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El gran cisma de Occidente (I) |
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Orígenes y desarrollo; la cristiandad dividida. |
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Tomado de Historia de
la Iglesia Católica, Llorca-Villoslada, |
Ver del mismo autor la segunda parte: Pisa y Constanza. Fin del cisma
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Fuentes. -Entre las fuentes narrativas descuella por su importancia para toda esta época la Chronica Carol¡ VI, escrita por un religioso de Saint-Denys y editada por L. Bellaguet, 6 vols. (París 1839-1852), la más preciosa fuente histórica para los años 1380-1422. Entre los escritores de aquel tiempo que escribieron sobre el cisma hay que citar a los siguientes: Teodorico de Niem, De schiamate libri tres, ed. G. Erler (Leipzig I890) ID., De modo uniendi ac reformandi Ecclesiam (publicado entre las Opera de Gersón, II,161-201); ID., Nemus unionis (Basilea 1566); Niem, escritor de la cancillería bajo Urbano VI, mordaz y apasionado, pero riquísimo de noticias, ha sido caracterizado por Finke como «el mayor periodista de la tardía Edad Media». J. Gersón, Opera omnia, ed. Du Pin, 5 vols. (Amberes 1706), contiene en el t.2 los tratados relativos al cisma, incluyendo algunos de P. de Ailly. De otros, como de Gelnhausen, Langenstein, V. Ferrer, etc., hablaremos en el texto. «Gracias al celo de los reyes españoles, que tan singulares méritos alcanzaron en apurar la verdad sobre el origen del cisma, poseemos testimonios de casi todos los cardenales sobre los sucesos ocurridos en torno al conclave y sobre las intenciones de los conclavistas en la elección» (Seidlmayer, Peter de Luna: «Spanische Forschungen» 4 [1933) 206-247 p.210); el protocolo de la gran asamblea de Medina del Campo de 1380-1381 se encuentra en la Bibl. Nat. de París, cód. lat. 11745, y ha sido muy utilizado por N. Valois. En el Archivo Vaticano tenemos otra enorme colección documental, compilada Martín de Zalba , Libri de schismate (testimonios, epístolas, tratados, alegaciones, impugnaciones, etc.), «la más interesante y la más rica de contenido entre todas las colecciones que guarda el Archivo Vaticano relativas a la tardía Edad Media» (Seidlmayer, Die Libri de schismate: «Spanische Forschungen» 8 [1940] 199-262 p.199). En el siglo XVII se publicaron dos grandes obras que contienen preciosos documentos para la historia del cisma: O. Rainaldi, Annales ecclesiastici (continuación de Baronio), y E. Baluze, Vitae paparum avenionensium (donde se incluye a Clemente VII y Benedicto XIII). Nuevos documentos añadieron los maurinos E. Martène-U. Durand, Thesaurus novus anecdotorum vol.2 (París 1717) col.1073-1748; ID., Veterum scriptorum... amplissima collectio 7,426ss. La obra de L. Gayet Le grand schisme d'Occident 2 vols. (París 1889) contiene abundantísimas «pièces justificatives», a veces en extracto, a veces in extenso, con método no muy científico, pero aún es de consulta. Una cantidad increíble de documentos valiosísimos publicó el P. Francisco Ehrle, Martin de Alpartils Chronica actitatorum temporibus Benedicti XIII (Paderborn 1906), y sobre todo en los vols.6-7 del «Archiv für Literatur und Kirchengeschtiche»(1892 y 1900), algunos de los cuales se citarán en su lugar. En el Archivo de la Corona de Aragón (Barcelona) y luego en Simancas halló nuevos documentos Heinrich Finke, por cuya persuasión escribió M. Seidlmayer, Die Anfänge des grossen abendländischen Schismas (Münster 1940): «Spanische Forschungen», t.5 de la serie 2.a, con un apéndice riquísimo de documentos españoles. Nuevas aportaciones en S. Steinherz, Dokumente zur Geschichte des grossen abendländischen Schismas (Praga 1932); F. Bliemetzreider, Literarische Polemik zu Beginn des grossen abendl. Schismas (Viena-Leipzig 1909), y otros documentos en «Archivum Franciscanum Historicum» (1908-1909) y en «Studien und Mitteilungen aus dem Benediktinerorden» 24 (1903); 27 (1906); 28 (1907); 29 (1908); 30 (1909); 31 (1910).
Bibliografía. -La obra más fundamental y amplia es la de Noel Valois, La France et le grand schisme d'Occident 4 vols. (París 1896-1902), exacta y documentadísima. En ella se basa el manual de L. Salembier Le grand schisme d'Occident (París 1900). Copia y traduce a Valois con pasmoso atrevimiento y desenvoltura S. Puig y Puig, Pedro de Luna, último papa de Aviñón (Barcelona 1920), libro, por otra parte, bien escrito y enriquecido con un apéndice de 209 documentos inéditos del archivo catedral de Barcelona. Los orígenes del cisma nadie los ha estudiado como Seidlmayer, ya citado; y después de él, aunque sin conocerlo, W. Ullmann, The origins of the Great Schism. A study in fourteenth century eclesiastical history (Londres 1948); M. de Boüard, La France et l'Italie au temps du grand schisme d'Occident (París 1936); G. J. Jordán, The inner History of the Great Schism of the West (Londres 1930); E. Perroy, L'Angleterre et le grand schisme d'Occident 1378-1399 (París 1933); J. Zunzunegui, El reino de Navarra y su obispado de Pamplona durante la primera época del cisma de Occidente: 1378-1394 (San Sebastián 1942); ID., La legación en España de Pedro de Luna: «Miscellanea Historiae Pontificiae» fasc.II(Roma 1943) p.83-137; J. A. Rubio La política de Benedicto XIII desde la substracción de Aragón (Zamora 1926); A. Ivars, O.F.M., La indiferencia de Pedro IV de Aragón en el cisma de Occidente: «Archivo Ibero-Americano» 29 (1928) 21-97.160-186, con 34 documentos inéditos; J. Vincke, Der Koenig von Aragón und die Camera Apostólica in den Anfängen des grossen Schismas: «Spanische Forschungen» 7 (1938) 84-126; L. Suárez, Don Pedro Tenorio, arzobispo de Toledo, 1375-1399: «Estudios dedicados a Menéndez Pidal» 4 (1953) 601-627; P. Brezzi, Lo scisma d'Occidente come problema italiano: «Archivio R. D. R. storia patria» 62 (1944) 391-450; L. Salembier, Le cardinal Pierre d'Ailly, chancelier de L' Université de Paris, évêque de Puy et de Cambray, 1350-1420 (Tourgoing 1932); J. B. Schwab, Johannes Gerson, Profesors dei Theologie und Kanzler dei Universität Paris (Wurzburg 1858): J. L. Connolly, J. Gerson, Reformer and Mystic (Lovaina 1928); L. Mourin, L'oeuvre oratoire francaise de Jean Gerson: «Archives d'Hist. doctr. et litt. du moyen-âge» 15 (1946) 225-261; L. Salembier, Le cardinal d'Ailly; bibliographie de ses oeuvres (Compiegne 1909); J. C. Baptista, Portugal e o cisma de Occidente: «Lusitania sacra» I (1936) 65- 203. |
I. ORÍGENES DEL CISMA
Hemos llegado a un punto crítico en la historia de la Iglesia, y nos es preciso abordar un problema grave y oscuro que ha sido objeto de discusión de los historiadores durante muchos siglos: la elección de Urbano VI y la contraelección de Clemente VII.
1. Problema siempre discutido.- Empecemos por decir que la gran escisión de la cristiandad originada en 1378 se suele llamar «cisma de Occidente», para distinguirla de la secular separación de la iglesia griega, o cisma de Oriente. Y precisemos que en nuestro caso no se trata de un verdadero cisma, puesto que no hubo ningún error teológico ni probablemente mala voluntad al negar la obediencia al legítimo papa. Sólo se dio ignorancia sobre quién era el auténtico vicario de Cristo, a quien todos los fieles deseaban obedecer. Todos profesaban y amaban la unidad de la Iglesia católica y romana. Era, pues, un cisma solamente material, no formal.
Sus orígenes deben buscarse en la larga residencia de los papas en Avignon, ciudad que se alzó con un prestigio rival de Roma; y acaso más hondamente, aunque esta raíz puede coincidir con la primera, en el exacerbado nacionalismo de los italianos y de los franceses. La máxima responsabilidad, como veremos, debe cargar sobre los dos papas antagonistas y sobre sus cardenales, que, a la verdad, no resplandecían por sus virtudes ni por su amor desinteresado a la Iglesia.
