afanosamente por alcanzar la distinguida y productiva posición de Legado perpetuo para Alemania; mas la experiencia que se había hecho en Roma con la concesión de semejante dignidad al cardenal francés Amboise, no era nada a propósito para inclinar a conceder una cosa semejante en Alemania; pues tales Legados estaban más dependientes de su soberano temporal que del Papa. No menos gravemente pesó en la balanza la sensible disminución de los ingresos de la Curia, que habrían de seguirse de una concesión semejante. Pero como el mismo Emperador intervino en favor del deseo de su representante, por medio de un apremiante escrito, parecióle prudente a León X no oponer una resistencia abierta. En un consistorio de 10 de Mayo, declaró querer conceder el otorgamiento de la Legación alemana a Lang, lo menos por seis meses; pero los cardenales, que habían sido enterados de antemano por el Papa, de los inconvenientes de semejante concesión, la rehusaron aun con estas limitaciones. Lang tuvo todavía después una audiencia de despedida, en la cual empleó contra el Papa «gruesas palabras». A 11 de Mayo se marchó, hondamente disgustado, a Loreto [57], donde estaban entonces Bibbiena y Bembo [58].
Luis XII procuró fomentar la buena disposición de León X, asegurándole que ofrecería su hacienda y vida para la defensa de la Iglesia [59]. Ludovico di Canosa [60], enviado en Mayo a Francia e Inglaterra con una misión que al principio se mantuvo cuidadosamente secreta, podía estar cierto de obtener muy buen recibimiento [61]; su primer cometido era reconciliar a Luis XII y Enrique VIII [62], para librar con esto a Francia de la necesidad de apoyar en Italia las pretensiones de los españoles.
Acerca de los sentimientos hostiles a España, que se manifestaron frecuentemente en Roma en los meses de Mayo y Junio, se conservan las interesantísimas relaciones del embajador veneciano. Según las noticias que da éste, el cardenal Lang se había esforzado también para ajustar una tregua entre el Papa, Maximiliano y Fernando el Católico [63]; pero, como se entiende fácilmente, León X se mostró entonces del todo contrario a semejante plan. El Papa no se fiaba del inconstante Emperador, a quien atribuía el designio de apoderarse de los Estados de la Iglesia [64], más que del ambicioso Aragonés. En Roma se mostraba la mayor irritación contra los españoles, y se intentaba arrojar de Italia a los que se calificaba de «bárbaros». Es un hecho, que León X, en los meses de Mayo y Junio, tuvo con Venecia negociaciones secretas encaminadas contra los españoles [65]. Entretanto continuaban las negociaciones secretas con Francia, de las cuales sólo pudieron conocer algo los más íntimos confidentes del Papa, los cardenales Bibbiena y Médici, y Juliano de Médici. Se esperaba (a la verdad, vanamente) que el día del Corpus se publicaría la Liga entre el Papa, Francia, Venecia, Florencia y Ferrara. En la Ciudad de las lagunas se pretendía saber, que Francia y el Papa se habían puesto de acuerdo; Juliano de Médici había de obtener la corona de Nápoles y Luis XII la de Milán, después que, con el auxilio de Venecia, se hubiese arrojado de Italia a los españoles [66].
Que León X meditó semejantes planes es, a la verdad, indudable; pero no salía de su indecisión en esta materia, y trataba con unos y con otros sin llegar a resolverse. Atentos observadores eran de parecer, ya hacía mucho tiempo, que aguardaría a ver hacia qué lado se inclinaba la victoria. Pero era indudable que León X, continuaba como antes, haciendo cuanto podía para frustrar los conatos del matrimonio franco-español [67]. En este sentido trabajó Ludovico di Canossa, uno de los diplomáticos más hábiles y de mayor talento de aquella época, con tanto éxito, cerca de Luis XII y Enrique VIII, que no sólo obtuvo la reconciliación de ambos, sino además su alianza. Este tratado de alianza anglo-francés debía sellarse con los desposorios de Luis XII, que había quedado viudo a principios del año, con María, hermana del rey de Inglaterra. En estas negociaciones la diplomacia pontificia recibió el más eficaz apoyo del omnipotente ministro de Enrique, Wolsey, arzobispo de York, el cual aspiraba a la dignidad cardenalicia. El 7 de Agosto se firmó el tratado de alianza anglo-francés al propio tiempo que el contrato matrimonial [68], y en Octubre se celebraron las bodas del ya viejo rey de Francia, con la joven María Tudor.
León X no había de gozar mucho tiempo su «triunfo diplomático». Apenas se había conjurado el peligro de la supremacía española, cuando se levantó por el otro lado un nuevo espectro no menos temido: el de la preponderancia francesa. El tratado de Londres contenía, según observa Bembo, una disposición asimismo peligrosa, la cual protegía los pretendidos derechos de Luis XII sobre Milán, Asti y Génova. Las relaciones de los embajadores florentinos en París estaban llenas de temores de que Luis XII emprendería ahora su expedición conquistadora a Italia. A consecuencia de esto, el Papa se fue muy pronto alejando más y más de Francia e inclinándose a la unión con el Emperador y España, al propio tiempo que procuraba atraer sí a Venecia, ofreciéndole la esperanza de una paz favorable con Maximiliano [69].
