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Ludwig von Pastor
CAPITULO I: |
Acababa de terminar un pontificado verdaderamente grande; y cada uno de los cardenales que se dirigieron al conclave como posibles candidatos, debían haberse preguntado: si después de tan imponente soberano como Julio II, sería capaz de presentarse como su digno sucesor. A pesar de esto, el número de los pretendientes a la suprema dignidad fue muy grande: diez, y según otras noticias, hasta once o doce cardenales, trabajaban fervorosamente su candidatura [1].
Todo el Sacro Colegio constaba, a la muerte de Julio II, de 31 miembros [2], de los cuales no se hallaban por de pronto presentes en Roma más que 20; 5 de los ausentes llegaron, sin embargo, todavía a tiempo; de suerte que pudieron tomar parte en la elección pontificia 25 cardenales. De ellos, 19 eran italianos (Riario, Grimani, Soderini, Vigerio, Fieschi, Adriano Castellesi, Leonardo Grosso della Róvere, Carretto da Finale, Sisto Gara della Róvere, Ciocchi del Monte, Accolti, Achilles de Grassis, Sauli, Medici, Luigi d‘Aragona, Cornaro, Farnese, Segismundo Gonzaga y Petrucci), 2 españoles (Romolino y Serra); y además el francés Roberto Challand, el suizo alemán Schinner, el húngaro Bakócz y el inglés Bainbridge.
Uno de estos cardenales, Rafael Riario, debía su elección todavía á Sixto IV; otro, Juan de Médici, a Inocencio VIII, mientras de los demás, diez habían sido adornados con la púrpura por Alejandro VI, y los otros 13 por Julio II.
Las negociaciones para la elección pontificia habían comenzado viviendo todavía Julio II; y según la opinión general, tenían entonces las mayores probabilidades de obtener la dignidad suprema los cardenales distinguidos por sus riquezas y poderío, Rafael Riario, Bakócz y Grimani, y luego Fieschi [3]; pero esto, sólo en el caso de que se emplearan, como antes se había hecho, medios ilícitos; es a saber; la recompensa de los electores con beneficios y dinero [4].
Por dicha, desde la severa bula de Julio II no podía ya pensarse en el empleo de semejantes medios; ninguno se atrevió obrar contra ella, según escribe el cardenal Segismundo Gonzaga [5], y los romanos, que daban ya por cierta la elección de Bakócz o Grimani, se equivocaron completamente. El embajador de Venecia que, como es fácil entender, se interesaba en Roma por su predilecto paisano Grimani, insiste expresamente en que no era posible una elección simoníaca, y por lo tanto, aquellos cardenales ricos apenas podrían alcanzar su objeto. Si había de ser decisiva la vida irreprensible, añade el embajador, tenían las mayores probabilidades, a par de Grimani, Médici y Carretto da Finale [6].
La elección de Grimani, sobre la que en Venecia se abrigaban ya grandes esperanzas, se hizo imposible por la contradicción que opusieron el representante del emperador Maximiliano, conde de Carpi, y el embajador español Jerónimo de Vich. El candidato de éste era Rafael Riario, mientras Maximiliano seguía sosteniendo la candidatura de Adriano Castellesi [7]. El Colegio Cardenalicio no se hallaba inclinado a tomar en consideración los deseos de los mencionados príncipes, bien que, por el contrario, estaba perfectamente de acuerdo con ellos, sobre que no se debía permitir tomaran parte en el conclave los cardenales depuestos por Julio II.
Carvajal, cabecilla de los cismáticos, se dirigió inútilmente a Maximiliano, para que éste interpusiera su mediación con el Sacro Colegio, en favor suyo y de sus colegas. Los cismáticos perdieron toda probabilidad de ser admitidos a la elección pontificia, por efecto de las precauciones militares tomadas por mar y tierra por orden del Gobierno español. Asimismo fracasó la tentativa de Francia de promover discordias en Roma por medio de los Orsini, y estorbar de esta manera que se procediese rápidamente a la elección [8].
Prescindiendo de pequeñas turbulencias, los días de la sede vacante, comúnmente tan procelosos para Roma, transcurrieron en paz; «no había memoria de hombres, escribe un narrador, de que en tal tiempo hubiera reinado semejante tranquilidad». Esto fue, en parte, consecuencia del severo gobierno de Julio II y en parte, efecto de las precauciones tomadas por los cardenales, principalmente de las promesas que hicieron a los romanos [9]. También los Estados de la Iglesia permanecieron en su mayor parte tranquilos y sólo Gianpaolo Baglione logró volverse a apoderar de Perusa [10].
Para la celebración del conclave se destinó el segundo piso del Palacio Vaticano, el cual, por los frescos de las Estancias de Rafael, había alcanzado celebridad universal. La prestación del juramento de los custodios tuvo lugar en la capilla de Nicolao V, y las deliberaciones para la elección, en la Sixtina [11]. Aquí se habían formado para todos los cardenales, aun los ausentes, exceptuando, naturalmente, a los cismáticos, 31 celdas, tan estrechas y casi sin luz, que un embajador las compara con los aposentos de una cárcel o de un hospital [12]. Estas celdas se distribuyeron por suerte, haciéndose una excepción en favor de los tres cardenales enfermos (Sisto Gara della Róvere, Soderini y Médici), a los cuales se asignaron mejores habitaciones. La celda de Soderini estaba junto a la Cantoria, y las de los otros dos en la proximidad de la puerta que llevaba a la sacristía. Sisto Gara della Róvere se hallaba tan enfermo, que hubo de ser conducido en hombros; asimismo el cardenal Médici, el cual había acudido apresuradamente desde Florencia, y padecía de una fístula que había hecho erupción en la parte superior del muslo, hubo de servirse de una litera. Cada cardenal pudo tomar consigo varios conclavistas, y además se permitió la entrada a dos secretarios del conclave. Las llaves de éste, donde se hallaban, además de los cardenales, otras 75 personas, las guardaban ambos maestros de ceremonias, Paris de Grassis y Blas de Martinellis.
La misa del Espíritu Santo, la cual dijo Bakócz la mañana del 4 de Marzo, no pudo esta vez celebrarse junto al sepulcro del Príncipe de los Apóstoles, a causa de la nueva construcción de San Pedro, y tuvo lugar en la capilla de San Andrés. El obispo Pedro Flórez pronunció la acostumbrada oración. Con muy severas palabras exhortó este prelado español, a que se eligiera un varón que trajese la paz a Italia, defendiese enérgicamente a la Cristiandad contra los otomanos, llevase adelante la reforma de las cosas eclesiásticas y fuese capaz de hacer frente a las dificultades de la situación. Expresamente aludió el orador a la bula de Julio II contra la simonía, como a una sagrada ley. Después de esto se dirigieron al conclave, a donde no llegó hasta la tarde de aquel día el cardenal Adriano Castellesi. El número de los electores fué entonces de 25 [13].
La arbitrariedad y violenta energía de Julio II estaban tan presentes en la memoria de todos los cardenales, que su primer cuidado fue redactar una capitulación electoral, que todos los cardenales juraron a 9 de Marzo, y constaba de artículos públicos y secretos. Los primeros se referían a la guerra contra los turcos, y a los ingresos que debían aplicarse a este objeto; a los derechos de los cardenales, principalmente a la exención de tributos; al restablecimiento de la paz entre los príncipes cristianos; la reforma de la Curia romana en la cabeza y en los miembros, continuando sin demora la acción en este respecto incoada por Julio II; y finalmente, a la permanencia de la Curia en Roma. Por extensa manera se establecía la necesidad del asentimiento, lo menos de los dos tercios del Sacro Colegio, para proceder contra un miembro del mismo, para el nombramiento de nuevos cardenales y legados de latere, para la concesión de cierto número de oficios eclesiásticos, para la declaración de guerra, terminación de alianzas y gobierno del Estado de la Iglesia, del cual fueron casi completamente excluidos los legos. A vista de la importancia del Concilio de Letrán para la reforma de la Iglesia y la guerra contra los turcos, una expresa determinación obligaba al Papa futuro a continuar y llevar hasta su término aquella asamblea, la cual, antes de que hubiera cumplido su incumbencia, no podría ser disuelta ni diferida, sino con especial consentimiento de la mayoría del Sacro Colegio. Los artículos secretos se referían casi todos a los privilegios de los cardenales; en ellos se establecía, entre otras cosas, que cada cardenal, cuyos ingresos no llegaran a 6.000 ducados, recibiera 200 ducados mensuales; que ninguno sería enviado contra su voluntad a una legación, y que todos los beneficios de San Pedro, San Juan de Letrán y Santa María la Mayor no podrían conferirse sino a ciudadanos romanos. Finalmente, el Papa futuro debería otorgar un reparto, menudamente establecido, de los empleos, ciudades, castillos y jurisdicciones de los Estados de la Iglesia a cada uno de los cardenales [14].
Se ha notado con razón, que había una ironía particular en que, precisamente en una época de quejas contra el absolutismo papal, se ataran las manos de esta suerte al nuevo Jefe supremo de la Iglesia, respecto de los más importantes negocios [15]; y aun el embajador imperial, Carpi, juzgaba, que el nuevamente elegido no seria sino Papa a medias, si quisiera guardar la capitulación; a lo cual nada podía forzarle, por cuanto recibía de Dios un ilimitado poder [16]. Las estipulaciones eran de hecho tan exageradas, que no podían ser duraderas y como eran al propio tiempo anticanónicas, los cardenales tuvieron que convenir pronto en la supresión de las más de ellas [17].
Después que a 10 de Marzo se hubo leído en el conclave la severa bula de Julio II contra la elección simoníaca, no podía ya diferirse más tiempo la celebración de un escrutinio; pero, por el resultado de él, se echó de ver, que no habían llegado todavía a su término las negociaciones decisivas; pues los electores procuraban ocultar su verdadero fin y desorientar a los adversarios. Los más (catorce) de los votos, recayeron en uno de los más antiguos cardenales, el español Serra, que no gozaba de muy buena reputación; pero nadie pensaba seriamente en la elección de este paisano de Alejandro VI. En pos de Serra seguía Leonardo Grosso della Róvere con 8 votos, Accolti y Bakócz con 7 cada uno, Fieschi y Finale con 6, Grimani con dos, y Rafael Riario no obtuvo ni un solo voto [18]. Entre aquellos que no obtuvieron en este primer escrutinio más que un solo voto, se hallaba el cardenal Juan de Médici; a pesar de lo cual, ya en la tarde de aquel mismo día, su elección para el pontificado podía decirse que estaba resuelta. Los partidarios de Médici velaron toda aquella noche para impedir una eventual complicación en contra. El 11 de Marzo muy de mañana, se celebró con orden la votación, de donde salió elegido el hijo de Lorenzo el Magnífico.
