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Los
relatos de la creación |
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Reflexiones sobre las discrepancias narrativas de los relatos sobre la creación. |
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Pbro. Ariel Alvarez Valdéz |
El Problema
Quien lee la Biblia sin estar prevenido, se encuentra con un
gran problema ya en la primera página: al comenzar el libro del Génesis no sólo
halla dos veces la narración de la creación del mundo, sino que además de manera
tan discrepante, que no puede menos que quedar perplejo.
En efecto, Gn 1 cuenta el relato tantas veces oído cuando
niños en el catecismo, según el cual al principio de los tiempos todo era
caótico y vacío, hasta que Dios resolvió poner orden en esa confusión. Antes de
ponerse a trabajar, al igual que cualquier operario, lo primero que hizo fue
encender la luz (1, 3). Por eso en el primer día de la creación nacieron las
mañanas y las noches.
Luego decidió ubicar un techo en la parte superior de la
tierra para que las aguas del cielo no la inundaran. Y creó el firmamento.
Cuando vio que el suelo era una sola mezcla barrosa, secó una porción y dejó la
otra mojada, con lo cual aparecieron los mares y la tierra firme.
Sucesivamente con su palabra poderosa fue adornando los
distintos estratos de esta obra arquitectónica con estrellas, sol, luna,
plantas, aves, peces y reptiles. Y por último, como coronación de todo, formó al
hombre, lo mejor de su creación, al que moldeó a su imagen y semejanza. Entonces
decidió descansar. Había creado a alguien que podía continuar su tarea.
Ésta le había llevado 6 días. Y todo lo había hecho bien.
Pero cuando pasamos al capítulo 2 de Génesis viene el
asombro. Parece como si nada de lo anterior hubiera ocurrido. Estamos otra vez
en un vacío total, donde no hay plantas, ni agua, ni hombres (2, 5).
Dios, nuevamente en escena, se pone a trabajar. Pero es un
Dios muy distinto al de relato anterior. En lugar de ser solemne y majestuoso
ahora adquiere rasgos mucho más humanos. Vuelve a crear al hombre, pero esta vez
no desde la distancia y con el simple mandato de su palabra, casi sin
contaminarse, sino que lo modela con polvo del suelo, sopla sobre su nariz, y de
este modo le da la vida (2, 7).
Se detalla luego, por segunda vez, la formación de plantas,
árboles y animales. Y para crear a la mujer emplea ahora un método diferente.
Hace dormir al hombre, le extrae una costilla, rellena con carne el hueco
restante, y moldea así a Eva. Entonces se la presenta y se la da por compañera
ideal para siempre.
Llegado a este punto uno se pregunta: ¿por qué si en Génesis
1 tenemos ya el mundo terminado, en Génesis 2 hay que crearlo de nuevo? Es que
acaso hubo dos creaciones en el origen de los tiempos?
Pero el problema no es sólo éste. Si comenzamos a hacer una
minuciosa comparación entre ambos capítulos encontramos una larga lista de
discrepancias que dejan al lector pasmado.
De entrada llama la atención la diferente manera de referirse
a Dios en ambos textos. Mientras Gn 1 lo designa con el nombre hebreo de Elohim
(= Dios), en Gn 2 se lo llama Yahvé Dios.
El Dios de Gn 2 es descrito con apariencias más humanas, de
un modo más primitivo. Él no crea sino que "hace" las cosas. Sus obras no vienen
de la nada sino que las fabrica sobre una tierra vacía y árida. El Dios de Gn 1,
en cambio, es trascendente y lejano. No entra en contacto con la creación, sino
que desde lejos la hace surgir, como si todo lo creara de la nada.
De esta manera, mientras Dios en Gn 1 aparece en toda su
grandiosidad, majestuoso, donde al sonido de su voz van brotando una a una las
criaturas del universo, en Gn 2 Dios es mucho más sencillo. Como si fuera un
alfarero, moldea y forma al hombre (v. 7). Como un agricultor, siembra y planta
los árboles del paraíso (v. 8). Como un cirujano, opera al hombre para extraer a
la mujer (v. 21). Como un sastre, confecciona los primeros vestidos a la pareja
porque estaban desnudos (3, 21).
Mientras en Gn 1 Dios crea el mundo en 6 días y luego en el
7° descansa, en Gn 2 sólo le lleva un día todo el trabajo de la creación.
En Gn 2 Yahvé crea únicamente al varón, y al caer en la
cuenta de que está solo y de que necesita una compañera adecuada, después de
probar darle los animales por compañeros, le ofrecerá la mujer. En cambio en Gn
1 Dios desde un principio hizo existir al hombre y a la mujer simultáneamente,
en pareja,
Mientras en Gn 1 los seres van surgiendo en orden progresivo
de menor a mayor, es decir, primero las plantas, luego los animales, y
finalmente los seres humanos, en Gn 2 lo primero en crearse es el hombre (v. 7),
más tarde las plantas (v. 9), los animales
(v. 19), y finalmente la mujer (v. 22).