De las variables relaciones y secretas negociaciones de León X con Francia, el año de 1514, ha trazado Guicciardini una descripción fundada en buenos informes, la cual muestra cuán grande tributo rindió el Papa a la ambigua diplomacia de aquella época. A la verdad, acentúa el mencionado historiador, León X ninguna cosa quería menos que la conquista de Milán por Luis XII; pero, por otra parte, tenía por prudente entretener al Rey con diplomáticos artificios. Por medio del protector de Francia en Roma, cardenal Sanseverino, hizo representar á Luis XII las cosas siguientes: Como quiera que las circunstancias del momento no permitían una pública alianza entre Francia y Roma; se recomendaba establecer de antemano por lo menos la base de una firme unión; y para esto se mandó a Francia un proyecto provisional. Luis XII recibió con gratitud esta propuesta, pero difirió enviar la declaración de su consentimiento. Esta pequeña dilación determinó a León X a prestar oídos a las solicitaciones del partido contrario, ajustando con España y el Emperador, por un año, un tratado en que se aseguraban mutuamente la protección de sus posesiones. Apenas se había concluido esta concordia, cuando llegó a Roma la declaración de Luis XII aceptando todas las proposiciones del Papa, con la única añadidura: que, como uno de los puntos del tratado le obligaba a defender a Florencia, y a Juliano y Lorenzo de Médici, era menester que también estos dos entrasen en la alianza. Sobre esto disculpó León X su tratado con España y el Emperador, al cual le había obligado la tardanza de la respuesta de Luis XII; pero, por lo demás, ninguna cosa impedía ajustar también una concordia con Francia. Luis XII tuvo por conveniente aceptar las disculpas del Papa; después de lo cual, éste y el Rey ajustaron un tratado, pero conviniendo que no se redactaría formalmente, sino sólo se suscribiría por ambas partes la minuta de él. De esta manera parecía asegurado que se guardaría perfectamente el secreto [70].
La alianza con Inglaterra era sobre todo de grande estima para Luis XII, porque ya ahora podía entregarse tranquilamente a sus planes de conquista en Italia. La gran cuestión era entonces, si los franceses emprenderían la expedición desde luego, o la diferirían hasta el año siguiente. Esto último parecía lo más verosímil, pues no se advertía todavía ningún preparativo bélico; y en vista de esta situación de las cosas, León X, que seguía aún siendo en su interior enemigo del plan de los franceses de conquistar a Milán, tuvo, sin embargo, por oportuno, no oponerse abiertamente a los proyectos de Luis XII ; y aun poco después, llegó a dar un paso más allá, animando expresamente al Rey a la realización de aquella empresa. Es indudable que León X no obró en esto con lealtad. El historiador Guicciardini procura declarar aquel extraordinario proceder del Pontífice, de la siguiente manera: O quería León, persuadido de que Luis XII atacaría a Milán sin necesidad de sus exhortaciones, asegurarse de la amistad del francés para el caso de que tuviera buen éxito; o conocía el hecho, afirmado por el Emperador y Fernando, aunque negado por Luis XII, de que Francia, por la tregua ajustada, se había obligado a abstenerse por algún tiempo de todo género de hostilidad contra Milán. De esta suerte confiaba el Papa que el monarca francés no seguiría por de pronto sus excitaciones de atacar a Milán; y esto fue lo que realmente aconteció: Luis XII difirió su expedición para el año siguiente, confiando en el auxilio del Papa, al cual procuraba unir estrechamente consigo, haciéndole entrever la conquista de Nápoles para la Iglesia o para Juliano de Médici [71].
No faltaron, sin embargo, acontecimientos, que hicieron a Luis XII desconfiar de León X. Ya en Junio había el Emperador vendido al Papa, con gran secreto, por 40,000 ducados, el señorío feudal de Módena, que pertenecía al Imperio; y en Noviembre se tuvo noticia de aquella estipulación [72]. Luis XII sospechó desde luego que había una más íntima conexión entre el Emperador y el Papa, y crecieron sus sospechas cuando León X requirió en Noviembre a los príncipes cristianos, a ajustar la paz y dirigir sus armas contra los turcos [73]. Pero lo que en más alto grado sorprendió al monarca francés, fueron las nuevas tentativas del Papa en orden a reconciliar a Venecia con el Emperador, las cuales le amenazaban por el mismo caso con la pérdida de aquella importante aliada [74].
Los recelos de Luis XII estaban muy bien fundados, pues León X, y todavía más su consejero íntimo Bibbiena, ninguna cosa continuaban queriendo menos, que la conquista de Milán por los franceses. De esto ofrece una prueba indudable el contrato secreto ajustado en Roma, el 21 de Septiembre de 1514, entre León X y Fernando el Católico (el cual quedó, a la verdad, oculto a Luis XII) por lo que ambos soberanos se aseguraban por todo el tiempo de su vida, la protección de sus posesiones en Italia, y se obligaban expresamente a no ajustar, sin mutuo conocimiento, alianza alguna con ningún otro Estado, especialmente Francia, tocante a la reconquista de Milán, Génova y Asti [75].
Aún cuando Luis XII no tuvo noticia alguna de este tratado, con todo, por efecto de las causas arriba mencionadas, se habían excitado grandemente sus sospechas contra León X, por mucho que éste acentuara sus sentimientos favorables a Francia [76]. Para intimidar al Papa, entabló negociaciones con España, las cuales no tuvieron, sin embargo, el efecto apetecido, ni podían tenerlo después de aquel tratado. El monarca francés hizo manifestar finalmente en Roma, el formal deseo de que el Papa apoyara la expedición militar de los franceses contra Milán, que estaba decididamente resuelta. Los negociadores franceses pintaron con vivos colores a los diplomáticos pontificios, las ventajas que resultarían para la Iglesia, la libertad de Italia y el engrandecimiento de los Médici, de la unión de León X con Francia; los Reyes Cristianísimos habían prestado en todos tiempos a la Santa Sede los mayores servicios, al paso que el Emperador y el Monarca español no pensaban en otra cosa que en esclavizar a toda Italia, y no menos al Papa. Estas representaciones no hicieron en León X la impresión que se deseaba, y ante las cada vez más apremiantes solicitaciones de los franceses, declaró por fin, que la situación de las cosas se había cambiado de tal suerte, que la victoria de Francia era sumamente dudosa, y sólo podría comprarse a costa de mucho derramamiento de sangre; y que, en vista del creciente peligro de los turcos, no podía él, como Papa, favorecer la guerra que los príncipes cristianos se hicieran mutuamente, y por tanto debía el Rey diferir su expedición [77].