Un cierto sentimiento nacionalista parece reflejarse aun en los historiadores más serios cuando estudian este problema. Los italianos casi sin excepción, empezando por Rainaldi, continuador de los Anales de Baronio, tienen por cierta e indubitable la legitimidad del papa Urbano VI [1].
No así los franceses, algunos de los cuales, siguiendo a Baluze y Maimbourg, se ponen de parte de Clemente VII; v.gr., Gayet y Hemmer; otros dudan, como dom Leclercq y el mismo Noel Valois; mas no faltan quienes decididamente sostienen la tesis romana, como Baudrillart y Salembier [2].
Si exceptuamos a M. Souchon, los historiadores alemanes se inclinan de parte de Urbano VI. Así, por ejemplo, Hefele, Hergenroether, Pastor, Bihlmeyer, Seidlmayer. Este último, que ha estudiado muy seriamente el problema, añadiendo nueva documentación, sobre todo española, a la utilizada por Valois en su voluminosa obra, es de parecer que la elección hecha en el conclave romano de 1378 fue dudosa, y, por lo tanto, los cardenales tenían el derecho de convalidarla en la primera ocasión. Ese derecho lo actuaron definitivamente en las primeras semanas que siguieron a la elección por el hecho de entronizar libremente a Urbano VI y de pedirle repetidas veces gracias y beneficios como a verdadero y legítimo papa.
2. La entrada al conclave.- Sólo dieciséis cardenales se hallaban en Roma a la muerte de Gregorio XI, y, conforme a la voluntad del papa difunto, no aguardaron para entrar en el conclave a que viniesen los seis cardenales que habían quedado en Avignon, ni siquiera el cardenal de Amiéns, enviado por Gregorio XI al congreso de Sarzana para tratar de la paz con los florentinos.
Pensar en abandonar la ciudad de Roma para congregarse en Avignon o en otra parte, hubiera sido peligroso, ya que los romanos desconfiaban del colegio cardenalicio, en su mayoría francés, y estaban dispuestos a conseguir un papa natural de Roma o por lo menos de Italia. Estos eran los rumores que corrían por la ciudad en los diez días que mediaron entre la muerte de Gregorio XI (27 de marzo) y la apertura del conclave (7 de abril). Cuando un cardenal pasaba por la calle, se veía detenido por el pueblo, que pedía un papa romano a gritos, y tal vez con amenazas.
No se dejaron intimidar los miembros del sacro colegio, máxime después que un capitán, en nombre del senador, y cuatro oficiales juraron proteger, según derecho, la libertad de la elección pontificia. Contaban además los cardenales con la amistad de las familias más poderosas de Roma [3]. Tenían a su disposición las tropas mercenarias de gascones y bretones, con más de 800 lanzas, que acampaban no lejos de la ciudad; el mismo Juan Malestroit, tan temido de los romanos, fue visto allí uno de aquellos días [4]. Si los cardenales hubieran tenido miedo, podían haberse encerrado en el castillo de Sant'Angelo, contiguo al Vaticano, lugar seguro e inexpugnable, custodiado entonces por el fidelísimo francés Pedro Gandelin y su sobrino el capitán Rostaing [5].
Prefirieron entrar en los departamentos ordinarios del palacio vaticano abriéndose camino entre la multitud que llenaba la plaza de San Pedro, y sonreían cuando de la turba salía el grito: «Romano lo volemo!» Pues advierte un testigo presencial que aquella gente no se agolpaba allí con ánimo de amenazar, sino de curiosear [6].
Algunos de la multitud lograron colarse hasta el conclave, que estaba en el primer piso del palacio, pero fueron echados fuera, y poco después se tapiaron las puertas de modo que nadie pudiera comunicarse con los de dentro. Los últimos en hablar con los cardenales, ya al anochecer, fueron los caporioni de los trece barrios de la ciudad, que vinieron a pedir, una vez más, la elección de un papa romano. Respondieron los cardenales que obrarían según su conciencia, buscando el mayor bien de la Iglesia.
Hasta la madrugada del día siguiente no cesó el clamor del pueblo. ¿Qué hacían entre tanto los dieciséis cardenales? Sin duda no durmieron muy tranquilamente, si bien Pedro de Luna refiere que él oyó roncar al viejo cardenal Tibaldeschi.
3. La elección.- Ya antes de entrar en el conclave habían tenido sus reuniones y coloquios, sin que llegaran a ponerse de acuerdo los tres partidos que componían el sacro colegio: limosinos, franceses e italianos. Constituían los limosinos la facción más fuerte, pero habían predominado tanto en los últimos cuatro pontificados, que nadie, ni los otros franceses, deseaban un nuevo papa de aquella región. Contra los siete cardenales favorables a la candidatura limosina había cuatro italianos, que preferían un papa italiano, y estaba además la facción francesa, integrada por cuatro cardenales franceses y un español. Tres de estos franceses estaban dispuestos a unirse con los italianos a fin que no triunfasen los limosinos.
Era difícil el acuerdo, y en otras circunstancias el conclave se hubiera prolongado mucho tiempo.
Ignoramos qué deliberaciones tuvieron entre sí los conclavistas antes de acostarse. A la mañana siguiente (8 de abril), cuando ya el rumor de la gente había cesado, sonó una campanita, y los cardenales empezaron a recitar sus horas. Oyeron una misa de Spiritu Sancto; a continuación, otra de feria. No se había concluido ésta, cuando de la parte del Capitolio se oyó un toque de rebato, como en los días de revolución, y en la misma basílica de San Pedro volteaban las campanas. Un terrible pánico se apoderó de los cardenales, que se imaginaron les había llegado la última hora.
¿Qué había sucedido? Que un grupo de romanos armados se habían presentado ante los canónigos de San Pedro pidiendo la entrada al campanil, y, como no la pudiesen obtener a buenas, rompieron con sus hachas las puertas de la torre y lanzaron a vuelo las campanas. Congregado el pueblo de nuevo en la plaza, repetía la consabida frase: «¡Romano, romano lo queremos, o al menos italiano!», y algunos franceses creyeron oír amenazas de muerte: «Romano lo volemo o almanco italiano; o per la clavellata di Dio, saranno tutti quanti Franchigene ed Ultramontani occisi e tagliati per pezzi, e li cardinal¡ li primi» [7].
El obispo de Marsella, acercándose a las rejas de una ventanilla, dijo a los cardenales Orsini y Aigrefeuille: «Daos prisa, señores, porque corréis peligro de ser descuartizados si no elegís pronto un papa italiano o romano; los que estamos fuera juzgamos del peligro mejor que vosotros».
El pavor de los cardenales va en aumento. ¿Capitularán cobardemente ante la voz popular? ¿O mantendrán su libertad y el honor de la Iglesia? ¿Y no se podrá hallar una vía media que dé satisfacción a las dos partes? Tras media hora de deliberación, se decidieron a calmar los ánimos del pueblo con algunas palabras de esperanza.
Acercándose a la ventanilla, el cardenal Orsini dijo: «Estad tranquilos; yo os prometo que mañana antes de tercia tendréis un papa romano o italiano». Y para sosegar completamente a la turba, que juzgaba ese plazo demasiado largo, el cardenal Aigrefeuille añadió: «Yo os aseguro que antes de terminar el día tendréis un papa romano o italiano» [8].
Reunidos todos en la capilla, Orsini sugiere salir del paso con una farsa indigna: entronizando ante el pueblo a algún sencillo franciscano de Roma. La propuesta fue rechazada unánimemente. Querían, pues, los cardenales obrar en serio, de verdad.
Como ninguno de los conclavistas podía conquistar las dos terceras partes de los votos, que era lo requerido por el derecho, les fue preciso pensar en un candidato extraño al sacro colegio. Sonó el nombre del arzobispo de Bari. Pedro de Luna invitó al cardenal Juan de Cros (llamado de Limoges) a aceptar esta candidatura. La invitación fue inmediatamente recogida, porque, como decía este cardenal Cros, «no podemos contentar al pueblo dándole un papa romano, porque se diría verdaderamente que la elección era forzada; de los dos romanos que hay entre los cardenales, uno es decrépito y enfermo (Tibaldeschi), y el otro demasiado joven e inexperto, Orsini; fuera del colegio cardenalicio no veo ningún romano apto para el papado» [9].
El cardenal de Bretaña, Hugo de Montalais, puso algunos reparos a la persona del arzobispo de Bari, mas al fin dio su voto favorable a él, como casi todos los demás cardenales. El cardenal Orsini fue el único que protestó, diciendo que él no votaría mientras no tuviese plena independencia. La razón de esta actitud no era la falta de libertad, sino que Orsini era un ambicioso que quería la tiara para sí.
