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Coherencias
e "incoherencias" |
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¿Se contradice el Apóstol de los Gentiles en sus escritos? |
Las
cartas del apóstol Pablo suscitan continuamente nuevas discusiones, debido a
que contienen muchos pasajes problemáticos, fruto del temperamento impulsivo
del apóstol, que no tenía la paciencia de corregir su texto para alcanzar un
grado óptimo de coherencia y claridad. Ya la Segunda Carta de Pedro constataba
que en las cartas de Pablo “hay pasajes difíciles de comprender, y personas
ignorantes y débiles deforman su sentido” (2 Pe 3,16). Exégetas modernos han
estimado que había en Pablo falta de coherencia en sus sucesivas tomas de
posición. En una obra sobre “Pablo y la Ley”, un autor finlandés, Heikki Räisänen,
ha escrito que Pablo “se contradice” y que “las contradicciones y las
tensiones deben ser aceptadas como líneas constantes de la teología paulina de
la Ley”[1].
Otro autor afirma: “No hay nada más fácil que encontrar contradicciones
verbales en Pablo”[2].
Un examen preciso de los textos es necesario para verificar este género de
juicio. Primeramente notemos que se pueden distinguir netamente tensiones y
contradicciones. En los escritos del apóstol, muchas veces se pueden constatar
tensiones, que corresponden a aspectos diversos de una situación vivida,
pero no se sigue que se puedan encontrar allí contradicciones
propiamente dichas. El caso que se acerca más a una tal contradicción sobre un
punto esencial de la doctrina paulina es el de Rm 2,13 en relación a Rm 3,20 y
Ga 2,16. En Rm 2,13 Pablo declara: “En efecto, no (son) justos ante Dios los
oyentes de la Ley, sino los observantes (lit.: ‘obradores’) de la Ley serán
justificados”. En Rm 3,20, Pablo retoma su doctrina de Ga 2,16, apoyada sobre
una expresión del Sal 143,2, y proclama: “En virtud de las obras de la Ley
ninguna carne será justificada ante Él”. A primera vista, estos textos
parecen contradictorios. El primero promete la justificación a quien habrá
observado la Ley; los otros dos se oponen a esta promesa. ¿Hay realmente
contradicción? No, pues estos textos no se expresan en los mismos términos. Rm
2,13 no emplea la expresión ex ergon nomou, “en virtud de obras de ley”, que se encuentra en Rm
3,20 y en Ga 2,16. Se puede pensar que la expresión hoi poietai nomou, “los observantes de la Ley”, sugiere la misma
idea. Efectivamente, muchos lectores no perciben la diferencia. Pero la
diferencia existe. Rm 2,13 no dice que la justificación tendrá por origen las
obras de la Ley.
Una segunda observación es de orden semántico. Aún cuando los textos emplean un mismo término (es aquí el caso del verbo dikaiothesontai, empleado en Rm 2,13 como en Rm 3,20 y Ga 2,16), no se sigue que este término designe en uno y otro texto la misma realidad. Para decidirlo, hace falta examinar el contexto. En Rm 2,13 el contexto es el del juicio; el versículo precedente contiene el verbo krithesontai, “serán juzgados”; un paralelismo invita a poner dikaiothesontai, “serán justificados”, en relación con este krithesontai. El versículo 16 precisa que se trata del juicio último, que tendrá lugar “en el día en que Dios juzgará las acciones secretas de los hombres” (Rm 2,16). Notemos que el empleo del verbo dikaioun, “justificar”, en contexto de juicio era el uso normal antes de la innovación paradójica de Pablo en materia de “justificación”. Siendo Rm 2,13 el primer pasaje de la epístola en donde aparece este verbo, los cristianos de Roma habrían reconocido en él sin dificultad una perspectiva que les era familiar.
Pero en el c. 3, Pablo se dedica a exponer su doctrina de la justificación, que ubica el término en un contexto totalmente distinto. La justificación paulina, en efecto, no se sitúa en el día del juicio final. Ella tiene, por el contrario, un carácter inicial: es en el comienzo de la vida cristiana cuando se la recibe. Dios la da entonces al creyente haciendo exactamente lo contrario de lo que debería hacer un juez honesto. La Torá prescribe al juez: “Tú no justificarás al impío” (ou dikaioseis ton asebe: Ex 23,7), consistiendo evidentemente el rol del juez en “justificar al inocente y condenar al culpable” (Dt 5,1). A contrapié de estas prescripciones, Pablo no hesita en designar a Dios como “aquél que justifica al impío” (ton dikaounta ton asebe: Rm 4,3), expresión escandalosa en sí misma, que no es aceptable sino a la luz de las explicaciones dadas por Pablo en el contexto precedente (Rm 3,21-26) y siguiente (4,6-8; 5,6-10). Es esta justificación paulina lo que las frases de Rm 3,20 y de Ga 2,16 tienen en vista y no la justificación final tradicional, recordada en Rm 2,13. Resulta de ello que no puede haber contradicción directa entre estos textos, ya que el mismo término, dikaioun, tiene en vista realidades diferentes.
