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Los libros apócrifos
del Antiguo y Nuevo Testamento.

Visión general de los libros que no fueron incluidos en el canon bíblico.

Tomado de "Introducción a la Biblia" de Tuya-Salguero
BAC Madrid 1967, pp. 381-406

                                       

1. Nociones preliminares

I. Nombre.‑El término apócrifo, etimológicamente, proviene del griego άπόκρυφον, que se deriva del verbo άποκρύπτω = «esconder», «ocultar», «sustraer a la vista». Por consiguiente, el sustantivo apócrifo significa oculto, escondido [52].

Entre los paganos se llamaban libros apócrifos los escritos de ciertas sectas que contenían doctrinas secretas, esotéricas, conocidas únicamente por los iniciados [53]. Los judíos también consideraban ciertos libros como apócrifos, tal como se desprende del libro de Daniel [54]. Pero no hemos de confundir estos libros apócrifos con los genuzim, «escondidos», «separados», que, debido a la antigüedad en el uso o a la deteriorización o mutilación, no servían para el uso litúrgico en la sinagoga, y, como no podían ser destruidos, eran retirados en un lugar separado llamado Gueniza [55].

Entre los Padres de la Iglesia, apócrifos se llamaban generalmente a los libros que habían sido colocados fuera del canon por la Iglesia, por el hecho de no ser inspirados, aunque frecuentemente se presentaran como tales. De donde se sigue que decir libros apócrifos era lo mismo que decir libros no canónicos, no inspirados [56]. También se llamaban apócrifos los libros que no eran admitidos en la lectura pública llevada a cabo en el culto divino [57]. Y como en la liturgia sólo se solían leer los libros canónicos o inspirados, de ahí que apócrifo pasase a significar lo mismo que no canónico, no inspirado [58]. Otras veces apócrifo designaba los libros que contenían cosas contrarias a la fe o nocivas al pueblo cristiano [59].

Entre nosotros es frecuente llamar apócrifos a aquellos libros que se presentan como obra de un autor que en realidad no los escribió ni tuvo parte alguna en ellos [60]. Hay que advertir, sin embargo, que muchos libros apócrifos fueron escritos por hombres de buena fe, que exponían doctrinas buenas y sanas, y las ponían en boca de algún personaje importante del Antiguo o del Nuevo Testamento para darles mayor autoridad. A esta clase pertenecen la Oración de Manasés, los libros 3‑4 de Esdras, que se suelen editar como apéndices en la Vulgata.

No obstante, los Padres y los escritores eclesiásticos antiguos acostumbran rechazar los libros apócrifos por considerarlos como escritos de índole religiosa incierta y de origen desconocido, que contenían muchas cosas falsas mezcladas con otras verdaderas. En la práctica, apócrifo terminó por ser tomado en sentido peyorativo, viniendo a significar en los escritores antiguos lo mismo que libro sospechoso o herético.

2. Definición.‑Teniendo en cuenta lo que acabamos de decir, se puede dar una definición de apócrifo, diciendo: «Es todo escrito de autor desconocido que, por el título o por el argumento, presenta ciertas afinidades con los libros de la Sagrada Escritura y que en la antigüedad fue tenido por algunos por inspirado, pero que no ha sido recibido por la Iglesia en el canon bíblico» [61].

Advertencia.‑Conviene tener presente que los protestantes llaman libros apócrifos a los escritos deuterocanónicos del Antiguo Testamento que no se encontraban en el canon hebraico de los judíos. Y los libros que nosotros llamamos apócrifos, los protestantes los designan con el nombre de pseudoepígrafos, es decir, inscritos con un nombre falso. Por lo que se refiere a los apócrifos del Nuevo Testamento, coinciden católicos y protestantes.

3. División de los apócrifos.‑Se dividen, al igual que los libros canónicos, en apócrifos del Antiguo y del Nuevo Testamento. Y para esto hay que fijarse en el argumento o en las personas a las cuales son atribuidos, que pueden pertenecer a uno u otro Testamento.

En la antigüedad existió gran número de libros apócrifos. Pero ante la severa actitud de la Iglesia, que perseguía su difusión, por considerarlos como un peligro para la fe, muchos de ellos desaparecieron, y hoy sólo los conocemos de nombre [62].

4. Finalidad de los apócrifos.‑Se proponen obtener varios fines. Los apócrifos judíos unas veces se proponen reforzar la Ley mosaica con nuevas prescripciones legales provenientes de los rabinos. Son los escritos que forman la literatura halákica, o sea la interpretación jurídica de la Ley [63]. Otras veces se trata de relatos morales o narraciones ficticias creadas por la fantasía en torno a hechos o personajes bíblicos. Así se fue creando la literatura haggádica [64], que constituye la interpretación dogmática y moral de la Ley. Y, finalmente, otros escritos apócrifos, presentados como obra de algún patriarca o profeta, anuncian como próxima la liberación mesiánica de Israel para infundir ánimos a los judíos. Forman éstos la literatura llamada apocalíptica, que se esforzaba por descubrir a los hombres lo que Dios solo, o los seres celestiales, conocen, es decir, los sucesos futuros referentes al pueblo de Dios y a la venida de los tiempos escatológicos [65].

Los apócrifos cristianos pretendían frecuentemente satisfacer la piadosa curiosidad de los fieles, que deseaban saber muchas cosas de la vida de Jesús, de la Santísima Virgen, de los Apóstoles y de otros personajes del Nuevo Testamento que no son narradas en los escritos neotestamentarios. Con este fin se inventaron muchas anécdotas, a veces hasta pueriles y ridículas, sobre la infancia de Cristo, sobre su vida pública, su descenso a los infiernos; sobre el nacimiento de la Santísima Virgen María, sobre su matrimonio con San José, sobre su muerte y asunción; y también sobre los viajes misioneros de los apóstoles, sobre sus doctrinas y conversiones obtenidas.

5. Importancia de los apócrifos.‑Algunos de los libros apócrifos gozaron de gran consideración entre los Padres, e incluso fueron colocados entre los libros canónicos en algunos códices antiguos. Muchos de los apócrifos pueden ser leídos aún hoy con gran utilidad. La misma liturgia nos presenta muchos textos tomados de los libros apócrifos:, como, por ejemplo, el introito de la misa de réquiem que proviene del 4 Esd 2, 34‑35 [66]; el introito de la misa del martes después del domingo de Pentecostés, tomado igualmente del 4 Esd 2,36; el versículo «Adhuc pusillum, et tolletur iniquitas a terra et ¡ustitia regnabit in vos», que se repite en la vigilia de Navidad, procede también del 4 Esd 16,53. El responsorio segundo después de la lección de la Escritura propia de los domingos cuarto al noveno después de Pentecostés, proviene igualmente del salmo 151,3b -4 [67].