Este resultado contradecía la expectación de los más, y acerca de las circunstancias próximas que lo determinaron, poseemos las relaciones de los embajadores imperial, veneciano y florentino, así como una carta del cardenal Segismundo Gonzaga, las cuales concuerdan en substancia [19]. Por ellas se ve, que las influencias exteriores no tuvieron efecto decisivo en esta elección; sino más bien fue la división de los cardenales en viejos y jóvenes, y el hábil procedimiento de éstos, lo que la resolvió. Con grande arte supieron los partidarios de Médici tener secreta su candidatura, hasta el instante apropiado; con lo cual se explica el hecho de que Médici no tuviera, en el primer escrutinio, más que un solo voto: el del cardenal Schinner.
Contra la elevación del de Médici militaba ante todo su mucha juventud; pero en esta parte, fue provechosa la circunstancia de que la fístula que padecía, aun durante el mismo conclave, hizo necesaria una operación, que pareció excluir la probabilidad de que llegase a una edad avanzada [20].
Lo que sobre todo recomendaba el cardenal de Médici, era el nombre ilustre de su familia, la distinguida posición que había obtenido en tiempo de Julio II, el haber tomado partido contra Francia, y luego sus cualidades personales: su amor a la paz, su liberalidad y sus costumbres irreprensibles; los cardenales jóvenes confiaban en su blandura, benignidad y condescendencia [21]. Las razones políticas que influyeron en esta elección, las acentúa el historiador Francisco Vettori: se esperaba que, dominando el de Médici en Florencia, sería suficientemente poderoso para resistir a España y Francia, las dos grandes Potencias que se disputaban la hegemonía de Italia, y con ella la supremacía en toda Europa [22]. El vencimiento de los cardenales viejos se originó principalmente de su desunión e irresolución; los jóvenes (Sauli, Cornaro, Luis d'Aragona, Petrucci, Gonzaga, Ciocchi), se mantuvieron, por el contrario, firmemente unidos. Hizo grande efecto la reconciliación del de Médici con Soderini, el cual, inmediatamente antes de entrar en el conclave, se entendió con su adversario, a cambio de que favoreciera sus intereses de familia; pues no quería en manera alguna ver en el trono pontificio a Rafael Riario [23]. Schinner que, conforme a la voluntad del embajador imperial, había de oponerse a la elección de un candidato veneciano o francés, combatió al propio tiempo a Riario por motivos personales [24], y también estuvieron contra éste, Adriano Castellesi y Luis d'Aragona [25]. Sin embargo, Riario era para el de Médici, en los primeros días, un peligroso rival; pues una parte de los cardenales jóvenes se inclinaban en favor del nepote de Sixto IV. Esto despertó los celos de algunos de los viejos, que abrazaron entonces la candidatura del de Médici, entre ellos el mismo Adriano Castellesi que había sido antes uno de sus más decididos adversarios. Rafael Riario renunció por fin a la esperanza de su propio encumbramiento, y llevó a su competidor los votos de sus amigos: finalmente, quedaba todavía al de Médici un adversario peligroso en el primado de Hungría; Bakócz, al cual había llamado a Roma Julio II, cuando el conciliábulo de Pisa, reunido en interés de los franceses, amenazaba a la unidad eclesiástica del Occidente, y parecía necesario asegurarse la obediencia de Hungria. Aquel opulento príncipe de la Iglesia, varón de grandes aspiraciones, y al propio tiempo de mucha capacidad, contaba con el auxilio de Venecia, prometiendo, para el caso de su elección, promover enérgicamente la guerra contra los turcos [26]; pero contra él pesó en la balanza la circunstancia de no ser italiano. Con extraordinaria habilidad trabajó para la elección de Médici, principalmente su secretario particular y conclavista, el elocuente e ingenioso Bernardo Dovizi Bibbiena [27]. Por conclusión, aun los más refractarios de los cardenales viejos, que por algún tiempo habían llegado a amenazar con hacer una demostración, abandonando el conclave, cedieron también a la presión de las circunstancias.
Por diferentes lados se consigna de común acuerdo, que la elevación del de Médici se llevó a cabo sin que interviniera simonía [28]; asimismo se opuso enérgica resistencia al conato de algunos de los electores, de comunicarse con las personas de fuera; y habiéndose hallado señales escritas en los servicios de plata, se hizo que los cardenales no recibieran en adelante sino platos de loza [29].
Por ser el más antiguo de los cardenales diáconos, cúpole a Médici el oficio de leer las cédulas de los votos, y el maestro de ceremonias Paris de Grassis observa, que lo hizo con tan grande modestia como tranquilidad. Luego tomó el nombre de León X, y eligió como su máxima favorita aquellas palabras del Salmo 119: Ad Dominum cum tribularer clamavi, et exaudivit me. «Clamé al Señor estando en la tribulación, y me prestó oídos» [30].
El cardenal Farnese anunció la elección al pueblo, que la acogió con gran júbilo, haciendo resonar las calles de la Ciudad Eterna con el apellido «¡palle, palle!» (las bolas de las armas de Médici). Principalmente los comerciantes florentinos que moraban en Roma, se excedieron en las demostraciones de alegría [31]. La sorpresa por la elección de un cardenal que no había cumplido todavía 38 años, fue tan grande, que muchos apenas querían dar fe al éxito del conclave [32]; y aun cuando no faltaron algunos que, por respeto a esta circunstancia, juzgaron desfavorablemente, y otros se desataron en satíricas alusiones a la debilidad de la vista de León X [33]; sin embargo, generalmente las demostraciones de alegría fueron sinceras, pues Juan de’ Médici era uno de los más populares miembros del Sacro Colegio. El enviado suizo Pedro Falk opinaba, que era la mejor elección que se podía haber hecho; porque Juan de’ Médici era partidario de la paz, y tan blando y moderado, cuanto Julio II había sido áspero y vehemente; desde hacía un siglo no había tenido la Iglesia otro Papa que pudiera ponerse en parangón con éste. Todos se felicitaban por tal elección; y sólo los cardenales viejos no podían ocultar su desencanto; pues, con el encumbramiento de un Papa tan joven; parecía quitárseles toda esperanza de alcanzar el pontificado [34].
Más todavía que en Roma, se abrigaban en otras ciudades de Italia, principalmente en Sena, temores de que el joven Pontífice no tendría fuerzas para levantar tan pesada carga; y también se indicaba el peligro de que León X preferiría demasiadamente a sus parientes y a sus paisanos los florentinos. Finalmente se hacía notar asimismo, que era por su propia índole, demasiado blando y condescendiente. Contra esto acentuaban otros, que un varón de tan irreprensible fama, sería un buen Papa, amante de la paz, y de gran provecho para la Iglesia [35].
Todos los enemigos que los franceses tenían en Italia, se alegraban de aquella elección; si bien muchos confiaban poco en la firmeza de León X [36] . Como es fácil comprender, fue infinito el júbilo en Florencia, a donde la noticia de la elección fue llevada en el breve espacio de diez horas. No se economizó gasto ninguno para festejar el grande acontecimiento de haber llegado por primera vez un hijo de la ciudad del Arno a la dignidad suprema. Los amigos de Médici se entregaron a las más lisonjeras esperanzas, mientras sus enemigos confiaban gozar, por lo menos en adelante, un tiempo tranquilo; sin embargo, no faltaron tampoco algunos que alimentaron temores por la libertad de su ciudad natal; y otros, como genuinos mercaderes, echaban ya sus cuentas sobre las ventajas que resultarían para los florentinos [37].
De entre los príncipes europeos, ninguno saludó esta elección con mayor alegría que Fernando el Católico; de quien refiere Zurita haber dicho, que el nacimiento del heredero del trono, la toma de Granada y la elevación del Papa Médici, eran los tres más alegres acontecimientos de su vida [38].
Es digno de notarse que, aun en Francia, fue favorablemente acogida la elección de León X. Luis XII juzgaba, que el elegido para la suprema dignidad era un varón bueno; del cual, por consiguiente, no debía esperarse sino bien [39]. El embajador en Roma del emperador Maximiliano, Alberto Pío, conde de Carpi, refiere las esperanzas que acerca del nuevo Papa había en los círculos diplomáticos. Después de haber descrito la elección, dice, pues, el referido embajador: En cuanto es posible ahora formar concepto, el Papa será manso como un cordero, antes que feroz como un león, y fomentará más la paz que la guerra; cumplirá concienzudamente sus obligaciones, y aun cuando no será ciertamente un amigo, tampoco será un enemigo de los franceses, como fue Julio II. Preocupado por la gloria y el honor, favorecerá á los sabios, oradores, poetas y músicos; emprenderá construcciones y no descuidará sus deberes religiosos, como tampoco los Estados de la Iglesia. Exceptuada la guerra contra los infieles, no comenzará ninguna contienda, si no se viere muy provocado y forzado a ello. Será capaz de llevar a cabo lo que comenzare, y procederá con mucha prudencia y blandura. ¡A la verdad, añade Carpi, los pensamientos de los hombres son mudables! [40]
El cardenal Juan de Médici, segundo hijo de Lorenzo el Magnífico y Clarisa Orsini, había nacido el 11 de Diciembre de 1475, y fue destinado por su padre al estado eclesiástico, en una edad en que todavía no podía suponerse una deliberación libre. Luego, pues, que a los 7 años hubo recibido la tonsura, se acumularon sobre él rápidamente, por el poderoso influjo de su familia, ricas prebendas, abadías y rectorados [41], y el 9 de Marzo de 1489, se le otorgó la dignidad cardenalicia. Inocencio VIII había consentido muy de mala gana en la elevación de aquel niño de solos 13 años, y establecido expresamente, que Juan no podría, durante los tres primeros años siguientes, usar las exteriores insignias de su dignidad, ni tener asiento ni voto en el Colegio de los cardenales [42]. De la formación clásica del joven príncipe cuidaron los más hábiles humanistas y eruditos: Angelo Poliziano, Bernardo Bibbiena y el docto Marsilio Ficino, que acometió la temeraria empresa de conciliar el Cristianismo con el culto platónico [43]. Juan de Médici estudió en Pisa Teología y Derecho Canónico, desde 1489 hasta 1491, con Filipo Decio y Bartolomé Sozzini [44]. A 9 de Marzo de 1492, recibió, en la abadía de Fiésole, las insignias del cardenalato, y a 22 del mismo mes, hizo su entrada en Roma, donde fue recibido al día siguiente por Inocencio VIII [45]. No sin cuidado permitió Lorenzo de Médici que el joven cardenal diácono de Santa María in Domenica, el cual había guardado hasta entonces una conducta pura y ordenada [46], se dirigiera a la capital del mundo cristiano, «lugar de reunión de todos los males»; y es testimonio de su solicitud, la hermosa carta llena de graves advertencias y prudentes reglas de conducta, que en aquella ocasión dirigió a su hijo [47].