Las otras pretendidas contradicciones que diversos exégetas afirman encontrar en las cartas de Pablo resisten aún menos al examen. No se trata jamás de afirmaciones realmente contradictorias entre ellas, sino solamente de frases de las que es posible deducir, interpretándolas en un cierto modo, afirmaciones contradictorias.
2.
Coherencia paulina sobre la justificación.
Un
problema resta no obstante por estudiar: ¿puede la justificación final
tradicional encontrar un lugar junto a la justificación paulina? O, en otros términos:
¿es Pablo coherente con su propia
doctrina de la justificación, cuando retoma, sin criticarla, la doctrina
tradicional de la justificación final?
¿Es
Pablo coherente consigo mismo cuando, luego de haber expuesto su doctrina de la
justificación por la fe sin las obras de la Ley (Ga 2,16-5,12), se pone a exhortar a los
creyentes a “obrar” (Ga 6,10: ergazometha),
para encontrarse en buena situación en el juicio final, evocado bajo la imagen
de la cosecha (Ga 6,7.8.9; cf. Mt. 13,30.39; Ap. 14,15-16)?
Es
posible dar una respuesta negativa a esta pregunta. La misma formulación que
acabo de adoptar sugiere que Pablo es incoherente. Y es lo que sostienen, como
se sabe, muchos autores. Uno de ellos llega a juzgar tan grave la incoherencia,
que concluye en la no autenticidad de los 24 versículos que van desde Ga 5,13 a
6,10. En su obra, The Recovery of Paul’s
Letter to the Galatians (Londres, 1972), J.C. O’Neill atribuye a un
interpolador estos 24 versículos, que, según él, no tienen ninguna relación
con el tema de la epístola. Pero esta posición es insostenible. Efectivamente,
desde el punto de vista de una sana crítica textual, es imposible demostrar la
no autenticidad de esta última parte de la epístola, atestiguada unánimemente
por todos los testigos del texto. En todo su libro, J.C. O’Neill manifiesta
una extraña falta de método. Para él, la crítica textual consiste
invariablemente en proponer omisiones, basándose no sobre los testimonios de
manuscritos, sino sobre razones de crítica interna, que a menudo no son en
realidad otra cosa que impresiones subjetivas. Sorprende que un estudio al que
le falta hasta este punto rigor científico haya encontrado un editor.
Nuestro
problema no puede ser resuelto en esta manera expeditiva, que suprime la
dificultad en lugar de afrontarla. Por el contrario, es indispensable conservar
todos los datos y examinarlos de cerca.
Respecto
a Rm 2,13, uno se podría tentar de eludir la cuestión diciendo que Pablo
expresa en esta frase la posición corriente, sin tomarla realmente a su cargo.
Pero esta solución se hace inadmisible por el texto del v. 16 donde Pablo
afirma que lo que él dice es conforme a su evangelio (kata ton euangelion mou).
El juicio final “según las obras” (Rm 2,6) forma parte del evangelio de
Pablo[3].
La expresión ergazesthai to agathon,
“hacer el bien”, que se encuentra en la exhortación de Ga 6,10 en relación
con la cosecha final, se encuentra en Rm 2,10 en la perspectiva del juicio.
Pero
hay lugar para notar que después de haber expuesto su doctrina de la
justificación inicial, el apóstol evita a continuación, conscientemente o no,
de hablar de “justificación” final en ocasión del juicio. En la epístola
a los Gálatas, el verbo dikaioun,
“justificar”, es solamente usado en el primer contexto. La perspectiva del
juicio está presente, lo hemos dicho, en la paráclesis, pero ella está
evocada allí por la metáfora de la cosecha (Ga 6,7-9), sin recurso al
vocabulario de condenación y de justificación[4].
Una frase precedente, sin embargo, utiliza el substantivo dikaiosune
en una perspectiva de espera escatológica: “Nosotros, en efecto, por el espíritu
[y] en virtud de la fe, nosotros aguardamos una esperanza de justicia” (Ga
5,5). Esta frase sorprende a los comentadores, precisamente porque ella evoca
una “justificación” final. Sin embargo ella no suscita dificultades para el
problema que nos ocupa, pues Pablo se muestra allí coherente consigo mismo: es
la fe, y no las obras, lo que él coloca en el origen de esta justificación
final.
En
la epístola a los Romanos, luego de haber expuesto su doctrina de la
justificación inicial, mencionada en presente (Rm 3,24.26.28; 4,5; 8,33) y en
el pasado (aoristo griego: Rm 4,2; 5,1.9), Pablo no emplea más el verbo dikaioun,
“justificar”, para hablar de la etapa final. En Rm 5,9-10 caracteriza ésta
como el momento de la salvación
futura. El sitúa la salvación en relación a “la cólera”, evitando hablar
de “juicio”, pues, semánticamente, “juicio” no está en relación con
“salvación”, sino con “condenación” o “justificación”. La frase
de Pablo distingue pues dos etapas: aquella, primera, de una “justificación”
obtenida en el pasado, sin relación alguna con un “juicio”, y aquella,
siguiente, de una “salvación” futura, situada implícitamente, por la alusión
a “la cólera”, en el momento del juicio final (cf. Rm 2,5)[5].