No obstante, ni aun entonces había tomado León X una resolución definitiva, aun cuando apenas puede ya dudarse que, a fines de Noviembre, abrigaba inclinaciones muy contrarias a Francia [78]. Pero se aproximaba cada vez más el instante en que habría de adoptar una actitud definida, por más que a toda costa quería conservar la libre acción en todos sentidos.
El Papa Médici que, como casi todos los príncipes de aquella época, navegaba con dos brújulas [79], veía con horror acercarse aquel momento, y se asegura que entonces pasó León X más de una noche de insomnio [80]. En Roma se pesaban las eventualidades de uno y otro lado, y los que rodeaban al Papa hicieron pedir consejo, por medio de Vettori, al más sutil político de aquella época, Maquiavelo. Este fue de parecer, que lo peor sería para el Papa la neutralidad, pues le entregaría merced del vencedor; y como debía esperarse casi seguramente la victoria de los franceses, recomendaba la unión con Luis XII. Sólo para el caso de que se lograse apartar de Francia a Venecia, tenía Maquiavelo por indicada la contraria política [81]. Pero precisamente en aquellos días había declarado la Señoría al embajador pontificio Bembo, su resolución de perseverar unida con Francia, y procurado al propio tiempo atraer a León a la alianza franco-véneta, dándole esperanzas de conquistar para Juliano el reino de Nápoles, por medio del auxilio de los franceses [82].
Mientras aún se meditaba en Roma sobre estas cosas, murió Luis XII [83], sucediéndole, a 1 de Enero de 1515, Francisco I, mucho mejor dotado por la naturaleza que su predecesor. En las resoluciones de este joven príncipe, ávido de gloria, ejercía por entonces grande influjo su madre, la ambiciosa Luisa de Saboya. Pero todavía en vida de Luis XII, se había pensado en la hermana carnal de ésta, Filiberta, para esposa del hermano del Papa. Tratábase de un enlace puramente político, pues Filiberta no era joven ni hermosa [84]. Para Juliano, que a 10 de Enero de 1515, había sido nombrado Capitán General de la Iglesia [85], se destinaban además de Módena, Parma, Plasencia y Reggio; pero sobre Parma y Plasencia, así el duque de Milán como el monarca francés interpusieron en seguida sus pretensiones. Uno y otro hacían depender la renuncia de sus derechos, de la actitud que el Papa tomara en la guerra inminente, y de una y otra parte procuraban por todos los medios posibles, obligar a León a dejar sus dilaciones y resolverse. Todavía sucedió esto más, después que, a 25 de Enero de 1515, se hubo verificado el enlace de Juliano con Filiberta; pero por más que Juliano, enteramente inclinado en favor de Francia [86], abogaba porque se pusiese abiertamente de parte de Francisco I, el Papa siguió prolatando indefinidamente su resolución, y ninguna de las personas de su confianza se hallaba en estado de adivinar qué partido tomaría finalmente [87].
La reconquista de Milán por los franceses había de evitarse por medio de una gran coalición entre el Papa, el Emperador, el rey de España, Milán, Génova y los suizos. A principios de Febrero se redactó a este efecto un tratado preliminar, el cual debía ratificarse dentro del término de dos meses, en caso que los suizos aceptaran las compensaciones en él establecidas [88]. Este tratado, que aseguraba al Estado de la Iglesia Parma y Plasencia, junto con Módena y Reggio, reservando los derechos del Imperio sobre ellas, debería amparar a la Cristiandad contra los turcos, y ante todo, proteger a Italia contra las ambiciones conquistadoras de los franceses. El cardenal Bibbiena, propio autor de todo ello, estaba firmemente persuadido de que la nueva liga opondría al monarca francés un poderoso obstáculo: «Será, escribía al Nuncio en España, a 5 de Febrero de 1515, una lección para Francisco I, y le obligará a moderarse, así en éste como en los demás negocios [89].