La visión del cosmos de Gn 1 es "acuática". Sostiene que al
principio no había más que una masa informe de aguas primordiales, y la tierra
al ser creada será un islote en medio de esas aguas. En cambio la cosmología de
Gn 2 es "terrestre". Antes de que se creara el mundo todo era un inmenso
desierto de tierra seca y estéril (v. 5), pues no había nada de lluvia. Al ser
creada, la tierra será un oasis en medio del desierto.
Haciendo esta lectura comparativa, nos damos la sorpresa de
que la Biblia incluye una doble y discrepante narración de la creación.
Tratando de resolver el enigma
Los estudiosos llegaron a la conclusión de que no pudieron
haber sido escritas por la misma persona, y piensan más bien que pertenecen a
autores diversos y de distintas épocas. Como sus nombres no llegaron hasta
nosotros, ni podremos saberlos nunca, llamaron al primero "sacerdotal", porque
lo atribuyeron a un grupo de sacerdotes judíos del siglo VI a.C. Y al segundo
autor, ubicado en el siglo X a.C, "yahvista", porque prefiere llamar a Dios con
el nombre propio de Yahvé.
¿Cómo se escribieron dos relatos opuestos? ¿Por qué
terminaron incluidos ambos en la Biblia?
El primero que se compuso fue Gn 2, aunque en la Biblia
aparezca en segundo lugar. Por eso tiene un sabor tan primitivo, espontáneo,
vívido. Durante muchos siglos fue el único relato con el que contaba el pueblo
de Israel sobre el origen del mundo.
Fue escrito en el siglo X a.C., durante la época del rey
Salomón, y su autor era un excelente catequista que sabía poner al alcance del
pueblo en forma gráfica las más altas ideas religiosas.
Con un estilo pintoresco e infantil, pero de una profunda
observación de la psicología humana, cuenta la formación del mundo, del hombre y
de la mujer como una parábola oriental llena de ingenuidad y frescura.
Los aportes vecinos
Para ello se valió de antiguos relatos sacados de los pueblos
vecinos. En efecto, las antiguas civilizaciones asiría, babilónico y egipcia
habían compuesto sus propias narraciones sobre el principio del cosmos, que hoy
podemos conocer gracias a las excavaciones arqueológicas realizadas en Medio
Oriente. Y resulta sorprendente la similitud entre estos relatos y el de la
Biblia.
Todos dependen de una concepción cosmológica de un universo
formado por tres planos superpuestos: los cielos con las aguas superiores; la
tierra con el hombre y los animales; y el mar con los peces y las profundidades
de la tierra.
El yahvista recogió estas tradiciones populares y
concepciones científicas de su tiempo, y las utilizó para insertar un mensaje
religioso, que era lo único que le interesaba.
La gran decepción
Cuatro siglos después de haberse compuesto este relato, una
catástrofe vino a alterar la vida y la fe del pueblo judío. Corría el año 587
a.C. y el ejército babilónico al mando de Nabucodonosor, que estaba en guerra
con Israel, tomó Jerusalén y se llevó cautivo al pueblo.
Y allá en Babilonia fue la gran sorpresa. Los primeros
cautivos comenzaron a arribar a aquella capital y se dieron con una ciudad
espléndida, con enormes edificios, magníficos palacios, torres de varios pisos,
acueductos grandiosos, jardines colgantes, fortificaciones, y lujosos templos.
Ellos, que se sentían orgullosos de ser la nación bendecida y
engrandecido por Yahvé en Judea, no habían resultado ser sino un modesto pueblo
de escasos recursos frente a Babilonia.
El templo de Jerusalén, edificado a todo lujo por el gran rey
Salomón, y gloria de Yahvé que lo había elegido por morada, no constituía sino
un pálido reflejo del impresionante complejo cultual del dios Marduk, de la
diosa Sin y de su consorte Ningal.
Jerusalén, orgullo nacional, por quien suspiraba todo
israelita, era una ciudad apenas considerable en comparación con Babilonia y sus
murallas, mientras su rey, ungido de Yahvé, nada podía hacer frente al poderoso
monarca Nabucodonosor, brazo derecho del dios Marduk.
La situación no podía ser más decepcionante. Los babilonios
habían logrado un desarrollo mucho mayor que los israelitas. ¿Para qué habían
rezado tanto a Yahvé durante siglos y se habían abandonado confiados en él, si
el dios de Babilonia era capaz de dar más poderío, esplendor y riqueza a sus
devotos?
Aquella catástrofe, pues, representó para los hebreos una
gran desilusión. Pareció el fin de toda esperanza en un Mesías, y lo vano de las
promesas de Dios en sostener a Israel y transformarlo en el pueblo más poderoso
de la tierra.
¿Tal vez el Dios de los hebreos era más débil que el dios de
los babilonios? ¿No sería ya hora de adoptar la creencia en un dios que fuera
superior a Yahvé, que protegiera con más eficacia a sus súbditos y le otorgara
mejores favores que los magros beneficios obtenidos suplicándole al Dios de
Israel?