Los autores modernos dan gran importancia al estudio de los apócrifos por varias razones:

a) En primer lugar, porque los apócrifos del Antiguo Testamento nos ayudan a conocer las ideas religiosas y morales de los judíos en tiempo de Cristo, y esto nos sirve grandemente para una mejor inteligencia del Nuevo Testamento y de la Iglesia primitiva. Los apócrifos del Nuevo Testamento son, a su vez, de gran valor para el conocimiento de las doctrinas y de las opiniones tanto de los fieles como de los herejes de los primeros siglos de la Iglesia [68].

b) En segundo lugar, porque refieren hechos o doctrinas relacionados con la dogmática cristiana y con la historia de la Iglesia primitiva, que no encontramos en documentos anteriores. Es famoso el relato que nos da el apócrifo Tránsito de María (del s. IV) sobre la asunción corporal de la Santísima Virgen María a los cielos. De él dependerán en gran parte los escritores eclesiásticos posteriores [69].

c) En tercer lugar, porque contienen muchas cosas dignas de fe que pueden servir para la historia eclesiástica. El Protoevangelio de Santiago (del s.II), por ejemplo, es el primer documento que nos da los nombres de los padres de la Santísima Virgen, y los de los tres Reyes Magos[70]. El evangelio apócrifo del Pseudo‑Mateo nos describe minuciosamente la presentación de María en el templo, a la edad de tres años, y su matrimonio con San José [71]. En estos textos debió de inspirarse la liturgia para la institución de la fiesta de la Presentación de María en el Templo.

 d) Los pintores, escultores y literatos cristianos se han servido de muchos relatos de los apócrifos para sus obras de arte. La representación, por ejemplo, de San José, anciano y con el bastón florido, nos recuerda el relato del Pseudo-Mateo [72].

e) Además, en la epístola de San Judas se alude, según parece, al libro de Henoc [73]. Y muchos Padres y escritores antiguos citan ciertos apócrifos con reverencia.

f) Finalmente, el estudio de los apócrifos servirá para compararlos con los libros canónicos de la Sagrada Escritura. De esta comparación resultará que los libros canónicos son muy superiores a los apócrifos tanto por el contenido religioso como incluso por los méritos literarios. La narración sencilla al par que emocionante de la anunciación en San Lucas contrasta fuertemente con el estilo amanerado y el contenido legendario de los evangelios apócrifos de la infancia [74].

II. Apócrifos del Antiguo Testamento 

Por razón de las analogías y semejanzas que tienen estos apócrifos con los Libros Sagrados del Antiguo Testamento, se suelen dividir en tres clases: apócrifos históricos, didácticos y proféticos.

a) Apócrifos históricos.‑Entre éstos se suelen enumerar los siguientes:

I. Libro de los Jubileos, que también es llamado «Pequeño Génesis», porque da un comentario sobre el Génesis, o también «Apocalipsis de Moisés» por el hecho de tratar de Moisés, de quien recibió las revelaciones contenidas en el libro. Trata de la historia del mundo, desde la creación hasta la salida de los hebreos de Egipto, tomada de Gén 1‑Ex 12, pero adornada con muchas narraciones fabulosas. La historia está dispuesta por períodos de Jubileos, de cuarenta y nueve años cada uno, por cuya razón se le llama «Libro de los Jubileos». Fue escrito en hebreo y en Palestina por un judío fariseo hacia mediados del siglo II a.C. En las grutas de Qumrân se han encontrado varios fragmentos en hebreo del Libro de los Jubileos [75].

2. Libro III de Esdras.‑Narra la historia del templo desde el reinado de Josías (+609) hasta su reconstrucción después del destierro y la reanudación de los servicios divinos bajo Esdras. Es un conglomerado de trozos tomados del 2 Crón y de Esd‑Neh. Del 2 Crón toma los dos últimos capítulos [76]; de Esd toma casi todo el libro[77]  y de Neh dos capítulos [78]. Lo que tiene de propio el 3 Esd son los capítulos 3,1‑5,6, en que se narra una disputa legendaria entre los guardias del rey Darío sobre la cuestión: «¿Quién es más fuerte: el vino, el rey, la mujer o la verdad?» Vence Zorobabel afirmando que la verdad supera en fortaleza a todos [79]. El 3 Esd es designado como Esdras A, o sea, primero de Esdras, en los Setenta y en las versiones Vetus Latina, Siro‑hexaplar, Etiópica, Armena; mientras que los libros canónicos de Esd‑Neh son unidos juntamente bajo el título de Esdras B o segundo de Esd.

El origen de este libro es muy discutido entre los críticos. Para unos el 3 Esd sería una compilación griega o una versión que habría sido hecha en el siglo ii ó i a.C. de los libros canónicos de Esd‑Neh [80]. Para otros, el 3 Esd sería la versión original de los libros canónicos de Esd‑Neh llevada a cabo por los Setenta, mientras que Esdras B representaría la versión de esos mismos libros canónicos hecha por Teodoción [81]. Tal vez sea más exacto considerar el 3 Esd como una versión griega hecha sobre un texto hebreo o arameo, que difería del texto masorético actual, y el pasaje de los capítulos 3, 1 ‑ 5, 6 habría sido tomado de alguna otra fuente [82].

También presenta cierta dificultad la cuestión referente a su valor canónico. Bastantes Padres griegos y latinos, como Orígenes [83], San Basilio [84], San Atanasio [85], San Cipriano [86], San Ambrosio [87], lo citan como libro inspirado. Los concilios de Hipona y el III y IV de Cartago también lo admiten en su canon [88]. Sin embargo, hay que advertir que este reconocimiento no fue universal ni constante. La mayor parte de los Padres, como Melitón de Sardes, San Gregorio Nacianceno, San Cirilo de Jerusalén, San Epifanio, Rufino, San jerónimo, San Agustín, Leoncio Bizantino, Junilio Africano, consideran como canónico el 1‑2 de Esd, es decir, nuestros dos libros actuales de Esd-Neh.

El libro fue compuesto en el siglo I, o quizá antes, en un ambiente alejandrino, con fines apologéticos. Se encuentra como apéndice en nuestras ediciones de la Vulgata. La liturgia hace uso del 3 Esd 5,40 en el ofertorio de la misa «Pro eligendo Summo Pontifice».

3. Libro III de los Macabeos. -Fue escrito en griego por un judío alejandrino a principios de la era cristiana. El título es impropio, ya que no trata para nada de los Macabeos. Se le ha designado así porque en muchos códices de los Setenta está colocado después de los dos libros canónicos de los Macabeos. Narra una persecución del rey Ptolomeo IV Filometor (221‑204 a.C.) contra los judíos de Alejandría y su milagrosa liberación. Toda la narración parece fabulosa. En Occidente permaneció casi desconocido [89].

4. La Ascensión de Isaías. ‑Fue compuesto parte en el siglo i y parte en el siglo ii de nuestra era. Consta de tres partes. La primera narra el martirio de Isaías (1,1‑3, 12; 5,1‑14), afirmando que el profeta fue aserrado en dos partes por mandato del rey Manasés. La segunda parte, intercalada en la primera (3,13‑4,18, es una apcalipsis cristiana que refiere una serie de visiones de Isaías sobre la encarnación, pasión, resurrección, ascensión, misión de los apóstoles y parusía del Mesías. Esta parte es obra de un cristiano de fines del siglo i. La tercera parte, escrita también por un cristiano, en la primera mitad del siglo ii, describe el viaje de Isaías por los siete cielos. Gozó de bastante popularidad en los primeros siglos. La epístola a los Hebreos 11,37 parece aludir a la Ascensión de Is. 5, 1. 11, y tal vez i Cor 2,9 a la Ascensión de Is. 11,34. Es mencionada por varios Padres, como Orígenes [90], San Ambrosio [91], San Epifanio [92], San Jerónimo [93]. En la Ascensión de Isaías (4,3) se encuentra el testimonio más antiguo sobre el martirio de San Pedro en Roma bajo el emperador Nerón [94].

5. Testamento de Salomón. ‑Es una obra cristiana del siglo III. Salomón exhorta a todos a no seguir tras de los amores ¡lícitos, que le hicieron perder a él el poder mágico sobre los demonios, recibido de Miguel44.

6. Documento Sadoquita. ‑Parece ser anterior al año 70 d.C. Consta de dos partes. En la primera (1‑9) se refiere cómo el «Maestro de Justicia», con sus seguidores, los «hijos de Sadoc», se retiraron a Damasco. En la segunda parte (10‑20) se dan prescripciones legales y morales referentes a dicha secta. Los documentos descubiertos en las cavernas de Qumrân han demostrado que los «hijos de Sadoc» formaban una comunidad muy afín, si no idéntica, a la de Qumrân. En la cuarta caverna de Qumrân se han encontrado fragmentos bastante extensos de siete mss. muy semejantes al encontrado en la Gueniza de El Cairo en el año 1897. El más antiguo es de fines del siglo I a.C.45  En la caverna sexta se encontraron también cinco fragmentos de este documento. El fragmento quinto no se encuentra en las partes hasta ahora conocidas del Documento Sadoquita o Documento de Damasco (CD), como ordinariamente se le designa hoy día46.