Entretanto muy pronto se opusieron a aquella obra artificiosamente meditada por la diplomacia, los mayores impedimentos. Las determinaciones referentes a Parma y Plasencia no agradaban ni al duque de Milán ni a los suizos. Nuevos obstáculos ofrecía la desconfianza entre Milán y Génova, y el haberse ésta finalmente pasado de nuevo a Francia [90]. Al Papa no podía agradarle, en el tratado de Enero, que, para proteger a Italia, se confirmara la preponderancia de los españoles y los Habsburgo; pero no se ocultaba con todo a León X, que el tratado podría muy bien servir para obtener de Francia las más importantes concesiones. Conforme a esto arregló su conducta el Papa Médici, por una parte, difiriendo la ratificación y manteniéndose en una actitud expectante, al paso que continuaba las negociaciones con Francisco I [91]. Estas negociaciones las conducía Ludovico di Canossa, que continuaba todavía en Francia. A este hábil diplomático se envió, a fines de Marzo, la orden de ofrecer en secreto a Francisco I una alianza con el Papa, para lo cual se le pedía que renunciara a sus derechos relativos a Nápoles. Francisco I rechazó, sin embargo, esta proposición, en una forma ruda y ofensiva [92]. En el requerimiento del Papa no vio sino el designio de procurar la Corona de Nápoles a su hermano; y asimismo todos los historiógrafos posteriores interpretaron en este sentido los acaecimientos de entonces, como si León X sólo se hubiera dejado guiar por la ambición y el nepotismo. Hasta las más recientes investigaciones no se ha abierto el camino a una más justa interpretación [93]. Es indudable que León X hubiera visto con mucho gusto la elevación de su hermano al trono de Nápoles; pero su requerimiento a Francisco I no nacía en primer lugar de consideraciones nepotísticas, sino era resultado de la política que había seguido hasta entonces. No pudiéndose ya estorbar que los franceses atacaran a Milán, y habiendo muchas cosas que persuadían la probabilidad de su buen éxito, no le quedaba al Papa otro camino que el de exigir a Francisco I la renuncia de sus pretensiones a Nápoles, si no quería ver este Estado y Milán en poder de una misma Potencia. El antiguo temor de los papas de verse encerrados por el Norte y por el Sud, fue pues el propio motivo de las condiciones que León X hizo proponer por medio de Canossa al nuevo soberano de Francia [94].
A pesar de haber sido rechazadas las insinuaciones de Canossa, León X las propuso de nuevo en Junio al embajador francés Montmaur, pero sin mejor resultado. Tampoco se mostró Francisco I propicio a los otros requerimientos del Papa, relativos a la independencia de Génova y el señorío de Juliano en Parma y Plasencia; por lo cual, León X se apresuró a adoptar precauciones militares, a vista de las cuales, declaró el embajador francés que todo aquello no le intimidaba, porque su Rey venía con fuerzas muy superiores [95]. Refiriéndose a este lenguaje jactancioso de los franceses, observaba Bibbiena: que los ejércitos se formaban entonces tan fácilmente como los rumores [96].
Entretanto hallaba el Papa las mayores dificultades para recaudar los fondos necesarios para la guerra, y el desorden de la administración de su hacienda hacia sentir sus graves consecuencias; a pesar de lo cual, se comprometió a contribuir con 60,000 ducados mensuales a los gastos de la campaña [97]. Otros obstáculos nacieron de la desunión y susceptibilidad de aquellos a quienes el peligro común obligaba a apoyarse mutuamente. Las negociaciones del Nuncio suizo Filonardi, provisto de las más amplias facultades, se prolongaban indefinidamente. Hasta aquel momento no llegó a Roma la ratificación de los artículos de la Liga, firmados por los suizos y el duque Maximiliano [98]. También León X siguió difiriendo su resolución última, y a pesar de haber tomado ya las armas, continuaba siendo ambigua su conducta [99]. Continuamente se enviaban de Roma sumas de dinero para las tropas de los suizos y los españoles, y nadie dudaba que el Papa estaba dispuesto a hacer todo lo posible para estorbar la irrupción de los franceses en Italia; pero con todo eso, iba difiriendo de una manera extraña la confirmación oficial y publicación de la Liga en Roma. A fines de Julio, el embajador veneciano dirigió al Papa sin rodeos la pregunta: si era verdad que Su Santidad hubiera dado su firma, como se decía en Roma. «Es verdad, contestó León X, hemos suscrito; las bulas y los breves acerca de nuestro ingreso en la Liga están sellados, pero queremos antes aguardar todavía la respuesta de Francisco I» [100]. Esta contestación es por extremo característica para conocer la política leonina en aquellos días decisivos. Mientras las tropas que habían de contener a los franceses, que se dirigían ya contra Italia, estaban sostenidas principalmente con dinero romano, el Papa pensaba todavía hasta el último momento, en una pacífica explicación con el adversario [101], y no renunció a esta esperanza, ni aun cuando la invasión de los franceses y las proposiciones totalmente insuficientes de Francisco I, que le fueron llevadas por el joven duque de Guisa, le obligaron formalmente a obrar de acuerdo con los españoles, el Emperador y los suizos [102].
El mando superior de las tropas pontificias se había otorgado ya el 29 de Junio de 1515, a Juliano de Médici; pero como éste se hallaba gravemente enfermo, hubo de ocupar su lugar, el 8 de Agosto, Lorenzo de Médici, capitán de los florentinos; y por legado del ejército pontificio, se nombró al cardenal Julio de Médici [103].
El duque de Saboya, emparentado con León X, lo propio que con Francisco I, pensaba todavía en una mediación, cuando los franceses habían ya pasado las fronteras. Hizo, pues, preguntar a Juliano por las mayores concesiones a que se hallaba dispuesto el Papa. En una instrucción secreta [104] declaró Juliano, que León X exigía como precio de su unión con Francisco I: primero, que los franceses renunciaran a sus pretensiones sobre Parma y Plasencia. Segundo, que se ajustara una paz duradera entre Francia y España, de suerte que se hiciera posible una alianza general de la Cristiandad contra los turcos. Tercero, que renunciaran a Nápoles, en favor de la Santa Sede, o de un tercero que fuese grato así al Papa como al Rey; pues León X no podía en ningún caso tolerar, que el Norte y el Sur de la Península italiana (il capo e la coda d’ Italia) estuvieran bajo la soberanía de un mismo príncipe, aun cuando éste fuera su propio hermano. En esta instrucción se halla una prueba de gran peso, para demostrar, que no fueron los designios inspirados por el nepotismo, los motivos que propiamente decidieron al Papa a adoptar su actitud, sino la solicitud por la independencia política y espiritual de la Santa Sede.