Se desmoronaron, entonces, las ilusiones en el Dios que
parecía no haber podido cumplir sus promesas, y el pueblo en crisis comenzó a
pasarse en masa a la nueva religión de los conquistadores, con la esperanza de
que un dios de tal envergadura mejorara su suerte y su futuro.
Ante esta situación que vivía el decaído pueblo judío durante
el cautiverio babilónico, un grupo de sacerdotes, también cautivo, comienza a
tomar conciencia de este abatimiento de la gente y reacciona. Era necesario
volver a catequizar al pueblo.
La religión babilónico que estaba deslumbrando a los hebreos
era dualista, es decir, admitía dos dioses en el origen del mundo: uno bueno,
encargado de engendrar todo lo bello y positivo que el hombre observaba en la
creación; y otro malo, creador del mal y responsable de las imperfecciones y
desgracias de este mundo y del hombre.
Además, allí en la Mesopotamia pululaban las divinidades
menores a las que se le rendían culto: el sol, la luna, las estrellas, el mar,
la tierra.
Israel en el exilio empezó también a perder progresivamente
sus prácticas religiosas, especialmente la observancia del reposo del sábado, su
característico recuerdo de la liberación de Yahvé de Egipto.
Nace un capítulo
Aquellos sacerdotes comprendieron que el viejo relato de la
creación que tanto conocía la gente (= Gn 2) estaba superado. Había perdido
fuerza. Era necesario escribir uno nuevo donde se pudiera presentar una vigorosa
idea del Dios de Israel, poderoso, que destellara supremacía, excelso entre sus
criaturas. Comienza así a gestarse Gn 1.
Por eso, lo primero que llama la atención en este nuevo
relato es la minuciosa descripción de la creación de cada ser del universo
(plantas, animales, aguas, tierra, astros del cielo) a fin de dejar en claro que
ninguna de éstas eran dioses, sino simples criaturas, todas subordinadas al
servicio del hombre (v. 17-18).
Contra la idea de un dios bueno y otro malo en el cosmos, los
sacerdotes repiten constantemente, de un modo casi obsesivo a medida que va
apareciendo cada obra creada: "y vio Dios que era bueno", o sea, no existe
ningún dios malo creador en el universo. Y cuando crea al ser humano dice que
era "muy bueno" (v. 3 l), para no dejar así ningún espacio dentro del hombre que
fuera jurisdicción de una divinidad del mal. Finalmente, el Dios que trabaja
seis días y descansa el séptimo sólo quería ser ejemplo para volver a proponer a
los hebreos la observancia del sábado.
De esta manera la nueva descripción de la creación por parte
de los sacerdotes era un renovado acto de fe en Yahvé, el Dios de Israel. Por
eso la necesidad de mostrarlo solemne y trascendente, tan distante de las
criaturas, a las que no necesitaba ya moldear de barro pues le bastaba su
palabra omnipotente para crearlas a la distancia.
Cien años más tarde, alrededor del 400 a.C., un último
redactor decidió componer en un libro toda la historia de Israel desde el
principio, recopilando viejas tradiciones. Y se encontró con los dos relatos de
la creación. Resolvió entonces conservarlos a los dos. Pero mostró su
preferencia por Gn 1, el de los sacerdotes, más despojado de antropomorfismos,
más respetuoso, y lo puso como pórtico de toda la Biblia. Pero no quiso suprimir
el antiguo relato del yahvista, y lo colocó a continuación, no obstante las
aparentes incoherencias, manifestando así que para él, Gn 1 y Gn 2 relataban en
forma distinta la misma verdad revelada, tan rica, que no bastaba un relato para
expresarla.
Dos son poco
En una reciente encuesta en los Estados Unidos, se constató
que el 44 % de los habitantes sigue creyendo que la creación del mundo ocurrió
tal cual como lo dice la Biblia. Y muchos, ateniéndose a los detalles de estas
narraciones, se escandalizan ante las nuevas teorías sobre el origen del
universo, la aparición del hombre y la evolución.
Pero el redactor final del Génesis enseña algo importante.
Reuniendo en un solo relato ambos textos, aun conociendo su carácter antagónico,
mostró que para él este aspecto "científico" no era más que un accesorio, una
forma de expresarse.
El redactor bíblico ¿se turbaría si viese que hoy sustituimos
esos esquemas por el modelo mucho más probable del Big Bang y el de la formación
evolutiva del hombre? Por supuesto que no. Una cosa debe quedar en claro en
cualquier hipótesis de trabajo, a saber, que Dios es el origen de todo lo
creado, y que el alma humana, hecha "a su imagen y semejanza", es creación
directa de Dios y no un producto del proceso evolutivo natural.
La misma Biblia, por esta yuxtaposición pacífica de
diferentes modelos cosmogónicos, ha señalado su relatividad. Los detalles
"científicos" no pertenecen al mensaje bíblico. No son más que un medio sin el
cual ese mensaje no podría anunciarse.
El mundo no fue creado dos veces. Sólo una. Pero aun cuando
lo relatáramos en cien capítulos distintos no terminaríamos de arrancar el
misterio entrañable de esta obra amorosa de Dios.
Hugo Bangher