7. Historia y sabiduría de Ajikar. ‑Proviene de una obra del siglo V a.C. Contiene diversas narraciones y dichos, que posteriormente fueron aumentadas con interpolaciones.

8. Carta de Aristea. ‑Fue escrita por un judío alejandrino hacia el año 100 a.C. Narra la historia maravillosa de la traducción griega de la Biblia hebrea, llevada a cabo por 72 peritos en 72 días. a petición de Ptolomeo II Filadelfo (285‑247 a.C.). El autor pone de relieve la superioridad de la sabiduría judía sobre la pagana y la excelencia de la Ley mosaica47.

b) Apócrifos didácticos. ‑Son muchos. Nosotros enumeramos los más importantes:

I. Testamentos de los 12 patriarcas. ‑Es una obra que fue compuesta en hebreo probablemente por un judío cristiano hacia el año 100 d.C. Contiene las últimas palabras que los 12 hijos de Jacob, a imitación de su padre48, habrían dirigido a sus hijos antes de morir. Cada discurso se compone de tres partes: la autobiografía del patriarca, una exhortación moral y una profecía referente al destino futuro de la tribu. El tema es ético, y la moral judía aparece en él bajo su forma más elevada49. Es citado por Orígenes50 y San Jerónimo51.

2. Oración de Manasés.‑Es una especie de poema penitencial que se apoya en 2 Crón 33,11‑13, en donde se narra que Manasés, conducido cautivo a Babilonia, hizo penitencia y se arrepintió. Un piadoso autor, probablemente un judío helenista, compuso esta hermosa y conmovedora oración para suplir una especie de vacío del texto sagrado. Debió de ser escrita en griego a principios de nuestra era. Se encuentra en muchos códices manuscritos de los LXX como apéndice al libro de los Salmos. Casi todas las versiones antiguas la tienen. En los códices antiguos de la Vulgata está puesta después del 2 Par. También se halla como apéndice en la Vulgata Sixto‑Clementina52.

3. Salmos de Salomón. ‑Consta esta obra de 18 cánticos o salmos atribuidos a Salomón por razones desconocidas para nosotros. Son muy parecidos a los del Salterio davídico. Expresan bajo la forma más sencilla y más noble los sentimientos de la fe y de la esperanza tradicionales en Israel. Son gritos del alma dirigidos a Dios que expresan el ardiente deseo de la llegada del Mesías, para que libre a su pueblo de la opresión de los paganos y de la infidelidad del sacerdocio oficial. Fueron compuestos en hebreo o en arameo por un piadoso judío poco después que Pompeyo tomó a Jerusalén (año 63 a.C.) y entró en el santo de los santos del templo53. En muchos códices griegos del Antiguo Testamento se encuentran estos salmos entre los libros de la Sab y el Eclo.

4. Salmo 151. ‑Es llamado también «salmo idiográfico de David», es decir, «escrito de propia mano». En él David se gloría de su elección divina y de la victoria obtenida sobre el filisteo Goliat. Se encuentra en griego en los LXX después del salmo 15054. Debió de ser compuesto en los últimos siglos a.C.

5. Manual de disciplina de Qumrân (1QS). ‑También se le designa con el nombre «Regla de la comunidad de Qumrân». Fue encontrado en la primera caverna. Expone de un modo preciso los deberes y obligaciones de los miembros y de la comunidad de Qumrân. La finalidad de esta comunidad es el buscar a Dios siguiendo las prescripciones de la Ley de Moisés y de los profetas. La comunidad constaba de sacerdotes de la estirpe de Aarón y Sadoc, de levitas y de laicos. Toda la vida de la comunidad estaba regulada por minuciosas prescripciones. El gobierno era democrático. El jefe se llamaba mevaqqer. Después de dos años de noviciado y, probablemente, uno de postulantado, los candidatos eran admitidos en la comunidad en forma solemne55.

6. Comentario de Habacuc de Qumrân (1QpHab). ‑Ha sido hallado también en la primera caverna de Qumrân. Consta de 13 columnas. Se trata de una acomodación de la profecía de Habacuc a la situación concreta de la comunidad de Qumrân. El protagonista es el «Maestro de Justicia», al que combaten el sacerdote impío, la casa de Absalón y los hombres traidores contemporáneos del autor que rechazan las palabras del «Maestro de Justicia»56.

7. Himnos de acción de gracias de Qumrân (iQH).‑Son unos 35 himnos encontrados igualmente en la primera caverna. En ellos, un justo desconocido, que con bastante probabilidad ha de ser identificado con el «Maestro de Justicia», expresa sus sentimientos de gratitud, de humildad, de dolor y de confianza en Dios. El estilo imita al de los Salmos, de los cuales toma muchas expresiones, y es personal y autobiográfico. La escatología de estos himnos es muy parecida a la que encontramos en el libro de la Sabiduría [95]. Estos himnos debieron de ser compuestos en la primera mitad de nuestra era. Son, por lo tanto, un poco posteriores al Manual de disciplina, cuya composición es colocada hacia el año 150‑125 a.C. y del Comentario de Habacuc, que debió de ser escrito entre los años 50-I a.C. [96].

8. Odas de Salomón.‑Son 42 cánticos que alaban a Cristo, el cual colma al alma fiel con sus infinitos beneficios. Eran conocidas de Lactancio [97], de Nicéforo Constantinopolitano [98] y de la obra gnóstica Pistis Sophia. Fueron compuestos probablemente en griego por algún cristiano gnóstico del siglo II [99].

9. Libro IV de los Macabeos.‑También es llamado, a causa del argumento, el libro del «Dominio de la razón». El autor intenta demostrar que la razón, dirigida por la piedad, es lo suficientemente fuerte para dominar las pasiones. Este tema es ilustrado con ejemplos bíblicos tomados de la época de los Macabeos: valor de Onías, martirio de Eleazar y de los siete hermanos Macabeos. El autor demuestra tener conocimiento de la retórica griega y de la filosofía estoica. Fue compuesto en lengua griega por un judío helenista, probablemente en los comienzos de la era cristiana. Varios Padres lo conocen [100]. No hay razón suficiente para afirmar, con Eusebio [101] y San Jerónimo [102], que el autor de este libro fue Josefo Flavio [103].

c) Apócrifos proféticos, o apocalípticos.‑Son también muy numerosos:

1. Libro de Henoc.-‑Es una colección de escritos compuestos en diversas épocas. Por eso no tiene unidad literaria. El único vínculo entre las diversas partes es la persona de Henoc, que recibe de Dios diversas revelaciones. Todos los diferentes escritos que lo componen fueron compuestos por autores judíos en los siglos II-I a.C., en lengua hebrea (c.i‑5.37‑108) y en aramea (c.6‑36) [104]. Es de suma importancia para el conocimiento de las creencias religiosas y morales, mesiánicas y escatológicas, del pueblo judío en los comienzos de nuestra era [105]. La influencia del Libro de Henoc fue muy grande entre los escritores de la Iglesia primitiva. Comprende tres libros:

1) Libro de Henoc etiópico.‑Se llama etiópico porque fue hallado el libro íntegro en una versión etiópica [106]. Antes se conocían solamente ciertas partes de la obra. El libro se compone de seis partes. La primera abarca los capítulos 1‑36: es el libro angelológico, que nos habla de la caída y del castigo de los ángeles y de un viaje que hace Henoc a través del universo, del infierno y del paraíso, conducido por un ángel que le va explicando los misterios de aquellos lugares. La segunda parte es llamada el libro de las parábolas (c.37‑71), en donde se describe la suerte futura de los justos y de los pecadores. El juicio será llevado a cabo por el Anciano de días y por el Hijo del hombre [107]. Esta parte es la más importante del libro. La tercera parte o libro astronómico (c.72‑82) habla del curso del sol, de la luna, de las estrellas y de los vientos. La cuarta parte, llamada libro de las visiones (c.83‑90), narra la historia del mundo desde Adán hasta el Mesías. La quinta parte, conocida como libro de las exhortaciones (c.91‑105), nos presenta una serie de recomendaciones de tipo moral dirigidas al justo para que permanezca firme en su fe. Al mismo tiempo, reprocha a los impíos sus pecados y les amenaza con terribles castigos. En esta quinta parte se halla intercalado el libro de las diez semanas (C.91,12‑17; 93), que divide la historia del mundo en diez períodos de semanas. De estos diez períodos siete ya han pasado, y los otros tres están para venir. Un epílogo (c.106‑108), que contiene fragmentos de un libro de Noé, cierra el Libro de Henoc. La redacción final de estas diversas partes se llevó a cabo en el siglo I antes de Cristo. Posteriormente ha sufrido algunas interpolaciones cristianas.

Es citado como escritura sagrada por la Epístola de Bernabé [108], y es probable que también la epístola de San Judas 14s cite nuestro libro, como sostienen muchos autores. Entre los Padres fue tenido en mucha estima el Libro de Henoc, y frecuentemente lo citan [109]. Es, sin duda alguna, el más importante de todos los apócrifos del Antiguo Testamento.

2) Libro de Henoc eslávico ó Libro de los secretos de Henoc.‑Describe las visiones tenidas por Henoc en su viaje a través de los siete cielos, a las que se agregan diversas lecciones morales. Es mucho más breve que el Henoc etiópico. Y parece ser una refundición de éste. Fue escrito en hebreo o en arameo en la primera mitad del siglo I d.C.; después fue traducido al griego y más tarde al eslavo, en cuya versión se nos ha conservado [110].

3) Libro de Henoc hebreo.‑Trata de revelaciones de cosas secretas hechas a Henoc. Las diversas partes del libro fueron compuestas en distintos tiempos, entre el año 70 d.C. y el siglo III d.C. Nos ha sido conservado en hebreo, de ahí su nombre [111].

2. Libro IV de Esdras‑También es llamado «Apocalipsis de Esdras». Sobresale por su estilo, elocuencia y doctrina. En él se expresan con acentos emotivos el dolor y el escándalo experimentado por un judío ante el espectáculo de la ruina de Jerusalén y del templo. Comprende nuestro libro siete visiones o revelaciones referentes al Mesías y al juicio futuro, que el ángel Uriel hizo a Esdras. De los 16 capítulos de que se compone, sólo los capítulos 3‑14 pertenecen al texto original judío. Las tres primeras visiones [112] hacen referencia a la suerte triste de Israel, dominado por las naciones paganas. Pero Dios hará justicia a su pueblo por medio del Mesías, el cual aparece y reina cuatrocientos años sobre la tierra. Después morirá con todos los hombres; pero pasados siete días tendrá lugar la resurrección universal y el juicio, con la correspondiente retribución. La visión cuarta (9,27‑10,60) describe la gloria de la futura Jerusalén. La quinta visión (11‑12) nos muestra un águila que con sus grandes alas cubre toda la tierra (el Imperio romano), pero es juzgada por el León (el Mesías). La sexta visión (c.13) predice que el Mesías exterminará a sus enemigos con su aliento y reunirá a las diez tribus de Israel en un tiempo futuro aún indeterminado. La séptima visión (c.14) narra cómo Esdras, lleno, de sabiduría divina, dictó a cinco escribas, durante cuarenta días, los libros de la Ley, quemados y dispersos en la destrucción de Jerusalén [113].

Los capítulos 1‑2, llamados frecuentemente 5 de Esdras, y los capítulos 15‑16, conocidos también por 6 de Esdras, fueron escritos por un autor cristiano y añadidos posteriormente (hacia el s.III) al libro. Los dos primeros capítulos amenazan con grandes castigos a los judíos que hayan rehusado abrazar el cristianismo; a los convertidos, en cambio, promete luz y paz. Los capítulos 15‑16 inculcan el temor de los castigos divinos [114].

El texto original hebreo (c.3‑14) fue obra de un judío palestinense que escribió a fines del siglo I d.C., probablemente después del año 70. Ningún otro apócrifo judío ha gozado de una tan amplia y duradera difusión entre los cristianos como el libro IV de Esdras. Es citado con frecuencia por los Padres [115]. Sin embargo, no fue recibido universalmente como canónico. San Jerónimo lo rechaza expresamente como apócrifo [116]. La liturgia [117] romana se sirve de él en ciertas fiestas. Se encuentra como apéndice en las ediciones de nuestra Vulgata.

3. Asunción de Moisés.‑También es llamada esta obra «Ascensión de Moisés» ó «Testamento de Moisés». Contiene el testamento de Moisés a Josué, su sucesor, en el que le revela los destinos futuros del pueblo elegido, su entrada en la tierra prometida, el cisma de las diez tribus, la destrucción de Jerusalén y del templo, el destierro y el regreso de los desterrados, la impiedad de los reyes y de los sacerdotes, y el juicio del cielo que hará justicia a los judíos y castigará a sus enemigos. [118]

Es obra de un judío palestinense, que lo habría compuesto en hebreo o arameo en el siglo I d.C., después de la deposición de Arquelao el año 6. En la epístola de San Judas 9 se habla del altercado entre San Miguel y el demonio sobre el cuerpo de Moisés, que según Orígenes era narrado en la Asunción de Moisés [119]. Esto supondría que Judas usó este libro apócrifo, como lo afirman, por otra parte, bastantes autores antiguos [120].

4. Regla de la Guerra de Qumrân (IQM).‑Es un rollo de 19 columnas encontrado en la primera caverna de Qumrân el año 1948. Antes era llamado «La Guerra de los hijos de la luz contra los hijos de las tinieblas». En él se dan normas para la última guerra, la escatológica. Los hijos de la luz son los miembros de la tribu de Judá, de Leví y de Benjamín; los hijos de las tinieblas son los de Edom, Moab, Amón y todos los demás paganos. La última batalla será contra los Kittim. Después de diversas y afortunadas vicisitudes, los hijos de la luz, con el auxilio divino, lograrán la victoria. No se trata de una verdadera guerra, sino de una guerra ideal, santa, escatológica. El documento es como una especie de manual del combatiente, con minuciosas prescripciones, con cánticos de victoria y de acción de gracias. La fecha probable en que fue compuesto ha de colocarse entre el año 50 y I a.C. [121]

5. Apócrifo del Génesis (IQGenAp).‑Antes fue llamado «Apocalipsis de Lamec». Contiene narraciones apócrifas sobre el Génesis: el nacimiento admirable de Noé, la descripción de la hermosura de Sara, etc. En general, las narraciones siguen el mismo orden del libro del Génesis. Fue encontrado también este documento en la primera caverna de Qumrân. Su composición la colocan los peritos en la última mitad del siglo I a.C.

6. Apocalipsis siríaca de Baruc.‑Es un escrito de origen palestinense en lengua hebrea o aramea, pero que nos ha sido conservado en una versión siríaca. Se propone describir las revelaciones hechas a Baruc en el momento de la destrucción de Jerusalén (586 a.C.) por los babilonios, sobre la historia del mundo, el reino del Mesías, el juicio futuro y la resurrección. El libro fue escrito en los comienzos del siglo II d.C., después del 4 Esd [122].