NOTAS
[1] Reumont-Baschet, Catherine de Médicis, 8, 240.
[2] Cf. Landucci, 339.
[3] Sanuto, XVII, 73. Más abajo, en el capítulo X, se hallarán más pormenores sobre estas fiestas.
[4] Cf. Landucci, 341.
[5] *Io son certo che la M. V. hormai debbe conoscere le conditioni et apetiti di codesti cittadini et io non per ricordare, ma per discorrere judico che due cose sieno ad proposito et costino poco et possino giovare assai, l' una qualche ceremonia exteriore di affabilitá et gratitudine di parole de le quali ne sarei liberale con quelli ad chi più se convenghono et che ne son più desiderosi. L' altra di intratetenere con buona electione quando uno et quando unaltro ad mangiare seco non solo ne la citta, ma in villa perche sono due termini che fanno gratia et ogni di più se ne acquista commendatione. Carta del Card. J. de Médici a Lorenzo de Médici. Fechada en Roma el 11 de Febrero de 1514. Archivo público de Florencia Av. il princ. C XIII.
[6] Landucci, 342. Cf. M. Giorgi en Albèri 2. Serie III, 52 s., y Sanuto, XXIV, 90s. V. también Luzio-Renier Mantova e Urbino, 222, n. 4. Las rentas de Florencia se elevaban según M Giorgi a 74,000 ducados por impuestos de consumo y de la ciudad, 12,000 ducados de las ciudades sujetas (Arezzo, Pisa, Pistoya, Cortona), finalmente 160,000 ducados como tributación directa; este diezmo se llamaba balzello.
[7] Landucci, 346 s., 350. Nardi, 275. Nerli, VI, 126 s. Roscoe-Bossi, V, 38 s. Capponi, III, 132 s. Reumont, Toskana, 1,14 s. Reumont-Baschet, 244. Perrens, III, 46 s. Verdi, 10-11.
[8] Ulmann (Studien, II, 99 s.) querría deducir de esta dependencia, haber sido precisamente efecto de ambición de independencia, el que Lorenzo no estuviese bien hallado con el papel de primer ciudadano de Florencia, sujeto a la vez de arriba y de abajo.
[9] Regest. Leonis X, n. 2514-2524.
[10] Regest. Leonis X, n. 4598. Cf. Jovius, Pomp. Colonna, 151; Nardi, 274, Lit. Rundschau, 1884, 439.
[11] Ya en 10 de Marzo de 1513, Julio de Médici había procurado interesar para su nombramiento a Piero di Antonio Pucci, persona de mucha influencia en Roma. V. el documento notable publicado por G. O. Corazzini para Nozze Ciampolini-Magagnini, 1894, p. 17-18.
[12] El 1 de Septiembre de 1514, el cardenal Médici fue nombrado legado de Bolonia; v. Regest. Leonis X, n.° 11300, y el *breve a Bolonia de 1 de Septiembre de 1514, que se halla en el Archivo público de Bolonia. Cf. la carta de Bald. de Pescia a Lorenzo de Médici, fechada en Roma el 5 de Septiembre de 1514. Archivo público de Florencia, Av. il. princ. CVII.
[13] Cf. sobre los mismos la *carta de Carlos Agnello de 23 de Septiembre de 1513. Archivo Gonzaga. *Paris de Grassis, v. apéndice n.° 8. Jovius, Hist., XI, 191. Bembi epist. V, 1 y 10. Regest. Leonis X, n.° 4525, 4624. Miscell. d. stor. Ital., II, 89 ss., 96, 102, Cardella, IV, 1 s. Panvinius, 353. Ciaconius, III, 337 ss.
[14] La publicación se efectuó en el consistorio de 27 de Septiembre de 1513, el cual describe minuciosamente Paris de Grassis (*Diarium). Léese aquí, entre otras cosas, lo siguiente: *Illico papa inchoavit aperiens causas quibus motus erat ad creationem horum cardinalium, dans unicuique modestissimam laudem, et in veritate sermo papae praeter verba sanctissima etiam commodissima et elegantissima tuerunt... Et egressi sunt omnes, cardinales autem antiqui duxerunt novos ad aedes novas proprias pontificis, in quibus ipse habitabat dum esset cardinalis. Un banquete dio fin a la fiesta. He aquí lo que Paris de Grassis trae anotado en su diario para el día de S. Nicolás de 1513 (6 de Diciembre):
Papa dedit 4 minores ordines tribus cardinalibus (Médici, Bibbiena y Cibo). Cf. Delicati-Armellini, 9.
[15] Reumont, Beitrage, IV, 105, y Staffetti, II card. 3. Cibo, 25 as., 33 ss.
[16] Schulte, I, 137 ss., 242 s., 264. Cf. también Quellen u. Forschungen, VI, 377 s. Rossì, Pasq.. XLVII; Gior. de lett., XLII, 99, y más abajo el capítulo X.
[17] Vasari, X, 149.
[18] Müntz, Raphaël, 545.
[19] Daelli, Carte michelangioleche inedite, 31.
[20] Cf. arriba p. 54.
[21] Bandini, Bibbiena, 16 ss. Sobre Bibbiena, véanse más noticias adelante en el cap. X.