Pablo proclama: “Habiendo sido
justificados ahora en su sangre (aoristo) nosotros
seremos salvados por él de la cólera (futuro); en efecto, si siendo
enemigos, hemos sido reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, con mayor
razón, habiendo sido reconciliados
(aoristo), seremos salvados (futuro)
en su vida” (Rm 5,9-10). Se puede entonces concluir que Pablo se ha mostrado
por tanto coherente en su modo de expresar los dos momentos decisivos de la
existencia cristiana, el de la “justificación” inicial y el de la
“salvación” final.
En la parte exhortativa de la epístola a los Romanos, el tema de la cólera y de la retribución divina aparece sólo indirectamente, cuando el apóstol invita a los cristianos a no hacerse justicia por ellos mismos, sino a dejar la iniciativa “a la cólera” de Dios (Rm 12,19). Así, de manera indirecta es traída la perspectiva del juicio divino; para disuadir a quienquiera de juzgar a su hermano, Pablo recuerda que “todos hemos de presentarnos ante el tribunal de Dios”, “cada uno de nosotros deberá dar cuenta de sí mismo a Dios” (Rm 14,10.12). Pablo omite entonces de precisar de qué será necesario dar cuenta. Su texto deja la posibilidad de interpretaciones bien diversas, mas, por el hecho mismo que queda vago, no expresa por sí mismo ninguna posición inconciliable lógicamente con la doctrina expuesta antes en la epístola.
Volvamos
a la epístola a los Gálatas, donde las tensiones entre doctrina y exhortación
suscitan un mayor número de problemas. ¿En qué medida se puede acusar al apóstol
de falta de coherencia? A propósito, es importante distinguir dos géneros de falta de coherencia, el del lenguaje
y el del pensamiento. Pablo sugiere él mismo esta distinción en 2 Co 11,6:
allí admite él que su lenguaje es defectuoso. Efectivamente, su temperamento
impulsivo le impide cuidar la expresión de su pensamiento. Su estilo es
irregular, en el grado de la inspiración del momento. Salta a menudo de una
idea a otra sin indicar el ligamen lógico entre las dos. El lector debe suplir
los eslabones faltantes.
Estos
defectos de lenguaje son más frecuentes en las exhortaciones finales de las epístolas.
Pablo no se toma el trabajo de explicarse bien. Ga 6,10 es un buen ejemplo de
eso. A primera vista, no se percibe nexo lógico entre el v. 2 y los v. 3-4; en
cuanto al v. 5, parece en contradicción con el v. 2 por una parte y con el v.
6, por otra. Me explico: el v. 2 es una exhortación en plural a “llevar los
fardos los unos de los otros”; la perspectiva es comunitaria. Sin transición,
el v. 3 pasa a una reflexión al singular sobre un tema totalmente diferente:
“Si alguno piensa ser algo, siendo nada, se engaña a sí mismo”. El v. 4 da
una admonición en la misma línea y el v. 5 declara: “Cada uno, en efecto,
llevará su propia carga”, lo que parece anular la exhortación precedente a
“llevar los fardos los unos de los otros” (6,2). Mas el v. 6 viene enseguida
a desmentir aparentemente el v. 5 invitando a “compartir”. En todo este
pasaje, el lenguaje de Pablo falta manifiestamente de coherencia. Es posible
concluir que su pensamiento falta también de ella. Se dirá que un discurso
incoherente refleja un pensamiento incoherente.
Este
modo de ver es contestable. El lenguaje no es necesariamente la expresión
adecuada del pensamiento. Suele suceder que lo expresa mal, permitiendo, no
obstante, de aprehenderlo, pero al precio de una paciente atención. Un análisis
metódico de Ga 6,1-6 permite distinguir, en este pasaje, dos temas
entrelazados, expresados uno y otro en el primer versículo. El primer tema es
el de la ayuda fraternal: “corregidle con espíritu de mansedumbre” (6,1b);
es retomado y ampliado en el v. 2: “llevad los fardos los unos de los
otros”, y en el v. 6: “que el catequizado comparta con el catequista”. El
otro tema concierne el examen de conciencia personal: “cuídate de ti mismo,
de no ser también tentado”. El v. 1 establece una conexión entre estos dos
temas: El segundo es retomado en los vv. 3-5. La declaración del v. 5: “cada
uno tiene que llevar su propia carga” concierne a este segundo tema, el del
examen de conciencia personal, y por tanto no hace anular la exhortación del v.
2 a “llevar los unos los fardos de los otros”. Por el contrario, la
refuerza, pues toda falta contra esta “ley de Cristo” sería una “carga”
suplementaria para la conciencia del cristiano en el día del juicio. Mas esto,
no lo dice Pablo explícitamente. Solamente reflexionando sobre su texto se
puede llegar a esta conclusión, que otros textos paulinos confirman, en
particular el de 1 Co 11,17-34[6].