También existe otra Apocalipsis griega de Baruc que completa el anterior. Describe lo que vio Baruc en su viaje a través de los cinco cielos [123]. Es una obra judía del mismo tiempo que la anterior; pero en muchos lugares tiene interpolaciones hechas por un cristiano [124].

7. Oráculos sibilinos. ‑Desde el siglo v a.C. circulaban por Grecia y el Asia Menor oráculos atribuidos a las sibilas que eran considerados como inspirados por la divinidad. Los judíos helenistas, principalmente los alejandrinos, utilizaron también este medio de propaganda religiosa. Querían demostrar que no eran en modo alguno inferiores a los paganos en cultura, y con este fin compusieron a partir del siglo II a.C. oráculos sibilinos para defender o propagar sus creencias religiosas. Los cristianos emplearían también más tarde el mismo procedimiento. La colección de los Oráculos sibilinos está compuesta de 14 libros, de los cuales se han perdido los libros 9 y 10. Los elementos que componen estos cánticos son muy heterogéneos: unos son paganos, otros judíos y otros cristianos. La mayoría de los autores es hoy de parecer que el libro 3° es de origen auténticamente judío. Debió de ser escrito en Alejandría (Egipto hacia el año 140 a.C. Echa contra los idólatras, amenazándoles) con toda clase de castigos. Anuncia el castigo divino de los enemigos del pueblo judío, la llegada del Mesías y su victoria final. También el libro 4°, de finales del siglo I d.C., es de cuño, e inspiración judía, aunque debió de ser retocado posteriormente por una mano cristiana. Predice los castigos que Dios mandará contra Asia y Europa, y exhorta a los habitantes de estas regiones a convertirse a Dios, de lo contrario la tierra será destruida por el fuego. «Día aquel, día de ira‑dice dicho libro‑en que el mundo quedará reducido a cenizas, según David y la Sibila» [125]. El libro 5° tal vez sea en parte de proveniencia judía, si bien fue posteriormente retocado por algún autor cristiano. Contiene varios relatos sobre la batalla de las estrellas en la que el mundo será incendiado. Los libros 1° y 2° constituyen una combinación de elementos judíos y cristianos. Tratan de la historia del mundo desde la creación hasta su fin. Los demás libros son de proveniencia cristiana, compuestos entre los siglos II-IV, en parte por autores gnósticos. Describen en general, por boca de la Sibila, la vida terrena de Cristo y su segunda venida para juzgar a todos los hombres [126].

Todos los Oráculos sibilinos fueron escritos en hexámetros griegos. Los escritores cristianos del siglo II, San Justino, Atenágoras, Taciano, Clemente Alejandrino y San Teófilo Antioqueno, se inspiraron en ellos [127]. También fueron utilizados por Lactancio, Commodiano [128] y San Agustín [129]. La liturgia también hace uso de ellos en la sequentia de la misa de difuntos.

III. Apócrifos del Nuevo Testamento

Del mismo modo que los apócrifos del Antiguo Testamento fueron divididos siguiendo los grupos formados por la literatura canónica, así también haremos con los apócrifos del Nuevo Testamento. Puesto que éstos tratan de imitar a los libros canónicos neotestamentarios, podemos dividirlos en evangelios apócrifos, actos o hechos, epístolas y apocalipsis.

La mayor parte de los apócrifos del Nuevo Testamento se publicaron en los siglos II y III d.C. Muchos de ellos fueron compuestos con el fin de satisfacer la curiosidad de los fieles. Como los evangelios canónicos hablan generalmente con mucha sobriedad sobre la vida de Jesús, los cristianos deseaban tener mayores detalles sobre la vida del Salvador. Este fue el motivo de que muchos autores tratasen de llenar estas lagunas inventando nuevas historias sobre Jesús, o bien recogiendo las tradiciones populares que corrían [130].

Aquí daremos una breve síntesis de los apócrifos neotestamentarios más importantes93.

a) Evangelios apócrifos.‑Entre los más importantes se pueden contar:

1. Evangelio según los hebreos‑Es el más importante de los evangelios apócrifos. Muchos Padres94 lo mencionan con frecuencia. San Jerónimo lo tradujo en griego y en latín del arameo, y afirma que muchos lo consideraban como el auténtico evangelio de San Mateo95. Sin embargo, Clemente Alejandrino, Orígenes y Eusebio distinguen claramente el uno del otro96. Los autores no están acordes sobre el origen de este evangelio apócrifo. Es bastante probable que este evangelio sea una adaptación y una revisión del evangelio canónico de San Mateo, con cortes y añadiduras legendarias de proveniencia incierta97. Fue usado por los nazareos, que procedían de aquellos cristianos que antes de la destrucción de Jerusalén el año 70 d.C. habían huido a Transjordania. Por eso, también es llamado «evangelio de los nazareos»98. Debió de ser escrito a finales del siglo I, pues es posible que San Ignacio Mártir († 107) lo cite99, como afirma el mismo San Jerónimo100. Hasta nosotros han llegado sólo fragmentos.

2. Evangelio de los ebionitas‑Es de origen judío‑cristiano. Parece haber sido compuesto hacia la mitad del siglo II. El autor se ha servido mucho del evangelio de San Mateo, pero mutilándolo y falsificándolo101. También ha tomado bastantes cosas de Lc y Jn. Es probable que sea el mismo que el apócrifo llamado «Evangelio de los doce Apóstoles», del cual nos habla Orígenes102. Lo usaban los herejes ebionitas, y esto explica los errores de esta secta que se encuentran en el libro. Condena el uso de carnes, y, en consecuencia, también reprueba el culto del Antiguo Testamento, que se servía de los sacrificios cruentos103. Sólo poseemos algunos fragmentos.

3. Evangelio según los egipcios‑Fue compuesto hacia mediados del siglo II y es de tendencia gnóstica. El lugar de composición fue Egipto. Estaba en uso entre ciertas sectas heréticas (encratitas, valentinianos, sabelianos y naasenos), que se servían de él como base de sus herejías104. El escrito mismo era de índole herética, como se ve por el coloquio de Cristo con Salomé, que nos ha sido transmitido por Clemente Alejandrino105. Condenaba el matrimonio y contenía muchas otras cosas absurdas106.

4. Evangelio de Pedro‑Fue escrito en griego en Siria hacia el año 150 d.C. Su autor debió de ser un doceta que emplea los evangelios canónicos, pero añadiendo muchas cosas fabulosas. Eusebio107 afirma que Serapión, obispo de Antioquía (hacia el año 200), había permitido la lectura de este apócrifo a los fieles de la parroquia de Rhosos, pero que, cuando Serapión leyó el libro más tarde y vio que contenía herejías de carácter docético, prohibió su lectura. Es mencionado por Orígenes108. En el año 1886 fue encontrado en Akmin, ciudad del alto Egipto, un códice del siglo VIII‑XII, que contiene el mayor fragmento hasta ahora conocido de este evangelio, o sea la mayor parte de la historia de la pasión y resurrección de Cristo109.

5. Protoevangelio de Santiago.‑También es llamado «historia de la natividad de María». Fue escrito por un cristiano ortodoxo que se presenta bajo el nombre de Santiago, hermano del Señor. El libro, tal como se encuentra hoy, es una compilación del siglo IV. Sin embargo, la parte más antigua (c.1‑21) tal vez provenga del siglo II. El Protoevangelio, tal como ha llegado hasta nosotros, consta de tres partes bien distintas: 1.ª, vida de María hasta el nacimiento de Jesús (c.1‑16); 2.ª, nacimiento de Jesús y maravillas que lo acompañan (c.17‑21) ; 3.ª, matanza de los Inocentes por Herodes y martirio de Zacarías (c.22‑24). El último capítulo (c.25) es un epílogo. En la primera parte, el autor ensalza la virginidad y la juventud de María. Sus padres, Joaquín y Ana, son estériles, pero un ángel les anuncia el nacimiento de María. A los tres años es presentada en el templo para que, viviendo en el colegio de vírgenes que allí había, fuese educada. El sumo sacerdote tiene un cuidado muy especial de María y le escoge como esposo, entre todos los viudos de la región de Judea, a aquel cuyo bastón floreciere (c.8‑9). Después María se convierte en Madre de Dios de una manera totalmente sobrenatural (c.9). El Protoevangelio de Santiago fue compuesto, al parecer, con una finalidad apologética: el defender el honor y la virginidad de María. A este fin van ordenados todos los episodios ya desde el principio. El autor aduce toda una serie de pruebas en favor de la virginidad de María. Su virginidad antes del parto es manifestada por la prueba del agua (c.16); en el parto es constatada por una comadrona (c.19‑20), y después del parto se deduce de la explicación que da sobre los hermanos de Jesús, que no serían sino hijos de un primer matrimonio de San José (c.18,1).