Ya en Abril de 1492, la muerte de su padre llamó al cardenal, que no tenia más que 17 años, a Florencia, desde donde en Julio regresó a Roma para tomar parte en el conclave; y habiendo sido elegido en él, enteramente contra su deseo [48], Alejandro VI, regresó el cardenal de Médici a su ciudad natal, donde permaneció hasta la catástrofe de 1494, que le obligó a huir disfrazado en hábito de franciscano. En aquel tiempo empezó a experimentar las asperezas de la vida, el hasta entonces tan mimado de la fortuna; a los días de apacibles goces, siguió la agitada vida del fugitivo; pero Juan no renunció nunca, lo propio que su hermano Pedro, a la esperanza de recobrar lo perdido; y tomó parte, con su acción y consejo, en todas las tentativas de restablecer el señorío de su familia. Después de haber fracasado por tres veces, emprendió una gran peregrinación por Alemania, los Países Bajos y Francia [49]; de la cual, habiendo regresado en Mayo de 1500, juzgó oportuno, a causa de la mudanza de la situación política, trasladarse a Roma. Aquí vivió en su palacio de San Eustaquio (en la actualidad, Palazzo Madama), lleno de antigüedades, estatuas y cuadros, y provisto de una magnífica biblioteca, enteramente entregado a los gustos literarios y artísticos que se habían hecho tradicionales en su familia [50].
El año 1503 trajo consigo el cambio de Pontífice y la súbita muerte de Pedro de Médici; y Juan, que quedaba entonces cabeza de la familia, no se ocultó que, sólo un cambio de la situación política, podría conducir a los suyos a recobrar el señorío de Florencia. Por efecto de su mecenazgo, de su gran liberalidad, y de la mala administración de su hacienda, se halló con frecuencia en las más apuradas circunstancias [51]; pero, a pesar de todas las dificultades, conservó firme la confianza en su buena estrella. A los suyos consolaba diciendo: que era la fortuna la que encumbraba a los hombres notables; y que a ellos no podría faltarles, si a sí mismos no se faltaban. Por grande que fuera el vacío de sus arcas, no por eso socorría con menor liberalidad a los eruditos, literatos, músicos y artistas, y esta liberalidad agradó a los romanos, no menos que la blandura y afabilidad del cardenal de Santa María in Domenica, el cual era uno de los más queridos miembros del Sacro Colegio.
Era notable la alegría de carácter del cardenal de Médici, la cual no le dejaba ni aun en las más apuradas situaciones; y por más que el hijo de Lorenzo el Magnífico llevara una vida más bien aseglarada, hacía, sin embargo, ventaja a algunos de los cardenales viejos, en la corrección y dignidad de su conducta [52].
Después de muchos años de tribulaciones y duras pruebas, volvió a sonreírle el sol de la fortuna hacia los fines del pontificado de Julio II; el 1° de Octubre de 1511, tuvo lugar su nombramiento para legado de Bolonia y de la Romaña; y aun antes había dado el cardenal de Médici una prueba de lo mucho que confiaba en su buena estrella; pues, durante la grave enfermedad de Julio II, en Agosto de 1511, fue uno de los cardenales que aspiraron la triple corona [53]; y si bien el restablecimiento de la salud del Papa destruyó por entonces las esperanzas a la suprema dignidad, se abrió para el cardenal de Médici la perspectiva de restablecer el señorío de su familia en Florencia. Habiéndose declarado la República de los florentinos en favor del conciliábulo cismático de Pisa, empujó con esto a Julio II aliado de los Médici, cuya fortuna dependía del éxito de las armas del ejercito hispano-pontificio, en el que se hallaba como legado el cardenal de Médici. Verdad es que la lentitud que mostró en esta legación, no respondió siempre a los deseos del fogoso Papa Róvere; pero logró, sin embargo, justificarse. de suerte[54], que pudo continuar en aquella posición. Todavía hubo de experimentar de nuevo las veleidades de la fortuna: el 11 de Abril de 1512 sufrieron las tropas hispano-pontificias la grave derrota de Ravenna, en la que el mismo cardenal de Médici quedó prisionero y fue conducido a Milán. Allí le envió Julio II la facultad de conceder la absolución de las censuras eclesiásticas, a los muchos franceses que solicitaban esta gracia; y así, el prisionero se vio muy pronto rodeado de suplicantes. Habiendo ocurrido un nuevo cambio de fortuna desfavorable para los franceses, el cardenal de Médici iba a ser trasladado a Francia; pero también en esta ocasión se mostró la proverbial felicidad de los Médici; pues, al pasar el Po, logró escapar de las manos de los franceses y llegar á Bolonia [55].
No fueron necesarias muchas consideraciones para demostrar claramente a Julio II, que no podía ponerse término a la influencia francesa en la Italia central, sino mediante un cambio de gobierno en Florencia; y habiéndose declarado la guerra a los florentinos, el cardenal de Médici pudo volver a pisar, acompañando a Cardona, el suelo de su patria. Aquí fue testigo del saqueo de Prato, en el que se esforzó inútilmente por moderar la furia de los españoles [56]. Luego que una revolución incruenta hubo restablecido en Florencia el señorío de los Médici, se dirigió allá el cardenal el 14 de Septiembre de 1512; pero aun cuando así él como su hermano Juliano, emplearon todos los recursos para conciliarse el favor de los florentinos, la ciudad continuó en un estado de vehemente efervescencia [57]. Precisamente acababa de descubrirse un complot encaminado a derribar a los Médici, cuando la muerte de Julio II obligó al cardenal a dirigirse a Roma aceleradamente, con objeto de asistir al conclave de donde salió elegido Papa.
Con una rapidez sin ejemplo había ascendido, a los 38 años de edad, a la dignidad suprema. ¡Qué destino y qué suerte! ¡Desterrado, prisionero, libre, ya señor de Florencia, y finalmente, Cabeza de la Cristiandad! No es, pues, de maravillar, que los literatos no acabaran de ensalzar en poemas e inscripciones al «domeñador de la fortuna» y al «hijo de la felicidad» [58].
Como León X no era todavía más que diácono, recibió el 15 de Marzo de 1513 la ordenación sacerdotal, y el 17 la consagración episcopal [59]; y por respeto a la proximidad de la Semana Santa, se celebró la coronación el sábado 19 de Marzo, fiesta del Patriarca San José; aunque, según la costumbre, se había celebrado siempre esta solemnidad en un domingo. A pesar de la brevedad del tiempo de que se dispuso para la preparación, se realizó el acto con grande esplendor. El cardenal Farnese puso en la cabeza del nuevo Jefe supremo de la Iglesia, la tiara, riquísimamente adornada con perlas y piedras preciosas, que para dicho fin se había labrado expresamente. Según antigua usanza, solía el Papa, en aquella ocasión, repartir liberalmente gracias, en particular a los cardenales; pero las solicitaciones fueron en este caso tan numerosas y desmesuradas, que León X dijo, sonriendo a los cardenales, que valía más tomaran su corona, y entonces, como papas, podrían concederse todo aquello que deseaban [60].
El siguiente día, en la solemnidad del Domingo de Ramos, rehusó León X el uso de la litera, observando, que todavía era demasiado joven para necesitar de semejante auxilio [61]. En el lavatorio de los pies del Jueves Santo, llamó la atención haber el Papa besado realmente los pies de los pobres, diciendo que esta ceremonia debía verificarse efectivamente y no sólo en la apariencia [62]. También tomó parte León X en todas las demás conmovedoras solemnidades de la Semana Santa, observando exactamente el ritual y mostrando gran recogimiento religioso. El derribo del antiguo templo de San Pedro estaba ya bastante adelantado para imposibilitar que se celebrara, como de costumbre, la misa mayor del Domingo de Pascua en dicha basílica, donde el viento penetraba por todas partes. Por esta razón se eligió la Capilla Sixtina, ciertamente sin daño de la solemnidad; pues, como observa el maestro de ceremonias Paris de Grassis, la majestad pontificia se desplegó mucho mejor en aquel local más reducido [63].
El 1° de Abril contentó el Papa a los romanos suprimiendo el impuesto del vino y del harina [64]. El 4 del mismo mes tuvo lugar el primer consistorio, en el que Paris de Grassis fue nombrado obispo de Pesaro; y en aquel acto se presentó el Papa con una mitra sencilla sin piedras preciosas [65]. Por el contrario, se desplegó toda la magnificencia posible en la toma de posesión de Letrán, ceremonia que debía prepararse dignamente y no celebrarse hasta el 11 de Abril, fiesta de San León y aniversario de la fecha en que León X cayó prisionero en Ravenna; con el fin de que aquel día de infortunio se trocara en día de felicidad [66].
Tomáronse las más amplias disposiciones para el festivo ornato de las calles [67]; todo lo que la Roma de Rafael podía mostrar en artes y antigüedades, había de contribuir a rendir homenaje al Papa Médici. El importante día de la toma de posesión (Possesso) de la Iglesia episcopal de los papas, no sólo había de inaugurar una nueva era de artístico esplendor, sino también una época de paz. Por ruegos de Bibbiena [68] y el cardenal Luis d'Aragona, se suspendieron, el 10 de Abril, las censuras fulminadas por Julio II contra el duque de Ferrara, Alfonso [69]; de suerte que este príncipe pudo también tomar parte en aquella solemnidad entre los vasallos de la Iglesia, con todo el ornato de su dignidad ducal.