Algunos hicieron constar que elegían libremente al arzobispo de Bari; otros se expresaron así: «Elijo al arzobispo de Bari con la intención de que sea verdadero papa» (ut sit verus papa). De siete de ellos parece moralmente cierto que votaron libremente en favor del Barense; lo afirmaron ellos mismos y sus colegas. De otros dos tenemos alguna probabilidad [10]. Los cardenales italianos debieron de ser los últimos en aceptar a su compatriota, y uno de ellos, Orsini, no quiso votar [11].
Bastaban doce votos (de dieciséis) para conseguir la tiara, y es cierto que el arzobispo de Bari obtuvo quince. La duda está en si tuvo más de siete o de nueve con perfecta libertad de los votantes.
Habría que afirmarlo rotundamente si atendiéramos tan sólo a los testimonios urbanistas y habría que negarlo atendiendo a los clementinos. Una impresión subjetiva y personal queremos consignar aquí, y es que, al leer los infinitos testimonios coetáneos en pro y en contra de la legitimidad, nos parecen, salvo pocas excepciones, los urbanistas menos apasionados y más convincentes que los clementinos.
4. Reelección de Urbano VI.- A, eso de las nueve de la mañana, la elección pontificia estaba hecha. Como el elegido se hallaba fuera, hubo que aguardar a su aceptación. Por eso no se proclamó todavía su nombre. Había que llamarlo, pero de forma que nadie sospechase nada. El cardenal Orsini, acercándose a la rejilla de la puerta, ordenó al obispo de Marsella hiciese venir a siete prelados italianos, cuyos nombres iban escritos en un papel: el primero era Bartolomé Prignano, arzobispo de Bari.
Aprovechando esta circunstancia, el obispo de Marsella aconsejó a los cardenales que se diesen prisa y condescendiesen con la voluntad del pueblo, que ahora redoblaba sus gritos: «Romano, romano! Romano lo volemo!» Y muy pocos añadían: «O italiano!» Trató Orsini de arengar a la turba, pero el clamoreo ahogó sus primeras palabras: «Marchaos de aquí -exclamó-, cochinos romanos, que nos acogotáis con vuestras importunidades». Y a un caporione que insistía en que se eligiese un papa romano o italiano, le aseguró: «Si no es así, podéis hacerme pedazos; idos tranquilamente, que antes de vísperas tendréis uno conforme a vuestros deseos». La plebe seguía vociferando: «Romano lo volemo! Se non lo avemo romano, tutti li occideremo!» Ahora sí que podían temer los cardenales, pues el elegido por ellos no era romano, y la multitud exigía que el papa fuese de la ciudad de Roma [12].
No por eso se retractaron ni entablaron nuevas deliberaciones, lo cual es indicio de que obraban con suficiente libertad.
Los prelados llamados al palacio vaticano estaban ya comiendo con el obispo en presencia de sus servidores. El cardenal de Glandève, el más irreconciliable enemigo de Urbano VI, dijo al canónigo palestino Fernando Pérez: «Deán, quiero que sepáis que he obrado por miedo a la muerte. ¿No habéis visto el peligro que corríamos?» Esto equivale a decir, como anota Valois, que ya el peligro ha pasado.
Terminada la comida, los cardenales se dirigen a la capilla; todos menos tres, que siguieron sentados a la mesa, o sea trece. Aprovechando la calma del momento, alguien propuso - sin duda el cardenal Tibaldeschi - renovar la elección hecha por la mañana. No pareció bien al cardenal de Sant'Angelo in Pescheria, G. Noellet, porque todavía se oía algún rumor; pero, al preguntar uno a sus colegas si mantenían el mismo parecer de la mañana, respondieron algunos: «Sí, sí»; y otros: «Repito lo mismo de la mañana». ¿Hubo entonces algún voto negativo? No consta con certeza, y, por tanto, no se puede asegurar que esta reelección convalidase la anterior [13].
El lector se preguntará: ¿Por, qué los votos de los cardenales recayeron sobre un sujeto que no pertenecía al sacro colegio, y en concreto sobre el napolitano Bartolomé Prignano, arzobispo de Bari? Muchas razones había en favor de este personaje. En primer lugar, la imposibilidad de ponerse de acuerdo los tres partidos que dividían el conclave para elegir a uno de los cardenales. Además, Bartolomé Prignano poseía absoluto dominio de los negocios de la curia por sus largos años de residencia en Avignon al lado del vicecanciller y por haber sido encargado de la Cancillería en Roma cuando el papa Gregorio XI abandonó las riberas del Ródano. Por su permanencia en Francia y por su nacimiento en Nápoles, bajo los Anjou, era un italiano semifrancés y gozaba de la familiaridad de los cardenales limosinos. De su virtud y doctrina, nadie dudaba, y de su carácter, nadie podía adivinar que fuese lo duro y despótico que después se mostró.
Por estas razones, ya antes de entrar en el conclave, varios cardenales trataron con él, saludándole con reverencia y aludiendo a su futura dignidad suprema; Tomás de Acerno, procurador de la reina de Nápoles, escribía que, si se elegía uno fuera del sacro colegio, ése sería el arzobispo de Bari; y el abreviador Tomás Pietra decía a Fr. Raimundo de Capua tres días antes del conclave: «Estoy persuadido que estos señores cardenales se han puesto de acuerdo para elegir al arzobispo de Bari, que tiene la Cancillería» [14].
Estos motivos indujeron a los cardenales a nombrarlo papa, y no las exigencias del pueblo, ante quien Bartolomé Prignano no gozaba de especiales simpatías.
5. La entronización y coronación.- A todo esto, el pueblo, que llenaba la plaza y hasta invadía el palacio vaticano, ignoraba lo sucedido en el conclave. Abriendo una de las ventanas que daban al patio, Orsini exclamó: «¡Silencio! Tenéis ya papa.-¿Quién? -Id a San Pedro». Entendió el pueblo que el llamado cardenal de San Pedro, o sea Tibaldeschi, arcipreste de la basílica de San Pedro, era el nuevo papa, y que la frase de Orsini era una invitación a ir a la casa del elegido para saquearla, e inmediatamente muchos corrieron a poner en práctica el pillaje de costumbre.
Orsini, con un gesto negativo, dio a entender que le habían entendido mal, lo cual enfureció a muchos. Un francés pronunció el nombre del arzobispo de Bari. No debió de pronunciarlo bien, porque algunos entendieron que el elegido era Juan de Bar, prelado limosino aborrecido por los romanos.
Entonces fue cuando la muchedumbre tumultuante se embraveció como un mar en tempestad. Los conclavistas, llenos de miedo, reforzaron las puertas con estacas. Inútilmente, porque los romanos, atacando por todos los costados, forzaron todas las entradas, asaltaron los muros y hasta por las ventanas se metieron, gritando: «Romano, romano!»
A un clérigo se le ocurrió la idea de presentar al viejo Tibaldeschi, romano, como verdadero pontífice. Este rehúsa con indignación semejante comedia; pero los conclavistas le obligan a sentarse en la silla papal y le ponen la mitra blanca y el manto de púrpura mientras entonan el Te Deum.
El anciano y enfermo Tibaldeschi sigue resistiendo con todas sus fuerzas contra aquella burla impía: «Yo no soy papa -gritaba- ni quiero serlo; es el arzobispo de Bari». Un sobrino del cardenal le da un golpe en el pecho para obligarle a sentarse y permitir la entronización. En vano él sacude la cabeza lanzando de sí la mitra. Los romanos le llevan al altar y le piden la bendición, a lo que el sudoroso y exhausto cardenal responde con maldiciones [15].
Mientras lo conducen a la cámara papal, se propaga la noticia cierta de que el verdaderamente elegido es el arzobispo de Bari. Oyense gritos de ira: «No lo queremos; nos han traicionado». Non lo volemo!, Cuando alguien sugiere a Bartolomé Prignano la conveniencia de renunciar, él contesta: «No me conocen; aunque yo viera mil espadas dirigidas contra mí, no renunciaría».
Va cayendo la noche y las gentes empiezan a retirarse. Los cardenales han huido disimuladamente y se dispersan. Cinco se esconden en sus propias casas, seis buscan refugio más seguro en el castillo de Sant'Angelo, y cuatro salen de Roma hacia diversas fortalezas. Quedan en el Vaticano el cardenal de San Pedro y el nuevo papa.