El Protoevangelio de Santiago estuvo muy difundido en la Iglesia primitiva, siendo traducido a muchos idiomas. Es posible que ya lo conociesen San Justino110 y Clemente Alejandrino111. Orígenes habla de un «libro de Santiago» que probablemente es nuestro Protoevangelio112. Ha tenido un gran influjo en la tradición eclesiástica, la cual ha tomado de nuestro Protoevangelio varios detalles, que han sido considerados por muchos escritores como históricos: la natividad milagrosa de María; presentación y estancia en el templo hasta su matrimonio; elección milagrosa de José para esposo y guardián de María; nacimiento de Jesús en una cueva. Los poetas y pintores de la Edad Media y de épocas posteriores se han inspirado frecuentemente en el Protoevangelio de Santiago. La liturgia también ha tomado de este libro la presentación de María en el templo, instituyéndola como fiesta el día 21 de noviembre113. La lengua griega de nuestro libro es bastante pura. De éste dependen varios otros apócrifos, como el «Evangelio del Pseudo‑Mateo» o «Libro del nacimiento de la Virgen María y la Infancia del Salvador» (s.v‑vj), el «Evangelio de la Infancia de nuestro Señor Jesús» o «Evangelio de Tomás», y el «Evangelio de la Natividad de María» (s.ix).

6. Evangelios de Tomás, Matías, Felipe, judas, Bartolomé, Bernabé. Todos estos escritos han llegado hasta nosotros sólo fragmentariamente. Fueron compuestos en el siglo iii con una finalidad propagandística. Narran episodios maravillosos y a veces hasta pueriles de la vida de Jesús. Contienen errores principalmente gnósticos, por lo cual la Iglesia los rechazó.

El Evangelio de Tomás tal vez haya sido escrito en el siglo ii por un gnóstico, y en el siglo II corregido de los errores por un católico. Es mencionado por Orígenes [131], San Hipólito [132], San Ireneo [133], San Efrén [134]. Describe los milagros de Jesús niño desde los cinco hasta los ocho años.

El Evangelio de Matías es mencionado por Clemente de Alejandría y Orígenes. Fue escrito en el siglo iii.

El Evangelio de Felipe es de principios del siglo iii. Es citado por San Epifanio, y la obra gnóstica Pistis Sophia (s.iii) parece aludir a él.

El Evangelio de Judas era usado por la secta gnóstica de los cainitas, según afirman San Ireneo y San Epifanio.

El Evangelio de Bartolomé [135] debió de ser compuesto en el siglo iv en Egipto. Es mencionado por San Jerónimo.

El Decreto Gelasiano menciona el Evangelio de Bernabé, pero poco más sabemos de este escrito.

7. El Evangelio de Nicodemo, llamado también Actas de Pilatos, se compone de dos partes, que en un principio formaron dos obras independientes: Actas de Pilatos (c.1‑16) y Descenso de Jesús a los infiernos (c.17‑27). La primera parte habla de la causa de la condena a muerte de Jesús y de su resurrección. Probablemente esta parte fue escrita en el siglo IV por un cristiano que quería confutar las actas de Pilatos propagadas por los paganos en tiempo de Diocleciano [136]. Sin embargo, tenemos los testimonios de San Justino [137], Tertuliano [138] y de San Epifanio [139], que nos hablan de actas de Pilatos. Tal vez sean otros escritos, o bien la forma‑más antigua de las Actas de Pilatos, que, como ya dejamos dicho, tal como nos han llegado parecen del siglo IV [140].

8. Evangelio de Juan.‑Fue encontrado el año 1942 en la Biblioteca Ambrosiana de Milán en un manuscrito arábigo. El texto árabe, escrito el año 1342 d.C., se dice que fue traducido del texto siríaco, que no ha llegado hasta nosotros. Parece que las cosas que se dicen de Cristo en dicho apócrifo proceden de una pluma que escribe guiada por fin recto [141].

9. Tránsito de María o Dormición de la Santísima Madre de Dios.-Es obra griega del siglo IV-V. Contiene la historia de la dormición y de la asunción de la Santísima Virgen, adornada con varios milagros. El relato es atribuido a San Juan Apóstol [142].

10. Historia de José carpintero.‑Fue compuesto en lengua griega, en Egipto, en el siglo IV-V. Era muy usado por los monofisitas egipcios. En treinta y dos capítulos narra, en forma de una conversación de Jesús con sus apóstoles, la vida de José el carpintero y su muerte bienaventurada entre los brazos de Jesús y de María. Su cuerpo permanecerá incorrupto «hasta el día del convite de los dos mil años» (26,1). El relato es sustancialmente ortodoxo. Tal vez era leído en los monasterios coptos con motivo de la fiesta de San José, pues consta que los cristianos egipcios fueron los primeros en celebrar dicha festividad [143].

b) Actas apócrifas.‑Los Actos o Hechos, bajo la forma literaria de «Actas, Viajes, Milagros, Predicación, Martirio», tratan de llenar las lagunas de los libros canónicos acerca de la vida y de la actividad misionaria de los apóstoles. Muchos de estos escritos fueron compuestos por herejes en apoyo de sus doctrinas; y más tarde fueron revisados y expurgados de sus errores por manos cristianas. Los principales son:

1. Actas de Pedro.‑Es una especie de novela histórica de tipo popular, compuesta a fines del siglo II en Asia Menor por un gnóstico, como se ve por los errores que contiene, como, por ejemplo, la celebración de la Eucaristía con pan y agua (C.2). Consta de dos partes: 1.a, los Actos de Pedro con Simón Mago [144], en los que se narra que Cristo se aparece a Pedro en Jerusalén y le ordena ir a Roma para combatir allí los errores de Simón Mago (c.5‑32) [145]. Con sus oraciones consigue que un día en que Simón con sus artes mágicas se había elevado por los aires, caiga a tierra y muera; 2.a, el Martirio de Pedro refiere que el apóstol, viéndose en peligro a causa de su predicación, huye de Roma, pero a la salida de la ciudad se le aparece el Señor. Entonces Pedro le pregunta: «Domine, quo vadis?» «Señor, ¿adónde vas?» Y el Señor le contesta: «Vengo a Roma para ser de nuevo crucificado». Pedro comprende entonces lo que tiene que hacer. Regresa a Roma y allí es apresado y crucificado cabeza abajo (c.33‑41). Es probable que haya sido usado por Clemente Alejandrino [146]. También lo conocen Eusebio [147] y San Jerónimo [148].

2. Predicación de Pedro (Kerygma Petri).‑Tuvo gran importancia y autoridad en la antigüedad. Fue escrito por un autor ortodoxo antes del año 150 d.C., probablemente en Egipto [149]. Contiene una serie de instrucciones misioneras encuadradas en el relato de los viajes apostólicos. Es citado por Clemente Alejandrino [150], el cual nos ha transmitido algún fragmento de él. También lo conocen Orígenes [151], Eusebio [152] y San Jerónimo [153].