Otro
caso: una falta de coherencia en el lenguaje puede revelar una corrección hecha al pensamiento. El análisis de Ga 4,19 nos lleva
a esta constatación. En la primera parte de la frase, Pablo se atribuye la acción
de dar a luz a los Gálatas en el dolor; en la segunda, habla de un proceso de
formación de Cristo en ellos, lo que se refiere no a una parición, sino a una
gestación, y esta gestación se sitúa, se podría decir, en el seno maternal
de los Gálatas. La frase de Pablo está falta de coherencia, y esta falta es
significativa: la segunda parte de la frase corrige lo que tiene de excesivo la
primera. En esta, todo parece depender de la actividad de Pablo: “da a luz con
dolores de parto” a los Gálatas; verbo odino, en la voz activa,
primera persona del singular. Pablo se da allí demasiada importancia, lo que le
ocurría a menudo. La expresión que sigue corrige el exceso empleando una forma
pasiva en 3a. persona (morphothr[i]) para hablar del proceso principal.
Se reencuentra entonces implícitamente la perspectiva de 1Co 3,6-7: “Yo planté,
Apolo regó; mas fue Dios quien dio el crecimiento. De modo que ni el que planta
es algo, ni el que riega, sino Dios que hace crecer”.
Otro
caso más: el de una falta de coherencia
voluntariamente escogida, en vistas a dar a la expresión del pensamiento un
matiz paradójico. Pablo se expresa con agrado en paradojas. Esta forma
literaria agradaba a su temperamento combativo y provocador. Mas una paradoja
comporta siempre una falta de coherencia y aún una aparente contradicción. Es
la ley misma del género: para obtener una paradoja, se busca en una situación
dada dos aspectos que pueden parecer inconciliables, pero que sin embargo
coexisten. Se los expresa teniendo cuidado de indicar los elementos que permiten
comprender su coexistencia. Se ponen en balía así las ideas recibidas y se
estimula al lector a buscar una verdad más profunda.
La
epístola a los Gálatas está llena de expresiones paradójicas, ya en su parte
doctrinal (cf. 2,19; 3,13; 3,22; 4,4-5; 4,25) y de nuevo en las exhortaciones.
La primera frase de la parte exhortativa fija de entrada una orientación
paradojal, diciendo: “es para la libertad que habéis sido llamados […], mas
haceos esclavos…” (Ga 5,13). ¿No hay allí una contradicción flagrante? ¿Cómo
la vocación cristiana puede orientarse simultáneamente en dos direcciones
opuestas, la libertad y la servidumbre? Pablo habría podido fácilmente evitar
el contrase absteniéndose de emplear aquí el verbo douleuein, “ser esclavo”, que él ha siempre antes presentado en
forma peyorativa (cf. Ga 4,8.9.25), mas su gusto por la paradoja lo ha llevado a
elegir precisamente este verbo. Gracias a esta elección, combate más
eficazmente una falsa concepción de la libertad cristiana, que llevaría al
creyente a hacerse esclavo del egoísmo. Las precisiones que da el apóstol
permiten al lector bien dispuesto y perspicaz comprender que la servidumbre de
la que habla esta frase es, en realidad, la más bella realización de la
libertad, ya que es practicada “por amor” y es recíproca. Lo que se hace
por amor, no se hace por violencia, sino libremente y con gozo. Por otra parte,
“hacerse esclavos los unos de los otros”, es superar la situación de
dominación del patrón sobre el esclavo, para establecerse todo conjuntamente
en una relación de auténtica fraternidad. Ningún cristiano es un patrón;
ninguno es un esclavo (cf. Ga 3,28). Todos sirven y son servidos. En esta frase
paradojal, Pablo relativiza audazmente el vocabulario de la libertad.
Lo
relativiza igualmente en la epístola a los Romanos, pero de una manera
distinta. Allí explica que hay que hacer la elección entre dos esclavitudes,
la “del pecado que conduce a la muerte” y la “de la obediencia, que
conduce a la justicia” (Rm 6,16). Dice a los cristianos: “Liberados del
pecado, vosotros habéis sido hechos esclavos de la justicia” (6,18) y los
invita a “presentar vuestros miembros como esclavos de la justicia en vistas
de la santificación” (6,19). Pablo se muestra por ello indiferente al empleo
de los términos “libertad” y “esclavitud”. Lo que le importa, es dar el
contacto con realidades, que el busca de expresar ya de una manera, ya de otra,
sin cuidarse demasiado de coherencia en su lenguaje. Para seguir su pensamiento,
hay que dar pruebas de perspicacia.
Respecto
de la palabra nomos, “Ley”, se
constata que Pablo hace de ella un uso coherente en Gálatas, salvo en tres pasajes (Ga 4,21; 5,14; 6,2). Sobre 32 empleos de este
término, 30 lo toman en el sentido legislativo de un conjunto de normas de
conducta. Aunque el término esté a menudo desprovisto de artículo, el
contexto hace comprender que se trata de la legislación del pueblo israelita[7].