Al amanecer del día 9 de abril, el cardenal de Florencia (Corsini) con el de Milán (Brossano) y el de Marmoutier (Du Puy), a los que se juntan luego el de Glandève (Lagier) y Pedro de Luna, vienen al palacio vaticano a cumplimentar al elegido, diciéndole que la elección había sido unánime. Y a las preguntas del interesado sobre si aquella votación era válida, respondió Pedro de Luna afirmativamente, quitándole cualquier escrúpulo que pudiera tener 16.
Los seis encerrados en el castillo de Sant'Angelo, rogados por el nuevo papa a que vinieran a la entronización, comisionaron a sus colegas para que procediesen a la ceremonia en nombre de ellos, aunque sin su presencia; mas por la tarde se decidieron a salir del castillo e intervenir personalmente. En efecto, los doce cardenales presentes en Roma tuvieron una sesión secreta en la capilla. Era el momento de declarar inválida la elección, si así lo creían. Lo que hicieron fue llamar en seguida a Bartolomé Prignano para notificarle oficialmente: «Nosotros os hemos elegido papa», a lo que aquél respondió: «Me habéis elegido, aunque indigno, y yo consiento en la elección». Revistiéronle de los ornamentos pontificales y le hicieron la adoración o reverencia de rúbrica mientras cantaban el Te Deum. A continuación el cardenal Pedro de Vergne, abriendo una ventana, proclamó al sucesor de Gregorio XI coram populo: «Yo os anuncio un gran gozo: tenéis un papa y se llama Urbano VI». Pronto volvieron los cardenales que habían salido de Roma.
El día 18, domingo de Pascua, fue de nuevo entronizado solemnemente en la basílica de Letrán; de vuelta a San Pedro celebróse la ceremonia de la coronación, siendo el cardenal Orsini quien le puso la corona sobre la cabeza.
6. Urbano VI, verdadero papa. - El embajador castellano, doctor Alvaro Martínez, testigo imparcial, afirmó en Medina del Campo haber presenciado en Roma la coronación del papa Urbano, la cual se verificó con alegría y paz de todos 17.
Nadie parecía dudar entonces de la legitimidad del pontífice. El médico Francisco de Siena asegura haber oído al cardenal Roberto de Ginebra estas formales palabras, dirigidas a la multitud después del conclave: «Gritad cuanto queráis; papa tenemos, si no queremos ser todos herejes»18. Y al mismo doctor sienés le dijo el cardenal Orsini: «Si alguno dice que Urbano no es papa, «mente per le cane de la gola, che li é cosi papa, como tu sei doctor de medicina» 19. Constan idénticas afirmaciones de otros cardenales, como del de Florencia y del de Vergne, y, por supuesto, de Tibaldeschi.
En las primeras semanas no se les ocurrió dudar de que Urbano era verdadero papa. Podían haber conversado libremente unos con otros proponiéndose sus escrúpulos o temores; podían haber llamado secretamente a un notario para que levantase acta de sus protestas por la falta de libertad. Nada de esto hicieron 20. Al contrario, su modo de actuar fue de quien reconocía la legitimidad, o subsanaba y convalidaba la elección, si algún defecto o irregularidad hubiese. Apresuráronse a prestarle homenaje y obediencia, a pedirle gracias, favores, beneficios eclesiásticos para sí y para sus familiares, y -lo que es más significativo- escribieron a sus colegas los cardenales de Avignon y a los príncipes cristianos que habían elegido papa al arzobispo de Bari «libere et unanimiter» 21.
Así toda la cristiandad se persuadió que Urbano VI era legítimo y verdadero papa, y como a tal lo acató, reverenció y obedeció.
En resumidas cuentas, podemos decir que la primera elección puede tenerse por lo menos como dudosa, ya que algunos cardenales obraron con miedo 22, y, francamente, las circunstancias no eran como para tenerlas todas consigo. La reelección hecha después de comer parece añadir gran probabilidad a la tesis urbanista, mas siempre queda alguna sombra de duda sobre si el número de los electores alcanzó las dos terceras partes. Hay, pues, que conceder a los cardenales la facultad y el derecho, después de la clausura del conclave, de declarar inválida la elección y proceder a otra nueva. Ese derecho lo actuaron pública y unánimemente con su comportamiento en las primeras semanas y aun meses sucesivos, especialmente en la solemne entronización y coronación de Urbano VI, en las súplicas que le dirigieron como a verdadero papa y en la carta que dirigieron a los cardenales de Avignon. «Aquí radica, más que en la elección del 8 de abril, el derecho inatacable de Urbano VI a la tiara» 23.
7. Inicios de un pontificado. -Nadie hubiera dudado ni entonces ni nunca de la legitimidad del nuevo papa si éste se hubiera comportado normalmente y con la prudencia que de él se esperaba. Pero aquel varón austero, piadoso, tal vez un poco oficinesco y buen trabajador, que se llamó Bartolomé Prignano pareció otra persona con muy diverso carácter desde que recibió la tiara sobre su cabeza y se llamó Urbano VI. Se tornó despótico, duro, violento, descomedido, llegando en su imprudencia y desatino a términos casi patológicos. Y esto en momentos en que la dulzura, la flexibilidad, el tacto y la sensatez eran más necesarios que nunca.
Dejemos a los psicólogos la explicación de este cambio tan brusco y repentino de un hombre ya sexagenario. Sin duda, ya antes, aunque no apareciera públicamente, debió de tener un carácter autoritario y rígido. Ahora el vino del poder supremo se le subió a la cabeza. Un cierto orgullo natural se revistió de formas espirituales con la persuasión de que Dios lo había hecho elegir milagrosamente para vicario de Cristo en la tierra. La altísima idea que tenía de la plenitudo potestatis del pontífice sumo le trastornó el juicio. Creyóse superior a todas las autoridades del mundo, al emperador, a los monarcas, a quienes amenazaba con la deposición si no le rendían homenaje 24.
Se imaginó que Dios le había encomendado la misión de reformar la cristiandad entera, y empezó por los cardenales, cuya autoridad en el gobierno de la Iglesia trató de disminuir, acentuando, en cambio, su personal absolutismo. Públicamente los despreciaba y los insultaba hasta exasperarlos. A los cardenales Cros y Lagier los reprendió ásperamente, y poco faltó para que al primero no lo abofetease en el consistorio. A Orsini le llamó estúpido en presencia de los curiales; a Roberto de Ginebra, rebelde; al de Florencia, ladrón; al de Amiéns, traidor. Predicando, quince días después de su elección, sobre las palabras de Cristo: Ego sum Pastor bonus, lejos de hablar de la piedad, paciencia, mansedumbre y misericordia del buen pastor, se desahogó en una violenta invectiva contra los vicios de los cardenales y prelados. En vano Santa Catalina de Siena le exhortaba en sus cartas a la moderación y dulzura propias del buen pastor.
Por una bula les privó a los cardenales de los ingresos que suponían los «servitia communia» mientras no reparasen sus iglesias titulares. También les obligó a renunciar a las pensiones que recibían del emperador y de los reyes. Con justísimo motivo vituperó las simonías que en la curia se cometían, y añadió que castigaría en primer lugar las de los cardenales. Como un día predicase un dominico inglés contra ese vicio, declarando las penas que impone el derecho canónico, súbitamente inflamado, el papa le interrumpió, diciendo: «A las penas de la simonía añade ésta: que yo excomulgo desde ahora a todos los simoníacos de cualquier estado y condición que sean, incluso a los cardenales». Y, como después algunos murmurasen diciendo que la excomunión, conforme a derecho, no puede lanzarse sino después de tres moniciones, él respondió: «Omnia possum et ita volo». El obispo de Córdoba, Fr. Menendo, que cuenta esta anécdota, agrega que muchas veces le oyó pronunciar: «Ego intendo mundare Ecclesiam et ego mundabo» 25.
El lunes de Pascua después de vísperas comenzó en un sermón a increpar a los obispos allí presentes, diciendo que todos eran perjuros, porque residían en la curia, abandonando sus propias diócesis. Callaron todos menos el referendario pontificio, Martín de Zalba, obispo de Pamplona, el cual replicó que él no era perjuro, porque estaba empleado en la curia no por interés privado, sino por utilidad de la Iglesia, y que por su parte estaba dispuesto a marcharse a su diócesis 26.
El 25 de abril llegó a Roma el cardenal de Amiéns, Juan de la Grange, que, como sabemos, no había participado en el conclave por hallarse en el congreso de Sarzana. Era una de las personalidades más relevantes del sacro colegio, hábil diplomático, poco escrupuloso, inmensamente rico y que había gozado en Francia de todos los honores por su devoción y fidelidad a su rey Carlos V.