Luego que la solemne comitiva, favorecida por un hermoso tiempo primaveral, se hubo ordenado conforme a las disposiciones del Maestro de ceremonias Paris de Grassis, presentóse el Papa. El duque de Ferrara llevaba del freno su caballo de montura, y sostuvo las riendas hasta la fontana de la plaza de San Pedro, donde le substituyeron Francisco María della Róvere, duque de Urbino, Juan María de Varano, Señor de Camerino [70], y el sobrino Lorenzo de Médici.
La solemne procesión ofreció el más brillante espectáculo del que Roma había sido testigo después de la época imperial [71].
Formaban la cabeza 200 lanceros a caballo, junto con la servidumbre inferior del Papa y de los cardenales. Ofrecían magnífico aspecto los músicos, que seguían, ataviados con la librea del Papa, blanca, roja y verde, y en el pecho la divisa de los Médici. En pos de ellos aparecieron los estandartes de los 12 cursores pontificios y de los 13 presidentes de los distritos de la Ciudad, y la bandera de la Universidad con su querub de llameantes colores. Juan Jorge Cesarini llevaba la gran bandera roja de Roma con las letras de oro: S. P. Q. R. (Senatus Populusque Romanus), y seguían por su orden los Procuradores de la Orden de los Caballeros Teutónicos, con su bandera blanca, en la que resaltaba una cruz negra; el Prior de los Sanjuanistas, Julio de Médici, que llevaba asimismo la bandera de la Orden, de seda roja con cruz blanca; y finalmente, la bandera del Capitán General y del Gonfaloniere de la Iglesia. Seguía luego la caballeriza pontificia: nueve caballos blancos y tres mulas blancas con caparazones bordados de oro, el jefe superior de las caballerizas, vestido de rojo, y numerosos camareros de honor, dos de los cuales llevaban ínfulas cuajadas de perlas y piedras preciosas, y otros dos tiaras adornadas todavía con más ricas labores. El brillante grupo de los caballeros de la alta nobleza romana y florentina, traía a la memoria una gran parte de la Historia medieval de Italia. Allí se veía a los Colonna, Orsini, Savelli, Conti, Santa Croce, Gaetani, Médíci, Soderini, Tornabuoni, Salviati, Pucci, Strozzi y otros, con lujosísimos vestidos, y numerosa y lucida comitiva. A esta fastuosa cabalgata seguía el Cuerpo Diplomático, delante los enviados de las provincias y ciudades de la Iglesia, luego los embajadores de Florencia, Venecia, España y Francia, y al fin, en medio de Jacobo Salviati y el Senador romano, el representante del Emperador. Al fin de esta cabalgata de seglares, ninguno de los cuales llevaba armas, se veía al duque de Urbino, vestido de negro a causa de la muerte de su tío Julio II, y al sobrino de León X, Lorenzo de Médici.
No menos colorido conjunto ofrecía la corte eclesiástica del Papa: los ostiarios, los tres subdiáconos apostólicos con la gran cruz dorada, luego la hacanea blanca que llevaba sobre sus lomos el tabernáculo con el Santísimo Sacramento, sobre el cual sostenían el palio ciudadanos romanos, mientras 25 palafreneros iban alrededor con velas de cera en las manos. Inmediatamente después venían el sacristán, llevando en la mano un bordón blanco, un secretario y un abogado consistorial. Traían a la memoria tiempos remotamente pasados, los dos Prefectos de la Mar que seguían después. Continuaba la Capilla pontificia, los clérigos de la Cámara Apostólica, los abogados consistoriales, y el Maestro del Sacro Palazzo. Con todo el adorno de sus vestiduras sacerdotales cabalgaban además 250 abades, obispos, y arzobispos, con ornamentos cubiertos de oro, y finalmente, los cardenales guardando exactamente el orden de su rango, y acompañados cada uno de ocho camareros. Entre los cardenales Gonzaga y Petrucci se veía a Alfonso de Ferrara, con manto ducal de brocado de oro. La guardia suiza con sus pintorescos uniformes de gala -hermosas figuras de marcial continente, con centelleante armadura- anunciaba la proximidad del Papa. Bajo un palio llevado por ciudadanos romanos, con todo el ornato de su suprema dignidad sacerdotal, en la cabeza la tiara resplandeciente con piedras preciosas, montaba el mismo blanco caballo turco en que, precisamente un año antes, había caído prisionero de los franceses en la sangrienta batalla de Ravenna. Al Santo Padre seguían inmediatamente el Camarlengo, varios camareros, uno de los cuales iba arrojando al pueblo monedas de oro y de plata [72], la gran caterva de los Protonotarios, y finalmente el Macerius con la egida del Papa. Formaban la escolta 400 jinetes.
Innumerable muchedumbre de pueblo llenaba todas las calles que debía tocar la procesión en su largo camino hasta Letrán, por la llamada Via Papale. La misma Naturaleza parecía tomar parte en el general alborozo ofreciendo uno de aquellos hermosos días de la primavera romana, en los que el sol, brillando en un cielo de profundo azul, derrama sobre todas las cosas sus luces deslumbrantes.
Junto al puente de Sant Angelo se había erigido un cadalso para los jefes de la comunidad israelita de Roma, ante el cual se detuvo el Papa para recibir, conforme a la antigua usanza, el rollo de la Ley, y reprobar la falsa exposición que de ella hacen [73].
Al fin de dicho puente se levantaba el primer arco de triunfo, en el que se leía la inscripción: «A León X, fautor de la unidad eclesiástica y de la paz entre los pueblos cristianos». Donde desembocaba la Vía Giulia había un segundo arco; y numerosos otros estaban distribuidos en el trayecto hasta la basílica de Letrán. En esta se había construido, desde el pórtico hasta el altar mayor, un estrado de unos diez pies de alto y veinte de ancho, a donde solamente subieron los que tomaban parte en la ceremonia. Después de haberse verificado las solemnidades de costumbre en la sala del concilio, en la capilla de San Silvestre y Sancta Sanctorum, se dirigieron al palacio, donde estaba dispuesto un espléndido festín. Durante el camino de vuelta se extendió la oscuridad y comenzó la iluminación de las casas.
Las calles que tocó la procesión se habían adornado riquísimamente con tapices labrados, bordados de oro y seda, y pintados; con guirnaldas de verde follaje y matizadas flores; todas las ventanas estaban llenas de espectadores, mientras el pueblo común se apretaba junto a las casas, clamando incesantemente "¡Leo, palle, palle!» El clero inferior de la Ciudad, para ofrecer sus homenajes al Jefe supremo de la Iglesia, se había repartido en torno de altares hermosamente adornados, erigidos en todas las calles a distancias determinadas. Formando con ellos raro contraste, se habían expuesto en muchas casas estatuas antiguas. Todavía chocaba más este contraste en los numerosos arcos de triunfo que, «conforme a la antigua usanza -como dice Giovio-formaban en esta ocasión el principal ornamento de la Ciudad». Ya en el primero de ellos, que Rafael Petrucci, obispo de Grosseto, alcalde del Castillo de Sant Angelo, había hecho levantar en el puente del mismo nombre, se veía a Apolo con la lira, y juntamente la entrega de las llaves a San Pedro. En el arco de los mercaderes florentinos, se veía el bautismo de Cristo por San Juan, más allá a San Pedro y San Pablo, San Cosme y San Damián, santos tutelares de los Médici, luego las armas y divisa de éstos y finalmente interesantes alusiones político-religiosas. Otras tales ofrecía también el arco del Maestro de la moneda pontificia, Juan Zink, donde se veían representados, entre otras cosas, reyes que ofrecían homenajes al Papa, y una sesión del Concilio de Letrán, con la inscripción: «Tú terminarás el Concilio y serás llamado reformador de la Iglesia».
Los banqueros ricos habían erigido los más artísticos arcos de triunfo, y a todos superó el levantado por Agustín Chigi, en su casa de la Vía del Banco de Sancto Spirito, con la inscripción: «A León X, feliz restituidor de la paz». Conforme al carácter mundano de Chigi, se habían puesto allí casi exclusivamente figuras paganas: Apolo, Mercurio, Palas, ninfas, centauros. En letras de oro se leía allí la sátira, que muy pronto se hizo famosa, contra los tiempos de Alejandro VI y Julio II, la cual expresaba al propio tiempo lo que los humanistas esperaban de León X:
«Un tiempo dominó Venus, y luego llegó su vez al dios de la guerra;
Ahora empiezan tus días, augusta Minerva.»
Una respuesta, acomodada al sentir de la mundana Roma, daba más adelante el famoso aurífice Antonio de San Marino, quien había expuesto en su casa una estatua de Venus con esta inscripción:
«Marte ha dominado y hale seguido Palas. Pero siempre reinará Venus» [74].
Al pie de otras estatuas se leían asimismo versos latinos [75]. En el arco levantado por el clérigo de cámara Fernando Ponzetto de la Piazza di Parione, estaban colocados Perseo, Apolo, Moisés, Mercurio y Diana, y también una representación del salvamento del cardenal de Médici en la batalla de Ravenna. Nadie tropezaba entonces en este amigable compadrazgo de paganismo y cristianismo. Un obispo, el que fue más adelante cardenal Andrés della Valle, adornó su arco de triunfo sólo con estatuas antiguas: Apolo, Baco, Mercurio, Hércules, Venus; pero el número mayor de estatuas antiguas lo exhibió en su casa el patricio romano Evangelista de Rossi. Eran numerosas las inscripciones que celebraban a León X como Mecenas de los eruditos, y un arco de follaje, situado en la Pellicceria llevaba la inscripción: «El hado se ha cumplido». La casa de la familia de cambistas genoveses de Sauli, había erigido un arco por extremo artificioso, del cual salió un niño que pronunció versos latinos; una inscripción del mismo arco designaba al nuevo Papa como astro de bonanza.