El
primer pasaje que hace excepción al uso habitual del término se sitúa en
4,21. Pablo juega allí sobre el término nomos
empleándolo en dos sentidos diferentes en la misma frase, una vez sin el artículo
(hypo nomon) y otra vez con el artículo (ton nomon). Pablo pregunta a los Gálatas:
“Decidme vosotros, los que queréis estar bajo una ley: ¿No oís la Ley?”.
Presente en el contexto anterior (Ga 3,23; 4,4.5), la expresión desprovista de
artículo designa la ley-obligación, mientras que tou
nomou con el
artículo designa, según lo que sigue en el texto, la Torá como Escritura
reveladora, como relato inspirado. En relación a estos dos aspectos de la misma
Torá, Pablo, se sabe, toma dos posiciones muy diferentes: rechaza la autoridad
legislativa de la ley-obligación, pero admite plenamente la autoridad
reveladora de este relato inspirado. Aún más, recurre a esta autoridad
reveladora de la Torá para demostrar a los Gálatas hechos cristianos que no
deben someterse a la autoridad legislativa de la misma Torá. Pablo manifiesta
así una sorprendente habilidad dialéctica.
Se
encuentra en Rm 3,21 la misma toma de posición audaz. Su influencia ha sido
decisiva para la concepción cristiana del cumplimiento de las Escrituras. El
modo en el cual Pablo alegoriza el texto bíblico no satisface evidentemente las
exigencias de la exégesis moderna, pero, en último análisis, la posición de
Pablo no se basa sobre una sutileza alegórica; ella se funda sobre una comprensión
profunda de la crucifixión de Cristo, acontecimiento de ruptura con la Ley (cf.
Ga 2,19), pero que, no obstante, realiza las profecías (cf. 1 Co 15,3).
Los
otros dos textos que constituyen excepción
(Ga 5,14; 6,2) no conciernen la Torá como revelación; nomos conserva allí su sentido de obligación por “cumplir” (Ga
5,14; 6,2). Lo que causa allí sorpresa, es que Pablo pone allí nomos
bajo una luz favorable. El primer pasaje (Ga 5,14) se relaciona con toda
evidencia con la Ley de Moisés, de la cual es citado el precepto del amor al prójimo
(Lv 19,18), mientras que el segundo pasaje (Ga 6,2) emplea la expresión “la
ley de Cristo”, hapax neotestamentario.
Este
segundo texto constituye por tanto una innovación léxica. Esta, como lo ha
notado un exégeta alemán, “debe seguramente
sorprender, sobretodo en la Carta a los Gálatas, que
lleva adelante una polémica tan áspera contra la Ley y el legalismo”[8].
Se encuentra allí otro ejemplo de la indiferencia de Pablo en materia de
vocabulario. Hay lugar para pensar, no obstante, que esta indiferencia no está
falta aquí de significación. Ella revela que “la áspera polémica” de los
capítulos precedentes no tenía en vista el término nomos,
ni el concepto de ley en general. Ella tenía un objeto más preciso, la atribución
a la legislación del pueblo judío de una importancia fundamental para la vida
cristiana. En consecuencia, Pablo no prueba ninguna dificultad en hablar de
“la ley de Cristo”.
Su
actitud será semejante en la epístola a los Romanos, de manera aún más
pronunciada. Tomará allí el término nomos
en acepciones muy variadas: norma escrita, ideal atrayente, tendencia
irreprimible. Hablará de “la ley de Dios” (Rm 7,22.25; 8,7), de “la ley
de mi espíritu” (7,23), de una “otra ley en mis miembros” (7,23), de
“la ley del pecado” (7,23.25), de “la ley del pecado y de la muerte”
(8,2) y no hesitará en forjar la expresión paradójica: “la ley del espíritu
de la vida” (8,2). Sabe de qué cosa habla, pero, más que nunca, la
perspicacia es indispensable para seguir bien el movimiento del pensamiento.
El
texto de Ga 5,14 parece el más sorprendente de todos, pues suscita un problema
de coherencia doctrinal y no
simplemente de claridad léxica. Como ya lo hemos notado, desde el punto de
vista semántico el término nomos
conserva la acepción que tiene regularmente en los desarrollos anteriores;
designa la Ley como conjunto de obligaciones y, más precisamente, la legislación
contenida en el A.T. El hecho nuevo e inesperado es que, en Ga 5,14, Pablo no
manifiesta ninguna prevención contra el cumplimiento de esta Ley. Aún más,
recurre a este cumplimiento como a un argumento que apoya la exhortación que
acaba de dar. La conjunción gar expresa este ligamen lógico: “servíos
por amor los unos a los otros, pues
toda la ley alcanza su plenitud en una sola palabra: Tú
amarás a tu prójimo como a tí mismo” (Ga 5,14; Lv 19,18). Al leer esta
frase, se tiene la neta impresión que Pablo ha renunciado a su polémica contra
la Ley, que llena los capítulos y versículos precedentes. Pero esta impresión
recibe una desmentida en los versículos siguientes, donde Pablo vuelve a ser
polémico y declara: “Si sois conducidos por el Espíritu, no estáis bajo la
ley” (Ga 5,18); luego, habiendo enumerado nueve componentes de los “frutos
del Espíritu”, observa: contra tales [disposiciones] no hay ley” (Ga 5,23).
