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Jesús es el Hijo de Dios |
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¿Cómo debemos entender esta verdad? |
Los
seguidores de Jesús se preguntaron a menudo sobre quién era en realidad aquél
hombre por quien lo habían abandonado todo y a quien habían estado siguiendo
por Galilea y alrededores durante unos años. Los Evangelios reflejan los ecos
de esa pregunta sobre la identidad de Jesús en diversos pasajes, de los que
podemos extraer que, durante su predicación, unos lo consideraban como un
profeta, otros como Juan Bautista resucitado, otros como el Mesías. La muerte
en la cruz de Jesús suponía, en una primera percepción, el radical fracaso de
todas aquellas expectativas; por eso los apóstoles abandonaron a Jesús y
huyeron. Sin embargo, pocos días después de la muerte en la cruz, los
seguidores de Jesús hallaron el sepulcro vacío y, a continuación, tuvieron
diversos encuentros con el Resucitado. A la luz de la Resurrección la pregunta
sobre la identidad de Jesús tuvo que plantearse de nuevo; la respuesta a esa
pregunta será una larga lista de títulos: Mesías (Cristo), profeta, hijo del
hombre, siervo de Dios, Señor, Salvador, Hijo de Dios... No existe título que
sea suficiente para expresar quién es Jesús. Pero, con el tiempo, uno de esos
títulos se fue imponiendo a los demás: Jesús es el Hijo de Dios.
El Evangelio de Marcos comienza anunciando la buena noticia de que Jesús
es el Mesías, el Hijo de Dios. El apóstol Pablo puede resumir todo su mensaje
en la fórmula “Evangelio de Dios sobre
su Hijo”. La pretensión sobre la filiación divina de Jesús pasa a ser
lo distintivamente cristiano. Los distintos concilios van a reflexionar sobre la
idea de la filiación divina. El resultado final, tras los concilios de Nicea y
Constantinopla, se va a expresar en la profesión de fe cristiana con la
siguiente fórmula: “Jesucristo, Hijo único
de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz,
Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado no creado, de la misma naturaleza
del Padre, por quien todo fue hecho; que por nosotros y nuestra salvación bajó
del cielo”.
¿Qué quiso expresar la primera comunidad con la afirmación de que Jesús
era el Hijo de Dios? ¿Es posible, dos mil años después, que lo que se quiso
decir con ese título sea comprendido en nuestro contexto cultural? ¿Qué
aportaciones son las que se incorporan en los concilios de Nicea y
Constantinopla? ¿Qué significa el concepto de la “preexistencia”
de Jesús y su “mediación” en la
creación del mundo? Vamos a ocuparnos en ésta y en próximas colaboraciones de
estas cuestiones, si quiera sea de modo breve.
El contexto cultural en el
que surge la afirmación sobre la filiación divina de Jesús era muy distinto
del actual. En aquel momento histórico se veneraba a diversos reyes y a príncipes
como si fueran divinos o hijos de dioses, y en la misma Roma el emperador
Augusto era considerado el “hijo del
divino” y fue elevado a la categoría de divinidad estatal dos años después
de morir. Sin embargo, la identificación de Jesús como el Hijo de Dios ha de
ser interpretada en su formulación inicial a partir de las categorías propias
del Antiguo Testamento. La filiación divina no se basa en el Antiguo Testamento
en la descendencia física, sino en la elección libre y gratuita por Dios. De
este modo, con la categoría de “Hijo de Dios”, aplicada a Jesús, lo que la
comunidad quiere afirmar es que Dios se ha revelado y comunicado en Jesús de
Nazaret de una vez para siempre, de modo incomparable, insustituible, definitivo
e insuperable.
Algunos teólogos han expresado en conceptos y categorías más próximas
a nuestro tiempo lo que la comunidad primitiva quiso expresar con la idea de que
Jesús era el verdadero “Hijo de Dios”. Al afirmar su filiación divina, se
estaría indicando que Jesús es el abogado, el plenipotenciario, el portavoz,
el enviado personal, el fiduciario, el lugarteniente, el representante de Dios.
En el fondo, de lo que se trata es de expresar con determinadas categorías
conceptuales la especial relación existente entre Dios y Jesús. En Jesús Dios
se muestra como realmente es: en Jesús Dios muestra su verdadero rostro. Por
eso, y en sentido único, Jesús es la faz o rostro de Dios, su auténtica
imagen. Dicho de otro modo, Jesús es la Palabra de Dios y, en definitiva, su
Hijo.
En su origen, la afirmación sobre la filiación divina de Jesús no tenía
un significado natural-sustancial, sino funcional y personal. No se pretendía
decir que Jesús descendía por filiación biológica de Dios, sino que en él
Dios se reveló de manera
definitiva, por lo que pudo hablar y actuar en lugar de Dios.
Sin
embargo, esta originaria concepción sobre la filiación divina de Jesús
sufrió una importante reinterpretación como consecuencia del contacto
con la cultura helenística. Como señala un conocido teólogo, para los oyentes
helenistas “Hijo de Dios” no significaba sólo abogado, plenipotenciario,
portavoz, lugarteniente y representante de Dios, sino un ser divino que, en
virtud de su naturaleza divina, está separado de la esfera humana. Es así
como, con el tiempo, la teología griega va a colocar a Jesús en cuanto a Hijo
en el mismo plano ontológico que el Padre, lo que originó no pocos conflictos
con el tradicional monoteísmo veterotestamentario.
En ese proceso Jesús se convertirá simplemente en Dios y llegará a
peligrar su consideración de verdadero hombre.
Como ya hemos dicho, en el Nuevo Testamento la dignidad divina de Jesús se concibe básicamente en un sentido funcional, no físico o metafísico. Sin embargo, la toma de contacto con el mundo helenístico va a suponer la aplicación de los conceptos filosóficos de la época, con lo que la filiación divina va a interpretarse metafísicamente. Y con ello van a surgir tensiones y dificultades. Las concilios de Nicea (año 325) y de Calcedonia (451) consiguieron, en realidad, preservar el núcleo central del mensaje originario, salvaguardando al mismo tiempo el elemento divino y el elemento humano existente en la afirmación de la filiación divina de Jesús. En concreto, el concilio de Nicea evitó que se introdujera de modo subrepticio una nueva forma de politeísmo: en Jesús no está presente un segundo dios o un semidiós, sino el único Dios verdadero. Y, a su vez, el concilio de Calcedonia, utilizando una serie de términos teológicos equilibrados, evitó que la plena humanidad de Jesús, constantemente amenazada, fuera sacrificada en aras de la naturaleza divina.
En
los comienzos de este nuevo siglo, los católicos seguimos obligados a proclamar
y extender la buena noticia. Al hacerlo, sin renunciar a los contenidos
esenciales de nuestra fe, deberemos traducir las verdades cristológicas del
contexto sociocultural del helenismo al horizonte conceptual de nuestro tiempo.
Debemos, como alguien ha dicho, hablar de Jesús en términos realistas,
abandonando el estilo helenizante y adoptando el estilo sencillo de los
evangelios sinópticos y el lenguaje contemporáneo. Y ello, sin olvidar, como
nos recuerda la reciente Declaración de
la Congregación para la Doctrina de la Fe “Dominus
Iesus”, que en Jesús Dios se reveló de modo definitivo y completo,
ofreciéndonos a todos la salvación de un modo único y universal.