También se veían, en aquel día de festejos a León X, otras alusiones, en las más diversas inscripciones y emblemas, al amor de la paz del nuevamente entronizado, de quien se tenía el firme convencimiento, que acreditaría en mayor escala, en su nueva elevada posición, la mansedumbre y modestia que había manifestado hasta entonces. La aspereza y vehemencia de Julio II estaban tan fijas aún en la memoria de todos, que su feliz sucesor podía resplandecer sin particulares esfuerzos, con la luz de una gran popularidad. Los humanistas, para quienes el nuevo Papa, ya siendo cardenal, había sido protector y amigo, anunciaban claramente por todos lados, que ahora a edad de hierro había cedido la vez a la edad dorada; y sin duda estaba en los sentimientos de León X el corresponder semejantes esperanzas y mostrarse el más liberal de todos los protectores. Asimismo en los negocios políticos y eclesiásticos pareció León X, en los principios de su reinado, preocuparse afanosamente por corresponder a la buena opinión que se había concebido de él. Ya el 29 de Marzo de 1513, el sobrino del Papa, Julio de Médici que, junto con Bibbiena, era el más iniciado en los secretos de la política, anunciaba al hermano de León X, Juliano de Médici, residente todavía en Florencia, que Su Santidad trataría, ante todas cosas, de proporcionar a la Cristiandad, en lo eclesiástico y en lo político, la tan necesaria paz [76]. Concluir con el cisma de Pisa, estorbar nuevas guerras en Italia, conservar el Estado de la Iglesia y unir, a ser posible, los príncipes cristianos para guerrear contra los turcos; eran las grandes incumbencias cuya ejecución reclamaba, es verdad, una fuerza casi sobrehumana. Si el Papa Médici era el hombre a propósito para ello, había de decirlo el tiempo.
Los primeros pasos de León X parecieron muy a propósito para confirmar la buena opinión que se tenía de su amor a la paz, así como de su prudencia y magnanimidad. El rigor con que se sofocó en Florencia la conjura de los Bóscoli contra el señorío de los Médici, no fue conforme a los sentimientos del Papa. Así el historiador Giovio, como Nerli, son de parecer, que el Papa hubiera perdonado a los culpables, si el Gobierno florentino no hubiese mandado proceder a la ejecución de los mismos luego en seguida que se pronunció su sentencia. Por el contrario, logró León X que fueran puestos en libertad los demás presos [77]. Los más violentos adversarios de los Médici, los Soderini, fueron reconciliados a fuerza de magnanimidad. El Papa hizo venir a Roma a Pedro Soderini, que estaba desterrado en Ragusa, y al propio tiempo le restituyó en la posesión de sus bienes confiscados [78]. Para acabar en lo porvenir con todas las enemistades, se proyectó el enlace de un Médici con una Soderini [79]. También procuró León X ganar al inquieto Pompeyo Colonna, otorgándole el perdón y la reposición en sus dignidades. Ya se hablaba en Roma de una completa reconciliación con los Este y los Bentivoglio, y una comisión de cardenales negociaba con unos y otros; y en Junio se ajustó la paz con los Bentivoglio [80].
Lleno de mansedumbre y blandura fue el proceder de León X con los cardenales rebeldes. Los cabecillas de ellos, Carvajal y San Severino, habían sido aprehendidos por los florentinos, y conducidos a la ciudad del Arno con arreglo a un mandato pontificio. Allí un propio legado les llevó la seguridad de que Su Santidad haría prevalecer la gracia sobre la justicia, y les concedería el perdón y la reposición en sus dignidades anteriores, si le dieran posibilidad para ello sometiéndose perfectamente; pero había de ser condición previa de toda negociación ulterior, que se portaran como legítimamente depuestos, absteniéndose de usar las insignias de la dignidad cardenalicia. Francia, Juan Jordán Orsini y Fabricio Colonna, interpusieron por aquellos desgraciados una calurosa mediación; pero los cardenales Schinner, Remolino y Bainbridge, lo propio que el embajador español Jerónimo de Vich, se oponían resueltamente a que se los perdonara; a pesar de lo cual, perseveró el Papa en sus sentimientos conciliadores, insistiendo solamente en que los culpables se sometieran y retractaran. Las demás condiciones debían ser establecidas por una comisión especial de cardenales; pero como los rebeldes no querían al principio oír hablar de humillarse, las negociaciones tomaron un curso muy difícil [81].
Todavía mayores dificultades se ofrecieron a León X, en sus esfuerzos políticos para obtener la paz.
Ya en los primeros días que siguieron a la elección pontificia, se dijo en Roma que el nuevo Jefe de la Iglesia enviaría legados de paz al Emperador, a Francia, España, Inglaterra y Venecia[82]; y parece que León X formó realmente un plan de esta naturaleza; pues, aun antes de su coronación, habla de él en los breves por los que procuró reconciliar al rey Segismundo de Polonia y al Gran Maestre Alberto de Brandeburgo; en los cuales se hace también referencia al peligro de los turcos, que debía aumentarse todavía más por efecto de las mutuas disensiones entre los cristianos [83]. Pero León X tuvo que experimentar demasiado pronto, que ninguno de los príncipes europeos estaba dispuesto a prestar oídos a las exhortaciones del Papa en favor de la paz.
Sin duda alguna, el mayor peligro amenazaba a la tranquilidad de Europa por parte del ambicioso monarca francés Luis XII, el cual estaba resuelto a emplear todos sus recursos para vengar la derrota del año 1512, y volverse a apoderar de la hermosa provincia de Milán. Para este fin ajustó el rey de Francia en Blois, a 23 de Marzo de 1513, una alianza ofensiva con la República de Venecia, con arreglo a la cual, los venecianos se obligaron a salir a campaña a mediados de Mayo, con un ejército de 12.000 hombres, mientras los franceses penetrarían por el mismo tiempo en la Italia superior; unos y otros no deberían dejar las armas de la mano hasta que Francia hubiese recobrado la posesión de la Lombardía, y los venecianos hubieran reconquistado todo lo que habían poseído en el continente antes de la Liga de Cambray [84].
Julio II, conforme a su carácter resuelto e impetuoso, hubiera contestado sin duda a la separación de los venecianos de la Liga Santa y a su alianza con los franceses, con las más enérgicas medidas contrarias; pero no lo hizo así el prudente y considerado León X, guiado por su amor a la paz. Por muy vivamente que pudiera sentir los daños que Francia había causado a su familia y a él mismo; elevado a la suprema dignidad, quería, sin embargo, no inclinarse a ningún partido; y cuando los embajadores imperial y español, en los primeros días de su pontificado, le dieron noticia de la mudanza que iba a realizarse, y le rogaron se declarara públicamente contra Francia y apoyara enérgicamente a la Liga con tropas y dinero, les replicó León X, que no le habían hecho Papa para dirigir la guerra, sino para fomentar la paz; y que el tesoro de su predecesor, pensaba guardarlo para la defensa del Estado de la Iglesia y la guerra contra los turcos. Inútilmente le recordó el embajador español, en una conferencia posterior, las obligaciones y agradecimiento que tenía para con su Soberano, el cual había restablecido de nuevo a los Médici en Florencia; el Papa rehusó, no obstante, el subsidio pecuniario de 10.000 ducados, que se le pedía [85]. En lugar de declararse abiertamente contra Francia y Venecia, intentó más bien con pacíficas negociaciones apartar a una y otra Potencia de la guerra. Ya en el breve, compuesto por Bembo, en el que León X comunicaba su elección al Dux, iban expresadas sus esperanzas de que se conservaría la paz [86]. A Francesco Foscari, embajador de Venecia en Roma, aseguraba su amor hacia dicha República, pero le prevenía urgentemente contra la temeraria alianza con Francia. El embajador negó por de pronto rotundamente la existencia de una confederación veneto-francesa; mas como León X se hubiera dirigido el 13 de Abril de 1513 a su nuevo Nuncio en Venecia, Pedro Bibbiena, para obtener noticias, el embajador veneciano le hizo las primeras indicaciones acerca de una Liga formada entre ambos Estados; y aun cuando no se atrevió a comunicar al Papa toda la verdad, observó, sin embargo, claramente, que le disgustaba el inminente ataque de los franceses contra Milán. El diplomático resume su parecer sobre la actitud de León X, diciendo, que por de pronto permanecería neutral, para ver a quién favorecía la suerte de las armas. A pesar de los esfuerzos de los embajadores español e imperial y del cardenal Schinner, para atraer a su lado a Su Santidad, anuncia Foscari el 18 de Abril, el Papa permanecerá neutral: aunque bien más quisiera no ver a los franceses en Italia [87].
Luis XII empleó por su parte todos los recursos para ganarse a León X. Con este fin se dirigió al hermano del Papa, Juliano de Médici, dándole a entender cuán grandes esperanzas tenía de que León no se opondría a su empresa contra Milán; y para este caso, prometió no extender más allá su expedición conquistadora, y aun dejar al Jefe supremo de la Iglesia la mediación de la paz; Juliano, que se inclinaba del lado de los franceses, apoyó las súplicas de Luis XII; pero León X se mostró mucho más reservado. Es verdad que no tuvo por oportuno oponerse con rudeza al Rey, sino más bien procuró al principio disuadirle de sus belicosos propósitos por medio de buenas reflexiones, y luego obtener, por lo menos, con la promesa de futuras ventajas, que difiriese su expedición militar. Pero Luis XII no se fió de las promesas del Papa, conociendo claramente que, en realidad, trataba éste de impedir que los franceses conquistaran a Milán [88]. Luego que Luis XII hubo logrado ajustar con los españoles una tregua[89] por el plazo de un año, respecto del teatro de la guerra en Italia, su anhelo de recobrar la perdida gloria fue más ardiente que nunca. A esto se añadió el haberse dispuesto las cosas de Milán de tal suerte, que había de invitar a Francia a intervenir en ellas. El débil y liviano duque Maximiliano Sforza tenía tan pocas fuerzas para hacer frente a la situación, que el cronista Prato repite la sentencia bíblica: «¡Ay del país que tiene un niño por rey!» [90]. Así los suizos como los españoles, en los cuales se apoyaba el Duque, se habían hecho tan odiosos por sus exacciones en la Lombardía, que muchos anhelaban por la vuelta de la dominación francesa [91].