Sin
retomar cada detalle, propongo considerar brevemente el problema del desacuerdo
o acuerdo entre doctrina y exhortación. A decir verdad, se trata primeramente
aquí de las relaciones entre dos sectores diferentes de la exhortación
paulina, un sector que está en conexión estrecha con la doctrina y otro sector
que parece ignorarla. Pablo, al comienzo del capítulo 5, exhorta a los Gálatas
a “mantenerse firmes” y a “no dejarse oprimir nuevamente bajo el yugo de
la esclavitud” (5,1), evidente alusión a la “disposición” del Sinaí,
que “da a luz para una esclavitud” (4,24). Pero en el v. 14 ubica el
cumplimiento de la Ley en una perspectiva favorable. ¿No es esto, de su parte,
una inconsecuencia? En respuesta a esta cuestión, conviene ante todo notar que
no hay, en el texto de Pablo, oposición entre dos exhortaciones en sentido
contrario. Efectivamente, si la frase de Ga 5,1 es exhortativa, la de Ga 5,14 no
lo es. Pablo no exhorta los Gálatas a cumplir la Ley de Moisés. No emplea el
imperativo, sino el indicativo: “toda la Ley alcanza su cumplimiento…” La
frase no interpela a los Gálatas en la 2a.. persona del plural; ella no los
nombra de ninguna manera. El sujeto es la Ley. El verbo no está en voz activa,
sino en perfecto pasivo. Estas particularidades son significativas. Si Pablo
invitase a los Gálatas a someterse a la Ley de Moisés, caería en la
incoherencia. Pero su manera de hablar tiene en vista, por el contrario, el
dispensar a los Gálatas de referirse a la Ley. Ellos no deben sino vivir en la
caridad, y la Ley será cumplida, sin que
tengan necesidad de pensar en ello. Que ellos se dejen conducir por el Espíritu,
y la Ley no podrá reprocharles nada (cf. Ga 5,23). Por otra parte, la expresión
ho pas nomos, que pone pas
luego del artículo, designa el conjunto de la Ley e implica un rechazo de
interesarse en el detalle de sus prescripciones[9].
En
el pasaje paralelo de Romanos (Rm 13,8), la perspectiva permanece la misma.
Pablo no exhorta allí a observar la Ley. En ninguna de sus cartas, se encuentra
una exhortación en este sentido. Uno se puede preguntar si él enseñaba el Decálogo
a sus catecúmenos. Muchos textos, entre ellos Ga 5,21, dejan la impresión que
no se los enseñaba, sino que prefería poner en guardia contra los vicios que
excluyen del reino de Dios. Sin embargo un texto, el de 1 Co 7,19, habla en
sentido contrario, pues atribuye una importancia esencial a una “observancia
de los mandamientos de Dios”[10],
por contraste con la circuncisión o la incircuncisión.
Sea
lo que sea de este punto, es claro que en Rm 13,8b Pablo habla de la Ley sin
exhortar a observarla. Su frase no está al imperativo como al comienzo del
versículo, sino al indicativo. El verbo, esta vez, está en activo, pero al
perfecto, que describe un hecho ya completado: “Pues el que ama al prójimo, ha
cumplido la Ley”. ¡Inútil, pues, preocuparse por todas las prohibiciones
del Decálogo! Basta vivir según la caridad divina, “derramada en nuestros
corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rm 5,4) y todas esas
prohibiciones serán respetadas (Rm 13,9). Agreguemos incluso que su exigencia
será más que satisfecha, pues la caridad no se contenta con abstenerse del
mal, sino que produce toda suerte de buenas obras. Mas no se trata de proezas
humanas ni de “obras de la Ley”; se trata del “fruto del Espíritu” (Ga
5,22-23), de obras de la fe (cf. Ga
5,6). Es Dios quien, haciendo “abundar en toda gracia”, da a los creyentes
el “abundar en toda obra buena” (cf. 2 Co 9,8).
Otro
pasaje de Romanos (Rm 8,3-4) da unas precisiones importantes en materia del
cumplimiento de la Ley. Este cumplimiento se encuentra puesto bajo una luz
extremamente favorable, pues es presentado, por una parte, como el fin intentado
por Dios, cuando “ha condenado el pecado en la carne”, y es allí definido,
por otra parte, como el resultado de una conducta “según el Espíritu”.