Apenas entró en el Vaticano, presentó sus homenajes a Urbano VI, mas no pasaron muchos días antes de que se enzarzara con el papa en un furioso altercado, en que se injuriaron mutuamente. Cuéntase que, ya antes de llegar a Roma, había escrito a los cardenales sus compatriotas reprochándoles quod non elegerant ultramontanum. Ahora, cuando experimentó las excandescencias del papa cismontano y vio el descontento que cundía entre todos, empezó a convocar en su casa del Trastévere a los enemigos de Urbano, incluso a los capitanes de las milicias mercenarias de Gascuña y Bretaña, y, por supuesto, también a los cardenales.
8. La declaración de Anagni y el cisma de Fondi.- Conocía Urbano VI la voluntad de los cardenales franceses de regresar con la curia a Avignon, y pensaba contrarrestar ese movimiento creando nuevos cardenales italianos. Antes de que lo hiciese, ocurrió la ruptura. Apenas empezaron a sentirse los primeros calores en Roma, pidieron al papa aquellos cardenales permiso para retirarse a Anagni. Algunos se fueron en mayo, otros en junio.
Sabedor de las intenciones cismáticas de los franceses, el cardenal Pedro de Luna se les juntó hacia el 24 de junio. Iba con intención de retenerlos en la obediencia al papa Urbano, pero el pescador acabó por ser pescado, en frase de Alfonso Pecha de Jaén.
Disputó con sus colegas, repitiendo siempre que él por su parte había elegido al arzobispo de Bari con plena libertad y lo reconocía como verdadero papa. Sólo cuando todos los demás le aseguraban que ellos habían procedido bajo la impresión del miedo y que en circunstancias normales de libertad no hubieran elegido a Bartolomé Prignano, empezaba el aragonés a vacilar.
Oigamos al embajador castellano Alvaro Martínez: «La primera vez que fui a Anagni, me dijo el cardenal de Ginebra que Urbano no era papa... Y que todos los cardenales de Anagni convenían en lo mismo, excepto el cardenal de Aragón, que, siendo demasiado escrupuloso, decía que quería estudiar el caso. Referí yo esto al mismo cardenal de Aragón, el cual me respondió: Señor Alvaro, el señor cardenal de Ginebra me infama al decir que soy escrupuloso; ciertamente yo quiero examinar y ver bien las cosas, conforme al derecho, porque en verdad os digo que, si yo concordase con ellos y luego averiguara jurídicamente que Urbano es verdadero papa, aunque yo estuviera en Avignon, vendría con los pies descalzos, si de otro modo no pudiese, a ponerme de su parte. Quiero, pues, estudiar y ver bien el asunto. Yo le supliqué me diese los puntos dudosos para estudiarlos, pero hablamos luego de otras cosas y por fin no me los dio. Siempre que entré en su cámara le hallé estudiando, creo que sobre esta materia» 27.
Se equivocaba Pedro de Luna al empeñarse en resolver la cuestión canónicamente. Antes que el problema canónico había que aclarar el problema histórico y psicológico, como trataron de hacer después los urbanistas. El cardenal aragonés aceptó ingenuamente los hechos como los exponían los cardenales franceses y acabó pasándose decididamente a su bando.
Viendo Urbano VI que los cardenales buscaban el apoyo militar de las compañías aventureras, encargó en junio a los tres cardenales italianos, Orsini, Brossano y Corsini -Tibaldeschi estaba enfermo y murió el 7 de septiembre-, se dirigiesen a Anagni a prometerles, de parte del papa, todo favor y benevolencia. Respondieron los cardenales franceses asegurando solemnemente al pontífice de su fidelidad y asombrándose de que dudase de ellos. Esto no impidió que aquella misma tarde tuviesen una reunión secreta con los tres italianos, donde discutieron sobre la validez de la elección, juraron que sus votos se debieron al temor a la muerte y animaron a los tres enviados a quedarse con ellos para proveer a la sede vacante. Rechazaron éstos la invitación de hacer causa común y se retiraron a Tívoli, donde a la sazón se hallaba Urbano VI, para darle cuenta del éxito de la embajada 28.
Vacilaban todavía los cardenales franceses, no faltando quienes, como el de Vergne, deseaban una reconciliación con el romano pontífice, mientras otros exigían la abdicación simplemente y algunos proponían que Urbano tomase un coadjutor.
Sucedió que el 16 de julio el capitán de mercenarios Bernardón de la Salle infligió a los romanos una terrible derrota en Ponte Salaro, después de lo cual puso sus doscientas lanzas gasconas a disposición del sacro colegio. Animados con esto los cardenales y no teniendo nada que temer, dieron un paso decisivo en el camino de la rebeldía, publicando el 2 de agosto una declaración en la que afirmaban con toda seriedad que antes de entrar en el conclave estaban resueltos a no elegir a ningún italiano; que, si luego eligieron al arzobispo de Bari, fue tan sólo por temor a la muerte. Siete días más tarde promulgaron otra declaración, concebida en términos tales, que pierde autoridad ante cualquier lector; tanta es su pasión, virulencia e hipocresía: «La caridad de Cristo nos apremia; nos apremia el celo de la fe; nos apremia el amor a la navecilla de Pedro, sacudida por continuo oleaje en proceloso mar...; nos apremia la túnica inconsútil del Señor...; nos apremia la calamidad de la pudorosa esposa de Cristo, que padece violencia...» Tras este prólogo, declaran que, si ellos eligieron al arzobispo de Bari, fue creyendo que éste jamás aceptaría tam nefanda intrusio; pero, lejos de renunciar a la tiara, intronisatus et coronatus de facto, se hace llamar papa y apostólico, con máximo escándalo del clero y del pueblo cristiano, ocupando el papado tiránicamente totam christianitatem scandalizando. Por eso ellos le han invitado a que abandone la santísima sede de Pedro, que anticanónicamente ocupa, y haga penitencia; de lo contrario, nosotros invocaremos contra él, que está violando a la esposa de Cristo y madre de todos los cristianos, el auxilio divino y humano y emplearemos todas las sanciones canónicas sin misericordia 29.
El 27 de agosto los cardenales de Anagni se trasladaron a Fondi, en el reino de Nápoles, junto a los mismos límites del Estado de la Iglesia, para estar más seguros bajo la protección de la reina Juana. Esta, que al principio se había alegrado de la elección de Urbano VI, se había indispuesto con él por el trato despectivo que su marido, Otón de Brunswick, había recibido del papa Urbano, o, como decía aquel príncipe consorte, Turbano, porque todo lo turba.
Los tres cardenales italianos, que se habían alejado del papa desde fines de julio, pero que aún andaban vacilantes entre Urbano y los franceses, proponiendo diversos medios de arreglo, v.gr., la convocación de un concilio general, por fin se reunieron con los cardenales de Fondi a mediados de septiembre. Cada uno de los tres había recibido promesas, si hemos de creer a Teodorico de Niem, de que sería elegido pontífice si abandonaba a Urbano, y con esta esperanza entraron en el conclave, celebrado en el palacio del conde de Fondi.
Rechazadas las diversas propuestas de convocar un concilio, de resolver la cuestión por un compromiso de seis delegados y de reelegir a Urbano, todos los votos recayeron en el primer escrutinio sobre la persona del cardenal Roberto de Ginebra. Decimos todos por más que los tres italianos, desilusionados tal vez, se contentaron con una aprobación tácita. Era el 20 de septiembre de 1378. El cisma estaba consumado; un cisma que perduraría, con desastrosas consecuencias para la Iglesia, durante casi cuarenta años.
9. Clemente VII, papa aviñonés.-Roberto de Ginebra fue proclamado sumo pontífice el 21 de septiembre con el nombre de Clemente VII; el 31 de octubre fue coronado 30. Era joven, de treinta y seis años; de arrogante presencia, casi corpulento, de afable trato, amigo de los nobles y de los artistas tanto como de los hombres de guerra. Probablemente, sus cualidades de condottiero, demostradas en la lucha de Gregorio XI contra Florencia, pesaron en la balanza de los cardenales al elegirle, pues tendría que disputar con las armas su derecho a los dominios pontificios; creemos, con todo, que lo que más le valió fue el ser hermano del conde de Ginebra y su parentesco con el rey de Francia. Sin la seguridad del apoyo francés, difícilmente se hubieran lanzado aquellos cardenales a la rebelión contra el papa Urbano VI.