[22] Cf. sobre esto la importante Informatione del secretario et secretaria di N. Sre, compuesta por G. Carga en 1574, impresa por Laemmer, Mon. Vat., 457 ss., sgún el Cod. Urb., 859, f. 72 (cf. 854, f. 29 ss.) de la Biblioteca Vaticana. Por desgracia el texto es con frecuencia ininteligible por las muchas faltas. Así, en la pág. 457. n. 10, hay que leer pure en vez de per; en la pág. 459, n.25, declinato en ves de diverso, n.29 resta en vez de vista; p. 460, n. 13, Amulio en vez de Amalio, n. 10, servito en vez de scritto; pág. 462, n.7, se si en vez de scilicet; p. 463, n. 16, medesimo en vez de moltissimi; p. 464, n. 6, scemata en vez de stimata, n. 18, falta después de cresciuta: il secretario n. 22, erunt en ves de erant; pág. 465, n. 27, espedizione en vez de stimazione.
[23] Sadoleto y Bembo; v. Informatione loc. cit., 464.
[24] Informatione loc. cit., 465.
[25] Como está demostrado en el importante trabajo de Richard, 9 ss.
[26] Il Papa à consieri, so'nepote card. Medici, qual e homo da ben, homo di non molte facende, benché adesso il manegio di le carte è in le so'man, che prima era in S. Maria di Portego, poi dito card. Bibiena, qual é da la parte di Spagna dice M. Giorgi al fin de su relación de 17 de Marzo de 1517, publicada por Sanuto XXIV, 90.
[27] V. Manoscr. Torrig. XIX, 222, 224, 225, 233, 239. Cf. Richard, 9 y 105, donde se hace resaltar que sin duda alguna la correspondencia diplomática con Francia, fue quitada a Bibbiena y confiada al cardenal Medici.
[28] Sanuto XVI, 54.
[29] También alter papa, V. Cian en el Arch. Veneto N. S. XXXI (1886) 71.
[30] Nardi 276. Nitti, 18.
[31] La idea, que desde Ranke y Gregorovius se tiene comúnmente acerca del nepotismo de León X, ha sido llevada hasta el extremo por Baumgarten en su obra sobre Carlos V («Todo lo que hizo el papa, tendió principalmente al engrandecimiento temporal de este Lorenzo».). Contra esta idea ha habido una reacción, que ha emanado de F. Nitii, historiador, que, como confiesa él mismo, no tiene el menor amor a la gran institución, en cuya cumbre ha estado León X (Deutsche Lit-Ztg 1893, 14). Con una porción de críticos, especialmente con Baumgarten, Cian, y de Leva, ha sostenido Nitti discusiones, explicando su modo de sentir en el Arch. d. Soc. Rom. XVI, 181 ss. Por más que reconozco el valor del trabajo de Nitti, no he admitido con todo sino con ciertas limitaciones, sus resultados muy favorables para León X; pues con razón hace notar Giorgetti en el Arch. stor. Ital. (5 serie X, 416), que en puntos relativos a esto hay que proceder con reserva. Semejante reserva parece que se exige de una manera especial, en atención a que una gran parte de las correspondencias diplomáticas de aquel tiempo está todavía inédita. La publicación de este vasto material la está preparando mi respetado amigo, el marqués A. Ferrajoli, quien con incansable diligencia ha trabajado en ello muchos años. Por consiguiente, el juicio de este eminentísimo conocedor de la política leonina parece ser de señalado valor. Ferrajoli ha expresado lo mismo en el Arch. d. Soc. Rom. XIX, 432. Aquí se hace notar con razón, que Nitti expone de una manera excelente los scopi papali ed europei de León X, pero en cambio no tiene bastante cuenta con la política de familia del Papa, ni tampoco con sus fines nacionales sumamente ponderados por Ferrajoli (p. 438). Concluye este autor con mucha verdad, que sin embargo de esta excepción, el trabajo de Nitti es uno de los más importantes y de los más justos que se han publicado sobre la conducta política de León X. También concuerda con Nitti, en lo esencial, un investigador tan inteligente como J. Bernays, en la Histor. Zeitschr. LXXIV, 514 s. Uno de los conocedores más eminentes del tiempo que estamos considerando, Ulmann, el biógrafo de Maximiliano I , reconoce igualmente la fructuosa investigación de Nitti, pero nota rectamente, que no se puede dar asenso á todas sus proposiciones y consecuencias (Studien zur Gesch. Leos X, 92 s.). Contra Nitti, ha ponderado Cian muy enérgicamente el nepotismo, punto escrupuloso de León X. (Giorn. s. lett. XXI, 416 SS. y Musa Medicea 10 y 49.)
[32] No son verdaderos retratos, sino figuras ideales. Como el melancólico Julián está representado como joven en postura desembarazada, Lorenzo por el contrario como hombre de más edad, pensativo (por lo cual es llamado el Pensieroso), H. Grimm ha propuesto la hipótesis, que sin embargo no ha prevalecido, de que los nombres de los príncipes están cambiados. Cf. Reumont la Allgein. Zeitung 1876 Beil. 216; Müntz, Hist. de I‘Art, III, 397 s.; Fester, Machiavelli 93, y Cian, Musa Medicea 45.
[33] Cf. Cian, Musa Medicea, 12 s., donde por primera vez se examina también a fondo la actividad poética de Julián.
[34] El retrato de Julián que hay en S. Petersburgo (Gran Princesa María), del cual hay una copia en el museo de los Uffici, pasa como trabajo hecho por la propia mano de Rafael de Urbino. Cf. Gruyer II, 214 s. (de Lipart), Notice hist. sur un tableau de Raphaël représentant Julien de Médicis, duc de Nemours, Paris 1867. Un segundo retrato magnífico de Julián, se tiene como obra de Botticelli. De él existen dos ejemplares: uno, que es propiedad de Morefli, se halla en la Academia de Carrara de Bérgamo, otro en la galería de Berlín. Lermolieff (Galerie zu Berlin, Leipzig 1893, 11s.) y Luzio-Renier (Mantova e Urbino 220) tienen el primero por original, Bode (Gemäldemuseen, Berlin 1891, 32) el segundo.