Contra el peligro que le amenazaba, buscó auxilio el duque de Milán en los suizos y en León X. Los primeros permanecieron a su lado, A pesar de los esfuerzos de Francia para atraérselos, porque apenas podían esperar que recibirían de otro Señor alguno de Milán los sueldos que se les habían asegurado[92]. Mucho más difícil era obtener apoyo de parte del Papa, que continuaba aún indeciso. Para este fin, fue enviado a Roma, en el mes de Abril, un hombre de tan grandes cualidades como Jerónimo Morone. Con elocuentes palabras manifestó éste, que se debía obrar, y obrar ciertamente con energía, sino habían de quedar sin fruto tantos esfuerzos de Julio II en favor de la libertad de Italia, y ponerse en contingencia todo lo que se había obtenido. Morone hizo observar asimismo, que Parma y Plasencia caerían en poder de los franceses si se abandonaba a Maximiliano Sforza. Las ciudades mencionadas habían sido ocupadas en nombre de Milán, después de la muerte de Julio II, por el virrey español de Nápoles, Cardona; y León X no obtuvo la devolución de ellas hasta primeros de Mayo de 1513 [93].
El embajador imperial apoyaba las representaciones de Morone, pintando con los más negros colores el peligro de la preponderancia francesa, que por natural necesidad habría de resultar de la conquista de Lombardía. Morone insistía incesantemente, en que sólo el Papa podía prestar auxilio, porque con España ya no había que contar; que en su poder estaba abrir el tesoro de Julio II, para pagar los salarios a los suizos, y salvar de esta manera a Milán. Un antiguo enemigo de Franela, el cardenal Schinner, que gozaba por entonces de mucho valimiento con León X [94], ponía ante sus ojos el poder del ejército suizo, y ante todo, la necesidad de conservar la reputación pontificia [95].
León X hubiera de buena gana diferido todavía más su resolución, pero un nuevo agrupamiento de las potencias puso fin sus dilaciones.
El 5 de Abril de 1513, firmó en Malinas una Liga Santa entre el emperador Maximiliano y el rey Enrique VIII de Inglaterra, entre cuyos partícipes se nombraba a León X y a Fernando el Católico. Se debía atacar a Francia por cuatro lados y, despedazándola completamente, quitarle la facultad de turbar en adelante la tranquilidad de Europa [96].
Aun después de haberse formado esta poderosa alianza antifrancesa, pareció todavía que León X tomaba por algún tiempo una actitud enteramente neutral; y por más que el embajador imperial y el español le exhortaban a entrar en la Liga de Malinas, no quería con todo eso adherirse todavía descubiertamente [97]. Mas la situación de las cosas le apremió irresistiblemente a tomar una resolución: ya el ejército francés invasor estaba acampado al pie de los Alpes, y León X no podía escapar al peligro de quedar enteramente aislado. La manera cómo se resolvió finalmente, es muy significativa para comprender su política.
El historiador Paulo Giovio describe del siguiente modo la actitud de León X en aquel momento importante [98]. Aunque el Papa, como suele acontecer a los nuevos soberanos, no había desarrollado todavía su programa político, conoció sin embargo claramente, que había de seguir adelante por el camino que su predecesor había emprendido tras maduras y graves consideraciones. Conforme a esto, debía sostener a todo trance al duque Maximiliano Sforza, a quien Julio II había colocado de nuevo en Milán; asimismo parecía honrosa y útil para la Santa Sede la alianza con los valientes y fieles suizos, que acababan de alcanzar la victoria, y se mostraban defensores de la libertad eclesiástica. Mas aun cuando León X se declaró oficialmente continuador de la política de Julio II, pensó, sin embargo, deber observar en ello una cierta reserva, de suerte que a ninguno ofendiera abiertamente, ni perdiera el título, que tan bien sentaba a un Papa, de mediador de la paz. Así que, sus esfuerzos se dirigieron, por una parte, a procurar que los enemigos de Francia no perdieran el ánimo; pero por otra, procuró evitar asimismo la apariencia de una excesiva aspereza contra los franceses, poderosos, así por su propia fuerza, como por la alianza con Venecia; principalmente no pudiendo nadie prever de qué manera se desenvolverían los acontecimientos en el teatro de la guerra. Aun cuando Giovio no hace mención de ello, tuvo ciertamente asimismo grande influjo en la actitud de León X, la continuación del cisma en Francia; la cual, si le forzaba a no abandonar el camino emprendido por su predecesor, por otra parte, la obligación de procurar el restablecimiento de la unidad eclesiástica, le exhortaba a no romper todos los puentes que le unían con Francia.
De estas consideraciones nació la resolución de permanecer en la Liga Santa y aprestar los recursos que se requerían para pagar sus salarios a las tropas que estaban al servicio de Milán, con lo cual salvó a esta ciudad. Pero con cuánta solicitud se esforzara, sin embargo, aun entonces el Papa, para no cortarse la esperanza de una inteligencia con los franceses, lo muestra el hecho de haber concedido sólo secretamente aquellos auxilios pecuniarios; y para el caso de que llegaran a ser conocidos (pues oficialmente se negó semejante auxilio), añadióse la cláusula de que 20,000 ducados se habían dado como pensión a personajes conspicuos, y los otros 22,000 para pagar a los suizos sueldos atrasados [99].
La conducta del Papa muestra claramente, cuán de buena gana hubiera tomado aún entonces una actitud expectativa; pero esto no era ya posible. Sin embargo, aunque León X continuó en los acuerdos políticos tomados por su predecesor, no entró, con todo, abiertamente en la nueva alianza antifrancesa, y aun evitó con angustiosa solicitud todo lo que pudiera exasperar demasiadamente a los franceses y venecianos [100].
En la persuasión de que importaba en primer término obrar con rapidez, habían los franceses comenzado las hostilidades en Mayo, dirigiéndose con 14,000 hombres contra Asti y Alejandría, al propio tiempo que los venecianos se acercaban por el Este. Como los españoles permanecían inactivos, Maximiliano Sforza se vio en el mayor peligro. Encerrado en Novara parecía perdido el Duque, cuando un brillante hecho de armas de los suizos dio a las cosas un nuevo rumbo. Con heroico desprecio de la muerte, atacaron en campo abierto, cerca de Novara, en la mañana del 6 de Junio de 1513, a las fuerzas superiores de los franceses, y los derrotaron tan completamente, que el resto de los enemigos huyó a Turín, y luego por el camino del Monte Cenis. Las ciudades lombardas tuvieron que comprar entonces con dinero la gracia del Duque, mientras los venecianos se retiraban por el Este. También Génova se perdió para el partido francés, pues los Adorni abandonaron voluntariamente la ciudad, donde fue elegido Dux Octaviano Fregoso, amigo de León X [101].
Cuando en la tarde del 10 de Junio, llegó a Roma la primera noticia de la batalla de Novara, se entregaron al júbilo todos los enemigos de Francia: se encendieron alegres fogatas y resonó en las calles la aclamación: «¡Julio II!» [102]. El cardenal Schinner mandó echar al vuelo las campanas de su iglesia titular [103]; pero no se oye hablar a nadie de que el Papa hiciera solemnizar aquella victoria [104]. Aun cuando uno de los más influyentes consejeros del Papa, Bernardo Bibbiena, se puso entonces enteramente al lado del partido antifrancés [105], y éste empleó todos los medios para atraer a sí al Jefe supremo de la Iglesia, perseveró León X al principio en su actitud expectante y más bien neutral. El embajador imperial pedía auxilio para humillar a Venecia, y Enrique VIII llegaba hasta expresar el deseo de que León X entrara en la alianza anglo-imperial e interviniese con su ejército a la parte de acá de los Alpes [106]. El Papa declaró, por el contrario, que, en su posición de Padre de la Cristiandad, debía abstenerse de abrazar abiertamente la causa de un partido, y exhortaba a los vencedores, en sus escritos de congratulación, a la blandura y a la paz, la cual era más necesaria que nunca ante el creciente peligro de los turcos. A todos lados se enviaron conciliadores breves del Papa, el cual aun cuando no había procedido todavía abiertamente contra Francia, procuró, sin embargo, establecer nuevos contactos con esta nación. El embajador veneciano anunciaba, el 17 de Junio, que el Papa no comprendería cosa alguna hostil contra Venecia, y pensaba más bien en la unión de Italia, a causa del peligro de los turcos; si bien es verdad que la derrota de los franceses le había producido alegría [107]. Que esto fuera exacto no puede ponerse en duda, y es muy fácil de entender; pues el humillado rey de Francia se veía entonces necesitado a procurar su reconciliación con Roma y abandonar la causa de los cismáticos.
De hecho, el próximo fruto de la victoria de Novara fue la terminación del clima, a sumisión de los cardenales rebeldes, y finalmente, adhesión de Francia al Concilio de Letrán.
Luego que se comenzó la continuación del mencionado Sínodo, había manifestado León X su firme voluntad de poner fin al cisma, no por medio del rigor, sino con toda la blandura posible. Cuando en la sexta sesión del sínodo, celebrada el 27 de Abril de 1513, el Procurador Mario de Perusco propuso la citación de los prelados ausentes y un procedimiento contra la Pragmática francesa, el Papa difirió la resolución, por miramiento a Luis XII. En la séptima sesión del Concilio, el 17 de Junio, por especial consideración a las razones que habían hecho valer los prelados franceses para excusar su presencia se aplazó la sesión octava hasta Noviembre; y al propio tiempo declaró solemnemente el Papa, tenía el designio de enviar legados a las Potencias cristianas para el restablecimiento de la paz. En la misma ocasión se había leído ya de antemano, por el secretario del Concilio una declaración suscrita de propio puño por Bernardino Carvajal y Federico de Sanseverino, que expresamente no se firmaban como cardenales, en la cual condenaban el sínodo de Pisa, reconocían como legítimo el Concilio de Letrán, y pedían se les perdonara [108].