Pensó Clemente en apoderarse de Roma con ayuda de las tropas mercenarias francesas, que acampaban en las cercanías. Era la manera más impresionante y decisiva de imponer su obediencia en todo el mundo. La guarnición francesa del castillo de Sant'Angelo estaba de su parte, pues seguía dependiendo del colegio cardenalicio. El conde Honorato de Fondi le ofreció también sus fuerzas. Así que decidió lanzar un ataque en febrero de 1379 contra la Ciudad Eterna; pero las tropas gasconas fueron derrotadas por los romanos junto a Carpineto.
En vano Clemente VII desde el castillo de Sperlonga, adonde se había trasladado en marzo, firmaba un pacto con Luis de Anjou, hermano del rey de Francia, concediéndole el título de rey de Adria y la soberanía de la mayor parte de los Estados pontificios a condición de que los conquistase con su espada y prestase homenaje feudal al pontífice francés. La situación de Urbano VI mejoraba en el aspecto militar. El castillo de Sant'Angelo se le rindió el 30 de abril, y ese mismo día, en una aplastante victoria de las tropas romanas sobre las clementinas, caía prisionero el generalísimo Luis de Montjoie, sobrino de Clemente, con Bernardón de la Salle y los principales jefes.
Acompañado de tres cardenales, Clemente VII huyó rápidamente a Nápoles, donde la reina Juana le recibió con todos los respetos. No así la ciudad, que se levantó al grito de «¡Muera el anticristo! ¡Mueran Clemente y sus cardenales! ¡Viva el papa Urbano!» El 13 de mayo abandonaba la ciudad partenopea y el 22 dejaba definitivamente Italia. Desembarcó en Marsella y el 20 de junio entraba en Avignon. El antiguo prestigio de esta ciudad papal fue causa de que el nuevo papa aviñonés se rodeara de una aureola de legitimidad semejante a la que Roma confería a Urbano VI. De no afincar en una sede tan prestigiosa como Avignon, difícilmente se hubiera podido mantener un cisma durante tan largo tiempo.
II. La cristiandad, dividida
1. Límites y fronteras de las dos obediencias.- Los dos papas se apresuraron a enviar embajadores a los príncipes cristianos, exponiendo cada cual sus derechos y desacreditando al adversario. Hay que reconocer que Clemente VII desarrolló una actividad diplomática muy superior a la de Urbano VI y que los enviados de éste le hicieron traición en Francia y tuvieron poca suerte en la península Ibérica.
A pesas de todo, al dividirse la cristiandad en dos obediencias, la parte más amplia permaneció fiel a Roma, mientras que la más reducida-según los franceses, la más sana de juicio-se adhirió al papa aviñonés: altera pars amplior, altera sanior.
El primer campo de lucha y de división fue Italia. Casi enteramente se puso la península de parte de Urbano, empezando por Florencia, Milán y todo el norte, a excepción de Saboya, cuyos duques eran parientes de Clemente. Es verdad que Nápoles se unió con Francia para sostener al aviñonés; pero, al ser destronada Juana de Anjou (septiembre de 1381), también los napolitanos se rebelaron contra «el verdugo de Cesena».
El emperador Carlos IV ya en septiembre de 1378 declaró en la dieta de Nuremberg que no reconocería sino a los obispos aprobados por Urbano. El 25 de ese mismo mes enderezó una carta a los cardenales rebeldes llena de recriminaciones violentas y defendió la causa urbanista ante varios príncipes italianos. Muerto el piadoso y prudente emperador el 29 de noviembre, le sucedió su hijo Wenceslao de Bohemia, que, aunque muy diferente en costumbres y carácter, siguió, en la cuestión del cisma, las huellas de su padre. La dieta de Francfurt (febrero de 1379) significó un gran triunfo de Urbano VI.
Luis I de Hungría, aunque descendiente de Carlos de Anjou, prefirió marchar de acuerdo con el emperador. Lo mismo se ha de decir de Polonia y Lituania. En cambio, los duques Alberto de Baviera y Leopoldo de Austria siguieron al pontífice aviñonés; al cabo de pocos años, el primero adoptó una posición neutral, y, muerto Leopoldo en 1386, se deshizo en aquellos países el partido clementino.
En las diócesis de Spira y Maguncia, tras un efímero triunfo de Clemente VII, se impuso definitivamente Urbano VI. Lo mismo sucedió en Utrecht, Cambray y en Lieja, sede que se disputaron un obispo aviñonés y otro romano.
En Flandes, cuatro diócesis, como pertenecientes a la provincia eclesiástica de Reims, se declararon en favor de Avignon; pero contra la tendencia del episcopado se alzó el conde Luis de Maele con la mayoría del pueblo. Los flamencos temían a Francia; sus intereses políticos y sobre todo comerciales se orientaban hacia Inglaterra; con razón ha escrito E. Perroy que Flandes en el siglo xiv era la continuación de Inglaterra en el continente. Pero desde 1384 el nuevo conde logró arrastrar a muchos hacia la obediencia aviñonesa.
Inglaterra, enemiga constante de Francia y de la curia aviñonesa, no es extraño que desde el primer momento siguiera la obediencia romana, por más que la conducta de Urbano VI no facilitara mucho esta adhesión 31.
Por sus disensiones con Inglaterra, Escocia abrazó el partido contrario. En Irlanda, aunque no dominada completamente por los ingleses, predominó, con mucho, el partido urbanista. Y en los países escandinavos puede decirse que absolutamente.
2. Francia y la Universidad de París.- El reino de Francia fue durante muchos años el más firme sostén del papa de Avignon, aunque no puede negarse que la estrecha unión de Clemente VII con el rey francés fue causa de que algunos países, por oposición política, se dirigiesen hacia el papa romano.
Desde antes de la elección de Clemente VII, ya Carlos V -«le sage roy»- miraba con simpatía y benevolencia a los cardenales reunidos en Anagni y Fondi con intenciones cismáticas. Pero, si éstos no le hubiesen convencido de la ilegitimidad de Urbano, él nunca hubiera pensado en abandonar la obediencia de aquel a quien sinceramente había prestado filial homenaje.
Al recibir los informes del colegio cardenalicio y de otros particulares contra el papa italiano y el anuncio de la elección de Clemente VII, convocó una reunión selecta de nobles, consejeros, teólogos y canonistas y de algunos prelados que se hallaban de paso en París (Vincennes, 16 de noviembre), en la que todos o casi todos aconsejaron al rey que se declarase en favor del papa de Fondi. Así lo hizo, transmitiendo a sus súbditos la orden de que en todas las iglesias de Francia se debía reconocer a Clemente VII como a «Papa y supremo pastor de la Iglesia de Dios».
Tal decisión no dejó de causar escándalo en muchos franceses, particularmente universitarios de Orleáns, Angers, Cahors y de París, acostumbrados a mirar a Urbano VI como legítimo pontífice, sucesor de Gregorio XI. La diplomacia de Clemente VII se puso en movimiento. Empezó por hacer notables concesiones de orden económico y eclesiástico al monarca y le envió como embajador permanente, con plenos poderes, uno de los personajes mejor vistos en Francia: el cardenal Juan de Cros, que fue recibido en Notre-Dame el 6 de abril de 1379. Poco después llegaron a la corte nuevos cardenales, que repitieron a su manera la historia del conclave bajo la presión de los romanos.
Quiso el rey obtener de una manera o de otra la adhesión de la Universidad parisiense, que era la mayor autoridad teológica y científica del mundo cristiano y la institución más universal, ya que entre los maestros y discípulos se contaban muchos de todas las naciones.
Las facultades de medicina y de derecho se pronunciaron inmediatamente en favor de Clemente VII. La de teología, internamente dividida, aplazó la decisión. La facultad de artes, que, como es sabido, estaba integrada por cuatro naciones (galicana, normanda, picarda e inglesa), también se dividió; las naciones galicana y normanda dieron gusto al rey, pero las otras dos exigieron que la cuestión se discutiese en asamblea general de toda la Universidad. Celebróse ésta el 24 de mayo, con idéntico resultado, ya que no pudo llegarse a la adhesión unánime por la resistencia de la nación picarda e inglesa. Constituyóse, finalmente, una delegación que, en nombre de toda la Universidad, prometiese al rey el reconocimiento del papa aviñonés. Pero esta adhesión oficial no impedía que dentro de la Universidad hubiese muchos maestros y alumnos—en especial todos los ingleses y alemanes-que negasen la obediencia a Clemente VII. Tanto es así, que fue preciso prohibir se tocase este punto en las disputas escolásticas 32.