Mas, de nuevo, este texto comporta unas particularidades significativas, que
corresponden muy estrechamente a aquellas de Ga 5,14. Pablo escribe: hina to dikaioma tou nomou plerothê(i) en hemin, “para que la justa prescripción de la Ley se cumpla en
nosotros”. Se ha de notar la forma del verbo pleroun:
un pasivo y no un activo; un aoristo global y no un presente de continuidad. En
cuanto a la Ley, Pablo la designa por una expresión en singular, to dikaioma tou nomou, que implica más netamente aún que el ho
pas nomos de Ga 5,14, un rechazo de tomar en cuenta al detalle las
prescripciones. Así pues Pablo no nos dice que nosotros debemos cumplir
continuamente las múltiples prescripciones de la Ley. El dice que Dios ha hecho
de manera que la orientación de conjunto fijada por la Ley sea globalmente
realizada en nosotros, gracias a la acción constante de su Espíritu[11].
Nuevamente está claro que no se trata de proeza humana, sino de recepción del
don de Dios.
En
sus exhortaciones, Pablo no se preocupa siempre de precisar este punto
fundamental. En Ga 6,9-10, por ejemplo, se encuentran dos reclamos vigorosos a
la realización de obras buenas, sin la menor alusión al don de la gracia:
“Obrando el bien (to de kalon poiountes),
no nos cansemos […]; mientras tengamos oportunidad, hagamos el bien (ergazometha
to agathon)”. Una opción posible consiste en sostener que, en esta
exhortación, Pablo olvida su doctrina y la contradice, recayendo en el carril
de la moral tradicional. Pero esta opción es contestable, pues no tiene más
base que un argumento ex silentio, de
muy dudoso valor. Pablo, en efecto, no niega en estos versículos, de ninguna
manera, el rol fundamental de la fe y la necesidad de la gracia. Omite
simplemente de mencionarlos. En Ga 5,13 no especifica tampoco que la caridad es
un don de Dios (cf. Rm 5,4), ni, en Ga 5,16-23, que el Espíritu es recibido por
los creyentes gracias a “la audición de la fe” (cf. Ga 3,2.5). Su exhortación
empuja a los creyentes a la acción, sin recordarles que es Dios quien “obra
en vosotros el querer y el obrar” (Fil 2,13). No recordar, empero, no equivale
a negar[12].
Notemos
aquí que, también de su lado, igualmente, los desarrollos doctrinales de la epístola
presentan omisiones, mas se erraría en considerarlas como negaciones. El
temperamento impulsivo de Pablo lo llevaba a expresarse de manera absoluta y
unilateral tanto en las exposiciones de doctrina como en las exhortaciones. En
los primeros capítulos de Gálatas, Pablo parece no dejar el menor lugar a las
obras en la vida cristiana. No se comporta como teólogo cuidadoso de tener en
cuenta los diversos aspectos del problema y de llegar a una solución sabiamente
equilibrada. Él habla como apóstol apasionado, que quiere apartar a toda costa
un peligro que amenaza la fe de sus fieles. Habla igualmente como orador
experimentado, que sabe que un discurso demasiado matizado pierde su fuerza de
persuasión. Es conveniente tener en cuenta esta situación existencial, si se
quiere apreciar correctamente el alcance de sus declaraciones. De otro modo, se
le atribuirán posiciones que no son realmente las suyas, y se le acusará de
ser infiel a ellas, en particular cuando pasa a la exhortación.
Los
escritos de Pablo son a menudo de interpretación difícil. De allí la
posibilidad de interpretaciones divergentes.
Pero
es falso el pretender que, muy frecuentemente, Pablo se contradice y que sus
exhortaciones no concuerdan con su doctrina.
En sus cartas, no se encuentran contradicciones propiamente dichas. Aún
un texto como el de Rm 2,13, que parece oponerse a Ga 2,16 y Rom 3,20, no los
contradice formalmente, pues, no teniendo la expresión ex ergon nomou, no habla explícitamente del origen de la justificación y,
por otra parte, no se aplica a la justificación inicial, sino al juicio final.
Se
debe con seguridad admitir que, sin contradecirse directamente, Pablo falta más
de una vez a la coherencia en el nivel del lenguaje, sea involuntariamente, pues
no tiene cuidado de su estilo, en particular en las exhortaciones (cf. Ga
6,1-6), sea voluntariamente, en el uso que hace de la paradoja (cf. Ga 5,13).
Pero no se trata de incoherencia a nivel de pensamiento.
En
la Carta a los Gálatas, hemos notado tres pasajes donde el término nomos es usado de un modo que no concuerda con los otros 29 empleos
de la palabra, regularmente tomados en la acepción de “sistema
legislativo”. En Ga 4,21 Pablo acopla esta acepción con otra, corriente en el
judaísmo: la Torá como Escritura inspirada, pero toma una postura paradójica,
inconcebible para el judaísmo, pues da a entender que la autoridad reveladora
de la Torá lleva a los creyentes a rechazar su autoridad legislativa. En 6,2,
una expresión nueva, “la ley de Cristo”, manifiesta implícitamente que la
polémica de Pablo contra la Ley judía no hace de él un enemigo sistemático
de toda ley; Pablo reconoce ante todo la autoridad de Cristo. En 5,14,
finalmente, una alusión positiva al cumplimiento de la ley puede sorprender,
mas el examen preciso de este texto y de algunos otros, paralelos, muestra que,
lejos de constituir una exhortación a cumplir la Ley, esta frase enseña a los
cristianos que, si viven generosamente en la caridad, no han de tener cuidado
respecto del cumplimiento de la Ley.