Largas negociaciones[109] habían precedido antes que se alcanzara este resultado. La comisión de cardenales establecida para ello, había remitido la resolución del negocio al Papa, el cual se inclinaba a la benignidad y al perdón, en caso de que los rebeldes confesaran su culpa y solicitaran ser perdonados. Y como ellos estaban dispuestos a hacerlo, casi todo el Sacro Colegio se resolvió porque se les otorgara el perdón. Sólo el cardenal inglés Bainbridge y el suizo Schinner, persistieron en que no se les absolviera, en lo cual los apoyaban los embajadores imperial y español. Por esta parte se traía a la memoria la severidad de Julio II, representando al propio tiempo al Papa, que la reposición de los culpables perjudicaría al prestigio de la Santa Sede y daría un funesto ejemplo para lo futuro. A pesar de esto, León X perseveró en su designio, esperando, no sin razón, aniquilar al cisma antes por medio de la blandura que por el rigor, y reconciliar a Francia. En la última sesión decisiva, Schinner se arrojó a los pies del Papa, y pidió permiso para dejar la Corte romana, porque no quería tener comunión alguna con los rebeldes. El Papa y la mayoría de los cardenales fueron, no obstante, de parecer, que el bien de la Iglesia requería el otorgamiento de la absolución, bien que salvando el honor de la Santa Sede [110]. Resolvióse, pues, que los rebeldes entraran en Roma de noche y sin las insignias cardenalicias, se dirigieran en seguida al Vaticano, y a la mañana siguiente pidieran perdón en consistorio, como simples clérigos [111].
Conforme a esto se procedió el 27 de Junio. Toda la corte pontificia, y gran número de curiosos, se habían reunido para presenciar el desacostumbrado espectáculo [112]; lo cual fue una grande humillación para el orgulloso Carvajal: temblaba en todo su cuerpo de pura emoción, según lo refiere un testigo ocular [113]. En primer lugar representó el Papa a ambos cardenales su delito con severas palabras, acentuó la necesidad de expiación, y luego les ofreció una fórmula de abjuración del tenor siguiente: «Nosotros, Bernardino Carvajal y Federico de Sanseverino, en otro tiempo ofuscados por la nube del cisma, y ahora alumbrados por la luz de la divina gracia; reconociendo bien los engaños del cisma en que habíamos perseverado, nos hemos resuelto, después de largas y maduras consideraciones; y habiendo, a prevención, renunciado completamente a todas y cualesquiera protestaciones que hasta ahora hubiéramos hecho, ya en secreto ya ante notario y testigos, las cuales queremos que se tengan por insertas aquí en su propio tenor y con todas sus cláusulas, como si palabra por palabra se expresaran; con libre y no forzada voluntad, y no por temor, hallándonos en un lugar enteramente seguro y en completa libertad; con sincero corazón y bajo la dirección de la divina gracia, nos hemos restituido a la unidad de la Sede Apostólica. Y para que esta restitución no se considere como hipócrita y fingida, pedimos humildemente a Vuestra Santidad y al Sagrado Colegio de los Cardenales, perdón de nuestros yerros; y rogamos a Vuestra Santidad que interponga su intercesión por nosotros para con el Dios Altísimo, cuyo lugar Vuestra Santidad en la tierra representa. Prometemos asimismo, y libremente juramos, para el caso que fuéramos nuevamente restituidos en nuestro rango y nuestras dignidades, aun la del cardenalato, y bajo la obligación de anatema, a Ti, el Papa León X, verdadero e indudable Vicario de Cristo, y por Ti, a San Pedro, Príncipe de los Apóstoles, que jamás, por ninguna causa o motivo, y bajo ningún pretexto o apariencia, volveremos al cisma, del que, por la gracia de nuestro Redentor, hemos sido librados; sino perseveraremos siempre en la unidad de la Santa Iglesia Católica y en verdadera obediencia a Vuestra Santidad, enteramente y en todas las cosas; y en caso de que, por la benignidad de Vuestra Santidad y de los venerables señores cardenales, fuéremos de nuevo recibidos en su número, conviviremos y trataremos con ellos amigable y pacíficamente, sin contención ni escándalo, ni por respeto de lo antes mencionado y pasado, ni por cualquiera otra causa. Juramos, en presencia de Dios Omnipotente, y por estos Santos Evangelios de Dios, que tenemos en nuestras manos, permanecer en la antes mencionada unidad, y observar todas y cada una de las cosas que arriba se han dicho, y se dirán en lo que sigue, so pena de perjurio y otros castigos. Y aunque hace poco, en el documento escrito por nuestra propia mano y leído en el santo Concilio de Letrán, hemos abjurado el mencionado cisma; para mostrar la completa sinceridad de nuestro corazón, anatematizamos todavía en particular y expresamente el conciliábulo de Pisa, su convocación y todas y cada una de las cosas que en él se han tratado; y confesamos, sostenemos y declaramos todo ello por nulo, vacío, caso y sin valor, hecho por personas no autorizadas para ello y por temerario atentado. Sufragamos, por el contrario, al sagrado Concilio de Letrán como el único verdadero concilio, y confesamos haber sido convocado en forma legítima y justa, y por causa legal, y que todas y cada una de las cosas que en general y en especial se trataron en él contra nuestras personas, todas las condenaciones y sentencias que pronunció contra nosotros el Papa Julio, todo lo que se trató y ejecutó contra el conciliábulo de Pisa; se hizo de una manera conveniente, recta, justa y legítima. Esto expresamos, creemos y confesamos sencillamente. Prometemos también tener por buena cualquiera penitencia que Vuestra Santidad nos impusiere por nuestros yerros, aceptarla humilde gozosamente, y querer ponerla por obra. Queremos asimismo obligarnos, y prometemos de presente y bajo las penas antedichas castigos impuestos por los sagrados Cánones, que cumpliremos siempre sin quebrantamiento lo que arriba prometimos, y rogamos al notarlo aquí presente, que acerca de todo lo antedicho y de este documento, redacte uno o varios instrumentos en la forma extensa de la Cámara.»
Luego que Carvajal y San Severino hubieron leído y suscrito esta declaración, pronunció el Papa la fórmula absolutoria, y después siguió con las correspondientes solemnidades, la nueva recepción de ambos en el Sacro Colegio, y su reposición en sus empleos, en cuanto no habían sido ya otorgados a otros [114]. Todos los cardenales, con excepción de Riario, que se hallaba enfermo, y de Bainbridge y Schinner, que persistían en su resistencia, se hallaron presentes en esta ceremonia [115], y en escritos llenos de dignidad se enteró en seguida a todos los Reyes y Príncipes cristianos del importante acaecimiento [116].
León X se acomodó a los deseos de Luis XII, en recibir de nuevo en su gracia a los cardenales rebeldes, pero su actitud política se mudó en aquel mismo tiempo en sentido hostil a los franceses. Hasta entonces había evitado cuidadosamente tomar parte en la guerra de una manera pública; pero en esto se realizó súbitamente una mudanza, que produjo extraordinaria sorpresa en el embajador veneciano [117]. Dio ocasión para ello la actitud de Venecia. Después de la derrota de los franceses en Novara, había León X ofrecido su mediación para la paz a aquella República, la cual se hallaba puesta en gran peligro, acompañando su oferta con expresiones de gran benevolencia. Pero Venecia se declaró resueltamente contra toda negociación, si el Emperador no le restituía a Verona y Vicenza. Esta terquedad exasperó al Papa tanto más, cuanto que las tropas venecianas se habían permitido ejecutar saqueos en el distrito de Parma y Plasencia, y la Señoría había diferido indecorosamente y contra toda usanza el envío de su embajada de obediencia, no ordenándola hasta que ya ninguna cosa podía esperar de sus aliados los franceses [118]. Por estos motivos, creyó León X que no debía guardar ya a Venecia miramiento alguno, cuando el Emperador le pidió urgentemente, en Junio, el envío de 200 hombres de tropas auxiliares pontificias, que había de emplear contra la Reina del Adriático. Este requerimiento del Emperador fue en sí mismo muy desagradable para el Papa; pues estorbaba su designio de llegar a una reconciliación con Francia. Pero puesto en el caso de elegir, entre disgustar por semejante pequeñez al Emperador o a los venecianos, su resolución no podía ser dudosa; y León X otorgó la pretensión del Emperador; pues no quería ser infiel a la alianza ajustada por Julio II con Maximiliano [119]. A los venecianos los atemorizó este incidente de una manera particular, porque temían que el Papa se pusiera entonces completamente de parte de sus enemigos. León X aprovechó por su parte esta disposición de ánimo, para obligar a los venecianos a reconciliarse con el Emperador, amenazándoles si no, con hacer enteramente suya la causa de sus adversarios [120]. Y para dar todavía mayor eficacia a sus esfuerzos en favor de la paz, envió el Papa a Venecia, a fines de Junio, un Nuncio extraordinario [121], el cual había principalmente de mostrar el peligro de los turcos. Al embajador veneciano en Roma, Foscari, le explicó el Papa, que había querido conceder al Emperador aquel pequeño auxilio; pero que, aunque deseaba que los franceses fueran arrojados de Italia, no por esto se hallaba animado de sentimientos hostiles contra Venecia; antes bien quería hacer todo lo posible para que esta República obtuviera una paz honrosa con el Emperador. Al mismo tiempo le indicó, que Venecia no podía esperar auxilio alguno del monarca francés, el cual se hallaba harto apurado, viéndose acometido por los ingleses en su propio Reino [122].
Aun el mismo Foscari hubo de reconocer la buena voluntad del Papa; pero el Gobierno de Venecia perseveró en la pretensión, imposible de aceptar para el Emperador, de la restitución de Verona y Vicenza. Foscari estaba en una situación difícil: el Papa amenazaba pasarse enteramente al lado de los enemigos de la República y hacer uso contra ella de todas sus armas espirituales y temporales. Venecia, por su parte, procuraba atemorizar Roma, haciendo correr la voz de que, en caso de necesidad, llamaría en su auxilio a los turcos [123]; pero León X no se dejó intimidar por esto. A fines de Julio dijo al secretario del embajador veneciano, que se había encargado de los negocios por enfermedad de Foscari: que la actitud de Venecia era tal, que no había que pensar en paz, ni siquiera en tregua; que se formarían dos ligas: la una contra los turcos y la otra contra Venecia. Al mismo Foscari le declaró León en Agosto: «Ya no os encargo ninguna otra mediación de paz, pues veo que lo esperáis todo de Francia; si ésta venciere, se enseñoreará de Italia; mas si fuere vencida, todos se volverán contra vosotros» [124].