3. Actitud del rey de Castilla.- Enrique II de Trastamara (1369-79), apenas recibida la noticia de la elección de Urbano VI, le prestó acatamiento 33. Pronto, sin embargo, llegaron a la corte castellana rumores desfavorables. Quizá por eso, cuando vino el anuncio del cisma, aquel monarca, bien inclinado hacia el papa romano, empezó a titubear, y en la asamblea de Toledo, celebrada en noviembre de 1378, a la que asistieron enviados del papa Urbano y embajadores de Francia, se declaró neutral o indiferente hasta que se hiciese clara luz en el asunto 34.
A las solicitaciones de su amigo el rey de Francia (Enrique debía la corona al condestable de Carlos V, Beltrán Duguesclin), respondió siempre que en negocio tan grave había que proceder con cautelosa prudencia. No consta que ya entonces propusiese la convocación de un concilio universal.
En diciembre reunió una nueva asamblea en Illescas. Defendió allí brillantemente la causa urbanista el arzobispo de Toledo, Pedro Tenorio, sabio consejero del rey y de gran influjo en la política eclesiástica. Sus argumentos fueron los que hoy todavía nos parecen los más válidos. «Aunque la primera elección de Urbano -decía- hubiera sido irregular, ha sido legitimada por la coronación y demás actos de los cardenales» 35.
La cuestión siguió indecisa. Declaró el rey que trataría de ponerse de acuerdo con los demás reyes españoles, y que entre tanto las rentas apostólicas pasasen con garantía al fisco real, para ser luego entregadas fielmente al papa legítimo.
Los dos papas enviaron a Castilla sus representaciones. Clemente VII nombró su embajador y legado en los reinos de España al cardenal Pedro de Luna, el cual, sin embargo, no fue admitido en Castilla por el momento . Embajador de Urbano VI en Castilla y Aragón fue designado Fr. Menendo, O.F.M., que tuvo mala suerte, porque el corsario catalán Pedro Bernáldez lo apresó en el camino por orden de Pedro de Luna. Las bulas que llevaba consigo fueron rasgadas y Menendo enviado a Fondi, en cuyas cárceles fue encerrado por Clemente VII. El franciscano, que tenía ya el nombramiento de obispo de Córdoba, logró al cabo de once meses evadirse por la ventana con una cuerda fabricada por él y de nuevo fue enviado como legado pontificio a España.
Aquí el más ardiente defensor de Urbano VI era el infante Fr. Pedro de Aragón, tío del rey aragonés. Con sus cartas, avisos, visiones y amenazas de la ira de Dios trató de conmover a Enrique II. Sólo consiguió que el rey le invitase a una solemne asamblea de los grandes y prelados del reino, que se celebraría en Burgos por mayo de 1379. Desgraciadamente, Enrique murió el 29 de mayo, recomendando a su hijo Juan la neutralidad, aunque él siempre había mostrado más inclinación hacia el pontífice de Roma.
Empezando a reinar Juan I (1379-1390), intentó el rey de Francia ganárselo para su causa, enviándole una carta con multitud de razones y testimonios de cardenales y doctores en favor de Clemente VII; añadía que, pues los dos monarcas iban unidos en lo político, convenía que fuesen igualmente en lo religioso. Por el mismo correo le escribía en forma mucho más apremiante el cardenal de Amiéns 36. Al mismo tiempo ese cardenal y el de San Eustaquio dirigían sendos memoriales al arzobispo de Toledo esforzándose por convencerle de la legitimidad del papa aviñonés. Don Juan retrasó la contestación, sin duda para oír antes a sus grandes y prelados, reunidos en las cortes de Burgos con motivo de su coronación. Responde por fin en septiembre de 1379, diciendo que los arreglos y convenciones particulares no solucionarán la cuestión. Grave es el problema, y no podrá resolverse sino por medio de un concilio general de toda la cristiandad. El primer elegido ha reinado muchos meses sin contradicción; parecería sospechoso que una asamblea lo condenase ahora sin oírle, tanto más que otras asambleas tenidas en Italia, Alemania y Hungría se han pronunciado en su favor, y será inútil que los reyes intenten forzar las conciencias de los que no piensen como ellos 37.
Como el rey francés insistía y el fanático Nicolás Eymerich, O.P., proclamaba delante de D. Juan que solamente los cardenales que asistieron al conclave tenían derecho a hablar y ser oídos, y como ya empezaba a intrigar y maniobrar en la corte el astuto legado Pedro de Luna, admitido por fin en febrero de 1380, determinó el monarca castellano plantear seriamente y a fondo el problema en una asamblea nacional. No bastaba estudiar el caso canónicamente. Antes era preciso conocer exactamente los hechos, someterlos a crítica y escuchar a los testigos de ambas partes, para que del cotejo saliese la luz.
Hay que reconocer que nadie buscó la verdad con tanto afán y trabajo y método crítico como el joven rey D. Juan I. Gracias a él poseemos hoy día los historiadores material suficiente y auténtico para rastrear la verdad en el enmarañado problema del cisma.
4. La asamblea de Medina del Campo.-A fin de recoger la más amplia y segura información de las dos partes, ordenó el rey castellano que tres embajadores suyos se encaminasen a Avignon y luego a Roma. Eran dos seglares y un fraile franciscano: D. Rodrigo Bernárdez (o Ruy Bernal), que ya había desempeñado otra embajada en París; D. Alvaro Meléndez, doctor en leyes, y Fr. Fernando de Illescas, confesor del rey.
A fines de mayo de 1380 se hallaban en Avignon. A la propuesta de un concilio universal, respondió Clemente VII -y casi lo mismo sus cardenales- que de ninguna manera 38. Más felices estuvieron los embajadores en sus interrogaciones sobre el conclave. En dos o tres semanas recogieron testimonios jurados y respuestas de ocho de los cardenales conclavistas y de otros veintitrés testigos de vista o de oídas 39.
El 20 de junio, D. Rodrigo y Fr. Fernando -D. Alvaro Meléndez acababa de morir- estaban en Roma. Entrevistáronse con Urbano VI, poco dispuesto a un concilio general, y con veintiocho testigos, «quórum nomina aliquando occultantur propter eorum periculum, sed rex Castellae habet nomina» 40.
El mismo papa les entregó su Casus envuelto en un pergamino cerrado con bula de plomo, a diferencia de Clemente VII, que hizo llegar al rey D. Juan su Factum por medio de Pedro de Luna.
Por haber caído enfermo Rodrigo Bernárdez, salió para Nápoles solo Fr. Fernando de Illescas con objeto de entrevistarse allí con dos cardenales testigos del conclave. Con tan precioso material regresaron a Castilla.
El 23 de noviembre de 1380 se pudo iniciar el examen y la discusión de los testimonios y demás documentos en la gran asamblea de Medina del Campo, que, a juicio de Seidlmayer, «es, sin duda, uno de los más interesantes procesos de toda la Edad Media» 41.
Presidía el obispo de Sigüenza y a las principales sesiones venía también el rey. El primer día (23 de noviembre), tras una relación de lo que habían hecho en este negocio D. Enrique II y D. Juan I, habló el cardenal Pedro de Luna en lengua castellana con ampulosidad retórica y escolástica de mal gusto, para no decir sino que en la elección no hubo libertad. Dos días después, el obispo de Faenza, Francisco de Urbino, hizo la defensa de Urbano VI en forma muy concreta, exponiendo diecisiete veritates sobre la elección del 8 de abril 42. El 26 tocó a Ruy Bernal hacer una breve relación de su viaje, entregando al rey el Factum de Urbano VI 43. Abierto el pergamino, se leyó en público. Lo mismo se hizo el día siguiente con el Casus de Clemente VI presentado por Pedro de Luna 44.
Del 6 al 10 de diciembre se tuvieron diversos actos públicos, y en particular se nombraron dos comisiones; una «ad causae examinationem» y otra para recibir nuevas testificaciones y examinarlas. Participaban en ellas los arzobispos de Toledo y de Sevilla, los miembros del Consejo Real, la mayor parte de los obispos castellanos, el embajador Alvaro Martínez y, por supuesto, Ruy Bernal y Fr. Fernando de Illescas.
Para facilitar el examen y la discusión, los dos documentos pontificios se dividieron en muchos artículos; así el Factum comprendía 104 artículos y 35 adiciones, más 73 preguntas que trataban de aclarar o especificar más los artículos; el Casus tenía 89 artículos, II adiciones y 107 preguntas. Los llamados a responder eran los representantes oficiales de Urbano y de Clemente, así como muchos españoles que en Roma habían sido testigos de los hechos. Distinguíase con toda precisión el valor de cada testimonio, anotándose al margen: scientia (de ciencia cierta), fama et vox publica (si era sólo un rumor), de audito incerto, o bien de auditu a persona certa, credulitas, etc. 45
Aunque en las disputas abogaron elocuentemente por la causa urbanista personajes como Fr. Pedro de Aragón y Fr. Menendo de Córdoba, no hay duda que poco a poco se fue creando en Medina del Campo un ambiente contrario al papa romano y favorable al aviñonés.