[35] Significativa es la respuesta que da Lorenzo a su madre Alfonsina, al hacerle ésta una advertencia respecto de las diversiones de carnaval: *Io mi voglio dare piacere hora ch‘io sono giovane et ch‘io posso per haver un papa etcétera. *Carta de 28 de Enero de 1514. Minutario di lettere del Mag. Lorenzo de' Medici. Carte Strozz. III. Archivo público de Florencia.
[36] Cf. la pintura que han hecho de la índole de Julián, Nitti, 24 s. y Fester, Machiavelli, 113. Muchos contemporáneos han apreciado exageradamente a Julián. Cf. Piccolomini, Tizio, 126, not. Sobre el fausto de Julián, cf. Sanuto, XX, 103, 110, Ioanninensis, Penth. 99, y el *Catálogo del personal de su corte; en Carte Strozz. X, 177 s. Archivo público de Florencia. V. también Cian, Musa Medicea, 10 y 48.
[37] Rafael pintó su retrato. Cf. Gaye II, 146; Reumont-Baschet, Catherine de Médicis 25; Verdi 95; Delmati, Il ritratto d. duca d‘Urbino n. collez. d. conti Suardi ora Marenzi di Bergamo, Milano 1891; Müntz, Raphaël 429, cf. 553. Venturi, Del ritratto di Lorenzo de' Medici depinto da Raffaello, Modena 1883.
[38] Cf. Nitti, 27 s., acerca de cuya crítica, sin embargo, advierte Cian con razón, que Lorenzo respecto a la moral no era mucho mejor que Julián. Es característica a este efecto la carta frívola de Beatriz de Ferrara a Lorenzo, fechada en Roma a 23 de Abril de 1517. Carte Strozz. IX, 174 s. Archivo Público de Florencia. Sobre la vida anterior de Lorenzo v. Giorgetti en el Arch. stor. Ital., 4 serie XI, 194 s. quien concuerda con Nitti respecto del influjo de Alfonsina Orsini. Ulmann, Studien zur Geschichte Leos X. 99, apelando a Vettori (328) aboga por una apreciación más favorable de Lorenzo. Por lo demás, reconoce Ulmann los méritos de Nitti y hace notar, que en los puntos relativos a eso, no estamos todavía informados con bastante exactitud para formar un juicio definitivo. También Verdi (115 s.) pone á Lorenzo mucho más alto que Nitti, mientras que Luzio-Renier (Mantova 219, 237-238) al igual que yo, participamos en lo esencial de la opinión de Nitti. Cf. también la sátira en el Giorn. d. lett. ital. XLII, 103.
[39] Cf. Giorgetti, Lorenzo de' Medici e Jacopo V d'Appiano en el Arch. stur. Ital., 4 serie, VIII, 222-238; cf. XI, 197.
[40] Nitti (23) se remite para esto a las cartas de Lorenzo al cardenal Julio, del otoño de 1513, que se hallan en el Archivo público de Florencia.
[41] Esta declaración muy interesante del papa se halla en una carta de Giovanni da Poppi, que trae Giorgetti en el Arch, stor. Ital. 4. Serie, XI, 210- 211.
[42] Cf. Nitti en el Arch. d. Soc. Rom. XVI, 193-194.
[43] Nitti 34.
[44] Carta de Julio de' Medici, de 18 de Abril de 1514, a Goro Ghersio, enviado a Suiza con Filonardi por Noviembre de 1513, que se halla en el Manoscr. Torrig., ed. Guasti XIX, 66 s.
[45] Las dos corrientes de la política leonina en el año 1514, primero amiga, después hostil a los franceses, las ha expuesto Cian, fundándose en documentos del Archivo público de Venecia, en una interesante memoria, en el Arch. Veneto XXX (1885), 360 s., advirtiendo, por lo demás, que estas dos corrientes llevan también sin embargo, de nuevo el carácter general de la política leonina, lubrica anguilla che si contorce e sfugge talora allo mano che tenta afferrarla.
[46] V. Dumont IV, 1, 178 s. y Brewer II, n. 144. El extracto de la última obra citada demuestra, que no se trata de un pacto efectivamente concertado, sino solamente de una proposición. Ulmann (II, 484) ha sido el primero en reconocer esto. Ranke (Roman. u. germ. Wölker 313) y Lanz (142) se dejaron engañar por el título que se halla en Dumont: Traité et articles etc. Como Huber (III, 403) sigue sencillamente a Lanz, sin atender a Brewer, Ulmann llama a su narración «científicamente inútil».
[47] Dumont IV, 1,179 s. Cf. Lanz 142 s.; Ulmann II, 492 ss.
[48] Zurita X, 84.
[49] Nitti, 358 ss.
[50] V. Manoscr. Torrig., ed. Guasti XIX, 56 s. Cf. especialmente las cartas de 5 de Marzo de 1514 a R. Acciaiuoli y de 18 de Abril a Goro Ghersio, ibid. 58 hasta 59, 66, a las cuales Nitti (40 s.) da con razón grande importancia. Con todo, este autor retrasa equivocadamente la carta a G. Ghersio, al 18 de Junio.
[51] Nitti, 41 s.