Está
fuera de duda que Pablo se expresa a menudo de manera unilateral o lagunosa,
tanto en sus exposiciones doctrinales como en sus exhortaciones. De ello resulta
que, para conocer todo su pensamiento, hay que cuidarse de aislar una u otra de
sus frases con cortapapel, sino tener cuidado, más bien, de precisar el alcance
teniendo en cuenta los textos que comportan una aclaración complementaria. Es
conveniente en particular, cuando se quiere definir el sentido de las
afirmaciones doctrinales del apóstol, interrogar sus exhortaciones y, recíprocamente,
para interpretar más correctamente sus exhortaciones, apelar a sus exposiciones
doctrinales.
Entre
otras ventajas, los esfuerzos de este género presentan una gran utilidad ecuménica.
Las divisiones entre cristianos, efectivamente, han sido más de una vez
provocadas o acentuadas por interpretaciones rígidas de ciertas afirmaciones
paulinas. Una docilidad más fiel al conjunto de los textos, que tenga en cuenta
el carácter complementario de la doctrina y de la paráclesis y sugiera, en
consecuencia, una mayor amplitud de miras en la interpretación, debe permitir a
todos progresar hacia la unidad.
R.P.
Dr. Albert Vanhoye SJ
Instituto del Verbo
Encarnado
San Rafael, Mendoza, Argentina
NOTAS
[1] H. Räisänen, Paul ant the Law, Tübingen 1983, p. 265 et p. 11.
[2] J. Lowe, “An Examination of Attempts to Detect Developments in St. Paul’s Theology”, JThS 42 (1941) 129-142, p. 140, citado por H. Räisänen, Paul and the Law, p. 11, n. 72.
[3] Se encuentra confirmación de ello en Rm 14,10.12 y, más explícitamente aún, en 2 Co 5,10 (cf. también Ef 6,8). Entendida correctamente, la frase de Rm 2, 13b se aplica al juicio final de los cristianos. En efecto, si ellos son dóciles al dinamismo de “la fe que obra por el amor” (Ga 5, 6), los cristianos cumplen la ley en plenitud (cf. Ga 5,14; Rm 13,8-10) y son entonces, a su manera, que es sobreabundante, poietai nomou, “observantes de la ley” (Rm 2,13b); serán “reconocidos justos” en el juicio final (ibid.). Pero su “justicia” no proviene por tanto ex ergôv nomou, tiene su fuente, repitámoslo, en “la fe que obra por el amor” (Ga 5,6). El texto más importante de Rm 8,3-4 lleva a las mismas conclusiones.
[4] En Ga 5,10 se encuentra el término krima en una frase donde Pablo amenaza a “aquél que turba” a los Gálatas. Es el único empleo del vocabulario de juicio. Krinein no aparece nunca, ni krisin, ni katakrinein.
[5] En Rm 2,5 Pablo habla del “día de la cólera y de la revelación del justo juicio (dikaiokrisía) de Dios”.
[6] En 1 Co 11,17-34 Pablo reprocha a los Corintios su falta de solidaridad e invita a un examen de conciencia para evitar el juicio; la puesta en guardia de 1 Co 11,28 (“que uno se examine a sí mismo”) y la de Ga 6,4 (“que cada uno examine su obra”; literalmente: “la obra de sí mismo”).
[7] Una cita del Deuteronomio confirma explícitamente este punto, hablando del “libro de la Ley” (Dt. 27,46 citado en Ga 3,10). La mención de un intervalo de 430 años entre el establecimiento de la Ley y la promesa hecha por Dios a Abraham (Ga 3,17) sitúa el origen de la Ley en el tiempo del Éxodo.
[8] W. Schrage, “Problema”, p. 184.
[9] Cf. Blass-Debrunner-Funk, A Greek Grammar of the New Testament, Cambridge/Chicago, 1961, n. 275, 7: “G 5: ho pas nomos en contraste con las múltiples leyes”.
[10] La expresión está sin artículos: têrêsis entolôn Theou. El hecho de que el comienzo de la frase, contrariamente a Ga 5,6 y 6,15, pone el artículo ante peritomê y akrobystía, invita a tener en cuenta esta ausencia de artículo y suscita entonces problemas de interpretación.
[11] La expresión peripatousin… kata pneuma está en el presente de continuidad.
[12] El texto de Fil 2,12-13 muestra perfectamente que un reclamo a la acción no excluye de ninguna manera la convicción que todo es obra de Dios. En este pasaje, de hecho, el reclamo a la acción se basa explícitamente sobre esta convicción: “trabajad con temor y temblor por vuestra salvación, pues Dios es quien obra en vosotros el querer y el obrar”. Cf. T.J. Deidun, New Covenant Morality in Paul (AnBib 89; Rome 1981) pp. 63-68.