3. Actas de Pablo‑Debieron de formar una obra bastante extensa. Nicéforo afirma que comprendían tres mil seiscientas líneas. Fueron compuestas estas actas por un presbítero ortodoxo del Asia Menor, gran admirador de San Pablo [154], hacia el año 170 d.C. Consta de tres partes: 1.a Actos de Pablo y de Tecla, en los que se refiere que Tecla, impresionada por la predicación de San Pablo en Iconio, se convirtió al cristianismo y decidió consagrar a Dios su virginidad, rompiendo su compromiso con Thamyris. Por este motivo, el Apóstol es llevado a juicio, azotado y desterrado. Tecla, a su vez, fue condenada a ser quemada, pero el fuego se apagó milagrosamente. Se encaminó después a Antioquía, en donde se hallaba Pablo, y no queriendo casarse con Alejandro, siriarca de aquella provincia, fue condenada a las bestias salvajes, que no le causaron ningún daño. Después de otras muchas pruebas volvió a Iconio, y más tarde se fue a Seleucia en Isauria, donde murió. 2.a El Martirio de Pablo forma la segunda parte de esta obra. En él se narra cómo San Pablo convirtió al copero de Nerón, Patroclo, después de haberlo resucitado, y a otros de la casa del emperador. Por lo cual Nerón condenó a muerte a Pablo. 3.a Correspondencia entre San Pablo y los corintios. Los corintios escriben a Pablo preguntándole muchas cosas [155], y San Pablo responde a sus dudas [156].

San Efrén considera las cartas de la tercera parte como canónicas, y las explica en su comentario a las epístolas paulinas. Clemente Alejandrino hace uso de las Actas de Pablo [157]. Orígenes también las cita [158]. Eusebio las coloca entre los escritos controvertidos o entre los falsos [159].

El escrito llamado Actas de Pedro y de Pablo, compuesto a principios del siglo III por un autor católico, es una refundición de las Actas de Pedro con las de Pablo. La finalidad de este escrito era poner de relieve la fraterna concordia que había existido entre ambos apóstoles, y, al mismo tiempo, quería apartar a los fieles de la lectura de las actas gnósticas de Pedro [160].

4. Actas de JuanEs una narración legendaria de la vida, de los viajes apostólicos y de los extraordinarios milagros obrados por San Juan Apóstol. Curó a muchos enfermos, resucitó a muchos muertos y, cierto domingo, después de reunir a los fieles para decirles adiós salió a las afueras de la ciudad de Efeso, en donde mandó que dos hombres le excavaran una tumba. Una vez cavada, entró en ella, y, dicha una plegaria de acción de gracias, murió [161]. La obra fue compuesta hacia mediados del siglo II por un tal Leucio Carino, de tendencias gnósticas. Su obra fue muy leída y estimada por varias sectas heréticas: los encratitas, maniqueos y priscilianos [162]. En el siglo V fue retocada por el diácono Prócoro, siendo muy estimada en la Iglesia griega. Parece probable que el autor de esta obra sea el mismo que el de las Actas de Pedro.

5. Actas de Andrés‑El escrito originario, del siglo II y de carácter gnóstico, se ha perdido. Nos quedan adaptaciones de la obra hechas por autores católicos: Actas de Andrés y Matías, en las que se narra que Andrés Apóstol fue a la ciudad de los antropófagos y allí libró de la cárcel a Matías [163]. Actas de Pedro y Andrés, que describen la predicación de ambos hermanos en la ciudad de los bárbaros. Martirio de San Andrés Apóstol, que nos cuenta la muerte en cruz de Andrés en Acaya [164]. Según San Epifanio [165], eran muy leidas por los encratitas, los apostólicos, los maniqueos y los priscilianos. Eusebio [166], San Agustín [167] y San Inocencio I aluden a las Actas de Andrés.

6. Actas de Tomás‑Fueron escritas en siríaco en el siglo III por un autor que parece debió de pertenecer a la escuela de Bardesanes. Nos describen los viajes del apóstol en la India, su predicación, sus milagros y su martirio. Era usado, según el testimonio de San Epifanio, por los encratitas, los apostólicos e incluso por los maniqueos, como afirma San Agustín [168].

c) Epístolas apócrifas.‑Son varias las cartas apócrifas, sobre todo las atribuidas a San Pablo. Nosotros nos limitaremos a recordar las principales.

1. Carta de Abgar a Jesús y de Jesús a Abgar‑Eusebio nos refiere que el rey de Edesa, Abgar, habiendo oído los grandes milagros que Jesús obraba en Palestina, le escribió rogándole que fuera a Edesa para curarle de una grave enfermedad. Jesús le habría respondido que no le era posible desplazarse hasta allí, pero le promete mandarle después de su ascensión un discípulo suyo para curarle [169]. Estas cartas no son evidentemente auténticas, aunque Eusebio pensase lo contrario [170]. Fueron compuestas en el siglo II ó III con motivo de la conversión al cristianismo del rey de Edesa, Abgar IX (188‑216).

2. Doctrina de Addai.‑También es llamada Acta de Tadeo (Adda¡ = Tadeo). Narra en forma más amplia lo mismo que la Carta de Abgar. Pero añade que Tadeo Apóstol fue el enviado de Jesús a Edesa para curar al rey; logrando, además, convertir a los edesenos a la fe cristiana. También dice que la santa cruz de Cristo había sido descubierta por Protonice, mujer de Claudio César, y que una imagen pintada de Jesús había sido llevada a Edesa. La obra fue compilada en lengua siríaca hacia el año 400, no antes del año 326, en que Santa Elena encontró la santa cruz [171].

3. Carta de los apóstoles‑Fue escrita después del año 150 d.C. por un gnóstico [172]. Es una carta circular o encíclica de los apóstoles dirigida a todas las Iglesias. En ella se refieren los últimos coloquios que Cristo habría tenido con sus discípulos después de la resurrección, acerca de la suerte de la Iglesia, de las señales de la parusía, de la resurrección, del juicio y de la retribución eterna. Por lo cual, también es llamada esta carta «Diálogos del Señor con sus discípulos»156. Contiene óptimos preceptos morales.

4. Tercera epístola de San Pablo a los Corintios‑Al hablar de las Actas de Pablo157 hemos hecho ya mención de la correspondencia de Pablo con los fieles de Corinto.

5. Epístola de Pablo a los Laodicenses.‑Parece ser una obra del siglo IV. El autor, tomando pie de Col 4, 16, en donde San Pablo habla de una carta suya enviada a los laodicenses, compone dicha carta, compilándola con palabras y expresiones tomadas casi por entero de otras cartas de San Pablo, especialmente de la epístola a los Filipenses. El Fragmento de Muratori cita una carta a los Laodicenses, usada por los discípulos de Marción. Pero no parece ser la nuestra, ya que el texto latino que ha llegado hasta nosotros no contiene nada herético158. La carta a los Laodicenses en su texto latino se encuentra en varios códices antiguos de la Vulgata, como en el códice Fuldense (siglo VI)159.