[52] Manoscr. Torrig., ed Guasti XIX 56 s. Cf. Wirz, Filonardi 24 ss., donde pueden verse más pormenores sobre la conducta inconsiderada del nuncio del papa G. Ghersio, quien a mitad de Junio tuvo que dejar a su compañero Filonardi las ulteriores negociaciones.
[53] Manoscr. Torrig., ed. Guasti XIX, 58 s., 61. Desjardins II, 600 s.
[54] Desjardins 11,613 s. Cf. las cartas de Bald, da Pescia publicadas por Roscoe-Henke II, 447 s.
[55]Cf. Ulmann II, 488 ss., quien advierte: «En ninguna fase de esta negociación consta con evidencia que el papa haya retardado artificiosamente la conclusión del convenio.» A las fuentes utilizadas por Ulmann, añádense ahora las relaciones circunstanciadas que se hallan en Sanuto XVII y XVIII.
[56] Cf. Kalkoff en el Archiv f. Ref.-Gesch. I, 387, not. 4.
[57] Sobre la comisión de ellos, cf. la carta de Bald, da Pescia a Lorenzo de' Medici, fechada en Roma a 7 de Mayo de 1514 (Archivo público de Florencia, Av. il princ. CVII), y Cian en el Arch. Veneto XXX, 1(1885), 370.
[58] Cf. Sanuto XVIII, 157, 175, 195 (aquí está escrito eri a dì 12 si partì; como la carta lleva la fecha del 12, hay un yerro de escritura [en vez de 11]; Kalkoff en el Archiv. f. Ref-Gesh. I, 387 fue por ahí inducido a trasladar al 12 de Mayo la audiencia de despedida) 209-210; Carta de Bald, da Pescia de 11 de Mayo de 1514, publicada por Roscoe-Henke II,460 s.; *carta de Gabbionetta, fechada en Roma a 11 de Mayo de 1514, Archivo Gonzaga de Mantua, *Diario en el Cod. Barb. lat. 3552, Biblioteca Vaticana. Tizio, *Hist. Senen. en el Cod. G. II, 37, f. 294, de Bibl. Chigi de Roma, y la *relación de Francisco Sforza a Maximiliano, duque de Milán fechada en Roma a 11 de Mayo de 1514: *Nel concistoro qual si fece heri mattina se bene N. S. fece grandissima praticha per reportare 1a legatione di Germania por el revmo. Gurcense saltem per sei mesi tamen non il potè obtenere, perchè più volse la incircumspectione di molti che la rasone et auctoritade del pontefice, unde Sua Sria, Rma. heri tolse licentia da N. Sre. et hogi ad bona hora é partita et ha tolto il camino di S. Maria di Loreto. Archivo público de Milán.
[59] Despacho de Pandolfini desde París, el 30 de Mayo de 1514, publicado por Desjardins II, 623; cf. 624.
[60] Este había sido nombrado en 1513 mayordomo del Papa; v. Sanuto XVI, 57. En Clemente VII daremos más pormenores sobre Canossa.
[61] Regest. Leonis X, n. 9230-9234. Pieper, Nuntiaturen, 56 ss. Picot (Les Italiens en France, Bordeaux 1902) hace por equivocación, que ya a fines de 1518 se encargase a Canossa la comisión para Luis XII, y que aquél llegase a París por Abril de 1514. Ciertamente, por cl verano de 1513 ya se había formado el proyecto de enviar a Canossa; pero, según Sanuto XVIII, 236, éste no partió hasta el .1 20 de Mayo de 1514, y de este mes son también sus credenciales. La llegada a París sucedió a principios de Junio; v. Desjardins II, 624. Bald. da Pescia escribe en 22 de Mayo de 1514 a Lorenzo de' Medici, sobre la comisión de Canossa lo siguiente. *Et non obstante che Bastiano di San Severino ritorni indietro et con commissione Costui [Canossa] ha il secreto del cuore di S. Sta. et va per chiarire integramente ad quella Mta. il secreto suo et quello vuole delle cose di Italia. Archivo público de Florencia, Av. il Princ.. CVII.
[62] Cf. la *carta de Bald. da Pescia a Lorenzo de Médici, fechada en Roma a 30 de Mayo de 1514. Archivo público de Florencia, Av. il princ. CVII.
[63] Sanuto XVIII, 210.
[64] Ibid. 99. Cf. el notable juicio y dictamen de León X de 14 Abril de 1514.
[65] Sanuto, XVIII, 175 s., 182, 184, 236, 245, 246, 292.
[66] Ibid., 15, 250, 266, 272, 277, 301.
[67] Ibid., 210, 236.
[68] Dumont, IV, I, 183 s., 188s. Canossa había partido de París para Inglaterra el 8 de Junio de 1514. Cf. la carta del card. Julio de Médici del 19 de Junio, que contiene instrucciones para el nuncio. Manoscr. Torrig., ed. Guasti, XIX, 73 s. cf. también Desjardins, II, 628 s., y este mismo autor, Louis XII et l‘alliance anglaise en 1514 Douai, 1866 (Extr. d. Mém. de la Soc. d‘agricult. sciences et arts). Los franceses celebraron en Roma la confederación de su rey con Inglaterra con fogatas en señal de regocijo; v. el *Diario de un francés, en el día 2 de Sept. de 1514, que se halla en el Cod. Barb. lat., 3552. Biblioteca Vaticana.
[69] Cf. Cian en el Arch. Veneto, XXX, 1(1885), 383. Cf. Nitti, 43 s. Las relaciones florentinas se hallan en Desjardins, II, 639, 645, 646.
[70] Guic