Durante su reciente visita a México y Estados Unidos el Papa
ha hablado en
muchas ocasiones de temas sociales e incluso políticos. Con
cierta
frecuencia algunos protestan de que la Iglesia no tiene derecho a
pronunciarse sobre estos asuntos y rechazan lo que es la Doctrina Social
de
la Iglesia. Para responder a tales comentarios a continuación
ofrecemos una
breve explicación de la Doctrina Social y el derecho de la Iglesia
a
intervenir en la vida social y política.
La identidad de la Doctrina Social
La doctrina social de la Iglesia no es un conjunto de recetas prácticas
para resolver la cuestión social. Tampoco se trata de una ideología
que
pretende imponer una visión utópica, desvinculada de
su situación concreta
y sus verdaderas necesidades. Además, los Papas han declarado
que la
Doctrina Social no es un punto medio o una tercera vía entre
el liberalismo
y marxismo, o una sociología que presenta soluciones racionales
sin
normativas en el campo de la moral.
Más bien la Doctrina Social es un conjunto de principios morales,
de
principios de acción y normas de juicio, abiertas a múltiples
concreciones
en la vida social. Se ayuda de todo lo positivo de las ciencias
sociológicas, pero las transciende al dar juicios éticos
y morales que
provienen de la Sagrada Escritura y la tradición de la Iglesia.
En otras
palabras, se puede decir que la enseñanza social de la Iglesia
es la
doctrina íntegra de la Iglesia en cuanto referida a la existencia
social
del hombre sobre la tierra. La Doctrina Social de la Iglesia nació
del
encuentro del mensaje evangélico y de sus exigencias --comprendidas
en el
mandamiento supremo del amor a Dios y al prójimo y en la justicia--
con los
problemas que surgen en la vida de la sociedad. Se ha constituido en
una
doctrina, utilizando los recursos del saber y de las ciencias humanas
y se
proyecta sobre los aspectos éticos de la vida y toma en cuenta
los aspectos
técnicos de los problemas pero siempre para juzgarlos desde
el punto de
vista moral.
La Iglesia, experta en humanidad, ofrece en su doctrina social, un conjunto
de principios de reflexión, de criterios de juicio y de directrices
de
acción para que los cambios en profundidad que exigen las situaciones
de
miseria y de injusticia sean llevados a cabo, de una manera tal que
sirva
al verdadero bien de los hombres.
La Iglesia tiene el derecho de intervenir en lo social
La Iglesia no está de acuerdo con el punto de vista que quiere
reducir la
fe cristiana al ámbito puramente privado. Organizar la vida
social sin Dios
es organizarla en contra los verdaderos valores e intereses humanos.
En el
Vaticano II, la Constitución «Gaudium et spes»,
habló en el párrafo 43 de
la necesidad de evitar la dicotomía entre la fe y la actividad
social. Tal
división llevaría a dos errores. En primer lugar: el
rechazo de las
responsabilidades propias en la vida civil. Esto podría ocurrir
debido a
una visión que excluye la importancia de los bienes terrenos
por querer
poner en primer lugar la ciudad eterna. El Concilio nos recuerda la
fe nos
debe llevar precisamente a un cumplimiento más perfecto de nuestro
compromiso en este mundo.
En segundo lugar es necesario desterrar el espejismo que considera las
actividades terrenas como algo totalmente alejado de la religión.
Los
padres conciliares nos hicieron ver cómo desde el Antiguo Testamento
los
profetas hablaban contra esta opinión. Por ejemplo, en Isaías
58,1-12, el
profeta declaró la necesidad de ayudar a los pobres y oprimidos,
base
fundamental de todo acto de culto. En el Nuevo Testamento Jesús
habló
contra los que se contentaban con la observancia exterior de las normas
de
la religión, sin ayudar a los demás. Por ejemplo en Marcos
7,10-13, Jesús
condena a los que, bajo el pretexto de la religión, se niegan
sostener a
sus padres.
Por eso, en el mismo párrafo, el Vaticano II declara que, «El
cristiano que
falta a sus obligaciones temporales, falta a sus deberes con el prójimo;
falta, sobre todo, a sus obligaciones para con Dios y pone en peligro
su
eterna salvación».
Con esta declaración en mente podemos entender mejor por qué
en su primera
encíclica, «Redemptor hominis», Juan Pablo II decía
que «el hombre es el
primer camino de la Iglesia»,( n. 13). El Papa vuelve a recordar
esta
afirmación al final de su última encíclica social
«Centesimus annus» cuando
trata de la responsabilidad que la Iglesia tiene para ayudar a los
hombres
a ordenar mejor sus vidas terrenas. El pontífice afirma que
«la Iglesia no
puede abandonar al hombre» ( n. 53).
Vemos, por lo tanto, que en las esferas civiles y eclesiales hay un
punto
común en la preocupación por el bien del hombre. La Iglesia
tiene una
aportación valiosa que puede servir para fomentar ese bien común,
que se
debe entender como material y espiritual a la vez. No por eso se debe
pensar que la Iglesia puede suplir las funciones civiles del Estado.
Pero
la diferenciación de funciones entre el Estado y la Iglesia
no implica que
la Iglesia sea ajena a la cuestión social.
En cuanto a los no creyentes, se puede decir que la doctrina social
de la
Iglesia está destinada no sólo a los católicos
sino a todo hombre de buena
voluntad, tal y como escriben muchas encíclicas al su inicio.
Mientras la
obligación de un católico frente al magisterio no es
la misma que la de un
no creyente, la Iglesia quiere ofrecer a todos los frutos de su larga
experiencia y profunda reflexión sobre el hombre y la sociedad.
(De Zenit)