La Señoría se mostraba sorda a todas estas exhortaciones, y aun la noticia de haber los suizos atacado a Francia, y la de la victoria alcanzada por los ingleses bajo la dirección del emperador Maximiliano, el 16 de Agosto, en la batalla de Guinegate o de las espuelas, contra los franceses; y de andarse en negociaciones para formar una Liga entre el Papa y España; no fueron suficientes para cambiar su modo de sentir. En Roma se preguntaban: ¿qué hará Venecia ahora? Y la respuesta era, que llamaría a los turcos. Pero el Papa no tomó en serio esta amenaza; antes bien renovó sus negociaciones de paz, primero con Foscari, y luego en Octubre, con el sucesor de éste, Lando, bien que sin mucho mayor éxito que hasta entonces [125].
Lo propio que a los venecianos, procuraba el Papa inclinar a la paz al Emperador, y para este fin se resolvió, el 14 de Septiembre, a enviar a Flandes, donde se hallaba Maximiliano, a Lorenzo Campeggio [126]. La instrucción secreta que se dió a este Nuncio, es uno de los más seguros documentos para el conocimiento de la política seguida por León X en los primeros años de su pontificado. El papa Médici se inclinaba, por su índole, a ocultar todo lo posible sus propios designios, para no comprometer el resultado; por esto se mandó a Campeggio conservar sus instrucciones enteramente secretas, y aun tenerlas cifradas. Esta determinación de las instrucciones aumenta considerablemente el valor de las mismas; pocos documentos hacen por semejante manera posible, penetrar en los últimos fines de la política papal. En primer lugar debía el Nuncio enterarse de los designios de Maximiliano respecto de las presentes complicaciones de la guerra, y certificarle que el Papa quería seguir en buena inteligencia con el Emperador y los otros aliados, por convenir así al interés de la Santa Sede y a la seguridad de Italia. Ante todo hay que manifestar luego al Emperador, cuán ardientemente desea León X la paz de la Cristiandad, como es razón que la desee el Papa, por su carácter de Vicario de Cristo, y asimismo porque responde a su índole natural, y no menos, a la necesidad de los Estados europeos, los cuales debían mantenerse unidos y en paz, para poder resistir con buen éxito al imperio de los otomanos que poderosamente se encumbraba. Pero si el Emperador creía deber continuar por de pronto la guerra, era necesario que cuidara de la unión de los aliados, y resolviera si quería hacer la guerra contra Francia o contra Venecia, pues una lucha a la vez con dos tan poderosas Potencias, parecía cosa imposible. Según el parecer de León X, se recomendaba ajustar la paz con Venecia; pero era menester que el Emperador ofreciese tales condiciones, que la República no pudiera racionalmente rehusarlas. La misma guerra debía ser, pues, conforme al parecer del Papa, sólo un medio para restablecer la paz en Europa. A la par de la solicitud por el bien de toda la Cristiandad, manifiesta la instrucción el celo de León X por la tranquilidad e independencia de Italia; por esta causa, desea que se sostenga a Sforza en Milán, y por el mismo motivo continúa él aliado con el Emperador y con Inglaterra, contra Francia. En cuanto a los partidarios del sínodo de Pisa, en caso de que aquellos cismáticos quisieran volver arrepentidos a la Iglesia, no les niega su gracia; pero acerca de todo esto será enterado el Emperador [127].
El emperador Maximiliano había mandado ya en Julio, redactar plenos poderes para ajustar la paz con Venecia; mas quería antes, por medio de algún éxito en la guerra, preparar las cosas para que el tratado con Venecia fuera para él lo más favorable posible [128]. Así vio con gozo que, en las últimas semanas de Septiembre, las tropas españolas y alemanas intentaron un ataque contra la misma Venecia. En él se aventuró demasiado el virrey español Cardona, de suerte que, el 20 de Octubre, a consecuencia de las condiciones del terreno, tuvo que emprender una muy difícil retirada. Las tropas venecianas le siguieron de cerca, y no lejos de Vicenza se trabó, el 27 de Octubre, la batalla, que terminó con una brillante victoria de las tropas españolas e imperiales [129].
Bajo la impresión de esta sensible derrota, se resolvió finalmente el Gobierno veneciano a otorgar al Papa los poderes para negociar la paz en la forma que se deseaba [130]; después de lo cual, León X requirió inmediatamente al Virrey para que suspendiera las hostilidades [131]. Para entablar las negociaciones compareció, como representante de Maximiliano, Mateo Lang, iniciado en todos los secretos de la política imperial [132].
Paralelamente a las negociaciones que seguía el Papa con el Emperador y los venecianos, se gestionaban otras semejantes con Inglaterra y Francia; y tampoco en esta parte omitió León X las exhortaciones en favor de la paz. Lo propio que después de la batalla de Novara, también en su escrito de felicitación por la victoria que el monarca inglés había obtenido contra los franceses y los escoceses, expresaba el Papa la esperanza de que se pusiera fin a la sangrienta contienda, y al propio tiempo manifestaba su deseo, de que las victoriosas armas de Enrique VIII se dirigieran contra los turcos [133]. No entraba en las miras de León X, que Francia se viera apretada hasta el extremo; porque aun cuando era contrario a la invasión de los franceses en Milán, no quería, sin embargo, cerrarse el camino para una inteligencia con Luis XII, pues sólo por esta vía podía terminarse el cisma y restablecerse la unidad de la Iglesia. Ya en Julio había enviado el Papa a Francia al distinguido cardenal Roberto Challand, persona fiel a los intereses eclesiásticos, para que preparase el camino a la reconciliación [134].
Por parte de Luis XII, se presentó en Roma, el 24 de julio, el obispo de Marsella, Claudio de Seyssel. No habiendo abjurado todavía el monarca francés el cisma, no pudo concederse a su representante un recibimiento solemne; fuera de que tampoco venia a prestar obediencia, sino sólo como negociador [135].
Seyssel se dirigió principalmente a Juliano de Médici, que era aficionado a su Rey; pero al principio no trató sino de negocios eclesiásticos [136], pues Luis XII no había renunciado en manera alguna a sus planes de conquista en Italia. Para estorbarlos, ajustaron en Lilla el Emperador, Inglaterra y España, el 17 de Octubre de 1513, una alianza ofensiva contra Francia [137]; y sólo después que tuvo noticia de esto, entró Luis XII resueltamente en las negociaciones para la paz.
A esta mudanza contribuyó también el sentir de las clases directivas de Francia, las cuales no querían saber nada del lamentable concilio antipapal, y anhelaban el restablecimiento de la unión con Roma. Especialmente pesó mucho en la balanza el influjo de la reina, que siempre había sido contraria al cisma [138]; y si, a pesar de todo esto, las negociaciones adelantaron muy lentamente, la causa de ello estaba en ser imposible para Roma la aprobación de las conclusiones del sínodo de Pisa, y ofrecer asimismo grandes dificultades para Francia el rechazarlas expresamente. Un grande obstáculo consistía en que el orgullo del monarca francés se resistía a solicitar expresamente la absolución de las censuras eclesiásticas contra él dictadas. Probablemente lo que resolvió la dificultad fue un dictamen del erudito rector de la Universidad de París, Jerónimo Aleander, a quien consultó el Rey, y que le aconsejó decididamente abandonara el sínodo de Pisa, que ya no era posible sostener [139]. Ya antes había defendido Seyssel la opinión, de que los intereses de Francia requerían una concordia [140]. A 6 de Octubre los nombrados negociadores, el cardenal Sanseverino, protector de Francia, y Luis Forbin, señor de Solier, habían convenido con el Papa y cuatro cardenales diputados para estudiar este negocio, en una solemne declaración, por la cual Luis XII abandonaba el conciliábulo de Pisa y reconocía el Concilio de Letrán. Bembo había redactado este documento [141]. El 26 de Octubre admitió Luis XII dicha declaración, y encargó a Seyssel y Forbin que la presentaran al Concilio de Letrán [142]. En el mismo día autorizó el monarca francés al cardenal Sanseverino, Seyssel y Forbin, para someter al fallo del Papa, como juez arbitral, sus diferencias con el Emperador, España, Inglaterra, Suiza y Sforza acerca de Milán y Asti [143]. León X, por su parte, había expedido el 9 de Octubre la declaración de que el rey de Francia no había sido comprendido en las sentencias de Julio II contra el conciliábulo de Pisa, contra Alfonso de Ferrara y otros, y que sólo para mayor seguridad sería absuelto de todas ellas [144]. En la octava sesión del Concilio, que se fijó para 19 de Diciembre, había de sellarse la reconciliación de Luis XII con la Iglesia romana.
Antes de que se terminara la paz con Francia, presenció todavía Roma otro grande espectáculo: la solemne prestación de obediencia del Emperador. Como representante de éste había sido diputado el orgulloso Mateo Lang. Julio II había nombrado cardenal a tan influyente consejero de Maximiliano, cuando se halló presente en Roma en Noviembre de 1512; pero con todo, Lang, para apartar de su misión toda apariencia ambigua, no había tomado aún entonces las insignias de su nueva dignidad [145]. Cuando aquel hombre, de quien tantas cosas dependían, se dirigió de nuevo a Roma con grande acompañamiento[146], en Noviembre de 1513, quiso León X enviarle el capelo cardenalicio; pero Lang lo rehusó todavía; y anduvo difiriendo su llegada a Roma hasta que el Papa, el 17 de Noviembre, hubo regresado de Civitavecchia. Entonces entró sin ninguna pompa, y el 19 del mismo mes tuvo una audiencia privada de dos horas con León X, el cual le recibió distinguiéndole mucho. También en los siguientes días negoció Lang repetidas veces con el Papa, llegando una vez a estar con él cinco horas seguidas. Estas conferencias se referían a la reconciliación de Venecia con el Emperador, por la cual se esforzaba el Papa de todas maneras; pero las exigencias de Lang eran tan exageradas, qua no sólo el embajador veneciano, sino aun al Papa mismo, desesperaba de llegar a un acuerdo.
Asimismo exponía Lang otras extrañas pretensiones. Vivía en Roma con gran fausto, no usando, sin embargo, sino el traje seglar [147], y guardaba tan rigurosamente el incógnito, que no salía sino ya obscurecido. Aquel orgulloso advenedizo hizo esperar tan inconvenientemente al embajador español en su antecámara, por largo tiempo, que le forzó a exclamar: «Paréceme que este hombre quiere ser más que el Papa»