6. Correspondencia entre Séneca y San Pablo.‑Comprende ocho cartas del filósofo Lucio Anneo Séneca a San Pablo y seis de Pablo a Séneca. Parece que fueron compuestas en latín en el siglo IV, pues son conocidas por San Jerónimo160 y por San Agustín161. Séneca admira grandemente la doctrina del Apóstol, pero deplora la imperfección literaria con la que es expresada. Las cartas, sin embargo, son de pocos vuelos literarios, compuestas en un estilo rudo y bastante imperfecto162.

d) Apocalipsis apócrifos.‑También hay apocalipsis apócrifos atribuidos a casi todos los apóstoles. Los más importantes son éstos:

1. Apocalipsis de Pedro‑Es una obra escrita en griego en el siglo II. Gozó de gran autoridad en los primeros siglos de la Iglesia, como vemos por las alusiones de Clemente Alejandrino163, San Metodio164, Eusebio165 y San Jerónimo166, que la consideran apócrifa. El texto completo de este apocalipsis se nos ha conservado en una versión etiópica, publicada por primera vez en el año 1910 por S. Grébaut167. Desarrolla los siguientes temas: Jesús está sentado sobre el monte de los Olivos, y sus discípulos le ruegan que les indique las señales del fin del mundo y de la parusía168. Les responde anunciándoles que su venida se llevará a cabo con gran majestad, y les recuerda la parábola de la higuera169, explicándosela con mucho detalle. Les predice que Enoc y Elías serán enviados al fin del mundo para resistir al anticristo, y les describe las horribles señales que han de preceder a la resurrección y al juicio final. Después muestra a sus discípulos los tormentos infligidos en el infierno a los pecadores, y la gloria y felicidad de los elegidos en el cielo. Finalmente, Jesucristo sube al cielo en compañía de Moisés y Elías170.

2. Apocalipsis de Pablo‑Como su autor pretende que el escrito fue descubierto durante el reinado de Teodosio (379‑395) en una caja de mármol encontrada en los cimientos de la casa de San Pablo de Tarso, es probable que haya sido compuesto a fines del siglo IV. La obra es conocida por San Agustín171 y rechazada como apócrifa por el Decreto Gelasiano. Según Sozomeno172 era muy leída por los monjes en su tiempo. El autor toma pie de las palabras de San Pablo en 2 Cor 12,2‑4, según el cual, al ser arrebatado al cielo, había oído «palabras inefables que el hombre no puede decir», y pretende manifestar las cosas oídas por el Apóstol. Presenta a Pablo visitando, acompañado de un ángel, la morada de los justos en el otro mundo, en donde ve a la Santísima Virgen, a los patriarcas, a Moisés, a los profetas. Después es conducido por el ángel a ver un río de fuego en donde los malvados son castigados. Pablo obtiene para los condenados en el infierno que un día al año, el día de Pascua, cesen los tormentos [173] . Esta obra sobresale por sus vuelos poéticos. Era muy leída en la Edad Media. Dante se sirvió de ella para la composición de la Divina Comedia [174].

3. Dos apocalipsis de la Santísima Virgen María‑El primero fue compuesto en griego en el siglo IX. Presenta a la Santísima Virgen visitando el infierno, y por su intercesión se concede a los condenados poder glorificar a la Santísima Trinidad en el día de Pentecostés. El segundo apocalipsis, escrito en etíope en el siglo VII, nos muestra a la Virgen María, orando sobre el Gólgota, que ve a los condenados en el infierno, y les obtiene la mitigación de las penas desde la víspera del viernes hasta la mañana del lunes. Parece depender del Apocalipsis de Pablo [175].

4. Apocalipsis de Tomás‑Por los fragmentos que poseemos de esta obra se ve que fue compuesta por un gnóstico‑maniqueo en el siglo IV. Contiene las palabras que Jesucristo dirigió a Tomás acerca de las señales que anunciarían el fin del mundo. Estas señales están distribuidas en siete días [176].

5. Apocalipsis de Juan‑Existen tres apocalipsis de Juan. El primero comprende las respuestas de Cristo a San Juan a propósito del anticristo, de la resurrección, del estado de los hombres después de

la resurrección, de la destrucción del mundo por el fuego y de su renovación. El segundo también contiene respuestas de Jesús a preguntas que le había dirigido Juan. Las respuestas tratan de los pecados de apostasía, de incesto, de profanación del día de domingo, del ayuno, del significado de las ceremonias litúrgicas, del honor que se ha de tributar a los sacerdotes, del bautismo, de la

caridad [177]. El tercero narra que Juan fue llevado al cielo sobre las alas de los querubines y allí le fue mostrado el paraíso terrestre, el estado de Adán antes y después de la caída, el orden del mundo y las fuerzas ocultas por las que se rige la naturaleza [178].

Existen todavía otros apocalipsis apócrifos de menor importancia, como el Apocalipsis de Bartolomé, de Esteban, de Zacarías, de Daniel, de Esdras.

IV. Los ágrafa

Los ágrafa (άγραφα) no han de ser confundidos con los apócrifos. Agraphon, etimológicamente, designa «toda palabra aislada atribuida a Jesús por el cauce de la Tradición y no registrada en nuestros evangelios canónicos» [179]. Según el evangelio de San Juan [180], no todo lo que hizo y enseñó Jesús está escrito... Por este motivo se puede pensar razonablemente que muchas frases de Cristo hayan podido ser conservadas y propagadas oralmente.

Encontramos «ágrafa» de nuestro Señor en diversos escritos antiguos. En el Nuevo Testamento‑fuera de los evangelios tenemos un solo ejemplo de «ágrafa» cierto; es el que nos refiere San Pablo en su sermón a los ancianos de Efeso: «Conviene recordar las palabras del Señor Jesús, que él mismo pronunció: Mejor es dar que recibir» [181]. Es también posible que el dicho de San Pablo: «Digno es el obrero de su salario» y «no pondrás bozal al buey que trilla» [182], se refiera no a una cita del evangelio de San Lucas (10,7), sino a un dicho del Señor que conocía por tradición. En el códice De del siglo VI se introduce este «ágraphon»: «Mas vosotros haced por crecer (partiendo) de lo pequeño, y no por disminuir (partiendo) de lo más grande» [183]. El mismo códice en Lc 6,4 tiene este dicho: «Habiendo visto Jesús a uno que trabajaba en sábado, le dijo: 'Hombre, si te das cuenta de lo que haces, dichoso de ti; pero, si no, maldito eres y transgresor de la ley'».

Los escritos de los Padres nos ofrecen también numerosos «ágrafa». Sin embargo, son pocos los que parecen ser auténticos. A. Resch admitió 74 «ágrafa» auténticos en un principio [184] ; pero en la segunda edición de su obra los redujo a sólo 36 [185]. Ropes considera como auténticos 22 [186], y L. Vaganay cree que tan sólo cuatro tienen visos de ser auténticos [187]. De donde se puede concluir que son extremadamente raras las palabras de Jesús que hayan llegado hasta nosotros a través de un cauce distinto del evangélico. Como ejemplos de los ágrafa transmitidos por los Padres, damos los siguientes: «Así, dice, los que pretenden verme a mí y conseguir mi reino, han de alcanzarme a fuerza de tribulaciones y sufrimientos» [188]. «Justamente, pues, la Escritura, en su deseo de que nos hagamos dialécticos de esta categoría, nos exhorta: 'Sed banqueros expertos, rehusando lo (malo) y reteniendo lo bueno'» [189]. «Dice, pues, Jesús: 'Me hice débil por los débiles, y pasé hambre por los hambrientos, y sed por los sedientos'» [190]. «Por lo cual dice el Salvador: 'El que anda cerca de mí, anda cerca del fuego; mas el que está lejos de mí, lejos está de (mi) reino'» [191]. «Se ha dicho también acerca de esto: 'Que sude la limosna en tus manos hasta tanto que sepas a quién se la vas a dar'» [192].

También se encuentran numerosos ágrafa en escritores ascéticos musulmanes. Pero son en general de época muy tardía (s.xi y xii) y, en consecuencia, tienen pocas probabilidades de ser auténticos. La colección más completa de estos dichos fue publicada por Miguel Asín Palacios en la Patrologia Orientalis [193].

Los críticos modernos se guían por tres criterios para determinar la autenticidad de los ágrafa: a) que el dicho tenga en su favor no uno, sino diversos testimonios que sean entre sí independientes; b) que estos diversos testimonios sean dignos de fe; c) que la enseñanza del «ágraphon» esté conforme con la enseñanza auténtica de Jesús [194].