Es evidente que la amistad política con Francia influyó en ello. Además, la habilidad diplomática de Pedro de Luna supo ganarse muchas voluntades. Y allí estaban, para defender a Clemente VII, su abogado fiscal Bonifacio de Ammanati y los embajadores de Carlos VI. También intervino el obispo de Pamplona, Martín de Zalba, que no sabemos con qué título asistía a aquella asamblea.
La balanza se fue inclinando en favor de la obediencia aviñonesa, siendo el argumento más eficaz «quod cardinales... habuerunt causam timendi, et quod omnia supradicta erant suficientia ad incutiendum metum». La comisión, integrada por veintitrés canonistas y prelados, al fin de cuatro meses se decidió unánimemente contra la legitimidad de Urbano VI. Cosa extraña -confiesa el propio N. Valois-, «pues el atento examen de las piezas del proceso conduciría hoy a un lector imparcial, si no a la conclusión contraria, al menos a la convicción de no poderse dictar sentencia cierta». Terminada la asamblea a principios de abril, sus más ilustres miembros se trasladaron con el rey a Salamanca, donde el 19 de mayo de 1381, después de una misa solemne en la catedral, D. Juan I hizo leer ante el clero, nobleza y pueblo una declaración ordenando a sus súbditos de Castilla y León reconocer al papa Clemente VII como a «vicario de Jesucristo e sucesor de Sant Pedro» 46.
Un mes antes, Francia y Castilla firmaban una alianza contra Inglaterra y Portugal. Es difícil no ver alguna conexión entre ambos hechos.
5. Oscilaciones de Portugal.- Ocupaba el trono portugués don Fernando I (1367-83), de carácter versátil y de política inconstante. Recién elegido, Urbano VI le escribió cartas amistosas prometiéndole favores y ventajas políticas, que al rey portugués no le conmovieron ni poco ni mucho. Pronto llegaron a Lisboa noticias desfavorables al papa y sospechas, que los embajadores de Roma no lograron desvanecer. Más aún, Juan de Roquefeuille, uno de esos enviados, traicionó a Urbano, informando siniestramente al rey respecto de la elección del 8 de abril. El monarca envió a varios de sus clérigos con orden de que hiciesen averiguaciones en Roma, y, como su encuesta resultó más bien favorable a los cardenales, Fernando I optó por mantenerse neutral. De esta neutralidad o indiferencia salió en diciembre de 1379 o enero de 1380, abrazando públicamente en Evora la causa del papa aviñonés. Ello se debió a las influencias del duque de Anjou y, sobre todo, a las instancias que ejercieron en la corte y en el clero los activos representantes de Clemente VII.
Hallábase entonces en paz con Castilla, aunque deseoso de tomar represalias por las derrotas que le había infligido en 1372 Enrique II apoderándose de Lisboa. Pactó ahora, en julio de 1380, con Inglaterra, comprometiéndose a guerrear contra Castilla apenas viniesen tropas auxiliares bajo el mando del conde de Cambridge.
Desembarcó en Lisboa el hijo de Eduardo III de Inglaterra al frente de 3.000 soldados el 19 de julio de 1381; y consiguientemente, para garantizar la alianza, el rey Fernando tuvo que abjurar la obediencia de Clemente VII y pasarse a la de Urbano VI, acatado por los ingleses.
Antes de que esto sucediera y previendo el peligro, el cardenal legado Pedro de Luna, que por entonces estaba triunfando en la asamblea de Medina del Campo, corrió a Santarem en marzo de 1381 acompañado de San Vicente Ferrer. En las deliberaciones del rey con su Consejo acerca de cuál era el papa legítimo, pronunció Pedro de Luna una arenga retórica, conceptuosa y dialéctica, como suya, interpretando a su modo las palabras de la Sagrada Escritura: Vere scio quod non sit alius (4 Re 5,15); Scio enim quia tu... clemens es (Jn 4,2); Clemens est Dominus (2 Par 30,9); Quod vidimus, testamur (Jn 3,11). Su argumento fue el de siempre: es preciso creer a los cardenales 47.
Pero toda su fuerza de persuasión se estrelló contra las serias objeciones que le pusieron los obispos portugueses, y en especial el deán de Coímbra, que arguyó de esta manera:
«Decís que no pudisteis deliberar sobre la persona idónea a elegir. ¿Y para qué queríais deliberar sobre la persona, si pensabais rechazarla luego y negarle la dignidad pontificia? ¿Y qué hicisteis en aquellos seis días que pasaron desde la muerte de Gregorio IX hasta la elección? Si no creíais que el elegido era verdaderamente papa, ¿por qué decís que le elegíais por seros bien conocido y experto en negocios de curia? Y si lo elegíais para evitar el peligro de muerte, ¿por qué no notificasteis a los romanos la elección hecha, cuando en tiempo del tumulto estaba él en el palacio? ¿Y con qué conciencia recibíais de él fiel juramentos y sacramentos eclesiásticos, si sabíais que era apóstata y anatematizado? ¿Y por qué recibíais beneficios y negociabais con él otras cosas que no eran necesarias, sino voluntarias? ¿Y por qué en vuestras cartas privadas ibais diciendo al mundo que era verdadero papa, siendo así que a eso nadie os obligaba, y, por lo tanto, podíais dejar de escribir tales cosas?» 48.
Fracasado en su empeño, Pedro de Luna y Fr. Vicente Ferrer volvieron a Salamanca sin haber conjurado la apostasía -así la llamaban- del rey Fernando I, el cual, entrando en la catedral de Braga el 29 de agosto de 1381, juró sobre una hostia consagrada y declaró que tenía por verdadero papa a Urbano VI.
Esta adhesión del monarca portugués al pontífice de Roma duró cuanto la guerra contra Castilla, guerra que resultó desafortunada para los ingleses. Una flota portuguesa de veinte naves cayó en poder de los castellanos y el rey don Juan I invadió Portugal, obligando a don Fernando a firmar la paz el 9 de agosto de 1382. Repatriados los ingleses, don Fernando volvió a reconocer al papa Clemente VII, y quién sabe si no hubiera cambiado de nuevo el tornadizo monarca si la muerte no le hubiera sorprendido el 22 de octubre de 1383.
Momento crítico para la monarquía lusitana, porque D. Juan I de Castilla, con la aprobación del papa aviñonés, se proclamó inmediatamente soberano de ambos reinos, fundado en que Portugal pertenecía a su esposa D.a Beatriz, hija única superviviente del difunto D. Fernando.
Estallaron tumultos populares, en uno de los cuales murió asesinado el obispo de Lisboa, Martín de Zamora, de origen castellano y ferviente partidario de Clemente VII. Originóse la guerra, acaudillando a los portugueses D. Juan, gran maestre de la Orden de Avís, hijo bastardo de D. Pedro I. El monarca castellano puso sitio a Lisboa, y la hubiera tomado si la peste, cebándose en sus tropas, no le hubiese obligado a retirarse en septiembre de 1384. El 6 de abril del año siguiente, el maestre de Avís fue proclamado rey por el pueblo y por las cortes. Y, tras varias vicisitudes, el ejército portugués, inferior en número, derrotó al castellano en la célebre batalla de Aljubarrota el 15 de agosto de 1385, distinguiéndose entre los vencedores el condestable Nuño Alvares Pereira.
La independencia del reino portugués estaba asegurada, y también, en atención a la ayuda que le habían prestado sus aliados ingleses, la adhesión definitiva al papa Urbano VI.
6. Aragón tarda en decidirse. -¿Qué hacía entre tanto el anciano rey de Aragón, D. Pedro IV el Ceremonioso (1336-87), el más viejo y experimentado de los príncipes cristianos? Apenas tuvo noticia del cisma que se preparaba, bien informado por Gil Sánchez Muñoz, emisario de los cardenales, mandó a su procurador en Roma mantenerse neutral y prohibió a los obispos de su reino el 19 de octubre de 1378 publicar la declaración de los cardenales franceses contra Urbano VI, diciendo que no se debía reconocer «a ninguno de los pontífices elegidos sin que primero se recibiese información de las elecciones, porque, con acuerdo y deliberación de los prelados y personas de letras de sus reinos, se declarase a quién se debía dar la obediencia» 49.
Aquel monarca astuto, tenaz, calculador y muy amigo de las fórmulas jurídicas no qui